Pagando por sexo en la playa
La arena caliente y el secreto detrás de la sombrilla eran solo el comienzo. Cuando el dinero entra en juego, los límites de la infidelidad se difuminan y la sumisión se compra a peso de oro. ¿Hasta dónde llegarían por una paga extra?
NOTA: Este relato no es mío. El original apareció en un hilo de un antiguo foro ya desaparecido. Muchos relatos se perdieron, pero pude recuperar alguno. Disfrútenlo.
Lo que voy a contar es real. Creía que esto solo se veía en los vídeos porno esos en los que se paga por sexo y que la mayoría, o todos, son montajes, pero...
Una mañana de finales de junio salí de mi curro con la paga del mes. Ahora mi jefe lo está dando en mano. Un coñazo, vaya.
Como era la hora de la comida, me paré en una hamburguesería antes de ir a la playa. Iba directo, y ya tenía todo lo necesario en el maletero del coche. Con el buen tiempo que hace, siempre tengo el maletero lleno de bártulos para la playa.
Aparqué y comencé a caminar hasta la zona que más me gusta de mi playa favorita: un desfiladero que hay al final de una buena caminata. Puse mi sombrilla, mi toalla, me saqué un refresco y, hala, a disfrutar del sol después de echarse uno crema.
Al cabo del rato me di un baño y, al volver a mi sitio, vi que no estaba solo. Normalmente es así. En esa zona la gente camina dando paseos y llega allí, pero no suele quedarse, porque hay demasiadas rocas en el agua. Al final de la playa, pegada a las rocas de la pared y clavada en la arena, había una sombrilla que estaba tumbada. El que estuviera en la playa se encontraría detrás de ella, tapado por completo; o eso, o es que la habían olvidado.
Me tumbé en mi toalla a secarme al sol y de vez en cuando echaba una miradita por si se movía alguien por la zona de la sombrilla. Nada. Me volví a tumbar, pero luego pensé en darme una vuelta por la zona de la sombrilla, de modo que me puse de pie y caminé en paralelo a ella.
La arena quemaba. Llegué a una distancia cercana a la pared de rocas para poder ver si había alguien tras la sombrilla; y sí que lo había. Distinguí media espalda, un brazo, una mano y una pierna de una chica, y las piernas de un tío que estaba tumbado. Me asomé un poco más, ya casi llegando a la pared, y pude ver a la chica de espaldas, con una mano que parecía estar haciendo unos movimientos muy rápidos, como de mover algo. Vamos, a mí me recordaba a cuando me hacen una paja. A buen seguro que le estaba haciendo eso al tío que iba con ella.
Por un momento ella giró la cabeza y me vio. Yo hice como que estaba buscando algo, pero sabía que no colaría. La chica paró de hacerle la paja al chico y comenzó a apartarse de él. Yo me agaché, como si cogiera algo, me guardé en el bolsillo de mi bañador una piedrecita, por si ella me veía... que creyera que había encontrado lo que buscaba, y me volví a mi toalla. Mi cabeza comenzó a maquinar...
Pasaron unos minutos y la parejita de la sombrilla se encaminó a la orilla; me miraron de soslayo, como si dudasen de si yo había visto algo de lo que habían estado haciendo. Me fijé primero en la chica —es normal, claro—. Era una preciosidad. Morena de piel, tostada por el sol. Llegaría a los 1,60 m. de altura. Tenía un bikini de esos de los que se anudan en las caderas, de color blanco, y la parte de arriba también. Era delgadita, pero con un buen pecho; seguro que una 90 bien abultada. Llevaba el pelo recogido en una coleta alta; el pelo era castaño oscuro y el culo lo tenía pequeñito pero respingón. Una maravilla que tendría 20 años o así.
El novio era por el estilo: delgado, fibroso, con unas bermudas rojas que llegaban hasta las rodillas, moreno de piel también y de pelo oscuro y corto. Un chavalito de unos 20 añitos también. A juzgar por el bulto de sus bermudas, seguramente no había podido terminar el trabajito que su novia estaba empezando. Igual ahora en el agua lo acabarían.
A todo esto, quiero contaros un poco de mí. Me llamo Alberto, tengo 38 años, pero aparento muchos menos. Soy un tío de físico normal, delgado y bien formado. Mi polla es normal (de largo), aunque bien cabezona, je, je, je...
La parejita se había metido en el agua y jugueteaban dándose besos y abrazos. Yo creí que iban a terminar de hacerlo ahí porque no había nadie más en esos momentos en la playa, pero no.
El chico salió del agua, con pinta de estar algo mosca. Se dirigió a la sombrilla, pasó a unos diez metros de mí y cuando llegó a ella desapareció detrás. A todo esto, ella continuó bañándose unos minutos más.
Yo miré hacia atrás. El chico seguiría tumbado en la toalla que tendrían detrás de la sombrilla.
Un poco más tarde ella salió del agua, se estrujó la coleta y la exprimió de agua. Eso me puso muy cachondo, y más en una tía como ella. Era de las de mi tipo. Luego cruzó los brazos y se dirigió a la sombrilla.
Tenía que pensar algo rápido. No se me ocurría nada... pero cuando la tuve más cerca, se me ocurrió que podía pedir disculpas. Sin pensarlo más le dije cuando pasó cerca de mí:
—Disculpa...
—¿Qué? – preguntó.
—Siento lo de antes.
—¿Qué dices? —y ahí se paró cerca de mi sombrilla.
Yo miré hacia atrás; su novio seguiría tras la sombrilla; quizá con el viento y el ruido de las olas no se enteraría de nada...
—Perdón por lo de antes. Creo... que os he cortado el rollo. Vi que había una sombrilla y pensé que la habrían olvidado allí tumbada… Como no distinguía nada más detrás... —Y sonreí.
—Ah —dijo un poco ruborizada—. No pasa nada... Adiós, adiós…
—Hasta luego —le solté, y ella siguió su camino.
Con eso confirmé que estaba pajeando a su novio.
Primer contacto realizado. La chica, de cerca, estaba más buena todavía. Tenía unos ojos rasgados y oscuros, el pelo lacio, pero recogido del todo atrás en una coleta, como dije, y además tenía unos labios carnosos que daban ganas de comérselos, por no hablar de cómo tendría que tener los pezones. Cuando se fue, me quedé mirándole el culo, cómo se movía... Cada cachete del culo tenía un vaivén digno de una buena putita... Tenía que comenzar el siguiente asalto...
Esperé unos minutos, al menos diez, durante los que pensé qué hacer. Mientras tanto, no había movimiento por detrás de mí, aunque ahora se les veían a ambos las piernas. Estaban tumbados, con la parte de arriba en la sombra y las piernas al sol. Supuse que no estaban haciendo nada.
Me levanté y me dirigí a la sombrilla de mis jóvenes vecinos.
—Hola —saludé cuando ya estaba cerca.
