Dilaya: El Precio de la Cura. Capítulo 10
Marta no fue a Ibukota por placer, sino por desesperación. Pero cuando la puerta del refugio se abre, la cura no tiene precio de dinero: tiene precio de vergüenza. Y esta vez, ella no piensa irse sola.
El viento aúlla entre los callejones nevados de Ibukota, arrastrando copos helados que se pegan a los cristales empañados de la cafetería Utara-Parlinggoman que se traduciría como: El Refugio del Norte. El local, un antro de paredes revestidas con pieles de bestias árticas y luces bioluminescentes que proyectan un tono anaranjado sobre las mesas de madera oscura, huele a café tostado, especias quemadas y el sudor rancio de los pocos humanos que se atreven a desafiar el frío exterior. Marta ajusta el cuello de su abrigo térmico, los dedos temblorosos no por la temperatura, sino por la urgencia que le corroe las entrañas. A su lado, Sílvia sorbe un líquido espeso y humeante de un cuenco de cerámica, sus ojos azules escudriñando el local con recelo antes de posarse en la terrícola.
—No hay dilayanas cerca —murmura Sílvia, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero—. Pero nunca se sabe quién puede estar escuchando.
Marta asiente, los nudillos blancos alrededor de su datapad. El dispositivo, frío contra sus palmas, contiene las notas de Veyra, las instrucciones que la han traído hasta aquí, lejos de Dilaya Prime, en busca de algo más que esperanza: una cura. Pero no cualquier cura. Semen. El pensamiento le enciende un calor sucio en el vientre, una mezcla de asco y excitación que le hace apretar los muslos bajo la mesa.
—Sílvia —dice, inclinándose hacia adelante, el aliento cargado con el aroma amargo de la infusión que ha estado bebiendo—, Veyra me dijo que Sandro no está del todo recuperado. Que su versión de los hechos podría estar... distorsionada. Por eso he querido quedar solo contigo.
Sílvia arquea una ceja, los labios pintados de un rojo oscuro se curvan en algo que no es una sonrisa.
—Veyra siempre fue buena leyendo a la gente —admite, dejando el cuenco sobre la mesa con un clink sordo—. Pero Sandro no miente. Al menos, no voluntariamente.
—¿Entonces es cierto? —Marta no puede evitar que su voz se quiebre, que el deseo y la desesperación se mezclen en un cóctel peligroso—. El semen de las dilayanas del norte... funciona.
Sílvia exhala lentamente, el vaho de su aliento mezclándose con el aire cargado del local. Se inclina aún más cerca, hasta que Marta puede oler el perfume, el aroma a piel caliente que emana de ella como un reclamo.
—Sí —confiesa, la palabra es casi un suspiro—. Pero no es tan simple como ir y pedírselo, Marta. Estas no son las putas de Dilaya Prime o los pobres mudos de Leguinaya. No son sumisas. No son ganado.
Marta traga saliva, sintiendo cómo el peso de esas palabras se asienta en su estómago como una piedra.
—Entonces, ¿cómo lo conseguisteis? —insiste, las uñas clavándose en la carne de sus propias palmas—. Sandro está mejorando. Algo estáis usando.
Sílvia mira hacia la entrada de la cafetería, donde un grupo de humanos envueltos en capas gruesas entra riendo, arrastrando nieve con sus botas. Espera a que pasen, a que el ruido de sus voces se diluya en el murmullo general, antes de responder.
—Tenemos una... "amiga" —dice al fin, la palabra sabiendo a veneno en su boca—. Fer-o-sia. Es nativa de aquí, de Cad Waqooyiga. Y, contra todo pronóstico, parece tener debilidad por los terrícolas.
Marta siente cómo su corazón se acelera, el latido resonando en sus oídos.
—¿Y ella os da el semen? —pregunta, la voz apenas un susurro.
Sílvia se ríe, un sonido seco, sin humor.
—No es tan sencillo. Fer-o-sia no regala nada. Exige... pago.
—¿Dinero?
—No. —Sílvia niega con la cabeza, los ojos brillando con algo que Marta no puede descifrar—. algo más personal.
Un silencio se extiende entre ellas, espeso como la nieve que se acumula contra los ventanales. Marta puede adivinarlo. Puede oler la verdad antes de que Sílvia la pronuncie.
