Cuando te llevas el trabajo a casa...
La pantalla era solo el pretexto; el verdadero contrato se firmaba en la oscuridad de la noche. Beatriz no venía a aprobar el archivo, venía a cobrar su parte. Y Javier, atrapado entre la ética y el deseo, descubrió que la única forma de cerrar el proyecto era entregarse por completo.
La madrugada se me echaba encima, pesada como un manto de plomo. Tenía la campaña visual ahí, en la pantalla, lista y brillante, pero le faltaba el visto bueno final. Y la que tenía que dárselo era Beatriz, la clienta, la gerente con mano de hierro. Casada, por supuesto. Y desaparecía. La hartura que me entraba de tanto esperar me hizo hacer la locura: en el último correo, le solté mi número personal. "Para ir más rápido", le puse. Y al darle a enviar, noté cómo algo se desenganchaba dentro de mí, como un seguro que saltaba.
Mi estudio en casa parecía una cueva a esas horas. Sólo se veía con la luz del portátil y la lamparilla de mi escritorio, que alargaba las sombras. Un silencio tan grueso que oía hasta el latido de la sangre en los oídos. Y entonces, el móvil vibró. No un aviso suave, no. Un zumbido grave, como un ronroneo de fiera, ahí contra la mesa de madera. Un WhatsApp. Un número que no conocía. El corazón me dio un vuelco seco, fuerte, contra el pecho.
Desconocido: Javier. Soy Beatriz. Perdona la hora. ¿Estás para lo último?
Le di al botón. Ahí estaba. "Beatriz", en mi lista de contactos. Un mensaje seco, profesional. Pero el simple hecho de que estuviera ahí, en la intimidad de mi móvil a las tantas de la noche, era ya cruzar una línea. Respiré hondo. El aire olía a café frío y a algo pendiente.
Yo: Para ti siempre, corazón. Ahí te va el archivo final.
La cosa empezó normal. Detalles técnicos, ajustes de última hora, lo de siempre. Pero cada "vale" suyo tardaba un poquito más en llegar. Cada "perfecto" que yo le mandaba me salía con más carga dentro. La pantalla se me volvió algo vivo. Casi podía sentirla a ella al otro lado, la concentración en la frente, el pelo cayéndole sobre el hombro, el roce de la bata.
Beatriz: La tipografía del eslogan. ¿Estás seguro seguro de que es la buena?
La pregunta era de trabajo. Pero lo de "seguro seguro" me sonó a otra cosa. Miré sin querer mi mano izquierda, la que tenía sobre el teclado. El anillo de boda, una banda de oro mate bajo la luz baja. Me apretó el pecho.
Yo: Totalmente seguro, imagino que tanto como tú.
Pasó un rato largo, desvelado, la camisa abierta sentado en el sofá. Y vibró el móvil otra vez. No era texto. Era un audio.
Le di a play. Y su voz me cortó el resuello. No era la voz de las reuniones, clara y fría. Esta era baja, ronca de la noche, como un terciopelo arrastrándose por la piedra. "Tu garantía es lo único que me importa en este momento, Javier." Las palabras podían ser de trabajo. El tono, jamás. Era un susurro cargado, deliberado, hecho para ser escuchado a oscuras y a solas.
Una ola de calor me subió desde la boca del estómago. Me apoyé en el escritorio, con los nudillos blancos. Grabé mi respuesta. Mi propia voz me sonó ronca, extraña, como si no fuera mía. "Entonces confía. Cierra los ojos y aprueba el archivo. Déjate llevar por lo que ves."
La respuesta fue instantánea: Lo he abierto. Las imágenes son... intensas. Esa paleta de rojos. Me atraviesan la pantalla.
Mi respiración se hizo más profunda. Esto ya no era una revisión. Era un baile.
Yo: El rojo es el color del *stop*. Y del permiso. Depende de quién lo mire.
Beatriz: ¿Y tú qué crees que veo yo, Javier? ¿Una señal de parar o de... pasar?
El aire de la habitación se volvió escaso. La corbata me ahogaba. Me la quité de un tirón, dejándola caer al suelo. Escribí con los dedos temblorosos, pero con intención firme.
Yo: Creo que estás viendo exactamente lo que quieres ver. Y que lo quieres tocar.
