La rutina rota 8/8
Después de años de sexo sin compromiso y corazones rotos, Álvaro creía que su vida sentimental estaba condenada a la soledad. Pero cuando una mujer de mediana edad se sienta a su mesa en el autoservicio, descubre que la verdadera pasión no está en la cantidad, sino en la conexión profunda que puede sanar viejas heridas.
Las siguientes semanas y meses, fueron un poco locura y caos, entre mi trabajo y mis fines de semana follando con unas mujeres que ni en sueños, pensaría en estar con ellas.
Parece mentira. En el gimnasio algunas de esas mujeres se hacían las ofendiditas si se te ocurría decirlas algo sobre lo bien que se veían, o que una rutina no la estaba haciendo correctamente. Enseguida te trataban de machista o acosador, con lo que, muchas veces pude presenciar como alguna de ellas se encontraba en serios apuros y ningún hombre, viendo su aprieto se acercaba a ayudar, salvo los entrenadores o la propia Almudena, acudía en su ayuda.
La verdad no me podía quejar. Tuve una temporada muy buena en que todos los fines de semana follaba como un descosido con mujeres de todo tipo. Divorciadas, solteras empedernidas, tímidas, dominantes, pero con algo en común, querían disfrutar y el boca a boca me pintó como un semental empotrador que las dejaría satisfechas.
Pero todo termina cansando y se empezó a crear un ambiente muy enrarecido en el gimnasio. Algunas de esas mujeres se creían con derecho exclusivo sobre mí, parecía que era de su propiedad y empezaron algunos enfrentamientos entre ellas con ataques de celos. Los hombres me miraban, algunos con odio visceral, otros con admiración como si yo fuese un verdadero macho alfa. Yo no quería eso y no me quise meter en problemas, enfrentamientos y discusiones, tenían que entender que era solo diversión sin ningún tipo de compromiso, pero llegó un punto en el que hablé con Almudena:
―Almudena, lo siento mucho, pero o tú, que eres la que ha iniciado esto, lo paras y pones orden, o se acabó. No estoy dispuesto a presenciar ni malas caras, ni peleas de mujeres posesivas en las que yo puedo salir muy perjudicado.
―Lo siento querido, pero ese es tu problema. Yo solo soy una mediadora sin ningún beneficio. Es tu asunto el poner orden entre tus conquistas. Ellas, y lo entiendo por qué te probé, quieren lo que es suyo.
―Bien, yo no soy de nadie y te eximo de tu responsabilidad como mediadora. A partir de ahora ya no estoy disponible para nadie. ¿Ha quedado claro?
―Tú mismo. ―Dijo con frialdad e indiferencia.
Pero esa misma noche, antes de que se corriese la voz de que todo había terminado, una de las mujeres más bellas e inaccesibles del gimnasio se acercó a mí. En su mano llevaba un papel que me dio. Cuando lo pude leer eran los resultados de una analítica hecha esa misma mañana y el resultado era ausencia de infecciones o ETS's.
―Mañana me gustaría pasar la noche contigo. ¿Habría algún problema?
―Ninguno. Serás la última, esto se acabó.
―Me da igual mientras cumplas como debes y me des mi ración de polla. ¿Estamos de acuerdo?
―Tranquila, recibirás lo que pides.
―En el papel que te he dado, por detrás esta mi número de teléfono y mi dirección. ¿Te viene bien sobre las 22:00 horas?
―Allí estaré.
Se dio la vuelta y se alejó, dejándome ver su perfecto culo enfundado en su ajustadísimo atuendo de gimnasia, enseñándome un poco de lo que sería mío, al día siguiente
Pero la vida tiene maneras crueles de sorprenderte.
Daba por sentado, ya que no vislumbré ningún tipo de anillo en el dedo anular de su mano derecha, que no estaba casada. Cuando llegó la hora me presenté en un lujoso chalet de dos plantas con un gran jardín. Esa mujer me abrió la puerta, solo estaba vestida con medias, liguero, un tanga mínimo y un sujetador que dejaba sus tetas elevadas y su pezón a la vista. Eso hizo que mi polla empezase a llenarse de sangre ya que se veía increíble:
―¿Te complace lo que ves? Muchos matarían ahora mismo por estar en tu lugar.
―Eres muy hermosa, como la mayoría de las mujeres con las que he estado.
―Pero ninguna es como yo. Ven vamos al dormitorio, tengo ganas de ver eso que dicen de ti.
Me dio la mano y tiró de mí. Me recreé en su perfecto culo, en sus piernas perfectamente moldeadas y llenas y en ese movimiento hipnótico de sus caderas al andar. Cuando llegamos al gran dormitorio, una gran cama con baldaquino presidia la instancia íntimamente iluminada.
Esa mujer me desnudó rápidamente, y cuando vio mi rabo, completamente duro y erecto se llevó las manos a la boca y dio una risita traviesa:
―Pues sí, los comentarios eran ciertos…¡¡VAYA TRANCA!!
La puse en pie, y la di un beso en la boca. Al principio no reaccionó, se quedó parada, aunque enseguida abrió su boca y nuestras lenguas jugaron entre sí y su mano bajó hasta mi pene para empezar a pajearlo. No tardé en despojarla de su sujetador y su tanga, dejándola solo con sus medias y liguero.
Hubo muchos preliminares hasta que nos tumbamos en la cama e hicimos un 69. Tenía un coño lampiño, como me gustaba, aunque sus labios menores colgaban más de la cuenta. Pero su anito y su culo, Dios, eso era la perfección, además era terreno virgen ya que estaba muy cerradito, aunque esta noche se lo dejaría bien abierto.
Después de comernos mutuamente y que alcanzase un orgasmo con mi boca y mi lengua, ella se puso en cuatro y me pidió que la follara, que no aguantaba más, y cumplí sus deseos y los míos, me estaba follando a una de las mujeres más deseadas del gimnasio.
Con mi polla perforando su coñito hasta el útero, y mis huevos golpeando su clítoris, esa mujer aulló con su primer orgasmo:
―Jodeeeer asiiiiii…follame, no dejes de hacerlooooh…dame más, quiero maaaaaas…
―No voy a dejar de hacerlo, y mañana cuando me vaya, no vas a poder moverte de lo abierta y dolorida que te voy a dejar…
―Dioooos Álvarooo…me voy a correr otra vez…que gustooooh…
―Me corrooo…te voy a llenar de lecheeee…
Cuando notó el primer latigazo de semen en su interior esa mujer se retorció de placer, gritando y gimiendo como una loba en celo hasta que empezó a despotricar algo que me dejó sorprendido:
―Mira cornudo, aprende lo que es un hombre que sabe follar, desgraciado que no vales para nada…mira y aprende lo que es una buena polla no como la mierda que tú tienes.
En ese momento no entendía nada, me salí de su interior y mi corrida empezó a gotear. Ella se tumbó frente a un espejo de cuerpo entero que había en una esquina, abierta de piernas, y mostrando su coño chorreando mi corrida y empezó a vociferar:
―Ven cornudo, acércate y mira como este semental ha llenado con su corrida el coño de tu mujercita. Esto es un hombre, no como tú, que das pena.
De detrás de ese espejo vi salir a un hombre desnudo, apocado, que se dirigía hacia nosotros. Me quedé en shock, sin entender nada, pero con un montón de preguntas en mi cabeza. Mi deseo y mi líbido se habían desplomado y cuando me fijé bien en ese pobre hombre vi su "problema", un pene que estando empalmado no medía más allá de ocho o diez centímetros.
Eso me hizo enojar, ya que nadie merece ser humillado de semejante manera. Además esa mujer me mintió ya que estaba casada, y uno de los requisitos para follar con esas mujeres es que ni estuviesen casadas ni tuviesen novio o compromiso. Así que sin decir nada me empecé a vestir:
―¿Dónde crees que vas? Aún no hemos terminado.
―Oh sí, sí que hemos terminado. Me has mentido, estas casada y encima has humillado a tu marido delante de mí.
―¿Y qué? ¿A este? ―Dijo con desprecio.― A este le da igual todo. Sabe que no puede satisfacerme, así que solo le dejo mirar como otros hombres me follan.
―Eres una zorra sin respeto. ―Dije con asco.― Y tú, ―dije mirando al marido,― ponte en manos de un especialista. Hoy en día con las técnicas que hay de alargamiento de pene, puedes tener el tamaño que desees, y cuando lo tengas, divórciate de esta puta, y disfruta de tu nueva vida, déjala que se pudra en la miseria. Y ten dignidad y amor propio.
El marido no abrió la boca, solo miró con odio a la mujer, que sorprendida, tapó su desnudez con la sabana. Yo salí de esa casa sin que nadie me lo impidiera o me reclamase algo. Me daba asco estar allí y no sé por qué esa situación trajo a mi memoria muy malos recuerdos.
Esto ya se había salido de madre, empezaba a estar harto de esta situación y empecé a pensar en lo mucho que me había equivocado al aceptar ser el juguete sexual de las mujeres del gimnasio, así que decidí cortar de raíz todo eso.
Tenía el mes entero pagado pero solo faltaban tres días para que terminase ese mes y ya no quería aparecer por ese establecimiento, me dio igual perder algo de dinero. Cuando llegué a mi casa, encendí el ordenador y mandé un email a Almudena la dueña del gimnasio, anunciándole mi baja inmediata de sus instalaciones, y recordándole que según la ley de protección de datos personales, debía de borrar de su base de datos, toda información referente a mí y que no podía compartir dicha información con terceros sin mi consentimiento por escrito. Lo envíe con confirmación de lectura, para asegurarme de que esa mujer lo había recibido y leído.
Poco más puedo contar de esta etapa de mi vida. Si algo saqué en claro de todo esto es que lo que en un principio todo pinta muy bien y solo es placer y diversión, a la larga cansa, aburre y te hace sentir vacío. Solo iba a extrañar a una persona, a Cristina. Ella siempre estuvo ahí para mí, nunca me exigió nada, me contaba de algunas aventuras suyas con chicos, pero se sentía decepcionada. Simplemente fuimos buenos amigos.
Los meses fueron pasando y mi recuerdo de aquel gimnasio se fue diluyendo en mi cabeza. Para no romper mi rutina de entrenamientos, adquirí varios aparatos que utilizaba en ese gimnasio y los instalé en mi casa, para seguir manteniéndome en forma. Volví a la rutina del trabajo y más trabajo, quería mantener mi mente distraída y olvidar algunos momentos pasados con mujeres que quisieron follar conmigo.
