Toneta: ¿Trabajo o infidelidad? - 4
El guion decía que debía resistir, pero cuando la leyenda del porno se arrodilló entre sus piernas, la resistencia se disolvió en placer puro. Ahora, con el sabor de otro hombre en la boca y la culpa en la garganta, tiene que llamar a su novio y explicarle por qué su carrera acaba de despegar.
—¡¿QUÉ HAS HECHO QUÉ?!
La voz de Juanma resonó, cruda y desafinada, a través del altavoz del teléfono, una bofetada sónica que hizo a Marta sobresaltarse.
El auricular se le resbaló un poco de los dedos, su palma ya húmeda por el nerviosismo.
Budapest. El hotel. La cama deshecha, testigo silencioso de su noche anterior, ahora parecía burlarse de su confesión.
Un nudo apretado le estrangulaba la garganta; la culpa y la euforia luchaban por el dominio de su ser.
UNAS HORAS ANTES
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas corridas del hotel en Budapest, pintando franjas doradas sobre el suelo de moqueta.
Marta se calzaba sus zapatillas deportivas, el tejido elástico abrazando sus pies pequeños y atléticos. Su vestido, un lienzo negro que se ceñía a su busto y abdomen antes de caer con gracia hasta la mitad de sus muslos, la hacía sentir cómoda y a la vez atrevida. El ombligo, perforado por un diminuto brillante, asomaba con cada movimiento, y el roce del tanga bajo la tela era una caricia familiar.
Raúl, frente al espejo, se rociaba colonia, un aroma a sal y cítricos que llenaba la habitación. Su cuerpo, cincelado por horas de gimnasio, brillaba bajo la luz tenue. Los tatuajes serpenteaban por sus brazos y torso, un mapa de tinta sobre músculos definidos. Vestía una camisa de lino abierta que dejaba ver su abdomen esculpido y unos pantalones cortos de diseño que apenas cubrían sus muslos poderosos.
Un adonis de Ibiza, pensó Marta, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—¿Todo bien, Raúl?
La pregunta, apenas un susurro, rasgó el silencio. Su voz sonaba más pequeña de lo que pretendía.
Raúl giró sobre sus talones, una sonrisa confiada iluminando su rostro.
—¡Claro, chiquilla! ¿Cuándo no ha salido bien con nosotros? Hoy lo vamos a petar, ya verás.
Se acercó; su mano grande y cálida se posó en su hombro.
—No te preocupes. Somos dinamita, Marta. Pura dinamita.
Ella asintió, intentando creerle. La confianza de Raúl era contagiosa, una burbuja que a menudo la envolvía. Pero un pequeño pellizco de inquietud persistía en su estómago.
Demasiado en juego. Demasiado… nuevo.
El taxi los dejó frente a un edificio imponente, una mole de acero y cristal que se alzaba contra el cielo. Las letras, enormes y luminosas, deletreaban «VOLKOV PRODUCTIONS».
Marta alzó la vista, su mandíbula casi rozando el suelo. Era una nave industrial gigantesca, mucho más grande de lo que había imaginado. El aire vibraba con una energía palpable, un zumbido constante de actividad.
Cruzaron las puertas automáticas y el mundo interior los envolvió.
Una sinfonía de luces, cámaras y cables serpenteando por el suelo como serpientes eléctricas. Decenas de personas se movían con un propósito frenético.
A su izquierda, un gimnasio simulado, con actores sudorosos levantando pesas. Más allá, una clase de instituto, pupitres de madera y una pizarra llena de fórmulas incomprensibles. Baños, un despacho, una cocina moderna… Cada rincón era un universo en sí mismo, meticulosamente construido.
—Joder, Raúl…
Marta apenas pudo articular la palabra, sus ojos escaneando el caos organizado. Era un hormiguero creativo, una fábrica de fantasías.
Raúl silbó, una nota larga y baja.
—Esto es otro nivel, Marta. Mucho más que el OnlyFans.
