Xtories

Madura ninfómana folla joven en público

El calor de febrero lame las calles mientras Valeria busca su próxima presa en el autobús. No busca amor, solo alivio; y cuando sus ojos se cruzan con los de un joven nervioso, sabe que esta vez no se irá sola a casa.

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Soy Valeria y tengo treinta y siete años que pesan como una promesa incumplida en el cuerpo de una veinteañera que nunca se resignó a apagarse. Mi piel todavía se estremece con facilidad, mis pezones se endurecen con el roce de una mirada y mi sexo se humedece con la misma urgencia con la que un adolescente descubre por primera vez el tacto de unos labios ajenos. Soy, según la mayoría de manuales clínicos que he leído por aburrimiento, una ninfómana funcional. No lo niego. Lo celebro.

Hoy es jueves y el calor de febrero lame las calles como lengua ansiosa. Llevo un vestido negro de algodón fino, casi transparente cuando el sol lo atraviesa, sin sostén porque odio las marcas y sin bragas porque odio las esperas. Mis sandalias de tacón medio golpean el pavimento con ritmo impaciente mientras camino hacia la parada de autobús que ya no uso para ir a ningún sitio concreto, sino para cazar.Lo veo antes de que él me vea a mí.

Cabello castaño despeinado, hombros anchos de quien juega al rugby los fines de semana, camiseta ajustada que deja adivinar los pectorales duros y unos jeans que marcan unos muslos potentes y un bulto prometedor en la entrepierna. Diecinueve, tal vez veinte años. La nuez de Adán sube y baja nervioso cuando nuestras miradas se cruzan. Sonrío de lado, dejo que mis labios rojos se entreabran apenas, lo suficiente para que imagine mi lengua recorriéndolos.

Se queda quieto. El autobús llega y él sube detrás de mí. Perfecto.

Me siento en la penúltima fila, junto a la ventana. Él duda un segundo y termina ocupando el asiento de al lado. El vehículo está medio vacío; solo un par de oficinistas al fondo y una anciana que duerme con la cabeza apoyada en el cristal. El traqueteo del motor es una excusa perfecta para que mi muslo roce el suyo “sin querer”.

—Perdón —susurro, sin apartarme.

—No… no pasa nada —balbucea. Su voz tiene ese precioso quiebre de quien todavía no controla del todo el deseo.Giro el rostro hacia él. Mis pechos suben y bajan con cada respiración un poco más rápido de lo normal. El pezón derecho ya está tan duro que se marca como un botón oscuro bajo la tela.

—¿Cómo te llamas? —pregunto mientras deslizo los dedos por mi propio muslo, subiendo lentamente el bajo del vestido.—Lucas —responde, y sus ojos bajan a mi mano.

—Valeria —le digo, y sin más preámbulo abro un poco las piernas.No llevo nada debajo. Mi sexo depilado completamente brilla con una fina capa de humedad que ya se ha escapado. El olor dulce y salado de mi excitación comienza a expandirse en el pequeño espacio entre nosotros. Lucas traga saliva con fuerza. Su mano tiembla cuando la apoyo sobre mi rodilla y la guío hacia arriba.

—Tócame —ordeno en voz muy baja—. Nadie nos ve.Sus dedos alcanzan los labios mayores, resbaladizos, hinchados. Cuando roza el clítoris con la yema del índice suelto un gemido corto que intento disfrazar de tos. Él se asusta un instante, pero no retira la mano. Al contrario: separa los pliegues con dos dedos y mete el dedo corazón hasta el fondo de una sola embestida.

—Joder… estás empapada —susurra, casi con devoción.

—Siempre estoy empapada cuando veo una polla joven y dura —respondo, y aprieto los músculos vaginales alrededor de su dedo.