—Hola —se oyó la voz de la chica, una voz no muy a gusto.
El chico se asomó y me miró por primera vez. No dijo nada. Yo llegué a dos metros de donde estaban, me paré y comencé:
—Me estaba preguntando... —Comencé entre unos cuantos jadeos, simulando estar un poco cansado, quizás para parecer más... indefenso. —Me estaba preguntando si os gustaría un par de cervezas frescas. Las acabo de comprar, están en mi nevera.
Ambos se miraron sin decir nada, poniendo cara de sorprendidos.
—Bueno, no digáis nada, ahora vuelvo – dije.
Volví a mi sitio y cogí la nevera. Cuando llegué a donde estaban, la puse a los pies del chico, la abrí y saqué un par de latas.
—Tomad —dije tendiéndoles las latas—. Están heladas. Cogedlas.
—Gracias – dijeron.
Yo me abrí otra y bebimos unos tragos.
—Tengo que pediros disculpas —dije sin más.
—¿Qué? —dijo el chaval.
Ella se quedó callada y mirando a la arena, como avergonzada.
—Sí, veréis... lo siento. Antes pensé que se habían dejado olvidada esta sombrilla; me acerqué y… Creo que os interrumpí.
—Mira, tío... —comenzó a decir el chico.
Yo levanté una mano en señal de que parase y me dejara continuar.
—Es cierto, lo lamento mucho. No era mi intención, por eso me he acercado. Para pediros disculpas.
—Está bien —dijo la chica—. Disculpas aceptadas.
—Pero no quiero que la cosa acabe así... tan... tan mal.
—No sé a qué te refieres, tío —retomó el chaval.
—Sí, verás. Me gustaría que estuvierais a vuestra bola. Ya me entendéis...
—Oye, oye, oye... esto no me está gustando nada. ¿Qué quieres decir con...? —preguntó él poniéndose de pie.
—Tranquilo, Carlos —dijo ella agarrándolo de un brazo.
—¿Cómo que tranquilo...? —¿Qué insinúas, tío? —me preguntó directamente.
—Verás —dije muy tranquilo—. Es evidente que os interrumpí, y quiero subsanar ese “destrozo” ayudándoos.
—¿Cómo lo vas a hacer? —preguntó el chico.
—Prestándoos mi sombrilla —dije casi sin pensar, y pegué un sorbo a mi lata.
—¿Qué? —dijo ella sonriendo.
—Sí, yo os presto mi sombrilla, la ponemos a continuación de la vuestra, y así, las dos juntas crearán un espacio entre la playa y las rocas; espacio suficiente para que… reposéis a vuestro antojo —y le guiñé un ojo a él.
—Ja, ja, ja, ja… – rieron.
—Es decir —dijo él— que nos la prestas para que acabemos de follar.
—Dicho así, suena más directo, pero sí —y sonreí.
—¿Por qué? —preguntó la chica.
—Está clarísimo, Carol. Es a modo de disculpa, ¿no?
—Eso, eso.
Ella se llamaba así, Carol. Solo el nombre me la ponía dura. Y ahora que la tenía a menos de un metro, mi polla palpitaba por golpearle las caderas...
—Está bien —dijo Carlos—. Tráenos tu sombrilla.
—Pero, cariño... —comenzó ella.
—Sí, que nos la traiga, que tengo ganas de acabar...
Los dejé comenzando una discusión y me fui a por mi sombrilla. Con ella traje también mi toalla y mi bolsa.
Cuando volví estaban discutiendo, aunque no de forma acalorada. Sin pararme, coloqué la sombrilla de tal forma, pegada a la suya, que si nos poníamos de rodillas, no se nos veía desde ningún sitio de la playa. Extendí mi toalla y la puse al lado de la de ellos, que era mucho más grande que la mía; era doble, claro.
Ellos pararon de discutir y me miraron.
—¿Qué haces, tío? —dijo el chico.
Yo no dije nada y continué atusando mi toalla y colocándola perfectamente sobre la arena. Les señalé las toallas y dije:
—Ya tenéis vuestro sitio, vamos... que se puede decir que caben hasta cuatro personas, aquí. Y me senté fuera de las toallas. Ambos se miraron.
—¿Y qué haces tú aquí? —preguntó Carol.
—Nada, estaba esperando vuestra reacción, ya me voy. Pero antes de irme...
Sin pensarlo tan siquiera, pues debía ser un movimiento rápido y seguro, metí mi mano en la bolsa, saqué mi cartera, donde tenía la paga del mes, y saqué dos billetes de 50 euros. Los deposité en mi toalla.
—¿Y eso? —dijo Carlos.
Me puse de pie, los miré muy serio y fijamente y dije:
—Os doy 100 euros por veros. Es mi oferta.
—Ey, ey, ey... ¡Tío, tío! ¡No te pases! —y el chico dio un paso hacia mí.
No me asusté nada; comparado conmigo, el chaval este no tenía nada. Lo podía tumbar en un segundo. Mis clases de taekwondo me sirven para algo más que inmovilizar a un tipo como él.
—Tranquilo, hombre —dije sonriendo, pero sin dar un paso atrás.
—Pero... pero... —dijo Carol, como no dando crédito a lo que les había propuesto.
—Voy a hacer una cosa —dije—. Ahora volveré con mi bolsa y mi nevera al lugar donde estaba. Dejaré aquí mi toalla y mi sombrilla. Os dejaré hablar lo que queráis. Os dejaré unos diez minutos. Será suficiente. Pasados esos minutos volveré aquí. Si no veo los 100 euros sobre la toalla, significará que puedo quedarme a presenciar lo que hagáis. Si los veo sobre la toalla, los recogeré, recogeré mis cosas y me iré de esta playa para que estéis solos. Pensadlo —les dije mirándolos a los ojos; luego me volví y me fui.
—No tenemos que pensar nada, tío. ¡Serás cabrón!
—Eso —recalcó ella—. ¡No lo tenemos que pensar! Puedes llevarte tu dinero. ¡No soy ninguna puta!
Pero ambos se quedaron en su sitio, y los billetes también. Yo volví rápido a mi lugar, más cerca de la orilla. Desde allí los oía hablar. Eran como susurros ininteligibles. La mecha estaba prendida...
Pasaron los diez minutos como una exhalación.
Cuando me levanté para dirigirme a las sombrillas, ya no hablaban. Caminé lento, deseando no ver los dos billetes sobre la toalla. Me aproximé y, antes de mirarlos a la cara, miré a mi toalla. Los 100 euros no estaban. Un cosquilleo me recorrió el cuerpo entero.
—Bueno —dije muy tranquilo, y me puse en cuclillas.
Ellos se miraron sin decir nada.
—Veo que lo habéis hablado, creo que habéis tomado una buena decisión, ¿no?
—Suponemos que sí —dijo él—. Pero solo porque nos hace falta el dinero, ¿sabes?