Minutos de silencio digital. Cada segundo era una gota de cera caliente en la nuca. Llegó otro audio. Solo se escuchaba su respiración, al principio. Lenta, controlada. Luego su voz, más cerca del micrófono, húmeda."Hablas como si pudieras verme. Como si supieras dónde tengo la mano ahora mismo."Un escalofrío brutal me recorrió la espina dorsal. Me senté, la espalda contra el respaldo de cuero. La presión en el vaquero era ya dolorosamente evidente, insostenible.
Yo: No lo sé. Pero puedo imaginarlo. Y la imaginación, a estas horas, es más peligrosa que cualquier contacto.
Su siguiente mensaje fue una foto. No de ella. De su pantalla. Nuestra campaña visual abierta, con esos cuerpos entrelazados solo por sombras y luces. Sobre la imagen, la flecha del cursor parpadeaba, posada justo en el centro, en la curva de una espalda.
Beatriz: La composición es perfecta. Cada línea lleva al punto focal. Es... insoportablemente buena.
Era una confesión en clave. Un código descarado. Me levanté y cerré la puerta del estudio con llave. El mundo exterior, mi casa dormida, mi vida, quedó sellada fuera. Ahora solo existía este espacio cargado y la mujer al otro lado.
Yo: Quítate la bata, Beatriz.Escribí la orden sin titubear, una frase clara y directa que cruzaba el último límite.
Beatriz: Demasiado atrevido.
Yo: No. Necesario. Para la campaña. Quiero saber... cómo la luz de tu pantalla ilumina tu piel. Para asegurarme del contraste.
Hubo otra pausa eterna. Luego, una nueva foto. Solo un fragmento. El hueco de su clavícula, bañado por el brillo azulado del monitor. La tela de algo—posiblemente la camiseta—caía a un lado. No se veía nada explícito. Se veía todo.
Beatriz: ¿El contraste es adecuado?
Me latían las sienes. Me desabroché otro botón de la camisa. El sudor frío se mezclaba con el calor interno.
Yo: Es devastador. Ahora la yema del dedo. Deslízala por esa luz. Lento. Y dime qué sientes. (En este punto ya habia perdido la cordura, mis instintos hablaban desde el deseo)
Esta vez el audio llegó rápido. Su gemido ahogado, un sonido breve y perfecto que se coló directamente en mi cerebro y se instaló en lo más bajo del vientre. Luego su voz, quebrada. "Calor. Y... una electricidad absurda. Como si la pantalla quemara.
"No aguantaba más. La tensión era un cable de acero a punto de reventar. Me acomodé en el sillón, con los ojos fijos en la foto de su clavícula. Cada palabra mía era un paso más en el precipicio.
Yo: No es la pantalla. Es la idea. La idea de mi mirada siguiendo ese dedo. De mi aliento en ese mismo lugar. De mi boca confirmando esa temperatura.
Beatriz: Javier... esto es...
Yo: Lo sé. Sigue.
Beatriz: No puedo. Estoy...
Yo: Sí puedes. Y lo estás haciendo. Deja que el cuerpo le gane a la cabeza por una noche. Solo por esta noche.
El intercambio que siguió fue un torbellino de texto y sonido. Frases cortadas, jadeos capturados por el micrófono, descripciones urgentes de sensaciones. Ella me contaba el peso de su propio pecho en su mano, el arco de su espalda al arquearse. Yo le describía la presión de mi puño cerrado, el roce áspero del vaquero, el sonido del cinturón al ceder. Construimos un encuentro de fantasía, minucioso, brutalmente íntimo, con las palabras como únicos cuerpos disponibles. Cada "ah" suyo en un audio era un golpe directo. Cada "sigue" mío, una orden que nos llevaba más lejos.
Llegó un momento en que solo hubo silencio del otro lado. Un silencio pesado, elocuente. Luego, un último mensaje de texto, llegó borroso, como escrito con dedos torpes.
Beatriz: He cerrado el archivo. Y he aprobado la campaña. Mañana te invito a desayunar y cerrar unos flecos.
Yo estaba al límite, al borde mismo del estallido, sostenido solo por el hilo de esa comunicación. Leí su mensaje y supe que era el final. El trabajo estaba hecho. El juego, también. Respiré hondo, con el sabor a cobre en la boca, y miré mi mano, la que no sostenía el teléfono, posada sobre mi muslo. El anillo de oro brillaba débilmente.
No envié más audios. Escribí las últimas palabras, las más difíciles.
Yo: Entonces está todo confirmado. Buenas noches, Beatriz.
