Xtories

La lluvia. La chica y un polvo

La lluvia los atrapó en la calle, pero fue la tentación la que los llevó a la habitación. Entre el miedo y el deseo, ella descubrió que su cuerpo sabía lo que su mente negaba.

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Un encuentro bajo la lluvia

La lluvia caía a cántaros en las calles de Rosario. La avenida Ovidio Lagos ya parecía un afluente del Paraná, todo inundado. Oriana, puteaba en silencio al intendente por no evitar que se inundaran las calles con cuatro gotas. Ella corría con el bolso apretado contra el pecho, los zapatos chapoteando en los charcos, el vestido pegado al cuerpo como una segunda piel. Maldita tormenta, pensó, mientras buscaba dónde guarecerse.

Oriana una mujer joven, de veintitrés años, con cuerpo curvilíneo y bien marcado: tetas grandes y firmes, cintura estrecha, culo redondo y levantado. Pelo largo castaño, piel clara que se sonroja fácil, ojos expresivos y cara de rasgos suaves con aire inocente.

De pronto, un tipo alto y moreno se acercó con una sonrisa pícara bajo un paraguas roto que apenas lo cubría.

—Ey, linda, ¿querés refugiarte? Acá cerca hay un hotel alojamiento. No es lejos y estamos los dos chorreando —dijo Ezequiel, mirándola de arriba abajo, notando cómo el agua le marcaba todas las curvas.

Oriana se detuvo, jadeante, el pelo pegado a la cara. Lo miró: guapo, ojos oscuros, barba de tres días que le daba un aire de canchero. Pero un hotel alojamiento… eso era para coger, no para secarse.

—No, gracias. Puedo esperar en un bar o algo —respondió ella, titubeante, cruzando los brazos para taparse el escote mojado.

Él se rio, acercándose un poco más, la voz ronca por encima del ruido de la lluvia.

—Mirá, no seas boluda. Los bares están cerrados a esta hora con este temporal. Y vos estás temblando de frío. Solo es para esperar que pare, nada más. ¿O tenés miedo de que te invite a algo más? —insistió, guiñándole un ojo.

Oriana sintió un cosquilleo en el estómago. No era miedo exactamente, sino curiosidad mezclada con esa calentura repentina que aparece de la nada. Pero no, no podía. Era un desconocido… y él… parecía demasiado seguro.

—No, en serio. Nadie entra a un telo solo para “refugiarse”. Suena a chamuyo barato —replicó ella, aunque la voz no le salía firme. Miraba para los costados, buscando una salida, pero la lluvia no aflojaba.

Ezequiel se acercó más, bloqueando un poco el viento. Olía a colonia y lluvia, y la camisa abierta dejaba ver un pecho marcado.

—Chamuyo barato, decís. Pero mirá tu vestido: se te transparenta todo. Si seguís acá, te vas a agarrar un resfrío. Y yo no muerdo… a menos que me lo pidas —bromeó, con una risa grave que la hizo sonrojar.

Ella bajó la vista y vio que sí, el corpiño se marcaba clarito bajo la tela fina. Mierda, pensó. Pero no era solo eso lo que la ponía nerviosa: era cómo él la comía con la mirada, como si ya se imaginara todo lo que había abajo.

—Está bien, pero solo para secarnos. Nada de boludeces —cedió al fin, no muy convencida, siguiéndolo mientras él la tomaba del brazo con suavidad pero firme.

Caminaron unas cuadras hasta cerca de la terminal, la lluvia pegándoles en la cara. Ezequiel hablaba para romper el hielo: de la tormenta, del tráfico de locos, de cómo odiaba mojarse los zapatos. Oriana contestaba con monosílabos, pero de a poco se fue relajando.

El “telo” cerca de la terminal

La guió a un hotel discreto, en una cortada a metros de la avenida Santa Fe: para todos un telo, para la ley un hotel de pasajeros, con luces de neón parpadeantes. Él pagó la habitación sin dudar y subieron un piso por la escalera en silencio, el aire cargado de tensión.

Adentro era lo típico: cama grande con sábanas rojas, espejos en el techo, luces tenues. Oriana se sentó en el borde de la cama, quitándose los zapatos, mientras él se sacaba la camisa empapada, dejando a la vista un torso definido y tatuajes que le serpenteaban por los brazos.

—Ves, solo refugio. Podés secarte con las toallas —dijo él, tirándole una, pero los ojos se le fueron directo a sus piernas cruzadas.

