Xtories

La Esposa Correcta — Capítulo 9

Nunca imaginó que la traición más profunda comenzaría con una mirada. Clara ha pasado la vida siendo la esposa correcta, pero ahora la calma la asusta más que el deseo.

Bruno del Valle2.8K vistas7.8· 10 votos

Clara

Nunca me había detenido a pensar en mí misma de esta manera. No como esposa, ni como madre, ni como la mujer eficiente que ordena papeles y horarios en un instituto. Esta vez me miraba sin esos nombres, sin esa protección. Y lo que encontraba no era un impulso ni una falta, sino algo más difícil de aceptar: la calma que llega cuando una deja de resistirse a lo que la perturba.

He vivido muchos años convencida de estar bien colocada en mi sitio. He cumplido. He cuidado. He sostenido. No como un sacrificio, sino como una forma natural de ser. Me educaron para ello. En el orden, en la contención, en la idea de que el deseo se gobierna, no se explora.

Fui a un colegio de monjas desde niña. Aprendí pronto a distinguir lo correcto de lo inconveniente, lo que se piensa de lo que se dice, lo que se siente de lo que se hace. La fe no fue nunca un peso, sino una estructura. Algo que daba sentido y marcaba límites claros.

Solo tuve un novio antes de mi marido. Poco tiempo. Lo justo para saber que aquello no era lo que buscaba. Luego llegó él. Todo fue sencillo. Natural. Correcto. Me gustó esa tranquilidad. Me casé convencida de que así debía ser una vida bien hecha.

Y lo ha sido.

Por eso esta duda me inquieta tanto.

No es solo el deseo lo que me descoloca, sino la pregunta que lo acompaña: qué pasará con todo lo demás si dejo de resistirme. Qué pasará con mi matrimonio, con la imagen que tengo de mí misma, con esa mujer educada para creer que el morbo es una desviación y no una posibilidad.

No me siento infeliz con mi marido. Nunca lo he sido. Nuestra intimidad ha sido siempre conocida, previsible, honesta. La única que he conocido. Y quizá por eso ahora todo esto me resulta tan desmedido: porque no tengo con qué compararlo, porque no hay experiencia previa que me sirva de refugio.

Hay días en los que me digo que esto no va a ninguna parte. Que basta con apartar la mirada, con no alimentar ciertas sensaciones. Que soy mayor para curiosidades tardías, para preguntas que llegan cuando una ya debería saber las respuestas.

Pero luego aparece ese recuerdo antiguo.

Luis siempre fue amigo de mi marido. Desde pequeños. Estaba allí cuando empezamos a salir, cuando nos hicimos novios. Nunca dijo nada fuera de lugar. Nunca cruzó una línea. Pero me miraba. De una forma distinta. No era descaro. Era atención. Una mirada que yo notaba aunque nadie más pareciera darse cuenta.

No fue la única vez en mi vida que sentí una mirada así. A lo largo de los años hubo otras, fugaces, discretas, casi educadas. En el trabajo, en algún viaje, incluso en situaciones cotidianas que no tuvieron consecuencia alguna. Miradas que noté y dejé pasar, como se dejan pasar tantas cosas cuando una sabe quién es y qué espera de sí misma. Nunca las confundí con una invitación, ni conmigo misma. Eran solo eso: una posibilidad que no necesitaba respuesta.

Entonces no supe nombrarlo. Ahora sí.

Ese morbo no ha nacido ahora. Estaba latente. Dormido. Guardado bajo años de costumbre, de vida bien hecha, de elecciones correctas. Y en la madurez, cuando una ya no necesita demostrar nada, ha vuelto a despertar.

Eso es lo que más me asusta.

No es una aventura lo que me atrae. Es la sensación de que hay una parte de mí que nunca se permitió existir. Y que ahora pide, no permiso, sino reconocimiento.

Pienso en Julián sin reproche. Él no me ha empujado. Me ha observado. Me ha dejado espacio. A veces creo que sabe que esta duda no se resuelve con prohibiciones, sino con tiempo. Otras pienso que confía demasiado en que todo seguirá siendo como siempre.

Y luego está Luis.

No pienso en él como una tentación concreta ni como una fantasía clara. Pienso en lo que despierta. En lo que pone en evidencia. En la incomodidad de sentirme leída sin haber hablado. En cómo el cuerpo responde a algo que no encaja con la mujer que creí ser.

Eso es lo que ha vencido mi resistencia.

No el deseo, sino el cansancio de negarlo todo.

Me doy cuenta de que he pasado la vida resistiéndome al morbo como si fuera una amenaza externa, algo ajeno, propio de otras mujeres. Y ahora entiendo que resistirse también era una forma de conservarme intacta, reconocible, segura.

Pero la seguridad también cansa.

No he dejado de ser quien era. No he traicionado nada todavía. Sigo queriendo a mi marido, sigo cumpliendo con mi trabajo, sigo siendo la madre que siempre he sido. Lo que ha cambiado es que ya no puedo fingir que no siento esta grieta suave, persistente.

No sé hasta dónde llegará. No me hago promesas. No me justifico. Solo sé que ya no lucho con la misma ferocidad contra lo que me inquieta. Y en esa rendición parcial hay una serenidad peligrosa.

No ha pasado nada definitivo. Y, aun así, todo es distinto.

Porque ahora sé que no todo lo que se mueve dentro de mí necesita ser reprimido de inmediato. Algunas cosas solo necesitan ser miradas de frente, aunque incomoden.

Y esa duda —la de hasta dónde puedo llegar sin romper lo que soy— es la más honesta que he tenido en muchos años.

Continúa en