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Dominaciónene 2026

Sumisa de la hija de mi amiga16

Raquel no solo quiere su cuerpo, quiere su esencia. Le ordena no lavarse, llevar el aroma de otra mujer como marca de propiedad. Y en la oscuridad de su dormitorio, con su marido durmiendo a su lado, Elena descubre que la verdadera humillación aún está por llegar.

Balkonadi15K vistas9.7· 17 votos

La mañana llegó con la monótona placidez de cualquier lunes. El aire en casa olía a café recién hecho y a rutina. Antes de salir, mientras recogía mis cosas del recibidor, Raquel se acercó. No dijo nada, solo me miró con esa nueva autoridad que le brillaba en los ojos, una mezcla de posesividad y curiosidad malsana. Con un gesto casi imperceptible de su cabeza, indicó hacia el baño pequeño de invitados.

Entré. Ella me siguió, cerrando la puerta a su espalda sin hacer ruido. El espacio era reducido, íntimo.

—Muéstramelo —ordenó en un susurro, su voz carente de la ternura de anoche, ahora era pura evaluación.

Sin dudar, me levanté la falda del vestido de trabajo y me bajé las braguitas. Me incliné ligeramente sobre el lavabo, ofreciéndole la vista. Sentí sus dedos fríos rozar mi piel, buscando y encontrando la base metálica del plug incrustado en mi interior. Tiró con suavidad, comprobando que estuviera bien asentado, que su marca, la 'S' de Sofía, estuviera en su sitio. Un escalofrío de humillación y excitación me recorrió.

—Muy bien —murmuró, satisfecha, dejando que el objeto volviera a su lugar. Luego, su mirada se volvió astuta. —Enséñame el móvil. ¿Has vuelto a hablar con Paulo?

Mi corazón dio un leve vuelco al olvidar no habérselo dicho nada más verla. Saqué el teléfono del bolsillo de mi chaqueta y desbloqueé la pantalla, abriendo el chat con Paulo. Se lo entregué. Ella lo tomó y comenzó a leer, sus ojos recorriendo rápidamente mis palabras lascivas, las promesas, los deseos explícitos que le había confesado a un hombre que podría ser su hermano. Una sonrisa lenta, cargada de diversión perversa, se dibujó en sus labios.

—Lo tienes caliente, caliente —dijo, casi para sí misma, y una risa baja escapó de su garganta. Me devolvió el móvil. —Sigue así. Mandale mensajes. Háblale con mucho cariño, mamá. Dile cosas bonitas, pero sucias. Que sepa que piensas en él. Que lo mantengas así... en ascuas.

—Sí —asentí, guardando el teléfono, sintiendo cómo la obediencia a mi hija se entrelazaba con la excitación que el solo hecho de pensar en Paulo provocaba en mí.

—Esta tarde voy a ver a la tía Marta... — añadí, y con una pequeña pausa para buscar las palabras adecuadas pregunté —Es posible que quiera que... que estemos juntas. —Mi sonrojo fue evidente.

—Que quiera echarte un polvo, ¿No? —dijo ella directamente —añadió Raquel, su tono volviéndose práctico, de ama que delega. —Podéis follar. Pero hay una condición.

Me miró fijamente, asegurándose de que tenía toda mi atención.

—No te laves después —ordenó, y vi un destello de malicia en sus ojos. —Quiero que huelas a su coño cuando te vea esta tarde. Quiero olerla en ti.

La crudeza de la orden, la imagen de llevar el aroma de Marta impregnado en mi piel como un trofeo o una marca de propiedad para mi hija, me dejó sin aliento. Asentí de nuevo, la garganta seca.

—Como desees.