Sus ojos brillaban; la emoción pura reflejaba su ambición.
Una chica alta, con el pelo recogido en una coleta pulcra y una tableta en la mano, se acercó a ellos, su sonrisa profesional.
—Marta y Raúl, ¿verdad?
Su inglés era impecable, con acento del este de Europa.
—Sí, somos nosotros.
Marta se adelantó, buscando sonar tan segura como se sentía.
—Perfecto. Primero, maquillaje. Luego, vestuario. Después, el director de escena os explicará los detalles. Y antes de grabar, el señor Volkov en persona quiere conoceros.
La chica hizo un gesto hacia un pasillo lateral.
—Por aquí, por favor.
El departamento de maquillaje era un torbellino de brochas, luces y espejos. Una artista con manos hábiles aplicó una base ligera sobre la piel de Marta, realzando sus pómulos y dándole un brillo natural. Sus ojos, grandes y expresivos, fueron delineados con maestría, un toque sutil pero impactante. Raúl, por su parte, recibió un maquillaje mínimo, solo para ocultar el brillo de la piel bajo los potentes focos.
En vestuario, el director de escena, un hombre corpulento con gafas de montura gruesa y una barba cuidada, los recibió. Su inglés era rápido, salpicado de gestos enérgicos.
—Raúl, you’ll be the bank executive. Marta, the client. She needs a loan. No collateral. You make her an offer she can’t refuse.
Su mirada se detuvo en el vestido de Marta.
—Her outfit is perfect. Seductive, yet innocent. For you, Raúl…
Un asistente ya le tendía un traje impecable, corbata de seda y camisa de cuello almidonado. Raúl se transformó en un instante, el adonis playero dando paso a un depredador corporativo.
—The scene starts with dialogue —continuó el director—, then… a negotiation. He makes his move. She resists, then succumbs. Oral, then intercourse. Simple, clear. We want passion, desperation, but also a hint of vulnerability from her. Any questions?
Marta negó con la cabeza. La descripción, aunque escueta, era clara. El nudo en su estómago se apretaba un poco más.
Justo cuando iban a dirigirse al set, una figura imponente apareció en la entrada de la sala de vestuario.
Viktor Volkov.
Era más alto de lo que las fotos sugerían, con una presencia que llenaba el espacio. Su cabeza afeitada brillaba bajo las luces; sus ojos, de un azul intenso, analizaban cada detalle. A pesar de los cincuenta años, su cuerpo conservaba una fuerza latente, una musculatura que hablaba de una juventud bien aprovechada, aunque ahora un poco más suavizada por el tiempo. Vestía un traje de lino oscuro, elegante y discreto.
—Marta. Raúl.
Su voz era profunda, con un acento húngaro que le daba un toque exótico.
—Viktor Volkov. Es un placer, finalmente.
Extendió una mano grande y firme.
Marta sintió un escalofrío al estrecharla. Era una leyenda, un nombre que resonaba en los círculos más íntimos de la industria.
—El placer es nuestro, señor Volkov.
Su voz, para su sorpresa, salió firme.
—Por favor, Viktor.
Sonrió; una arruga amable apareció en el rabillo de sus ojos.
—Cuando mi equipo me mostró vuestros vídeos de OnlyFans… quedé realmente impresionado. La química. La energía. Marta, tienes una presencia… increíble. Una estrella. Puedes llegar tan lejos como te propongas.
Sus ojos azules se clavaron en los de ella, una intensidad que la hizo sonrojarse. El calor subió por su cuello, tiñendo sus mejillas de un rojo cereza.
—Yo… muchas gracias.
Balbuceó, un poco abrumada. Los elogios de alguien de su talla eran un bálsamo para su ego, pero también una presión inmensa.
—No, no, el agradecimiento es mío.
Volkov se rió, una risa grave y resonante.
—Pocas veces veo un talento tan puro. Ya verás. Hoy es solo el comienzo.
Se volvió hacia el director.
