Xtories

El Despertar en la Aldea parte 18

En la choza de adobe, el sargento Kwame se encuentra con Awa, una joven de 18 años que sufre de una adicción hormonal. Ella le confiesa su trastorno y le pide que la calme, desatando una escena de sexo explícito y adicción.

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Awa se encontraba en el rincón improvisado de la choza, bajo el chorro tibio del balde de agua que caía en cascada sobre su piel oscura y brillante, lavando el polvo rojo de la aldea y el sudor acumulado de su excitación constante. El agua, ligeramente turbia por el óxido de la lata, resbalaba por sus curvas generosas, trazando ríos que seguían el contorno de sus pechos hinchados y bajaban por su vientre plano hasta perderse entre sus muslos temblorosos. La choza olía a tierra húmeda y a humo lejano de las fogatas del campamento, un recordatorio de la pobreza rural que la rodeaba: paredes de adobe agrietadas, suelo de tierra apisonada salpicado de casquillos vacíos, y el eco distante de risas masculinas de los soldados. Pero en ese momento, su mente estaba fija en el sargento Kwame, ese hombre firme pero comprensivo, inteligente, que la había tratado con una caballerosidad que ningún otro en la aldea le había mostrado. "Es tan diferente... no se aprovechó de mí, a pesar de verme así, vulnerable. Me escucha, me protege. ¿Por qué me hace sentir esto? ¿Por qué mi cuerpo arde solo de pensarlo?", se preguntaba, su timidez chocando contra el deseo como olas contra las rocas costeras de Costa de Marfil.

Mientras el agua caía, sentía el fuego hormonal avivándose de nuevo, un calor punzante que se extendía desde su vientre hasta sus pezones endurecidos, haciendo que gotas de leche perladas se mezclaran con el agua, goteando en chorros cálidos y cremosos que salpicaban el suelo con un plop suave. No podía evitar imaginárselo: su polla dura, venosa, oscura como la noche africana, en su boca. Saboreando ese semen espeso, salado, que calmaba su adicción como una lluvia en el desierto. "Oh, Dios... si pudiera mamársela ahora, tragar todo... me impregnaría el alma." Un pequeño orgasmo la recorrió entonces, un espasmo que la hizo apretar los muslos, fluidos calientes brotando de su coño virgen y mezclándose con el agua en el suelo. Pero su parte racional, esa voz tenue que aún luchaba por mantenerla íntegra, la advertía: "No, Awa. Si sales así, caerás en manos de cualquier hombre que se insinúe. Un desalmado podría abusarte, hacerte daño, dejarte embarazada... el estigma en la aldea te mataría. Tu familia pobre ya sufre suficiente en esa choza miserable." Sin embargo, esa idea prohibida la excitaba brutalmente; la noción de ser impregnada, de llevar una semilla desconocida, le provocó otro orgasmo salvaje. Apretó un pecho con una mano, exprimiendo leche que salpicó contra la pared de adobe, mientras con la otra se metía un dedo en su coño empapado, sintiendo los paredes contraerse alrededor. "¡Ahh... sí... pero no... no puedo irme así! Tengo que calmarme... o no resistiré."

Temblando, se secó lo mejor que pudo con una toalla raída que olía a sudor masculino, y se puso su vestido sucio y húmedo, que se pegaba a su piel como una segunda capa. Sus pechos lactaban sin control, manchando la tela con círculos oscuros, y el fuego entre sus piernas era un infierno, fluidos goteando por sus muslos internos. Con pasos vacilantes, se acercó al sargento, que estaba sentado en el borde de la cama, revisando un mapa arrugado bajo la luz tenue de una lámpara de queroseno. Su voz salió tímida, entrecortada, como un susurro en la brisa nocturna: "S-sargento... no puedo... no puedo seguir así. El fuego me quema por dentro. Necesito calmarme, por favor. Sé que usted no se aprovechará de mí, que no lo contará a nadie. Sea comprensivo con mi trastorno... no me vea como una cualquiera. Esto es una necesidad de mi cuerpo, como el aire o el agua. Desde que tenía 12 años, cuando empecé a desarrollarme, he vivido con esto. Tengo 18 ahora, y me atormenta cada día."

