La vecina del quinto (Cap. 4)
Elena siempre fue la más reservada del grupo, pero el acoso de un vecino viudo ha despertado en ella un deseo que no podía controlar. Ahora, su marido no solo lo sabe, sino que lo vive con una pasión renovada. ¿Hasta dónde están dispuestas a llegar para mantener el fuego encendido?
NOTA DEL AUTOR:
Este es otro relato de cornudos consentidos.
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CAPÍTULO 4
MARÍA
Me llamo María, tengo 33 años y soy una de las mejores amigas de Elena. Desde que nos conocimos en el gimnasio hace cinco años, salimos casi cada fin de semana y nos lo pasamos en grande tomando chupitos y largando moscones.
Somos un grupo unido: Elena, Sofía y yo, todas casadas, todas con vidas estables pero con ese picor secreto y con el deseo de vivir una experiencia emocionante. Mi marido es un tipo decente, de vez en cuando me folla, pero nada espectacular, su polla entra en mi coño eyaculando rápido y logra que me corra. Al final, tengo que fingir mis orgasmos para que no se deprima más de lo que ya está.
Cuando las chicas salimos de fiesta, Elena es la más recatada de las tres aunque eso no impide que con su voluptuoso cuerpo de diosa del Olimpo haga babear a los hombres. Esas tetas enormes que rebotan alegrando la vista de jóvenes y mayores y ese culo redondo que se contonea al andar es la envidia de todas las chicas de la discoteca y la fantasía de los hombres. Sofía es la salvaje del grupo, cada día nos cuenta alguna aventura loca, aunque todas sabemos que exagera un poco.
Por eso, cuando Elena nos citó para cenar esta noche en nuestro restaurante favorito, una pizzería coqueta en el centro de Barcelona, supe que algo pasaba. Llegué primero, pidiendo un vino tinto para calentar el ambiente y dejé mi mente vagando entre mis propias fantasías: un bombero dominante, follándome contra una pared con su polla más larga que la manguera del camión.
Sofía llegó poco después, con su escote pronunciado mostrando sus tetas operadas y riendo como siempre.
—María, ¿qué cara es esa? ¿Tu marido te dejó insatisfecha anoche? —bromeó y, sentándose, pidió un cóctel.
Reí, pero mi coño dio un leve pálpito recordando la noche anterior, cuando me masturbé imaginando a mi bombero favorito lamiéndome el clítoris hasta squirtear.
—Calla zorra y espera a Elena, parece que tiene algo gordo que contar.
Elena llegó diez minutos tarde con su rostro sonrojado y un vestido ajustado que marcaba cada una de sus curva. Se acercaba elegante con sus tetas grandes aprisionadas contra la tela y su culo contoneándose al caminar. Se sentó, pidiendo un vino blanco con manos temblorosas.
—Chicas, gracias por venir. Necesito desahogarme.
Sofía alzó una ceja, inclinándose.
—Suéltalo, Elena. ¿Pablo te folló mal otra vez? Búscate un amante que dé la talla.
Elena se sonrojó más y tomando un sorbo grande dijo:
—No es eso... o sí, un poco. Es el vecino del segundo, Carlos, el viudo. Me... me acosa en las escaleras cuando bajo a la piscina.
Mi corazón dio un vuelco. Carlos, el viejo del segundo, con esa presencia imponente, la barba gris y sus penetrantes ojos azules que parecen devorarte. Lo he visto en el edificio, y secretamente, me excita imaginarlo vestido de bombero y follándome con su gran polla embistiendo mi coño hasta llenarme de semen.
—¡¿Qué?! ¿El viejo chocho? Cuéntanoslo todo, Elena. ¿Qué te dice?
Elena miró alrededor, bajando la voz, pero sus ojos brillaban con algo que no era solo enfado.
—Empezó hace unas semanas. Desde entonces cada día me bloquea el paso en los rellanos y me dice cosas... guarras. Me dice que mis tetas son una obra de arte, que quiere chuparlas y morder mis pezones hasta que gima; que mi coño se marca bajo el bikini; que quiere meterme la polla hasta el fondo; me llama diosa reprimida y asegura que Pablo no me folla como merezco y que no me llena.