—Está bien, Carlos —dije llamándole por primera vez por su nombre y luego la miré a ella, que no decía nada—. Yo me sentaré aquí, en esta roca que hay detrás. De esta forma podré veros y podré observar si viene alguien; aunque solo os avisaré si se acercan, puesto que no verían nada tal y como hemos colocado las sombrillas. ¿Estáis de acuerdo?
Se quedaron en silencio.
—¿Estás de acuerdo, Carol? —me dirigí a la chica y ella asintió—. Bueno, pues no pongáis esas caras, ja, ja, ja, ja… —reí— Que esto no es un funeral, ja, ja, ja... No vais a hacer nada fuera de lo común. Os pajeáis o lo que queráis. Lo que ibais a hacer solos, ahora lo haréis conmigo delante. Nada más. ¿Qué edad tenéis?
—Yo tengo 22 años, y ella tiene 20 —dijo el chico.
Mmmm…, pensé que tenía ante mí no a una mortal, sino a una diosa griega reencarnada en una chica de 20 años. Cada vez se me ponía más dura.
—Pues encantado. Yo me llamo Alberto, tengo 38 años.
—¿¡38!? —gritó sorprendida Carol.
—Sí —y le dediqué mi mejor sonrisa, sabedor de la reacción que provoco en las tías más jóvenes que yo—. Me conservo bien, ¿eh?, ja, ja, ja…
Ella no dijo nada y se me quedó mirando de arriba abajo, como intentando adivinar cómo un tío con mi edad podía estar así de bien, ja, ja, ja. Seguro que se le estaba pasando por la cabeza cómo sería estar un ratito “a solas” conmigo...
Mi polla comenzó a notar el flujo del riego sanguíneo, consciente de lo que podría pasar en los próximos minutos.
—Está bien. Ya no os verá nadie. Yo os aviso si viene alguien, lo dicho. Podéis seguir por donde ibais antes de que yo os interrumpiera.
Carlos se tumbó al completo diciendo por bajo un “comencemos” y se bajó las bermudas. Dejó a la vista su polla, que no era gran cosa; lo normal para un chico de su edad, aunque todavía estaba flácida. Carol se acercó y comenzó a tocársela suavemente, luego un poco más rápido. Parecía tener unos dedos suaves. Eran finos, pero a mí me parecían prodigiosos...
Aquello solo había comenzado. Me recreé viendo crecer la polla de aquel hijo de puta afortunado. Carol ahora le acariciaba la punta con la palma de su mano mientras en esos labios maravillosos asomaba una leve sonrisa.
—¿Se la vas a chupar? – pregunté.
Ella me miró.
—Eso no entra en el precio, ¿no? —dijo con esa voz aguda de nena que me ponía tanto.
—Vosotros haced lo que ibais a hacer... Si antes se la ibas a chupar... adelante, pues.
Él no dijo nada, entonces ocurrió: Carol se inclinó un poco, cambió de postura, ladeó la cabeza dejando caer su coleta hacia un lado, pareció incluso que lo hizo para que yo viera mejor. Abrió su boca y empezó a darle un buen lametón en la punta al cabrón de Carlos.
¡Hija de puta!
Cuando veía la lengua salir y entrar de su boca para relamer el capullo del novio, mi polla se ponía cada vez más gorda y dura. Era como una olla a presión.
Carlos gimió un poco, y yo me llevé la mano a mi bañador y comencé a tocarme. Carlos me miró sorprendido.
—¿Qué haces? —me preguntó.
En ese momento Carol se giró y me miró a los ojos mientras no paraba de chupar la polla del novio.
Me puse a mil con esa mirada y, sin mediar palabra, me saqué la polla. Se sorprendieron ambos al ver lo cabezona que era y lo morcillona que ya estaba. La dejé caer a un lado y Carol se recreó mirándola unos segundos en los que paró de lamer el capullo del novio.
—¿Tú qué haces? Sigue, no pares —le ordenó mientras le cogía de la coleta y apretaba la boca contra su polla.
Aquel gesto hizo que mi polla bailara con un latigazo y Carol hizo el intento y casi se llegó a meter la polla entera en la boca. Qué buena tragantada dio...
—Me dejáis pajearme, ¿verdad? – pregunté.
—Sí —dijo Carlos, no muy convencido—. Pero ni se te ocurra intentar nada más.
Empecé a pajearme mientras seguía mirando las chupadas que daba Carol, ahora con más ímpetu. De vez en cuando se sacaba la polla del novio de la boca y me miraba mientras le seguía pajeando con la mano.
Carlos no me quitaba ojo de encima. Había llegado la hora de dar un paso más. Abrí mi bolsa, saqué la cartera y saqué un billete de 50 euros. Lo solté en la toalla.
—¿Y eso? —preguntó Carol un tanto sorprendida.
Por mi cuerpo corrió un cosquilleo tremendo de emoción.
—Eso es para que te folles a tu novio. No quiero que se corra todavía; quiero ver cómo te montas encima y te lo follas.
Carlos no dijo nada; vi que su polla continuaba dura, incluso hubiera apostado todo mi dinero a que la tenía más dura que antes, es probable que ese cabrón con suerte la tuviese más dura que nunca.
—Oye, tío... —comenzó Carol—. No sé si esto está bien, joder... Primero era una paja… Ahora una mamada y que...
Para mi sorpresa, fue Carlos el que reaccionó. Se inclinó hacia donde yo estaba, cogió el billete y se lo guardó en su bolsa ante la atenta mirada de su novia de 20 añitos.
—Vamos, nena. Yo creo que este tío ha visto ya a muchas tías. No creo que te pase nada porque le muestres cómo me follas. Mira cómo me tienes, mírame. —Y le cogió por la coleta y la obligó a meterse su polla en la boca.
Ella relamió con gusto. Estaba demostrado que a esta zorrita le encantaba el sexo.
Yo volví a tocármela y a pajearme de nuevo. Esto iba viento en popa. Me levanté un poco y eché una ojeada a toda la playa. No había nadie; eso era el paraíso. Me volví a sentar en la piedra y esperaba ansioso el momento en que Carol se desprendiera de las dos partes de su bikini. Para mi desilusión, no lo hizo; fue Carlos el que se quitó del todo las bermudas y las tiró a un lado de la sombrilla.
—¿Ya estás lo suficientemente cachonda, nena? —le preguntó a Carol.
Ella asintió, todavía con la polla dentro de la boca.
La mía estaba dura como un palo, y la cabeza apuntaba a mis dos actores amateur pagados. ¡Claro que estaría cachonda! Como que yo sabía lo que a esta nena le gustaba... Intervine:
—Bueno, creo que ha llegado la hora. Si estás cachonda, te entrará de un tirón. Quítate el bikini y ponte encima de él, cabálgalo.
—No, no me lo voy a quitar. El trato es que me lo folle. No, que me quite el bikini. Gira un poco, cariño —se dirigió a su novio.
