El inicio de una pareja 14
Aldo no quiere solo sus ideas, quiere su cuerpo. Y Ricardo, lejos de prohibírselo, susurra en la oscuridad que quiere escuchar cada detalle de cómo ese hombre la mira. La cena en el hotel es solo el preludio de un juego donde el deseo compartido es la moneda más valiosa.
Así pasaron dos o tres meses, con la vida de Ana y Ricardo volviendo a un ritmo cotidiano pero salpicado de recuerdos que actuaban como chispas en un lecho de brasas. Shantal, su colega en la universidad, se convirtió en una confidente habitual durante los breaks entre clases —platicando en el café de la facultad sobre anécdotas del fin de semana en Tecozautla, con risas bajas y guiños cómplices. "Oye, Ana, ¿todavía sueñas con Peter embistiéndote en la alberca? Porque yo no dejo de pensar en Ricardo montándome como si no hubiera mañana", susurraba Shantal un día, sus ojos brillando con picardía mientras sorbía su latte. Ana se sonrojaba, pero respondía con una sonrisa traviesa: "Más de lo que admito... pero no le digas a Ricardo, o me reclamará con más fuerza en casa". Esas pequeñas pláticas eran como un elixir secreto, manteniendo viva la llama liberal que compartían.
En la universidad, las miradas con Manuel —el director calvo pero atractivo, con su línea esbelta y piropos elegantes— seguían siendo esporádicas pero cargadas. "Ana, tu presencia en las juntas es como un soplo de aire fresco... y esa falda realza tu elegancia natural", le dijo una vez en un pasillo, sus ojos demorándose en su figura. Ella reía coqueta, pensando en cómo contárselo a Ricardo para avivar sus noches.
Por otro lado, los comentarios de Eduardo con Ricardo eran esporádicos pero siempre picantes, sobre todo en WhatsApp. "Hermano, no dejo de recordar cómo Ana me cabalgaba en esa habitación de hotel... sus nalgas rebotando contra mí, apretándome como si no quisiera soltarme. ¿La has prestado lately?", escribía Eduardo un martes por la noche. Ricardo respondía con una foto sutil de Ana en lencería: "Amigo, ella suspira por tus ojos miel aún... pero estamos en pausa. Aunque si insistes, podría arreglarse". Esos intercambios eran como un juego de ajedrez erótico, manteniendo la tensión sin precipitar nada.
Entonces entró en escena Aldo Corcuera, el socio mayoritario del consorcio de bienestar en Querétaro. Eduardo le comentó a Ricardo en una llamada vespertina: "Hermano, el tipo está muy insistente. Ya firmamos el convenio, estamos trabajando en colaboración plena —nuestros centros integrados, flujos de clientes compartidos—, pero Aldo no para de preguntar por Ana. Dice que está 'muy interesado' en su expertise, que le gustaría que apoyara con ideas y conceptos directamente en el corporativo de Querétaro. Sería un golazo para mí: más participaciones, decisiones clave, apoyo en expansiones. Pero se nota que hay algo más... el viejo la mira como si quisiera 'consultarle' en privado". Ricardo rió, pero sintió ese nudo familiar de celos y excitación: "Joder, Eduardo, ¿el tradicionalista babeando por mi mujer? Dile que sí, pero con condiciones... Ana decide".
Esa noche, en la cama, Ricardo le contó todo a Ana con detalles picantes, besando su cuello mientras sus manos bajaban por su vientre. "Aldo quiere 'apoyo' tuyo en Querétaro... pero Eduardo dice que está obsesionado, como si fantaseara con tus nalgas redondas en su oficina". Ana se mordió el labio, su timidez luchando contra el calor creciente: "Qué viejo verde... pero si suma puntos para Eduardo, podría ir. Imagíname allí, 'consultando' con él, mientras tú esperas mensajes calientes". Ricardo gruñó, penetrándola despacio: "Sí, amor... cuéntame cómo te mira, cómo te roza 'accidentalmente'. Me pone duro pensarte deseada por un tipo como él". Ana jadeó, ondulando contra él: "Y a mí me excita saber que te calienta... pero solo si es por nosotros, no por obligación". Sus noches se volvieron más intensas con esas fantasías —Ricardo susurrando escenarios donde Aldo la 'convencía' con toques sutiles, Ana respondiendo con detalles que avivaban su posesión final. Era como un vino añejo que se volvía más potente con el tiempo, fortaleciendo su complicidad hotwife. Eduardo, en un WhatsApp posterior: "Hermano, Aldo insiste... ¿Ana acepta? Sería épico para el negocio... y para la diversión". Ricardo: "Hablamos... pero si pasa algo, quiero detalles jugosos". La posibilidad colgaba como una fruta madura, lista para caer.