Kwame levantó la vista, sus ojos oscuros ampliándose al verla así: mojada, excitada, vulnerable. Intentó razonar, su voz grave y compresiva resonando en la choza estrecha. "Awa, escúchame. Entiendo tu sufrimiento, pobre chica. Eres una diosa negra, la mujer más atractiva que he visto en estas tierras áridas, con tus curvas que podrían enloquecer a cualquier hombre. Pero soy un soldado íntegro, con principios. No quiero hacerte nada que no desees de verdad, nada que te lastime o te deje con remordimientos. Podemos encontrar otra forma... tal vez hablar con un médico en la ciudad, o..."

Pero Awa, con el deseo ganando terreno, comenzó a suplicarle, sus palabras saliendo en ráfagas entre pequeños orgasmos que la hacían jadear. "Por favor, sargento... lo necesito tanto. Mis pechos me pesan de tanta leche, mire... ¡ahh!" Entre súplicas, se levantó la blusa húmeda, exponiendo sus pechos grandes y lactantes, chorros de leche brotando de los pezones endurecidos, salpicando el suelo y el uniforme de él. Lágrimas de vergüenza y deseo rodaban por sus mejillas. "Úseme, por favor... calme este fuego. No se lo pido como una cualquiera, sino como una chica desesperada. ¡Oh, Dios... otro...!" Un orgasmo la sacudió, sus rodillas flaqueando mientras fluidos calientes corrían por sus piernas.

Kwame ya no pudo resistirse más; su erección dura como el acero presionaba contra sus pantalones, atraído por esa visión de fertilidad pura. Con un gruñido bajo, se lanzó hacia ella, sus manos grandes y callosas rodeando sus pechos, y comenzó a mamar uno con avidez. La leche cálida y dulce inundó su boca, tragándola en sorbos profundos, mientras Awa arqueaba la espalda en éxtasis, orgasmos múltiples recorriéndola como relámpagos. "¡Sí... sargento... beba... ¡ahhh!" Fluidos brotaban de su coño, empapando el suelo, y sus gemidos llenaban la choza. Él acariciaba su cuerpo con gentileza inicial que se volvía posesiva: sus nalgas firmes, redondas, amasándolas con fuerza, luego bajando la mano hasta su coño, que era un río de flujos viscosos y calientes. Metió dos dedos dentro, sintiendo la apretura virgen, curvándolos para golpear ese punto sensible, haciendo que ella gritara de placer. "¡Kwame... más... me quema!"

Se besaron entonces, besos húmedos y babosos, lenguas entrelazadas en un baile frenético, lamiéndose las caras como animales en celo, saliva mezclándose con leche residual. Awa, desesperada, se agachó de rodillas en el suelo de tierra, sus manos temblorosas desabrochando los pantalones de él. Sacó su verga dura, un pedazo de carne venoso y grueso, goteando pre-semen, y se la metió en la boca con un gemido gutural. Al saborearlo, le pasó lo de siempre: orgasmos brutales la invadieron, sus ojos en blanco mientras mamaba con devoción, su cuerpo en trance, chupando y lamiendo cada vena, tragando profundo hasta que la garganta se contraía. "Mmm... tan grande... necesito su semen..."

Kwame eyaculó una barbaridad, chorros espesos y calientes inundando su boca, y Awa, al sentirlo, sufrió una serie de orgasmos más grandes, su coño squirteando fluidos que formaban un charco en el suelo, tragando cada gota como un néctar preciado que calmaba temporalmente su adicción. Limpió la última gota con la lengua, lamiendo con delicadeza, y miró al sargento con una sonrisa tímida de agradecimiento, sus ojos aún nublados por el placer. Pero él seguía con la verga dura, palpitante, y Awa la miró con deseo renovado, su conflicto interno rugiendo: "¿Y ahora? Quiero más... pero soy virgen... ¿podré parar?"

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