—Sandro —dice Sílvia al fin, la voz tan baja que Marta tiene que inclinarse para oírla—. Le hacer chupar su polla a él. Mientras yo le toco, le excito. Solo así accede a darnos lo que necesitamos.
Marta siente cómo el calor se extiende desde su entrepierna hasta su rostro, quemándole las mejillas. La imagen es inmediata, vívida: Sandro, de rodillas, los labios estirados alrededor de un miembro alienígena, grueso y palpitante, mientras una dilayana alta y pálida lo observa con esos ojos azules eléctricos, fríos como el hielo de Cad Waqooyiga.
—¿Y... funciona? —logra preguntar, la garganta seca.
—Suficiente —Sílvia se encoge de hombros—. No es mucho. Para unas semanas, máximo un mes. Pero un mes de aquí, con días de 40 horas terrestres. Pero es mejor que nada.
Marta muerde su labio inferior hasta saborear sangre. Piensa en Miguel. En su cuerpo tembloroso, en sus ojos vidriosos, en la manera en que se estremece cada vez que ella menciona la palabra mudo. Piensa en la prótesis dilayana que ha estado usando para prepararlo, en cómo gime cuando se la clava hasta el fondo, en cómo su ano se contrae alrededor del artefacto como si supiera, instintivamente, que es su única salvación.
—Miguel podría hacerlo —dice de pronto, las palabras saliendo antes de que pueda detenerlas—. Él... él haría cualquier cosa, para bien o para mal.
Sílvia la mira con algo que parece lástima, o quizá solo es cansancio.
—Fer-o-sia no es como las dilayanas del sur, Marta. No le gustan los juegos. Si acepta a Miguel, será bajo sus condiciones. Y no serán bonitas.
—Da igual —Marta aprieta los dientes—. Lo que sea. Solo... solo necesito que me digas cómo contactarla.
Sílvia suspira, sacando un pequeño dispositivo de comunicación de su bolsillo. Lo activa con un gesto, y una luz azulada parpadea sobre la mesa, proyectando un holograma distorsionado por la niebla del aire.
—Ella no usa nombres —advierte—. Solo señales. Si acepta verte, será en su refugio. Bajo tierra. Y no irás sola.
—¿Quén más tiene que estar? —Marta siente un nudo en el estómago.
—Miguel. —Sílvia teclea algo en el dispositivo, y la luz parpadea más rápido—. Y yo. Y Sandro.
—¿Sandro y tu? —Marta frunce el ceño.
—¿¡Hombre, no querrás quedarte todo el semen para ti!?—Sílvia apaga el dispositivo, guardándolo de nuevo—. Además, conociéndola, si va a haber dos humanos arrodillados frente a ella, querrá ver a las mujeres que los controlan. Querrá saber que esto no es un juego. Que es necesidad.
El dispositivo emite un pitido agudo. Sílvia lo mira, sorprendida.
—Ya ha respondido —murmura—. Dioses, debe estar aburrida.
—¿Y? —Marta siente cómo el sudor frío le resbala por la espalda, a pesar del calor del local.
—Sílvia lee el mensaje en silencio, los ojos recorriendo líneas de texto que Marta no puede ver. Cuando alza la vista, hay algo nuevo en su expresión. Algo que parece... diversión.
—Nos espera —dice—. En una hora. Y quiere que llevemos a los hombres preparados.
El refugio de Fer-o-sia huele a cuero y a carne caliente. Las paredes, revestidas con pieles gruesas y oscuras, absorben el sonido, creando una atmósfera opresiva, como si el aire mismo estuviera esperando. El espacio es más amplio de lo que Marta esperaba, con un techo abovedado sobre un lecho de pieles extendido en el centro. Allí, recostada como una reina sobre un trono también cubierto de pieles, está Fer-o-sia.
La dilayana es aún más imponente de cerca. Su piel pálida, casi translúcida bajo la luz tenue de las lámparas bioluminescentes, brilla con un tinte azulado, como si la sangre bajo su epidermis fuera de quien sabe que otro color. Sus ojos, de un azul eléctrico que parece emitir su propia luz, se clavan en ellos con una intensidad que hace que Marta sienta cómo se le eriza la piel. Lleva el cabello, trenzado en intrincados patrones azules, suelto sobre sus hombros, y el abrigo de pieles que la cubre hasta la cintura deja al descubierto unas piernas largas, musculosas, que terminan en unos pies descalzos, con uñas afiladas.
