Inusitado viaje
Casimiro siempre se consideró un hombre íntegro, hasta que el calor de Madrid y la mirada juguetona de una desconocida en el tren comenzaron a derretir sus principios. Ahora, la joven duerme en su cama y su curiosidad morbosa está a punto de probar si la leyenda de su virilidad es real o solo un mito.
Casimiro estaba absorto contemplando el pasaje a través de la ventana del tren donde viajaba con destino a la Capital. Sus sentidos se sentían extasiados, deleitándose con las vistas de los interminables campos de maizales, el fulgor de los dorados girasoles ufanándose de su belleza, efímera, pero encantadora. Recordó la cantidad de pipas que saborean con frecuencia sus hijos, y que tanto les encantan. Mientras se deleitaba con la inmensidad de esos campos, no se percató de que el tren se había parado en una estación de un pueblo del extrarradio.
Sintió como volvió a emprender la marcha, llamando su atención una persona que se estaba sentando en el asiento que se hallaba justo enfrente del mismo. Recordaba que había estado ocupado por una persona de avanzada edad, de rostro bastante tosco, que ni siquiera le había dirigido una palabra, que se había apeado en esa estación. Sus ojos prestaron atención a esta nueva persona, constatando con cierta alegría que se trataba de una chica bastante joven, que a primera vista le pareció una de esas jóvenes extravagantes, con pinta de hipee, con un sombrero que no parecía destinado para ella, una chaqueta vaquera con borlas y lentejuelas con adornos estilo bohemio, que apenas permitía ver la camiseta que llevaba debajo; rematada con una pantalones también vaqueros, jeans con efecto desteñido y rasgado de color azul claro, que se le antojó bastante ajustado. Ya estaba acostumbrado a ver ese tipo de jóvenes, que parecen pasar de todo, que iban a su bola, y sin preocuparse de lo que ocurre a su alrededor.
Él era un hombre que había alcanzado los cincuenta y ocho años, padre de familia de cuatro hijos, con una mujer de casi su misma edad, que siempre se había caracterizado por su seriedad, rectitud, cumplidor en el trabajo, bastante conservador, y sumamente estricto en la educación de su prole. Odiaba aquellos jóvenes que usaban ese tipo de vestimenta hipee, y, en varias ocasiones había recriminado a sus hijos cuando intentaban imitar a los actores y cantantes que vestían de forma extravagante.
Por ello, la primera impresión que tuvo de la joven fue sumamente negativa. Al rato, observó como aquella se retiró el sombrero, constatando que poseía una cara bastante bonita, y una mirada casi dulce, con unos ojos azules que se le antojaron preciosos. Tenía el pelo suelto, de color castaño claro, que, al recogerlo en una coleta, mostró todo su rostro, apreciando Casimiro la belleza de aquella joven. Se dijo para sí que no debía tener más de dieciocho o veinte años, aunque parecía aparentar ser aún una adolescente.
La joven al constatar cómo aquel hombre le prestaba atención, se atrevió a saludarlo: buenas tardes. Me llamo Erica. Parece que vamos a estar juntos durante un buen trayecto. ¿Va a la capital?
El hombre despertó de tu temporal letargo, y algo sorprendido, atinó a contestarle: buenas tardes. Pues si me dirijo a la capital. Y mirando hacia los otros pasajeros, añadió: como podrás apreciar, ¿creo que somos los únicos españoles? Constando igualmente la joven con una sonrisa, que los otros pasajeros eran de origen extranjero, a primera vista, con apariencia de escandinavos.
Tras esas primeras palabras, el hombre se sorprendió por el talante que mostró aquella joven, quien comenzó a mantener un dialogo bastante fluido con el mismo, haciendo más ameno el trayecto. La joven le comentó que se dirigía a la capital para asistir a unas jornadas destinadas a personas interesadas en educación artística, arte dramático y actuación. Era de un barrio del exterior de Córdoba, y siempre le había interesado la interpretación artística. Su familia no apoyaba su interés, diciéndole que eso era un sueño bastante iluso. Pero, su voluntad le llevó a contactar con algunas personas a través de las redes sociales, y se inscribió para asistir a esas jornadas que se celebrarían durante algo más de una semana.
-¡me parece una idea estupenda!. ¡Nada se pierde por intentarlo! Lo importante es la voluntad que tengas. ¡Seguro que lo consigues! - le contestó el hombre.
El por su parte la indicó que viajaba por motivos profesionales, para asistir a una Feria de producción audiovisual, y había sido enviado por su empresa para verificar posibles productos para la misma.
Casimiro admiró la fluidez de palabra de la joven, su talante tan abierto, que le hicieron cambiar la impresión que aquella le había producido al inicio. Pese a su vestimenta, aquella parecía una jovencita con las ideas sumamente claras. Pero su admiración fue en aumento, cuando aquella se levantó para retirarse la chaqueta vaquera que llevaba puesta, aduciendo calor. Verificó entonces que, bajo la misma, portaba una camiseta, bastante ajustada, que permitía distinguir un cuerpo delgado, pero con un busto bastante desarrollado, sobresaliendo unos pechos que se le antojaron de buen tamaño. Pero su nerviosismo afloró al comprobar que la joven parecía no llevar sostén, dado que se mostraban claramente los pezones de forma sobresaliente, como auténticos pitones sobre la estrecha camiseta que portaba.
Erica, se percató de la impresión que había causado su vestimenta al hombre que tenía delante. Siempre había sido bastante coqueta, y le gustaba ver como la miraban. Comprobar que había hecho efecto en aquel hombre aumentó su ego. Se fijó con atención en el mismo, mientras aquel hablaba sobre la belleza del paisaje que en ese momento se les brindaba, mientras pasaban cerca de una hilera de choperas, álamos y algunos sauces que bordeaban cerca de un pequeño riachuelo. Aquel le había comentado que estaba casado y era padre de cuatro hijos, pero, sin embargo, le parecía un hombre sumamente apuesto, y que parecía no aparentar que fuera muy mayor. Apenas podían distinguirse algún cabello blanco, pero muy bien disimulado. Se le antojó que tenía cara de seductor, por la forma en que la había mirado. Pensó: ¡seguro que en su casa parece un hombre muy serio, pero seguro que es un pervertido. ¡He visto como me ha mirado los pezones! Le agitó contemplar que el hombre era de bastante estatura, más bien delgado, bien trajeado, usando ropa de marca. Le gustaba igualmente su forma de hablar.
