El Despertar en la Aldea parte 14
Awa nunca imaginó que el semen de tres soldados se convertiría en su néctar más dulce. Ahora, cada paso que da la recuerda, y cada recuerdo la empuja hacia un abismo del que no quiere, pero no puede, escapar.
Awa se quedó tumbada en el suelo polvoriento, recuperándose con su mente un torbellino de pensamientos encontrados, su cuerpo laxo y temblando en espasmos residuales de placer abrumador, el aire nocturno fresco rozando su piel sudorosa y expuesta en un contraste que la hacía estremecer, como si miles de dedos invisibles la acariciaran. El semen pegajoso del último soldado se enfriaba en su vientre y muslos, una capa viscosa y blanca que se extendía por su piel oscura en hilos irregulares, el olor salado y almizclado invadiendo sus fosas nasales, mezclado con el dulzor lácteo de su propia leche que aún goteaba de sus pechos en pulsos tibios y cremosos, salpicando el suelo en gotas suaves que formaban un charco mixto con sus jugos vaginales, calientes y resbaladizos, chorreando desde su coño hinchado en un flujo constante que dejaba sus muslos internos brillantes y pegajosos. Cada mini orgasmo residual la golpeaba como una ola, haciendo que su clítoris latiera con un pulso doloroso y dulce, su respiración entrecortada saliendo en jadeos roncos: "Ahhh... mmmhhh... semen... en mi piel... oh, dios... me corrooo otra vez...", gimiendo suave mientras su mano bajaba instintivamente para rozar el fluido blanco en su vientre, untándolo en círculos lentos que amplificaban el cosquilleo eléctrico, enviando chispas por su espina dorsal. "Qué... qué he hecho... tres pollas... mamando como una puta desesperada... tragando su semen caliente, sintiendo los chorros en mi garganta, en mi cara... me avergüenzo tanto, soy tímida, decente... pero se sintió tan bien, tan vivo... mi cuerpo lo necesitaba, como aire... y ahora... quiero más", pensó, el torbellino interno rugiendo: vergüenza quemando sus mejillas en un rubor ardiente, pero un deseo primal susurrando que era adictiva, que el sabor espeso y salado era un néctar que calmaba su fuego hormonal, aunque solo temporalmente.
Se levantó con esfuerzo, sus piernas largas y delgadas tambaleando como un potrillo recién nacido, caminando hacia casa con el cuerpo y la cara llena de semen, el fluido pegajoso goteando por su mejilla en un hilo viscoso que se extendía hasta su cuello, el calor residual enfriándose al aire nocturno en un contraste que la hacía temblar, cada paso enviando roces ásperos de su falda contra sus muslos empapados, amplificando el pulso en su clítoris que la hacía jadear: "Mmmhhh... semen... en mi piel... oh, no... otro orgasmo...". Pensaba en lo que acababa de ocurrir: las pollas gruesas latiendo en su boca, los soldados bufando y riendo mientras la usaban, el semen salpicando su cara en chorros calientes que corrían por su nariz fina y labios gruesos, el sabor persistiendo en su paladar como un vicio irresistible. Calmada en parte su excitación —el fuego interno apagado temporalmente por las cargas tragadas y untadas—, se avergonzaba profundamente, lágrimas calientes rodando por sus mejillas y mezclándose con el semen en un rastro salado: "Soy una puta... me lancé a un soldado solitario, mamé como una loca... y luego tres más... tragando todo, masturbándolos... ¿qué soy? Tímida, virgen... pero ahora sé que es como una droga, cada vez lo exigiré más y con más frecuencia... mi cuerpo me traiciona, exige semen para calmar este celo eterno... leche brotando, jugos chorreando... no podré parar". Se relamía semen de la cara y de los dedos mientras sufría orgasmos, su lengua lamiendo los restos pegajosos de sus comisuras en movimientos lentos y ansiosos, el sabor salado explotando de nuevo en su boca, amplificando clímax que la hacían detenerse, arqueando la espalda: "Ahhh... sí... semen... delicioso... me corrooo...", leche salpicando su blusa en chorros potentes, jugos chorreando por sus muslos en un río caliente que goteaba al suelo, dejando un rastro húmedo en el camino oscuro.
