Xtories

Toneta: ¿Trabajo o infidelidad? - 5

Marta sabe que está cruzando una línea, pero la cámara lo exige. Mientras Volkov dirige y dos cuerpos jóvenes la poseen, su teléfono vibra en la mano: Juanma está al otro lado de la línea, escuchando cada gemido. ¿Podrá mantenerse firme entre el trabajo y el deseo, o la tentación de compartir su secreto la arrastrará más profundo?

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El aire de Budapest, incluso a través del cristal tintado de la ventana del hotel, conservaba un frío húmedo que se aferraba a la piel.

Marta se secó el pelo con la toalla, el vapor aún subiendo de su piel después de una ducha caliente que no lograba disipar la tensión acumulada. Llevaba solo un tanga negro, la tela mínima apenas cubriendo la curva de su culo firme, el piercing de su ombligo brillando bajo la luz artificial de la habitación.

Su móvil vibró sobre la mesita de noche, la foto de Juanma iluminando la pantalla.

Cogió la llamada, su voz un murmullo cansado.

—Hola, mi amor. Ya estoy en el hotel. Acabamos de terminar.

Un suspiro llegó del otro lado, arrastrado por los kilómetros.

—Por fin. Llevo todo el día pensando en ti. ¿Qué tal ha ido? ¿Todo bien con Raúl?

Marta se sentó en el borde de la cama, el colchón hundiéndose ligeramente bajo su peso. Pasó una mano por su pelo oscuro, aún húmedo.

—Juanma… tenemos que hablar.

Un silencio tenso se instaló, solo roto por el leve zumbido de la línea.

—Me estás asustando, Marta. ¿Qué pasó? ¿Raúl te hizo algo?

La voz de Juanma adquirió un tono de preocupación, casi de alarma.

—No, no es eso. Raúl… Raúl no pudo. Simplemente no pudo empalmarse. Había mucha gente, las luces, la presión. Se bloqueó.

Marta se detuvo, buscando las palabras adecuadas.

—Llevábamos horas intentándolo. Y no salía. Volkov estaba allí, ya sabes, dirigiendo. Se cansó de esperar.

La respiración de Juanma se hizo audible.

—¿Volkov? ¿El Volkov? ¿Estaba él en el set?

—Sí, claro. Te dije que era una producción grande. Y entonces… él se ofreció a hacerlo. A grabar la escena conmigo.

La voz de Marta se volvió un poco más suave, casi imperceptible.

—No pude decir que no, Juanma. Era Volkov. Una leyenda. Una oportunidad única.

Otro silencio. Más largo esta vez. Marta casi podía ver la mandíbula de Juanma apretarse al otro lado del teléfono.

—Pero… ¿cómo? ¿Él? ¿Contigo?

—Sí. Él. Se puso delante de la cámara. Y lo hicimos. Fue… intenso. Diferente a todo lo que he hecho antes.

Recordó la mirada penetrante de Volkov, la forma en que sus manos expertas la habían guiado, la potencia inesperada de su cuerpo a pesar de los años. No era como Raúl, joven y salvaje, pero había una experiencia, una autoridad en cada uno de sus movimientos que la había dejado sin aliento.

—No sé qué decir, Marta. Habíamos hablado de esto. De que buscarías a un chico fijo para trabajar contigo. Alguien con quien te sintieras cómoda, pero… ¿Volkov?

La voz de Juanma sonaba extraña, una mezcla de celos y una curiosidad casi morbosa.

—Lo sé, mi amor. Lo sé. Y te juro que lo he intentado. Pero esto no lo planeé. Simplemente pasó. Y después… Volkov me hizo una oferta.

Marta se levantó de la cama, comenzó a caminar por la habitación, la tela del tanga rozando sus nalgas.

—Quiere que grabe más cosas con su productora. Quiere que haga un trío mañana.

El aire se cortó.

—¿Un… trío? ¿Con quién? ¿Con dos tíos?

La voz de Juanma era apenas un hilo, casi inaudible.

—Sí. Con dos tíos. Dos modelos checos. Y él mismo lo va a dirigir. Va a ser mi primera escena con dos a la vez. No puedo rechazarlo, Juanma. Esto es un salto en mi carrera. Es lo que siempre he soñado.