Él giró un poco y yo me recoloqué para tener una mejor vista frontal del cuerpo de Carol mientras botaba encima del de Carlos.
—Si no te quitas el bikini... —¿Cómo te lo vas a follar, mujer? —Yo es que estaba deseando verla desnuda, y ver cómo botaban esas tetas de la 90 apretadita mientras se lo trajinaba sobre mi toalla...
—Deja de interrumpir, tío —dijo Carlos un poco mosqueado—. Has pagado por lo que has pagado.
Me dieron ganas de taparle la boca de un puñetazo, pero si lo hacía, se perdía toda posibilidad de seguir. Así que preferí pedir disculpas, sabiendo el dinero que me quedaba en la bolsa y mis próximas intenciones...
Carol sonrió, y mientras me miraba, ya estaba de pie con las piernas abiertas sobre su novio. Se apartó un poco la parte de abajo del bikini y dejó entrever un coñito depilado, al menos toda la zona que yo pude ver. Mi corazón comenzó a ir a mil. Ese coño debía ser mío, al precio que fuese... Luego se fue agachando; Carlos se cogió la polla con una mano para ponerla bien recta y la enfiló. Los labios del coño de Carol cedieron y la polla de su novio le comenzó a entrar. Ella soltó algún soplido, seguido de un par de gemidos cortos. Al cabo de unos segundos ya le estaba cabalgando la muy zorrita. Y cómo cabalgaba la guarra. Me encantaba verla: La coleta saltando, las tetas apretaditas en el bikini superior que no se salían de su sitio. ¡Me moría por verlas!
Me cogí la polla de nuevo y comencé a machacármela con furia. En la posición en que estaba Carlos no me veía, así que me puse de pie, sin avanzar. Carol me miraba mientras gemía y se tocaba el clítoris. Su novio le dio un par de palmadas en el culo y le dijo que fuese más rápido. De vez en cuando él la tomaba por la cintura, la levantaba un poco para que se quedase quieta y comenzaba a llevar él el ritmo, subiendo y bajando sus caderas rápidamente para hacer que su polla entrara y saliera del coño a una velocidad vertiginosa. Ella mientras le acariciaba los huevos.
De buena gana me hubiera acercado y le hubiera metido la polla a Carol hasta la garganta...
Mientras follaban, y estaban a lo suyo, me dirigí a mi bolsa para coger otro billete. Cogí otro billete de 50 euros (esto ya me estaba costando caro...), si lo depositaba y lo admitían, ya eran 200 euros. Tenía muy claro lo que pedir, pero igual provocaría que esto se acabase. Aun así, lo tenía que intentar. No podía seguir así, con ese calentón; no quería correrme haciéndome una triste paja después de ver lo que estaba viendo.
Deposité el billete sobre la toalla mientras ellos seguían follando. Fue Carol la que se percató de los nuevos 50 euros. En unos segundos en que paraban a descansar un poco, aunque la polla de Carlos continuaba coño arriba, Carol fue a echar mano del billete; entonces yo lo pisé. Momento en el que Carlos se dio cuenta de que estaba ahí.
—No, no, no... —dije con una sonrisa—. El aceptar este billete conlleva ciertas... licencias por mi parte.
—¿Qué quieres decir, tío? —preguntó Carlos, parando de empujar y mirándome tumbado desde la toalla.
—Primero: tu novia se tiene que desnudar por completo; nada de asomar el coño por el lado del bikini. Segundo: Tú, Carlos, te correrás cuando yo lo ordene, así que si tienes ganas, tendrás que parar. Tercero… —Y aquí me paré a tomar aire. —Carol, mientras te folla a ti o tú te la follas, me tiene que hacer una buena mamada y relamerme bien los huevos.
—¡¡¿Qué!!? —gritaron a la vez.
—¿QUÉ COÑO DICES, TÍO? ¡Vete a la mierda! ¡Y te puedes llevar tu dinero! —dijo Carlos totalmente fuera de sí.
Se arrodilló apartando a su novia, sacó los 150 euros que ya tenía en la bolsa y me los tiró; cayeron encima de los 50 que yo todavía pisaba.
—¿Quién cojones eres tú? —me gritó Carol, mientras se tapaba el coño con el bikini y se sentaba en su toalla—. ¡Lárgate!
Yo continué en silencio y no moví ni un centímetro de mí. Sentado en la piedra que estaba. Cuando los gritos que siguieron se fueron apagando un poco, recogí los 200 euros, puse los billetes uno encima del otro y dije:
—Os doy 200 euros. No sé de qué trabajáis y es más, no sé si trabajáis o vais a la universidad. La verdad es que me da igual, pero con este dinero, e incluso más que os puedo ofrecer... podréis salir de más de un apuro a vuestra edad. –Ellos se miraron. Estaba claro que tenían problemas de dinero; les hacía falta. —No me equivoco, los 200 euros son por todo lo que hemos hablado y además por estas tres últimas condiciones. Pensadlo...
—¡No tenemos nada que pensar! ¡Por muy poca edad que aparentes, no te la voy a chupar, cerdo! No se la voy a chupar a un tío de 38 tacos –dijo Carol.
A mí me ponía a mil cuando se cabreaba la muy putita... Carlos permaneció callado, como pensativo.
—Piénsalo como lo está haciendo tu novio —me dirigí a ella—. ¡Son 200 euros y algo más! Luego desapareceré y no nos volveremos a ver. Haz recapacitar a tu novia, Carlos. Os hace falta el dinero.
Dejé sobre mi toalla los 200 euros y me largué a la orilla con mi bolsa. Mi plan continuaba. Qué buen cabrón estaba hecho...
Pasaron más de 10 minutos. Yo ya creí el dinero perdido. Desde la orilla, con las olas, no lograba distinguir si seguían hablando o no. Fue cuando estaba mirando al horizonte cuando apareció a mi lado Carlos. Llevaba puestas de nuevo sus bermudas, y no traía el dinero.
—Es cierto que tenemos algunos problemas con el dinero –soltó.
Yo me quedé en silencio, le miré y volví a mirar al horizonte. Él siguió. Y en su tono logré distinguir a otra persona, como si el punto violento que tenía se hubiera evaporado.
—Los padres de Carol se separaron; desde hace unos años se desentendieron de ella. Estamos en casa de mis padres; ambos estudiamos y mis padres están ahora en el paro. La ayuda no nos llega, tiramos de ahorros y de donde podemos. Si hacemos algo así es porque nos hace falta el dinero. Ahora mismo mi novia está llorando allí detrás porque sabe lo que va a pasar… Sabe que nos quedaremos con los 200 euros. Luego no sabemos lo que haremos, pero al menos con los 200... seguro.
—Me parece correcto. Así todos ganamos —dije.
Me miró con odio. Eso distinguí.