—Si no os importa, me quedaré a ver el rodaje. Hace tiempo que no estoy en un set, y vuestra energía me ha… intrigado.
El director, visiblemente sorprendido, asintió con entusiasmo.
—¡Claro, Viktor! Es un honor.
Marta, con el corazón latiéndole a mil por hora, pensó en la multitud de técnicos, cámaras, iluminadores, el director, los asistentes. Un espectador más no cambiaría mucho.
—Por mí, encantada.
El set era una recreación impecable de un despacho bancario. Un escritorio de madera pulida, sillas de cuero, una pila de documentos. Los focos proyectaban una luz suave pero intensa.
Marta se sentó en la silla frente al escritorio, sintiendo el cuero frío contra su piel desnuda bajo el vestido. Raúl, ya transformado en el ejecutivo, se sentó al otro lado, su mirada penetrante.
La escena comenzó, el diálogo fluyendo con una naturalidad sorprendente. Marta, con una mezcla de vulnerabilidad y desesperación, pedía el préstamo. Raúl, con una sonrisa lánguida, le explicaba las dificultades. La tensión sexual, implícita en el guion, comenzó a tejerse entre ellos, un hilo invisible pero potente.
—No sé qué más hacer —susurró Marta, sus ojos llenándose de un brillo artificial.
La emoción era fácil de invocar; la desesperación no era ajena a ella.
Raúl se levantó, su voz un murmullo grave.
—Quizás… haya otra forma.
Se acercó al escritorio; su mano se posó sobre la de ella, un contacto suave que se intensificó. El guion se disolvió, dando paso a la acción.
Sus labios se encontraron, un beso lento y exploratorio al principio, luego más profundo, más urgente. Las manos de Raúl se deslizaron por la espalda de Marta, aferrándola. Ella respondió con la misma intensidad, sus dedos enredándose en su cabello. La química, esa «dinamita» de la que Raúl hablaba, estalló.
Los besos se hicieron más húmedos, más exigentes. La ropa comenzó a ser un estorbo. Raúl desabrochó los botones de su camisa, dejándola caer al suelo.
Marta, con movimientos ágiles, subió su vestido, revelando sus muslos, el ombligo perforado brillando. El aire se llenó de jadeos y gemidos.
Raúl se arrodilló lentamente, sus ojos fijos en los de ella mientras su cabeza descendía. El roce de sus labios en su muslo, el calor de su aliento, la hizo arquear la espalda. Su lengua, húmeda y experta, encontró el borde de su tanga, lamiéndolo con delicadeza antes de retirarlo con sus dientes. La tela negra se deslizó, revelando su intimidad.
Un suspiro escapó de los labios de Marta cuando la boca de Raúl se posó sobre su clítoris. Un gemido gutural. La succión era suave al principio, luego más firme, más ávida. Su lengua bailaba, una danza hipnótica que la llevaba al borde. Sus dedos se enredaron en su cabello, tirando suavemente mientras su cuerpo se retorcía.
El placer se acumulaba, una ola creciente que amenazaba con desbordarla. Su vagina se empapaba, los jugos fluyendo sin control, un charco cálido entre sus muslos.
—Ah… ahh…
Su voz era un hilo de sonido, casi inaudible.
Raúl se movía con una maestría que solo la experiencia y la conexión íntima podían dar. Su boca era un pozo de sensaciones, su lengua un metrónomo del placer. La visión de su cabeza entre sus piernas, su cabello oscuro contrastando con su piel pálida, era erótica y embriagadora.
Los músculos de su abdomen se tensaban con cada embestida de su lengua; su clítoris, ya hinchado y sensible, reaccionaba a cada caricia.
El director murmuró una indicación:
—Más pasión, Marta. Déjate llevar.
Y ella se dejó.
Las piernas le temblaban, el control se desvanecía. Un gemido largo y agudo escapó de su garganta mientras la ola la arrastraba. Sus caderas se alzaron, empujando su clítoris contra la boca de Raúl.