Hubo un crujido metálico, como si Juanma se hubiese movido de repente, quizás ajustándose en su silla.

—Entiendo. Supongo que sí. Es una oportunidad. Pero… ¿dos? ¿A la vez? ¿No es mucho?

Marta se detuvo frente al espejo, observando su reflejo. Su cuerpo, pequeño pero atlético, se veía fuerte y preparado. Sus pechos, firmes y sin sostén, se alzaban desafiantes.

—No lo sé. Nunca lo he hecho. Pero estoy lista para intentarlo. Es mi trabajo, Juanma. Y me encanta.

La conversación continuó, punteada por las explicaciones de Marta sobre la importancia de la oportunidad y los titubeos de Juanma, quien, a pesar de sus celos evidentes, no podía evitar la fascinación que le producían las historias de su novia. Hablaron de los modelos checos, de la reputación de Volkov, de la escala de la producción.

Marta sintió una punzada de culpa por la forma en que su vida profesional se entrelazaba con la intimidad de su relación, pero la adrenalina de la nueva aventura era demasiado potente para ignorarla.

A la mañana siguiente, el sol de Budapest entraba a raudales por la ventana del estudio, un gran espacio diáfano con cámaras, focos y un equipo de técnicos que se movían con eficiencia silenciosa.

Marta llegó con una hora de antelación; su ropa habitual —unos vaqueros ajustadísimos y una camiseta que dejaba al descubierto su ombligo y su piercing— acentuaba su figura menuda.

Volkov la saludó con una sonrisa enigmática, sus ojos profundos escrutándola de arriba abajo.

—Marta, bienvenida. Los chicos están en el vestuario. Vístete cómoda, tenemos tiempo para conocernos antes de empezar.

Su voz, grave y resonante, tenía un acento húngaro marcado.

Marta asintió, su corazón latiéndole con una mezcla de nerviosismo y excitación.

Se dirigió al vestuario, donde dos figuras imponentes ya esperaban. Eran altos, con músculos definidos que se marcaban bajo sus camisetas. Sus rostros eran jóvenes, casi angelicales, en contraste con la robustez de sus cuerpos. Uno era rubio platino; el otro, castaño oscuro. Parecían gemelos en su perfección física.

—Hola —dijo Marta, ofreciendo una sonrisa—. Soy Marta.

El rubio, el más joven, respondió con una inclinación de cabeza.

—Jan.

Su inglés era limitado, marcado por un acento eslavo.

El castaño, un poco mayor, añadió:

—Tomás.

También con dificultad.

La barrera del idioma era evidente. Marta se sintió un poco desorientada. ¿Cómo iba a grabar una escena tan íntima con dos hombres con los que apenas podía comunicarse?

Volkov entró en el vestuario, un traductor en mano.

—Chicos, esta es Marta. Ella es la estrella de hoy. Necesito que se sientan cómodos, que haya química. Hablen, rían. Conózcanse.

Volkov se dirigió a ellos en húngaro; luego al traductor, quien repitió sus palabras en checo y en un inglés entrecortado para Marta.

Las siguientes dos horas transcurrieron entre risas forzadas y miradas incómodas. Marta intentaba entablar conversación, pero las respuestas de Jan y Tomás eran monosilábicas. El tiempo se estiraba, los nervios de Marta a flor de piel.

Entonces, Jan, el rubio de dieciocho años, sacó su móvil. Tecleó algo en un traductor y se lo mostró a Marta.

La pantalla brilló con el texto:

«Si ya nos conocemos mejor, ¿no te sentirías más cómoda luego?»

Marta leyó la frase, su ceja arqueándose.

—¿Conocernos mejor? ¿Te refieres a…?

No terminó la frase.

Jan tecleó de nuevo, sus ojos azules fijos en los de ella.

«Sí. ¿No sería más fácil si ya hubieras probado con nosotros antes?»

Marta sintió un rubor subir por sus mejillas. La propuesta era descarada, directa y, la verdad, bastante práctica.

Miró a Volkov, que estaba hablando con el equipo técnico al otro lado de la sala. Nadie parecía prestarles atención.

Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.

—Bueno, si crees que eso ayudaría a la química…

Jan sonrió, un brillo de anticipación en sus ojos.

—Mucho.

Tomás, el castaño, observaba la interacción con una expresión indescifrable, pero sus ojos también brillaban.

Marta tomó una decisión. Se quitó los vaqueros y la camiseta, quedando solo en su tanga negro. Sus pechos, pequeños pero redondos, se alzaron orgullosos.

—Bien. ¿Quién primero?

Jan dio un paso adelante, su cuerpo irradiando una energía juvenil.

—Yo.

Marta asintió.

—Vamos a un sitio más privado, entonces.

Señaló un pequeño camerino al final del pasillo, apenas una cortina separándolo del resto del estudio.

Entraron. El espacio reducido apenas suficiente para los dos. Jan cerró la cortina, envolviéndolos en una penumbra suave. El aire se cargó de expectación.

Jan no perdió el tiempo. Sus manos grandes se posaron en la cintura de Marta, sus pulgares rozando el elástico del tanga. La piel de Marta se erizó bajo su toque. Él la acercó a su cuerpo, la dureza de sus músculos presionando contra ella.

—Eres… muy bonita —susurró Jan, su voz ronca.

Marta sonrió, echando la cabeza hacia atrás.

—Y tú eres… muy grande.

Sus labios se encontraron. El beso de Jan era inexperto pero apasionado; su lengua buscaba la de Marta con una urgencia que la sorprendió. Sus manos se deslizaron por la espalda de ella, apretando sus nalgas firmes.

El tanga se volvió un estorbo. Con un movimiento rápido, Jan lo bajó hasta sus rodillas, luego lo apartó por completo.

Marta sintió el frío aire en su piel, pero el calor del cuerpo de Jan era inmediato. Sus manos bajaron hasta la cremallera de su pantalón. La tela cedió, revelando un bulto impresionante.

Jan no llevaba calzoncillos. Su polla, gruesa y larga, se irguió; su cabeza rosada brillaba con un poco de prepucio.

Marta la tomó en su mano, sintiendo su peso, su calor.

—Madre mía… —murmuró, sus ojos fijos en la verga.

Jan gimió, inclinando la cabeza hacia atrás.

—Te gusta.

—Me encanta —corrigió ella.

Acercó su boca a la punta, lamiendo el pre-cum que ya perlaba el glande. El sabor era salado y ligeramente amargo, pero la sensación era pura excitación.

Comenzó a chuparla, sus labios envolviendo la cabeza, luego bajando por el tronco, aspirando con fuerza. El sonido de su succión llenó el pequeño camerino. Jan se retorcía; sus gemidos se hicieron más fuertes.

Marta siguió trabajando, su boca experta subiendo y bajando, su lengua trazando los contornos de la verga, prestando especial atención al frenillo. Sentía el grosor de la polla contra su garganta, la presión, el calor.

Jan no pudo más. Soltó un gruñido, sus caderas empujando hacia su boca. Un chorro de semen caliente llenó su garganta.

Marta lo tragó todo, la sorpresa mezclada con una extraña satisfacción.

Jan se desplomó contra la pared, su respiración agitada.

—Lo siento —dijo, avergonzado.

Marta se limpió los labios con el dorso de la mano.

—No te preocupes, cariño. Eso solo significa que te gusto mucho.

Le guiñó un ojo.

—Ahora, vamos a por el siguiente.

Salieron del camerino, Jan con una sonrisa boba en el rostro, Marta con una sensación de triunfo.

Tomás la esperaba, sus ojos oscuros llenos de una intensidad diferente a la de Jan. Su cuerpo era igual de imponente, quizás un poco más definido.

—¿Mi turno? —preguntó Tomás, su voz grave.

Marta asintió, una sonrisa maliciosa en sus labios.

—Tu turno.

Volvieron a entrar en el camerino, la cortina cerrándose detrás de ellos.

Esta vez, Marta tomó la iniciativa. Empujó a Tomás contra la pared, sus manos explorando su pecho musculoso, sus dedos trazando los contornos de sus abdominales.