Carecía de novio, aunque había tenido algunos encuentros con jóvenes de su edad, sin nada permanente. Sin saber porque, se vio tentada a mostrarse seductora ante aquel hombre. Obviamente no pretendía tener nada con el mismo, pero desde pequeña se había mostrado bastante morbosa, coqueta, y le gustaba recordar cómo era objeto de miradas obscenas especialmente por parte de los hombres. Ello llevó a la joven a incorporarse con la finalidad de estirar el cuerpo, y mirar por el gran ventanal del tren donde viajaban. Realizó movimientos de estiramiento, que permitieron a Casimiro contemplar aquel cuerpo joven, que pese a no pasar de una estatura media (inferior a 1.65), era delgada, pero con una anatomía con bastantes curvas. Al exhibirse de espaldas al mismo, pudo contemplar las duras y redondas nalgas de aquella joven, que destacaban en el estrecho pantalón vaquero que portaba. Sin poder evitarlo, el hombre se alteró al ver como en un momento dado, la joven se arqueó como para mover sus músculos, mostrándole prácticamente su trasero en plena cara. No llegó a saber si lo hizo intencionadamente, pero lo cierto fue que le afectó.
En su pueblo, jamás se hubiera atrevido a mirar obscenamente aquella joven. Todos le tenían por un hombre serio, buen esposo y padre de familia. Pero el cuerpecito de la joven que se le mostraba delante, allí en pleno tren, sin nadie conocido que pudiera delatarlo, se le antojo sumamente excitante.
La joven volvió a sentarse, comprobando de reojo como había puesto nervioso al compañero de viaje que llevaba delante, sintiendo un cierto regocijo interno.
Continuaron hablando, y en un momento dado, Casimiro la invitó a tomar algo en el bar del tren. La joven le extrañó que aquel hombre bien trajeado, mayor, le invitara. Disponía de escasos recursos, por lo que no quiso perder la oportunidad de tomar algo gratis. Tomaron un refresco y un pequeño bocata, mientras continuaron hablando amigablemente. Regresaron al asiento, y continuaron el viaje, señalándole la joven se iba alojar en un albergue juvenil.
Antes de apearse, como iban a estar casi una semana en la capital, Casimiro le dio el número de teléfono de su móvil por si lo necesitaba. Y, justo cuando habían bajado, le indicó: ha sido un placer haber charlado y disfrutado de este viaje con una joven tan encantadora. Voy a estar una semana por aquí, quizás, si tienes tiempo, nos vemos. ¿Me gustaría invitarte a cenar una noche?.
La joven se sonrojó ante la propuesta. No obstante, ya en la estación de Atocha, aquella se despidió cortésmente, diciéndole: ja ja. a lo mejor le tomó la palabra y le llamo.
Casimiro observó como la joven marchaba cargando la mochila que portaba como equipaje, viéndola perderse entre tanta gente. Él tomó un taxi para dirigirse al hotel que había reservado en el centro de la capital. Al salir de la estación, se sorprendió por el intenso calor que hacía en Madrid. Era cierto que estaban en la época estival, pero no pensó que hiciera tanto bochorno.
Tras hospedarse, salió a cenar, y en la mañana, marchó a la Feria de Madrid. Estuvo toda la mañana hasta media tarde con representantes audiovisuales, viendo posibles productos, contratando algunos. Ya bastante cansado por el intenso calor que hacía, regresó al hotel. Descansó un rato, y tras hablar con la familia, se duchó con la intención de salir. En ese momento, escuchó un mensaje de wasap. Se sorprendió, ya que se trataba de Erica. La joven le preguntaba ¿si seguía en pie la invitación para cenar?
No esperaba ni por asomo recibir aquella llamada. Se lo había indicado en el tren casi por cumplir, sin pensamiento de que aquella muchacha le fuera a terminar llamando. No tenía nada que hacer, por lo que quedó en verla en el centro, junto a una parada del metro. Se vistió con un pantalón vaquero, y una camisa de manga corta, bastante ligera, ya que había visto que el calor era igualmente intenso por la noche. Al salir de la estación del metro, localizó a la joven que esperaba paciente en medio de una plazoleta. En esta ocasión, la joven parecía ir vestida para la ocasión, portando una camiseta de color blanco, y un pantalón de color marrón tipo malla. Tras saludarla, ella le dijo: ¡vaya no le reconocía! Así, sin corbata, ni traje… le queda mejor.
Si dirigieron a un restaurante que conocía Casimiro. Mientras caminaban, no pudo evitar fijar su vista en el hermoso trasero de la joven, que con aquel pantalón malla relucía perfectamente, que dejaba a la vista sus duros y redondos glúteos. El hombre no tuvo reparos en marchar con la misma, en el pensamiento de que seguramente todos pensarían que sería su hija, dada la diferencia de edad. Le quedó patente que la joven había comido poco a lo largo del día, dado que devoró ansiosamente todo lo que le sirvieron. Al preguntarle como le había ido en las Jornadas, aquella le dijo: muy interesantes, pero,..¡ lo peor es el albergue!.
-¿qué le ocurre al albergue? Le preguntó el hombre intrigado.
-No pensé que fuera tan malo. Las habitaciones no tienen aire acondicionado, y el calor es insoportable. Para colmo, los baños son comunes para todos, y no sé. ¡No era lo que esperaba!
-Vaya. Lo siento. ¿Si carece de aire acondicionado con este calor debe ser bastante complicado dormir? le contestó Casimiro.
La joven le miró, viendo que casi se le arrayaron los ojos, manifestándole que no había pegado ojo en toda la noche. Que la habitación era una autentica caldera. Añadiéndole que, en más de una ocasión, estuvo pensando en salir y dormir en un parque. Solo pensar que esta noche me va a ocurrir lo mismo, me entran ganas de llorar, terminó expresándole.
-Erica. ¡No puedes dormir en la calle! Sabes que en la capital eso es muy complicado, existe bastante delincuencia. -le contestó el hombre.
-Ya. Pero es mejor que aquel horno. La verdad es que, si llego a saber que, hacia tanto calor en Madrid, y que, el albergue era tan ruinoso, no hubiera venido. Terminó por consolarse la joven.