Eduardo no tardó en confesárselo a Ricardo en un WhatsApp nocturno, su mensaje llegando como un relámpago inesperado: "Oye amigo, ya me siento raro, no sé cómo decirlo... saber que este pinche Aldo quiere algo con Ana me hace desearla más. Creo que empiezo a entender un poquito más lo que tú vives y disfrutas, ese cosquilleo de celos que se convierte en fuego. ¿Me estoy volviendo como tú?". Ricardo leyó el texto en la cama, al lado de Ana dormida, y sintió una oleada de complicidad mezclada con excitación —como si Eduardo estuviera cruzando el umbral de su mundo hotwife. Respondió con una sonrisa en la oscuridad: "Hermano, bienvenido al club. Es adictivo, ¿verdad? Ese deseo renovado por verla deseada... pero cuidado, Aldo es un viejo astuto. Si Ana va a Querétaro, podría intentarlo. ¿Estás listo para eso?". Eduardo replicó rápido: "Joder, sí... me pone duro solo imaginarlo. Pero es por el negocio, claro... y por la diversión". Esos intercambios se volvieron habituales, picantes y confesionales: Eduardo enviando fantasías disfrazadas de bromas —"Imagina a Ana en su oficina, con ese trasero redondo inclinándose sobre papeles... el viejo babearía"—, y Ricardo respondiendo con detalles juguetones: "Sí, y ella gimiendo tu nombre después, para equilibrar".
Por otro lado, Chantal no se quedó callada. Durante una plática parcial en la universidad —en el pasillo entre clases, con el bullicio de estudiantes de fondo—, tocó el tema del gusto evidente de Aldo por Ana, que Eduardo había mencionado de pasada en una conversación grupal swinger. "Amiga, ese Aldo está obsesionado contigo... Eduardo dice que no para de pedir 'consultorías' en Querétaro. Y tú ya estás haciendo una para la empresa de ese amigo de Ricardo, ¿no? Las implicaciones son obvias: ve, conquista... si Ricardo da permiso, claro". Ana se sonrojó, ajustando su falda ajustada que marcaba sus curvas, pero Chantal animó con una risa cómplice: "Mira, como consultora puedes cobrar más por logros —ideas brillantes y... extras. Yo no le veo problema, aparte me dices que el tal Aldo es interesante, guapo para su edad, con esa presencia de hombre experimentado. No así que anímate, amiga... vive un poco más". Ana pensó en ello durante el día, esos comentarios actuando como un susurro tentador que la ponía predispuesta, abierta a la seducción y la pasión que tanto avivaban su relación con Ricardo.
Los coqueteos de Manuel, el director, no ayudaban a calmar las aguas. En una junta de departamento, él se acercó con su habitual elegancia: "Ana, tu intervención fue magistral... y ese collar resalta tu cuello de una manera... cautivadora". Su mirada se demoró en su escote sutil, y ella respondió con una sonrisa tímida pero coqueta: "Gracias, Manuel... siempre tan observador". Esas interacciones esporádicas la dejaban con un cosquilleo, como si el mundo entero conspirara para avivar su lado sensual.