—Pero creo —seguí— que además de por el dinero, también lo hacéis por el morbo.
—Eres un puto cerdo de mierda —me dijo.
—He visto lo dura que se te ponía mientras te la chupaba y yo os miraba. Mira, Carlos: conozco cómo va esto. Una vez viví una experiencia de intercambio y fue algo excepcional. Luego vinieron otras y te aseguro que las recuerdo como algo increíble. Vosotros sois jóvenes y se os ve seguros. Más adelante lo olvidaréis y ya está. O quién sabe... igual se os abre el horizonte –dije mirando al frente.
—Sigamos. No quiero alargar esto más —dijo volviendo a las sombrillas.
Yo me volví y seguí tras él. Cuando llegamos allí, Carol se estaba limpiando la cara; se le notaba que había llorado. Ella seguía con las dos piezas del bikini puestas.
—Si queréis que os deje un poco más para que os tranquilicéis... – objeté.
—Comencemos —dijo ella.
De nuevo la tenía dura. Me senté en la roca, solté mi bolsa a mi lado y les dije que volvieran a continuar por donde lo habían dejado antes. Carlos se quitó las bermudas, se tumbó y ahora sí, me preparé para ver el espectáculo del cuerpecito de Carol; tenía los ojos llorosos. Se pasó las manos por detrás y se desabrochó el bikini, lo dejó a un lado y sus tetas libres me apuntaron con los pezones; mi polla iba a estallar dentro de mi bañador, me la saqué, gorda y cabezona. Tenía parte de las tetas blanquitas, justo el triángulo que le tapaba el bikini; el resto muy moreno. El pezón, grande comparado con el tamaño del resto, era rosado y bien puntiagudo, y tenía aspecto de estar blandito. Luego se sentó y se quitó la parte de abajo.
Cuando se preparó para meterse de nuevo la polla de su novio, pude ver su coño al completo; estaba depilado por toda la zona de los labios, era un coñito abultado y pequeñito, daban ganas de comérselo entero. Por la parte de arriba, por el monte de Venus, tenía una mata de pelo negro muy bien recortado que no le llegaba al clítoris, es decir, que no “estorbaría” si le dabas una buena comida. Era un coñito digno de ser taladrado por mi polla...
—Espera —dije—. No la tiene muy dura. Chúpásela a tu novio antes de volver a follártelo.
Ella se agachó y comenzó a lamerle la polla y los huevos.
—Aaaaahhh, así, así, nena, sigue así —gimió él.
Carol le dio unas buenas mamadas hasta casi el fondo y la polla de Carlos reaccionó inflándose por completo.
—Ya está —dijo ella—. Si esto es lo que hay que hacer... —Dijo mirándome mientras yo me pajeaba y ella enfilaba la polla de su novio en su coño. —Es lo que haré... para acabar lo más pronto posible. Todo sea por el puto dinero...
Yo la tenía a reventar. Otra vez. Dejé que cogieran ritmo, me recreé en esas dos tetas botando, en la mata de pelo de su coño y en sus labios abiertos y recibiendo las embestidas de la polla de su novio. Estaban disfrutando; incluso hubiera jurado que hasta se olvidaron de que yo estaba allí.
Luego me puse de pie. Desde mi posición veía el resto de la playa por encima de las sombrillas. No había nadie. Me quité por completo el bañador y lo dejé caer en la arena. Entonces di un par de pasos y mi polla quedó a un palmo de la cara de Carol.
Qué sensación cuando lo recuerdo... Ver sus ojos cerrados, con la cara constreñida por el placer y la boquita entreabierta. Miré a un lado y a otro. Nadie. Y si la hubiera habido, solo hubieran visto a un tío con el torso desnudo, de pie, detrás de dos sombrillas a modo de “caseta” o paraviento.
Me cogí la polla, la estrangulé con mi mano derecha en su base y le acerqué el capullo a la boca de Carol.
—Vamos —dije. —Empieza.
Carlos ladeó la cabeza para tener una visión desde abajo; me imaginaba cómo se veía mi polla desde allí abajo, en contrapicado, a punto de ser absorbida por la boca de su novia. Él siguió a lo suyo, follándosela a un ritmo más rápido; diría que aceleró el ritmo por culpa del ataque de celos silencioso que estaba sufriendo.
Entonces Carol abrió los ojos y vio de cerca mi enorme capullo. Levantó la vista para mirarme; vi que sus pestañas estaban todavía mojadas por las lágrimas que había echado minutos antes. Sus ojos llorosos acabaron por ponerme la polla como el cemento. Ella abrió la boca y sacó la lengüecita. Yo dirigí mi polla y deposité el capullo en ella. Tenía una boca caliente. Con la mano izquierda le cogí de la coleta suavemente y le fui metiendo centímetros de polla en su boca, y mi nueva putita de 20 años comenzó a gemir... su novio no nos quitaba ojo.
—Aaaaaahhh, qué boca más apretadita tienes, cariño... – solté.
—No le llames cariño —dijo el novio.
—Tranquilo, son solo mis formas...
Le saqué la mitad de la polla que se había comido y, con la mano izquierda sujetándole la coleta, le dirigí la boca hacia los huevos. Mi polla caía ahora con todo su peso por su cara (yo la había dejado libre de mi mano derecha); el capullo le rozaba la frente y parte del pelo más arriba. Comenzó a saborear mis cojones; notaba su lengua y sus labios caracoleando entre la funda de mis cojones, que bailaban de un lado a otro, de arriba abajo. Parecía una puta profesional.
—Así, así... límpiame bien los cojones —dije en voz baja—. Y ve subiendo esa lengua y los labios también por la polla.
Obedeció mientras su novio seguía taladrándola por debajo.
—¿Te gusta? Dos pollas para ti, una por cada agujero. No me digas que no te mueres del morbo.
Ella me miró sin decir nada, pero hubiera jurado que se le notaba que empezaba a disfrutar.
—No te pases, tío —dijo Carlos.
—No te preocupes, esto es solo un juego —dije—. Ya que estamos aquí los tres... ¿Por qué no disfrutar? Sigue follándote a tu novia. Tienes una novia preciosa —solté.
Ella no decía nada, solo lamía e intentaba meterse mi polla hasta el fondo (cosa imposible, pues no le cabía entera) y se sentaba una y otra vez en la polla del novio. Yo aproveché que estaban concentrados para soltarla de la coleta, flexionar mis rodillas y con ambas manos sopesarle bien los pechos. Me cabían bien en las manos, incluso rebosaban un poco; eran de la medida perfecta. Mi polla creció un poco más de tamaño. Sorprendentemente, ninguno dijo nada cuando vieron que yo le sobaba las tetas a Carol. Noté una vibración de su boca en mi polla; la muy zorrita estaba comenzando a gemir más alto. Le gustaba, le gustaba que le sobara bien las tetas y todo lo que le estábamos dando. Igual hasta estaba cerca del orgasmo. Como vio que mi polla crecía un poco, se la sacó y dijo:
—Ni se te ocurra correrte en mi cara...