Ella se envolvió en la toalla, pero el frío seguía ahí.

—Gracias, pero… no sé si fue buena idea. Me siento rara acá.

Ezequiel se sentó a su lado, demasiado cerca.

—¿Rara por qué? Somos dos adultos bajo la lluvia. ¿Qué hay de malo en un poco de calor humano?

Oriana tragó saliva. La mano de él rozó la suya y un escalofrío le recorrió el cuerpo, pero no de frío.

—No, Ezequiel, en serio. No vine para eso.

Él sonrió, inclinándose.

—Decime Eze. Y no viniste para eso, pero… mirá cómo te miro. Sos hermosa, con esa cara de inocente y ese cuerpo que pide a gritos que lo toquen. Solo una charla, nada más. Contame de vos.

Empezaron a hablar: ella de su trabajo aburrido en una oficina, él de sus viajes como vendedor. Pero la charla se fue poniendo íntima. Él preguntaba cosas directas: ¿tenés novio? ¿Qué te gusta en un hombre? Oriana contestaba evasiva, pero las mejillas le ardían.

—No tengo novio ahora. Y no busco nada —dijo, aunque la voz le temblaba.

—Mentira. Tus ojos dicen otra cosa. Mirá, si querés irte, andate. Pero la lluvia sigue y acá estamos solos… imaginá lo que podría pasar si decís que sí.

Ella negó con la cabeza, pero no se movió.

—No, no puedo. Es una locura.

Ezequiel le tomó la mano.

—Locura es negarte lo que querés. Sentís lo mismo que yo: esa electricidad. Dejame besarte, solo uno, y si no querés más, paramos.

El deseo manda.. Siempre

Oriana dudó, el corazón latiéndole a mil. Sus labios se acercaron y, cuando se tocaron, fue como un rayo. El beso empezó suave, pero él la atrajo fuerte, la lengua invadiendo, las manos en la cintura. Ella se resistió un segundo, empujándolo levemente.

—No… esperá —murmuró, pero sus manos ya se enredaban en el pelo de él.

—Decime que pare, entonces —susurró él contra su cuello, besándolo.

No lo dijo. En cambio, gimió bajito cuando él le mordió la oreja.

—Eze… no sé.

La convenció con besos y caricias que bajaban por la espalda, desabrochándole el vestido mojado.

—Vas a ver que sí querés. Dejame mostrarte.

Poco a poco ella cedió, el “no” se volvió suspiros. El vestido cayó al piso, dejándola en ropa interior. Ezequiel la miró con hambre.

—Mirá qué tetas lindas tenés. Quiero chupártelas hasta que grites.

Oriana se cubrió, pero él le apartó las manos y besó su pecho sobre el corpiño.

—No… pero sí… ay, Eze.

La charla se puso cada vez más sucia mientras la desnudaba.

—Decime, ¿te gusta que te cojan fuerte? Porque yo te voy a coger como nadie.

Ella negó, pero las caderas se le movían contra él.

—No hablo de eso… pero… contame más.

Él rio, quitándose los pantalones; la pija dura se marcaba en los boxers.

—Te voy a contar mientras te toco la concha. Sentí lo mojada que estás, no es por la lluvia.

Sus dedos bajaron, rozando la tanga. Oriana jadeó.

—Eze, pará… no, seguí.

La convenció así, con palabras crudas y toques precisos, hasta que ella, rendida, murmuró:

—Está bien… hacelo.

Ezequiel sonrió triunfante y la empujó suave contra la cama. La habitación olía a humedad y deseo, las luces rojas tiñendo sus pieles. Le arrancó el corpiño con un tirón, liberando sus tetas redondas, pezones duros por el frío y la calentura. Se lanzó sobre ellas como animal, chupando uno mientras pellizcaba el otro.

—Qué ricas tetas, Oriana. Mirá cómo se paran para mí. Te voy a morder hasta que pidas más —gruñó, los dientes rozando la piel sensible.

Ella arqueó la espalda, un gemido escapando.

—Ay, Eze… duele un poco, pero… me gusta.

Las manos bajaron a la tanga, empapada no solo de lluvia. La deslizó por las piernas, exponiendo su concha depilada, hinchada y brillante. Ezequiel se arrodilló entre sus muslos, oliéndola.

—Qué concha hermosa, toda mojada para mi pija. Olés a puta en celo —dijo ronco, separando los labios con los dedos.