Un orgasmo potente la dejó sin aliento; su cuerpo temblaba incontrolablemente.
Raúl se levantó, su aliento agitado, sus ojos brillando con deseo. Se desabrochó los pantalones, liberando su erección.
Un espectáculo imponente.
Su nabo, grueso y largo, se alzaba con una arrogancia viril, la cabeza púrpura y brillante. Marta tragó saliva. Era familiar, sí, pero siempre impresionante.
Ahora era su turno.
Se arrodilló frente a él; sus dedos se cerraron alrededor de la base de su polla, sintiendo la piel tensa y caliente. Su boca se abrió; su lengua rozó la cabeza. El sabor, ligeramente salado, almizclado, era familiar.
Comenzó a lamer la punta, moviendo su lengua en círculos, escuchando los jadeos de Raúl.
Pero algo no iba bien.
Marta notó la diferencia casi de inmediato. La dureza no era la misma. La turgencia. Su lengua se deslizó por la polla, sintiendo la piel suave, los vasos sanguíneos pulsando, pero faltaba algo. La rigidez total.
Raúl se inclinó, su mano en su cabello.
—Más profundo, mi amor.
Su voz era forzada, un susurro ronco.
Ella obedeció; su garganta se abrió, tragando más de su polla. Sus labios se cerraron alrededor, succionando con fuerza, moviendo su cabeza arriba y abajo, un ritmo constante. El sonido de su boca sobre su piel, un shlicking húmedo, resonaba en el silencio del set.
Pero la erección de Raúl no respondía. Permanecía semi-rígida, fuerte, pero no la roca que Marta conocía. Su polla no lograba empalmar por completo.
Marta levantó la cabeza, sus ojos interrogantes.
—¿Pasa algo?
Susurró, su voz baja y preocupada.
Raúl la miró, sus ojos llenos de una mezcla de frustración y vergüenza.
—No lo entiendo, Marta. Nunca me ha pasado esto. Con tanta gente… me siento… raro.
Su voz era apenas un murmullo.
El director, que había estado observando la escena con atención, notó la pausa.
—¡Corten! ¿Necesitáis una pausa? Es normal. La primera vez con tanta gente siempre es complicado.
Raúl asintió, visiblemente aliviado.
—Sí, por favor. Necesito un momento.
Se retiraron a un rincón, lejos de las cámaras y los técnicos. Marta le frotó el brazo, intentando reconfortarlo.
—No te preocupes, Raúl. Es normal. Tantos ojos…
—Es una mierda, Marta. Soy un profesional. Esto no debería pasarme.
Su voz era áspera, llena de auto-reproche.
Volkov se acercó, su expresión serena.
—Raúl, es comprensible. Esta es una atmósfera diferente a la que estás acostumbrado. Los nervios son traicioneros. Pero si quieres triunfar en este mundo, debes aprender a controlarlos. A usar la energía a tu favor.
Su voz era suave, pero autoritaria.
Volvieron a intentarlo.
Marta se arrodilló de nuevo, su boca trabajando con renovada determinación. Lamió, succionó, acarició, intentó todo lo que sabía. Pero la erección de Raúl seguía siendo esquiva, una promesa a medio cumplir.
La frustración comenzó a crecer en Marta, un fuego lento que amenazaba con quemar su paciencia. Habían viajado hasta allí, lo habían preparado todo, y ahora esto.
—No puedo, Marta.
La voz de Raúl era un lamento, una rendición. Se cubrió el rostro con las manos.
—Lo siento. Con tanta gente… es imposible para mí. Al menos ahora.
Marta sintió un pinchazo de decepción. Un viaje desperdiciado. Una oportunidad perdida. La noche anterior, esa práctica que se les había ido de las manos, transformándose en veinticuatro horas de sexo ininterrumpido en el hotel, parecía ahora un cruel recordatorio de lo que podrían haber logrado.
El sueño de la fama, de OnlyFans al estrellato.
Fue entonces cuando Viktor Volkov habló, su voz tranquila pero firme, cortando el silencio.