El autobús frena en una parada. Sube una pareja de adolescentes que se sientan adelante. Lucas congela la mano, pero yo no. Empujo las caderas hacia delante y me follo lentamente su dedo mientras miro por la ventana como si nada ocurriera. Mi clítoris late contra su palma. Siento cómo se me contrae el vientre, cómo el orgasmo empieza a trepar por la columna.

—Más adentro —le exijo.Mete un segundo dedo. Los curva hacia arriba, buscando ese punto rugoso que me vuelve loca. Lo encuentra a la tercera embestida. Gimo contra su hombro, disimulando el sonido con un falso bostezo. Mi coño se cierra en espasmos alrededor de sus nudillos. Chorrea. Literalmente chorrea. Siento el líquido caliente resbalar por su muñeca y gotear sobre el asiento de plástico.—Hostia… —murmura él, atónito.

Me corro en silencio, temblando entera, mordiéndome el labio hasta que siento el sabor metálico de la sangre. Cuando el clímax me suelta, retiro su mano con delicadeza, la llevo a mi boca y lamo mis propios jugos de sus dedos, uno por uno, mirándolo a los ojos.—Baja conmigo en la siguiente —le digo.

Asiente como si estuviera hipnotizado.

Bajamos en una parada que no lleva a ningún sitio interesante: un polígono industrial medio abandonado, con naves vacías y algún coche aparcado al fondo. Caminamos hasta la esquina de una nave sin ventanas. Allí, sin mediar palabra, lo empujo contra la pared de ladrillo visto.

Le bajo la cremallera con dedos ansiosos. Su polla salta libre, gruesa, venosa, con el glande brillante de líquido preseminal. Es perfecta. Más larga que ancha, curvada ligeramente hacia arriba, justo como a mí me gusta para que golpee el cérvix cuando me la meta hasta el fondo.

Me arrodillo sobre el asfalto sucio sin importarme mancharme las rodillas. Abro la boca y me la trago entera de una sola vez. Lucas suelta un gemido ronco y agarra mi pelo con las dos manos. Chupo con fuerza, recorriendo la vena gruesa del tronco con la lengua plana, jugando con el frenillo, succionando el glande como si quisiera extraerle el alma por la uretra.—Joder, Valeria… me vas a matar…

—No todavía —respondo, y me levanto.Me doy la vuelta, apoyo las manos en la pared y levanto el vestido hasta la cintura. Separo las piernas y arqueo la espalda.

—Fóllame. Fuerte. No te corras todavía.Lucas no necesita más instrucciones. Me agarra de las caderas y me penetra de un solo empujón. El grosor de su polla me abre de golpe. Grito de placer puro, animal. Empieza a bombear con fuerza, los huevos golpeando contra mi clítoris en cada embestida. El sonido húmedo de carne contra carne resuena en el callejón vacío.

—Más rápido —exijo.

Obedece. Me folla como si quisiera partirme en dos. Mis tetas se balancean libres bajo el vestido, los pezones rozan la tela áspera y me vuelven loca. Llevo una mano entre las piernas y me froto el clítoris con movimientos circulares rápidos. Siento otro orgasmo creciendo, más grande que el anterior.

—Voy a correrme otra vez… no pares…Él gruñe, me agarra del pelo y tira hacia atrás, arqueándome aún más. La nueva posición hace que su glande golpee justo donde más lo necesito. Estallo. Mi coño se contrae violentamente alrededor de su polla, ordeñándola, chorreando de nuevo. Lucas maldice entre dientes.

—No… aguanta… quiero más posiciones —le digo jadeando.Salgo de él, me doy la vuelta y salto para enroscarme en su cintura. Él me sujeta por el culo con las dos manos. Vuelvo a empalarme en su erección, esta vez cara a cara. Lo beso con lengua profunda mientras subo y bajo, follándome yo misma con su polla. Mis jugos resbalan por sus testículos y gotean al suelo.