En su casa, bajo la luz tenue de la lámpara de queroseno que proyectaba sombras danzantes en las paredes de barro, Awa siguió pensando en ello, tumbada en su esterilla raída, su cuerpo aún pegajoso con semen seco y leche fresca que goteaba en hilos tibios por su torso, el olor salado persistiendo en el aire confinado de la choza, mezclado con su sudor y fluidos vaginales. "Lo cerca que han estado de follarme... su polla rozando mi coño, lista para entrar... si no llega el relevo, me habrían preñado entre todos, derramándose dentro en chorros interminables... me avergüenzo mucho, soy decente, tímida... mi familia me crió para ser recatada, pero otra parte de mí... se siente como una perra sumisa, gustándome ser usada, tragando semen como una adicta, gimiendo por más... oh, dios, el placer de satisfacerlos, ver sus bufidos, sentir sus pollas latir... me hace correrme solo recordándolo", pensó, un orgasmo sutil golpeándola al evocar las imágenes, su mano bajando para frotar su clítoris en círculos lentos, jugos resbaladizos facilitando el movimiento, leche brotando en pulsos calientes que empapaban la esterilla.
Al día siguiente, al hacer sus recados bajo el sol abrasador que quemaba la tierra roja y hacía perlar sudor por su piel oscura, Awa procuraba no encontrarse con los soldados, avergonzada y cabizbaja, bajando la vista al suelo polvoriento para evitar sus miradas, su blusa holgada ocultando las manchas frescas de leche que brotaban con cada pulso de excitación residual, jugos chorreando por sus muslos en un flujo constante que la hacía caminar con pasos cautelosos. "No puedo mirarlos... ayer... mamé cuatro pollas... tragué semen como una loca... si me ven, sabrán... me usarán de nuevo... oh, no, solo pensarlo... me excita", pensó, un rubor ardiente en sus mejillas mientras evitaba el campamento improvisado de los soldados, sus uniformes ceñidos y voces graves flotando en el aire.
Se encontró con Nia en el mercado, donde el olor a especias picantes y frutas maduras invadía el aire, Nia cargando una cesta de verduras con su figura delgadita moviéndose con energía, su sonrisa radiante contrastando con la cabizbaja de Awa.
—Nia... hola. ¿Comprando para la cena? El sol quema hoy, ¿no? Mi madre me mandó por sal, dice que el estofado sale soso sin ella. ¿Cómo va todo? La fiesta de anoche fue... animada. —Dijo Awa, su voz suave y baja, evitando mirar directamente, su excitación traicionándola con un pulso entre las piernas al recordar la escena con la madre de Nia.
Nia rió, su voz ligera y chismosa, dejando la cesta para gesticular animadamente. —¡Awa! Sí, comprando para mi padre, que está recuperándose de su cansancio. La fiesta... ay, qué chismes traigo. Sé que varias chicas de la aldea se han liado con los soldados... ya sabes, besos robados, toques en la oscuridad... una me contó que uno la besó tan fuerte que le dejó marca en el cuello. Otra desapareció con dos, riendo... imagínate, soldados exóticos, fornidos... las chicas se vuelven locas. ¿Tú viste algo? Estabas con tus padres, pero... ¿algún soldado te miró? Son tan... peligrosos y atractivos.
Awa sintió un calor subir por su cuello, recordando como la madre de Nia —una mujer madura y casada, con cuerpo curvilíneo marcado por los partos— era follada por tres soldados, gimiendo y pidiendo semen dentro. "Su madre... puta con ellos... preñada quizás... no puedo decírselo, avergonzaría a Nia, no me creería, se enfadaría... es su familia". —No... no vi nada. Solo... la fiesta fue ruidosa. Me alegro que todo esté bien. Cuídate con los chismes, Nia.
Mientras Awa regresaba a casa por el sendero polvoriento, el sol calentando su piel en un abrazo abrasador que hacía perlar sudor por su cuello y mezclarse con su leche goteante, podía sentir como esa necesidad de semen y sexo crecía de nuevo, un fuego interno rugiendo en su vientre, exigiendo pollas y cargas calientes. "Para mi desgracia... pienso que me hace sentir bien satisfacer a los hombres... ver sus bufidos, sentir su semen caliente... me excita tanto... pero no quiero... tengo miedo", pensó, un orgasmo sutil golpeándola al imaginarlo, leche salpicando su blusa en chorros potentes, jugos chorreando por sus muslos en un río viscoso, su batalla interna atormentándola en cada paso.
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