Apagué la pantalla del móvil y la dejé boca abajo sobre la madera. En la oscuridad repentina de la habitación, solo rota por la luz de la lámpara, el vacío que dejó la tensión fue inmenso, físico. El silencio ya no era cómplice; era un juez. Me recliné en el sillón, con los ojos cerrados, dejando que la ola de realidad, fría y compleja, me cubriera por completo. El trabajo estaba aprobado. Y yo, solo en mi cueva de sombras, tenía que aprender de nuevo a respirar.
La luz de la mañana se colaba por la ventana del café, dura y reveladora, borrando las sombras cómplices de la noche anterior. Llegué diez minutos tarde, a propósito. Necesitaba verla ya sentada, necesitaba ese segundo de ventaja para observarla en la realidad, despojada del halo digital. Allí estaba, en una mesa del fondo, con un traje chaqueta color arena que parecía capturar todo el sol de la mañana. Beatriz. La clienta. La mujer del audio.
Al acercarme, el aroma a café y cruasán fresco se mezcló con su perfume, algo cítrico y profundo que cortaba la atmósfera doméstica del lugar. Ella alzó la vista. No había sonrisa de cortesía. Su mirada fue un escáner, rápida, intensa, bajando desde mis ojos hasta mis manos, que llevaban la inevitable alianza, y volviendo a encontrarse con los míos. Era la misma mirada que había imaginado frente a la pantalla.
—Pensé que te arrepentirías de la cita —dijo su voz. Era la de las reuniones, ahora, pero con un ronquido nuevo, una textura que no estaba ahí antes.
—De aprobar la campaña, no —respondí, sentándome frente a ella. La mesa era una frontera mínima entre nosotros—. Del desayuno, aún no lo sé.
Un camarero apareció. Mientras pedíamos —café solo, zumo de naranja, nada de comer—, sentí su mirada fija en mi boca, en el movimiento de mis labios al hablar. Era una observación descarada, un estudio táctil hecho con los ojos. Cuando nos quedamos solos, el silencio se llenó de todo lo no dicho.
—Has dormido poco —afirmó ella, no preguntó. Su dedo índice trazaba el borde de su taza de porcelana, un círculo lento y perfecto.
—Tuve que terminar unos detalles después de… la confirmación —dije, cargando la última palabra. Su boca, pintada de un rojo discreto pero impecable, esbozó la sombra de una sonrisa.
—Sí. La *confirmación*. Fue… exhaustiva.
La palabra quedó flotando entre los humos de los cafés que acababan de llegar. Yo cogí la taza pequeña, sintiendo el calor casi doloroso en los dedos. Ella hizo lo mismo, llevándosela a los labios sin apartar los ojos de mí. Bebió un sorbo lento. Yo seguí el movimiento de su garganta al tragar.
—Teníamos que hablar del plan de lanzamiento —empecé, forzando el registro profesional—. Los medios están listos, pero…
—Pero necesitas mi firma física —la interrumpió, bajando la taza—. En el contrato de ejecución. En persona. Es la política de la empresa.
—Es la política —repetí, como un eco.
—Mi oficina. A las once. ¿Te viene bien? —preguntó, pero era una orden. Una invitación a entrar en su territorio.
—Perfecto.
Pagó ella la cuenta, un gesto rápido y seco que reafirmaba la dinámica: esto, aquí, era profesional. Pero cuando se levantó, al pasar junto a mi silla, su mano rozó mi hombro. No fue un accidente. Fue una presión ligera, exacta, que transmitió todo el calor de su piel a través de la lana de mi chaqueta. Un contacto eléctrico que anuló el café, la luz del día, el murmullo del local.
—Hasta luego, Javier —dijo, y su voz era ahora el susurro del audio, adaptado a la luz de la mañana.
A las once en punto, llamé al timbre de la puerta de madera maciza que tenía su nombre y cargo grabados en una placa de latón. «Beatriz ********. Gerencia de Cuentas». El «pase» que llegó a través del interfono fue seco. Al abrirse la puerta, el aire era frío, climatizado, y olía a limpio, a papel de calidad y a ese mismo perfume cítrico, ahora más concentrado.
Su oficina era un cubo de luz y orden. Una pared era de cristal, con una vista imponente de la ciudad. Su escritorio, enorme y minimalista, de acero y cristal, era una isla de poder. Ella estaba de pie frente a la ventana, de espaldas, con una silueta recortada contra el cielo.
—Cierra la puerta —dijo, sin volverse.
El clic de la cerradura al encajar resonó como un disparo sordo. Me quedé en el centro de la habitación, sintiendo la enormidad del espacio diseñado para intimidar.