Pero algo iba a ocurrir de nuevo en mi vida. Algo con lo que no contaba. Debido a una baja por paternidad de nuestro ingeniero de estructuras, el proyecto en el que estábamos trabajando iba con algo de retraso y no nos podíamos permitir eso. Hablé con recursos humanos y les pedí que contratasen con urgencia a un nuevo ingeniero de estructuras. Tendría que pasar una criba de tres entrevistas, y la última de ellas sería conmigo. Pero el día que entrevistaría a los últimos candidatos, no sabía la sorpresa que me iba a llevar.
Ese día según llegué a la oficina, no tuve ni tiempo de ojear los expedientes, cuando mi asistente, me informó de que uno de los candidatos había llegado. Le hice pasar enseguida, para conocerlo, pero dicen que la primera impresión es la que cuenta.
A ver, si vas a una entrevista de trabajo, lo primero que tienes que hacer es cuidar tu apariencia, ir bien aseado, afeitado, peinado y vestido, no ir con barba descuidada de cuatro días, con una camiseta raída, unos vaqueros de pitillo "cagaos" y unas zapatillas all star gastadas del uso, incluso diría que olía mal.
Su expediente académico era inmejorable, siendo uno de los mejores de su promoción, pero sus referencias de anteriores trabajos eran bastante malas, con conflictos continuos con compañeros y jefes y eso no me gustaba, lo siento, pero no iba a arriesgar el proyecto con una persona así. Lo despedí, comentándole que nos pondríamos en contacto con él si era seleccionado.
Continué con mi día, hasta que de nuevo mi asistente me informó que el siguiente candidato estaba esperando. Le dije que le hiciese pasar, pero antes de tomar su expediente, unos nudillos golpearon la puerta y cuando entró y vi quien era me quede pálido, y ella muy sorprendida:
―Buenos días Álvaro, te dije que Santander era como un pueblo muy grande y que volveríamos a coincidir, y no me equivoqué.
―¡¡Sa…Sandra!! ―Exclamé sorprendido.
Delante de mí, más guapa de lo que recordaba, se encontraba Sandra, aquella scort de lujo que me costó seis mil euros por pasar una noche completa conmigo en un hotel. Aunque sorprendida, vino decidida hacia donde estaba y me tendió su mano amablemente a modo de saludo:
―Sandra, ¿tú eres la ingeniero de estructuras? ―Pregunté asombrado.
―Bueno si, espero que hayas leído mi curriculum.
―La verdad he estado tan ocupado que ni me ha dado tiempo de revisarlo, aunque si me das un momento…
Tomé esa carpeta y empecé a leer la primera página donde venía el historial académico de Sandra. Me quedé sorprendido que una chica tan joven tuviese ese bagaje, además, dedicándose a lo que se dedicaba. No pude por menos que sorprenderme y mirarla fijamente:
―Impresionante, realmente impresionante. Primera de tu promoción, matriculas de honor, dos master, uno de estructuras verticales y otro de horizontales, reseñas de tus profesores de universidad y una evaluación del Tribunal de Evaluación sobre tu TFG sorprendente. ―Dije algo escéptico.
―Ya… ―Dijo Sandra molesta,― se lo que estás pensando…que dado a lo que me dedicaba, me he follado a todos mis profesores, al Tribunal de Evaluación y al Claustro de la universidad para conseguir ese expediente ¿me equivoco?
―Yo…la verdad…
―Álvaro, ―me interrumpió Sandra muy molesta,― me dediqué a lo que me dediqué en su momento por necesidad, no es que mis padres nadasen en la abundancia, pero nunca, óyeme bien, nunca, he utilizado mi cuerpo para obtener esos resultados en mi carrera. Lo único que te puedo decir es que me pongas a prueba. Si ves que no cumplo con tus estándares de calidad y plazos, deshazte de mí, no protestaré.
―Muy bien Sandra, quedas contratada. Mañana empiezas a las ocho de la mañana, tendremos una reunión para que conozcas a todos tus compañeros y sepas cuáles son tus objetivos dentro del proyecto que tenemos en marcha…Y por cierto, lo que ocurrió entre nosotros espero que quede en eso, entre nosotros. Esta empresa tiene unas políticas muy estrictas de relaciones entre empleados, no las ven con buenos ojos.
—Descuida Álvaro que tú y yo no nos conocemos y no hay nada que contar. Nadie se enterará de lo que ocurrió esa noche en un hotel, y antes de que te lo puedas preguntar, esa vida la abandoné hace muchos meses para dedicarme a mi carrera. Hasta mañana Sr. Benavides.
—Hasta mañana Sandra. —Me despedí algo incomodo.
Esa noche a solas en mi casa, me estuve haciendo a la idea de que esa chica no cumpliría con mis objetivos y sería fácil deshacerme de ella. Lo que en realidad ocurría es que me sentía incómodo teniéndola en el equipo. Estúpidamente, estaba juzgándola sin apenas conocerla y conocer sus límites profesionales, intentando alejarla de mi entorno, por si se le escapaba algún comentario fuera de lugar.
Pero me equivoqué. Todos mis miedos y precauciones fueron fruto de mi imaginación y de prejuzgar a una persona solo por lo que a que se dedicó en un momento de su vida. Sandra fue sin duda una de las mejores adquisiciones para mi equipo. Incansable, trabajadora, cumpliendo objetivos sin problema, aportando ideas increíbles y manejando a su equipo de construcción como una líder innata.
Solo el paso de los meses me confirmó lo errado que estaba. Esa joven me demostró lo que valía, y empecé a confiar en ella. Me había demostrado profesionalmente su valor, como profesional y como persona y empecé a no saber prescindir de ella en los proyectos, algo que sé que agradeció, cuando en una de nuestras reuniones de trabajo, me referí a ella como una de nuestras mejores ingenieras.
Bien, todo marchaba sobre ruedas. De la oficina central solo llegaban comentarios de lo bien que lo estábamos haciendo y de que los inversores estaban contentos con los avances que lográbamos. Eso de alguna manera hizo que me relajase un poco y atendiese más a mi cuidado, olvidado últimamente debido a mis preocupaciones. Volví a retomar mi rutina de ejercicios y mis comidas, últimamente abandonadas debido al trabajo.
Todos los días iba a comer a ese autoservicio, donde la dueña me tenía preparada mi comida, y todos los días comía solo en una mesa cerca de una ventana, viendo pasar a la gente. Me empecé a replantear mi vida. Ya tenía cuarenta y ocho años y no había hecho intento de encauzar mi vida sentimental, debido a las heridas dejadas por mi exmujer y Brigitte. Me negaba a apuntarme a esas aplicaciones para encontrar pareja, que lo único que traían eran dolores de cabeza y sin sabores, así que opté por dedicarme aún más a mi trabajo y mantenerme entretenido.
Los fines de semana eran los peores. Demasiado tiempo libre, una casa enorme y demasiado silenciosa y nadie que llenase de risas ese espacio. Lo que hacía para distraerme, era irme a cualquier centro comercial y perderme con la gente, confundirme con ella para sentirme acompañado.
Uno de los muchos días en los que estaba en uno de esos centros, sentado en una terraza y tomando un café mientras revisaba mi teléfono, unas manitas taparon mis ojos:
—¿A que no sabes quién soy? —Dijo alguien con una voz muy dulce que no reconocía.
—La verdad, ahora mismo no reconozco tu voz…aunque es agradable.
—¡¡Ohhhh!! Que decepción, no te acuerdas de mí.
Cuando terminó de decir esto, quitó sus manitas de los ojos de Álvaro y se puso delante de él. No le costó mucho reconocer a Alba, la amiga de Cristina y se sorprendió de que ella no le hubiese olvidado:
—¡¡Alba, que alegría!! —Exclamé.— Que coincidencia que nos hayamos encontrado.
—Bueno, Santander no es tan grande, y prácticamente todos nos movemos por los mismos sitios, así que es fácil encontrarse alguna vez. Voy a llamar a Cris, se va a poner loca de contenta al saber que te he encontrado.
Alba se alejó un poco de la mesa donde estaba sentado hablando por teléfono mientras me miraba y sonreía. Mentiría si dijese que no la miraba con deseo. Enfundada en unos vaqueros que dejaban adivinar su espléndida figura y un culo de infarto, se movía en pequeños círculos como exhibiéndose para mí. Cuando terminó su llamada vino hacia donde estaba y me lo comentó.
—Cris viene de camino, me ha dicho que ni se te ocurra irte o se enfadará mucho contigo, que está deseando verte.
—No pensaba irme a ningún lado y reconozco que yo también deseo verla.
—¿Sabes? Cris estuvo muy triste desde que te fuiste. Le dolió mucho que te fueras del gimnasio sin ni siquiera despedirte o decirle por que te ibas. Ella te quiere mucho, más de lo que imaginas, sabe que no puede involucrarse emocionalmente contigo, pero no puede evitar amarte. Ese día que pasasteis los dos en Lierganes lo recrea una y otra vez en su cabeza.
—Imagino que te contaría todo ¿no? Por lo menos es lo que me confesó que haría, me dijo que os teníais mucha confianza.
—Si, por supuesto que lo hizo, con pelos y señales, fue bastante excitante, debo reconocerlo, y sentí envidia, porque mi primera vez fue horrible, pero bueno, es lo que elegí.
—Bueno de todo se aprende. Estoy seguro de que con el tiempo habrá mejorado.
—¿Después de escuchar a Cris como la trataste? Te aseguro que no.
Vi como Alba se ponía algo nerviosa. Me miró por interminables minutos, los dos callados, sin decir nada, mirándonos a los ojos hasta que lo dijo algo inquieta:
—La verdad, me gustaría sentir lo mismo, que sintió Cris contigo.
Creo que no hizo falta saber lo que Alba me estaba pidiendo, follar conmigo, sentir lo mismo que sintió su amiga, y no lo voy a negar, era tentador, y mi rabo después de semanas inactivo empezó a llenarse de sangre pensando en Alba desnuda, cabalgando, con mi polla bien clavada en su coñito.
—Mira, por ahí viene Cris. —Dijo Alba, sacándome de mis pensamientos pecaminosos.
