El inicio de una pareja 7
Ana nunca imaginó que su marido la miraría así. Pero cuando Eduardo cruza la puerta, la noche se vuelve una prueba de fuego que ninguno quiere terminar.
La noche con Eduardo se convirtió en una maratón de deseo que ninguno quería terminar. Ana, por lo regular una mujer de un solo orgasmo —intenso, profundo, que la dejaba temblando y satisfecha—, era generosa en la cama: no paraba si sabía que su amante la estaba disfrutando al máximo. Y esa noche, con Ricardo mirándola, se multiplicaba su excitación. Le encantaba sentirse observada por su marido, saber que cada gemido, cada movimiento de caderas, avivaba el fetiche cuckold de él. Así que, después del primer clímax en el sofá —con Ana aún contrayéndose alrededor de Eduardo y su semen caliente dentro de ella—, no hubo pausa larga. Solo besos suaves, caricias perezosas y comentarios roncos que mantenían el fuego encendido.
Ricardo, excitado hasta el límite por la escena, se levantó en un momento: "Voy por agua, amor... están deshidratados". Ana, tumbada entre los brazos de Eduardo, sonrió pícara. Cuando Ricardo volvió a la cocina, ella lo siguió sigilosa, aún con el sostén colgando y la piel brillando de sudor. Lo besó con urgencia, presionando su cuerpo contra el de él. "Sirve tú", murmuró, tomando el vaso de agua fría que él llenaba. Dio un sorbo largo, enjuagando su boca con el líquido helado, y luego se arrodilló frente a él. Le quitó el pantalón de un tirón, liberando su erección dura. "Ahora sí", dijo con voz juguetona, y se la metió en la boca.
El contraste fue impresionante: la boca de Ana, fresca y fría por el agua, envolviendo el pito caliente y palpitante de Ricardo. Él gruñó de placer, agarrándole el cabello ondulado: "Joder, Ana... qué sensación". Ella chupaba profundo, lengua girando, el frío inicial dando paso a calor húmedo mientras alternaba sorbos de agua para renovar el contraste. Ricardo pensó: *Mi hotwife, aún llena de otro, chupándome como una diosa*. Eso inició el segundo asalto: Ana se levantó, lo besó compartiendo el frescor, y lo tomó de la mano hacia la sala.
Eduardo los esperaba en el sofá grande, desnudo y semierecto, admirando el cuerpo de Ana. Ella se acercó, aún chupando a Ricardo de pie, pero levantó sus caderas hacia Eduardo, arqueando la espalda para ofrecerse. "Ven, no te quedes ahí", lo incitó con una mirada lujuriosa. Eduardo, como todo amante nuevo descubriendo el cuerpo y el olor de una mujer ajena —ese aroma mezclado de sexo, sudor y su esencia morena clara—, respondió de inmediato. Su erección creció rápido. De forma inocente pero cachonda, miró a Ricardo a los ojos: "Hermano... ¿me das permiso para entrar en tu esposa otra vez?". Ricardo, con Ana chupándolo profundo, asintió excitado: "Tómala, Eduardo. Hazla gemir para mí".
Eduardo se posicionó detrás, penetrándola de un solo empujón lento. Ana jadeó alrededor de la verga de Ricardo: "¡Sí... los dos!". Empezaron en esa postura: Ana de rodillas, oral a su marido mientras Eduardo la follaba desde atrás, manos grandes en sus caderas curvilíneas. Los sonidos eran deliciosos —*chap chap* húmedo por lo mojada que estaba, aún lubricada por el semen anterior—. "Qué rico coño tienes, Ana... apretado y caliente", gruñó Eduardo. Ella pensó: *Me sienten los dos... qué lleno me siento*. Ricardo: "Mírala, hermano, cómo te recibe".
Cambios de posiciones alargaron la sesión: pasaron a la cama king size. Primero, Ana cabalgando a Eduardo, senos pequeños rebotando, mientras chupaba a Ricardo arrodillado frente a ella. "Me encanta verte así, amor... ensartada en su verga grande", decía Ricardo. Ana aceleraba: "Me llena tanto... mírame venirme de nuevo". Tuvo un segundo orgasmo, más suave pero prolongado, contrayéndose y gritando.
Luego, misionero con Eduardo: él encima, embistiendo profundo y lento, besándola mientras Ricardo acariciaba sus senos y comentaba: "Dile cómo te sientes, Ana". "Me estás cogiendo tan bien... más fuerte", respondía ella, piernas enlazadas en su cintura alta. Eduardo: "Tu mujer es adictiva, Ricardo... no quiero parar".
En cuatro: Ana arqueada, Eduardo desde atrás golpeando fondo, Ricardo debajo para que ella lo chupara. "Qué culo más rico... míralo rebotar", decía Eduardo. Ana levantaba la vista a Ricardo: "Me gusta que me veas puta para él". Sonidos de piel contra piel, jadeos sincronizados.
Una variante juguetona: Ana sentada en la cara de Ricardo, él lamiéndola mientras Eduardo la penetraba de pie. "Saborea cómo me dejó, amor", provocaba ella. Ricardo gemía: "Estás deliciosa... llena de él".
La sesión se extendió hasta la madrugada, rondas intercaladas con besos, vinos y risas. Ana, generosa, no paró aunque su cuerpo temblara de sensibilidad post-orgasmos. "Sigan disfrutándome... me encanta", decía. Finalmente, cerca de las 4 am, exhaustos y sudorosos, Eduardo se vistió. Besó a Ana profundo: "Por hoy es suficiente, los dejo descansar... pero espero poderlos ver más seguido. Esto fue increíble". Miró a Ricardo: "Gracias, hermano. Tu esposa es una maravilla". Ana, acurrucada en Ricardo: "Vuelve cuando quieras". Él salió con una sonrisa, dejando la puerta abierta.
Durante el mes siguiente, los mensajes de Whats entre Ricardo y Eduardo fueron constantes y calientes. Eduardo: "No paro de pensar en Ana... cómo gemía, cómo apretaba. Qué noche, hermano". Ricardo respondía con fotos sutiles de Ana (con permiso): "Ella también te recuerda. Dice que te sintió tan profundo". Eduardo: "Dile que quiero repetir, lamerla toda otra vez".
En casa, después de clases —Ana llegando de la universidad, Ricardo esperándola—, las conversaciones eran puro fuego. Ana le detallaba a Ricardo: "Me encantó cómo me tomó, amor... sus ojos miel mirándome mientras entraba, su olor diferente. Me hizo sentir deseada como nunca". Ricardo, excitado: "¿Y cuando te vine dentro? ¿Lo sentiste caliente?". Ella: "Sí... y saber que tú mirabas me puso más húmeda". Esos relatos generaban motivación brutal: parecían conejos, cogiendo diario, a veces dos veces. Ricardo la reclamaba intenso, Ana susurrando detalles de Eduardo para avivarlo. "La próxima vez, lo invitamos de nuevo", prometían, y su intimidad se volvió insaciable, salpicada de esa nueva complicidad con su amigo pícaro. La aventura con Eduardo acababa de empezar.
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