Salí de casa sintiendo el peso del plug, las palabras de Raquel y la anticipación de la tarde revoloteando en mi estómago. El trabajo en la notaría fue un trámite vacío. Firmé documentos, atendí a clientes con una sonrisa profesional, pero mi mente estaba en otro lugar: en los mensajes que intercambiaba furtivamente con Paulo, alimentando el fuego con palabras cuidadosamente elegidas, tal como Raquel quería; y en la cita inminente con Marta. La orden de Raquel transformaba cualquier plan en un acto de sumisión. El plug, mi fiel compañero, parecía latir con más fuerza, anticipando lo que vendría

Después de comer, sola en mi despacho, el móvil vibró con un mensaje de Marta. «Elena, recuerda pasarte esta tarde. Tengo cosas que contarte. Y... necesito estar contigo.» El tono era urgente, cargado de una excitación que yo reconocía al instante. Era la llamada de la lujuria, la que estaba esperando, teñida por la novedad de su propia sumisión incipiente hacia «Dom X».

Le respondí, coordinando la hora.

​Finalmente, el reloj marcó el final de la jornada. Antes de salir, seguí la orden de mi nueva ama. Saqué el móvil y tecleé un mensaje para Paulo, imbuyendo cada palabra con el cariño y la provocación que Raquel había exigido.

​«Hola, negrito. He estado toda la mañana pensando en lo nuestro. En tu sabor, en lo llena que me dejaste... y en lo mucho que deseo repetirlo. Cada minuto lejos de ti es eterno. Espero que estés soñando con mis labios tanto como yo sueño con tu... ya sabes. Te echo de menos, cariño. Muuuuacks.»

​El visto azul apareció al instante, seguido de una ráfaga de emojis de fuego y un «¡Dios, Elena, me matas!». Una sonrisa de satisfacción retorcida se dibujó en mis labios. Cumplir las órdenes de Raquel, incluso las que alimentaban mi propio deseo prohibido, tenía un regusto a poder delegado, a sumisión activa. Le reenvié la captura de pantalla a mi hija, sellando mi obediencia.

​«Perfecto, mamá. Mantenlo así. Ahora ve con la tía Marta. Y recuerda...», fue su única respuesta.

​No necesitaba que terminara la frase. Lo recordaba. No te laves.

Me abrió la puerta ella misma, con una sonrisa tensa y unos ojos que brillaban con una energía nerviosa. Llevaba un vestido ligero, ceñido, y se notaba que no llevaba nada debajo.

—¡Elena! Pasa, pasa —dijo, tirando de mí dentro casi con impaciencia. Cerró la puerta y, sin ningún preámbulo, me envolvió en un abrazo apretado, buscando mis labios con los suyos.

El beso fue húmedo, voraz, cargado de todos los secretos y las tensiones de los últimos días. Sus manos me recorrían la espalda, se enredaban en mi pelo. Yo respondí, perdida en la familiaridad de su cuerpo y en la excitación contenida. Cuando nos separamos, jadeantes, ella me miró con una intensidad febril.

—Dios, Elena, no te imaginas... —comenzó, llevándome del brazo hacia el salón. —Hicimos una videollamada que fue una locura y... desde entonces... No he podido dejar de pensar en ella. En «Dom X». En todo. Estoy... electrificada.

Se dejó caer en el sofá, tirándome a su lado. Sus palabras salían atropelladas.

—¿Has vuelto a verla? Me ha escrito y me ha dado varias indicaciones. —Su voz temblaba de excitación y de algo que parecía veneración. —Me dijo que quería que me dieras tu plug, dice que ya te hará llegar otro a tí. Quieres que empiece a usarlo. Para acostumbrarme. Para... para estar siempre preparada como tú.

Vi la fascinación en sus ojos, la entrega total a una figura que ella creía misteriosa y poderosa, sin saber que era la mente retorcida de su propia hija la que tiraba de los hilos. No esperaba tener que despojarme del plug. Lo sentía como una parte de mi por lo que separarme de él suponía algo más que un hueco vacío en mi interior. Una punzada de algo parecido a celos me atravesó. La nueva esclava de mi ama llevaría su sello. Tendría que tener paciencia y esperar al nuevo plug para mantener su marca en mi intimidad como había tenido estás últimas semanas.