A su lado, Sandro y Miguel están de pie, tensos como cuerdas a punto de romperse. Sandro lleva solo unos pantalones holgados, la camisa desabrochada dejando ver el vello oscuro de su pecho, los músculos tensos bajo la piel. Miguel, en cambio, está casi desnudo, solo cubierto por un taparrabos de tela basta que apenas oculta la erección que ya comienza a formarse entre sus piernas. Marta le observa con una expresión mezcla de lástima y deseo.
Fer-o-sia no dice nada. No necesita hacerlo. Su silencio es un mando, una orden que todos obedecen instintivamente. Sílvia es la primera en moverse, despojándose de su abrigo rápidamente, dejando al descubierto su cuerpo, los pechos pequeños pero firmes, los pezones rosados ya erectos por el frío y la excitación. Marta la imita, sintiendo cómo el aire helado del refugio le pega en la piel desnuda, erizando cada poro. No lleva nada debajo del abrigo. No necesita hacerlo. Ya lleva suficiente tiempo en Dilaya y mostrar su cuerpo ya no le incomoda, todo lo contrario.
—Arrodillaos —ordena Sílvia, la voz firme, sin lugar a dudas.
Sandro obedece de inmediato, las rodillas hundiéndose en las pieles con un sonido amortiguado. Miguel vacila solo un segundo antes de seguirlo, el cuerpo temblando no por el frío, sino por la humillación que ya le está quemando las mejillas. Fer-o-sia observa el espectáculo con esos ojos brillantes, las manos descansando sobre sus muslos, los dedos largos y pálidos jugueteando con el borde de su abrigo.
Marta se acerca a Miguel, colocándose detrás de él. Puede oler su sudor, ese aroma agrio y masculino que se mezcla con el lubricante que le ha untado en el ano antes de salir. Sus dedos rozan la base de su espalda, bajando hasta el taparrabos, que arranca fácilmente. El pene de Miguel, ya duro, salta hacia adelante, la punta brillando con una gota de pre-semen. Sandro, a su lado, tiene las manos apretadas entre los muslos, la respiración acelerada.
—Desnúdate —le ordena Marta a Sandro, y suena como un latigazo.
Él obedece, quitándose los pantalones con movimientos torpes, dejando al descubierto su cuerpo atlético, el vello oscuro que cubre sus muslos, la polla semidura que se balancea con cada movimiento. Fer-o-sia emite un sonido gutural, casi un ronroneo, y se incorpora ligeramente, el abrigo abriéndose para revelar que no lleva nada debajo. Su cuerpo es esbelto, pero fuerte, los músculos definidos bajo la piel pálida. Entre sus piernas, su miembro hermafrodita ya está erecto, grueso y largo, con una cabeza ancha y brillante, rodeado por unos labios vaginales hinchados, húmedos.
—Sílvia —dice Fer-o-sia al fin, la voz un susurro áspero, como el viento arrastrando nieve sobre piedra—. Tú te ocupas de él. —Señala a Sandro con un gesto lento de la mano—. Marta, tú del tuyo.
No es una sugerencia. Es una orden.
Sílvia se acerca a Sandro, colocándose detrás de él, las manos deslizándose sobre sus hombros, bajando por su pecho hasta rodear su pene con una garra firme.
—Tú ya sabes lo que te gusta, cariño —susurra, inclinándose para morderle el lóbulo de la oreja—. Chúpale la polla como si fuera la última vez. Como sabes hacer tan bien.
Sandro gime, un sonido roto, y se arrastra los últimos centímetros que lo separan de Fer-o-sia. La norteña abre las piernas con un movimiento lento, deliberado, dejando que su miembro se balancee frente al rostro de Sandro, la punta casi rozándole los labios. Él no necesita más invitación. Abre la boca, la lengua saliendo para lamer la longitud del pene alienígena, saboreando el sabor salado y metálico de su piel. Fer-o-sia emite otro sonido, esta vez más agudo, y sus dedos se enredan en el cabello de Sandro, tirando de él con fuerza cuando sus labios se cierran alrededor del glande, tragándose los primeros centímetros con un gemido ahogado.