Oriana se tapó la cara, avergonzada pero prendida.

—No digas eso… es sucio.

—Sucio es lo que te voy a hacer. Mirá —y metió dos dedos en su concha, moviéndolos adentro y afuera, el sonido chapoteante llenando el cuarto.

Ella gritó, las caderas levantándose.

—¡Eze! ¡Más profundo!

Él rio, agregando un tercero, cogiéndola con los dedos mientras el pulgar le frotaba el clítoris.

—Decime qué querés, puta. ¿Mi lengua en tu concha?

—Sí… chupame la concha, por favor —suplicó ella, ya perdida.

Ezequiel bajó la cabeza, lamiendo desde el culo hasta el clítoris, saboreándola.

—Sabés a miel caliente. Te voy a comer hasta que te corras en mi boca.

Lamió con furia, succionando el botón hinchado, metiendo la lengua adentro. Oriana se retorcía, agarrando las sábanas, las tetas rebotando.

—Ay, Dios… no pares… me vengo… —gimió, y un orgasmo la sacudió, los jugos brotando en su boca.

Él se levantó, limpiándose la barba. Se quitó los boxers, liberando su pija gruesa, venosa, la cabeza roja y brillante.

—Mirá esta pija, Oriana. Es para tu concha. Abrí las piernas más.

Ella lo miró, ojos vidriosos.

—Es enorme… ¿me va a entrar?

—Te va a entrar y te va a romper. Vení, chupala primero —ordenó, guiándola a arrodillarse.

Oriana tomó la pija en la mano, pesada y caliente. La lamió tímida al principio, luego la metió en la boca, chupando.

—Así, mamona. Chupame la pija como experta. Tragala toda —gruñó él, empujando las caderas.

Ella se atragantó, saliva cayendo, pero siguió, lamiendo las bolas, chupando la cabeza. Ezequiel le cogía la boca, manos en el pelo.

—Buena chica. Ahora al revés. Quiero tu culo en mi cara.

La puso en 69, su concha sobre su boca mientras ella chupaba. Él le lamió el culo, metiendo un dedo ahí mientras chupaba la concha.

—Qué culo apretado. Te voy a coger por atrás también —prometió.

Oriana gimió alrededor de la pija, otro orgasmo acercándose. Se corrió de nuevo, temblando.

Luego él la volteó, poniéndola en cuatro. Frotó la pija contra su concha empapada.

—Pedime que te coja, Oriana. Decí: cógeme la concha con tu pija gorda.

—Cógeme… cógeme fuerte —suplicó.

De un empujón entró hasta el fondo, estirándola.

—¡Qué concha apretada! Te voy a llenar de leche.

Empezó a bombear fuerte y profundo, las bolas golpeando su clítoris. Oriana gritaba, arañando la cama.

—Más… rompeme la concha… ¡soy tu puta!

Él le azotó el culo, dejando marca roja.

—Sí, sos mi puta. Mirá en el espejo cómo te cojo.

En el techo veían el reflejo: él embistiendo, tetas rebotando, concha devorando la pija.

Cambió posiciones: ella arriba, cabalgándolo, la pija desapareciendo en su concha. Ezequiel chupaba sus tetas, pellizcando.

—Rebotá en mi pija, linda. Sentí cómo te llena.

Ella se movía salvaje, gimiendo. Luego la puso contra la pared, cogiéndola de pie, una pierna en alto.

—Te voy a coger hasta que no puedas caminar —gruñó.

Otro orgasmo la invadió, contrayéndose alrededor de él. Ezequiel no aguantó más.

—Me vengo… adentro de tu concha —rugió, eyaculando chorros calientes.

Cayeron exhaustos en la cama, cuerpos sudados. Pero no terminó ahí.

Después de un rato, él se endureció de nuevo.

Oriana yacía boca arriba, todavía jadeando, la concha hinchada y brillante de jugos y la leche de Ezequiel que empezaba a escurrirse entre sus muslos. Él estaba a su lado, apoyado en un codo, acariciándole el vientre con la punta de los dedos, trazando círculos alrededor del ombligo. Su pija, semidura todavía, descansaba pesada contra su muslo, pegajosa.

—Mirá cómo te dejé… toda abierta y llena —murmuró, bajando la mano para rozar con dos dedos la entrada de su concha, recogiendo semen y llevándoselo a los labios—. Sabés a nosotros dos mezclados. Rico, ¿no?

