Xtories

El Despertar en la Aldea parte 12

Awa observa desde la sombra cómo tres soldados abusan de una mujer, y su propio cuerpo traiciona su timidez con un deseo incontrolable. Decidida a aliviar su fuego interno, se acerca a un soldado solitario, pero su encuentro íntimo y apasionado no pasa desapercibido.

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Awa casi en éxtasis, sufriendo orgasmos brutales que la dejaban convulsionando como una hoja en la tormenta, observaba la escena desde su escondite con los ojos vidriosos y la respiración entrecortada, su cuerpo traicionándola en cada detalle sensorial: el calor abrasador de su excitación interna extendiéndose como lava por su vientre, haciendo que su clítoris latiera con un pulso doloroso y urgente, jugos calientes y viscosos chorreando profusamente por su vagina en torrentes resbaladizos que empapaban sus muslos internos, goteando al suelo en hilos pegajosos que formaban un charco húmedo y brillante bajo ella, el olor a su propia humedad dulce y salada invadiendo sus fosas nasales, mezclado con el aroma crudo a sexo de la escena delante. Sus pechos enormes no paraban de lactar, chorros potentes de leche cremosa y tibia brotando en pulsos rítmicos que salpicaban su blusa empapada, el fluido cálido deslizándose por su torso en ríos pegajosos que se acumulaban en su cintura estrecha, dejando su piel oscura brillante y sensible al más mínimo soplo de la brisa nocturna, cada gota enviando ondas eléctricas de placer que amplificaban sus clímax, haciendo que mordiera su mano con fuerza para ahogar gemidos guturales: "Mmmhhh... ahhh... me corrooo... su semen dentro... quiero eso...". Sentía que necesitaba sexo, que necesitaba una verga pulsante y venosa llenándola, necesitaba ese semen como si fuera a morirse de sed en el desierto africano, su fuego interno cada vez yendo a más, quemando su raciocinio, su timidez luchando en vano contra el instinto animal que gritaba por pollas y cargas calientes.

Cuando el segundo soldado descargó dentro de la mujer con un rugido gutural: "¡Grrr... toma más, puta... te lleno como a una cerda!", riendo entre jadeos mientras su polla pulsaba en chorros espesos y prolongados, semen rebosando en una mezcla cremosa y blanca por los muslos de ella, el calor líquido extendiéndose en su interior visiblemente, el soldado se quitó con un pop resbaladizo, ajustándose los pantalones con una sonrisa satisfecha, bufando: "Joder, me has dejado muy satisfecho... aprietas como una virgen, zorra casada", y caminó hacia donde estaba el primero recuperándose, sentado en el suelo con la espalda contra la pared, jadeando y limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, su polla aún semierecta goteando remanentes pegajosos.

El tercero, que estaba recibiendo la felación con golpes profundos en su garganta, gruñó: "Mi turno... te voy a romper, puta", tirando a la mujer boca arriba en el suelo polvoriento, su cuerpo maduro extendiéndose con las piernas abiertas, jugos y semen mezclados chorreando de su entrada hinchada en un brillo viscoso bajo la luna. Se puso entre sus piernas, frotando su polla gruesa contra sus pliegues resbaladizos, untando el semen anterior en una lubricación caliente y pegajosa, y la penetró muy rápido, embistiendo con fuerza desde el principio, el sonido húmedo de piel contra piel chasqueando como palmadas rápidas, su polla frotando contra sus paredes internas en un roce ardiente y frenético que la hacía gritar: "¡Ahhhhh! ¡Rápido... sí... rómpeme... oh, dios, duele y placer... más!".

Awa ya no aguantaba más, necesitaba algo que la calmara, un alivio para el incendio que rugía en su interior, su coño palpitando con un vacío doloroso que exigía ser llenado, su boca salivando por el sabor de semen que anhelaba como un drogadicto. Por un momento, su excitación la hizo querer lanzarse desde su escondite, gritando: "¡Tómenme a mí también... préñenme, fóllenme como a ella!", imaginando tres pollas gruesas turnándose en su cuerpo virgen, derramándose dentro en chorros interminables, pero lo que quedaba de su raciocinio —esa voz tímida y decente que le recordaba su familia, su honor— la detuvo: "No... si lo hago, pronto todos vendrán a buscarme, abusarán de mí... son violentos, fornidos, con ojos que han visto sangre... me destrozarían, me preñarían y se irían riendo... no, Awa, contrólate". No obstante, sabía dónde podía encontrar la satisfacción que buscaba, un alivio temporal sin el riesgo de un grupo: excitada y casi como un autómata, dejó su escondite, el tercer soldado bufando encima de la mujer que gemía sin parar: "Grrr... aprieta... voy a llenarte también... puta preñada...", sus embestidas acelerando en un ritmo salvaje que hacía temblar sus cuerpos.