Esa noche, en casa, Ana le contó todo a Ricardo con lujo de detalles picantes, tumbados en la cama, sus manos entrelazadas mientras él besaba su hombro. "Chantal me anima a ir con Aldo... dice que es guapo, interesante, y que cobre extra por 'logros'. Y Manuel hoy me miró como si quisiera devorarme". Ricardo sintió el pulso acelerarse, su mano bajando por su vientre: "Joder, amor... Aldo obsesionado, Chantal empujándote, Manuel coqueteando... me pone como loco imaginarte seducida por todos. ¿Te tienta?". Ana jadeó, guiando su mano más abajo: "Sí... me hace sentir deseada, como una fruta prohibida que todos quieren morder. Pero solo si tú lo disfrutas... cuéntame qué harías si voy a Querétaro y Aldo intenta algo". Ricardo la penetró despacio, embestidas rítmicas mientras susurraba: "Te imagino en su oficina, él rozándote 'accidentalmente', y tú gimiendo después en mensajes para mí... es como un juego de fuego que nos quema delicioso". Ana aceleró el ritmo, su orgasmo llegando en temblores: "Sí... y saber que Eduardo lo desea más por celos me excita... hagámoslo, amor". Sus pláticas se volvieron un ritual ardiente, explorando fantasías con Aldo como catalizador —Ricardo detallando escenarios donde el viejo la 'convencía' con toques sutiles, Ana respondiendo con cómo se sentiría llena por un hombre así, todo culminando en sexo posesivo que fortalecía su lazo. Era como un río caudaloso, llevando su pasión a nuevos horizontes.
Eduardo se mantuvo muy al pendiente de Ana durante sus visitas periódicas a su centro de bienestar para las consultorías, siempre con un ojo atento y un mensaje sutil después de cada sesión. "Dime, ¿cómo fue hoy? ¿Alguna idea nueva que implementemos?", le escribía por WhatsApp, pero entre líneas se filtraba su deseo renovado: "Te veías espectacular en esa blusa... me distraes, pero en el buen sentido". Ana respondía profesional, pero con un toque coqueta que sabía avivaría su imaginación, manteniendo a Ricardo enterado de cada detalle —mensajes forwardeados que se convertían en preludio de sus noches ardientes.
Por otro lado, Aldo Corcuera no perdía el tiempo: entre WhatsApps formales y correos profesionales, se mantenía presente con una persistencia elegante pero cargada. "Querida Ana, tu expertise en gerenciamiento sería invaluable para nuestro corporativo en Querétaro. ¿Cuándo podrías venir para una sesión extendida? Te invito a cenar después, para discutir ideas en un ambiente relajado", escribía en un correo, adjuntando un PDF con propuestas que olían a excusa. Ana le respondía cortés, demorando respuestas para construir tensión, pero siempre compartiendo con Ricardo: "Mira esto, amor... me invita a cena. ¿Qué respondo?". Ricardo, excitado por el juego, le daba ideas para una seducción erótica sutil, poco a poco, como un vino que se degusta sorbo a sorbo. "Responde que estás interesada, pero menciona que te gustaría empezar con una llamada... haz que te corteje con palabras primero. Dile que admiras su visión empresarial, pero deja caer un cumplido personal, como 'su experiencia es inspiradora'". Ana seguía sus consejos, y cada interacción —un WhatsApp de Aldo con un emoji sonriente, un correo con un "espero verte pronto"— se convertía en combustible para sus tardes y noches de pasión.
Esas sesiones entre Ana y Ricardo eran como un incendio controlado: empezaban con pláticas detalladas sobre los mensajes de Aldo, Ricardo besando su cuello mientras le susurraba: "Imagina que te escribe eso mientras te toca sutilmente en una reunión... su mano rozando tu muslo bajo la mesa". Ana jadeaba, su timidez disolviéndose en deseo: "No quiero parecer prostituta... pero me da morbo, me siento como una de lujo, deseada por un hombre poderoso". Ricardo reía, penetrándola despacio en el sofá: "Sientes algo así como Mujer Bonita, ¿eh? Déjate consentir, amor... ese viejo te ve como un premio, y tú lo eres. Déjate llevar, pero sutil, como un velo que se levanta poco a poco". Ana se entregaba, sus orgasmos intensos mientras imaginaba escenarios —Aldo regalándole un collar en una cena, sus dedos rozando su clavícula—, y Ricardo reclamándola con embestidas posesivas: "Eres mía... pero me excita verte jugar". Esas noches eran un torbellino de placer, fortaleciendo su lazo como un elixir compartido.