Fui al baño y me lo saqué. En el lavabo lo enjabone bien y lo dejé secándose. Antes de volver al salón lo miré por unos segundos. Sabía que probablemente lo volvería a ver, pero me costó dejarlo ahí para que Marta le diera uso a partir de ahora.

—Te lo dejé limpio sobre el lavabo. -informé a mí vuelta al salón.

—No te tenías que haber molestado —dijo mientras acercaba su mano para guiarme a su lado en el sofá. —¿Sabes? No he parado de tocarme, Elena —confesó, bajando la voz a un susurro lascivo. —Pensando en sus órdenes, en lo que me hará... Necesitaba verte. Necesitaba esto.

Sus manos volvieron a mí, desabrochando los botones de mi blusa con dedos ágiles. No había tiempo para más palabras. La lujuria, alimentada por la intriga y la sumisión, era un animal vivo entre nosotras. La ropa voló, y pronto estábamos desnudas sobre la alfombra del salón, una maraña de cuerpos maduros y deseos enredados.

Esta vez no hubo juegos de poder, ni órdenes explícitas. Fue pura necesidad carnal, un desahogo de toda la tensión acumulada. Su boca encontró mis pechos, mis «ubres», y yo gemí, enterrando mis dedos en su pelo. Luego, rodé sobre ella, ansiosa por devorarla a mi vez, por perderme en el sabor de su piel, por obedecer tácitamente el deseo de Raquel de que la llevara encima. Mientras me arrodillaba entre sus muslos y me inclinaba para saborearla, una parte de mi conciencia estaba alerta, cumpliendo esa orden. No me lavaría. Dejaría que su esencia, su aroma único y potente, se mezclara con el mío y se secara en mi piel, impregnando mi cara, mis pechos y mi vello público, llevando su marca como un talismán perverso para Raquel.

Marta gimió cuando mi lengua encontró su clítoris, y pronto sus manos se enredaron en mi pelo. Yo servía con la devoción de la práctica, perdida en el sabor de mi amiga, en los jadeos que se hacían cada vez más agudos. Cuando su orgasmo la sacudió, con un grito ahogado, me mantuve allí, bebiendo hasta la última gota, sellando su sabor en mi memoria y en mi piel.

Jadeante, se incorporó sobre los codos. Sus ojos, vidriosos de placer, brillaban con una chispa de emoción.

—Es increíble, Elena —susurró, acariciando mi mejilla. —Lo que siento... lo que esa mujer despierta en mí... y lo que tú me haces sentir... es como si hubiera estado dormida toda la vida. Deseo poder estar con vosotras así.

Sonreí, un gesto cansado pero genuino. En ese momento, envuelta en su calor y en la complicidad de nuestro secreto compartido, me sentí cerca de ella de una manera nueva. Era mi amiga, mi amante, y pronto, sería mi «compañera de establo» bajo el dominio de Sofía.

​Quedamos luego desnudas y sudorosas, entrelazadas en el suelo. El aire olía a nosotras, a sexo y a secreto compartido. Fue entonces cuando Marta, jugueteando con mi pecho, me miró con una expresión seria.

​—Tengo que contarte algo más, Elena. Algo... que me ha pedido 'Dom X'.

​Mi corazón dio un vuelco. ¿Qué nueva locura habría planeado Sofía?

​—No sólo me dijo lo del plug —dijo, y vi cómo sus mejillas se sonrojaban de excitación, no de vergüenza. —Anoche tuvimos una nueva videollamada... me ha dado otra orden.

​La curiosidad y el pánico lucharon dentro de mí. ¿Hasta dónde estaba llegando Sofía con su juego?

​—¿Qué... qué te ha pedido? —pregunté, intentando que mi voz sonara solo interesada, no aterrorizada.

​Marta bajó la voz a un susurro conspirativo.

​—Quiere que le envíe una foto... de Sofía. De mi hija. Desnuda.