—Me roza "accidentalmente", y siento su erección dura contra mí. Chicas, tiene un pollón enorme y duro. Me avergüenza, me enfurece, me falta el respeto... pero... pero... me pone muy cerda y me mojo. No sé porque, pero mis pezones se endurecen y cuando llego a la piscina mi coño está chorreando.
—Lo rechazo una y otra vez; le digo que soy una esposa fiel, que Pablo me ama, pero... joder, insiste y insiste. Cada día tengo que masturbarme pensando en él.
Sofía soltó una carcajada.
—¡Eres una zorra! Elena, mira la santa, ahora resulta que se excita con las obscenidades que le dice un viejo. Así que su polla es grande, ¿no? ¡Ja, ja, ja…! Ya os veo en un rincón, bajo las escaleras, follando furtivamente con su verga venosa penetrando tu coño mientras Pablo trabaja en la oficina.
—¿Se lo has contado a Pablo? — pregunté después de la hilarante risa de Sofía.
Elena asintió, sus mejillas estaban rojas como tomates.
—Sí, se lo conté todo. Al principio se enfadó y quiso confrontarlo, pero luego... ¡se excitó! Me pidió detalles y me frotaba el coño mientras se lo contaba. Esa noche me folló, mordiendo mis pezones, embistiendo duro y casi consiguió que me corriera. Dijo que estaba furioso, pero que le ponía cachondo imaginarme acorralada y mojada por las palabras del viejo. Ahora, cada noche me pide que le explique cómo me ha acosado y las guarrerías que me ha dicho.
—Entonces me folla como antes, como cuando éramos novios y follábamos con pasión.
Miré a Elena confusa, porque su relato me había puesto cachonda y mi coño se humedeció imaginándome con la polla de Carlos dentro del coño, follándome violentamente.
—Elena, eso es muy fuerte. El viejo te desea como un animal y tu cornudo se pone cachondo con ello. ¿Por qué no juegas un poco? Rózalo tú, déjalo que te diga más guarradas hasta que te folle como una perra — dijo Sofia entre carcajadas.
Elena se mordió el labio y con sus tetas subiendo y bajando al ritmo de su agitada respiración, añadió:
—Exactamente eso es lo que me propuso Pablo anoche. Bueno, no me propuso que me dejara follar, sólo que lo provocara y lo dejara con el calentón. Que lo dejara cachondo perdido y volviera con él para follar. "¡Que se joda el viejo!", dijo.
Sofía rio, pidiendo otra ronda.
—Hazlo, Elena. Juega con el viejo. Deja que te roce las tetas, que sienta tu coño mojado a través del bikini. Imagina su polla dura, palpitando por ti y luego vuelves con Pablo y te lo follas contándoselo. Es una venganza muy morbosa.
Asentí con mi mano bajo la mesa rozando mi propio coño discretamente.
—Sofía tiene razón. — añadí, —Elena, eres una diosa; usa eso. Mañana en las escaleras, deja que se acerque, gime un poco y cuando te diga que quiere follarte le tocas la polla "accidentalmente". ¡Ja, ja, ja! — reí sin contenerme.
Elena suspiró bajito con sus ojos vidriosos y la mirada brillante.
—¡Dios!, chicas... sois unas zorras… me mojo sólo pensarlo. Pablo estará excitado cuando se lo diga. Bien, lo haré. Solo para calentarlo, nada más. Que se joda el viejo pervertido.
Aunque cuando Elena se fue al baño Sofia dijo:
—Esta va a caer, jugar a eso sólo tiene un final. El viejo del segundo se la va a follar sin remedio — y estalló en una sonora carcajada.
La cena continuó con risas y más vino, pero mi mente vagaba distraída: quizás debería visitar a Carlos, llamar a su puerta y dejar que me folle como a una puta.
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