Marta no pierde tiempo. Se arrodilla detrás de Miguel, las manos deslizándose sobre sus nalgas, separándolas para exponer su ano, ya lubricado y brillante. Con un movimiento ágil, introduce dos dedos, haciendo que él jadee, el cuerpo tensándose.
—Relájate —susurra, aunque sabe que es inútil. Miguel está demasiado excitado, demasiado necesitado—. Esto es por ti, putito. Todo es por ti.
Fer-o-sia mira a Miguel con esos ojos brillantes, y luego hace un gesto con la cabeza, llamándolo. Él obedece, arrastrándose hacia ella, el pene balanceándose con cada movimiento. Cuando está lo suficientemente cerca, Fer-o-sia lo agarra por el cabello, tirando de su cabeza hacia su entrepierna.
—Chupa —ordena, la voz un gruñido gutural.
Miguel no duda. Abre la boca, la lengua saliendo para lamer la base del miembro de Fer-o-sia, donde se une con sus labios vaginales. El sabor es intenso, salado, como el mar, y le hace salivar. Sandro se aparta un poco, dejando que Miguel cierre los labios alrededor de la glande, chupando con fuerza, las mejillas hundiéndose. Fer-o-sia gime, un sonido profundo que resuena en el refugio, y sus caderas se mueven ligeramente, empujando más de su longitud en la boca de Miguel.
—Sílvia —jadea Ferro-sia, la voz entrecortada—, haz que él también participe.
Sílvia no necesita que se lo digan dos veces. Con una mano aún alrededor del pene de Sandro, usa la otra para agarrar sus caderas, empujándolo hacia adelante, obligándolo a lamer también el pene de Fer-o-sia. La saliva resbala por su barbilla, pero no se detiene. No puede. La mano de Fer-o-sia en su cabello lo mantiene en su lugar, obligándolo a recorrer con la lengua cada centímetro de ella.
Marta, mientras tanto, ha introducido un tercer dedo en el ano de Miguel, moviéndolos en círculos, abriéndolo. Puede sentir cómo se contrae alrededor de sus dedos, cómo su cuerpo ansía ser llenado. Con la otra mano, agarra su pene, bombeándolo en sincronía con los movimientos de sus dedos, haciendo que él gima alrededor del miembro de Fer-o-sia, y haciendo que la dilayana jadee.
—¡Más! —exige Fer-o-sia, tirando del cabello de Miguel con más fuerza—. ¡Quiero sentir vuestras lenguas juntas!
Sílvia empuja a Sandro hasta que su rostro está al lado del de Miguel, sus bocas casi tocándose mientras ambos lamen y chupan la polla de Fer-o-sia, sus lenguas enlazándose accidentalmente, el sabor del otro mezclándose con el de la dilayana. Fer-o-sia gime, las caderas moviéndose en pequeños círculos, empujando su miembro más adentro en sus bocas, sintiendo cómo sus labios se abren alternativamente alrededor de su polla.
—¿Tu sabías que el tuyo era tan maricón?—pregunta retóricamente Sílvia dirigiéndose a Marta—Yo desde luego que no pensaba que el mio lo fuera tanto. ¡Joder Sandro, como le das!
—Eso es —gruñe Fer-o-sia, con las manos apretando sus cabezas, obligándolos a tomar más—. Así. Como los perros que sois.
Marta, dejando la pregunta de Sílvia sin responder, siente cómo el cuerpo de Miguel se estremece con las palabras, cómo su ano se aprieta alrededor de sus dedos. Sabe que está cerca. Sabe que necesita más. Con un movimiento rápido, retira los dedos y en su lugar presiona la cabeza su consolador dilayano contra la entrada de su culo. Es grueso, más que sus dedos, y Miguel jadea, el sonido ahogado por la polla que aún llena su boca.
—Relájate, putita —susurra Marta, empujando el consolador dentro de él con un movimiento lento pero firme—.