​El aire se me escapó de los pulmones. La frialdad calculada de Sofía, usando a su propia madre para conseguir una foto íntima de sí misma, era de una perversión genial y aterradora. Marta, ajena por completo, interpretó mi silencio como sorpresa.

​—Lo sé, es una locura —continuó, pero su tono era de excitación, no de rechazo. —Pero es parte de la sumisión, ¿no? De demostrar mi obediencia. 'Dom X' dice que cuando lo haga, le demostraré que no tengo límites... y por fin nos conoceremos en persona. —Sus ojos brillaban con ilusión. —Está fascinada conmigo, Elena. Dice que quiere follarme como a nadie lo han hecho antes. Además, me dijo que me dejara crecer el pelo de mi pubis como tú ​—dirigí mi mirada a su sexo. Lo había notado al tenerlo en mi boca pero no podía creer que se tratará de una nueva orden de Sofía.

​Tragué saliva, intentando asimilar la capa adicional de engaño. Sofía no solo dominaba a su madre; la embelesaba con promesas de un encuentro que sería la humillación definitiva. Además, había empezado a dirigir como debía llevar el coño o como mantener relleno el culo con mi plug.

​—Y... ¿vas a hacerlo? —pregunté, casi sin aliento.

​Marta asintió, con una determinación que me heló la sangre.

​—Sí. Esta noche, cuando Sofía se duerma, intentaré hacerle una foto. Tiene que ser sin que se entere, claro. Sé... que es una locura, soy consciente. El riesgo, la transgresión... —Se acercó a mi oído. —Pero no sé qué me pasa, 'Dom X'... tiene una mente tan retorcida, tan poderosa... Estoy completamente enganchada.

​La abracé, escondiendo mi rostro en su hombro para que no viera el torbellino de horror y una punzada de excitación retorcida que me recorría. Sofía estaba tejiendo su red con una precisión de araña. Y yo, en el centro, era cómplice de todo.

Me levanté para ir al baño, movida por el instinto de limpiarme, pero el recuerdo de la orden de Raquel me detuvo en seco. «Quiero que huelas a su coño cuando te vea.» Respiré hondo. En lugar de dirigirme a la ducha, espere a que ella fuera y cogí sus braguitas usadas y restregué por toda mi cara y pechos, consciente de dejar el aroma íntimo de Marta en mi piel. Era una humillación sutil, constante, un recordatorio de mi lealtad dividida. La orden de Raquel estaba cumplida: llevaba a Marta conmigo, en mi piel, en mi aroma. Pero también llevaba el peso del nuevo plan de Sofía, una bomba de relojería que podría estallar en cualquier momento.

Cuando salió con el albornoz del baño, se acercó a mí. Se lo levantó hasta mostrarme como el plug se introducía en su cuerpo.

—Es más grande de lo que imaginaba —comentó llevando instintivamente la mano detrás —espero acostumbrarme a llevarlo siempre.

—Lo harás —dije convencida, —y gracias a él recordarás en todo momento a quien vas a pertenecer.

Me abrazó por unos segundos agradeciendo todo mi apoyo en esta aventura.

—¿No te vas a dar una ducha? —dijo al ver que me empezaba a vestir.

—Hoy llevo mucha prisa —mentí evitando su mirada, con la idea de llevarme impregnado toda su esencia como Raquel había ordenado.

—Claro, claro —dijo ella, acercándose para darme un último beso, largo y profundo. —Gracias, Elena. De verdad. No sé qué haría sin ti en todo este... lío maravilloso.

Salí a la calle. El aire fresco de la tarde me golpeó el rostro, pero no logró disipar el calor que llevaba dentro, ni el olor a sexo y a Marta que se aferraba a mi piel como una segunda capa. Subí a mi coche y, antes de arrancar, me llevé la mano a la entrepierna, luego a mi nariz. El aroma era inconfundible, dulzón y musgoso. Raquel lo olería. Lo notaría. Y esa idea, en lugar de repugnarme, avivó un fuego bajo en mi vientre. Estaba siguiendo órdenes. Estaba siendo buena.

