El nuevo vecino se la cogio en su propia casa
El ruido de la noche los despertó, pero la verdadera invasión comenzó cuando decidieron hablar con el vecino. Él no pidió silencio; exigió sumisión. Y ella, frente a su propio marido, descubrió que la humillación era el único orgasmo que realmente necesitaba.
La noche era un concierto de gemidos y golpes rítmicos contra la pared. Desde su cama, Roberto y Laura se miraban en la oscuridad, frustrados.
—No puedo más, Roberto —susurró Laura, arrebujándose en las sábanas—. Es como tener un cine para adultos al lado. ¿Puedes ir y decirle algo? Soy yo la que tiene que trabajar mañana.
Roberto, con un suspiro de resignación, se levantó y se puso una bata. Cruzó el pasillo y llamó a la puerta del vecino, un tipo llamado Santiago que se había mudado hacía un mes. La puerta se abrió casi de inmediato. Santiago estaba en bóxers, sudoroso, con una sonrisa arrogante. A sus espaldas, una chica rubia se arreglaba el vestido en el sofá.
—¿Sí? —preguntó Santiago.
—Mira, vecino —dijo Roberto, incómodo—. Lamento molestar, pero los gritos... Mi esposa no puede dormir.
Santiago soltó una carcajada, una carcajada franca y sin complejos. —Ah, ¿es por eso? Sabes lo que pasa, amigo. Es que tengo una pija gorda, venosa y cabezona. Las mujeres se vuelven locas. ¿Qué quieres que haga? ¿Ponerles un bozal?
Roberto se quedó sin palabras. La crudeza de la respuesta lo paralizó. Murmuró una disculpa y volvió a su apartamento como un perro apaleado.
Laura lo esperaba con los ojos bien abiertos. —¿Bien? ¿Le dijiste algo?
Roberto se sentó en la cama, derrotado. —Me dijo que tiene una pija gorda y venosa y que por eso las chicas gritan.
Laura se quedó callada, escandalizada. Una parte de ella se sintió insultada, pero otra, una parte ocunda y profunda, sintió un escalofrío. No volvieron a hablar del tema, pero la imagen de aquel hombre arrogante y su descripción vulgar se instaló en sus mentes.
Una semana después, Laura tomó una decisión. —Tenemos que invitarlo a cenar. Para limar asperezas. No podemos vivir así.
La cena fue tensa al principio. Santiago llegó con una botella de vino caro y se comportó con un encanto superficial que no lograba ocultar su naturaleza depredadora. A mitad de la cena, con el alcohol ya corriendo, soltó la bomba.
—Miren, muchachos, sobre el otro día... quiero disculparme. Pero es que las chicas que me traigo a casa, son todas pendejas. Jovencitas sin cerebro que solo saben gritar —dijo, mirando directamente a Laura—. A mí me gustan más las mujeres maduras. Mujeres que saben lo que quieren. Mujeres con clase, como tú, Laura.
Roberto se tensó, pero Laura sintió cómo el calor le subía a las mejillas.
—El problema es que muchas mujeres como tú están con hombres pasivos —continuó Santiago, ignorando a Roberto por completo—. Maridos que no saben lo que tienen. Y la mujer, por dentro, necesita un verdadero macho que la domine, que le muestre su lugar. Yo lo veo en sus ojos, Laura. Sé lo que necesitas.
El aire se volvió denso, eléctrico. Roberto intentó intervenir. —Oye, ya es suficiente...
—¿Suficiente? —lo interrumpió Santiago—. ¿Tú crees que es suficiente para ella? Hablemos de cosas de casa. Laura, tú, ¿eres de las que hacen las tareas? ¿Usas delantal de cocina y guantes?
La pregunta fue tan directa, tan íntima, que Laura respondió antes de pensar. —Sí... a veces.
—Pruébaselo. Quiero verlo —ordenó Santiago.
Fue una orden, no una petición. Roberto miró a su esposa, esperando una negativa, una explosión de furia. Pero Laura se levantó, como en un trance, y fue a la cocina. Volvió con un delantal de lino blanco y unos guantes de goma amarillos. Se los puso lentamente, con la mirada baja.
Santiago la observó con una sonrisa de triunfo. —Mírala. Parece una sirvienta sumisa. No la esposa de un hombre. Mi próxima conquista.
Se levantó y se acercó a ella. La rodeó por la espalda, pasándole las manos por la cintura, sobre el delantal. Roberto se quedó clavado en su silla, paralizado por la humillación y una fascinación morbosa.
—Así está bien —murmuró Santiago en el oído de Laura—. Donde debes estar.
Levantó la falda de su vestido y le bajó las panties con una facilidad insultante. Laura no protestó. Se quedó quieta, temblando. Santiago la penetró por detrás, de un solo golpe, seco y dominante. Laura soltó un gemido, un gemido que no era de dolor, sino de rendición total.
—¡Míralo, Roberto! —gritó Santiago, mientras la cogía con un ritmo brutal, frente a su marido impotente—. ¡Mira cómo tu esposa necesita un macho de verdad! ¡Ya no es tu señora, es mi sirvienta!
Laura se aferraba a la mesa, con los guantes amarillos puestos, siendo usada, dominada, y descubriendo en la humillación una forma de placer que nunca había conocido. Santiago la follaba como si fuera su propiedad, mientras le gritaba obscenidades, describiendo lo puta y sumisa que era. Roberto solo podía mirar, con el nudo en la garganta, viendo cómo su mundo se desmoronaba y cómo su esposa, la mujer de su vida, se convertía, ante sus ojos, en la sirvienta sumisa de su vecino.
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