Va caminando con paso firme y decidido por la calle apartada, el aire nocturno fresco rozando su piel sudorosa en un contraste que la hacía temblar, su respiración agitada como un fuelle, jugos chorreando por sus muslos en un flujo constante que goteaba al suelo en plops suaves, leche filtrándose por su blusa en manchas oscuras y pegajosas. Se acercó al soldado solitario que hacía guardia en una esquina oscura, un joven de unos 22 años, alto y fornido con uniforme ceñido que marcaba sus músculos definidos por el entrenamiento militar, piel oscura brillante bajo la luna, ojos alerta y una sonrisa ladeada que revelaba dientes blancos, su rifle colgado al hombro pero su postura relajada por la quietud de la noche. Su cuerpo sudoroso y excitado, con la blusa pegada a sus curvas explosivas por la leche y el sudor, no pasó desapercibido para el hombre, que extrañado pero intrigado le sonrió, su voz grave y con acento de la capital resonando en el silencio: "Eh, chica... ¿qué anda haciendo una guapa como tú por aquí a estas horas? La aldea duerme, pero tú pareces... agitada. ¿Todo bien? Soy Karim, del pelotón. Si necesitas ayuda, dime".

Awa, con la timidez aún luchando en su interior como una llama débil contra un vendaval, sintió un orgasmo sutil rozarla solo por su voz ronca y su mirada apreciativa, leche goteando más profusamente por su blusa en un calor líquido que se extendía por su piel, jugos chorreando en un pulso caliente por sus muslos. "No... detente, Awa... vete... pero su bulto... lo necesito... semen... oh, dios", pensó, pero su voz salió temblorosa y baja: "Busco... compañía... solo un rato".

El soldado sonrió aún más, sus ojos recorriendo su figura de diosa —alta, delgada pero con caderas marcadas y pechos enormes que desafiaban la gravedad, labios gruesos y ojos seductores que prometían éxtasis—, teniendo una erección fuerte que abultaba visiblemente sus pantalones, el calor latiendo bajo la tela. "Compañía, eh? Me gusta cómo suena. Vamos, ocultémonos contra esa pared, no quiero que el sargento me pille. Soy Karim, como dije... y tú eres... joder, preciosa. Mira ese cuerpo, curvas como una escultura, pechos que parecen manantiales... estás buena de cojones, chica. ¿Cómo te llamas? ¿Quieres charlar y pasar un buen rato? Puedo contarte historias de la capital, de patrullas en la selva... o algo más divertido".

Awa sufrió un orgasmo al oír eso, su cuerpo convulsionando sutilmente, gimiendo suavemente: "Ahhh... sí... charlar...", y solo asintió con la cabeza tímidamente, su respiración cada vez más agitada, como un jadeo ronco que llenaba el aire entre ellos, sudor perlando su frente y cuello en gotas saladas que se mezclaban con su leche. Se ocultaron contra una pared de adobe fría y áspera, el contraste contra su piel caliente haciendo que temblara, y el soldado se presentó más: "Karim, 22 años, del norte... he visto cosas en el servicio, pero nada como una belleza como tú. Eres como una supermodelo perdida en esta aldea pobre... mira esos ojos grandes, seductores, esa nariz fina, labios gruesos que piden besos... y ese cuerpo, joder, alta y delgada pero con caderas que invitan a agarrar, pechos enormes goteando... ¿qué es eso? Leche? Dios, me pones duro solo de verte". Sus ojos se le iban a ese cuerpo de diosa, que en cualquier otro sitio del mundo estaría a la altura de la mayor supermodelo, teniendo una erección fuerte que tensaba la tela, el bulto venoso palpable.

Awa solo podía mirar fijamente ese bulto, su respiración fuerte y sudando profusamente, el calor de su excitación haciendo que su piel brillara bajo la luna, y el soldado le dijo: "Si quieres divertirte... no tengo mucho tiempo, el sargento me releva pronto... pero con una diosa como tú, vale la pena arriesgar". Awa sonrió tímidamente, pero con la respiración entrecortada, y se acarició el cuerpo instintivamente, sus manos rozando sus pechos enormes y bajando por su cintura, sintiendo el calor pegajoso de su leche y sudor (en su mente: "No... no puedo actuar así, tan vulgar, tan ofrecida... soy tímida, decente... pero lo necesito... semen... polla... oh, dios").