Luego lo obligo a sentarse en una caja de cartón abandonada. Me pongo a horcajadas sobre él, de espaldas, en posición de amazona invertida. Apoyo las manos en sus rodillas y empiezo a cabalgarlo con movimientos amplios, circulares, profundos. Mi culo rebota contra su pelvis. Él me agarra las nalgas y las separa para ver cómo su polla entra y sale de mi coño empapado.

—Date la vuelta —ordena de pronto, y me encanta que por fin tome iniciativa.Me levanta como si no pesara nada y me pone a cuatro patas sobre la caja. Me penetra desde atrás, esta vez con embestidas lentas y profundas que me hacen gemir largo y tendido. Cada vez que sale casi por completo y vuelve a entrar hasta chocar con el fondo, siento que voy a desmayarme de placer.

—Dame por el culo —susurro de repente.Lucas se detiene un segundo, sorprendido.

—¿Estás segura?

—Lléname el culo, Lucas. Quiero sentirte ahí también.

Busca saliva, moja los dedos y me lubrica el ano con movimientos suaves. Luego apoya el glande en la entrada estrecha y empuja despacio. El anillo muscular cede poco a poco. Gimo de dolor-placer cuando la cabeza entra. Luego el tronco grueso me abre centímetro a centímetro hasta que sus huevos quedan pegados a mi coño.

—Joder… qué apretado… —gime él.

Empieza a moverse. Primero despacio, después más rápido. Mi mano vuelve al clítoris. Me corro otra vez, esta vez con la polla enterrada hasta la raíz en mi culo. Los espasmos son tan fuertes que casi lo expulso, pero él me sujeta de las caderas y sigue follándome con fuerza.

—Voy a correrme… ¿dónde quieres que me corra?

—Dentro —respondo sin dudar—. Lléname el culo de leche.Acelera. Sus embestidas se vuelven erráticas, desesperadas. Grita mi nombre cuando se corre. Siento los chorros calientes golpeando dentro de mí, llenándome, desbordándose. Cuando sale, un hilo blanco espeso resbala por mi perineo y gotea desde mi coño hasta el suelo.

Nos quedamos jadeando un momento. Luego me giro, me arrodillo otra vez y limpio su polla con la lengua, saboreando la mezcla de semen, lubricación anal y mis propios jugos. Él tiembla entero.

—¿Quieres seguir? —le pregunto con una sonrisa perversa.

—¿Puedes… puedes más?Me río suavemente.

—Cariño, llevo toda la vida entrenando para más.

Lo llevo de la mano hasta mi coche, que había dejado aparcado a dos calles. Subimos a la parte trasera. Allí, con las ventanillas empañadas, seguimos durante casi dos horas más: misionero con las piernas en los hombros, cucharita, sesenta y nueve, yo encima cabalgándolo mientras le pellizco los pezones, él chupándome los pechos hasta dejarme marcas rojas, otra vez anal pero esta vez conmigo sentada sobre su cara mientras me corro en su boca y él se masturba hasta correrse sobre mi vientre.

Cuando por fin terminamos, el sol ya se está poniendo. Lucas está exhausto, sudoroso, con la mirada perdida de quien acaba de descubrir que el sexo puede ser una religión. Yo, en cambio, siento esa calma eléctrica que solo llega después de saciar —temporalmente— el hambre.

— el hambre.Le doy un beso lento en los labios.

—Gracias por el jueves, cachorro.

Él sonríe, todavía aturdido.

—¿Volveremos a vernos?

—Quizá —respondo, abriendo la puerta—. Si te portas bien… o si te portas muy mal.

Arranco el coche y me voy, dejando tras de mí el olor del sexo, el eco de gemidos y un chico de veinte años que probablemente nunca volverá a mirar a una mujer de su edad de la misma manera.

Y yo, mientras conduzco hacia casa con el culo todavía palpitando y el coño sensible, ya estoy pensando en quién será el próximo.

Porque nunca es suficiente.

Nunca.

por: © Mary Love

Mary Love (@tequierodori) / X

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