No sé. Vi a Cris guapísima, muy cambiada. Venía corriendo con bolsas en sus manos y una sonrisa que iluminaba todo.
Cuando llegó a mi altura dejó caer lo que traía y de un salto, se colgó de mi cuello y sus piernas abrazaron mi cintura. Mis manos sujetaron su culo, mientras su boca buscó la mía y me besó, juntando nuestras lenguas hasta que nos faltó el aire. Ella se separó y me miró con amor.
—Nunca vuelvas a desaparecer así. Casi me vuelvo loca.
—Yo también me alegro mucho de verte, pero…la gente nos está mirando, llevas una minifalda, estas casi enseñando el culo, y encima estas abrazada a un hombre que podría ser tu padre.
—¿Y eso te importa? Que les den.
—Cielo, lo digo por ti. Como me dijiste una vez, en Santander hay mucha gente que te conoce y estamos en un sitio donde estoy seguro de que alguien te puede reconocer.
Cuando terminé de decir esto, ella me besó de nuevo y deshizo ese abrazo. Se volvió hacia su amiga y se saludaron. Nos sentamos los tres, con Cris a mi lado y agarrando mi mano, entrelazando sus dedos con los míos. Cris estaba feliz, radiante, y empezó un día que no sé cómo terminaría.
Primero fue un café, seguido del aperitivo en otro lugar. Y terminamos en un asador comiendo los tres juntos. Me lo estaba pasando en grande con esas dos preciosidades que no paraban de hablar, contándome un montón de anécdotas de su juventud y su amistad.
También fueron muchas las ocasiones en que fueron al servicio juntas y cuando venían, las veía riéndose de manera cómplice y mirándome con picardía, algo tramaban. Creo que casi sabía lo que iba a ocurrir, aunque no tenía muy claro que es lo que iba a pasar con Alba. Cristina se había pasado toda la comida excitándome, acariciando mi muslo hasta rozar mi balano y estaba deseando follarla, volver a tenerla desnuda y correrme en todos sus agujeritos. Pronto saldría de dudas:
—Bueno parejita, —empezó diciendo Alba,— yo he quedado ahora con un amigo, así que os dejo solitos. Álvaro, no nos prives de tu compañía, me ha gustado mucho este encuentro, espero que se repita más a menudo.
—Tomo nota. Lo tendré en cuenta. —Dije con una gran sonrisa.
Alba se despidió de nosotros con un beso y la vimos desaparecer por la puerta. En ese momento Cris se acercó mucho más a mí, colocó el mantel por encima de mis piernas, y dado la mesa que teníamos y que ofrecía algo de privacidad, sobó con descaro mi rabo, que para ese momento estaba más duro que el granito y mi mano se fue entre sus piernas y Cris las abrió ligeramente, invitándome a seguir. Cuando llegue a su braguita, estaba muy húmeda, y su coñito desprendía un calor abrasador. Pude apartar la tela y acariciar su vulva babosita, acaricié su clítoris y ella se estremeció:
—Mi amor, vámonos a otro sitio, quiero que me folles.
—Si, vámonos, no aguanto mucho más.
Estaba excitadísimo, mi polla dolía como hacía tiempo que no lo sentía de lo dura que estaba. Cuando llegamos al coche Cristina me comió la boca y se sentó a horcajadas encima de mí, dejando su coñito en contacto con mi balano, únicamente separado por la tela. Si hubiese sido por mí, la habría follado ahí mismo, pero ella se adelantó:
—Vámonos al apartamento de Alba, tengo sus llaves y esta noche no vendrá a dormir a su casa.
Cuando entramos en ese apartamento, nuestras ropas volaron. Cris me pidió ir al baño antes y al poco me llamaba para ducharnos. Nos recreamos en nuestros cuerpos, sus manos, mis manos, nuestros labios, acariciaron y besaron nuestra piel. Excitados nos fuimos a la cama, devoramos nuestros sexos y Cris se tumbó abriendo sus piernas invitándome a follarla:
—Follame mi amor, necesito sentirte dentro de mí.
—No sé si aguantaré mucho Cris, llevo muchas semanas sin follar.
—Me da igual, solo quiero sentirte.
Fue ella la que agarrando mi balano lo dejó a la entrada de su coñito. Yo solo me deje caer poco a poco, aunque ella elevó sus caderas y se la metió hasta los huevos:
—¡¡AHHHHH!! ¡¡DIOOOS MI AMOR QUE GUSTOOOOH!! ¡¡COMO TE HE ECHADO DE MENOS!! —Gimió Cris.
Cuando Cris alcanzó dos orgasmos y yo me corrí en su útero, y sabiendo que habría más sexo, me levanté aduciendo que iba a por un vaso de agua. Pero lo que hice fui, a mi cartera, saqué un Cialis, y me lo tomé, esa tarde iba a ser muy intensa, aunque no sabía hasta qué punto. Llevé un vaso de agua a Cris, algo que me agradeció, y volvimos a excitarnos.
No sé, llevaríamos hora y media follando, cuando escuchamos que se abria la puerta de entrada y Alba anunciaba su llegada:
—Estoy en casaaaa…
Miré aterrado a Cris, que cabalgaba como una amazona con mi polla bien clavada en su culito. Mi mirada de terror lo único que hizo fue sacarle una sonrisa traviesa:
—Joder Cris, Alba está en su casa y nosotros en su cama follando. ¿Qué hacemos? Dijiste que esta noche no volvería a dormir.
Cris me miró aún más pícaramente arrugando su naricilla mientras se mordía un dedo de manera descuidada y movía sus caderas lascivamente con mi verga clavada en su culo hasta los huevos. Entonces lo entendí:
—Alba no había quedado con nadie ¿verdad? y todo esto lo habéis preparado desde que os habéis encontrado. Sabíais lo que queríais y lo que iba a ocurrir, ¿me equivoco?
―No, no te equivocas. Alba estaba deseando que la follaras desde que le conté como me follaste en el hotel de Lierganes. Me ha confesado que no ha parado de fantasear contigo y masturbarse pensando en ti.
Escuchamos como Alba se metía en el baño, para casi de inmediato, escuchar caer el agua de la ducha. Cris no amainó su baile de caderas, y aunque ella alcanzó un orgasmo, a mí no me dejó que me corriera en sus intestinos. Simplemente sacó mi polla de su interior, y me besó con cariño:
—Mi amor vas a tener algo que todo hombre desearía aunque solo fuese una vez en su vida, a dos preciosas jovencitas deseando que las follen bien folladas. Ahora cuando venga Alba, va a desear que la folles y la llenes de leche, por eso no quiero que te corras todavía.
—Me preocupa algo…— empecé a decir pero Cris se adelantó.
—Ya sé lo que me vas a decir, el tema de las ETS's. De hecho me ha sorprendido el que no me dijeses nada, pero para tu tranquilidad, desde que tú y yo lo hicimos, solo he estado con tres chicos y utilicé protección. Y Alba, a no ser que tenga mucha confianza, no lo hace a pelo. De todas formas hace un par de meses que no ha follado con nadie, solo pensaba en ti. Pero ¿y tú? ¿Qué me dices de ti?
—Desde que dejé el gimnasio hace meses, no he vuelto a estar con ninguna mujer, solo autosatisfacción.
—Verás como no hay ningún problema. Confía en mí. —Dijo Cris besándome.
—Hola chicos, ¿me habéis echado de menos? —Dijo Alba entrando a la habitación solo cubierta con una toalla que no dejaba nada a la imaginación.
Mi polla no había perdido dureza, estaba empalmado, y encima Cris solo hacía que acariciarme. Cuando entró Alba y la vi, mi rabo dio un espasmo, y ella abrió mucho los ojos al ver mis atributos. Se quitó esa toalla quedándose completamente desnuda y mostrándose ante mi sin pudor alguno:
—Cris tenía razón, es impresionante. —Comentó Alba agarrando mi polla y pajeándola con mimo.
—Perdonadme, pero necesito ir al baño. —Dije levantándome de la cama.
—Pobrecito, lo hemos asustado. —Dijo Alba echándose a reír.
—No cielo, pero como espero que me hagas una buena mamada y me comas los huevos, necesito lavarme bien…a no ser que quieras chupar la corrida de tu amiga.
—Bueno, no sería la primera vez. —Dijo Cris con picardía, momento en el que las dos rompieron a reír.
Yo me metí en el baño a lavarme bien ya que había follado el culo de Cris, y aunque lo tenía limpio, para mí en ese aspecto la higiene es fundamental. Cuando entre de nuevo en la habitación las dos estaban tumbadas, cada una con la cabeza apoyada sobre su mano y con unas palmaditas sobre la cama, Alba me indicó que me tumbase en medio de las dos.
Sobre Alba que puedo decir, tenía un cuerpo precioso, muy parecido al de Cris. Sus tetas eran más pequeñas pero muy bonitas, con un pezón generoso y una areola marrón. Su pubis estaba casi depilado, solo una tirita de pelo en forma de flecha indicaba el lugar del placer.
Cuando me tumbé, a Alba le faltó tiempo para darme la espalda, pasar una pierna por encima de mi cabeza y dejarme su coñito y su anito a mi disposición, mientras ella agarraba mi polla y empezaba una increíble mamada.
Aun estando así, no me olvidé de Cris. Ella se puso de rodillas a nuestro lado, acariciando la espalda de su amiga. Una de mis manos se coló entre sus piernas, y me dediqué a darle placer con mis dedos, follándola y acariciando su clítoris, hasta que noté como se corría.
Aunque Alba me estaba haciendo una mamada de impresión, quiso follarme, probar lo que su amiga le había contado. Se puso en cuclillas encima de mi verga y apuntándola a su coñito se dejó caer poco a poco, mientras Cris, me besaba, ponía su coñito encima de mi cara, abriéndose los labios con sus deditos y pidiéndome que la follase con la lengua.
Esa tarde me follé a esas dos ninfas que disfrutaron de mi como yo de ellas. Alba alcanzó un orgasmo salvaje cuando logró meterse toda mi polla en su interior, y yo por mi parte inundé su útero con mis corridas. Lo único que no pude hacer es follarme el culo de Alba. Según ella, nunca lo había hecho por atrás, no le había llamado la atención, pero cuando vio como Cris se corría con mi polla bien clavada en sus intestinos, no le desagradó la idea.