Terminaron de cenar. Y al salir a la calle percibieron al momento el cambio de temperatura, dado que el restaurante disponía de aire acondicionado. Mientras caminaban, Casimiro se sentía como apesarado por la situación de la joven. Si en la calle hacia un calor casi insoportable, ¿cómo sería una habitación sin aire acondicionado? Le dijo: Erica, siento lo que estas pasando. Pero, no sé cómo puedo ayudarte. Quizás buscando un hotel que pueda tener aire acondicionado, aunque me han dicho que en el centro está todo ocupado.
Luego pensó en su habitación del hotel. Sabía que nadie se daría cuenta, pero, le parecía inapropiado y poco prudente, ofrecer a la joven su habitación. Por otro lado, si su familia se llegase a enterar, tendría un serio problema. Pero al ver el calor de la calle, y la cara de amargura de la joven, le dijo: ¿te ofrecería mi habitación del hotel, pero sé que eso es algo que no parece estar bien? Por otro lado, es una habitación individual y posee una sola cama.
La joven le miró, sonrojándose. ¿Su habitación? exclamó aquella. No sé, ¡tampoco creo que este bien! Gracias, no obstante.
Al final terminaron y ella marcho en el metro de regreso al albergue. Al día siguiente, Casimiro volvió de nuevo a la Feria, realizando las gestiones que le habían encomendado, regresando nuevamente en la tarde al hotel. Venía igualmente cansado, constando que esos días el calor parecía haberse cebado con la capital. ¡Costaba respirar en plena calle! No había llegado al hotel cuando recibió un nuevo wasap de la joven. Le decía que había pasado una noche infernal, y que apenas había podido rendir en las jornadas. ¡Que estaba agotada! Y al final, terminaba pidiéndole si podía venir a dormir un rato a su habitación durante la tarde.
¡Casimiro se quedó petrificado, casi sin poder reaccionar!. Dormir la joven en su propia habitación del hotel era una temeridad. Extremo bastante imprudente, y que en otra situación jamás hubiera aceptado. Pero, sentía verdadera lástima por lo que estaba pasando la joven. Tampoco quería dejarla en la estacada. Al final, tras pensarlo, le dio las señas del hotel y la habitación.
No obstante, se quedó preocupado, mientras la esperaba. Casi media hora después, verificó que tocaban a la puerta de su habitación. Percibió un cierto estremecimiento. Al final, tras franquear la puerta, comprobó que era la joven. Aquella entró al instante, observó la habitación, comprobando que realmente era pequeña, al igual que la cama, que era de un solo cuerpo.
-¡aquí sí que hacer fresco!. Le comentó con cierta alegría la joven al sentir el alivio del aire acondicionado. Me encuentro rendida, llevo casi dos noches sin dormir. No le importa… -le dijo señalando la cama.
Ante el asombro del hombre, la joven se dirigió hacia la cama, y tras quitarse los tenis que llevaba, se echó boca abajo sobre la misma. Casi al instante quedó dormida.
Casimiro, se compadeció de la joven, y la dejó dormir. Pero él también necesitaba pegar una cabezada, así que se colocó al otro lado de la cama, y como pudo, se recostó sobre la misma. Por su cabeza pasaron todo tipo de situaciones, pensamientos. Nunca le había sucedido nada semejante. Se hallaba en la habitación de un hotel de la capital, con una joven, que bien podía ser su hija, acostado a su lado en la cama. Pese a todo, su cansancio igualmente lo rindió, cogiendo el sueño casi sin pensarlo.
Cuando por fin se despertó miró el reloj viendo que habían pasado casi tres horas. La joven continuaba a su lado, casi en la misma postura inicial y continuaba durmiendo. No quiso despertarla, pero observó que eran casi las nueve de la noche, y necesitaban comer algo. Tomo una ropa, y paso al baño para darse una ducha. Allí desnudo, mientras dejaba caer el agua sobre su cuerpo, pensó en la joven que tenía en su cama. Instintivamente, sin estar pensando en nada obsceno, constató como su aparato genital comenzó a endurecerse. Esa circunstancia lo alteró. ¿Cómo era posible que se pusiera así? ¿Era solo una joven? Al mirar hacia abajo, observó cómo su pene se estaba comenzando a erectar. Es cierto que llevaba más de una semana sin sexo con su mujer, pero eso no justificaba que su vástago emergiera de aquella forma. Casi de forma autómata, se vio tomando su pene en la mano, constatando que se había endurecido bastante, llegando incluso a meneársela un poco. Pensó hasta en masturbarse, y así bajar la tensión, pero, al saber que estaba la joven tan cerca, esa idea fue descartada. Terminó de ducharse, y se vistió.
Volvió a comprobar que la joven continuaba durmiendo, por lo que decidió bajar a la calle, y adquirió algo de comida y bebida, suficiente para ambos, regresando a la habitación. No sabía el tiempo que iba a estar la joven durmiendo, y tampoco quería despertarla, por lo que esperó paciente a que aquella se despertara. Sobre las diez y media de la noche, tras cinco horas y media durmiendo, la joven abrió los ojos. Al darse cuenta de que se hallaba en la habitación de un hotel, se giró y vio a Casimiro que la observaba sonriendo, recostado a su lado en la cama. -vaya, ¿la señorita parece haber despertado de su letargo? ¿Has dormido bien?
Le joven le sonrió, restregándose los ojos. ¿Cuánto tiempo llevo durmiendo? ¿ha estado todo el tiempo aquí? ¿qué hora es?
-Relájate. Lo primero y más importante es que hayas descansando. Llegaste muy agotada, y te quedaste dormida profundamente. Le contestó el hombre intentando calmar a la joven.
Aquella miró hacia la ventana, comprobando que era de noche cerrada. Solo las luces de la calle dejaban entrar algo de luz. Entonces le dijo: ¿Ya es de noche? ¿Qué hora es?
-Pues falta poco para las once de la noche. He bajado y he traído comida. ¿Me supongo que te habrás levantado con ganas de comer? Volvió a decirle Casimiro, ante la cara de sorpresa de la joven.
Aquella miró hacia donde estaba la comida, y sonrió. Antes de que se lanzara sobra la comida, le comentó: Erica, sé que tienes ganas de comer, pero, ¡quizás deberías tomar un baño antes!, y luego comes con tranquilidad. Llegaste tan agotada que te dejaste caer sobre la cama.
La joven entonces le miró, se ruborizó, y le pregunto: ¿me va a dejar que me quede a dormir toda la noche? ¡No quiero molestarle! Ya bastante ha hecho con dejar que me recuperara.