Animada por los comentarios de Chantal —que en una plática en la universidad, entre sorbos de café, animaba: "Amiga, si Ricardo te da permiso y como consultora puedes cobrar más por logros, yo no le veo problema. Aparte, me dices que el tal Aldo es interesante, guapo para su edad, con esa presencia de hombre maduro que sabe lo que quiere. No así que anímate, amiga... vive la aventura"—, Ana decidió dar un paso. Invitó a Aldo a una plática que iba a dar en CDMX, en un hotel elegante del centro: un seminario sobre administración y gerenciamiento en empresas de bienestar, donde ella sería ponente principal. "Estimado Aldo, me gustaría invitarlo a mi próxima plática en el Hotel Marquis Reforma. Sería genial discutir ideas después", le escribió por correo, adjuntando el flyer. Aldo respondió entusiasta: "¡Encantado! Reservaré mi asistencia... y una mesa para cenar post-evento, si aceptas". Shantal, que también estaría en la plática (invitada por Ana para apoyo moral y networking), tenía pormenores sobre Aldo de fuentes comunes en el círculo empresarial: "Amiga, Eduardo me contó que el tipo está obsesionado... pregunta por ti en cada reunión, como si fueras la clave de su éxito. Y con las colaboraciones entre su consorcio y la empresa de ese amigo de Ricardo donde estás consultando, las implicaciones son jugosas: más contratos, más visibilidad. Pero se nota que quiere más que ideas... anímate, y cuéntame todo después".
Ana, predispuesta por los coqueteos de Manuel en la universidad —"Ana, tu pasión en las clases es contagiosa... me inspira a invitarte a un café para discutir proyectos"—, se sentía como una flor abriéndose al sol: dispuesta a la seducción, a la pasión que tanto avivaba su vida con Ricardo. "Sí, amor... voy a aceptar la cena con Aldo. Déjame consentir, como dijiste", le susurró a Ricardo esa noche, llevando a otra sesión de placer donde imaginaban el encuentro —sutil, erótico, con toques que escalaban como un crescendo musical.
Así pasaron las semanas, con la tensión alrededor de Aldo Corcuera convirtiéndose en un hilo sutil que tejía las conversaciones entre Eduardo y Ricardo. Todo empezó con un mensaje de WhatsApp de Eduardo una tarde de jueves, mientras Ricardo preparaba una clase en su oficina de la universidad: "Hermano, ¿has hablado con Ana sobre lo de Querétaro? Aldo no para de preguntar por ella en las reuniones... dice que su 'visión' es clave para el corporativo. Me siento como un mensajero, pero admito que me intriga cómo se desarrollará". Ricardo respondió con cautela, midiendo sus palabras para avivar la curiosidad sin presionar: "Sí, lo hemos platicado. Ana está considerando ir, por el beneficio al negocio tuyo. ¿Tú cómo lo ves? ¿Crees que Aldo solo quiere ideas... o algo más?". Eduardo tardó unos minutos, pero su réplica llegó cargada de honestidad velada: "Amigo, al principio pensé que era puro negocio, pero ahora... saber que la mira así me revuelve algo. No es solo celos, es como un deseo renovado por ella. Me hace sentir vivo, como si entendiera mejor ese 'juego' tuyo. ¿Es normal?". Ricardo sonrió al leerlo, respondiendo con una sutileza que invitaba a más: "Es parte del encanto, Eduardo. Ese cosquilleo que te hace desearla más... lo vivo a diario. Si Ana va, podría ser interesante para todos. ¿Cómo te sientes al imaginarlo?". Eduardo confesó en un audio corto, voz ronca: "Me pone... ansioso, pero excitado. Como si estuviera viviendo un poco de tu mundo. Gracias por escucharme, hermano".
Días después, otro intercambio por WhatsApp profundizó: Eduardo inició con una foto inocente de su centro de bienestar, pero el texto decía: "Hoy vino un cliente parecido a Aldo... me hizo pensar en cómo se sentirá él al ver a Ana. Me revuelve, amigo, pero me dan ganas de verla más. ¿Qué pasa contigo cuando imaginas algo así?". Ricardo, en una pausa entre clases, replicó con mesura: "Es un equilibrio delicado... ese revuelo te hace apreciar más lo que tienes. Si sientes eso, es porque ella deja huella. Hablamos pronto, ¿te parece?". Eduardo: "Sí, y gracias... me ayuda a procesarlo. Siento que estoy entendiendo tu perspectiva, poco a poco".
