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Toneta: ¿Trabajo o infidelidad? - 6

Marta acepta el contrato que cambiará su vida, pero el precio es su relación. Juanma sostiene la cámara, capturando cada gemido, creyendo que es solo actuación. Hasta que las luces se apagan, las grabadoras se detienen y Marta sigue follando con Nick. ¿Podrá él seguir grabando, o el deseo lo consumirá?

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El aire del aeropuerto de El Prat olía a metal, a café recalentado y a la prisa incesante de miles de vidas cruzándose.

Marta ajustó la bandolera sobre su hombro; el peso de la pequeña maleta de mano apenas perceptible. Una sonrisa se dibujaba en sus labios, una mezcla de cansancio y satisfacción. Había dejado Budapest con un nuevo peldaño subido en su escalera profesional, la vibración de la polla de Volkov aún un eco placentero en su memoria, y el recuerdo de un trío que la había llevado a límites insospechados.

Raúl, a su lado, rascaba su nuca, los tatuajes de sus brazos estirándose con el gesto. Su musculatura, cincelada con la dedicación de un escultor, parecía tensa bajo la camiseta ajustada. Un surco de frustración le marcaba el entrecejo. La experiencia con Volkov no había sido como esperaba.

—No te comas la cabeza, Raúl —Marta extendió una mano y apretó su bíceps, la piel tersa y cálida—. Volkov es otro nivel. A cualquiera le pasa.

Él exhaló un suspiro, el aliento caliente sobre su cabello.

—Es que… joder. Con todos esos focos, tanta gente mirando… Mi polla, que nunca falla, se encogió como una pasa.

Su voz, normalmente segura, sonaba ahora teñida de vergüenza.

—Y tú ahí, deslumbrando. Parecías hecha para eso, Marta.

Marta se encogió de hombros, la sonrisa ampliándose.

—Bueno, la primera vez siempre es un reto. Pero lo importante es que lo intentamos. Y lo del trío… eso fue salvaje. Ya te contaré los detalles.

Un brillo juguetón cruzó sus ojos.

—Además, ¿quién dijo que no volveríamos a trabajar juntos? Esto solo acaba de empezar.

Se abrazaron, el contacto breve pero cargado de camaradería. El aroma a sudor y colonia masculina de Raúl se mezcló con el suyo.

—Cuídate, Marta. Y no te olvides de este pobre diablo.

—Nunca —ella le guiñó un ojo—. Nos vemos pronto, seguro.

Raúl se alejó, su figura imponente perdiéndose entre la multitud. Marta se quedó un instante, observando cómo el flujo de gente lo engullía. Luego giró.

Unos ojos castaños, llenos de impaciencia contenida, la encontraron al otro lado de la barrera de llegadas.

Juanma.

Una oleada de alegría la invadió. Caminó hacia él, su paso ligero. Juanma la envolvió en un abrazo que la levantó del suelo, su barbilla hundiéndose en su cabello.

—¡Mi amor! Te extrañé tanto.

—Y yo a ti, tonto.

Marta se aferró a su cuello, aspirando el familiar aroma a su piel, a su champú. Se sentía anclada de nuevo.

En el coche, el motor ronroneando suavemente mientras se alejaban del bullicio del aeropuerto, Juanma no perdía oportunidad de tocarla. Su mano encontró la de ella sobre el reposabrazos central, sus dedos entrelazándose. Luego, con una naturalidad que a Marta le resultaba tan familiar como su propio aliento, su pulgar comenzó a acariciar el muslo de ella, justo donde la tela de sus vaqueros se tensaba.

Un cosquilleo agradable se extendió por su piel.

—Cuéntame todo —Juanma giró la cabeza hacia ella, sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y una excitación apenas velada—. Lo de Volkov, ¿cómo fue? Y el trío, ¡por favor, no te guardes nada!

Marta rió, el sonido cristalino llenando el habitáculo.

—Bueno, con Volkov… el hombre es una leyenda por algo. Su polla es un tronco, Juanma. Un grosor que te deja sin aliento. Y tiene una habilidad para mover las caderas… Me hizo correr como una fuente. Él sabe exactamente cómo tocarte para que te fundas. La escena fue brutal, aunque Raúl… pobrecito, no pudo con los nervios.