-Si quieres irte, puedes hacerlo. Pero, ¿mira la hora que es? Es peligroso que para una joven ir en metro a estas horas. Como has visto, la cama no es muy grande, pero “podemos apañarnos”. Le contestó el hombre.
La joven se agitó al pensar que iba a quedarse a dormir con aquel señor. Pero, pensándolo bien, era ella la que había venido. Por otro lado, su mente recordó lo mal que lo había pasado las dos noches anteriores, y lo mal que lo pasaría si volvía al albergue. No creía que volviera a poder soportar más aquella situación. No le contestó, pero optó por quedarse. Se dio cuenta, que encima olía un poco mal por el sudor de toda la noche sin dormir y lo acontecido durante ese día. Le miró, y le dijo: ¡solo he traído un pijama de dormir! No pensaba… sin decir más nada, recogió aquel del pequeño bolso que había traído con ella, y marchó al baño.
Ya dentro del baño se dio cuenta que se había recuperado bastante. Tenía ganas de comer, pero el agotamiento había desaparecido. En el fondo agradeció aquel señor, con el que había intimado en el tren, que le permitiera utilizar su habitación para descansar. Era consciente de que era un hombre casado, padre de familia, y que aquella situación le podría poner en un aprieto. Mientras se desnudaba, observó su cuerpo en el espejo, tocándose sus pechos, acariciándoselos, para luego girarse y observar su trasero. Sabía que su trasero excitaba a los hombres, y había visto como le había mirado Casimiro en el tren. Pensó, ¿si me ve así desnudita, seguro que se queda sin habla?, y se sonrió, metiéndose bajo la ducha.
En el albergue apenas podía asearse bien, por lo que aprovechó la ocasión para hacerlo. Luego, tras secarse, se colocó el pijama que había traído. Agradeció haberse acordado de traer unas braguitas nuevas. El pijama, unas dos piezas, con una especie de blusa en la parte alta que permitía abrocharse por delante, y un pantalón corto.
En cuanto Casimiro la vio salir, no pudo por menos que alterarse. Ante la a vestimenta de la jovencita, no pudo evitar sentir una puntada en sus partes. Realmente aquella joven, no solo era bastante bonita, sino que poseía un cuerpo capaz de levantar las más excitantes pasiones. Intentó tranquilizarse, y pronto se pusieron a comer lo que había adquirido en un restaurante de la zona. La joven comió y volvió a devorar con ansia lo que le había traído. Al acabar, ella misma, sin decir nada, se metió en la cama.
Casimiro, de dispuso hacer lo propio, pero tenía que quitarse igualmente la ropa que se había puesto, pero encontró un problema: ¡él nunca dormía con pijama ni nada parecido! Únicamente utilizada su slip. Con cierto nerviosismo, se colocó por el otro lado de la cama, se retiró la camisa que llevaba puesta. Se percató que la joven, le estaba observando por el rabillo del ojo, mirando además a través del espejo que existía en el armario empotrado.
Erica, comprobó que aquel hombre, pese a ser alto y delgado, conservaba una buena musculatura, con cierta cantidad de vellos en el pecho formando una cruz. Al retirar el hombre el pantalón, pese a los intentos de aquel por evitar que pudiera mostrarse el bulto de sus atributos, la joven pudo contemplar con agitación, el abultamiento que se formaba en el slip color azul que tenía puesto. Pese a meterse rápidamente bajo la sabana, la joven pudo percatarse, con agitación, que los atributos de Casimiro debían ser bastante respetables.
Ya dentro de la cama, apenas cabían los dos. Se dio cuenta que con seguridad durante la noche iban a rozarse. La presencia de aquel hombre junto a ella, pese a ser mucho mayor que ella, le alteró. Para intentar romper el silencio, comenzaron hablar de los trabajos de cada uno, y luego de la familia. Casimiro, sin darse cuenta, le preguntó si ya tenía novio. La joven le miró, sonrojándose, para, luego sobreponiéndose, decirle: he tenido algunos, pero nada sin importancia.
Sin saber porque, comenzaron a intimar, y aunque la joven le daba la espalda al hombre, ésta llegó a preguntarle por su mujer, si era bonita, si la seguía queriendo, medio en broma medio en serio. Casimiro le contestó sin reparos indicándole que era bonita, y que la seguía queriendo.
La joven, que era una verdadera morbosa, no contento con la respuesta del señor, se atrevió a preguntarle: ¿le ha sido infiel alguna vez?
Casimiro se quedó nervioso ante aquella pregunta tan capciosa. No esperaba que la joven fuera tan perspicaz. No obstante, se tranquilizó y sonriéndole le comentó: ¡hasta la fecha nunca!
La joven, ante la respuesta le miró inquiridoramente, preguntándole: ¿porque dice que hasta la fecha? ¿Entonces es que piensa serle infiel?
El hombre se quedó nervioso ante la nueva interpelación de la joven. La miró fijamente a los ojos, y le dijo: ¡en la vida uno no sabe lo que te puede ocurrir! Hay situaciones que nunca piensa que van a suceder, hasta que suceden. Añadiendo: jamás pensé que podía estar acostado en la misma cama, con una jovencita tan bonita, como la que ahora tengo al lado. Y, sin embargo, aquí me ves.
La joven se sonrojó, volviendo a girarse para darle la espalda. En cierto sentido la joven se dio cuenta de que aquellas palabras tenían un doble significado, por lo que decidió callarse dejándose dormir, haciendo lo mismo el hombre poco después.
A media noche, la joven despertó nuevamente, sorprendiéndose al comprobar que Casimiro se había girado hacia su lado, y la tenía abrazada. Se encontraba en posición fetal sobre la cama, verificando que el hombre prácticamente la tenía acurrucada entre su cuerpo, pasando la mano por la cintura. Verificó que seguía dormido. Pese a su agitación ante esta circunstancia, pensó que quizás estaba acostumbrado a dormir de esa forma acurrucando a su mujer. Realmente, le gustó. Sentirse arropada por aquel hombre, que prácticamente estaba medio desnudo, le agitó. Verificó lo grandes brazos del mismo, que cruzaban por su cintura, y con una mano muy cerca de sus pechos. Casi intuitivamente echó un poco el trasero hacia atrás, constatando como el mismo rozó con el abultamiento del slip de aquel. Pero, además había comprobado algo que la dejó más alterada. Le había parecido topar con algo bastante duro. Quedó intrigada: ¡estaba casi segura de que era el pene del hombre! Y, ¡parecía bastante duro, como si estuviera erecto! Era sumamente morbosa, por lo que no quiso quedarse con la duda. Así que, cautelosamente, volvió a recular un poco, pegándose bien al hombre. Confirmó su sospecha. El hombre tenía su pene empalmado.