De camino a casa, el móvil vibró en el salpicadero. Era un mensaje de Sofía. Seco, directo.

«Informe. Con mi madre.»

Era la Ama reclamando cuentas. Con manos temblorosas, mientras esperaba en un semáforo, tecleé una respuesta breve, le comenté que ya llevaba colocado el plug antes de irme como quería, y describí someramente nuestra sesión de sexo. Omití, por supuesto, la orden de Raquel sobre no lavarme. Eso pertenecía a mi nueva dinámica con mi hija.

La respuesta de Sofía llegó al instante.

«Bien. Sigue así. La tengo justo donde la quiero.»

Una sonrisa fría se dibujó en mis labios. El juego continuaba, y yo era un peón vital en el tablero de Sofía, y ahora también en el de Raquel. Llegué a casa con la sensación de llevar múltiples capas de secretos y sumisiones superpuestas. Al entrar, Laura estaba en el salón viendo la televisión. Carlos, en el jardín, regando las plantas.

Raquel bajó las escaleras. Sus ojos me escudriñaron de inmediato. Se acercó, fingiendo darme un beso de bienvenida en la mejilla. En realidad, inclinó la cabeza y olfateó suavemente, casi imperceptiblemente, el aire cerca de mi cuello, luego bajó la mirada hacia mi cuerpo. Un destello de aprobación, mezclado con una excitación maliciosa, cruzó sus ojos. Lo había notado. Había obedecido. Luego deslizó una mano bajo mi falda para rozar, a través de la braguita, mi sexo velloso antes de llevárselo a la nariz.

—Huele a coño —murmuró, su voz cargada de aprobación y posesividad. —A coño de la tía Marta. Bien. Has obedecido.

Un escalofrío de excitación y sumisión me recorrió. Ella lo notó y sonrío.

—Eres una puta mamá —dijo en voz baja, solo para mí. —Ve arriba. A mi habitación. Ahora.

Mi corazón dio un vuelco. Asentí, y subí las escaleras detrás de ella, sintiendo el peso de los secretos, y del deseo que siempre siempre, me llevaba de vuelta a la sumisión. La Vaquita había cumplido con una ama. Ahora debía rendir cuentas a la otra. Y en el centro de todo, más ardiente que nunca, latía la anticipación por el hombre cuya semilla había llevado dentro y cuyos mensajes aún calentaban mi móvil. El triángulo se hacía más complejo, más peligroso, y yo, en su epicentro, ya no podía imaginar una vida fuera de él.

​Al entrar, Raquel cerró la puerta con el pestillo. El clic fue un alivio y una condena. Se giró hacia mí, su expresión era seria, de negocios, pero con un brillo de excitación en la mirada.

​—Apestas —dijo, sin rodeos, confirmando que su orden se había cumplido al pie de la letra—. Mira lo que llegó para ti hoy.

​Sacó de un cajón de su mesilla un pequeño estuche de terciopelo negro. Lo abrió. Dentro, sobre un fondo aterciopelado, descansaba un plug anal. Era notablemente más grande que el anterior, más ancho en la base y con una longitud más imponente. Pero lo que me detuvo el aliento fue el detalle: en la base ancha, donde antes había una sola 'S' elegante, ahora había dos iniciales entrelazadas con una fina filigrana: una 'S' y una 'R'. Sofía y Raquel. Su marca conjunta. Una posesión compartida, oficializada.

​Un escalofrío complejo me recorrió. Era una humillación más profunda, un recordatorio de que ahora tenía dos amas.

​—Sofía lo mandó —dijo Raquel, tomándolo. Su voz era práctica, pero no podía ocultar un deje de orgullo—. Dice que es hora de que te acostumbres a algo más... sustancial. Ven aquí.

​Me acerqué. Ella me hizo ponerme de pie junto a la cama, de espaldas a ella.