—¿Bromeas? —dije—. Todavía quedaría para eso. Sigue, sigue. ¿Cómo va eso, Carlos? No te vayas a correr, ¿eh? —pero el chico no contestaba, solo taladraba a su novia.
Le dirigí de nuevo la polla al centro de la boca de Carol; ella la aprisionó de nuevo y comenzó a dar unas chupadas y unas tragantadas tremendas. Yo estaba en la gloria. Así seguimos unos cuantos minutos más. Yo alternaba entre cogerle las tetas y cogerla de la coleta, que tanto me ponía ambas cosas, hasta que decidí pasar a la siguiente fase.
—Cambiemos de postura —dije sacando la polla de la boca de Carol.
—¿Cuándo acabará esto? —preguntó Carlos
—Sí, quiero acabar en un par de minutos —dijo ella.
Yo no respondí y me tumbé en una de las toallas.
—Carol, sigue chupándomela, ponte a cuatro patas. Carlos, le puedes dar desde atrás, o por detrás porque... ¿hacéis anal?
—No —dijo Carol.
—Vaya, pues te gustaría, deberías barajar seriamente la posibilidad de probarlo.
—Me dolería – dijo.
—No quiere, yo lo he intentado varias veces, pero ella se niega, como lo de correrme.
—¿Cómo? —pregunté.
—Cállate, Carlos —dijo ella.
—¿Qué es lo de correrse? —pregunté mientras atraía la boquita de mi putita hasta mi polla.
Como vi que no respondían, volví a preguntar:
—¿Qué es lo de correrse?
—Verás —dijo Carlos mientras enfilaba la polla en el coño de su novia—. Puedo correrme en cualquier parte de su cuerpo, pero no en la cara o en la boca.
—Cállate, joder —gimió Carol entre la orden y el placer que le daba tener dos pollas para ella sola.
—¿De veras, cariño? —seguí dirigiéndome a Carol—. Ese es uno de los mayores placeres que le puedes dar a un tío: probar su semen, tragártelo, juguetear con él, limpiarle la polla y los huevos después de que se haya corrido. Sigue chupando, así, así... métela más —y hacía un esfuerzo por tragarla entera; yo notaba la cabeza de mi polla en el fondo de su garganta y las venas de la frente y del cuello se le hinchaban—. Si no le haces eso a tu novio, lo perderás; llegará otra más puta y más guarra que tú y cuando se trague hasta la última gota de su leche, él te dejará por ella.
—No quiere hacerlo, ya se lo dije, y lo intenté varias veces —dijo Carlos—. No aprietes más su cabeza —me ordenó—. Deja que ella te haga la mamada. Y vamos a acabar esto pronto, joder.
Yo saqué la polla de su boca y se la metí entre sus tetas. Mientras, Carlos la había cogido por la coleta y la montaba de forma salvaje; ella tenía que reprimir algunos gritos, por si nos oía alguien que hubiese entrado en la playa.
Aproveché que estaban entretenidos para sacar mis piernas de debajo de Carol y ponerme de pie. Disfruté unos segundos de la vista desde arriba; el culo de la chica botaba con cada embestida de una forma primordial. Me imaginé mi polla allí dentro, en su coño, visto desde atrás...
Cogí mi bolsa, la abrí, abrí la cartera y saqué un billete de 50. Mientras follaban, lo puse en la espalda de Carol; ella seguía a cuatro patas. Fue Carlos quien se percató del billete. Paró de darle embestidas, lo cogió y se lo mostró a Carol.
—¿Y ahora qué por esto, tío? —dijo un poco cansado y sudoroso.
—Con este billete subimos a 250 euros —dije mientras ambos me miraban—. Quiero comerle el coño a tu novia, hacer que se corra y, a partir de ahora, como un juego, usaremos un lenguaje más... caliente y duro.
Cuando dije lo de comerle el coño, Carol reaccionó con un leve movimiento curvilíneo de su cuerpo, como si con la sorpresa de oír eso le hubiera venido un pequeño orgasmo, diminuto. La putita seguro que se moría de ganas por sentir mi lengua bien adentro.
—Este tío es un cerdo y un degenerado —dijo ella.
—¿A qué te refieres con eso del lenguaje? —preguntó Carlos, ignorando a su novia.
—Me refiero a usar palabras como puta, cabrón... o expresiones como: voy a partirte el coño, chúpame la polla hasta el fondo, zorra... y cosas así. Hasta ahora parecíamos... demasiado correctos.
—A mí nadie me llama puta —dijo rotunda Carol.
—Será un juego, cariño —le dije.
—Al menos no tendrás que hacer nada más de lo que ya has hecho —dijo él pensativo—. Sí, es como un juego... ¡Pero sólo de palabras!
—Por supuesto —dije—. Y da mucho morbo, creedme —solté—. Y, por favor, vosotros también debéis participar diciéndoos lo que se os ocurra... o insultándome si lo preferís.
Carlos cogió el billete y lo guardó con el resto que ya tenían.
—Joder, Carlos... Está bien —dijo Carol—, sigamos.
Yo la cogí de la coleta sin mediar palabra y le hice que se hincara de rodillas. Le dije a Carlos que se acercara. Ambos estábamos de pie, uno a cada lado de Carol.
—Ahora chúpanos las pollas, putita.
Y ella, obediente, cogió las dos pollas y fue metiéndoselas alternativamente en la boca.
—Dos pollas para ti, zorra —dijo su novio siguiendo el juego.
Carol comenzaba a ponerle ímpetu al asunto. Yo estaba que, si la cosa seguía así, me iría a correr de un momento a otro con tanto morbo.
—Chúpame los huevos —le dije—. Carlos, mientras tu zorra me chupa, pásale tu polla por la cara; quiero ver cómo nuestras pollas tapan la carita de esta nena.
Él hizo lo que le mandé. Estuvimos así, ella lamiéndonos y chupándonos las pollas y los cojones durante al menos unos minutos. En esos minutos nos decíamos de todo y parecía que Carol ya le cogía el punto a esto de hablar duro, porque nos insultó a ambos diciendo cosas como: “Venga, cabrones, dadme más”, o “me voy a meter vuestras pollas hasta el fondo” y cosas así.
Nos puso a mil la zorrita de 20 años... Y a continuación, le dije que parase, se tumbara, y abriera las piernas. Lo hizo.
—Pero... vamos a acabar pronto, ¿no? —volvió a preguntar ella.
—Sí, tío. Acabemos pronto. —Suplicaba el novio muy nervioso.