Oriana se mordió el labio, todavía temblando.

Despejando caminos

—Eze… basta un rato —susurró, voz ronca de tanto gemir—. Estoy sensible.

Él sonrió, esa sonrisa torcida y peligrosa.

—Sensible es justo como te quiero para lo que viene ahora.

Ella lo miró confundida, hasta que vio cómo él bajaba la mirada a su culo. Ezequiel le dio una palmada suave pero firme en una nalga.

—No… por atrás no —dijo rápido, girándose un poco—. Nunca lo hice… me da miedo. Duele, ¿no? Y… me da vergüenza.

Ezequiel se rio bajito, grave.

—¿Miedo? Claro que da un poco la primera vez, linda. Pero por eso es tan rico. Porque sabés que estás entregando algo que nadie más tuvo. Tu culo virgen… solo para mí.

Oriana negó con la cabeza, pero no se movió para escapar.

—No, en serio… vi videos y… parece que te parten. No quiero.

Él la giró boca abajo con suavidad pero sin darle opción. Oriana quedó con la cara en la almohada, el culo apenas levantado.

—Shh, no te voy a partir de una. Mirá —susurró, separándole las nalgas despacio—. Qué culo perfecto tenés… redondito, firme. Y mirá este agujerito apretado… rosa, sin tocar. Se contrae solo de verme.

Oriana gimió de vergüenza, escondiendo más la cara.

—No mires así… por favor.

—Imposible no mirar. Es mío ahora —respondió, inclinándose para besarle justo ahí, un beso húmedo y caliente en el ano que la hizo arquear la espalda.

—¡Eze! —gritó, intentando cerrar las piernas.

Él las mantuvo abiertas con las rodillas y volvió a lamer alrededor del agujero, la lengua plana trazando círculos.

—Relajate… sentilo. No duele, ¿ves? Solo cosquillas ricas. Tu concha está chorreando otra vez solo porque te estoy lamiendo el culo. Sos una puta cachonda aunque te dé vergüenza admitirlo.

Oriana jadeó, las caderas moviéndose involuntariamente hacia atrás.

—No soy… —empezó, pero se le quebró la voz cuando él metió la punta de la lengua apenas adentro.

—Sos. Y te encanta. Mirá cómo se te abre solito —dijo, separándola más con los pulgares—. Voy a meter un dedo primero. Con mucha saliva. No va a doler si te relajás.

Buscó el lubricante en el cajón, se echó una buena cantidad y volvió a abrirle las nalgas.

—Frío al principio —advirtió, untando el ano con movimientos circulares, presionando suave.

Oriana se tensó, un gemido ahogado.

—Tranquila… respirá hondo. Así… soltá. Mirá cómo entra fácil.

El dedo índice se deslizó despacio, solo la primera falange. Ella soltó un quejido mezcla de miedo y placer raro.

—Duele un poco… sacalo…

—No duele, linda. Es raro, pero rico. Sentí cómo te abre —movió el dedo despacito, adentro y afuera, mientras con la otra mano le frotaba la concha desde abajo—. ¿Ves? Tu conchita está palpitando. Le gusta que te toquen el culo.

Oriana empezó a jadear más fuerte, las caderas moviéndose en círculos.

—Ay… sí… pero despacio…

—Despacio, prometo —metió el dedo entero, girándolo—. Qué apretado estás… me va a costar meter la pija, pero lo vamos a lograr. Vas a pedir que te coja el culo más fuerte cuando estés lista.

Agregó un segundo dedo, estirándola más. Oriana gimió largo, la cara hundida en la almohada.

—No… no entra… es mucho…

—Entró. Mirá —movió los dos dedos despacio, abriéndola en tijera—. Ya estás más suelta. Y mirá cómo chorrea tu concha… estás empapada. Querés mi pija ahí, aunque te dé miedo.

Oriana negó con la cabeza, pero su culo se levantó un poco más.

—No sé… tengo miedo de que duela mucho…

Ezequiel se inclinó sobre su espalda, besándole la nuca, la pija dura rozándole entre las nalgas.

—Va a doler un poquito al principio, sí. Pero después… vas a sentir que te llena toda, que sos mía por completo. Imaginate mi pija gruesa entrando despacito, abriéndote el culo centímetro a centímetro, hasta que mis huevos queden pegados a tu concha. Vas a gemir como nunca.