Pero, verificó que aquel seguía durmiendo, por lo que descartó que fuera intencionado. Sabía que durante la fase del REM los músculos del cuerpo se desconectan, se relajan. El sueño por otro lado aumenta los niveles de testosterona en el cuerpo, y unido a la acumulación de orina en la vejiga, produce con frecuencia ese tipo de erecciones. Achacó esa circunstancia a tal extremo. No obstante, ante la posición fetal de ambos, su trasero se encontraba justo en contacto con el abultamiento del pene. No hizo movimiento alguno para no levantar sospecha, pero le gustó sentir el contacto de aquella cosa tan dura entre sus redondas nalguitas.
Había dormido bastante en la tarde, por lo que esa circunstancia, la dejó intranquila, no logrando conciliar el sueño después de verificar como se hallaba aquel hombre. Poco tiempo después, observó como inconscientemente el hombre se movió, dando lugar a que trasladara de forma incontrolable la mano que tenía sobre la cintura de la joven. Esta vez la mano subió más arriba, al tiempo que el hombre se pegó más al cuerpo de la joven, como buscando su calor, apretando fuertemente su envarado pene (aún bajo el slip) entre las nalgas de la joven. Pero, la verdadera alteración de la joven se produjo, cuando la mano se depositó sobre la camisa del pijama, precisamente donde se ubicaba uno de sus pechos.
La joven intuitivamente se alteró, agitando su cuerpo. Ese movimiento, fue lo suficientemente intenso, para despertar a Casimiro. El mismo, quedó sorprendido, al ver cómo estaba abrazando a la joven, percatándose, incluso de que su mano estaba sobre uno de los pechos de la joven. Rápidamente se separó, dándose cuenta de que la joven estaba despierta.
-Oh lo siento Erica. Lo siento… no ha sido mi intención. No sé qué me ha pasado… intento explicarse el hombre, bastante alterado ante lo ocurrido.
La joven no supo que responderle, y se quedó callada. Casimiro quedó ciertamente apesadumbrado ante lo ocurrido. No había hecho a propósito, pero no sabía cómo hacérselo comprender a la joven. Trató de no volver a girarse más. Ya en la mañana se levantó primero que la joven, se dirigió al baño y orinó. Luego se afeitó y como siempre, se dio una ducha mañanera. Para cuando salió, la joven se había despertado. Ella le dijo: -¿ya está vestido?
-Tengo que estar temprano en la Feria. Tú puedes quedarte más tiempo. Eso sí, cuando salgas, cierra la puerta. No puedo pedir otra llave, ya que levantaríamos sospechas. Luego mirando el reloj le dijo: si te apuras, puedo invitarte a desayunar.
La joven se apresuró, levantándose aprisa, se aseó y se colocó la ropa que había traído del día anterior, y salieron fuera a desayunar en una cafetería. Tras ello, la joven marchó a las jornadas. Antes de marcharse, se giró y le dijo: ¿cree que puedo quedarme esta noche otra vez?
-claro. Te enviaré un wasap cuando haya llegado. Le contestó el hombre, sonriéndole.
Casimiro estuvo tan ocupado en la mañana que apenas pensó en lo ocurrido con la joven. Ya en la tarde, de vuelta al apartamento, le puso un wasap diciéndole que estaba en camino. La ola de calor que invadía la capital aún persistía, por lo que se apresuró a entrar en el hotel. Tras entrar en la habitación, rápidamente decidió dar una ducha, antes de que llegara la joven. Apenas estaba saliendo de la ducha, escuchó el timbre de la puerta. Vaya, pensó, ya está aquí. Tampoco podía hacerla esperar fuera, por lo que, decidió casi sin secarse, colocarse una toalla anudada a la cintura y salió abrirle.
La joven se sorprendió al verlo solo con la toalla anudada a la cintura. Ya dentro, él le dijo: me has pillado tomándome una ducha.
Observó que la joven venía bastante agotada por el intenso calor. Ella misma le dijo: creo que voy hacer lo mismo. ¡No aguanto este calor!.
Casimiro se colocó un pantalón corto y una camiseta para descansar sobre la cama. Cuando la joven salió del bañó, lo hizo portando una toalla anudada a sus pechos. ¡Me he olvidado de coger la ropa que iba a ponerme! Con las prisas por meterme bajo la ducha, ni cuenta me di… se justificó la joven, dirigiéndose hacia el bolso que había traído, que se hallaba depositado en una silla.
Mientras recogía la ropa del bolso, Casimiro no pudo evitar contemplar a la joven. La toalla no era muy grande, lo que permitía visualizar todas las piernas, y hasta los sus muslos de la muchacha. En un momento dado, aquella tuvo que agacharse, percatándose que no parecía llevar bragas. Eso lo alteró. Pudo distinguir con nitidez, las redondas nalgas de la muchacha. Fue casi un momento fugaz, pero suficiente para poder ojear el perfecto trasero de aquella joven. La contemplación los desnudos muslos, y los hermosos glúteos de Erica, fue determinante para que el pantalón del hombre emergiera formando un notable bulto.
La joven, se dio cuenta que estaba dejando a la vista del hombre su trasero desnudo, e intentó taparse, mirando de reojo al hombre. Al ponerse de pie portando la ropa que había sacado del bolso, contempló la evidencia del bulto del señor. Se sonrojó, agachando la cabeza y, cabizbaja se dirigió al baño sin decir nada.
Casimiro se quedó sin habla. Realmente se notaba excitado por la presencia de aquella jovencita. Observo el bulto de su pantalón, y por más que intentó bajar su erección, no fue posible. Sus nervios se pusieron a flor de piel. No quería aprovecharse de la joven, pero no podía superar la alteración que la visión del cuerpo de la joven, le había ocasionado. Lo achacó al tiempo que llevaba sin sexo, y, a la circunstancia de que, ante la presencia de la joven en su habitación, no había podido desahogarse acudiendo a la masturbación, como había hecho en varias ocasiones en situaciones similares.