—La campaña es excelente —comenzó, girando lentamente. Llevaba las gafas de lectura bajadas sobre la nariz, y en la mano sostenía la carpeta con nuestras propuestas—. La mejor que hemos tenido en años. Has captado el *enfoque* exacto.
—Es lo que hago —respondí, manteniendo la distancia—. Captar focos.
Ella soltó una risa baja, casi inaudible, y se acercó al escritorio. Dejó la carpeta sobre la superficie de cristal, que crujió bajo el peso.
—Sí. Lo haces muy bien. Tienes una manera de… *iluminar* los detalles más ocultos. De hacer que lo sugerido se vuelva indispensable.
Cada palabra era una piedra en un estanque tranquilo. Avanzó hacia mí, no con pasos de seducción, sino con la lentitud deliberada de quien revisa un territorio que ya cree suyo. Se detuvo a un metro de distancia. El perfume era ahora una nube palpable. Podía ver el tejido fino de su blanca camisa, el primer botón desabrochado. El traje chaqueta, que antes parecía armadura, ahora se ceñía a sus curvas con una precisión que hablaba de poder y de conciencia de ese poder.
—El contrato —dije, forzando mi voz a la neutralidad.
—Ah, sí. El contrato —repitió, como si lo hubiera olvidado. Dio media vuelta y fue hacia el escritorio. Al inclinarse ligeramente para buscar en un cajón, la falda lápiz se tensó sobre sus caderas de una manera que fue un discurso completo. Mi respiración se hizo más pausada, más profunda.
Sacó un documento. No se lo llevó a su silla. Se quedó al lado del escritorio, apoyando la palma de su mano sobre el cristal.
—Ven —dijo—. Tienes que ver el punto séptimo. Hubo una modificación de última hora.
Me acerqué. La distancia se redujo a centímetros. El costado de mi brazo rozó el costado del suyo. Un contacto estático, que quemó a través de las dos capas de tela. Ella deslizó el contrato por el cristal hacia mí. Al inclinarme para leer, mi cabeza quedó a la altura de la suya. Sentí su aliento en mi sien. Caliente. Rítmico.
—El punto séptimo —murmuró, su voz justo a un centímetro de mi oído—. Habla de la *ejecución íntegra*. De la obligación de ambas partes de… *consumar* el proceso. Sin reservas. Sin interferencias externas.
No estaba leyendo el contrato. Estaba leyendo la tensión en los tendones de su cuello. El pulso rápido en su muñeca, donde un reloj de metal frío contrastaba con la piel cálida.
—Es un lenguaje muy… explícito —logré decir, girando la cabeza hacia ella. Nuestras caras estaban ahora a un palmo de distancia. Sus ojos, detrás de las gafas, eran dos pozos de fuego controlado.
—Tiene que serlo —susurró—. Para que no haya duda de lo que se espera. De la *entrega* total.
Una de sus manos se separó del cristal. Flotó en el aire entre nosotros, y luego, con una lentitud agonizante, se posó sobre la corbata que yo me había anudado con esmero esa mañana. No tiró. No acarició. Simplemente la sujetó, envolviendo la seda entre sus dedos, tomando posesión del símbolo. Sentí el leve tirón contra mi nuca, un anclaje físico que me unía a su voluntad.
—Beatriz… —dije, y mi voz fue solo un ronquido, el eco de su nombre en la noche digital.
—Aquí soy la gerente —recordó, pero su tono era una contradicción perfecta: era la voz de la que ordenaba, pero también de la que suplicaba. Su mirada bajó hasta mis labios—. Y tú… eres el proveedor. Y los proveedores excelentes siempre reciben… una gratificación especial.
Su otra mano se unió a la primera en mi corbata. No era un gesto violento. Era una tensión deliberada, un punto de no retorno físicamente establecido. El cristal frío del escritorio presionaba contra mi muslo. El mundo exterior, la ciudad tras la ventana, se desdibujó por completo. Solo existía el sonido de nuestra respiración entrelazada, más rápida, más superficial, y el espacio infinitesimal que separaba sus labios de los míos. El momento previo al contacto era esto: un universo de presión contenida, de electricidad a punto de saltar, de dos cuerpos al borde de obedecer a una orden dada semanas atrás, en la oscuridad, a través de una pantalla. Todo, absolutamente todo, pendía de ese último milímetro de aire compartido, cargado de la promesa brutal y del peso infinito de lo que sucedería después.