Mientras hablaba, seguía moviendo los dedos, agregando más lubricante. Oriana ya no negaba; solo jadeaba, el cuerpo temblando.

—Prometeme que vas despacio… y que parás si digo que pare…

—Te lo prometo, linda. Pero no vas a querer que pare —sacó los dedos despacio, y ella soltó un gemido de vacío—. Ahora abrí más las piernas… poné el culo bien en pompa.

Oriana obedeció, rodillas separadas, cara contra la almohada, culo levantado. Ezequiel se arrodilló atrás, untándose la pija entera con lubricante hasta que brillaba. Apoyó la cabeza gruesa justo en el ano, presionando apenas.

—Respirá… soltá… así. Voy a entrar despacito.

Empujó. La cabeza entró con un leve “pop”, y Oriana gritó, mitad dolor, mitad sorpresa.

—¡Ay! ¡Pará! Duele…

—Shh, ya pasó lo peor. Quedate quieta… respirá. Mirá, ya tengo la cabeza adentro. Tu culo me está chupando la pija. Qué rico se siente.

Se quedó quieto unos segundos, dejándola acostumbrarse, mientras le acariciaba la espalda y le frotaba la concha.

—Sentilo… es grande, pero entra. Querés más, ¿no?

Oriana sollozó bajito, pero asintió apenas.

—Un poquito más… despacio…

Él empujó otro centímetro, luego otro. La pija desaparecía lentamente en su culo.

—Mirá cómo te la traga… qué puta hermosa sos. Todo el culo lleno de mi pija.

Cuando estuvo hasta la mitad, empezó a moverse suave, apenas unos centímetros.

Oriana gimió largo, el dolor transformándose en presión placentera.

—Ay… sí… no pares… más adentro…

Ezequiel gruñó, empujando hasta el fondo. Sus huevos quedaron apoyados contra la concha empapada.

—Todo adentro… mirá qué bien te lo aguantás. Ahora te cojo el culo de verdad.

Empezó a bombear despacio al principio, luego más fuerte, manos clavadas en las caderas. El sonido de piel contra piel, el lubricante chapoteando, los gemidos de Oriana cada vez más altos.

—Cógeme el culo… ¡más fuerte! ¡Rompeme el culo con tu pija!

Él aceleró, embistiendo profundo, una mano bajando para frotarle el clítoris con furia.

—Te voy a llenar el culo de leche… vas a sentir cómo chorrea adentro mientras te corrés.

Oriana se corrió primero, un orgasmo brutal que le hizo apretar el ano alrededor de la pija, ordeñándolo. Ezequiel rugió, empujando hasta el fondo y eyaculando chorros calientes dentro de su culo.

Se quedaron así un rato, él todavía adentro, respirando agitados. Luego se desplomó sobre su espalda, besándole el cuello.

—¿Ves? No fue tan malo… te encantó.

Oriana, exhausta, con una sonrisa temblorosa, murmuró:

—Fue… demasiado rico. Pero la próxima… vas más despacio al principio, ¿eh?

Él rio contra su piel.

—La próxima te cojo el culo sin avisar… y vas a pedir más.

La habitación seguía cargada de olor a sexo, sudor y lubricante. La lluvia había parado hacía rato, pero ninguno se movía para irse. Oriana estaba boca abajo todavía, el culo rojo por las palmadas y los embistes, un hilo blanco de leche escapando lento de su ano y resbalando por la concha hinchada.

Ezequiel se recostó a su lado, la pija todavía semidura, brillante de lubricante y restos de semen, apoyada contra su muslo. Le acariciaba la espalda, bajando hasta las nalgas, separándolas un poco para ver cómo seguía goteando.

—Mirá cómo te dejé el culo… todo abierto y chorreando mi leche. Te encanta, ¿no? —murmuró ronco.

Oriana giró la cabeza apenas, mirándolo de reojo, ojos todavía vidriosos.

—Fue… intenso. Demasiado —susurró, pero sonreía chiquito—. No pensé que me iba a gustar tanto.

Él rio bajito, besándole la nuca.

—Te gustó porque sos una puta cachonda. Y todavía no terminamos.

Ella frunció el ceño.

—¿No terminamos? Ya me cogiste por todos lados. La lluvia paró. Debería irme.

Ezequiel la sujetó por la cadera.

—¿Irte así? Con el culo lleno de mi leche y la concha todavía palpitando? No, linda. Antes de que te vayas, vas a tragarte todo lo que queda.