Miguel gime, el sonido vibrando alrededor del miembro de Fer-o-sia, haciendo que la dilayana jadee. El consolador entra hasta el fondo de su culo, llenándolo, abriéndolo, y Marta comienza a moverlo, bombeándolo dentro y fuera de su ano mientras sus dedos masajean sus bolas, apretadas y listas para explotar.
—¡Joder! —Fer-o-sia gruñe, sacudiéndose las caderas ahora con más fuerza, empujando su polla más adentro en la boca, ahora de Sandro, ahora de Miguel—. ¡Vais a hacerme correr como unos malditos perros en celo!
Sílvia, sin soltar a Sandro, alcanza el lubricante que han traído, untando sus dedos antes de deslizarlos entre las nalgas de Sandro, encontrando su ano. Él gime, el sonido ahogado, pero no se resiste cuando ella introduce un dedo, luego otro, estirándolo, preparándolo. Sospecha lo que viene. Imagina lo que tiene que venir.
—¡Quiero verlos follar! —exige Fer-o-sia de pronto, soltando las cabezas de los dos hombres con un empujón—. ¡Quiero ver a este —señala a Sandro— reventarle el culo a tu marido mientras ella me chupa la polla!
Marta siente cómo el corazón le late con fuerza en el pecho. Sabe que esto es parte del juego. Sabe que Fer-o-sia no se conformará con menos. Asiente, retirando el consolador del ano de Miguel.
—Levántate —ordena, dándole una palmada en el culo.
Miguel obedece, tambaleándose ligeramente, la polla roja y palpitante, el pre-semen goteando de la punta. Sandro, aún de rodillas, mira a Fer-o-sia con ojos vidriosos, la boca brillante por la saliva y el fluido de la dilayana.
—Hazlo —dice Sílvia, empujando a Sandro hacia Miguel—. Fóllalo como un buen maricón.
Sandro se pone de pie, el cuerpo temblando, avergonzado y agarra a Miguel por las caderas, girándolo para que quede de espaldas a él. Fer-o-sia se recuesta de nuevo, las piernas abiertas, la mano moviéndose sobre su propio miembro mientras observa el espectáculo con ojos entrecerrados.
—Arrodíllate —le ordena a Marta.
Marta obedece, colocándose entre las piernas de Fer-o-sia, la boca a solo centímetros de su miembro húmedo. Puede oler su excitación, ese aroma a sal y algo dulce, casi como miel fermentada. Extiende la lengua, lamiendo la punta, saboreando el fluido que ya gotea de ella. Fer-o-sia gime, los dedos enredándose en su cabello, empujando su cabeza hacia abajo.
—Chupa, puta —gruñe—. Chupa mientras tu marido se deja follar el culito.
Marta cierra los labios alrededor de la cabeza del miembro de Fer-o-sia, tragando los primeros centímetros mientras sus ojos se clavan en la escena frente a ella. Sandro ha escupido en su mano, untando su saliva en su propia polla antes de presionar la cabeza contra el ano de Miguel. Este jadea, las manos apretadas contra las pieles, el cuerpo tenso.
—¡Empújalo! —ordena Fer-o-sia, de forma brusca, cortante.
Sandro obedece, empujando hacia adelante con un gruñido. La cabeza de su polla se abre paso en el ano de Miguel, que grita. Sandro no se detiene. Sigue empujando, poco a poco, hasta que sus caderas chocan contra las nalgas de Miguel, su polla enteramente enterrada en su culo apretado.
—¡MMmfff! —Miguel jadea.
—¡Aguanta mi niño! —Marta gruñe alrededor del miembro de Fer-o-sia, la voz distorsionada—. ¡Esto es por ti, mariconcito mio!
Sandro comienza a moverse, bombeando dentro de Miguel con embestidas duras, cada una arrancando un gemido ahogado del hombre. Marta puede ver cómo el ano de Miguel se abre alrededor de la polla de Sandro, cómo se contrae con cada embestida, como si intentara retenerlo dentro. Fer-o-sia jadea, las caderas moviéndose en pequeños círculos, empujando su miembro más adentro en la boca de Marta.
—¡Más rápido! —exige, tirando del cabello de Marta—. ¡Quiero verlos correrse como los perros que son!
Sílvia, que ha estado observando con ojos brillantes, se acerca a Sandro, las manos deslizándose sobre su espalda, bajando hasta agarra sus bolas, apretándolas con fuerza.
