Aiko folla con maduros (2) ~ Tareas extraescolares
El calor de la tarde pesaba en la casa, pero nada preparaba a Aiko para lo que encontraría detrás de la puerta del baño. Un hombre maduro, sudoroso y vulnerable, no esperaba ser descubierto en su intimidad, menos aún por una chica que acababa de descubrir su propia libido.
Era verano, y el calor pegajoso llenaba la salita de la casa de Susana, donde ella y Aiko trabajaban en un proyecto escolar. En el instituto las habían juntado para la tarea, un reto más para Aiko, quien a sus 18 años aún lidiaba con las secuelas de una infancia enfermiza que la había retrasado un par de cursos. Aunque no eran amigas y apenas se conocían —Susana, con su aire tranquilo y sus buenas notas, nunca había sido de las que se burlaban de ella como otros—, ahora estaban ahí, rodeadas de los ordenadores de ambas, libros abiertos y apuntes desordenados, intentando avanzar acompañadas del zumbido inútil del ventilador que había en una esquina.
Susana dejó los apuntes sobre la mesa y se estiró con un suspiro, levantándose la camiseta holgada en un gesto brusco de frustración, más por desahogarse que por buscar alivio real.
—Dios, no soporto este calor —dijo, abanicándose con una libreta—. Necesito algo fresquito. ¿Te gusta la limonada, Aiko?
Aiko sonrió, entusiasmada por la idea de algo frío.
—¡Claro, me encanta!
—Vale, ahora vuelvo —respondió Susana, y se dirigió a la cocina con paso rápido.
Sola en la salita, Aiko se acercó a la ventana para tomar aire, el calor pegajoso adhiriéndose a su piel. Su falda corta, empapada de sudor, se le pegaba a los muslos, y tuvo que tirar de ella para despegarla. Fue entonces cuando lo vio: un hombre sin camiseta podando los setos del jardín, el sudor brillando en su espalda ancha bajo el sol abrasador, los músculos flexionándose con cada corte. Se quedó mirándolo, hipnotizada por el movimiento rítmico de sus brazos, hasta que el sonido de pasos la sacó de su trance. Susana volvió con una jarra de limonada fresquita y dos vasos, el hielo tintineando contra el cristal. Sirvió una generosa cantidad para cada una, y tras beberse un vaso entero de un trago, Aiko señaló hacia la ventana con la barbilla.
—¿Ese es el jardinero? —preguntó, su voz casual pero con un brillo curioso en los ojos.
Susana, terminando su limonada, soltó una risita y negó con la cabeza.
—No, qué va. Es mi padre. Hoy tiene el día libre.
Aiko asintió en silencio, recordando que los padres de Susana estaban divorciados. Ella vivía con su padre porque su madre, siempre de viaje por trabajo, apenas aparecía. O algo así había oído. El señor Medina, como lo conocía Aiko, era un hombre de unos 42 años que se mantenía en forma, y últimamente, los hombres mayores habían empezado a despertar algo en ella.
Tras varios vasos de refresco helado, alternados con búsquedas en internet sobre proyecciones demográficas, informes medioambientales y energías renovables para el proyecto, la vejiga de Aiko ya no daba para más. El líquido frío había hecho su recorrido natural, y una urgencia punzante la obligó a apretar las piernas, sintiendo que no podía retrasarlo más.
—¿Dónde está el baño? —preguntó, poniéndose de pie.
Susana señaló hacia el pasillo.
—Segunda puerta a la derecha.
Aiko caminó con pasos ligeros, entró al baño y se sentó en el inodoro, bajándose las braguitas hasta las rodillas. Con las prisas, ni siquiera había puesto el pestillo y justo cuando iba a empezar, la puerta se abrió de golpe. El señor Medina irrumpió, con el torso desnudo aún perlado de sudor y una mano ensangrentada apretada contra el pecho. Por un segundo, ambos se quedaron congelados, mirándose. Aiko, en una posición tan vulnerable sintió el calor subirle a las mejillas, y él apartó la vista rápidamente, su rostro tenso por la incomodidad.
—Perdón, perdón —dijo con voz grave y apresurada—. Me corté con las tijeras, necesito el botiquín. Solo será un momento.
Aiko, aún sentada, parpadeó y asintió, preocupada a pesar de la situación.
—Claro, no pasa nada… ¿Está bien?
Él gruñó un asentimiento, dándole la espalda mientras abría el grifo para enjuagar el corte.
—No te preocupes, parece peor de lo que es. Solo un cortecito.