En la universidad, donde Ricardo también daba clases en el departamento de posgrados —compartiendo pasillos con Ana, Shantal y bajo la dirección de Manuel—, las oportunidades para sutilezas surgieron de forma natural. La primera plática con Manuel fue en una junta de facultad, al final, cuando el director se acercó a Ricardo en el pasillo, ajustando sus gafas con esa elegancia madura que lo caracterizaba. "Ricardo, tu clase sobre gerenciamiento fue impecable hoy... y veo que Ana y tú hacen un gran equipo en el departamento. ¿Cómo logran equilibrar lo profesional con lo personal?". Ricardo sonrió internamente, respondiendo con una sutileza calculada, como si dejara caer una migaja: "Gracias, Manuel. Ana y yo intentamos mantener las cosas frescas... explorando nuevas perspectivas fuera del trabajo, ya sabes, para no caer en la rutina". Manuel arqueó una ceja, intrigado pero sin presionar: "Interesante... esa frescura se nota en sus dinámicas. Quizás deberíamos charlar más sobre eso en un café". Ricardo solo asintió: "Sería bueno, sí... siempre hay formas de enriquecer la vida".
La segunda plática fue más casual, en la sala de profesores durante un break. Manuel, sorbiendo su café, comentó al pasar: "Vi a Ana en el pasillo... irradia una energía tan viva. Ustedes dos parecen tener un secreto para mantener esa chispa". Ricardo, midiendo cada palabra como un susurro en el viento, replicó con una sonrisa neutral: "Es cuestión de abrirse a experiencias nuevas, Manuel... pequeñas aventuras que refrescan todo. Nada extravagante, solo lo suficiente para que no se apague". Manuel lo miró un segundo más de lo usual, con una mirada que captaba el subtexto sin acusar: "Suena sabio... quizás algún día compartas más detalles". Ricardo solo guiñó levemente: "Cuando surja la ocasión".
Esas sutilezas —miradas fugaces de Manuel en juntas, o un roce accidental al pasar papeles— alimentaban las pláticas de Ana y Ricardo en casa, convirtiéndolas en un juego erótico privado. "Hoy Manuel me miró como si quisiera saber más de nosotros... y con lo de Aldo insistiendo, me siento expuesta, pero excitada", confesaba Ana una noche, mientras Ricardo besaba su hombro, su mano rozando su muslo con delicadeza. Él respondía sutil: "Esas miradas te hacen brillar... y saber que Eduardo lo siente similar con Aldo me intriga. ¿Te tienta ir a Querétaro?". Ana suspiraba, guiando su mano: "Sí... un poco de morbo, como un secreto que nos une más". Sus noches seguían siendo un remolino de pasión sutil, fortalecidas por esos hilos invisibles.
La charla y el taller que impartían Ana y Chantal en el Hotel Marquis Reforma de CDMX se convirtieron en un fin de semana cargado de tensiones sutiles, desde el sábado por la mañana hasta el domingo al mediodía. El tema era finanzas y administración aplicada a empresas emergentes —un enfoque práctico sobre presupuestos dinámicos, estrategias de inversión y liderazgo adaptativo—, alejándose de lo habitual en bienestar para atraer a un público mixto de emprendedores y ejecutivos. Ana, como ponente principal, lució un traje sastre pantalón azul marino que se ajustaba con elegancia a su figura, la camisa blanca entallada insinuando un escote discreto, y tacones que realzaban su paso seguro. Chantal, co-presentadora, optó por un vestido midi verde oliva que marcaba su silueta curvilínea, con un escote cruzado que añadía un toque audaz. Compartían habitación en el hotel —una suite doble con vistas a la ciudad, dos camas queen separadas por una mesita—, lo que generaba un morbo juguetón entre ellas: "Amiga, si roncas, te echo a la alberca del hotel", bromeaba Chantal al desempacar, pero con una mirada que sugería complicidad, recordando sus aventuras swinger pasadas. Ana rió: "Mejor no ronques tú... o Ricardo pensará que estoy con alguien más". Ese arreglo íntimo avivaba charlas nocturnas picantes, como un secreto compartido que las unía más.