Por supuesto hubo más encuentros, muchos más. Hubo veces que fuimos de nuevo los tres, otras veces Cris y yo solos y otras solo con Alba. Pero no era eso lo que yo quería. Empezaba a encariñarme demasiado con esas dos niñas y lo que yo deseaba era a alguien que estuviese en mi vida, y ellas eran demasiado jóvenes para el tipo de relación que yo ansiaba, y ellas sé que no aguantarían debido a su juventud.
Poco a poco, y muy a mi pesar, fui distanciándome de ellas, hasta que al final, y debido a sus protestas tuve que inventar una mentira para desaparecer de sus vidas. Les conté que había conocido a una mujer maravillosa, y que empezábamos una relación, y que debido a mi forma de pensar no admitía la infidelidad de ninguna de las maneras, ella no se lo merecía.
Cris me confesó que estaba enamorada de mí y que su vida, sin estar conmigo, no la concebía. Me costó separarme de ella pero la hice ver que cuando ella estuviera en el cenit de su vida, yo sería un viejo lastre para ella y terminaríamos de manera dolorosa, sobre todo por mi parte, al saber que no la podía satisfacer. Aun así, nuestros caminos se separaron con promesas de que nos encontraríamos de vez en cuando, algo que no sucedió.
Pero la vida siempre tiene maneras de sorprenderte. Como se suele decir, cuando una puerta se cierra, se suelen abrir otras.
Pensé que después de dejar a mis chicas fuera de mi vida, iba a ser muy doloroso el retomar una rutina, rota por los encuentros con estas niñas. Pero el destino me iba a demostrar lo equivocado que estaba cuando conocí a Beatriz, Bea, como le gusta que la llamen.
Era un día como otro cualquiera, acababa de empezar a comer en el autoservicio de mis amigos, cuando una cálida voz, me sacó de mis pensamientos:
—Perdona, ¿te importaría compartir tu mesa conmigo? Es que no hay sitio.
Me sorprendí ya que estaba decaído, con mi mente en otro lugar. Miré a mi alrededor, y efectivamente no había sitio. La miré a ella y me fijé en su rostro cálido y amigable, no es que me molestase, pero debido a mi soledad tan prolongada, me había acostumbrado a comer solo:
—Por favor, dije levantándome cortésmente invitándola a sentarse.
Ella me lo agradeció con una sonrisa franca y encantadora, y enseguida se presentó:
—Me llamo Beatriz, pero siempre me ha gustado que me llamen Bea.
—Mucho gusto Bea. Mi nombre es Álvaro.
—Pues Álvaro, encantada de conocerte, y de nuevo gracias por compartir tu mesa conmigo.
Ese día hablamos de cosas cotidianas. Del tiempo, del trabajo, de lo cara que estaba la vida… Bea no es que fuera un bellezón, pero tenía una cara muy agradable, simpática, que transmitía paz y tranquilidad. Su voz era muy dulce, y su sonrisa muy franca. Calculé que tendría unos cuarenta o cuarenta y tres años y cuando terminó de comer, se despidió cortésmente de mí, repitiendo su agradecimiento, por haber compartido mi mesa con ella.
Curiosamente, al día siguiente, volvió a ocurrir lo mismo, y al otro, y al otro y al otro también, hasta que se convirtió en algo cotidiano. Bea, según entraba en el autoservicio, me buscaba con la mirada y me sonreía de una manera que me derretía. Luego cuando tomaba su bandeja y se dirigía hacia la mesa que ocupaba, me miraba risueña y según se sentaba me lo decía con cariño:
—Buenos días Álvaro, ¿qué tal estás?
Yo ya no ocultaba que me gustaba su compañía, de hecho, estaba deseando que llegase la hora de comer para poder verla.
Tantos días viéndola, hicieron que me fijase mucho más en ella. Tenía el pelo negro, muy ensortijado, ojos marrón oscuro muy expresivos y risueños, boca de labios finos y con una sonrisa casi permanente. Tenía un cuerpo muy estilizado, de pecho pequeño, vientre plano, cintura estrecha, y caderas muy proporcionadas mostrando un culo perfecto, y unas piernas largas, llenas y torneadas. Para mí el conjunto era un diez y cuando venía con pantalones ajustados, no podía dejar de mirar ese culo perfecto que poseía.
Pero lo que realmente me dejó sorprendido es que en una de nuestras conversaciones, aparte de confesarme que ella también estaba divorciada, me reveló que tenía cincuenta y dos años, edad que no aparentaba ni de lejos. Me explicó que su divorcio no lo esperaba, que simplemente un día, su marido dijo que ya no la quería y que quería conocer a otras mujeres, así de simple terminó con quince años de matrimonio. No le quedó más remedio que aceptar su decisión aunque la hundió en una depresión de la que le costó salir, repartieron los bienes comunes y al no haber hijos de por medio, todo fue mucho más fácil.
Yo a su vez, le conté la infidelidad de Miri y el posterior divorcio, la relación de meses con Brigitte y su engaño con el tipo de la discoteca y como a partir de ahí, me blindé, y no quise tener más relaciones. Ella se mostró muy sorprendida y me lo dijo con sinceridad:
—Álvaro, no todas las mujeres somos así. Hay muchas que respetan a su pareja y no serían capaces de hacerte lo que te hicieron. Tú no puedes cerrar tu corazón, por que un día llegará alguien y te pedirá que lo abras para ella.
—Quizás cuando llegue ese día, ya sea demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde para qué?
—Demasiado tarde para enamorarme de nuevo.
—Álvaro, para eso nunca es tarde.
Las semanas fueron pasando y dejaron paso a los meses. La relación que tenía con Bea se fue estrechando, hasta hacerse doloroso el tener que separarnos cuando terminábamos de comer. Muchas veces comiendo, Bea se sentaba a mi lado, y cuando terminábamos y hacíamos la sobremesa, me agarraba de la mano y entrelazaba sus dedos con los míos, mientras sus ojos se clavaban en mí, y me sonreía con cariño charlando de lo que fuese.
Estúpidamente, ninguno de los dos daba el paso. Sería necio por mi parte el no confesar que me había enamorado de Bea, de su forma de ser, de su manera de pensar, de lo parecidos que éramos en muchas cosas, de su cariño, pero mi miedo seguía allí. Sabía que tenía que lanzarme, desnudar mis sentimientos frente a ella, y esperar que ella sintiese lo mismo. Todo me indicaba que sí, que ella también sentía lo mismo por mí, pero en todos estos meses, no habíamos hecho ningún intento de quedar fuera de ese autoservicio, eso tenía que cambiar.
Pero un día, ese cambio que tenía que ocurrir, se presentó de la manera más inesperada.
Salía de mi empresa y tomé rumbo a Laredo. En una de las rotondas que daban acceso a la autopista, vi un coche parado, con las luces de emergencia encendidas y la baliza de señalización en el techo del vehículo. Estaba con el capó del motor levantado y alguien a quien no distinguí en ese momento, mirando el motor. Pero al pasar por su lado pude ver que era Bea, que me vio y me miró angustiada. Hice la rotonda completamente, y detuve mi vehículo detrás del suyo, lo señalicé yo también y me bajé, dirigiéndome hacia donde estaba ella:
—Álvaro, no te haces una idea de lo contenta y agradecida que estoy por que seas tú quien este aquí conmigo.
—¿Qué ha pasado Bea?
—No lo sé, entraba en la rotonda, el motor ha hecho un ruido raro, se ha parado y ya no ha vuelto a arrancar.
No es que entendiese de motores, pero le di al arranque y aunque era neófito, el sonido de ese motor es como si estuviese "muerto", sin vida.
—¿Qué le ocurre? —Preguntó Bea.
—La verdad no lo sé, pero no suena muy bien. ¿Has llamado a tu seguro para que te envíen una grúa?
—El seguro que tengo no me da derecho a una grúa, la tengo que pagar yo.
—Bueno no te preocupes, eso lo soluciono ahora mismo.
Tomé mi teléfono y marqué el número del jefe de taller donde llevaba a reparar mi vehículo. Después de los años, ya se había creado cierta amistad entre ese hombre y yo, y sabía cómo trabajaban sus operarios. Cuando aceptó mi llamada, hable con él:
—Hola Marco, soy Álvaro Benavides. Mira tengo una urgencia, una buena amiga, muy importante para mí, se ha quedado tirada con su coche justo en la rotonda, antes de tomar la autopista. ¿Me podrías mandar la grúa?
—…/…
—Si, claro que sí, eso sería estupendo. Entonces tardará entre quince o veinte minutos, bien, te envío ubicación de donde estamos a tu móvil, y mañana ya me llamarás para ver lo que le ocurre al coche. Un abrazo. —Dije, terminando la llamada.
Cuando miré a Bea, vi en su expresión angustia y preocupación y eso me sorprendió, pensé que al haber solucionado el tema de la grúa estaría más contenta:
—¿Qué ocurre Bea? La grúa viene de camino.
—No…no es eso, y te lo agradezco de corazón, pero yo no puedo estar sin coche, vivo donde el viento da la vuelta, no sé cómo llegar allí en transporte público, pero lo peor, es como voy a estar mañana en mi puesto de trabajo a las nueve de la mañana sin coche.
—¿Pero dónde vives? —Pregunté con curiosidad, algo de lo que no habíamos hablado. —Yo te puedo llevar.
—En Pámanes, un pueblo cerca de Lierganes. Para mí el coche es fundamental y sé que me puedes llevar y te lo agradezco, pero ¿y al día siguiente? ¿Cómo lo hago?
—Lo entiendo, pero ¿por qué tan lejos? ¿No había algo más cerca y mejor comunicado?
—Álvaro, mi salario es muy limitado. Los alquileres en Santander y alrededores son prohibitivos. Por lo menos en ese pueblo comparto piso con tres mujeres más, y me puedo permitir pagar un lugar donde dormir.
—Lo entiendo. —Dije haciéndome cargo de la situación.
En ese momento, vi como Bea se abrazaba ella misma y temblaba de frio. Sin decirle nada, me quité el chaquetón que llevaba puesto y se lo puse por encima de los hombros, abrazándola contra mí, mientras frotaba su espalda para que entrase en calor.
Ese gesto que hice sin pensar, pensé que sería rechazado por Bea, pero lejos de eso, ella apoyó su cabeza sobre mi hombro y me abrazó por la cintura atrayéndome más hacia ella. Escuché como suspiraba y movía su cabecita sobre mi hombro, buscando más contacto con mi cuello.