​—Inclínate —ordenó. Obedecí, apoyando las manos en el colchón, ofreciendo mis nalgas. Sentí el frío del metal presionando contra mi entrada. —Relájate, mamá.

​Pero no fue fácil. El tamaño era abrumador. Apenas lograba que la punta cediera. Un gemido de esfuerzo y dolor me escapó, ahogado contra la colcha.

​—No entra —jadeé, sintiendo cómo mi cuerpo se resistía a la invasión.

​Raquel no pareció frustrarse. Retiró el plug.

​—Ensálivalo —ordenó, tendiéndomelo. —Tiene que entrar todo.

​Sin pensarlo, llevé el objeto a mi boca. El metal frío chocó contra mis dientes. Cerré los ojos y pasé mi lengua una y otra vez con mi saliva, lubricándolo. El sabor a metal y a mí misma me resultaba extrañamente íntimo. Cuando lo retiré de mi boca, brillaba bajo la luz de la lámpara.

​—De nuevo —dijo Raquel, colocándose detrás de mí.

​Esta vez, con la lubricación extra y una determinación feroz, logró introducirlo. El estiramiento fue brutal, una sensación de desgarro y plenitud que me hizo contener un grito. Una vez dentro, me sentí increíblemente llena, mucho más que nunca antes. Era como si ocupara cada rincón disponible, un recordatorio físico ineludible de a quién pertenecía.

​—Muy bien —murmuró Raquel, satisfecha. Luego, su tono cambió. —Ahora, agáchate bien y sepárate las nalgas con las manos. Quiero verlo.

​Temblorosa, me agaché un poco más y, con manos que no dejaban de temblar, me agarré cada nalga y las separé, exponiendo completamente la base del plug donde las iniciales 'S' y 'R' descansaban a las puertas de mi culo. La vulnerabilidad era total, obscena.

​Oí el clic de la cámara. Raquel había tomado su móvil y había capturado la imagen.

​—Para Sofía —dijo, tecleando rápidamente. —Quiere ver que su regalo está en su sitio.

​La humillación de saber que Sofía vería esa foto, que me vería así, ofrecida y marcada con su nueva herramienta y la inicial de su novia, era casi paralizante. Pero también, en el fondo del pozo de mi vergüenza, una chispa de excitación prendió. Complacerlas, incluso en esto, era mi razón de ser.

​—Ya está —anunció Raquel, guardando el móvil. —Ahora, vete a la ducha. Apestas a coño de la tía Marta, y aunque me gusta el olor, no quiero que Laura o papá lo noten.

​La orden fue un baldazo de realidad. Asentí, enderezándome con dificultad, la nueva y abrumadora presencia dentro de mí haciendo que cada movimiento fuera calculado.

​—Esta noche... —comencé a preguntar, con un hilo de voz, esperando otra orden para acudir a su cama.

​—No —cortó ella, secamente. —He quedado con Sofía. Nos vamos a su casa. Tú quédate aquí. Con papá. Pero obedece: dúchate.

​"Sí", murmuré, bajando la mirada.

​Salí de su habitación y me dirigí al baño principal, sintiendo cada paso amplificado por el nuevo plug. Al encerrarme, me enfrenté a mi reflejo en el espejo. Una mujer con los ojos demasiado brillantes, el pelo revuelto, la piel marcada por los recuerdos de la tarde y la noche anterior. Y ahora, llevaba dentro un nuevo símbolo, más grande, más posesivo.

​Me quité la ropa, que olía intensamente a sexo y a Marta, y me metí bajo el chorro de agua caliente. El agua corría por mi cuerpo, llevándose el olor superficial, el sudor, las pruebas físicas de mi encuentro con mi amante. Pero por mucho que restregara, sabía que algunas marcas no se iban. El plug, las iniciales, la plenitud... y la memoria del sabor, de las órdenes, de la red cada vez más enredada en la que estaba atrapada.