Juanma apretó su muslo, su pulgar ahora rozando el borde de su tanga de hilo que se intuía bajo la tela.

—Pobre Raúl. Pero tú, ¿te lo pasaste bien?

—Uf, sí. Volkov es un volcán. Y los checos… eran dos. Imagínate. Uno por delante, otro por detrás. Sus pollas no eran tan grandes como la de Volkov, pero la coordinación, la manera en que se turnaban, cómo me llenaban la boca y el coño a la vez… Fue una locura. Acabé empapada, con charcos en la cama, de verdad. No paraba de correr.

La respiración de Juanma se hizo un poco más profunda. Su pulgar se detuvo, presionando suavemente la entrepierna de Marta.

—Me estás poniendo… caliente.

Marta se inclinó y le dio un rápido beso en la mejilla.

—Esa era la idea. Ya en casa te cuento más detalles, con demostración si quieres.

Los días siguientes transcurrieron en una burbuja de normalidad y anticipación. Marta y Juanma retomaron su rutina, pero la conversación sobre la carrera de ella nunca estaba lejos.

Un mensaje de Volkov llegó, una conexión inesperada: Nick Moreno. El nombre sonaba como un eco en el mundillo, una promesa de grandes ligas.

Unos días más tarde, el café de la mañana con Nick se convirtió en un torbellino de emociones. La cafetería, con su aroma a grano recién molido y el tintineo de las tazas, era un escenario inusual para lo que se avecinaba.

Nick, un hombre de unos cuarenta, con el pelo corto y una musculatura definida que se adivinaba bajo su camisa, los recibió con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Esos ojos, de un azul penetrante, parecían evaluar, calcular.

—Marta, Juanma —Nick asintió, su voz grave y segura—. Volkov me habló maravillas de ti, Marta. Y he visto un par de tus vídeos.

Hizo una pausa, y la tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo.

—Eres un diamante en bruto, chica. Tienes algo especial. Esa forma de moverte, esa mirada… necesitamos trabajar contigo.

Marta sintió un nudo en la garganta. Sus manos, que descansaban sobre la mesa, se apretaron involuntariamente.

—Yo… muchas gracias, Nick. Es un honor.

—No, el honor es nuestro —Nick continuó, su mirada fija en ella—. Si esto va bien, y estoy seguro de que irá, lo normal es que termines en Estados Unidos. Una estrella mundial. Tienes todo el potencial.

Las palabras la golpearon como una ola.

Estados Unidos. Estrella mundial.

Su sueño, que a veces parecía tan lejano, de repente se materializaba, tangible, al alcance de su mano.

—Por mí… encantada. De verdad.

Juanma, sentado a su lado, apretó la mandíbula. Una mezcla de celos y una excitación incontrolable bullía en su interior.

Nick desvió su atención hacia Juanma.

—Y tú, Juanma. ¿Es cierto que grabaste las escenas para Onlyfans con el actor amateur? Raúl, creo que se llamaba.

Juanma asintió, la garganta seca.

—Sí, así es. Algunas de las primeras.

—Un trabajo excelente. La cámara, los ángulos… tienes buen ojo. De hecho —Nick se recostó en su silla, una media sonrisa formándose en sus labios—, necesitamos un cámara. ¿Te interesaría? El sueldo es bueno, y trabajarías con nosotros, con Marta.

Los ojos de Juanma se abrieron ligeramente.

—¡Claro que sí! Encantado.

—Perfecto —Nick se frotó las manos—. Pues mirad, esto viene que ni pintado. Se nos ha caído una actriz rusa. No ha podido viajar. Así que, Marta, si quieres ocupar su lugar… mañana mismo. Tu primera escena con nosotros. Conmigo, de hecho.

Marta parpadeó.

—Sí. Sí, por supuesto.

—Genial. Será una escena de calle. Típica. Yo y el equipo en una furgoneta, os encontramos a ti por pura casualidad…

Nick explicó la dinámica, cada detalle cuidadosamente calculado.

Marta asimilaba las instrucciones, su corazón latiendo acelerado.

—Cuando estés desnuda —Nick continuó—, te ofrezco mil euros por un polvo. Tú, automáticamente, coges el dinero y dices que vale…

—Claro —Marta asintió.