El botiquín estaba en el espejo sobre el lavabo, y mientras él se inclinaba para lavarse la mano, Aiko notó cómo sus ojos se deslizaban hacia ella a través del reflejo. Le dio un repaso lento, de arriba abajo, deteniéndose en las braguitas —de algodón rosa pálido con un estampado de conejitos y corazones— enredadas a la altura de las rodillas y sus muslos expuestos, sin duda imaginándose lo que había al final de ellos. Ella, a su vez, no pudo evitar admirar su torso desnudo: los músculos definidos, el vello oscuro salpicando su pecho, la piel bronceada por el sol. Había algo crudo y atractivo en él que la hizo apretar las piernas instintivamente, como si quisiera contener el calor que empezaba a subirle por el coño.
El señor Medina abrió el botiquín, rebuscando entre frascos hasta encontrar un bote de Betadine y una tirita. Se curó el dedo tan bien como pudo, cerrando el espejo de un golpe suave. Sus ojos volvieron a cruzarse con los de Aiko en el reflejo, y esta vez se quedaron ahí unos segundos, el aire cargándose de una tensión silenciosa. Él se dio cuenta de su propia mirada, carraspeó y se giró, incómodo, mostrando el dedo vendado con una sonrisa forzada.
—Listo, ya paró de sangrar —dijo, intentando sonar casual.
Aiko ladeó la cabeza, sus ojos bajando sin disimulo hacia su entrepierna. El bulto en sus pantalones era evidente, hinchado bajo la tela.
—¿Y toda esa sangre dónde fue a parar? —preguntó con una mezcla de inocencia fingida y picardía, señalando su paquete con la barbilla.
Él se miró, sonrojándose al instante, y abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera articular palabra, Aiko actuó. Con un movimiento decidido, lo agarró por el cinturón y lo atrajo hacia ella con un tirón firme. Sus manos pequeñas pero seguras desabrocharon la bragueta en un abrir y cerrar de ojos, metiendo una dentro para liberar su polla. Estaba caliente, dura, gruesa, con una vena marcada que palpitaba bajo sus dedos. La sujetó con firmeza, alzando la vista hacia él justo cuando intentaba hablar de nuevo. Con la otra mano, llevó un dedo a sus labios e hizo un "shhh" silencioso, mandándolo callar con una mirada traviesa. Entonces, sacó la lengua, lenta y deliberada, y empezó a tantear la punta de su pene, trazando círculos suaves alrededor del glande, lamiendo con pequeños toques precisos que hacían que el miembro diera brincos involuntarios en su mano, palpitando contra sus dedos aunque lo sujetaba con firmeza.
El señor Medina, aún en shock, dejó escapar un gemido ronco y gutural, como si el placer le arrancara el aliento mientras su cuerpo se debatía entre la sorpresa y la lujuria. Solo entonces, sin despegar sus ojos rasgados de los suyos, Aiko se lo metió en la boca con un movimiento lento y deliberado, sus labios húmedos y carnosos deslizándose alrededor de la punta hinchada, chupándola con una mezcla obscena de hambre y curiosidad. La lengua le rozó el frenillo, saboreando el sudor y el liquido caliente que ya goteaba, mientras sus mejillas se hundían por la succión, tragándose cada centímetro con una avidez que rayaba en lo salvaje.
Aiko puso ambas manos en sus nalgas, aferrándolas con fuerza y empujándolo hacia su garganta, hundiendo su polla aún más profundo mientras lo guiaba con un apretón decidido, y el baño se llenó de sonidos húmedos y jadeos. Había olvidado por completo que estaba reteniendo la orina, y ahora, con la excitación disparada, pequeños chorritos intermitentes escapaban de su coño, salpicando el agua del inodoro con un eco que resonaba en la estancia. Ese sonido pareció encenderlo aún más; el señor Medina dejó de ser pasivo, agarró la cabeza de Aiko con ambas manos y empezó a bombear con fuerza, follándole la boca como si no hubiera mañana.
La tapa del inodoro detrás de ella golpeaba rítmicamente contra el tanque, cada vez más rápido, marcando el compás brutal de las embestidas del padre de Susana. Su polla, gruesa y palpitante, se hundía en la garganta de Aiko hasta el fondo, la punta rozándole la campanilla con cada empujón, un contacto húmedo y resbaladizo que le arrancaba arcadas silenciosas. Los testículos de él, pesados y tensos, chocaban contra su barbilla con cada movimiento, un golpeteo caliente y rítmico que marcaba el ritmo con su urgencia. La sensación era abrumadora: el calor invasivo llenándole la boca, el grosor estirándole los labios hasta el límite, y esa presión implacable que le cerraba el paso del aire. Sus pulmones ardían, pidiéndole un respiro que no llegaba, mientras ella luchaba por contener los actos reflejos —el impulso de toser, de apartarse, de liberarse—. Lágrimas se le escapaban por las comisuras de los ojos, mezclándose con la saliva que goteaba en hilos brillantes y espesos por su barbilla, y aún así seguía, succionando con una mezcla de entrega y desafío. Los pelos ásperos del pubis del hombre le rozaban la nariz, el olor a sudor y masculinidad llenándole los sentidos, mientras su garganta se contraía alrededor del miembro invasor, apretándolo como si quisiera tragárselo entero.