—Ummm…que bien se está así. —Ronroneó Bea.
—¿Quieres que nos metamos en mi coche y ponga la calefacción?
—No, quiero quedarme así. Estoy muy a gusto.
—A ver Bea, podemos buscar un hotel o apartamento cerca de Santander, para que te quedes unos días, mientras reparan tu coche, yo te ayudaría económicamente, por eso no hay problema. —Dije algo nervioso por el abrazo de Bea.
—Álvaro, no estoy dispuesta a que gastes un solo euro en mí. No quiero deber nada a nadie.
—Cielo, no seas así, deja que te ayude, deja que haga tu vida más fácil. Te aseguro que no me deberás nada. Solo el mero hecho de verte todos los días a la hora de la comida ya es un regalo, creemé.
Bea solo se abrazó aún más a mí y noté como besaba mi cuello, algo que me puso los pelos como escarpias.
Nos quedamos callados, los dos muy abrazados en esa rotonda, pero alejados de los coches. Mi cabeza no hacía nada más que dar vueltas, intentando encontrar una solución para la persona que más quería en ese momento. Y de repente una idea descabellada se pasó por mi cabeza:
—Bea, se me está ocurriendo algo. Se que te va a parecer una locura, pero bien pensado es lo mejor para ti.
—¿Y qué es?
—Que te vengas a mi casa a vivir de momento, mientras se soluciona el problema de tu coche.
—¡¡¿QUEEE?!!
—Bea, vivo solo en una casa enorme con cuatro habitaciones y tres cuartos de baño. Hay sitio de sobra para los dos y todos los días te puedo llevar al trabajo y al terminar volver a casa los dos juntos. Tú puedes hacer tu vida y yo la mía…no sé… creo que no es mala idea.
—Es una temeridad, una locura enorme, pero ¿estarías dispuesto a hacer eso por mí?
—Bea, por ti estoy dispuesto a hacer muchas cosas. —Confesé casi avergonzado.
Bea me miró a los ojos por interminables minutos, evaluando, creo, mi proposición descabellada, pero noté en su mirada que la idea no le desagradaba, al contrario, le atraía.
—Es una temeridad, prácticamente no nos conocemos…pero es una solución muy factible. Tendría que pasarme por donde vivo para hacer una maleta con ropa, productos de aseo y algo más.
—Eso no es problema. Y por lo de conocernos… Bea, llevamos meses hablando prácticamente todos los días, ya nos hemos contado casi todo de nosotros.
Y así de la manera más inesperada, Bea y yo empezamos a vivir juntos. Ella fue la primera mujer que pisó la casa donde yo vivía en Laredo y se quedó sorprendida de lo grande que era. Le enseñé toda la casa y eligió la habitación que estaba frente a la mía. La dejé que deshiciese su maleta, y escuché como se metía en la ducha. Al poco bajaba con unas mallas ajustadas a su cuerpo y una sudadera, y no lo voy a negar, estaba muy deseable y me gustaba tenerla en casa.
Al día siguiente, cuando salió vestida de su cuarto, me obsequió con una gran sonrisa y un beso en la mejilla de buenos días. Desayunamos juntos y charlamos de nuestro día como si fuésemos un matrimonio o una pareja. Cuando terminamos, nos montamos en mi coche y cuando llegamos a nuestro trabajo se bajó, me dio un casto beso y me lo dijo con cariño.
—Te veo a la hora de comer.
Pero cuando me llamó el jefe de taller donde estaba el coche de Bea, las noticias que me dio fueron desalentadoras. El motor estaba roto, inservible, habría que poner un nuevo motor, y debido a los años del coche, la reparación costaba mucho más que el valor venal del vehículo. No merecía la pena el arreglo. A la hora de la comida, le di las malas noticias a Bea, que angustiada casi se echa a llorar:
—¿Y ahora que hago yo? No me puedo permitir el lujo de arreglar el coche y no dispongo de dinero para comprar otro…Dios, todo me sale mal.
—Bea, no seas derrotista. Me tienes a mí y te aseguro que yo no te voy a dejar tirada. De momento, sigues viviendo en mi casa, te aseguro que encontraremos una solución.
Durante esa primera semana todo fue bien. Nos acostumbramos a nosotros, a convivir juntos, sobre todo yo, que hacía muchos años que no vivía con nadie desde lo de mi exmujer, hacía ya algo más de diez años. Me tuve que acostumbrar a ir a hacer la compra ya que mí, nuestro frigorífico, estaba prácticamente vacío. Bea era buena cocinera y se hizo cargo de mi dieta y empezó a cuidarme. Nos comportábamos como una pareja o un matrimonio, pero no dormíamos juntos ni follábamos, aunque lo deseaba.
El primer mes pasó en un suspiro, y era evidente lo bien que nos llevábamos Bea y yo. Ella aunque de momento no vivía en su lugar habitual, tuvo que pagar su parte de alquiler, algo que a mí me dolió. No quería perderla, no quería que dejase de vivir conmigo, me había enamorado de ella de una forma irracional y entonces se me ocurrió la idea, algo descabellada, pero que bien pensado era bueno para ella…y bueno, para mí también:
—Bea, he estado pensando en algo que creo que te va a venir bien, y a solucionar el tema de tu transporte.
No pude dejar de mirar la cara de tristeza que puso, pensando que ya no íbamos a estar viviendo juntos, sin saber que lo que le iba a proponer, sería todo lo contrario.
—¿Y qué es lo que has pensado? —Preguntó con pesar.
—Verás, ¿por qué pagar un alquiler de un sitio donde ya no vives? Creo que lo mejor, es que te vengas definitivamente a vivir conmigo, y el dinero de ese alquiler, lo ahorres todos los meses para la entrada de un coche.
—Eso estaría muy bien, pero esta casa tendrá unos gastos, yo no quiero ser una carga para ti, y quiero contribuir, además, lograr una entrada para un nuevo coche, me puede llevar meses, por no decir años.
—Bea, esta casa y todos los gastos los paga mi empresa. Hasta los gastos del coche corren, también, a cargo de mi empresa. Mi sueldo es íntegramente para mí, solo tengo que pagar la comida y te aseguro que no eres ninguna carga, al contrario, eres una bendición y por el tiempo, no te preocupes.
— Además, estoy algo asustada, todo esto va muy rápido, solo hace unos meses que nos conocemos y ya estamos viviendo juntos. ¿No crees que es un poco…apresurado?
—¿Te sientes incómoda? ¿Te estoy agobiando?
—No, no,no, no es eso, es…es…es que lo noto tan…tan cotidiano, lo haces parecer tan normal, que parece que llevemos años juntos.
—Bueno Bea, pues dejemos que esto vaya pasando. Y si te sientes incómoda por algo lo hablamos. Lo importante es la confianza y la honestidad, no lo olvides.
—Es imposible no quererte. No me creo lo que estoy viviendo contigo.
Cuando terminó de decir esto, vino hacia mí, me abrazó y besó mi mejilla con cariño. Quería que ella se sintiese bien a mi lado, que supiese que estaba total y profundamente enamorado de ella, y que tenerla a mi lado era lo mejor que me estaba pasando, pero el paso de los días y las semanas me indicaron que había algo más, que Bea, no era del todo sincera conmigo.
Algo pasaba. En ocasiones se abstraía, se quedaba mirando a la nada con una mirada de tristeza que me preocupaba, pensando que era yo y mis ideas descabelladas lo que provocaba esa situación.
Muchas veces le preguntaba si todo iba bien, si había algún problema, si le faltaba algo, y ella siempre me respondía lo mismo:
—Todo es perfecto Álvaro, no te preocupes.
Pero me preocupaba, claro que me preocupaba. El carácter de Bea era la mayoría del tiempo alegre y jovial, y cuando la veía triste y decaída, era como mirar a otra persona. No quería presionarla, y solo la dejaba con sus pensamientos pero siempre cerca de ella, hasta esa tarde de sábado gris y oscura.
Recuerdo que estaba en mi despacho, sentado frente a mi ordenador portátil, terminando un proyecto, cuando Bea entró en silencio, con su esbelta y felina figura acercándose hacia mí, embutida en sus sempiternos leggins, perfilando cada curva de su perfecta anatomía. Cuando llegó a mi altura y sin mediar una sola palabra, me separó ligeramente de la mesa y se sentó a horcajadas sobre mi abrazándome con fuerza, con una fuerza inusitada, rodeándome con sus brazos y casi intentando fundir su cuerpo con el mío. No había nada sexual, no se interpretaba así, solo había calor humano e hice lo propio, la abracé también con fuerza, intentando transmitirle mi cercanía.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. No puedo determinar si fueron diez segundos o diez minutos, pero en ese abrazo, nos transmitimos más sentimiento de lo que con palabras se podría decir, hasta que un ligero sollozo por parte de Bea, rompió el silencio. No le quise decir nada aunque eso me preocupó, hasta que ella deshizo su abrazo y me miró, con esos ojitos inundados:
—No he sido del todo sincera contigo…
—Bueno, bien, ¿hay algo que me quieras contar? —Respondí con miedo.
—Aunque nací en Madrid, cuando me casé con mi exmarido me fui a vivir a Valencia, concretamente a Paiporta.
Cuando Bea nombró ese municipio de Valencia, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, sabiendo la tragedia que ocurrió en octubre del 2024 en el que una DANA letal arrasó, primero con agua y luego con barro muchas poblaciones de Valencia, entre ellas Paiporta, una de las que se llevó la peor parte:
—Esa tarde del veintinueve de octubre, no sabía lo que mi vida iba a cambiar en pocas horas. Perdí mi trabajo, a muchos de mis amigos y compañeros y…y a mi exmarido. Me quedé sola, sola y desolada por una DANA que se llevó mi vida y mis pocas ilusiones…
—Bea… —Musité acariciando su carita.
—Aguanté solo dos días en ese escenario, sabiendo el destino que habían corrido amigos de muchos años. No podía permanecer por más tiempo allí. La pena, el dolor y la devastación me ahogaban, así que, con lo poco que me quedaba, tomé un autobús a Madrid, a casa de mis padres, y a los pocos días, ya con una oferta de trabajo, terminé en Santander… Y a los pocos meses, te conocí.