—Perfecto. Mañana a las ocho, debajo de tu casa. Os recojo. Esto va a ser el principio de algo grande.

La mañana siguiente llegó con la promesa de un nuevo amanecer.

Marta se vistió con una premeditación casi ritual: tanga de hilo negro, leggings de cuero ajustados, camiseta blanca sin sujetador, botas negras de caña alta.

Se miró al espejo.

Estaba lista.

Abajo, la furgoneta negra de Nick ya esperaba.

Dentro, el ambiente era profesional, pero cargado de expectación.

Nick dio instrucciones finales.

Marta bajó de la furgoneta.

La escena comenzó.

—¡Oye, guapa! ¿Tienes un minuto?

Marta actuó con naturalidad.

La negociación ficticia escaló.

Quinientos euros. Mil euros. Una prenda menos. Otra.

La camiseta cayó.

Los leggings siguieron.

El aire frío rozó su piel desnuda.

Nick ofreció mil euros más.

—Mil euros… ¿por un polvo?

Silencio.

Marta tomó el dinero.

—Vale.

Su voz fue un susurro firme.

—Pero que sea bueno.

El cambio en la atmósfera fue inmediato.

La furgoneta se puso en marcha, alejándose de la avenida, los cristales tintados ocultando lo que estaba a punto de suceder.

Nick se abalanzó sobre ella, sus labios encontrando los de Marta en un beso voraz. Las bocas se abrieron, las lenguas se entrelazaron, succionándose con una urgencia que casi dolía.

Juanma, cámara en mano, se movía por la parte trasera de la furgoneta, capturando cada ángulo, cada gemido.

Nick arrastró a Marta hacia la parte trasera, el espacio acondicionado con cojines y mantas. La empujó contra los cojines, su cuerpo musculoso presionando el de ella. Sus manos se deslizaron por su espalda, explorando cada curva, cada centímetro de piel.

Los dedos de Nick encontraron su coño, ya empapado, el clítoris hinchado bajo su toque.

Marta arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta.

—Estás mojada, nena —Nick susurró contra su boca, su aliento caliente—. Muy mojada.

Su lengua se deslizó por el cuello de Marta, bajando por su clavícula, deteniéndose en el hueco entre sus pechos. La lamió, succionó; sus labios atraparon un pezón, tirando suavemente.

Marta gimió, sus manos enredándose en el cabello de Nick, tirando.

—Más —jadeó—. Quiero más.

Nick bajó más, su boca encontrando el ombligo de Marta, luego su vientre plano. Su lengua trazó un camino húmedo hacia abajo, el calor de su aliento encendiendo un fuego en su interior.

Marta abrió sus piernas, ofreciéndole su coño sin reservas.

—Oh, sí —Nick gruñó.

Su boca cubrió su clítoris. Su lengua era un experto bailarín, lamiendo, succionando, golpeando el pequeño botón de placer con una precisión devastadora.

Marta se retorció, sus caderas elevándose, sus muslos temblando. Los gemidos se escapaban de su boca, mezclándose con el ruido de la furgoneta en movimiento.

El sonido de la lengua de Nick contra su coño, un shlick húmedo y constante, llenó el espacio. El olor a sexo, a sudor, a excitación, se hizo denso.

Marta se aferró a la cabeza de Nick, sus dedos apretando su cabello, sus uñas arañando su cuero cabelludo.

Su cuerpo se tensó; una oleada de placer la recorrió. Su coño se contrajo, expulsando un chorro de fluidos que se mezcló con la saliva de Nick.

—¡Ahhh! ¡Joder! —Marta gritó, sus caderas convulsionando.

Nick levantó la cabeza, su boca brillante, una sonrisa satisfecha en sus labios.

Se desabrochó los pantalones, revelando una polla que hizo que los ojos de Marta se abrieran de par en par. Larga, gruesa y dura como una roca, con el glande morado y brillante de pre-cum.

—¿Lista para esto, princesa? —Nick preguntó, su voz ronca.

Marta no respondió; solo asintió con la cabeza, sus ojos fijos en el miembro de Nick.

