La Esposa que Aprendió a Mirarse (6) AMSTERDAM
Ámsterdam no es solo un destino, es el escenario perfecto para que Gema deje de esconderse. Con el mundo mirando y el deseo ardiendo, la línea entre lo privado y lo público se desvanece en cada curva revelada.
Al día siguiente, viernes por la mañana, Gema estaba preparando el café cuando el móvil vibró en la encimera. Lo cogió con esa mezcla de nervios y curiosidad que ya le conocía, y cuando abrió el WhatsApp se le escapó un “¡joder!” bajito.
Era Laura. Le había mandado un adelanto: tres fotos de la sesión, nada heavy, solo las que habían salido más naturales y bonitas. En la primera estaba de pie, mirando a cámara con los ojos verdes clavados, la boca carnosa entreabierta en una media sonrisa, el pelo castaño cayéndole sobre un hombro. En la segunda, sentada en el diván, con las piernas cruzadas, los muslos generosos y fuertes marcándose bajo el encaje negro, la luz suave jugando con la curva de su cintura y el inicio del culo respingón. La tercera era de espaldas: arqueada ligeramente, el culo alzado con esa insolencia natural, la espalda suave y los hombros relajados.
No eran fotos eróticas extremas, nada de desnudo ni poses explícitas. Pero Gema salía preciosa. Preciosa de verdad. Con esa confianza que se nota en las mujeres que se sienten vistas y deseadas.
Se quedó callada un rato, ampliando las fotos, tocándose el pelo como si no se creyera que era ella. Luego me miró, con los ojos brillantes.
—Mira esto, Javi… —me dijo, acercándome el móvil—. No es nada del otro mundo, pero… joder, me veo bien. Me veo… yo. Como en los desfiles de antes, pero mejor.
La abracé por detrás, besándole el cuello mientras miraba las fotos con ella.
—Estás espectacular. Laura tiene razón: tienes un cuerpo que pide más. Y estas fotos son solo el calentamiento.
Eso fue lo que la animó del todo. Sin pensarlo dos veces, le respondió a Laura por WhatsApp:
Gema: ¡Me flipan! Me veo preciosa, gracias por el adelanto ❤️ Quiero la segunda sesión. ¿Cuándo podemos?
Laura: ¡Genial! Te dejo hueco el próximo sábado por la tarde a las 5. Trae lo que hablamos: corsé, ligueros, cuero o látex. Va a ser brutal. ¿Te viene bien?
Gema: Perfecto, sábado a las 5. Pero espera… justo ese fin de semana tenemos un viaje programado a Ámsterdam que ya teníamos reservado hace meses. ¿Podemos dejarlo para cuando volvamos? Te aviso en cuanto regresemos y concretamos la fecha exacta.
Laura: Claro, sin problema. Disfruta del viaje y cuando estés de vuelta me dices. Te guardo el hueco para la semana siguiente o cuando prefieras. ¡Ya me contarás cómo te sientes después de Ámsterdam! 😘
Gema dejó el móvil, me miró con esa chispa pícara y dijo:
—Así que… primero Ámsterdam. Luego la segunda sesión. Tengo tiempo de sobra para buscar y comprar todo lo que me recomendó Laura. Y cuando volvamos, voy a por todas.
Yo solo sonreí, imaginando ya cómo sería verla regresar de ese viaje, con la maleta llena de recuerdos y la cabeza llena de ganas de esa sesión más intensa.
Aquí quedaba todo en pausa, pero la promesa seguía ardiendo. Ámsterdam primero. La segunda sesión después. Y yo, contando los días.
Esa noche, en la habitación del hotel, el viaje tomó un cariz completamente sensual. Nos quitamos la ropa con prisa, ella todavía con el vestido subido por las caderas, yo empujándola contra la pared. ¡BAM! —la espalda de Gema chocó contra el yeso, el cuadro de encima tembló. La besé con hambre, mordiéndole el labio inferior mientras le arrancaba el vestido de un tirón. RASSSSHHH! —la tela cedió y cayó al suelo como un trapo mojado.
La levanté por los muslos generosos, esos muslos fuertes que se tensaban contra mis caderas, y la empalé de una sola embestida. ¡PLAPPPPP! —el sonido húmedo y carnoso resonó en la habitación. Los dos soltamos un ¡GRRRRRRRRR! animal al unísono.