La línea que separaba el deseo del acto se desvaneció cuando sus dedos, firmes y decididos, encontraron el cinturón de mi pantalón. El clic de la hebilla al ceder fue un punto final a cualquier pretensión de mundo exterior. No hubo prisa en sus movimientos, solo la certeza aplastante de lo inevitable.
Al arrodillarse, el crujido de sus medias sobre el suelo de la oficina fue el único sonido. Su mirada no se apartaba de la mía. Era una mirada de posesión, de estudio profundo, de una gerente evaluando un activo que iba a consumir hasta la última gota de su valor. No bajó la vista ni cuando sus labios, carmesí y húmedos, se posaron primero sobre el tejido de mi boxer, respirando el calor a través de la tela. La exhalación fue una caricia deliberada, una promesa.
Al descender la tela, la súbita exposición al aire frío de la oficina fue un choque breve, instantáneamente anulado por el calor de su boca. No fue un recibimiento pasivo. Fue una toma de control. Su lengua trazó un camino lento, desde la base hasta la punta, con la precisión de quien firma un contrato bajo la cláusula más importante. Cada centímetro...
Y siempre, sus ojos clavados en los míos. Atrapándome en esa red de hierro verde. En ellos leía no sumisión, sino un poder distinto: el poder de quien decide el ritmo, la profundidad, la intensidad. El poder de quien posee la llave de la excitación máxima y la gira con lentitud deliberada. Cada subida y bajada de su cabeza era un latido de ese poder, un pistón perfecto que construía presión en mis entrañas, en mis músculos abdominales tensos como acero, en el sudor que frío que recorría mi columna.
La excitación no crecía, se acumulaba. Era como una presa a punto de reventar, cada jadeo suyo, cada sonido húmedo y profundo, cada vez que sus manos se aferraban a mis muslos para encontrar un ángulo más profundo. Mi respiración se convirtió en una serie de gruñidos roncos, incontrolables. Mis manos se enterraron en su moño perfecto, deshaciéndolo, dejando que su cabello cayera como una cortina de ébano sobre sus hombros, sobre mis manos.
Vi el momento en sus ojos, justo antes de que sucediera. Una chispa de triunfo salvaje, de conocimiento absoluto. Aumentó el ritmo, la presión, la succión, convirtiendo su boca en una cámara de vacío perfecta que extraía no solo el placer, sino la voluntad, el pensamiento, la identidad. Mis dedos se crisparon en su cabello. Una advertencia gutural escapó de mis labios.
Ella no se detuvo. No apartó la mirada. Al contrario, la profundizó, hundiéndose hasta el fondo, aceptando, desafiando. Y fue en ese instante, con sus ojos verdes perforando los míos, desnudando cada espasmo de mi alma, cuando la presa se rompió.
El clímax fue una descarga eléctrica pura, un rayo que partió desde la base de mi cráneo hasta los talones. No fue una liberación, fue una expropiación. Mi cuerpo se arqueó, rígido, entregándole en violentas, interminables olas todo lo que había acumulado: la lujuria nocturna, la obsesión. Y ella lo recibió todo. Sus ojos solo parpadearon una vez, un rápido reflejo, pero no se cerraron. Los mantuvo abiertos, fijos en los míos, atestiguando cada contracción, cada temblor, cada último estertor de mi rendición física.
Permaneció así, un instante eterno, hasta que el último espasmo cedió. Solo entonces, con lentitud ceremonial, se separó. Un hilo blanquecino conectó sus labios por un segundo antes de romperse. Ella no lo limpió. Tragó lenta, deliberadamente, sin romper el contacto visual, en un gesto que fue la firma final, el sello de cera sobre nuestro pacto secreto. Su boca, ahora brillante e implacable, esbozó la más tenue, la más victoriosa de las sonrisas.
La oficina volvió a existir. El aire acondicionado, el brillo del sol en el cristal, el desorden de las carpetas en el suelo. Pero ya nada era igual. El silencio ahora estaba saturado del hecho brutal, consumado. Yo, vaciado y reconstruido sobre un eje nuevo. Ella, de rodillas aún, la gerente que había ejecutado el plan perfecto y había obtenido, en su boca, la gratificación más explícita.
La oficina, testigo mudo de decisiones corporativas, se transformó en la cámara de resonancia de un temblor personal. Tras ese instante cargado de silencio y posesión, el aire pareció espesarse. Su mirada victoriosa desde el suelo era un imán y un desafío. La extendí una mano, no para ayudarla, sino para reclamarla, para igualar de nuevo la altura. Sus dedos se entrelazaron con los míos con una fuerza que hablaba de urgencia, no de delicadeza.