Bea volvió a abrazarse a mí de nuevo con fuerza y yo volví a abrazarla y a acariciar su espalda:
—Eres lo mejor que me ha pasado en meses, y diría que en años. Me has hecho sentirme viva de nuevo y muy querida por ti y… y no quiero que esto acabe.
—Bea, siempre me tendrás a tu lado. Nunca te dejaré sola.
Como un par de tontos nos insinuábamos nuestro amor pero éramos incapaces de verbalizarlo, de decir en voz alta y a la cara, —te amo.— Bea me sonrió agradecida, acarició mi cara, y con un mejor estado de ánimo me lo dijo:
—Voy a ir preparando la cena, no tardes mucho.
—Descuida, no tardo nada.
Era muy agradable ese sentido de hogar que Bea imprimía en sus acciones. No sé si se daba cuenta que se comportaba como la señora de la casa y desde que ella vivía conmigo, el toque femenino se notaba en las estancias y eso era muy agradable. Ella no quería que esto acabase, pero yo tampoco lo quería, solo deseaba llegar a más, mucho más con ella.
Las noticias habían anunciado mal tiempo. Había temporal, el viento soplaba con fuerza y los truenos sonaban cada vez más cerca, hasta que uno de ellos retumbó por toda la casa, haciendo temblar las paredes. Hasta yo me asusté. Al poco unos nudillos tocaban en mi puerta, sabía que era Bea, quien si no, encendí la lámpara de mi mesilla y la invité a entrar:
—Pasa Bea.
Ella abrió la puerta, asomó su cabecita con cara de asustada y me lo pidió:
—Álvaro, siento molestarte, pero me aterran los truenos…¿Podría dormir contigo?
—Claro, pasa. —Dije abriendo el edredón del otro lado para que se metiese bajo el.
Cuando pasó y vi su camiseta que apenas tapaba su braguita dejando a la vista sus largas y bien formadas piernas, algo en mi empezó a llenarse de sangre y a crecer. Cuando se metió debajo del edredón se mantuvo a cierta distancia, pero otro relámpago seguido de un estruendoso trueno hizo que se pegase a mi:
—¡¡DIOOOOS!! ¡¡QUE SUSTOOO!! —Casi gritó.
Se abrazó con fuerza a mí, y yo la abracé también atrayéndola hacia mí y dejándome sentir su cuerpo. Bea enredó sus piernas con las mías y mi erección ya se hizo muy evidente, sin posibilidad de poder ocultarla.
Se que ella tuvo que notarla, lo mismo que yo sentí en mi muslo el calor abrasador que manaba de su coñito. Varios truenos más hicieron que Bea prácticamente se fundiese conmigo mientras notaba como su cuerpo temblaba. Yo solo me limité a besar su cabecita, y abrazarla fuerte contra mí para que se tranquilizase, algo que conseguí cuando su respiración se ralentizó y se hizo más uniforme.
Me gustaría decir que esa noche follamos como animales y que me corrí en todos y cada uno de sus agujeritos, pero nada de eso ocurrió. Solo dormimos juntos y muy abrazados. Al día siguiente, domingo, cuando nos despertamos y Bea me miró, vi cómo se avergonzaba y se ponía muy colorada:
—Siento como me comporté anoche, pero estaba aterrada.
—No te disculpes, siempre que me lo pidas, estaré para ti.
Bea me miro muy seria, escaneando mi cara, mis ojos, acercándose más a mí hasta casi notar su aliento en mi boca y entonces me lo preguntó:
—Álvaro ¿qué somos tú y yo?
—¿A… a que te refieres? —Pregunté nerviosamente.
—A ver, vivimos juntos, nos demostramos mucho cariño y respeto, esta noche hemos dormido por primera vez uno al lado del otro muy abrazados y no hicimos el amor por lo aterrada que estaba, aunque lo deseo con toda mi alma, por eso te lo pregunto, ¿qué somos?
Bien, ella había dado el primer paso, y sería de cobardes el no desnudar mi corazón y mis sentimientos ante ella. La respetaba y respetaba su duelo por la terrible y dolorosa pérdida que tuvo, pero me estaba demostrando que tenía ganas de seguir adelante y pasar ese duelo con una persona que la quisiera:
—¿Qué somos? Bea, te amo, estoy total y profundamente enamorado de ti, te quiero más que a mi vida y te deseo como no te puedes hacer una idea. Quiero que seamos pareja, marido y mujer, compañeros de viaje y de vida y por nada del mundo quiero perderte ni separarme de tu lado, y si se te ocurre decirme que ya has ahorrado lo suficiente para la entrada de un coche, me inventaré alguna otra cosa para que no te vayas de mi lado.
—Mi amor nunca te abandonaré, siempre estaremos juntos.
Cuando terminó de decir esto último, se tumbó encima de mí, y nos dimos un besazo largo, tierno y lleno de cariño. Fue inevitable que mi erección matutina recobrase vigor al sentir como su pubis estaba encima de mí ya crecida polla solo separado por los escasos milímetros de ropa
Se irguió sobre sus rodillas, una a cada lado de mi cuerpo y se quitó la camiseta dejándome ver sus tetas, pequeñas pero perfectas y apetecibles con una areola marroncita y un pezón duro y erguido. Seguidamente, se levantó, y de manera muy sensual, se quitó su tanga, quedándose completamente desnuda. Me quedé embobado mirando a esa mujer de cincuenta y dos años con un cuerpo perfecto que no tenía que envidiar nada al de una mujer de treinta.
Sin decir nada, solo mirándome con cariño y picardía, tiró de mi incorporándome para seguidamente quitarme la camiseta. Luego me tumbó y agarrándome los laterales de mi ropa interior, tiró de ellos hasta quitármelos, momento en el que abrió mucho los ojos:
—¡Bufff! Me vas a destrozar, esto no me cabe, pero quiero ser tuya totalmente.
—Déjame prepararte bien, verás como vas a disfrutar.
La quité de encima de mí, y la tumbé en la cama, empezando a besarla mientras ella abria sus piernas y mi balano acariciaba su vulva. Llené su cuerpo de besos. Lamí chupé y mordí sus pezones y acaricié y amasé sus tetas. Empezó a gemir escandalosamente cuando mi boca y mis labios se apropiaron de su sexo lampiño, hasta que logré que alcanzara un orgasmo y me diese a probar del néctar que manaba de su coñito.
—Follame Álvaro por Dios, follame, necesito sentirte dentro.
—Espera, que me pongo un preservativo.
—Mi amor, estamos sanos, y yo hace un par de años que dejé de ser fértil, solo te pido que entres con cariño, hace años que nadie entra por ahí.
Entré dentro de ella con mimo y cariño, poco a poco, mientras gemía de placer en mi oído. Sin haber terminado de penetrarla, excitada y lubricando de una manera impresionante, de un golpe de sus caderas se metió toda mi polla en su interior. Dio un grito y noté como se empezaba a correr, mi aguante empezaba a disminuir debido al tiempo que hacía que no follaba con nadie. Bombeé dentro de su coñito como un martillo neumático, mientras ella encadenaba dos orgasmos más, hasta que bufando me abracé a ella y se lo susurré…
—Me corro mi amor…me corrooooo…
Se estremeció, cuando notó como mi polla empezaba a largar trallazos de semen en su útero y le hacía alcanzar otro orgasmo que nos dejó saciados…de momento.
Cuando recuperamos nuestras respiraciones, nos besamos de una manera en la que solo dos personas enamoradas y entregadas lo hacían. Bea me miró con amor y me lo dijo:
—Me enamoré de ti, el primer día que compartiste tu mesa conmigo. Odiaba los fines de semana por que no podía verte, quería todo de ti, pero no sé, te veía reticente y no quise forzar nada.
—Vaya par de tontos, —dije con mi polla aun bien clavada en su interior,— yo deseándote, enamorándome de ti de forma irracional y temiendo que me rechazases.
—Mi amor, ¿acaso las señales que te enviaba, no te decían lo contrario?
―¿Señales? Cielo, a veces los hombres somos tan básicos, que hasta las señales más claras, no las vemos.
Bea me miró con amor, besó mis labios y la punta de mi nariz y me abrazó:
―Anda mi amor, vamos a desayunar, me muero de hambre. ―Dijo Bea.
Me salí de su interior, con mi polla aun dura como el acero. El coñito de Bea era como el de una virgen, me recordó al de Cristina el día que la desvirgué, cálido, apretadito y muy suave. Ella se fue al baño totalmente desnuda, dejándome ver su cuerpo perfecto y ese culo en forma de corazón que no podía dejar de admirar.
Cuando salimos del dormitorio, Bea solo iba con una camiseta tapando su desnudez, aunque dejando al descubierto la parte baja de su perfecto culo. Cuando llegamos a la cocina miré por la ventana, el día seguía gris y estaba lloviendo:
―Hoy es un día perfecto para quedarse en casa y seguir descubriéndonos. ―Dijo Bea con picardía.
Durante el desayuno, Bea no dejó de provocarme. En ningún momento perdí mi erección y Bea no dejó de excitarme, irguiéndose para alcanzar algo de la parte alta de los armarios, o agachándose, dejando su culo a la vista y su vulva brillante de su excitación.
Ella sabía que la estaba mirando, mis ojos no se apartaban de ella y cuando se levantó a dejar algo en el lavavajillas, no dudó en mostrarme ese culo perfecto y su sexo. Mi polla iba a reventar, me levanté, me arrodillé tras ella y separando sus nalgas con mis manos, me lancé a devorar ese manjar:
―¡¡¡DIOOOOOS MI AMOR…QUE GUSTOOOOO…SIGUEEEEE…!!!
Y seguí, no me detuve, lamí y chupé todo lo que Bea me ofrecía. Cuando intuí que iba correrse, la gire, la puse frente a mí, me bajé mi ropa interior y agarrando su perfecto culo hice que sus piernas abrazasen mi cintura, apunté mi polla a la entrada de su coñito y ella solo se dejó caer hasta que solo mis huevos quedaron fuera:
―Asiiii mi amooor…déjame bien abierta para ti…folllameeeeh…
―No pienso dejar de hacerlo…te amo.
Nos besamos con lujuria, juntando nuestras lenguas mientras Bea saltaba con mi ayuda sobre mi polla. Mi dedo índice jugaba con su anito, introduciendo la primera falange, haciendo gemir de placer a Bea, que se abrazaba con fuerza a mi cuello.