Tomás gruñó; sus manos se posaron en las caderas de Marta, apretando con fuerza.

—Quiero sentirte —susurró Tomás, su voz más segura ahora.

Marta se inclinó para besarlo, su lengua buscando la suya con una confianza renovada.

El beso de Tomás era más lento, más profundo; su lengua exploraba con una paciencia que Jan no había tenido.

Mientras se besaban, Marta desabrochó su pantalón, y la polla de Tomás, igual de gruesa que la de Jan, se presentó ante ella, su cabeza ya húmeda.

Marta se arrodilló.

Esta vez, se tomó su tiempo. Lamió la punta, saboreando el pre-cum. Luego, con la boca bien abierta, la tomó por completo, sintiendo cómo su garganta se estiraba. El tamaño era impresionante, pero Marta estaba acostumbrada a penes grandes. Su técnica era impecable, sus labios y lengua trabajando en conjunto para estimular cada nervio.

Tomás soltó un gemido profundo, sus manos en el pelo de Marta, tirando suavemente.

Marta continuó, su boca subiendo y bajando, el sonido de la succión resonando en el pequeño espacio. Sintió el pulso de la verga contra su lengua, el calor que se acumulaba. Tomás se movía rítmicamente, sus caderas empujando.

Marta sintió que su clítoris empezaba a pulsar, una excitación subiendo por su abdomen.

Tomás la levantó de repente, sus manos agarrando sus nalgas. La alzó hasta que sus bocas se encontraron de nuevo.

—Quiero sentirte dentro de mí —dijo, su voz ronca de deseo.

Marta se subió a su regazo, sus piernas rodeando la cintura de Tomás. Sus pechos rozaban el pecho musculoso de él.

Marta guio la polla de Tomás hacia su coño, que ya estaba empapado. La cabeza de la verga presionó contra sus labios mayores, luego se deslizó hacia adentro.

Un gemido escapó de Marta mientras la sentía entrar, estirándola. Era un ajuste apretado, pero la lubricación natural de Marta y el tamaño de Tomás se complementaban.

—Oh, Dios —susurró Marta, sus ojos cerrados, la sensación de plenitud abrumadora.

Se movió lentamente, cabalgando sobre Tomás, sintiendo cómo el pene se hundía más y más profundo con cada movimiento. Las caderas de Tomás se levantaban para encontrarse con las suyas, el ritmo acelerándose.

El sonido de la piel húmeda chocando llenaba el camerino: un shlick, shlick rítmico que la volvía loca.

Marta se inclinó hacia atrás, sus manos en los hombros de Tomás, sus pechos rebotando con cada empuje. Sentía el clítoris rozar contra la base de la polla de Tomás con cada movimiento, la fricción intensa.

Los músculos de Tomás se tensaban bajo sus manos. Sus gemidos eran guturales, profundos.

—Más fuerte —jadeó Marta, su voz apenas un susurro.

Tomás obedeció; sus embestidas se hicieron más potentes, más rápidas.

Marta sentía que estaba a punto de explotar. Su clítoris vibraba, su coño se contraía alrededor de la polla de Tomás. El placer era tan intenso que las lágrimas se acumularon en los bordes de sus ojos.

—Me vengo… me vengo —gritó, su cuerpo arqueándose.

Tomás gruñó y, con un último empuje profundo, soltó su carga dentro de ella, caliente y abundante.

Marta sintió el semen llenar su interior, una sensación de plenitud y orgasmo que la dejó temblando. Se aferró a Tomás, su respiración agitada, sus cuerpos sudorosos y pegajosos.

Después de unos minutos, se separaron, sus cuerpos aún vibrando con el placer.

Tomás le dio un beso suave en la frente.

—Ahora sí —dijo, con una sonrisa de satisfacción—. Ahora estamos listos.

Salieron del camerino; el tiempo había volado.

Volkov los esperaba, una ceja alzada.

—Veo que ya hay química —dijo, una sonrisa sutil en sus labios.

No preguntó; no hizo falta. El brillo en los ojos de Marta y la relajación en los cuerpos de los chicos hablaban por sí solos.

La grabación comenzó poco después.