Al final solo son proteínas

Oriana se tensó, mirando hacia abajo. La pija ya se endurecía otra vez, la cabeza hinchada, una gota de semen fresco asomando.

—No… ya me tragué un poco antes. Y… estoy cansada.

Él negó, agarrándola suave por el pelo para levantarle la cara.

—No es cansancio, es vergüenza. Pero mirá cómo se te para el clítoris solo de pensarlo. Querés mi leche en la boca, aunque digas que no.

Se sentó en el borde de la cama, abriendo las piernas. La pija apuntaba al techo, dura y venosa.

—Vení. Arrodillate acá entre mis piernas. Vas a chupármela hasta que me corra en tu boca. Y te la vas a tragar toda, sin dejar ni una gota.

Oriana dudó un segundo, mordiéndose el labio. Pero el morbo ya la tenía atrapada. Se deslizó de la cama, arrodillándose entre sus muslos. El olor de su pija la golpeó: salado, fuerte, mezclado con lubricante y sus jugos.

—Mirá qué linda estás así… de rodillas, con la cara colorada y el culo todavía goteando —dijo él, agarrándola por la nuca para guiarla.

Oriana abrió la boca, tímida al principio, lamiendo solo la cabeza. Saboreó el semen que quedaba, salado y espeso.

—Así… lamela toda. Sentí cómo late para vos.

Ella obedeció, recorriendo la pija con la lengua desde la base hasta la punta, chupando las bolas, metiéndoselas en la boca una por una. Ezequiel gruñó, apretándole el pelo.

—Buena puta… ahora tragala entera. Hasta la garganta.

Oriana respiró hondo y la metió despacio, sintiendo cómo la llenaba la boca, cómo la cabeza rozaba el fondo. Se atragantó un poco, saliva cayendo por la barbilla, pero siguió, subiendo y bajando, la mano apretando la base.

—Mirá qué bien chupás… como si hubieras nacido para esto. Decime, ¿te gusta el gusto de mi pija después de cogerte el culo?

Ella asintió sin sacarla, un gemido vibrando alrededor de la pija. Ezequiel empujó las caderas, cogiéndole la boca despacio al principio, luego más rápido.

—Te voy a coger la boca como te cogí el culo… profundo. Y cuando me corra, vas a tragar todo. Cada gota. ¿Entendiste?

Oriana gimió más fuerte, asintiendo. Sus manos subieron a las bolas, masajeándolas.

Ezequiel aceleró, agarrándola con las dos manos por la cabeza, embistiendo.

—Ahí viene… abrí bien la boca… no la saques.

Gruñó fuerte, empujando hasta el fondo. La pija palpitó y soltó chorros calientes directo a la garganta. Oriana se atragantó, ojos lagrimeando, pero no se apartó. Tragó una y otra vez, sintiendo la leche espesa bajar, caliente y abundante.

—Tragala toda… así… buena chica… no dejes ni una gotita —ordenaba él, temblando mientras se vaciaba.

Cuando terminó, sacó la pija despacio, un hilo de saliva y semen conectando la punta con sus labios. Oriana jadeaba, boca abierta, lengua todavía con restos blancos. Tragó lo último con un sonido audible, limpiándose la comisura.

Ezequiel la miró satisfecho, acariciándole la mejilla.

—Mirá qué puta obediente… te tragaste todo. Ahora sí podés irte… con mi leche en la panza y el culo todavía abierto.

Oriana se levantó despacio, piernas temblando. Se puso la ropa interior y el vestido arrugado, todavía pegajosa por todos lados. Antes de abrir la puerta, se dio vuelta.

—Fue… una locura. No sé si voy a poder caminar derecho.

Él sonrió, todavía desnudo en la cama.

—Cuando quieras repetir, sabés dónde encontrarme. La próxima te cojo la boca primero… y después el resto.

Oriana salió al pasillo, el aire fresco golpeándola. La ciudad ya estaba tranquila, la tormenta solo un recuerdo. Pero en su boca todavía sentía el gusto salado, y entre las piernas, el recordatorio caliente de todo lo que había pasado.

Caminó hacia la salida del hotel, con una sonrisa secreta y las piernas flojas, sabiendo que esa noche no se la iba a olvidar nunca.

Al final, la lluvia paró, pero ellos no. Oriana, ya convencida del todo, susurró:

—Fue la mejor tormenta de mi vida.

Y Rosario es una ciudad tormentosa.

FIN