El taller inició el sábado con unas 50 personas en la sala de conferencias, un ambiente profesional pero relajado con coffee breaks y networking. Aldo Corcuera llegó con perfil bajo, entrando discretamente por una puerta lateral sin fanfarrias —un hombre de unos 60 años, guapo para su edad con cabello plateado corto, complexión atlética mantenida por rutinas estrictas, y un traje gris impecable que transmitía autoridad sin ostentación. Se sentó en la fila media, evitando reflectores, pero sus ojos se clavaron en Ana desde el principio, asintiendo con aprobación durante su exposición sobre flujos de caja adaptativos. Eduardo, aunque muy interesado en el evento (había preguntado por detalles en un WhatsApp a Ricardo: "Hermano, ¿Ana ya está en el hotel? Dile que la extraño en las consultorías... y cuéntame si Aldo aparece"), no asistió —estaba en una reunión en su centro, lo que le daba a Ana libertad total. Si hubiera estado, la dinámica habría cambiado: Aldo se sentiría cohibido, y lo obvio sería que Ana terminara con Eduardo, como en sus encuentros pasados. Pero su ausencia era estratégica, permitiendo que el juego con Aldo fluyera sin interferencias.
Durante el taller, los roces empezaron sutiles pero cargados. En un coffee break, Aldo se acercó a Ana en la mesa de bocadillos, rozando "accidentalmente" su mano al tomar una taza: "Impresionante exposición, Ana... tu enfoque en la adaptabilidad es refrescante". Ella sonrió traviesa, manteniendo su postura de mujer casada pero juguetona: "Gracias, Aldo... pero no sea tan formal, ¿o es que mi anillo le intimida?". Él rió bajo, sus ojos demorándose en su escote un segundo: "Al contrario... añade encanto". Chantal, observando desde cerca, motivó a Ana en un aparte durante el almuerzo: "Anímate, amiga... ay, sí está guapo, yo sí eh. Mira cómo te mira, como si quisiera discutir 'presupuestos' en privado. Si Ricardo da permiso, ve por ello... es interesante, maduro, y podría abrir puertas". Ana se mordió el labio: "Eres una diablita... pero sí, tiene presencia. Veremos".
Ana respondió con insinuaciones y retos que lo provocaban sin comprometerse, buscando que él diera el primer paso. En una sesión de Q&A, Aldo preguntó sobre "estrategias de inversión personalizadas", y ella replicó mirándolo directo: "Depende del riesgo que esté dispuesto a tomar... ¿usted es de los que se atreve con lo inesperado, o prefiere lo seguro?". Él sonrió, captando el doble sentido: "Me atrevo... si el retorno vale la pena". Más tarde, en un break, Ana lo retó juguetona: "Aldo, si tanto le interesa mi visión, ¿por qué no me invita a un café ahora? Pero cuidado, soy mujer casada... aunque a veces me permito un capricho inocente". Él rozó su brazo al pasarle una servilleta: "Inocente o no, acepto el reto... ¿esta noche, después del taller?". Ella rió, apartándose sutilmente pero dejando la puerta entreabierta: "Quizás... si promete portarse bien".
Eduardo, aunque no presente, seguía al pendiente vía Ricardo: "Hermano, ¿Ana ya empezó el taller? Aldo confirmó asistencia... dime cómo va, me muero de curiosidad". Ricardo: "Va bien, Aldo la mira como si quisiera más que ideas. ¿Celoso?". Eduardo: "Un poco... pero me excita, como te dije. Siento que vivo tu mundo por proxy". Esas pláticas mantenían el triángulo vivo.
Chantal, con pormenores de Aldo de sus contactos en el círculo (sabía de sus colaboraciones y su reputación como hombre discreto pero persistente), motivaba a Ana en la habitación esa noche: "Amiga, ve a esa cena... es guapo, eh, y con poder. Yo sí lo haría. Ricardo entenderá, después de lo nuestro con Arturo y él". Ana, ya en pijama corto que dejaba ver sus muslos, suspiró: "Tienes razón... me tienta. Mañana le digo sí". Aldo, al final del sábado, invitó formalmente a cena en el restaurante del hotel: "Para discutir conceptos... y conocernos mejor". Ana aceptó con un reto: "Solo si promete no aburrirme con números... prefiero lo impredecible". Él dio el primer paso sutil: un beso en la mejilla al despedirse, demorándose un segundo, su mano en su cintura. Ella se escabulló con gracia: "Buenas noches, Aldo... sueñe con mis ideas".
El domingo, el taller cerró con aplausos, Aldo aplaudiendo con entusiasmo. Ana, motivada por Chantal y los coqueteos, se sentía predispuesta a más —como un río listo para desbordarse. Mensaje a Ricardo esa noche: "Aldo mordió el anzuelo... cena fue interesante. Detalles en casa 😉".
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