El set estaba preparado: una cama grande con sábanas de seda negra, focos estratégicamente colocados y un equipo de cámaras listos para capturar cada ángulo.

Marta, Jan y Tomás se desnudaron, sus cuerpos jóvenes y esculturales brillando bajo las luces.

Raúl, sentado en el «banquillo», observaba cada movimiento, su rostro una máscara de frustración y arrepentimiento. No podía apartar la mirada de Marta, de su cuerpo pequeño y perfecto, ahora rodeado por la imponente presencia de los dos checos.

Volkov, detrás de la cámara, daba instrucciones precisas, su voz tranquila pero firme.

—Jan, tu mano en su pecho. Tomás, acaricia su muslo. Marta, mira a Tomás. Ahora, besa a Jan.

Marta se movía con una fluidez asombrosa; la práctica previa había disipado cualquier inhibición. Sus labios se encontraron con los de Jan, mientras sentía la mano de Tomás explorando su piel.

La excitación era palpable, un aura densa que llenaba el estudio. Los dos chicos la besaban, la tocaban, sus penes ya duros y pulsantes contra su piel.

—Bien, ahora Jan, posición de perrito. Marta, súbete a él. Tomás, arrodíllate detrás y entra por la boca.

Marta se puso a cuatro patas sobre la cama, sus nalgas firmes elevándose.

Jan se arrodilló detrás de ella; su polla, grande y firme, se deslizó sin esfuerzo en su coño.

Marta gimió al sentir la penetración, su cuerpo adaptándose al ritmo de Jan. El shlick, shlick volvió, fuerte y rítmico.

Tomás se arrodilló frente a ella; su polla, igualmente impresionante, se presentó ante su boca.

Marta la tomó, su lengua lamiendo el glande, su boca envolviendo el tronco. Estaba siendo follada por detrás y comiendo polla al mismo tiempo. Era una sensación abrumadora, el placer multiplicándose, sus sentidos al máximo.

—Marta, más lento con Tomás. Jan, más profundo. Mira a la cámara, Marta. ¡Eso es!

Volkov seguía dando indicaciones, ajustando las posturas, buscando la toma perfecta. Tuvieron que repetir algunas posiciones, pero Marta no se quejaba. Cada repetición solo intensificaba el placer.

Jan empujaba con fuerza, sus bolas golpeando rítmicamente contra las nalgas de Marta. Ella se inclinaba hacia atrás, su coño apretando la polla de Jan, mientras su boca trabajaba en la de Tomás.

Las sensaciones eran tan intensas que sentía que su cuerpo iba a estallar. Los gemidos de los tres se mezclaban en una sinfonía de placer.

—¡Cambio! Marta, ahora tú encima de Tomás. Jan, por detrás.

Marta se giró, cabalgando sobre Tomás, su coño empapado recibiendo la polla de él con facilidad. Sus pechos rebotaban con cada movimiento.

Jan se arrodilló detrás de ella, su polla presionando contra su culo. Marta sintió el roce, la promesa de una penetración anal.

—Marta, relaja el culo. Jan, despacio. Solo la punta.

Marta respiró hondo, relajando los músculos. Sintió la punta de la polla de Jan presionar contra su ano, luego deslizarse lentamente. Era una sensación nueva para ella en cámara, un poco más de presión, pero su cuerpo se adaptó.

La penetración anal era lenta y metódica; Jan esperaba a que ella se acostumbrara. Tomás, debajo de ella, la follaba con un ritmo constante, sus manos en sus caderas.

Marta cerró los ojos, concentrándose en las sensaciones. El estiramiento de su ano, la plenitud de su coño. Era un placer dual, una experiencia que la llevaba a otro nivel.

Los gemidos escapaban de sus labios sin control.

—¡Perfecto! ¡Así! Marta, mira a Jan. Sonríe.

Marta abrió los ojos, una sonrisa genuina en su rostro.

Sentía el clímax acercarse, una ola de placer que la envolvía. Los dos chicos empujaban en un ritmo sincronizado, sus cuerpos trabajando en conjunto para llevarla al límite.

—¡Marta, a punto de venirte! ¡Grita! ¡Eso!