Yo no les hice caso y le dije a Carlos que se apartara y que se quedase cerca de ella, masturbándose, pero que no le diera de comer polla, que de vez en cuando vigilase por si entraba alguien en la playa. Había llegado uno de mis momentos. Me tumbé frente a ella y acerqué mi cara a su coño. Estaba bien mojado; esos pelos sin depilar apenas en su montecito de Venus eran muy excitantes, los acaricié con los dedos de una mano mientras con los dedos de la otra comencé a acariciarle el clítoris y los labios del coño. Ella gimió.
—Ahora te lo voy a comer hasta que te corras, pedazo de guarra. –le dije.
—Sí, sí... cómeme, cabronazo, méteme toda la lengua y los dedos que quieras.
—¿Qué coño dices, Carol? —dijo el novio.
—Sólo estoy siguiendo el juego de este tío —dijo ella.
—Tío, creo que esto hay que pararlo —dijo Carlos mirándome.
—Carlos, ahora le toca disfrutar a tu novia —dije—. Antes hemos disfrutado los dos; ahora es justo que le toque a ella, ¿no?
—Es cierto, cariño, os he chupado las pollas. Además... tú apenas me chupas el coño, y ya no recuerdo cuándo fue la última vez que me corrí así...
—¿En serio? —pregunté—. ¿Carlos no te hace esto?
—Y pasé mi lengua por todo su coño. Ella se estremeció y cerró los ojos.
—Ah, jodeeer... –exclamó.
—No suelo hacérselo mucho.
—Pues mira y aprende, chaval —dije—. O si no lo haces, será ella la que te deje por otro cabrón come-coños como yo. Y no querrás eso, ¿no? Al final me vais a tener que pagar vosotros por daros clase de sexo, ja, ja, ja, ja...
Y comencé una de las mejores comidas de coño que he realizado nunca. La puta comenzó a gritar desde el primer minuto hasta el séptimo; se corrió por lo menos tres veces. La dejé agotada, entre mi lengua y mis dedos entrando y saliendo; no pudo contenerse. Y se apretaba las tetas mientras tanto. Suerte que no había nadie en la playa aún. Porque los alaridos que pegó esa zorra eran más grandes que todo el acantilado que teníamos detrás.
Cuando acabé, ella estaba empapada en sudor, y yo también.
—Bueno, cabrones, ya está. Aquí acaba todo —dijo Carlos meneándose la polla—. Es hora de que me digas ya que me corra y acabemos con esto. Nos llevamos los 250 euros y no nos hemos visto nunca.
Carol estaba tan agotada que ni siquiera respondió. Tumbada en la toalla. Yo me puse de pie, miré a Carlos y me dirigí a mi bolsa...
Os recuerdo que yo venía de cobrar la paga del mes. Que llegaba hasta los mil euros. Quería follarme a esa nena a toda costa, y quería hacerlo ya, ahora que ya no podía más y ella tenía el coño ardiendo. Pero no quería soltar toda mi paga... Así que saqué cuatro billetes de 50. Junto a lo que ya tenían, hacían un total de 450 euros. Una buena suma.
Puse los cuatro billetes de 50 sobre la toalla. Carlos los miró; Carol los miró. Entonces él supuso lo que yo iba a pedir y dijo mirándome a los ojos:
—Ya basta. Coge esos 200 euros y llévatelos. Ya es suficiente, tenemos 250 euros, no va a pasar nada más.
—Cógelos, tío —dijo Carol poniéndose de pie.
—Sabes, Carol, que los necesitáis. Con eso podréis pagar muchas cosas y...
—¡¡Cállate!! —gritó Carlos.
Yo levanté la cabeza para otear toda la playa. No había nadie en esa zona; algunos habían entrado en la playa y se ponían por el comienzo, pero no llegaban a la zona del acantilado. Se veían lejos. Carlos había cogido los 200 euros y me los había tirado en la bolsa. Yo los recuperé y los tiré en la toalla.
—Escuchadme —dije—...
—¡No! No te la vas a follar —dijo muy enfadado Carlos, a un palmo de mí.
Su novia comenzó a ponerse el bikini. Carlos cogió mi sombrilla y mi toalla y las apartó de su zona. Yo cogí mi bolsa y me aparté un poco. Los 200 euros todavía estaban en su toalla. Decidí apartarme más, como lo hice unos minutos atrás. Conforme me apartaba, iba diciendo:
—Los 200 siguen ahí. Es todo lo que tengo —mentí—. Pensadlo, por favor. Serán cinco minutos. Cinco nada más. Os dejo diez para que lo penséis.
Y volví a mi sitio cerca de la orilla.
—¡Fueraaaa! —gritó Carol, y se acercó a pasos grandes y me tiró los 200 euros a la cara.
Y ahora sí que algunas personas del comienzo de la playa giraron la cabeza hacia donde estábamos, aunque no se movieron de su sitio.
No pasaron diez minutos; pasaron al menos veinte. Yo ya había puesto mis cosas cerca de la orilla y estaba completamente convencido de que había empleado 250 euros en irme con los huevos a reventar para mi casa. Eché una ojeada hacia atrás y no vi ningún movimiento en la sombrilla de la parejita. Si no se habían ido todavía, era por algo.
Permanecí allí unos minutos más. La gente que había llegado a la playa se había quedado en el comienzo, que era donde más arena había; en la zona de baño donde la parejita y yo permanecíamos estaba más lleno de piedras.
Iba a recoger mis cosas cuando oí por detrás la voz de Carol. Me sobresalté porque no la oí llegar.
—Oye, tío... – dijo.
—¿Qué? —pregunté asombrado.
—Mi novio y yo hemos estado hablando.
—¿Y? —Solo de verla con ese bikini se me empezaba a poner dura de nuevo—. Solo cinco minutos. —dijo como en susurro.
No me lo podía creer, ¡habían aceptado! No me moví ni un ápice.
—Y solo lo hacemos por el dinero, por los 200 euros —dijo ella cabizbaja—. Ahora mismo mi novio está allí, detrás de la sombrilla con ganas de partirte la cara, e incluso dice que no sabrá si podrá soportar quedarse a ver cómo me lo haces.
—Bueno —dije—. No tiene por qué hacerlo si no puede. Lo entiendo. Los 200 euros eran precisamente para eso, para follarte después de que tu novio se hubiese corrido.
Se hizo el silencio y yo continué, no sea que se arrepintiesen:
—Voy a recoger mis cosas y las volvemos a poner como estaban antes, ¿no? Así acabamos antes de que venga más gente a esta playa...
Yo recogí la sombrilla, toalla, bolsa... y ella se fue para su sitio. Cuando yo llegué, estaban los dos sentados en su toalla, callados. Fue Carlos el que se levantó y se vino para mí:
—Escúchame, cabrón de mierda... No te pases. Voy a estar vigilándote de cerca. Aunque me tenga que ir desde el primer segundo, tú ten en cuenta que si ella grita pidiéndome que venga o grita mi nombre, vendré a por ti.
—Claro, claro. Eso no sucederá —dije yo cabizbajo, pues no era momento de enfrentarme a él en absoluto.