Con mi polla bien clavada en el interior de Bea, me dirigí con ella de nuevo al dormitorio. Sin sacarla, me tumbé sobre ella, Bea abrió bien sus piernas y empecé a bombear en su coñito, arrancándola el primer orgasmo.
Me salí de su interior, le di la vuelta y ella intuyó enseguida lo que deseaba, poniéndose en cuatro, hundiendo sus riñones, mostrándome lúbricamente su coñito enrojecido y su anito que boqueaba presa del placer. Se la metí del tirón, empotrándola, mientras mi dedo gordo follaba su anito:
―Dioooos mi amor que gustooooo…no pareeees…maaas…más fuerteeeeh…
La situación era excitante, ver a esa mujer increíble entregada a mí, corriéndose con mi polla bien clavada en su interior, con mi dedo profanando su anito, fue más de lo que podía soportar y terminé corriéndome de nuevo dentro de su coñito, mientras me agarraba de sus caderas para hacer las penetraciones más profundas.
Cuando terminaron los estertores de nuestro orgasmo, Bea se tumbó agotada sobre la cama, con mi balano aun metido en su interior. Llené de besos su cuello y su espalda, mientras me salía despacio de ese coñito acogedor. Me tumbé a su lado y ella inmediatamente se puso encima de mi besándome con amor:
―Dios mi amor, no recuerdo nunca haber sentido esto que estoy sintiendo contigo.
―Mi vida, esto es solo el inicio, quiero ser lo mejor que haya pasado en tu vida.
―Ya lo eres mi amor, te aseguro que ya lo eres.
Esa mañana follamos, ¿o hicimos el amor? Da igual, disfrutamos de nosotros, de nuestros cuerpos y Bea estaba fascinada con mi polla. Antes de la comida terminamos agotados y felices.
Ese domingo como no teníamos ganas de cocinar, pedimos una pizza, y comimos los dos tumbados medio desnudos en el sofá del salón con la televisión puesta, viendo una película de las que ponen después de comer en alguna de las cadenas de televisión. Nos quedamos dormidos muy abrazados, con una mantita ligera cubriendo nuestros cuerpos, mientras afuera, la lluvia no paraba de caer.
A partir de esa noche, mi habitación, mi cama, pasó a ser la de los dos. Durante la siguiente semana nuestra dinámica fue de pareja. Bea, trasladó todo lo que tenía a nuestra habitación, y empezamos una convivencia y una relación que fue evolucionando con los meses y los años.
Poco antes de cumplir los cincuenta años y Bea con cincuenta y cuatro, le pedí matrimonio. Durante todo el tiempo que nos mantuvimos juntos, me demostró el tipo de mujer que era, fiel, leal, cariñosa, comprometida, amorosa, integra…
No pude resistirme a todo eso y le pedí matrimonio, aunque ella sabía por todo lo que había pasado. Pero era tan íntegra, que la única condición que puso para contraer matrimonio conmigo, es que hiciésemos separación de bienes, sabiendo lo que eso significaba para ella en caso de divorcio, que no se llevaría nada, solo lo que poseía cuando nos casáramos, y me dejó claro, que eso era innegociable.
Acepté, por supuesto que lo hice, estaba tan seguro de que Bea sería la mujer con la que envejecería que ni lo dudé, sabiendo que si algo de lo que no quería ni pensar ocurría, no la dejaría desvalida y sin nada…por mucho daño que me hiciese.
La boda se celebró en la más estricta intimidad. Solo los padres de Bea, que me conocieron el día de la boda y mis padres que también conocieron a Bea ese mismo día, junto a algunos amigos y compañeros de trabajo, fueron los invitados a esa ceremonia.
Pasamos un gran día. Bea estaba radiante y guapísima con su traje de boda que le sentaba como un guante y mostraba su espléndida figura. Al día siguiente nos fuimos de viaje de novios a las Maldivas. Fueron quince días de sexo, amor y relajación, y en ese viaje, Bea me hizo uno de los mejores regalos que podía esperar de ella, me dejó desvirgarle ese culito perfecto que poseía y que me tenía loco.
Fueron quince días perfectos que nos unieron aún más. Se podía decir que con Bea, encontré el equilibrio que había perdido hacía mucho tiempo, y me dio la seguridad que añoraba en una compañera de vida.
Pasó el primer año de matrimonio, y para nuestro aniversario le regalé algo que motivó todo lo que estábamos viviendo, un coche. Se emocionó y me llenó de besos aunque me lo dijo con sarcasmo:
—¿Acaso estas insinuando que ya me puedo ir a vivir por mi cuenta? ―Preguntó Bea con una mueca divertida.
― Sabes que no, que este regalo es solo un recordatorio de todo lo que pasó para llegar a donde estamos, y te lo aseguro, no me arrepiento.
—Ya lo se cariño, pero me encanta tomarte el pelo.
Nos besamos, nos montamos en su coche, y nos fuimos a celebrar nuestro primer aniversario de boda.
Pero la vida, el destino, el karma o lo que quiera que mueva este mundo, todavía no había dicho la última palabra y me quiso recordar, de alguna manera mi pasado.
Acabábamos de terminar de cenar. Era un martes como otro cualquiera, estábamos en el salón preparados para ver un nuevo capítulo de la serie que seguíamos en Netflix cuando mi teléfono móvil empezó a vibrar y en la pantalla apareció el nombre de Brigitte.
Lo miré con preocupación, y luego miré a Bea que de seguro se preguntaba, que hacía esa mujer llamando al teléfono de su marido. No quise que fuese una llamada privada, puse el manos libres y contesté a esa llamada.
—Brigitte, buenas noches, que sorpresa.
—Hola Álvaro buenas noches.
—Antes de nada, estoy con el manos libres puesto, y mi esposa está a mi lado.
—¿Te has vuelto a casar?
—Si, hace algo más de un año.
—Pues mi más sincera enhorabuena a los dos, de verdad.
—Gracias Brigitte, pero ¿a qué debo esta llamada?
En esos momentos se hizo un silencio incómodo, pero noté la respiración agitada de Brigitte, para seguidamente escuchar su llanto, algo que me preocupó:
—¿Qué pasa Brigitte? ¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien? —Pregunté asustado.
—Álvaro…Álvaro…Miri ha muerto. ―Respondió Brigitte entre sollozos.
—¿Co…cómo? Eso…eso es imposible. ¿Qué…que ha ocurrido? ¿Estaba enferma?
—No Álvaro, no estaba enferma, simplemente no quiso seguir viviendo. Desde vuestro divorcio, no pudo pasar página, no quiso seguir adelante y todos los días se culpaba y se maldecía por el daño que te había causado. Esta mañana simplemente su corazón se negó a seguir latiendo.
―¡¡Joder!! ―Exclamé impresionado, sin creérmelo aún.
―Te llamo, porque no se si querrás asistir al velatorio o al entierro. Mañana estará en el tanatorio y el jueves es su entierro.
—Bueno, ahora mismo no te puedo decir nada, estoy muy impresionado y mi cabeza se niega a pensar, pero lo que decida te lo haré saber. Gracias por llamar Brigitte.
Y terminé la llamada casi sin dejar que ella se despidiera. Estaba impactado, sin creerme que Miri hubiese fallecido. De acuerdo que hacía muchos, muchos años que no sabía nada de ella, ni de Brigitte ni de nadie, incluso de mis mejores amigos, casi olvidados por el tiempo y la distancia.
—Tienes que ir Álvaro, Miri fue tu compañera durante veinte años y se merece ese último adiós…aunque hiciese lo que hizo.
—Voy a volver a reencontrarme con mi exsuegra, con su familia, con sus amigos, todos mirándome con rencor, por no haberla perdonado y haber seguido con ella…no sé…no sé si podré soportarlo.
—Cariño, podrás soportarlo porque estaré a tu lado, pienso ir contigo y no dejarte solo ni un minuto.
Miré a Bea con amor y ella me abrazó con cariño. Yo le devolví ese abrazo y se lo dije de corazón:
—Gracias mi amor. Muchas gracias.
Al día siguiente a medio día y con la reserva de hotel confirmada para esa misma noche iniciamos la marcha hacia Madrid. Durante el viaje no hablé mucho, preparándome, creo, para lo que se avecinaba. Fueron muchos los recuerdos que acudieron a mi cabeza, muchos momentos vividos, pero solo fue uno el que se repetía en bucle en mi cabeza y ese no era otro que esa fatídica noche cuando mi mujer, salió por la puerta dispuesta a follar con otro hombre y a terminar con nuestro matrimonio.
Bea entendió y respetó mi silencio. Parecía que entendía, o escuchaba mis pensamientos, esa etapa de mi vida que aunque intentaba olvidar, seguía muy anclada en mi memoria. Bea solo se limitó a darme cariño, y transmitirme su amor, apoyando su mano en mi muslo y acariciándome, o agarrando mi mano, cuando la dejaba sobre la palanca de cambios, gestos que le agradecía con una gran sonrisa y besando su mano.
Durante el camino hacia Madrid, llamé a Brigitte y le dije que ese mismo día, por la tarde iríamos al velatorio y posteriormente al entierro. Me informó que el cortejo fúnebre partiría del tanatorio sobre las doce del mediodía del jueves y quedamos en vernos en el lugar antes de ir al entierro.
No voy a mentir, tomado de la mano junto a Bea, llegamos al tanatorio. Brigitte, me había enviado un mensaje por la mañana informándome de la sala en la que se encontraba el velatorio de Miri. Cuando entré la primera persona que cruzó su mirada conmigo fue su madre, que con lágrimas en los ojos vino a saludarme:
—Álvaro, hijo, gracias por venir.
—Carmen, te acompaño en el sentimiento. Mira, te presento a mi esposa Beatriz.
—Mucho gusto querida. —Dijo estrechando su mano fríamente, casi sin mirarla.
—Lo mismo digo señora. Le acompaño en el sentimiento.
Carmen ni agradeció el gesto de Bea y estuvo conversando conmigo de cosas banales, ignorando a mi esposa, hasta que familiares de Miri, que no veía hacía muchos años, vinieron a saludarme. Pensando que tendría un recibimiento frio y arisco, fue todo lo contrario, cálido y entrañable.
