Xtories

El Despertar en la Aldea parte 11

El sudor de los soldados impregna el aire de la aldea, pero para Awa, el olor más peligroso es el suyo propio: un deseo que no puede contener. Escondida en la oscuridad, observa cómo la decencia se desmorona bajo el peso de las botas militares, y su cuerpo traidor le exige ser la próxima víctima de su propia lujuria.

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Han pasado unos días desde que Awa espió el encuentro apasionado entre Kofi y Nia, y su condición hormonal se ha intensificado como una tormenta incontrolable que azota su cuerpo y mente. Cada momento despierto es una batalla: su excitación permanente ha escalado a niveles desesperados, un fuego constante en su vientre que se extiende por cada nervio, haciendo que su clítoris lata con un pulso doloroso y urgente, jugos calientes y viscosos chorreando sin cesar por sus muslos internos en un flujo interminable que empapa sus bragas improvisadas, dejando un rastro pegajoso y resbaladizo que roza contra su piel sensible con cada paso, enviando ondas de placer involuntario que culminan en orgasmos espontáneos. Sus pechos enormes, duros y firmes, lactan profusamente, chorros potentes de leche cremosa brotando en pulsos rítmicos que salpican su blusa, el fluido tibio deslizándose por su torso en ríos pegajosos que se acumulan en su cintura estrecha, el olor dulzor lácteo invadiendo sus fosas nasales y amplificando su deseo. Cada vez que ve a un hombre en la aldea —un agricultor musculoso cargando sacos de cacao, su sudor brillando bajo el sol abrasador y oliendo a tierra fértil; un pescador joven con manos callosas y venas marcadas, su voz ronca riendo con compañeros— no puede evitar excitarse brutalmente, sufriendo más orgasmos que la dejan temblando, leche expulsándose en chorros a presión que empapan el suelo, imaginándose sus pollas: gruesas o finas, venosas y pulsantes, tocándolas con manos temblorosas, mamándolas con su boca ansiosa, succionando hasta saborear ese delicioso esperma espeso y salado que ahora anhela como un elixir vital. "Siento que me he vuelto adicta al semen... su sabor caliente, cremoso, bajando por mi garganta como un néctar prohibido que me llena de éxtasis... mi cuerpo lo exige, lo necesita para calmar este fuego, pero no puedo... me lamento, temo que en cualquier momento mi autocontrol se rompa y me acerque a cualquier hombre, suplicándole que me dé su semen, que me deje mamar hasta tragarlo todo", pensó Awa, su timidez luchando en vano contra el instinto animal que la consumía, un rubor permanente en sus mejillas oscuras mientras apretaba los muslos para contener el pulso, pero solo logrando amplificar la fricción resbaladiza que la hacía jadear suavemente: "Mmmhhh... no... otra vez... imaginando su polla... me corrooo".

Sin embargo, se resiste con todas sus fuerzas a ceder ante cualquier hombre de la aldea, su mente racional aferrándose a la decencia como a un salvavidas en un río turbulento. "Si me acerco a uno, los rumores volarán como el polvo en el viento... la aldea es pequeña, las lenguas chismosas no perdonan, y me llamarían fácil, puta, deshonrando a mi familia: mi madre con su mirada sabia y cansada, mi padre con sus manos agrietadas por el trabajo... no puedo. Y temo que no se quede en una mamada... el hombre me follaría, embistiéndome sin control, derramándose dentro y dejándome preñada, humillada ante todos, mi vientre hinchado como una vergüenza eterna... aunque la idea... oh, dios, me excita tanto", se lamentaba internamente, un orgasmo sutil golpeándola solo por el pensamiento, leche salpicando su blusa en un calor líquido que se extendía por su piel, jugos chorreando en un pulso caliente que la hacía detenerse, mordiéndose el labio grueso hasta saborear sangre metálica para ahogar un gemido.

Más tarde ese día, el polvo del camino principal se levantó en una nube roja bajo el sol del mediodía, anunciando la llegada de una patrulla de soldados del gobierno. Era algo rutinario en aldeas apartadas y pobres como la suya, donde no había policía permanente: un pelotón de 11 hombres, uniformados en caqui raído y polvoriento, armados con rifles viejos que colgaban de sus hombros anchos, al mando de un joven sargento de unos 25 años, alto y fornido con una mandíbula cuadrada y ojos duros que hablaban de experiencias en zonas conflictivas, su voz autoritaria resonando mientras ordenaba a sus hombres dispersarse para patrullar y tomar nota de delitos o incidentes. Los soldados eran exóticos y amenazantes: altos, con músculos definidos por el entrenamiento riguroso, pieles oscuras marcadas por cicatrices de batallas lejanas, olores a sudor masculino, cuero y metal de sus botas y armas invadiendo el aire quieto de la aldea. Las chicas locales los miraban con una mezcla de nerviosismo e interés, susurrando entre ellas historias oídas en mercados lejanos: cómo estos hombres se aprovechaban de mujeres vulnerables, coqueteando con promesas de protección para luego violarlas en la oscuridad, dejando lágrimas y vergüenza; pero para otras, eran fascinantes, exóticos, con uniformes que evocaban poder y aventuras más allá de los campos de cacao, sus risas roncas y miradas directas haciendo que corazones latieran más rápido.