—Director. Marta.
Todos los ojos se volvieron hacia él.
—Si no les importa… yo podría hacer el papel de Raúl.
Un silencio atónito cayó sobre el set.
El director parpadeó, su boca ligeramente abierta.
—Viktor… ¿está seguro? Hace años que no… filmas.
Volkov sonrió, una chispa traviesa en sus ojos.
—No te preocupes. Todavía recuerdo cómo se hace. El problema… es Marta.
Su mirada se posó en ella, una pregunta silenciosa.
Marta sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Su mente era un torbellino de pensamientos.
Juanma. La promesa. Él solo con Raúl.
Esta era una línea roja. Una que él nunca perdonaría.
¿Pero Volkov? Una leyenda. Una oportunidad única en la vida.
Después de todo el esfuerzo, el viaje… ¿desperdiciarlo por un compromiso que ahora parecía tan frágil?
El rostro de Juanma, su amor, su ternura, sus celos… todo se arremolinaba.
Pero la visión de Volkov, su mirada penetrante, la promesa de un futuro brillante, la tentación de la fama, la adrenalina del momento…
Respiró hondo, el aire frío llenando sus pulmones.
—Acepto.
Su voz salió más fuerte de lo que esperaba.
Raúl la miró con una mezcla de sorpresa y gratitud. El director, con una sonrisa que casi le partía la cara, dio instrucciones para reconfigurar la escena.
Volkov se quitó la chaqueta, desabrochó los botones de su camisa. Su cuerpo, aunque no era el de un adonis, era el de un hombre fuerte, bien conservado. Los músculos, aunque no tan definidos como los de Raúl, eran sólidos. Su piel, ligeramente curtida, hablaba de una vida vivida.
La escena se reinició.
Marta se sentó de nuevo en la silla, sintiendo el peso de la decisión. Volkov se sentó frente a ella. Había una diferencia palpable. La energía era distinta. No la familiaridad ardiente con Raúl, sino una intensidad más contenida, más experimentada.
El diálogo fluyó. Volkov, con una voz más grave, más autoritaria, pero con un matiz de seducción que era hipnótico. Sus ojos, profundos y azules, la devoraban.
Marta se sintió nerviosa, pero también extrañamente excitada. Nunca había estado con alguien mucho mayor que ella, alguien que podría ser su padre. La idea era… perturbadora y emocionante a la vez.
La mano de Volkov se posó en la suya; su tacto era firme, seguro. No el temblor de Raúl. Sus dedos se entrelazaron. La negociación, la resistencia, la rendición. Todo se sentía diferente.
Cuando sus labios se encontraron, Marta sintió un choque. No era el beso impulsivo de Raúl, sino uno más lento, más deliberado, que exploraba cada rincón de su boca. Su lengua, más ancha, más pesada, se enredó con la suya, un baile sensual que la dejó sin aliento.
El sabor de Volkov, una mezcla de tabaco, café y algo indefiniblemente masculino, la embriagó.
Él se arrodilló, sin prisa, sus ojos fijos en los de ella. Su mano subió por su muslo, deslizándose bajo el vestido, sus dedos expertos rozando la piel desnuda. El tacto era diferente. No la juventud impaciente de Raúl, sino una calma, una seguridad que era increíblemente erótica.
El vestido fue subido, el tanga retirado con una elegancia que la dejó sin palabras. Su vagina, ya húmeda por la anticipación, se expuso al aire. La mirada de Volkov era de pura adoración, una intensidad que la hizo temblar.
Su boca se posó sobre su clítoris.
Un gemido escapó de Marta, más profundo, más gutural que antes.
La succión de Volkov era una obra de arte. No era una embestida frenética, sino un ritmo constante, una cadencia que la llevaba lentamente al éxtasis. Su lengua, grande y fuerte, se movía en círculos, lamiendo, chupando, tirando suavemente.
El sonido de su boca, un shlick, shlick húmedo y profundo, resonaba en sus oídos.