Al poco llegó Brigitte y según me vio vino hacía mí, me dio un gran abrazo y un beso en mi mejilla que se alargó más de la cuenta, haciéndome sentir incómodo ya que Bea estaba a mi lado. Confieso que Brigitte estaba muy cambiada físicamente. Echando cuentas tendría ya un año menos que Miri, osea cuarenta y seis años. Había engordado, y su cara ya tenía unas cuantas arrugas. No es que estuviese fea, solo que esa belleza que conocí había desaparecido.
Cuando terminó el abrazo, me sonrió y seguidamente miró, a Bea:
—Tú debes de ser la mujer de Álvaro, ¿verdad?
—Si, soy Bea.
—Encantada de conocerte, eres una preciosidad, yo soy…
—Brigitte, —dijo mi mujer,— Álvaro me ha hablado mucho de ti.
—Me imagino que no te habrá contado nada bueno, después de lo que ocurrió.
—Te equivocas, me ha contado tanto lo bueno, como lo malo.
—Bueno, —dijo Brigitte algo incómoda,— voy a saludar a más gente, ahora os veo.
En ese momento nos quedamos solos, y me acerqué a la sala donde tenían a Miri de cuerpo presente, pero no estaba preparado para ver lo que vi.
Cuando me acerqué al gran ventanal redondo que me separaba del ataúd, no reconocí a mi exmujer e inspiré impresionado. Dentro del féretro, había una persona extremadamente delgada, con el pelo totalmente blanco, la cara sembrada de arrugas y gesto de sufrimiento. Había algún rasgo que me hacía recordarla, pero esa mujer parecía una anciana de ochenta años, no una mujer de cuarenta y siete, no la Miri con la que hablé por última vez en el bufete de mi abogado:
—No parece ella, ¿verdad? —Dijo Brigitte a mi espalda.
—Por Dios, pero que…que le ha pasado, esta irreconocible. —Dije angustiado.
—Lo que ves, es el resultado de una década de culpa y sufrimiento. Miri nunca se perdonó lo que le hizo a su matrimonio, a ella misma y a ti. Nunca consiguió perdonarse y seguir adelante, solo se culpó una y otra vez, hasta que se consumió en su propia tristeza…Y por cierto, a su madre no le ha gustado nada que te presentes aquí con tu nueva esposa, dice que es una falta de respeto.
—Que diga lo que quiera, aunque resulte irónico, que precisamente ella hable de falta de respeto, sabiendo lo que hizo su hija.
―Bueno, no se lo tomes en cuenta, solo es una anciana que chochea.
―Podrá chochear, pero te aseguro que sabe lo que dice, y no ha dicho su última palabra.
En ese mismo momento, entraron los empleados de la funeraria para poner la tapa del ataúd y llevar el féretro al coche funerario para iniciar la marcha hacia el cementerio.
No os voy a mentir, me empezaba a arrepentir de haber venido a Madrid al entierro de mi exmujer. Aunque seguía en mi memoria su traición, ya había pasado página hacia años, y ahora Bea ocupaba mi cabeza y mi corazón, y para mí eso era lo importante, pero seguía molestándome soberanamente la soberbia y la vehemencia de mi exsuegra.
El entierro discurrió como debía. Llegó el féretro y entre un respetuoso silencio lo depositaron en la tumba y luego pusieron una lápida encima. Se ofreció un responso y todo terminó, aunque no para Carmen mi exsuegra.
Cuando nos estábamos despidiendo de todos, y ya casi no quedaba nadie, le faltó tiempo para venir a mí con esa mirada envenenada y petulante y alargando la mano, darme un sobre:
―Hace unos meses, mi hija me dio este sobre y me pidió hacértelo llegar si ella faltaba. No sé por qué perdió el tiempo en escribir lo que quiera que ponga en esa carta, para alguien que no se lo merecía.
No quise responder a su provocación, así que guardé el sobre en el bolsillo de mi chaqueta, y la miré indiferente, esbozando una leve sonrisa, algo que a esa mujer despreciable no le gustó y con su siguiente comentario aumentó aún más la provocación:
—¿Es que ni siquiera vas a abrirla para ver lo que pone?
—¿Delante de usted? Va a ser que no, esto es algo entre mi exmujer y yo.
—¿Sabes? Si hubieses sido más hombre, un hombre como Dios manda, mi hija aun seguiría viva. Y a su entierro no te habrías presentado con…con esta. —Dijo despectivamente mirando a Bea.
—¡¡PERDÓN!! —Casi grité.— ¡¡ME ESTA CULPANDO DE LA MUERTE DE SU HIJA!!
—Por supuesto que sí, si hubieses sido más hombre habrías dejado embarazada a mi hija y eso os habría unido para siempre. Si hubieses sido más hombre, no habrías dejado que mi hija se fuese con otro y seguiría viva. Seguro que ella buscó, lo que tú no le dabas.
Por un momento se me nubló la vista y quise agarrar del cuello a esa estúpida mujer y asfixiarla hasta que se le saliesen los ojos de sus orbitas. Pero la mano de Bea apretando con fuerza la mía me llevó a donde estábamos en ese momento. Esa hija de puta me quiso hacer perder los papeles pero gracias a mi mujer no lo consiguió:
—Sabes Carmen, quizás tengas razón, pero eso no quita que haya una verdad inalienable.
—¿Y qué verdad es esa?
—Que tu hija fue una puta que no dudó en tirar a la basura su vida y su matrimonio, por irse a follar con otro, y que ahora está donde quizás necesitaba estar, lejos de ti. Y si, como dices, hubiese sido el hombre que según tú debía haber sido, tu hija, seguramente, no habría dudado en denunciarme por maltrato psicológico, incluso físico y seguramente me habría costado un disgusto o la cárcel, y tu hija, ya no merecía ni mi esfuerzo ni mi tiempo, y usted, dentro de poco, seguirá su misma suerte, vieja amargada.
Sé que le escupí mis palabras y sé que le hicieron daño, pero me dio igual. Bea tiró de mi para alejarnos, y dejé a esa mujer llorando junto a Brigitte. Se que nunca le gusté como yerno, que pensaba que su hija merecía algo mejor en su vida, pero hasta que ocurrió ese desagradable incidente, nuestra vida, nuestro matrimonio, fue muy bueno.
Esa misma tarde volvimos a Santander. Antes de irnos Brigitte me llamó para ver si nos podíamos ver, pero ella y yo solos, sin Bea. Le dije que donde yo iba, Bea iría conmigo, era mi esposa y no iba a andar con secretitos. Esa misma tarde ya de camino Bea, que había permanecido muy callada me lo dijo:
—Ha sido peor de lo que pensaba, y me alegro enormemente de haberte acompañado. Menudo par de arpías, esa Carmen y Brigitte.
—Pero ya ha terminado…para siempre.
—¿Has leído la carta?
—No, ni pienso hacerlo. Ya no quiero saber nada de lo que fue mi matrimonio con esa mujer.
En el primer sitio que paramos a tomar algo y estirar las piernas, delante de Bea, rompí la carta en mil pedazos y la tiré a la basura. No sentí ni el más mínimo arrepentimiento de haber hecho eso. Ahora mi vida, mi futuro, era Bea, y no iba a dejar que nada lo empañase.
A los pocos meses de haber regresado de ese entierro, mi empresa me ofreció un nuevo proyecto, pero esta vez en el sur, en Cádiz. Sería empezar de nuevo, con un equipo nuevo y nuevas metas. Bea me dijo que no habría problema, que me seguiría allá donde mi trabajo me reclamase, que ella trabajaría remotamente si se lo permitían, pero que su lugar era estar siempre a mi lado. Amo a esta mujer, y amo la vida que estoy construyendo con ella. Me está dando un amor y una felicidad que pensé que no volvería a experimentar.
Para los que se pregunten que fue de la vida de las personas que más estuvieron a mi lado en los años que permanecí en Santander, Sandra se consolidó como una excepcional e imprescindible ingeniera de estructuras. Aunque la empresa no veía con buenos ojos la relación entre empleados, conoció a un becario e iniciaron una relación, aunque al principio fue un poco tormentosa al confesarle su pasado.
Cristina y Alba siguieron con su vida, divirtiéndose y estudiando. El día que llamé para despedirme, Alba me deseo lo mejor y me dijo que sería difícil olvidarme aunque hiciese tiempo que no nos veíamos. Cristina se echó a llorar y la pobre mía me juró amor eterno, aunque sabía que sería algo imposible. Le dije que nunca la olvidaría y le deseé lo mejor.
El gimnasio donde entrenaba para recuperarme, y donde más citas tuve para follar con mujeres, terminó cerrando debido a un escándalo y una denuncia de un marido humillado repetidamente por su ya exmujer. Almudena enfrentó cargos por prostitución y blanqueo de dinero y su reputación cayó en picado.
Mis amigos del autoservicio sintieron mi partida. La mujer, que siempre había cuidado de mí, nos deseó felicidad y lo mejor a Bea y a mí y me hicieron prometer, que en alguna ocasión nos pasaríamos a verlos.
Al mes, quizás algo más, ya estábamos instalados en Cádiz, en un estupendo ático con vistas a la playa de La Victoria. Rápidamente nos acostumbramos al nuevo entorno. Bea empezó a teletrabajar desde una habitación que adaptamos como despacho para lo que necesitaba.
Yo por mi parte conocí a mi nuevo equipo. Tuvimos varias reuniones para tener un enfoque práctico del proyecto. A su vez me reuní con varios inversores para conocer sus dudas y los tiempos de finalización de los nuevos proyectos.
Aclimaté mi trabajo, para estar junto a Bea el mayor tiempo posible. No quería que estuviese sola muchas horas. Si yo la había arrastrado hasta aquí, no quería que se sintiese sola y abandonada.
En estos momentos, creo que nos encontramos en la mejor etapa de nuestro matrimonio. Son muchos los días que me quedo en casa con Bea, para trabajar y llevar a cabo los proyectos asignados, y ella sabiendo lo que me gusta siempre se viste de manera provocativa, incitándome, haciendo que mis erecciones duelan, para que cuando no aguante más, llevarla a la cama y empotrarla salvajemente hasta que quedamos saciados.
Creo que ya lo he dicho. Amo a esta mujer y lo que me hace sentir. Ella me ha dicho que siente lo que ocurrió en mi pasado, pero que gracias a eso, me ha llevado hasta ella y en estos momentos estamos en una época dorada, y espero que siga así.
FIN
©Fernando, 2026.
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