—¡Dale más duro, mi amor! —susurra en su oído—. ¿Con él sí que puedes, eh? ¡puto!
Sandro gruñe, obedeciendo, las embestidas volviéndose más brutales, más profundas. Miguel llora ahora, las lágrimas mezclándose con la saliva que gotea de su barbilla, pero no pide que pare. No puede. Su propia polla, olvidada entre sus piernas, gotea pre-semen sobre las pieles, el cuerpo temblando con cada embestida.
—¡Voy a correrme! —anuncia Fer-o-sia de pronto, la voz es un rugido—. ¡Voy a llenar esta boca de mi semen, puta!
Marta gime alrededor de su miembro, los ojos llorosos, pero no se detiene. Chupa con más fuerza, la lengua moviéndose alrededor del glande, preparándose para lo que viene. Fer-o-sia jadea, mueve las caderas sacudiéndose. Marta logra, separarse de la polla de la norteña y levantarse para coger el frasco preparado para recoger toda la leche que va a salir. Sale el primer chorro de semen caliente, espeso. Marta encara rápidamente la entrada del recipiente enfrente de la polla de la norteña, no sabe si podrá contenerlo todo. Fer-o-sia sigue corriéndose, los gemidos llenando el refugio, y el frasco sigue llenándose de ese elixir de la esperanza.
—¡Ahora vosotros! —ordena la dilayana, apartando a Marta de un empujón—. ¡Quiero verle correrse dentro de él!
Sandro no puede aguantar más. Con un gruñido gutural, clava sus dedos en las caderas de Miguel y empuja con fuerza, enterrándose hasta el fondo. Marta puede ver cómo su cuerpo se tensa, cómo los músculos de su espalda se contraen, y entonces lo oye: el gemido roto de Sandro mientras se corre, el semen caliente llenando el culo de Miguel. Este último grita, el cuerpo sacudiéndose, y entonces su propia polla explota, el semen disparándose sobre las pieles, salpicando sus muslos, su vientre, en chorros espesos y blancos.
Fer-o-sia se recuesta, satisfecha, la mano aún alrededor de su miembro, que sigue semierecto. Con la otra, arrebata el frasco de cristal de la mano de Marta, y lo acaba de llenar con los últimos goteos de su orgasmo.
—Esto debería ser suficiente —dice, tapando el frasco con un tapón de rosca—.
Marta se limpia la boca con el dorso de la mano. Mira a Miguel, que sigue temblando, el culo aún lleno de la polla de Sandro, que ahora se retira lentamente, dejando un rastro de semen resbalando por sus muslos. Sílvia se acerca a él, acariciando su espalda, susurrando algo en su oído que hace que Sandro asienta, exhausto.
—Gracias —logra decir Marta, la voz ronca.
Fer-o-sia se ríe, un sonido oscuro, sin humor.
—No me des las gracias, terrícola —dice, levantándose ligera, el cuerpo brillando con una capa de sudor—. Esto no fue caridad. Fue diversión.
Y con eso, se aleja, dejando el frasco sobre las pieles antes de desaparecer en las sombras del refugio.
—————————————————————
El viento en Dilaya Prime es cálido, cargado con el aroma dulce y agrio del sexo que nunca cesa en las calles. La casa de Veyra, tallada en el coral vivo que pulsa con una luz tenue, parece respirar, como si el propio edificio estuviera excitado. Dentro, el aire es espeso, pesado con el perfume de las especias y el sudor, ese olor a placer que impregna todo en este planeta, por lo menos en la zona más ecuatorial.
Veyra está recostada sobre un diván, un vaso de licor dilayano en la mano, los ojos entrecerrados mientras observa el holograma que flota sobre su muñeca: imágenes de Ibukota, de la nevada eterna, de los edificios bajos y las calles desiertas. No está prestando atención a la puerta cuando esta se abre de golpe, estrellándose contra la pared con un crack que hace que el coral tiemble.
Arbyra entra como una tormenta.
Su cuerpo imponente llena el marco de la puerta, la piel casi negra brillando bajo la luz bioluminescente, el cabello plateado cayendo sobre sus hombros como una cascada de metal líquido. Los ojos dorados brillan con una furia que hace que el aire mismo parezca chisporrotear. Lleva solo un cinturón ancho de cuero, del que cuelga su miembro hermafrodita, semierecto como siempre, balanceándose con cada paso que da hacia Veyra.