Al levantarse, su falda caída era la última barrera decorativa. Con un movimiento fluido de nuestras manos unidas, la apartamos. El cristal frío del escritorio recibió su espalda con un contacto que le hizo contener el aliento en un jadeo breve y cortante.
—Aquí —susurró, su voz áspera y distinta, tirando de mí hacia ella—. Ahora.
No hubo más preámbulos, fue un choque de necesidad, un ajuste de ángulos bajo la guía de sus manos en mis caderas. Al penetrarla, un gemido largo, gutural, se liberó de lo más hondo de su pecho. No era un sonido de dolor, sino de reconocimiento brutal. Sus ojos se cerraron por un instante, la frente arrugada en concentración pura.
—Sí… —siseó, sus uñas clavándose en mis brazos—. Así. Eso era… eso era lo que quería.
El ritmo comenzó lento, profundo, cada movimiento una exploración cargada de la memoria de todos los mensajes, de todas las miradas robadas. Pero pronto, la paciencia se agotó. Su respiración se volvié jadeante, entrecortada.
—Más… Javier —ordenó entre dientes, abriendo los ojos. Su mirada era un fuego verde—. No te contengas. Ya es tarde para eso.
Sus palabras fueron un disparo directo al centro de mi autocontrol. Aceleré el ritmo, las embestidas se volvieron más firmes, más profundas, haciendo crujir la estructura del escritorio con un quejido metálico que se mezclaba con nuestros sonidos. Ella arqueó la espalda, ofreciéndose, retándome.
—¿Lo ves? —jadeó, una sonrisa salvaje y torcida en sus labios—.
Cada palabra suya era combustible. Gemía con cada embestida, sonidos bajos y cargados que no intentaba sofocar. El lenguaje se redujo a lo esencial, a lo visceral.
—Ahí… justo ahí —gritó, los talones apretando la espalda baja, forzando una profundidad que nos dejó a los dos sin aire—. Dios… dame más fuerte. ¡follame duro!
La última palabra fue un grito exigente. Obedecí. La fuerza contenida de semanas de tensión estalló en un ímpetu bestial. Ya no había gerente ni proveedor, sólo dos cuerpos dirimiendo una cuenta pendiente con sudor y piel. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, un ritmo primal que ahogaba el tictac del reloj de pared.
—No pares… no pares… —suplicaba ahora, entre gemidos rotos, su voz deshecha, lejos de cualquier comando corporativo—. Lo estás… lo estás haciendo perfecto.
Sus músculos internos comenzaron a palpitar alrededor de mí, un espasmo anticipado, intenso. Su rostro se contrajo en una mueca de puro éxtasis abandonado.
—¡Javier! —gritó mi nombre, no como un susurro, sino como una afirmación rabiosa, y ese sonido, ese reconocimiento vocal en el clímax, fue la mecha.
Su cuerpo fue sacudido por oleadas de contracciones violentas. La sentí estallar bajo mí, un torrente de temblores y gemidos ahogados que se convertían en un gemido breve y convulso de liberación. Verla, sentirla, oírla perder todo control fue increible.
Con un gruñido ronco que salió desde el centro del pecho, me dejé llevar por el vértigo. Fue una entrega total, un vaciado absoluto y poderoso, mientras ella, aún convulsionando, me atraía contra su pecho, enterrando mis gemidos en la curva de su cuello sudoroso.
El silencio que siguió fue físico, pesado, roto solo por el sonido desgarrado de nuestros pulmones buscando aire. El escritorio, nuestro frágil mundo de cristal, estaba empañado y vivo bajo nosotros. Sus piernas, aún entrelazadas conmigo, temblaban levemente.
No hubo palabras por un largo tiempo. Sólo el lento descenso de la fiebre, el regreso gota a gota de la conciencia: la frialdad del aire en la piel húmeda, el desastre del suelo, la realidad inmutable de las paredes y la puerta cerrada. Ella acarició mi pelo, una vez, con una mano que todavía temblaba.
Finalmente, susurró, con la voz ronca y gastada:—El contrato… está más que cumplido.
Era una afirmación, un cierre, y quizás también el inicio de algo infinitamente más complicado. Me separé de ella, y el mundo, con todas sus reglas y consecuencias, volvió a colarse por cada rendija de la habitación.
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