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MATRIMONIO ANTI-RUTINA (él) [1]

La rutina los tenía atrapados, pero esta noche decidieron romperla. Él solo tiene que mirar y obedecer, mientras ella le recuerda quién manda en la cama.

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[Este relato está escrito conjuntamente con reynasexy, a la que puedes acceder a su perfil en https://www.todorelatos.com/perfil/1560602/ leyendo la continuación del relato escrito desde su perspectiva].

Si me preguntan a mí, nunca sabré cómo hemos llegado hasta ese punto. Aunque yo mismo fuera quien hizo que acabásemos en ese punto.

Supongo que, como todas las relaciones, llegó la rutina. Llegó el aburrimiento. Y eso fue un golpe de realidad duro cuando, al comienzo, mi mujer y yo follábamos sin parar. Al fin y al cabo, su sangre latina me volvía loco.

No recuerdo cómo fue la conversación exactamente. Solo recuerdo que estábamos en el sofá y la miré. Me quedé embobado con sus tetas, y recordé como me encantaba perderme en ellas hacía años, y cómo desde hacía ya un tiempo ese fuego se había apagado. Supongo que los dos llegamos a la misma conclusión y, finalmente, quisimos salir de esa rutina.

Además, a ella le encantaba dominar. Y a mí sentirme dominado por su fuego, no nos vamos a engañar. Aquel día ambos estábamos nerviosos.

—Amor —dijo ella acariciándome la cara—, todo va a estar bien.

—Lo sé, cariño —dije intentando disimular.

Ya estábamos vestidos, esperando al invitado: un desconocido que habíamos encontrado por internet.

Ella se acercó y me besó, abrazándome y apretujándome sus tetas. Me excité por la situación y ambos nos miramos deseosos como hacía tiempo que no lo hacíamos.

—¿Tú quieres verme disfrutar? —preguntó.

Entonces sintió mi polla erecta y sonrió.

—Claro, cariño…

Con su rodilla empezó a juguetear y, al verme excitado, me bajó los pantalones. Me miró con deseo y empezó a comérsela. Yo le sujeté el pelo y cerré los ojos. Disfruté de como empezó lamiendo el glande para, seguidamente, cogerme los testículos y masajearlos. Solté un gemido y volví a mirarla. Me miró con la boca llena y empezó a comérsela entera. Fue a más, sin parar. No sé si su intención era que me corriese antes de que empezara la fiesta pero lo habría hecho si no llega a ser por el timbre, que sonó estrepitosamente en el salón despertándonos de nuestro ensimismamiento.

Ella se levantó y me dio un beso apasionado como hacía tiempo no lo había hecho. Aún sabía a mí.

Me acarició la cara y me sonrió de nuevo, para ir corriendo al timbre y abrir la puerta a nuestro invitado.

Tras presentaciones, el tipo parecía alguien seguro que ya lo había hecho con anterioridad. Fue en todo momento cortés, aunque le gustaba mirar vacilando y, de vez en cuando, cruzar miradas de deseo con ella.

Aquella noche hice la cena, como buen cornudo que iba a empezar a ser. La cena solo iba por la mitad cuando ya empezaron a ir al postre del asunto.

—Tú si que tienes que estar rica —dijo, mirándole las tetas.

Yo los observé, aun con la carne enganchada en el tenedor. Ella le devolvió el piropo mordiéndose el labio, ignorándome completamente.

Él se levantó, alejando la silla a unos metros, para sacarle una de las tetas y empezando a palpársela. Le estrujó el pezón y sentí en ella excitación. Yo me puse cachondo de verlos, con un ligero tono de molestia en el fondo.

Le plantó un beso inesperado cuando, con la otra mano, fue directa a su coño para empezar a tocarla por encima. Ella se estremeció y empezó a contonearse.

Me quedé observando como mi mujer se empezaba a poner cachonda y no era por mí.

—El cornudo se puede tocar mientras —dijo él.

Yo fui a meterme la mano en el paquete cuando entonces mi mujer dijo:

—No, todavía no te toques amor. Solo mira —ordenó.

Yo, como un imbécil, obedecí.

—Quítame los zapatos —dijo.

Yo me lancé al suelo y vi como la mano de él se metió dentro de la ropa de mi mujer. Le quité un zapato y luego el otro. Me fui a levantar cuando ella me cogió de la cabeza dulcemente y me hizo quedarme por ahí abajo. Entonces entendí lo que quería: humillarme.

Vi sus pies, y empecé a besarlos. Escuché, de pronto, un gemido tímido de ella. No sabía si mirar. Si ella querría tomar las riendas o si quería dominarme. Miré de reojo y vi como no paraba de moverse. Sin duda estaba cachonda perdida. Cachonda como hacía tiempo que no la veía.

Escuché, de pronto, un ruido extraño. Era el ruido que había hecho ella antes de que llegase él. Conocía bien ese ruido. Le estaba comiendo la polla. Yo seguía debajo de la mesa, besándole los pies, mientras ellos seguramente se estarían descojonando de mí. Y aquello, por extraño que pareciera, me excitaba muchísimo. Me tenía como un completo perro.

Continuó un rato más cuando al fin con una mano me subió hacia arriba. Él se acabaría de subir el pantalón y volvía a su sitio, y ella se relamía como una dama.

Me miró y, con una sonrisa burlona, me acercó. Me dio un beso, metiéndome la lengua hasta el fondo. Una vez más, sentí el beso extraño. Cuando acabó lo miré a él, que me miró entre sonrisas burlonas, y ambos sabíamos por qué.

Procuramos hacer como si nada, pero todos sabíamos lo que tenía que pasar.

—¿Pasamos al postre? —dijo mi mujer mirándolo a él.

Ambos se levantaron, y yo con ellos por detrás. Llegamos a la habitación y aquello fue lo difícil: ¿ahora qué?

Estaban de pie junto a la cama cuando se empezaron a besar de nuevo furtivamente. Entre besos, mi mujer consiguió decirme:

—Quítame el pantalón…

Obedecí, de nuevo. Cuando lo hice ella paró y me miró.

—¿Bien? —preguntó.

Yo afirmé con la cabeza. Era lo que habíamos acordado, y estaba haciendo su efecto: estaba deseando follarla como a una puta. Pero en ese momento yo no estaba ahí para eso.

Ella le bajó los pantalones y se arrodilló ante él. Me cogió y tiró de mí para que me arrodillara junto a ella.

Había que reconocer que la polla de él era mucho más grande. Ella disfrutó observándola y empezó a lamer dulcemente mientras me miraba, como si buscara mi aprobación. Una punzada cruzó mi corazón. Dolía, pero excitaba. Él la agarró del pelo y la obligó entonces a comérsela salvajemente. Ella siguió mirando y, al ver que no me quejaba, tiró de mí de nuevo. Me puso a centímetros de la escena, viendo y oliendo como su polla entraba en su boca. Tras unas buenas mamadas paró, y me acercó a su boca.

—¿Me amas, mi amor? —preguntó mirándome a la boca.

—Claro, cielo…

Me dio un beso apasionado que yo, al principio, quise rechazar. Ella me cogió de la cabeza y me obligó a seguir besándola.

—Quieres lo mejor para mí, ¿verdad?

No sabía si me estaba poniendo a prueba, si me quería recordar por qué lo hacíamos, o si me quería humillar. Pero fuera cual fuera el motivo de los tres, mi respuesta fue:

—Sí, cariño.

Volvió a besarme para seguidamente apartarse y escupirme en la cara. Volvió entonces a comérsela para tenerme de nuevo en primera fila de lo puta que podía llegar a ser.