Finalmente, él se tensó, gruñendo como animal, y se corrió violentamente en su boca, llenándola con chorros calientes y espesos que desbordaron sus labios, goteando por su barbilla en hilos blancos mientras ella tragaba lo que podía entre jadeos roncos. Al mismo tiempo, Aiko llegó al clímax, su coño pulsante liberando un desorden de orina y placer que salpicó el agua del inodoro con un eco húmedo, sus piernas temblando sobre el asiento.
Cuando todo acabó, él se apartó, jadeante, ajustándose los pantalones con manos torpes y la respiración entrecortada. Aiko, todavía sentada en la taza con las piernas temblorosas y el semen aún goteándole por la barbilla, se relamió los labios con un brillo descarado en los ojos, saboreando el exceso sin pudor. Él se subió la bragueta con un tirón rápido, carraspeó y abrió la boca como para decir algo, pero las palabras se le atoraron. Balbuceó un sonido confuso, se rascó la nuca y al final solo levantó una mano, esbozando una sonrisa torcida.
—Eh… Adiós… —murmuró, agitando los dedos en un gesto débil antes de girarse hacia la puerta. Tropezó con el marco al salir, golpeándose el hombro con un gruñido sordo, y desapareció por el pasillo tambaleándose como si hubiera olvidado cómo caminar.
Aiko se quedó unos segundos más sentada en la taza, intentando recomponerse, el cuerpo aún temblándole por la sacudida del clímax. Para ser su primera mamada, no había salido nada mal; al contrario —pensó—, se parecía bastante a las películas porno que últimamente había empezado a devorar con avidez. Aún ahora notaba su coño abriéndose y cerrándose en pequeños espasmos, como si palpitara con vida propia, y de vez en cuando un chorrito ocasional de orina escapaba, salpicando el agua del inodoro con un sonido débil y húmedo.
Cuando por fin sintió que sus piernas podían sostenerla, se levantó con cuidado, se limpió la boca con el dorso de la mano, arrastrando el rastro pegajoso de semen y saliva, y se subió las braguitas desde los tobillos, ajustándolas sobre su piel sudorosa. Se acercó al espejo del botiquín, mirándose de frente: los labios hinchados, las mejillas sonrojadas, y un brillo especial en los ojos. Aún notaba el latido cálido y profundo entre las piernas y el gusto salado y espeso del señor Medina persistiendo en su boca. Tomó aire, se alisó la falda con manos temblorosas y se recompuso ante el espejo lo mejor que pudo para no despertar sospechas en su compañera. Con el corazón agitado por una mezcla de miedo y excitación ante el peligro de que algo la delatara, volvió a la salita, donde Susana tecleaba animadamente en su portátil, ajena por completo a todo.
—¿Estás bien? Te has pasado un buen rato ahí —le preguntó al verla aparecer, alzando una ceja con curiosidad.
Aiko se encogió de hombros, esbozando una sonrisa vaga.
—Si… emmm… ha sido una de esas veces que vas al baño por una cosa y… terminas haciendo otra.
Susana soltó una carcajada, convencida de que lo entendía.
—¿Tiraste de la cadena y echaste desodorante, al menos?
—Claro —mintió Aiko con descaro, dejándose caer a su lado en el sofá.
—Pues venga, volvamos al trabajo —dijo Susana, volviendo a su pantalla.
Al cabo de unos minutos, el zumbido grave de una sierra de podar cortó el silencio. Aiko giró la cabeza hacia la ventana, atraída por el sonido. El padre de Susana estaba de nuevo en el jardín, -esta vez con guantes de jardinería-, manejando la herramienta con una precisión que hacía resaltar su fuerza. Ella se quedó un instante hipnotizada, admirando sus brazos fuertes, los músculos flexionándose bajo la piel bronceada mientras serraba los setos, el sudor brillando bajo el sol de la tarde. La voz de Susana la sacó de su pequeña ensoñación.
—Oye, tienes una mancha ahí —dijo, señalándole la camiseta con el bolígrafo.
Aiko bajó la vista y vio una gota de semen en la tela, blanca y delatora contra el algodón claro, un manchón húmedo que brillaba bajo la luz. Sin inmutarse, se la limpió con el dedo, llevándoselo a la boca y chupándolo mientras miraba a Susana con una chispa traviesa en los ojos.
—Oh, no es nada —dijo alegremente, relamiéndose los labios—. Solo… dulce de leche.
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