Erica entró de nuevo al baño para colocarse la vestimenta que había tomado del bolso. Al recordar lo ocurrido, se notó alterada. Había visto el efecto que había causado en el hombre la visión de su desnudez. En lugar de sentir reproche hacia el mismo, percibió una sensación de morbosidad. Se miró al espejo y se sonrió. En ese momento, escuchó la voz de Casimiro que la llamaba a la puerta del baño. Su corazón se alteró. No obstante, volvió a colocarse la tolla, y le abrió: perdona Erica. Antes de que te vistas. ¿Te apetece salir a comer fuera?
La joven no se lo pensó dos veces, y aceptó. La noticia le causó tanta alegría que volvió a salir, sin importarle que el hombre pudiera volver a verle sus pantorrillas. Tomo del bolso un vestido de una sola costura que había traído, bastante liguero, y se cambió rápidamente. Al propio tiempo, Casimiro hizo lo mismo, y salieron a cenar a un restaurante cercano. Ambos se sintieron desinhibidos y tomaron alguna copa de más. Una vez cenados, al pasar por una sala de bingo, accedieron y estuvieron hasta que se hizo algo tarde, regresando de nuevo al hotel.
Una vez dentro de la habitación volvieron a cambiarse colocándose la joven el mismo pijama, y quedando Casimiro con el slip, en igual situación que lo había hecho la noche anterior. Erica se notaba alegre y hasta cachonda. Se había percatado que el hombre estaba haciendo verdaderos esfuerzos por no propasarse con ella, y eso más la excitaba. Su excitación era de tal carisma, que dentro de la cama se atrevió a preguntarle, con una sonrisa en los labios: ¿no intentará volver a tocarme los pechos esta noche?
Casimiro se quedó impactado ante la pregunta de la joven. Oh Erica, ¡sabes que fue un acto involuntario! No pienses, que he querido aprovecharme de ti. ¡En ningún momento se me ha pasado por la cabeza!
Pese a las palabras del hombre, la joven intuía que el hombre la deseaba. Eso la ponía cachonda una vez más. La indecisión del mismo, que daba la apariencia de indefensión, le instó a tratar de tentarlo. En el fondo, disfrutaba viendo la agitación del hombre. Por ello le preguntó morbosamente: La otra noche me dijo que era una joven bonita. ¿Entonces, me mintió? ¿no le gusto?
-¡Claro que me eres muy bonita!. Uy Erica, ¡claro que me gustas! Pero…sabes que, no debo. Le contesto Casimiro haciendo un esfuerzo por no lanzarse sobre la joven. Su respuesta sonó a tartamudeo ante el nerviosismo por la pregunta de la muchacha.
Erica, influida por los efectos del alcohol ingerido, y por la propia calentura que tenía, desvió su mirada hacia el slip del hombre. No pudo por menos que ruborizarse al constatar el estado de abultamiento de la prenda interior del varón. La visión de la misma, le instó a exclamar: ¡Pero…!, ¡Cómo se le ha puesto!
El hombre ante la expresión de la joven, intentó reponerse en la cama, avergonzado de estuviera mostrando su virilidad ante la joven. Pero, no contaba con morbosidad de aquella, que se sentía con ganas de llegar más lejos. Miró a la cara al hombre, diciéndole: Casimiro. ¿Ya sé que no debo preguntárselo? Pero, ¿me tiene intrigada? Su pene…no se… ¿La debe tener bien grande, ¿verdad?
-¿Como…? uy Erica. No sé..¡Ay nena, no debíamos estar hablando de esto!. Le contesto sumamente aturdido el hombre, sin saber dónde meterse. ¿Vaya pregunta que le hacia la joven? Tampoco supo cómo colocarse en la cama, tremendamente nervioso, sin poder evitar que emergiera su vástago.
Erica, que parecía mostrarse con ganas de juego esa noche, no quedó contenta con la contestación evasiva del hombre, y una vez más, quiso forzarlo a que le respondiera: ¿no me diga que no sabe si la tiene grande o pequeña?… ja ja…a ver, ¿hágame las medidas?
¡Al hombre casi le da un vuelco el corazón! Aquella joven, que hasta la fecha se había mostrado cautelosa, se estaba mostrando como una joven bastante sensual y algo lanzada. Era consciente de que debía cortar por lo sano, si no quería meterse en un lio. Pero, el gusanillo de la morbosidad pudo más que sus precauciones. Con una sonrisa en los labios le contestó: Ay Erica. No sé qué decirte…… ¡Vale, ya que quieres saberlo!, voy a complacerte. En reposo… pues…y le hizo las medidas, con una sonrisa en los labios. Al ver la cara de intrascendencia de la joven ante las medidas mostradas, mostrando igualmente otra sonrisa, volvió hacer otras medidas, esta vez mucho mayores, casi como el palmo de la mano del hombre. La joven había visto que, dada la envergadura del mismo, poseía unas manos sumamente grandes. Por ello comprobar la nueva medida que la había realizado Casimiro la agito, especialmente, cuando escucho decirle: ¿y así. a pleno rendimiento!
La joven al observar las medidas que había hecho el hombre con su mano, no le quiso creer. Se dijo a si mismo que era una fanfarronada. Las medidas suministradas por Casimiro evidenciaban un falo de grandes proporciones. Se había percatado del abultamiento, pero no podían ser ciertas las medidas realizadas por el hombre. Dado su estado de excitación, algo alterada, le contestó: ja ja. ¡se está cachondeando de mí! Venga déjese de bromas, ¿dígame la verdad?
El hombre volvió a sonreírle, haciendo de nuevo las mismas medidas. Ante ello, la joven, le miró, esta vez algo mostrándose molesta, y con cara de enfado. Se dijo para si ¿este hombre se está cachondeando de mí? Casimiro había realizado con sus manos unas medidas que no creía fueran ciertas. Había visto el pene de los jóvenes con los que había estado, y a pleno rendimiento, eras bastante menores. ¡No podía ser cierto!
Pese a todo, volvió a mirar hacia el bulto, y en ese momento, le entraron dudas. Pero, se negó aceptar que el pene de aquel hombre mayor pudiera alcanzar las medidas que decía. Su curiosidad volvió a jugarle una nueva pasada, y con cierto enfado le contestó: ¡No me creo que se le ponga tan grande! Todos los hombres son iguales, “unos presuntuosos”. Mucho bla bla pero luego, a la hora de la verdad, “nada de nada”.