—¡¿Dónde coño estás?!— —ruge, la voz un trueno que hace que las paredes vibren—. ¡Llevo días llamándote, puta!
Veyra no se inmuta. Toma un sorbo de su licor, saboreando el ardor antes de dejar el vaso sobre la mesa con un clink suave.
—Estaba ocupada —responde, la voz tranquila, casi perezosa—. Cosas importantes.
—¡Importantes?! —Arbyra avanza—. ¡¿Más importantes que yo?!
Veyra se levanta, despacio, con aire vencedor. Su cuerpo, alto y esbelto, se despliega con una gracia letal, el pene erecto balanceándose entre sus piernas, la vulva ya brillante con su excitación.
—Sabes que no es así, cariño —susurra, acercándose, el aliento caliente contra el rostro de Arbyra—. Siento que te lo tomes así, hasta el punto de alejarte de tu bosque y venir a mi casa. Pero había cosas que tenían que hacerse.
—¡¿Como enviar a esa perra terrícola y a su mudito al norte?! —Arbyra agarra a Veyra por el cuello, levantándola, los dedos apretando justo lo suficiente para cortarle la respiración sin ahogarla—. ¡¿Sin siquiera consultarme?!
Veyra no forcejea. Hoy tiene una seguridad en si misma que parece mentira que sea la misma que luego se somete en el bosque. Solo sonríe, esa sonrisa afilada, peligrosa, que hace que Arbyra pierda el control.
—Celosa, mi reina? —ronronea, las manos deslizándose sobre los brazos de Arbyra, las uñas raspando su piel—. No deberías. Sabes que eres la única que me hace sangrar.
Arbyra gruñe, pero no la suelta. En cambio, la empuja contra la pared, el cuerpo de Veyra chocando contra el coral con un sonido brusco. El impacto hace que el aliento se le escape en un jadeo, pero sus ojos siguen brillando con desafío.
—¡Me ignoraste! —sisea Arbyra, la boca a centímetros de la de Veyra, el aliento caliente, cargado con el aroma a especias y furia—. ¡Me dejaste aquí, sola, mientras jugabas a ser la salvadora con esos malditos terrícolas!
—Necesitaban ayuda —Veyra no aparta la mirada—. Y tú estabas... ocupada.
—¡Mentira! —Arbyra aprieta más, los dedos hundiéndose en la carne del cuello de Veyra—. ¿O es que han cambiado tus intereses? ¡Traidora!
Veyra alza una mano, acariciando la mejilla de Arbyra con una ternura que contrasta con la violencia del momento.
—Entonces castígame —susurra—. Hazme pagar por ello.
Arbyra gruñe, pero no puede resistirse. Nunca puede. Con un movimiento brusco, gira a Veyra, empujándola contra la pared, el pecho de esta aplastado contra el coral. Las manos de Arbyra se deslizan por su espalda, bajando hasta que agarra sus nalgas, separándolas con fuerza. Veyra jadea cuando siente el miembro de Arbyra presionando contra su entrada, grueso, caliente, enorme.
—¡Vas a arder por esto! —sisea Arbyra, empujando hacia adelante sin previo aviso.
Veyra grita, el sonido ahogado por la pared, pero no pide clemencia. En cambio, empuja hacia atrás, tomando más de Arbyra, sintiendo cómo su cuerpo se abre, cómo el dolor y el placer se mezclan en un cóctel que la hace marearse.
—¡Más! —exige, la voz quebrada—. ¡Dame todo, jodida perra!
Arbyra no necesita que se lo pidan dos veces. Con un gruñido, clava sus dedos en las caderas de Veyra y comienza a moverse, cada embestida un latigazo, cada golpe de sus caderas un recordatorio de quién manda aquí. De quién siempre manda.
Y mientras Veyra grita, mientras el sudor y el semen se mezclan en su piel, mientras el coral pulsa alrededor de ellos como un corazón vivo, Arbyra sabe una cosa con certeza:
Nadie se atreve a ignorarla. Y si lo hacen...
Pagarán.
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