Marta arqueó la espalda, sus caderas se alzaron, empujando su intimidad contra su rostro. Sus dedos se enredaron en el cabello afeitado de Volkov, tirando suavemente, su mente nublada por el placer.
El orgasmo llegó, una explosión que la sacudió hasta la médula. Sus piernas temblaron, incontrolables, y tuvo que aferrarse al escritorio para no caer. Las lágrimas de placer se acumularon en el rabillo de sus ojos.
—¡Corten!
La voz del director.
—Marta, estás… increíble.
Volkov se levantó, su aliento agitado, una sonrisa triunfante en su rostro. Desabrochó sus pantalones.
Marta se arrodilló frente a él, sus ojos se abrieron en un asombro silencioso.
Su nabo.
No era el más largo, pero su grosor… era descomunal. Un tronco de árbol, pulsante y venoso, con una cabeza de un púrpura oscuro. La circuncisión le daba un aspecto aún más exótico, la piel estirada y tirante.
Jamás había visto algo así.
El de Raúl era impresionante, sí, pero esto… esto era otra liga.
Marta tragó saliva. Sus dedos, pequeños en comparación, rodearon la base de su polla, sintiendo la piel rugosa, las venas abultadas. El calor que emanaba era casi abrasador.
Su boca se abrió; su lengua rozó la cabeza. El sabor era más intenso, más masculino que el de Raúl.
Comenzó a lamer, su lengua viajando por su pene, sintiendo la textura, la dureza implacable. Cada movimiento era una revelación. La forma en que su boca se estiraba para abarcarlo, la sensación de plenitud.
El sonido húmedo de su succión era el único ruido en la habitación.
Volkov jadeaba, su mano en su cabello, guiándola, animándola a ir más profundo.
Su garganta se abrió, tragando más y más. La polla llenó su boca, su garganta, casi ahogándola. El placer era tan intenso que era casi doloroso. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de pena, sino de éxtasis.
—Ah… sí, Marta. Así.
La voz de Volkov era un gruñido.
Ella continuó, su cabeza moviéndose arriba y abajo, un ritmo hipnótico. Sentía el roce de sus bolas contra su barbilla, el calor de su escroto. El pre-cum, espeso y dulce, se filtraba en su boca.
El director les indicó que era hora de la penetración.
Marta se levantó, su cuerpo temblaba. Volkov la tomó de la mano, la guió hacia el escritorio.
—En el escritorio —murmuró Volkov, sus ojos ardiendo.
Marta se subió al escritorio, el frío de la madera contra sus nalgas. Abrió las piernas, sus muslos temblaban.
Volkov se paró entre ellas, su polla, una torre de carne, se alzaba hacia su vagina. El labio de su clítoris, todavía hinchado por el orgasmo anterior, pulsaba con anticipación.
Volkov se inclinó, sus labios se apoderaron de los de ella, un beso feroz. Su mano se posó en su cadera, guiando su polla hacia su entrada. El roce de la cabeza contra sus labios vaginales fue una descarga eléctrica.
—Relájate, mi amor —susurró Volkov, su aliento caliente contra su oído.
La punta de su polla presionó, estirando la entrada. Marta sintió una punzada, luego una plenitud. La cabeza se abrió paso, lenta, implacable.
Sus ojos se cerraron; un gemido escapó de su garganta.
El grosor era… abrumador.
Sentía cómo sus paredes vaginales se estiraban al máximo, cómo su cuerpo se adaptaba a esa nueva invasión.
Un empuje más, y Volkov estaba dentro, llenándola por completo.
Marta soltó un grito ahogado. Sus caderas se alzaron, intentando abarcarlo. Sentía cómo su cervix era golpeado suavemente con cada embestida.
Volkov comenzó a moverse, lento al principio, luego más rápido, más profundo. El sonido de sus cuerpos chocando, un squelch húmedo y rítmico, llenaba el set. Sus bolas golpeaban rítmicamente contra sus nalgas, un slap que la excitaba aún más.