Empecé a follarla contra la pared, profundo y rápido: PUM-PUM-PUM-PUM-PUM! cada embestida hacía que sus tetas rebotaran libres, los pezones duros rozándome el pecho. Ella clavaba las uñas en mi espalda, arañándome hasta dejar marcas rojas.
—Imagínate posando así para Laura —le susurré al oído mientras la clavaba más hondo, agarrándole el culo generoso con las dos manos, separando las nalgas para entrar más profundo—. Con el corsé apretándote las tetas, los ligueros marcando estos muslos tan fuertes… y luego subiendo una foto sutil a Instagram. Y al día siguiente, en la cafetería, sirviendo cafés a tíos que te han visto en lencería, que han fantaseado contigo.
¡PLAP-PLAP-PLAP-PLAP-PLAP-PLAP! —el ritmo se aceleró, su coño chorreando, salpicando contra mis muslos con cada golpe. ¡SPLASH-SPLASH-SPLASH! —jugos calientes cayendo al suelo, formando un charquito debajo de nosotros.
Ella gemía más alto, la voz rota: ¡AHHH! ¡JODER! ¡SÍÍÍ!
—O imagínate en una de esas ventanas… —jadeó, moviendo las caderas para recibirme más adentro, el culo rebotando contra mi pelvis—. En lencería negra, el culo alzado, golpeando el cristal… todos mirándome, deseándome… y yo mojada, sabiendo que tú estás fuera, viéndome, excitado porque soy tuya pero también de todos por un segundo. ¡AH! ¡AH! ¡MÁS FUERTE!
La bajé al suelo, la giré de un tirón y la puse de espaldas. La incliné sobre la cama, el culo respingón alzado como una ofrenda. Le di una nalgada brutal: ¡PLAAAAFFF! —la carne tembló, quedó marcada de rojo al instante. Ella soltó un ¡AHHHHHH, JODER! agudo y se arqueó más, ofreciéndose.
La penetré de nuevo desde atrás, agarrándola por las caderas y embistiéndola con toda la fuerza: PUM-PUM-PUM-PUM-PUM-PUM-PUM! —la cama crujía, el cabecero golpeaba la pared ¡BAM-BAM-BAM!. Su coño me apretaba como un puño caliente y empapado, succionándome con cada retirada.
—Y después vuelves al hotel —gruñí, sintiendo cómo se contraía alrededor de mi polla, a punto de estallar—. Y me lo cuentas todo: cómo te miraban, cómo te ponía saber que te deseaban. Y yo te follo así, sabiendo que has sido la fantasía de medio Ámsterdam. ¡TOMA! ¡TOMA! ¡TOMA!
¡PLAP-PLAP-PLAP-PLAP-PLAP! —el sonido era obsceno, húmedo, imparable. Ella empezó a temblar violentamente, las piernas le fallaban.
¡AHHHHHHHHHHHHHH, JAVIIIIIII! —se corrió como una loca, gritando mi nombre, el coño contrayéndose en espasmos brutales: ¡SPLASH-SPLASH-SPLASH-SPLASH! —chorros calientes salpicando mis muslos, la cama, el suelo. Temblaba entera, las uñas clavadas en las sábanas, el culo rebotando todavía contra mí.
Yo no aguanté más. ¡GRRRRRRRRR! —la embestí tres veces más, profundo y salvaje: PUM-PUM-PUMMMMM! y me corrí dentro de ella, llenándola con chorros gruesos y calientes mientras rugía: ¡UFFFFFFF! —el semen goteando por sus muslos cuando me retiré despacio.
Nos derrumbamos en la cama, sudados, jadeantes, pegados. Mi polla todavía palpitaba dentro de su coño lleno y caliente. Gema apoyó la cabeza en mi pecho, respirando agitada, y susurró:
—Este viaje… ha sido más que vacaciones. Ha sido como un adelanto de lo que viene con Laura. Y joder, no puedo esperar a volver y hacer esa segunda sesión. Con todo lo que me pienso comprar. Con todo esto que siento ahora.
Yo solo la besé en la frente, la mano todavía en su culo caliente y enrojecido por las nalgadas.