Casimiro era un hombre que siempre se había considerado, sensato, prudente, y al que muy pocas personas podían sacarle de sus casillas. Pero, aquella joven lo estaba colocando en un verdadero apuro. ¡Vaya con la jovencita! Las dudas de la joven herían seriamente su ego. ¡Que dudara de su hombría era algo que no iba a permitir! Le consideraban un poco tachado a la antigua, y quedar como un mentiroso, o que pudieran poner en duda de virilidad, era algo que nunca iba a consentir. Estuvo tentado de responderle, pero al final, le entró la vena de la sensatez, y viendo que podía cometer una temeridad, decidió dar por zanjada la conversación. Girándose de lado le dijo: anda, dejémoslo así. Vamos a dormir, que ya es algo tarde.
Esa actitud del varón, molestó seriamente a la joven. No obstante, se dio cuenta que, por mucho que insistiera, aquel hombre parecía de ideas bastante firmes, y no iba a caer en la tentación. Pero, eso hería igualmente su ego, lo que le produjo un mayor enfado, especialmente, al ver que parecía no tenerla en cuenta. ¡Vamos que la estaba tratando como una chichilla! Pese a todo se giró igualmente, dándole la espalda.
Fueron pasando los minutos, y Erica contempló que no podía conciliar el sueño. Se sentía intranquila, alterada ante lo ocurrido. Se dijo que podía ser por el alcohol ingerido, pero intuía que había algo más. Aquel hombre poseía algo que la excitada. Era un hombre mucho mayor, que casi le triplicaba en edad, pero, pese a todo, era bastante guapo, elegante, muy educado, refinado en su comportamiento, y eso le agradaba y la excitaba. Además, la había tratado hasta la fecha con sumo respeto, le había ayudado, hasta el punto de permitirle dormir en su misma habitación.
Casimiro tampoco podía dormir. No paraba de dar vueltas en la cama. Aquella jovencita que tenía a su lado, en la misma cama, le tenía alterado. Llevaba muchos años sin sentir una atracción similar. Sabía que era una temeridad, pero empezaba a comprobar que aquella joven le seducía. Le había dicho a la joven, jamás había sido infiel a su esposa. Y era verdad. Pero en esta ocasión, se dio cuenta que le estaba costando resistirse.
Al comprobar los movimientos de la joven en la cama, supo que continuaba despierta. Se giró hacia ella y le pregunto: ¿no puedes dormir?
La joven le dio un vuelco el corazón al escuchar la voz del hombre, pero, sin embargo, no quiso contestarle, queriendo mostrar su enfado. Casimiro, quiso intentar suavizar la situación y evitar el enfado de la joven. Por ello, le pasó la mano por encima del cuerpo de aquella, atrayéndola hacia él, en un intento de que la joven le mirara a la cara, diciéndole ¿anda dime que te pasa?
Erica, se giró, quedando frente a frente con la cara del hombre. Sin embargo, se mantuvo firme, sin contestarle. Pero, la mirada de sus ojos no podía ocultar la seducción que había en ella. El hombre se dio cuenta de ello. Conocía aquel tipo de miradas. Comprendió que estaba en presencia de la típica joven jovencita que mostraba “una carita de nenita dolida porque no le dan su regalo”. Aquellos ojos preciosos, su boquita, aunque pequeña, sumamente seductora, los cachetes enrojecidos, evidenciaban pura pasión. Esa mirada acabó con la voluntad de Casimiro. Su pene volvió a emerger dentro de su slip con una dureza, que parecía querer romper la prenda. Fue tal el abultamiento, que la joven se percató igualmente de ello.
El hombre no pudo más. Decidido, saltarse todos sus principios y dar rienda suelta a sus pasiones. Abrió un poco la sabana, para mostrar a la joven “su slip y el bulto que se había formado”. La joven miró hacia abajo, observando la prenda, sintiendo un gran estremecimiento, mientras abría bien los ojos para contemplar el abultamiento. Casimiro, quiso complacer a la joven. Por ello, le preguntó: ¿quieres verla? Anda ¡comprueba tu misma las medidas!
Erica se agitó ante proposición del hombre. ¡No se lo esperaba! Ahora era ella la que se puso en guardia, mostrándose reticente. Pero, el tremendo bulto del slip varonil, la tenía obcecada. ¡Necesitaba comprobar las medidas de aquel pene como fuera! Sin poder contenerse, con cierto nerviosismo, alargó su manita, y levemente palpó el relieve que formaba el pene sobre la prenda. Paso la mano tímidamente, acariciando el falo de arriba abajo, como si quisiera comprobar las medidas a través del relieve que formaba en la tela. Fue suficiente para darse cuenta de la dureza y magnitud del pene.
Ante su sorpresa por lo que se le estaba revelando, continuó acariciando suavemente el bulto por encima de la prenda, echando una mirada de sorpresa y lujuria al hombre, para luego, volver a con las caricias sobre el slip. Cada vez se sintió más abocada a dar el paso. Se mostraba temerosa, cauta, indecisa, pero consciente de que el vástago del hombre era muy superior a lo que ella intuía. Su curiosidad morbosa e innata, le instaba a comprobar lo que se guardaba en el interior de aquella prenda. Con agitación, tiró del slip, abriéndolo un poco por encima, viendo como emergió la cabeza del pene. Observó el glande, con la hendidura característica, grueso, rojizo, portentoso. Nada parecido a lo que había visto y tenido en sus manos. Se dio cuenta que, aún sin descubrir el resto, se le atojaba que aquel debía ser un pene bastante grande.
Venciendo su miedo, dedicó bajar un poco más la prenda, quedando al descubierto el tallo del aparato del hombre. Su corazón de dio un vuelco, latiendo aceleradamente. Tenía delante un pene de unas características bastante grandes, grueso, marcado por unas negras y henchidas venas que los circundaban, y que le concebían una apariencia poderosa. Quedó como paralizada. La visión del vástago del hombre la dejó sin habla. ¡No esperaba encontrarse con un pene de aquellas características!
Dudo unos instantes, sin saber si debía seguir, o retirarse. No obstante, su agitación, la llevó a tocar y palpar aquel pene. Lo necesitaba. Quería sentir y palpar su dureza, su textura. Con los nervios a flor de piel, paso su mano por el tallo del pene, suavemente, notando el calor que desprendía, comprobando los vellos que lo rodeaban, las gruesas venas, para ir abriendo su manita hasta acabar atrapando el diámetro del mismo. La dureza que percibió fue tal, que una corriente eléctrica recorrió todo su cuerpo.