Marta se aferró a sus hombros; sus uñas se clavaron en su piel. El placer era diferente, más visceral, más potente. Cada embestida la llevaba al borde de un nuevo orgasmo.
Sus piernas se envolvieron alrededor de su cintura, empujando su vagina contra su polla, buscando la fricción máxima.
—Oh, Dios… Volkov…
Sus gemidos eran una sinfonía de placer.
Él la levantó un poco; sus dedos se deslizaron entre sus nalgas, acariciando su ano, una nueva sensación que la hizo jadear. Sus caderas se movían con una fuerza imparable. La madera del escritorio crujía bajo el peso de sus cuerpos.
—Más… más fuerte…
Marta suplicó, su voz rota por el placer.
Volkov obedeció. Sus embestidas se hicieron más profundas, más salvajes. El sudor perlaba sus frentes; sus cuerpos brillaban bajo las luces.
La cámara captaba cada detalle, cada expresión de éxtasis.
Un orgasmo. Luego otro. Marta perdió la cuenta.
Su cuerpo se sacudía, un temblor incontrolable. Las lágrimas corrían por sus mejillas, mezclándose con el sudor. Sentía el flujo de sus propios jugos, empapando el escritorio.
Cambios de postura. En el suelo, en el sofá, de pie contra la pared. Cada una más intensa que la anterior.
Marta descubrió una resistencia y una capacidad de placer que no sabía que poseía. Volkov era un maestro, cada movimiento calculado para arrancarle el máximo goce.
El clímax llegó cuando Volkov la sentó en el borde del escritorio, su polla aún dentro de ella.
Marta se sentó sobre él; sus caderas comenzaron a cabalgar, un ritmo frenético, un baile de pura pasión. Sus manos se aferraron a sus hombros; su espalda se arqueó.
Los orgasmos se sucedían, uno tras otro, una cascada incesante.
—¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Sí! ¡No pares!
Su voz era un grito, una súplica.
Volkov la miraba, sus ojos brillando con una mezcla de admiración y deseo. Su polla pulsaba, a punto de estallar. Marta sentía la presión acumulándose dentro de él, el calor creciente.
Finalmente, él la detuvo, la levantó un poco, y ella se arrodilló en el suelo, su boca abierta, lista. El suelo ya estaba empapado de los fluidos que había soltado.
Volkov se inclinó; su polla, palpitante y goteante, se posó en su boca.
Un chorro espeso y caliente inundó su garganta. Marta lo tragó, sintiendo el sabor salado y cremoso. Otro chorro, y otro.
Volkov se vació por completo en su boca, sus gemidos de éxtasis llenando el aire. El líquido caliente bajó por su garganta, un torrente de vida.
La cámara no perdió detalle, capturando cada gota, cada expresión.
—¡Corten!
La voz del director, esta vez, fue un grito de triunfo.
Volkov se apartó, su rostro lleno de una satisfacción profunda. Comenzó a aplaudir, un sonido fuerte y resonante en el silencio que siguió.
—¡Marta! ¡Eres increíble! ¡Increíble!
Marta se levantó, sus piernas temblaban tanto que apenas podía mantenerse en pie. Su cuerpo estaba cubierto de sudor y fluidos; su vagina pulsaba; su boca aún saboreaba la leche de Volkov. Sus mejillas estaban sonrojadas; sus ojos brillaban.
—Pocas veces he sentido una conexión así —continuó Volkov, su voz llena de admiración—. Tienes un talento natural, una pasión que trasciende la pantalla. Puedes pasar de OnlyFans al porno profesional, o compaginarlo. Puedes ser una estrella, Marta. Una verdadera estrella.
Se acercó; su mano se posó en su mejilla.
—Si quieres, podemos grabar muchas más escenas para mi productora. Incluso podrías llegar a Estados Unidos, rodar con las mejores productoras del mundo.