—Cuando volvamos, Gema… vas a ser imparable. Y yo estaré ahí para verte arder.
Ella sonrió contra mi piel, todavía temblando ligeramente de las réplicas del orgasmo.
El dia sigueinte mientras paseábamos por las calles animadas de Ámsterdam, con el sol de julio filtrándose entre los edificios antiguos y el bullicio de turistas y bicis por todas partes, Gema se detuvo de golpe delante de un escaparate que le hizo abrir los ojos como platos.
—Mira esto, Javi… ¡Es Hunkemöller! —dijo, casi susurrando, con esa mezcla de sorpresa y excitación que le salía cuando algo la pillaba desprevenida.
La tienda era la flagship store en la Kalverstraat, una de las calles comerciales más famosas y concurridas del centro, llena de gente y luces. El escaparate era puro imán: maniquíes altos y estilizados posando con lencería sexy y moderna —corsés negros con detalles de encaje, bodies de látex brillante, conjuntos de ligueros con medias de rejilla, tangas mínimos y sujetadores push-up que realzaban curvas imposibles—. Todo en tonos intensos: negro profundo, rojo pasión, rosa suave del brand, con toques de dorado y plateado que capturaban la luz y hacían que brillara desde lejos. Había elementos dinámicos en el escaparate: luces LED que cambiaban sutilmente de color, pasando del rosa al rojo intenso, resaltando los accesorios rojos y los detalles sensuales de la decoración.
Entramos, y el interior era aún más impresionante. La tienda era grande, con tres pisos conectados por escaleras elegantes y abiertas, unos 430 m² de puro espacio dedicado a la lencería. El diseño era moderno y lujoso, pero accesible: paredes en tonos rosados y negros con acentos en rojo (el color icónico de la marca), iluminación cálida y estratégica que hacía que cada pieza pareciera aún más tentadora. Había zonas diferenciadas para cada subcolección: un rincón para basics cómodos del día a día, otro para piezas más sexy y fetichistas con cuero falso y látex, otro para swimwear y bikinis veraniegos, y hasta un shop-in-shop para la línea deportiva HKMX.
En el centro, una perfume bar con fragancias exclusivas de la marca, y probadores amplios (hasta 13 en total, uno de ellos "experience" con espejos grandes y luces ajustables). Las dependientas —llamadas "lingerista"— iban vestidas de forma impecable, ofreciendo fit service gratis para medir y aconsejar tallas. Todo olía a una mezcla sutil de vainilla, flores y ese aroma limpio y seductor que tienen las tiendas de lencería premium.
Gema se quedó parada un momento, tocando con los dedos un corsé negro con ballenas que colgaba de un perchero, imaginándose ya con él puesto en la segunda sesión con Laura.
—Joder… esto es justo lo que necesito —murmuró, girándose hacia mí con los ojos brillantes—. Aquí puedo encontrar todo: el corsé que me apriete la cintura, los ligueros para estos muslos, el body de látex que se pegue al culo como una segunda piel… Como en el barrio rojo, pero para llevarlo a casa. Y contigo viéndome probarlo todo.
Yo solo sonreí, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso. La tienda era un paraíso sensual en pleno centro de Ámsterdam: elegante, provocadora, llena de promesas. Y Gema, con su pelo castaño claro rubio cayéndole en ondas sobre los hombros, ya estaba mentalmente dentro de uno de esos probadores, lista para salir y posar para mí como si el mundo entero fuera su escenario.
Entramos en la Hunkemöller de la Kalverstraat esa tarde de julio, con el sol colándose por los grandes ventanales y el aire cargado de ese olor dulce y sutil a perfume y tela nueva. La tienda estaba animada: turistas, locales, parejas curiosas. Gema, con su pelo castaño claro rubio cayéndole en ondas sobre los hombros, ya tenía esa chispa en los ojos verdes que me decía que esto iba a ser más que una simple compra.
Cogió un montón de prendas —el corsé negro con ballenas, el body de látex brillante, el conjunto de ligueros con medias de rejilla, un collar de cuero fino, un tanga mínimo— y se dirigió al área de probadores. Justo enfrente había un diván amplio de terciopelo rosa oscuro, perfecto para esperar. Me señaló con una sonrisa pícara.