El soldado se lanzó a besarla con pasión, sus labios capturando los de ella en un beso profundo y húmedo, lengua invadiendo su boca con urgencia, explorando cada rincón, salivas babosas mezclándose en un torrente pegajoso que goteaba por sus barbillas, el sabor salado de él —a alcohol y tabaco de la fiesta— inundando sus sentidos, amplificando sus orgasmos que la hacían gemir en su boca: "Mmmhhh... ahhh... sí...", mientras sus manos grandes y callosas acariciaban el cuerpo de la impresionante negrita, apretando sus caderas marcadas, subiendo por su espalda estrecha en un tacto áspero que enviaba chispas, sintiendo su sudor y leche pegajosa. Awa sufría orgasmos brutales, su cuerpo convulsionando contra el de él, lactando profusamente en chorros que salpicaban su uniforme, gimiendo en la boca del soldado mientras se besaban, el sonido húmedo de sus labios chocando como un eco en la noche.

El soldado, fascinado, le bajó la camiseta con dedos hábiles, revelando sus tetas enormes y firmes, pezones oscuros hinchados y goteando, y se lanzó a mamarlas, su boca cerrándose sobre uno con succión fuerte, bebiendo esa leche que manaba profusamente en chorros tibios y dulces que llenaban su boca, tragando con sonidos guturales: "Glup... mmmhhh... sabe tan dulce... joder, eres un manantial...", su lengua girando alrededor del pezón sensible en círculos rugosos que enviaban ondas eléctricas directo a su clítoris. Una mano exploraba bajando, apretando el coño de la negra a través de la falda, sintiendo el calor húmedo y resbaladizo de sus jugos, frotando con presión que la hacía gritar de placer: "¡Ahhhhh! ¡Sí... toca... oh, dios!", era la primera vez que un hombre acariciaba su sexo, el tacto áspero de sus dedos contra su entrada hinchada enviando sensaciones nuevas, brutales, como explosiones de fuego que la dejaban laxa, orgasmos encadenados convulsionándola, leche salpicando su rostro en chorros potentes.

El hombre se sacó la verga con urgencia, una polla gruesa y venosa de unos 20 cm, pulsante y brillante con pre-semen que goteaba en hilos transparentes, el olor salado invadiendo el aire. Awa, por instinto puro, se dejó caer de rodillas en el suelo áspero que rozaba su piel, y comenzó a mamar esa polla con ansia, como si estuviera hambrienta de un banquete largamente esperado, su boca envolviéndola con succión fuerte y desesperada, lengua moviéndose como una experta alrededor de la cabeza y el eje, lamiendo cada vena en círculos rugosos, saboreando el pre-semen salado que inundaba su paladar, sonidos guturales ahogados: "Mmmhhh... glup... ahhh...", saliva babosa chorreando por su barbilla en torrentes pegajosos. El soldado solo gemía y exclamaba: "¡Joder... chica... nunca me la habían mamado tan bien... succionas como una profesional... mueve la lengua así... sí... me vuelves loco... tu boca caliente, apretada... ahhh!", acompañado moviendo las caderas en golpes controlados, follándole la boca con ritmo que hacía chasquear húmedo, su polla latiendo contra su lengua. Awa, en éxtasis y sumida en el acto, sentía como esto la hacía vibrar y nueva, como la satisfacía en un nivel primal, un charco de fluidos en el suelo procedente de su coño chorreando en pulsos calientes, orgasmos brutales convulsionándola mientras mamaba.

Justo cuando estaba tragando las últimas gotas de pre-semen, saboreando el regusto salado que la hacía jadear, se escuchó la voz de un hombre diciendo: “Mira qué tenemos aquí, se están divirtiendo”.

Awa, de rodillas y con la polla aún en la boca, el calor pulsante latiendo contra su lengua, miró con ojos vidriosos y vio que eran los tres soldados que estaban follándose a la madre de Nia, sus figuras fornidas emergiendo de la oscuridad, uniformes desabrochados y sonrisas ladeadas, ojos hambrientos recorriendo su cuerpo expuesto.

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