Marta lo escuchaba, una mezcla de timidez y orgullo inundando su ser. Los elogios de Volkov eran un bálsamo para el alma, una confirmación de su potencial. Se sintió poderosa, deseada, capaz de conquistar el mundo.
Charlaron un poco más. Volkov le explicó las posibilidades, el camino que se abría ante ella. Quedaron en hablar al día siguiente para discutir los detalles.
Marta, aún en un estado de euforia, asintió a todo, su mente ya volando hacia un futuro brillante.
El camino de regreso al hotel fue un borrón.
Raúl, a su lado en el taxi, no dejaba de disculparse.
—Lo siento, Marta. De verdad. No sé qué me pasó. Te juro que nunca me había pasado.
Marta le sonrió, una sonrisa cansada pero genuina.
—No te preocupes, Raúl. Ya habrá otras oportunidades para ti.
Su voz sonaba lejana; su mente aún en el set, en los brazos de Volkov, en los orgasmos que la habían sacudido.
Una vez en la habitación del hotel, la llamada a Juanma era inevitable. Su mano temblaba mientras marcaba el número.
La voz de Juanma, familiar y reconfortante, le dio un breve respiro antes de que la verdad saliera a la luz.
—Juanma, tengo que contarte algo.
La voz de Marta era un hilo fino.
—¿Qué pasa, mi amor? ¿Todo bien? ¿Cómo ha ido el casting?
La preocupación de Juanma era palpable.
—Ha ido… diferente. Raúl no ha podido.
Marta hizo una pausa, respirando hondo.
—Y… Volkov ha grabado la escena conmigo.
Silencio. Un silencio pesado, cargado de incredulidad.
Luego, la explosión:
—¡¿QUÉ HAS HECHO QUÉ?!
Marta se alejó un poco el teléfono de la oreja, el grito de Juanma casi perforándole el tímpano.
—Espera, Juanma. Déjame que te cuente.
Y comenzó a narrar cada detalle, cada sensación. La frustración de Raúl, la oferta de Volkov, la decisión, el miedo, la duda, la excitación, la abrumadora experiencia en el set. La boca de Volkov en su clítoris, el grosor de su polla, los orgasmos incontrolables, el sudor, los fluidos, la leche en su boca.
No se dejó nada.
Habló de la oportunidad, de la leyenda, de su propio asombro y placer.
Al otro lado de la línea, Juanma escuchaba, su respiración cada vez más agitada. El enfado inicial, la traición, los celos… todo se mezclaba con una excitación que lo envolvía, una reacción visceral que no podía controlar.
Marta, su Marta, con Volkov.
La imagen, vívida y cruda, se formaba en su mente, y su propia polla comenzaba a reaccionar, dura y pulsante bajo sus pantalones. El orgullo le impedía admitirlo, pero el deseo era innegable.
—Y me ha dicho que tengo un talento increíble —terminó Marta, su voz aún teñida de euforia—. Que puedo ser una estrella, Juanma. Una estrella.
Juanma se aclaró la garganta, su voz aún ronca, pero con un matiz diferente.
—Marta… cuando vuelvas a Barcelona… vamos a hablar de esto. Y de muchas otras cosas.
El subtexto era claro. El enfado seguía ahí, sí, pero el deseo, avivado por la confesión, por la imagen de su novia en los brazos de un dios del porno, era una fuerza imparable.
La línea entre el trabajo y el placer, el amor y el deseo, se había difuminado por completo.
Y, por primera vez, Marta se preguntó si eso era algo tan malo.
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Si has llegado hasta aquí, GRACIAS por leer el relato. Sé que debo mejorarlos, especialmente en el formato, y en ello estoy mientras voy aprendiendo.Agradecería cualquier tipo de comentario o sugerencias, siempre son bien recibidos.
Todos los relatos están basados o inspirados en historias reales, algunas contadas tal y como ocurrieron y muchas otras adaptando algunas experiencias para darle un aspecto más de relato.
Continúa en
- Relato #244682— title-regex: contiguous parts (3 -> 4)
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