—Siéntate ahí, Javi. Y no te muevas. Quiero que me veas bien… como si ya estuviéramos en la sesión con Laura.
Me senté, las piernas abiertas, intentando disimular lo que ya empezaba a notarse en mis vaqueros. Gema desapareció detrás de la cortina gruesa del probador más grande. Al cabo de un minuto salió la primera vez.
Llevaba el corsé negro apretado, la cintura marcada al límite, las tetas medianas subidas y casi desbordando el escote de encaje. Los ligueros bajaban por sus muslos generosos y fuertes, tensando las medias negras de rejilla. Dio un paso adelante, giró despacio delante de mí, el culo respingón alzándose con cada movimiento.
—¿Qué tal? —preguntó en voz baja, pero lo suficientemente alta para que la dependienta cercana sonriera cómplice.
—Joder, Gema… estás para devorarte.
Ella se rio bajito, pero ya no había vergüenza en su mirada. Solo fuego. Volvió al probador y salió con el body de látex. La tela negra brillante se pegaba a cada curva como una segunda piel: el culo generoso marcado perfectamente, los muslos fuertes delineados, el coño sutilmente insinuado por la presión del material. Se puso de espaldas, arqueó la espalda y miró por encima del hombro.
—¿Esto es lo que Laura quería? —susurró, pero ya no bajaba la voz tanto. Un par de clientas cercanas miraron de reojo, una con aprobación, otra con envidia.
Yo asentí, la polla dura como una piedra, el corazón latiéndome en los oídos. Cada vez que salía, perdía un poco más la vergüenza. El paseo de modelos se volvió más descarado: caminaba hacia mí con pasos lentos, se giraba, se tocaba la cintura, se mordía el labio inferior. En una ocasión se inclinó hacia adelante, dejando que el escote del corsé bajara lo justo para que viera el inicio de sus pezones duros. Otra vez se apoyó en la pared del probador, una pierna flexionada, el muslo tenso y brillante bajo las medias.
La tienda seguía su ritmo, pero yo sentía todas las miradas: la dependienta que pasaba fingiendo ordenar perchas, un chico que esperaba a su pareja y no podía disimular que nos miraba, una mujer mayor que sonreía con picardía. Gema lo notaba también, y en vez de achantarse, se exhibía más. Era como si el barrio rojo de Ámsterdam hubiera despertado algo en ella que ahora explotaba aquí, en público pero controlado.
Al final, después de probarse el conjunto completo —corsé, ligueros, body encima, collar de cuero al cuello—, se acercó al diván, se inclinó hacia mí con las tetas casi rozándome la cara y me susurró al oído:
—Javi… estoy mojada solo de verte así de cachondo. Y de saber que me están mirando. Quiero fotos. Hazme fotos con el móvil para mandárselas a Laura. Que me diga si esto es lo que tenía en mente… o si tengo que ir más fuerte.
Saqué el móvil con manos temblorosas. Ella se alejó unos pasos, posó: de perfil con el culo alzado, de frente con las manos en las caderas, de espaldas arqueando la espalda. Disparé varias veces, el flash apagado para no llamar demasiado la atención, pero aun así un par de personas miraron curiosas. Gema no se inmutó; al contrario, sonrió más, se mordió el labio y cambió de pose.
Cuando terminamos, volvió al probador a cambiarse, pero antes me dio un beso rápido y profundo, rozándome la polla dura con la rodilla.
——Estas fotos van directas a Laura y esta noche, en el hotel… me pongo todo esto otra vez —susurró, rozándome la polla dura con la palma de la mano por encima del vaquero—. Y te dejo que me folles como si estuviera posando para medio Ámsterdam. Porque ahora mismo… siento que podría hacerlo. Aquí mismo. Delante de todos.
Salimos de la tienda con las bolsas llenas y el pulso acelerado. Gema caminaba delante, el culo moviéndose bajo el vestido corto, el pelo rubio claro brillando al sol. Y yo, detrás, sabía que esa tarde en Hunkemöller había sido solo el aperitivo. La segunda sesión con Laura iba a ser el plato fuerte.
Y Ámsterdam nos había dado el combustible perfecto para arder.
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