​Mientras el agua caliente me envolvía, mi mente no podía evitar viajar a la casa de Marta, a la determinación en sus ojos al hablar de "Dom X", a la bomba de relojería que Sofía estaba armando con su propia madre. Y luego, a Paulo, a sus mensajes calientes, a la promesa de un fin de semana a solas que ahora dependía de la voluntad de mis amas.

​Salí de la ducha, me sequé y me puse un albornoz. El plug seguía en su sitio, una presencia constante y ahora más demandante. Al salir del baño, la casa estaba en silencio. Carlos estaría preparando la cena. Laura, en su mundo. Raquel, se preparaba para salir con Sofía, para continuar su juego, del que yo era solo una pieza, aunque ahora con una marca nueva y más profunda.

​Me quedé de pie en el pasillo, escuchando los sonidos familiares de la casa que ya no sentía como un hogar, sino como el escenario de una obra en la que interpretaba un papel cada vez más complejo. La Vaquita estaba limpia por fuera, marcada y llena por dentro, esperando la siguiente orden, el siguiente movimiento en el juego que Sofía, y ahora Raquel, dirigían. Y en la quietud de la noche que se avecinaba, sola en medio de mi familia, supe que la sumisión no era un acto, sino mi estado natural. El único en el que, paradójicamente, me sentía completa.

Una vez en la cama, la pantalla del móvil brillaba con una luz fría y azulada en la oscuridad del dormitorio. A mi lado, Carlos dormía profundamente, roncando suavemente. El contraste entre su plácida inconsciencia y el torbellino dentro de mí era absoluto. El nuevo plug, más ancho, con las iniciales 'S' y 'R' entrelazadas, era una presencia constante e intrusiva que hacía imposible encontrar una posición cómoda. No era dolor, ya no, sino una plenitud extrema que me recordaba cada segundo mi condición.

Necesitaba un escape, una conexión con la parte de mi vida que, aunque igualmente transgresora, me hacía sentir deseada de una manera diferente. Mis dedos se deslizaron sobre la pantalla, escribiendo casi por instinto.

«Hola, amor. No puedo dormir. Estoy aquí en la cama, pensando en ti... Pensando en lo que haría contigo ahora mismo. ¿Cómo le ha ido el día a mí macho?»

Como de costumbre, el visto azul apareció casi al instante, seguido del temblor que indicaba que estaba escribiendo. Una sonrisa tonta, cargada de lujuria y de poder femenino retorcido, se dibujó en mis labios. Paulo, tan joven, tan ardiente, tan fácil de manejar con unas pocas palabras sucias.

Su respuesta llegó en cuestión de segundos.

«Elena... me has vuelto loco todo el día. No he podido concentrarme en nada. Solo pensaba en tus tetas, en tu boca, en ese culo increíble... En lo guarra que eres. El día fue una mierda pero sin más.»

Leí sus palabras, sintiendo cómo el calor se extendía desde mi vientre. Era tan directo, tan crudo. Tan diferente a la complejidad psicológica de Sofía o a la posesividad novata de Raquel. Era deseo puro, físico, y me encendía como nada.

«¿Sí? ¿Qué es lo que más recuerdas?», tecleé, jugando con él, alimentando el fuego.

«Cuando te di por el culo en el sofá. Y tú gritando, pidiéndome más... Joder, Elena. Se me pone dura de solo recordarlo. Estás hecha una puta. La mejor puta.»

Un escalofrío de excitación me recorrió. Sus palabras eran un bálsamo para mi ego, tan vapuleado por las humillaciones. Con él, yo era la deseada, la adorada, la que tenía el poder de volverlo loco. Era una dinámica diferente, más simple, y la necesitaba.

«Me encanta que me hables así, Paulo. Me pone muchísimo. Ahora mismo estoy tocándome pensando en tu polla... en lo grande que es, en lo profundo que me llegaba...»

«¡No me jodas, Elena! ¿En serio? ¿Estás tocándote?»

«Sí... pero no es lo mismo. Necesito la tuya. La necesito dentro. ¿Cuando nos vamos a ver, mi amor? No aguanto más...»