Awa no podía evitar fijarse en ellos también, su excitación traicionándola al instante: el sargento, con su postura dominante y voz grave, haciendo que su clítoris palpitara con fuerza, imaginando sus manos fuertes apretando sus caderas; los soldados, fornidos y con experiencia en la violencia, sus uniformes ceñidos revelando contornos musculosos que la hacían lactar más profusamente, chorros calientes brotando de sus pechos en un pulso urgente. Pero le daban miedo al mismo tiempo: "Son peligrosos... altos, fuertes, con ojos que han visto muerte... podrían tomarme sin preguntar, follarme hasta preñarme y reírse... no, Awa, aléjate", pensó, un orgasmo sutil golpeándola solo por mirarlos, jugos chorreando por sus muslos en un calor líquido que la hacía apretar las rodillas, leche empapando su blusa en manchas oscuras y pegajosas.

Más tarde, observó cómo algunos soldados se acercaban a hablar con chicas de la aldea: uno, con sonrisa ladeada y ojos pícaros, susurrando cumplidos a una joven tímida que bajaba la vista y se iba ruborizada, su falda ondeando en la brisa; otro, más directo, tocando el brazo de una chica coqueta que sonreía ante sus proposiciones, su risa ligera flotando en el aire cálido cargado de tensión. Awa sentía cada interacción como un golpe sensorial: el olor a uniforme sudado llegando con el viento, el sonido de sus voces graves y risas roncas, haciendo que su excitación escalara, leche salpicando su piel en chorros tibios, jugos formando un charco sutil bajo sus pies.

Esa noche, la mitad de los soldados que no estaban de guardia —unos 5 hombres fornidos, con uniformes desabotonados revelando torsos sudorosos y vellosos— organizaron una pequeña fiesta alrededor de una hoguera en las afueras de la aldea, las llamas crepitando en el aire fresco de la noche, enviando chispas danzantes al cielo estrellado, el olor a madera quemada y humo invadiendo todo. El sargento, con su autoridad relajada por el alcohol, invitó a varios hombres locales a beber con ellos, compartiendo botellas de licor barato que ardía en la garganta como fuego líquido, risas roncas y anécdotas de batallas lejanas llenando el claro. Algunas chicas se acercaron curiosas, atraídas por la novedad, y al final se convirtió en una fiesta con casi toda la aldea: música improvisada de tambores y cantos tribales resonando en el aire nocturno cargado de humo y sudor, bebidas circulando en calabazas, cuerpos moviéndose al ritmo, el calor de la hoguera amplificando el pulso de la noche. Awa acudió con su madre y padre, la familia unida en la tradición de no dejar a las hijas solas en tales eventos, pero observaba todo con un torbellino interno: soldados hablando con más chicas, sus manos rozando brazos en gestos "inocentes" que hacían que las jóvenes se mostraran más abiertas, risas coquetas flotando sobre el crepitar del fuego, el olor a alcohol y testosterona masculina invadiendo sus sentidos, haciendo que su excitación alcanzara picos desesperados, leche brotando en chorros potentes que empapaban su blusa, jugos chorreando por sus muslos en un flujo constante que la hacía apretar las piernas para no gemir.

Unas horas después, la fiesta aún continuaba con tambores retumbando y risas ebrias, pero Awa, que casi no podía controlar su excitación —su clítoris latiendo como un tambor propio, jugos formando un charco pegajoso bajo sus pies en la hierba—, se alejó discretamente, excusándose con su madre por un "malestar". Había usado su última fuerza de voluntad para rechazar a un soldado que se le acercó, alto y fornido con ojos hambrientos, su aliento a licor cálido contra su oreja mientras susurraba: "Eres hermosa, chica... déjame mostrarte algo exótico", pero su madre estaba presente, mirándola con ojos sabios y protectores, así que Awa balbuceó un "No... gracias" tembloroso y se apartó, su cuerpo traicionándola con un orgasmo sutil que la hizo tambalear. Se alejó un poco por una calle oscura, el aire nocturno fresco rozando su piel sudorosa en un contraste que la hacía temblar, cuando escuchó gemidos ahogados, ruidos de carne chocando y risas bajas y guturales. Su curiosidad, mezclada con una excitación voraz que hacía chorrear más jugos por su coño en pulsos calientes, la impulsó a acercarse sigilosamente, ocultándose detrás de una choza de barro, el muro áspero rozando su espalda en un tacto que amplificaba su pulso.