Marta soltó un grito; su cuerpo tembló mientras un orgasmo potente la sacudía. Su coño se contrajo furiosamente alrededor de la polla de Tomás, su ano alrededor de la de Jan.

Ambos chicos soltaron sus cargas casi al mismo tiempo, sus gemidos llenando el estudio mientras eyaculaban dentro de ella, caliente y abundante.

—¡Corten! ¡Fantástico! ¡Absolutamente brillante!

La voz de Volkov resonó, llena de satisfacción.

Marta se desplomó sobre Tomás, su respiración agitada, su cuerpo empapado en sudor y semen. Había sido uno de los mejores polvos de su vida, una experiencia que superaba con creces cualquier cosa que hubiera imaginado.

Mientras el equipo comenzaba a recoger, Marta se sintió eufórica. Se incorporó, observando a Jan y Tomás, quienes también respiraban agitadamente, con sonrisas de satisfacción en sus rostros.

Raúl, en el banquillo, se levantó, su rostro una mezcla de admiración y un profundo arrepentimiento. Había visto la maestría de Marta, la forma en que había dominado la escena, la química con los dos chicos.

Marta se vistió rápidamente, una sensación de triunfo recorriendo su cuerpo.

Jan se acercó a ella, su mano rozando su brazo. Le sonrió.

—Marta, ¿quieres… rematar?

Ella entendió.

—¿Dónde? —preguntó Marta, una sonrisa traviesa en sus labios.

Jan señaló con la cabeza hacia los baños del estudio.

—Vamos.

Entraron en el pequeño baño, la puerta cerrándose con un suave clic.

Jan la empujó contra la pared, sus labios encontrándose con los de ella en un beso urgente.

—Quiero follarte —susurró Jan.

Marta no respondió con palabras, sino con acciones. Se bajó los vaqueros hasta las rodillas, luego el tanga, exponiendo su coño húmedo.

Jan la levantó y la sentó sobre el lavabo.

—Dentro —jadeó Marta.

Jan empujó, y la polla se deslizó en ella con un suave shlick.

El lavabo era frío bajo sus nalgas, pero el calor del cuerpo de Jan era abrumador.

—Más fuerte, Jan —gritó Marta.

Jan obedeció.

—Me vengo… —jadeó Marta.

Con un último empuje salvaje, Jan soltó su semen dentro de ella.

Se quedaron así por un momento, sus cuerpos pegados.

Raúl, que había pasado por delante del baño, se detuvo al escuchar los gemidos. Reconoció la voz de Marta. Se apoyó contra la pared, la frustración y la rabia hirviendo en su interior.

Más tarde, de vuelta en su hotel, Marta se duchó de nuevo. Se sentía agotada, pero extrañamente satisfecha.

Cogió el móvil y marcó el número de Juanma.

—Juanma, no te lo vas a creer. Ha sido una locura…

Le contó los detalles.

—Y me los he follado a los dos, Juanma. Antes y durante la escena. Dos pollas enormes, una por el coño, otra por el culo. Y Volkov dando indicaciones. Ha sido una pasada.

Hubo un silencio.

—¿Por el culo también?

—Sí, mi amor. Por el culo también…

Marta siguió hablando.

No se dio cuenta al principio, pero la respiración de Juanma se estaba volviendo más pesada.

Hasta que lo entendió.

Juanma se estaba masturbando.

—Juanma… ¿estás…?

—Sí, Marta… sigue. Cuéntame todo.

Marta sonrió.

Se recostó en la cama.

—Pues resulta que Jan, el más joven, tiene una polla enorme…

Y así continuó su relato, mientras la línea entre el trabajo y el placer, entre el amor y la lujuria, se desdibujaba cada vez más.

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Si has llegado hasta aquí, GRACIAS por leer el relato. Sé que debo mejorarlos, especialmente en el formato, y en ello estoy mientras voy aprendiendo.Agradecería cualquier tipo de comentario o sugerencias, siempre son bien recibidos.

Todos los relatos están basados o inspirados en historias reales, algunas contadas tal y como ocurrieron y muchas otras adaptando algunas experiencias para darle un aspecto más de relato.

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