Él la ayudó a colocarse de rodillas, sus nalgas ofreciéndose. Nick se arrodilló detrás de ella, su polla presionando contra su coño. La punta se deslizó por los labios húmedos, buscando la entrada.

—Aquí vamos —Nick susurró, y empujó.

La polla de Nick entró con una fuerza que hizo que Marta jadeara. Era grande, más grande de lo que esperaba, y llenaba su coño por completo.

Nick comenzó a moverse, lento al principio, luego aumentando el ritmo. El sonido de su polla entrando y saliendo, un squelch húmedo y rítmico, se hizo constante.

Juanma, con la cámara, capturaba cada embestida, cada expresión de placer en el rostro de Marta.

La furgoneta seguía su curso por las autovías y calles de Barcelona, el mundo exterior ajeno al huracán de pasión que se desataba en su interior.

Cambiaron de postura con una fluidez asombrosa.

Marta se tumbó boca arriba, sus piernas abiertas, mientras Nick la embestía con una ferocidad controlada.

Luego, ella se sentó sobre él, su coño engullendo su polla por completo, cabalgándolo con una intensidad que hacía que la furgoneta se moviera ligeramente.

El sudor perlaba sus cuerpos; el olor a sexo se volvía más intenso.

—¡Más, Nick, más fuerte! —Marta gritó.

Nick la volteó de nuevo, colocándola a cuatro patas. Sus manos se aferraron a sus caderas, impulsándola con fuerza.

Marta nunca se había corrido con tanta facilidad.

Con Raúl era bueno. Con Volkov voló por el grosor. Pero con Nick su cuerpo respondía con una urgencia nueva.

—¡Dios, Marta, eres una salvaje! —Nick jadeó.

El ritmo se intensificó.

La furgoneta seguía su camino, ajena a la tormenta.

Debajo de ellos, en el suelo, un charco brillante de fluidos se extendía.

Finalmente, Nick gruñó.

—¡Marta! ¡Me corro!

Él la empujó hacia abajo.

Marta abrió la boca.

Nick se corrió, un chorro caliente y espeso de semen llenando su boca.

Ella lo tragó todo.

Nick se desplomó sobre ella, respirando agitado.

La furgoneta se detuvo en un parking enorme y casi vacío.

Las puertas se abrieron.

Marta salió envuelta en una toalla, el cabello revuelto, los labios hinchados.

—¿Qué tal, Juanma? —preguntó, eufórica.

—Brutal. Impresionante.

Marta sonrió.

—Nick dice que voy a triunfar en Estados Unidos.

Se alejó.

Juanma recogía el equipo cuando el conductor murmuró:

—Vaya peligro tienen esos dos.

La furgoneta comenzó a moverse de nuevo.

Juanma se acercó.

Y la vio.

Marta, otra vez encima de Nick. Sin cámaras. Solo deseo.

Ella lo miró.

Sonrió.

—Ahora terminamos, amor. Queríamos afinar para el próximo rodaje.

Juanma se quedó inmóvil.

Celos. Conmoción. Excitación.

Se dio la vuelta.

Siguió recogiendo.

La furgoneta no paraba de balancearse.

Los gemidos no cesaban.

Casi una hora.

Finalmente, silencio.

Cinco minutos después, Marta apareció vestida, aunque con el cabello revuelto y los labios aún hinchados.

Durante el trayecto de vuelta, Nick no dejó de elogiarla.

—Vas a ser una estrella.

Marta sonrió.

Nick continuó:

—Tengo varias escenas nuevas para ti. Individuales. Aquí en Barcelona.

Marta flotaba.

Juanma, a su lado, sentía el vértigo.

Miedo a perderla.

Excitación por verla así.

La línea entre amor y deseo, entre trabajo y placer, ya no existía.

Y esa ambigüedad era, al mismo tiempo, su tormento y su mayor excitación.

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Si has llegado hasta aquí, GRACIAS por leer el relato. Sé que debo mejorarlos, especialmente en el formato, y en ello estoy mientras voy aprendiendo.Agradecería cualquier tipo de comentario o sugerencias, siempre son bien recibidos.

Todos los relatos están basados o inspirados en historias reales, algunas contadas tal y como ocurrieron y muchas otras adaptando algunas experiencias para darle un aspecto más de relato.

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