Hubo una pausa más larga. Podía imaginármelo, al otro lado de la pantalla, excitado, frotándose quizás, intentando pensar con la cabeza de abajo.

«Pronto, te lo prometo. Lo estoy intentando cuadrar. Pero dime... ¿estás desnuda?»

«Sí. Solo llevo puesto un... pequeño regalo. Pero no es lo mismo que tu carne.»

«Mándame una foto. Por favor. Una de tus tetas. Necesito verte.»

La petición era esperada. Respiré hondo. Miré a Carlos, que seguía durmiendo profundamente. Con movimientos cuidadosos, me deslicé fuera de la cama. El plug se movió dentro de mí, un recordatorio mudo. Me acerqué a la puerta del baño, entré y cerré con llave. Me quité la camiseta del pijama. Mis pechos, grandes y pesados, cayeron libres. Con una mano, me levanté uno, acariciando el pezón que ya estaba duro. Con la otra, sostuve el móvil y tomé una foto. No era una pose artística; era cruda, directa, el pecho llenando la pantalla, el pezón erecto y oscuro en el centro. Se la envié.

La respuesta fue inmediata. Una foto suya. Su erección, imponente, sobresaliendo de un vaquero desabrochado. El tamaño me hizo tragar saliva. Era tan real, tan potente.

«Dios, Elena... qué tetas. Quiero chuparlas, morderlas... Quiero correrme sobre ellas.»

«Y yo quiero que lo hagas», le escribí, mis dedos volando. «Quiero tu leche caliente en mi piel. Quiero que me uses otra vez. Como quieras. Donde quieras.»

«La próxima vez no voy a poder contenerme. Te voy a dar tan duro que no vas a poder sentarte en una semana.»

«Prométemelo.»

«Te lo prometo. Eres mía, ¿verdad? Aunque estés con tu marido ahí al lado... en el fondo, eres mi puta.»

Sus palabras, tan posesivas, tan equivocadas y tan ciertas a la vez, me electrizaron. Sí, era su puta. Pero también era la sumisa de Sofía y de Raquel. Era todo y nada a la vez.

«Soy tu puta cuando tú quieras, Paulo. Tu puta y tú guarra. Pero ahora tienes que dormir, cariño. O yo no voy a poder aguantar...»

«Vale, vale... Pero hablamos mañana. Y piensa en mí.»

«Siempre pienso en ti. Buenas noches, mi amor.»

«Buenas noches, preciosa.»

Dejé el móvil sobre el lavabo y me apoyé en él, jadeando. La excitación era un nudo húmedo y caliente entre mis piernas. Había sido peligroso, increíblemente estúpido mandar esa foto con Carlos en la habitación de al lado. Pero la adrenalina, la transgresión, el saberme deseada de esa manera tan primaria, había valido la pena.

Volví a poner la imagen de la polla negra de Paulo en la pantalla y, rápidamente, me saqué el plug de detrás. Sin necesidad de lavarlo lo introduje en mi vagina. Comencé a meterlo y sacarlo hasta que en pocos segundos quedé jadeante por un orgasmo silencioso.

Me lavé la cara con agua fría, intentando bajar la temperatura de mi piel, y volví a llevar el plug a su sitio. Al salir del baño y volver a deslizarme en la cama, el contraste era aún más brutal. Carlos, inocente y ajeno. Yo, vibrando por dentro, con el plug de mis amas incrustado y el recuerdo de la polla de Paulo quemando en mi mente.

Me giré de espaldas a mi marido, sintiendo el peso del metal dentro de mí. Cerrando los ojos, ya no intenté dormir. Dejé que las imágenes se mezclaran: los ojos azules y fríos de Sofía aprobando la foto del nuevo plug, la mirada posesiva de Raquel oliéndome, la polla dura y la voz ronca de Paulo prometiéndome una buena follada. Era un caos, un enredo del que no sabía salir y, lo más aterrador, ya no quería salir.