Allí, en un rincón sombreado por la luna plateada que filtraba rayos a través de las hojas, observó a tres soldados con una mujer: los reconoció como los que estaban en la fiesta, fornidos y uniformados a medio desabrochar, sus torsos sudorosos brillando bajo la luz lunar, olores a sudor masculino, alcohol y sexo crudo invadiendo el aire. Uno de ellos estaba montado a la mujer desde atrás, embistiéndola con golpes profundos y rítmicos, el sonido húmedo de piel contra piel chasqueando como palmadas, su polla gruesa y venosa saliendo y entrando en su entrada resbaladiza con un brillo de jugos; ella, de rodillas en el suelo polvoriento, gemía prolongadamente: "Ahhh... sí... más fuerte...", mientras chupaba la polla del segundo soldado, su boca estirándose alrededor de la longitud dura, succionando con fuerza en sonidos babosos y guturales: "Mmmhhh... glup...", saliva goteando por su barbilla en hilos pegajosos y transparentes, el sabor salado inundándola. El tercero vigilaba, su polla semierecta en la mano, ojos alerta en la oscuridad. Awa reconoció a la mujer: era la madre de Nia, una mujer de unos 40 años, casada con un agricultor mayor, su cuerpo maduro aún curvilíneo con pechos pendulosos que rebotaban con cada embestida, piel oscura marcada por estrías de partos pasados, pero con una vitalidad que la hacía gemir como una joven. "Nia y su padre se quedaron en casa... él cansado, ella cuidándolo... ¿cómo puede?... escandaloso, pero... oh, dios, me excita tanto", pensó Awa, sufriendo orgasmos brutales que la hacían morderse la mano para ahogar gemidos, su otra mano bajando bajo la falda para masturbarse furiosamente, frotando su clítoris en círculos desesperados, jugos chorreando en torrentes calientes por sus muslos, leche salpicando el suelo en chorros potentes, su mente deseando estar allí: "Yo... en su lugar... mamando, follada... semen dentro...".

Los soldados la llamaban puta con voces roncas y dominantes: "Joder, puta... tienes un buen cuerpo para tu edad, pariendo crías y aún apretando como una virgen... mira estos pechos, flácidos pero jugosos", decía el que la montaba desde atrás, apretando sus tetas con manos ásperas, exprimiendo gotas de sudor y leche materna residual, el tacto calloso contra su piel sensible haciendo que ella gimiera más fuerte: "Ahhh... sí... soy vuestra puta... fóllenme más...". El soldado bufaba con cada golpe, su polla gruesa frotando contra sus paredes internas en un roce ardiente y resbaladizo, jugos chorreando en cada salida. "Voy a correrme... aprietas como una adolescente... joder, puta", gruñó él, acelerando, sus caderas chocando con un ritmo frenético que hacía temblar su cuerpo maduro.

Ella, entre gemidos entrecortados pero sin convicción real, dijo: "No... me dejaréis preñada... mi marido... oh, dios... no dentro...", pero su voz se quebraba en placer, sus caderas moviéndose hacia atrás para encontrarse con las embestidas.

El soldado rió guturalmente, bufando como un animal: "Se joda... a las putas se las preña... toma mi carga, zorra", y eyaculó con un rugido: "¡Grrr... sí... dentro!", su polla pulsando en chorros potentes y prolongados, semen espeso y caliente inundándola en torrentes que rebosaban en una mezcla cremosa por sus muslos, el calor líquido extendiéndose en su interior como un fuego que la hacía convulsionar en un orgasmo propio: "¡Ahhhhh! ¡Sí, préñame... échamelos dentro... oh, dios, siento tu semen caliente!".

Se quitó con un pop resbaladizo, semen goteando en hilos blancos y viscosos del sexo de ella, y el soldado que recibía la mamada se puso detrás, clavándosela de un empujón profundo: "Yo también me corro dentro... los tres lo haremos, así será más divertido que averigües quién es el padre del bastardo que vas a parir... puta casada", gruñó, embistiendo con fuerza, el sonido húmedo amplificado por el semen anterior lubricando todo.

Ella solo asintió sumisa, gimiendo: "Siii... preñadme... soy vuestra... dadme un bastardo...", mientras el tercer soldado se sacaba la polla, gruesa y venosa, y se la metía en la boca, follándole la garganta con mete-saca rítmicos, saliva babosa chorreando por su barbilla. El primero, satisfecho, fue a hacer guardia, su polla aún goteando remanentes de semen.

Awa, escondida, sufría orgasmos brutales que la dejaban casi inerte, masturbándose con furia, sus dedos insertándose profundo en su entrada resbaladiza, frotando su punto interno en círculos desesperados que enviaban chispas por su espina, gimiendo ahogado en su mano mordida: "Mmmhhh... glup... ahhh... preñada... semen dentro... yo quiero... oh, dios, me corrooo brutalmente!", leche salpicando su rostro en chorros potentes, jugos chorreando en torrentes calientes que formaban un charco bajo ella, su mente deseando estar allí: "En su lugar... mamando tres pollas... follada y preñada... semen en mi boca, en mi coño... sí...". El olor a sexo crudo llegando con la brisa, los sonidos de gemidos y chasquidos húmedos, la visión de cuerpos entrelazados en la luna... todo la empujaba a clímax encadenados, su cuerpo convulsionando en éxtasis prohibido, atormentada por el deseo que la consumía.

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