Tras superar los primeros momentos de agitación, mientras sentía aún las palpitaciones de falo en su manita, quiso comprobar las medidas. Quería comprobar ella misma, que las medidas efectuadas por Casimiro eran reales. Que no era una fantasía. Con cierto nerviosismo, desplazó su manita, subiendo hasta la misma punta, viendo como el falo se puso en vertical, mostrándole su longitud. Pudo constatar como mayor detalle, el hongo del glande. Luego fue bajando su manita, sin soltar la barrena, mientras con la otra mano, decidió bajar aún más el slip, hasta terminar alcanzando la misma base. La joven se quedó extasiada. No daba crédito a lo que veían sus ojos. Tenía en su manita un pene que superaba todo lo que había visto hasta la fecha. Aquel no se parecía en nada a los penes de los jóvenes con los que había estado.
Agitada, con mano temblorosa, apretó fuertemente el pene, ávida por conocer mejor la firmeza y dureza del mismo. Instintivamente, su mano subió y bajo, viendo cómo eso erecto aún más aquel falo, el cual emergía como un auténtico misil entre las piernas del hombre. Con carita de nena en celo, elevó la mirada hacia el hombre que yacía con ella en la cama. Escuchó la voz nerviosa, y agitada de Casimiro, que le preguntó: ¿Has comprobado que no te mentía? ¿Qué te parece?
La joven se mordió el labio, sin soltar el falo, el cual continúo apretando entre su mano, realizando pequeños movimientos, subiendo y bajando, iniciando una suave masturbación, antes de decidirse a contestar. Por fin de su boca salió la expresión: ¡no pensé que la tuviera tan grande!
Casimiro estaba cada vez más agitado. Apenas había intervenido, permitiendo a la joven que llevara la iniciativa. Sentía el calor de la pequeña mano de la joven, que continuaba manoseando su falo, de arriba abajo y a lo largo y ancho, sin mostrar signos de querer dejarlo.
Pese a ver cómo se iba poniendo cada vez más tenso, dejó hacer a la joven. No quería romper aquel momento. Jamás hubiera pensado hallarse en una situación semejante. De momento le bastaba con sentir la suave mano de la joven masajeando su erecto pene. No quería presumir, pero era consciente de que su pene tenía unas dimensiones bastante respetables. De hecho, la manita de la joven, apenas podía rodear el diámetro del sable. Este se mantenía firme, recto, en vertical, mostrándose soberbio en la cálida manita de la joven.
Erica, cada vez fue venciendo más su sorpresa inicial. Continuó acariciando y manoseando toda aquella barra, que apenas podía atrapar entre su pequeña mano. Su cabecita comenzó a valorar la situación. Su vagina se hallaba muy mojada. Llevaba tiempo sin sexo, y el falo que tenía delante le parecía, el mayor de lo que había visto. Pero, el temor la invadió. Era tan largo y grueso, con aquellas poderosas venas que lo circundaban, que era imposible que entrara en su vagina. No era virgen, pero su concha le parecía muy estrecha y pequeña para soportar la penetración de aquel poderoso sable.
Casimiro se percató de las dudas de la joven. Era como si estuviera leyendo el pensamiento a la misma. Instintivamente le dijo: ¿estás pensando, que no entraría en tu coñito?
Erica le miró sorprendida de que el hombre hubiera leído su pensamiento, contestándole: ¡es que la tiene muy grande! ¡Mi vagina es muy pequeña! ¡Me rompería!
-tranquila. ¡Hay muchas formas de disfrutar, sin que exista penetración! Si eso te asusta. Le contestó Casimiro, que necesitaba satisfacer sus ansias libidinosas como fuera. La joven le había puesto tan excitado que necesitaba desahogarse.
La joven lo miró a la cara, seductoramente. Intuyó que el hombre le sugería hacerle una felación. Pero, incluso así, le pareció complicado. Su boca tampoco era muy grande, y el hongo del glande, le pareció tan grueso que tenía dudas que pudiera engullirlo. No obstante, se sentía tan cachonda con aquel sable en su mano, que sin decir nada al varón, bajó su cabecita hasta acercarse a la altura del hermoso sable. Abrió su boquita, con cierto recelo, extrajo su lengua y comenzó a dar pequeñas lamidas al tallo. Al principio levemente, para poco a poco ir tomando confianza, subiendo poco a poco hasta llegar al glande. Lamio todo el mismo, de forma circular, hasta que, con decisión, su mano tiró de la piel del pene hacia abajo, logrando descapullarlo.
Ante su atenta y deslumbrante mirada, se exhibió el capullo de aquel sable, mostrando el color rosado y algo rojizo de los músculos ante la acumulación de sangre. Acercó su lengua, y lamió los pliegues del mismo, hasta llegar a la punta. Dudó unos momentos, pero decidida, abrió su pequeña boca, y engulló la totalidad del glande.
El calor de la boca de la joven, alteró al hombre: Oh si nenita. Oh si…. métetelo en tu boquita. Oh si… asi nenita como si fuera un polo… asii…
Espoleada por las palabras del varón, Erica realizó movimientos suaves de extraer y volver a engullir el capullo del pene. Su pequeña cavidad bucal se tuvo que dilatar al máximo para dar cabida aquel pedazo de carne. No era la primera vez que, hacia una felación, pero aquel nabo superaba todos los anteriores. Lo intentó engullendo un poco más de pene, pero pronto se dio cuenta que apenas podía engullir no más de una tercera parte. Ante ello, hizo entrar y salir el pene de su boquita, viendo como el hombre tomaba su cabecita entre sus manos, para obligarla a intentar tragarse un poco más. En varias ocasiones, tuvo que carraspear, extrayéndola al comprobar cómo le había llegado hasta su campanilla.
La joven, ante las arcadas que le produjeron, cesó bruscamente en la felación que estaba haciendo, tosiendo y separándose del hombre. Una vez recuperada un poco, miró a Casimiro diciéndole: ya la dije que la tiene muy grande. ¡Casi me ahoga! ¡que bruto!
El varón se quedó sin saber que hacer, decepcionado ante la imposibilidad de poder desahogarse con la joven. Y, esa decepción se incrementó, cuando verificó que la joven, se giró de nuevo, colocándose de espaldas al mismo. No le quedó más remedio que volver a colocarse bien el slip, e intentar volver a dormir.
continuara
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