—Acabemos de una vez con esto —dijo ella mientras me quitaba mi toalla de las manos y comenzaba a unirla a la otra.
Carol colocó las sombrillas como estaban en un principio para que no se viera nada desde el resto de la playa y me dijo “Sigamos” mientras comenzaba a quitarse el bikini de nuevo. Su novio se sacó la polla, ahora floja, y empezó a meneársela. Yo les comenté que podían comenzar sin mí, podían follarse un rato hasta que Carlos se fuese a correr, o que ella se la mamase, lo que prefiriesen. Mientras... me sacaba mi polla y me pajeaba viendo cómo lo hacían. Ahora se notaba que no disfrutaban mucho; era como algo muy mecánico. No quise presionar diciéndoles que usaran un lenguaje duro, ni tampoco interviniendo. Me limité a decirle a Carlos que se podía correr cuando quisiera en las tetas de su novia. Él le dio unas cuantas embestidas fuertes a Carol y se puso de pie; ella se incorporó poniéndose de rodillas y uniendo sus tetas. Él apuntó a ellas y Carol ladeó la cabeza para evitar que le manchase la cara con su lefa. Él dio un grito, que contuvo al momento, y unos chorros de semen, bastante transparentes, comenzaron a salir de su polla y a manchar las tetas de su novia.
Me puse muy cachondo.
Cuando acabó, ella cogió unas servilletas de papel y se lo limpió todo. Carlos se guardó la polla en su bañador y se apartó. Fue todo como muy mecánico y estudiado. Como si no disfrutasen.
Había llegado mi momento: Sin decir nada, me quité del todo mi bañador y me acerqué a Carol. Seguía de rodillas y aún le quedaba algún resto pringoso de la leche de su novio por las tetas.
—¿Puedes darme algunas chupadas, por favor? —pregunté. —Así acabaremos antes... —Añadí para que no pusieran ninguna objeción.
Ella abrió la boca y, sin decir nada, comenzó a embocar mi polla hasta su garganta. Lo hacía con tantas ganas que cualquiera diría que lo hacía por puro placer. Se notaba que quería que acabase pronto. Es más, igual se aplicaba tanto para ver si yo no aguantaba y me corría, entonces no podría follármela, según pensaría, pero no sería así, porque si pudiera, yo estaría por correrme hasta tres veces en menos de media hora con una tía así...
Carlos nos miraba a escasos dos metros. Le hice un gesto con la mano para que parase; la tenía dura como la piedra más grande de la playa. Le dije que se tumbara boca arriba, que había llegado el momento, que sería cuidadoso. Ella se tumbó boca arriba y abrió las piernas por completo. Me puse a sus pies y me arrodillé; pude ver su hermoso coño, pequeño, rosado, abierto y chorreando a pesar de las circunstancias. Y es que se acababa de comer dos pollas en menos de tres minutos. No tenía más remedio que estar cachonda. Su monte de venus estaba coronado por esa pequeña mata de pelo negro que tanto me ponía. Entonces Carlos dijo:
—Espera, tío, ponte un condón.
—¿Qué? —pregunté.
—Que te pongas un condón —dijo ella.
Aunque parezca mentira, yo no llevaba ni uno en mi bolsa, y tampoco en el coche. Además, no había tiempo de volver al coche ahora.
—Dejadme uno –dije.
—No tenemos, tío —dijo Carlos.
—Ah —exclamé—, bueno, no pasa nada.
—¿Cómo? —dijo ella—. No me vas a follar sin condón.
—Perooo...
—No te la vas a follar sin condón, tío —dijo Carlos un poco crispado—. Ni de coña.
—A ver —comencé yo—. ¿No tomas anticonceptivos?
—Sí —dijo ella.
Su novio la miró como recriminándole haber soltado eso.
—Entonces, solucionado —aproveché para soltar.
—Ni hablar —dijo Carlos—. No se hace y punto.
—Carlos, el dinero —dijo ella.
—Confiad en mí —dije. —Estoy perfectamente, no debéis temer nada en ese aspecto; además, yo tengo mucho aguante y no voy a correrme dentro; controlo eso a la perfección, ¿entendéis?, no voy a correrme dentro, no quiero, aunque tomes la píldora, cariño, pero no lo haré. Confiad. Son 450 euros lo que os lleváis.
Ambos se miraron; Carlos se llevó las manos a la cara, se la tapó.
—Está bien —acabó diciendo desesperado—. Está bien.
Con la conversación yo volvía a tener la polla morcillona, así que le pedí a Carol que me la chupara unos segundos más. Se incorporó y lo hizo, y luego volvió a su posición, tumbada boca arriba y con las piernas abiertas. Me deleité de nuevo con el vistazo de su coño joven. Me coloqué cerca, mi polla estaba preparada...
Luego ella hizo algo que me puso aún más cachondo. Constriñó su cara y tendió una mano a su novio. Él se acercó por bajo, a ras de la toalla, y le tomó la mano en la distancia. Y así, mientras sus dedos se entrelazaban y ellos se miraban, mi polla se fue acercando a la boca del coño de esa nena de 20 años.
Qué momento el que puse la cabeza de mi polla en la entrada de su coño. Con ella aparté los labios exteriores y los interiores; conforme iba empujando lentamente, se iban metiendo dentro, arrastrados por mi polla... Un cosquilleo me recorrió la polla. Tenía desde arriba una visión perfecta. Su coño caliente se abrió un poco más, ya con la cabeza de mi polla dentro y bien apretadita, y el clítoris pequeño fue inflándose poco a poco. Dejé caer un poco de saliva en él. Entonces la miré, estaba con los ojos cerrados, y apretaba la mano de su novio; él hacía lo mismo. Le miré a él y él me miró con odio, curvando sus labios y apretándolos, mostrando asco hacia mí.
En ese momento me apoyé sobre mis rodillas, y con mis manos cogí a Carol por las caderas, la atraje hacia mí y de una tacada, pero lenta, le metí la polla hasta el fondo.
Ella ahogó un grito. Mi polla de cabeza gorda encajaba a la perfección en su coñito. Se le aflojó el cuerpo entero y hasta dejó de tomar la mano de Carlos. Él respiró con fuerza. Como si estuviera conteniéndose las ganas de darme un puñetazo en la cara. Yo sentía cómo mi polla se inflaba cada vez más dentro de su coño. Estaba apretada al máximo.
La agarré bien de las caderas y comencé a meterla y a sacarla lenta. Su novio le siguió tendiendo la mano, pero Carol ya estaba como en otro mundo. Cerró sus manos alrededor de su pecho y giró la cara hacia dentro de nuestra improvisada “caseta”, como si se quisiera ocultar para que su novio no la viera o le dijera con eso que no la mirase. Carlos expiró una bocanada de aire, resignado, y dio dos pasos atrás; se sentó en una piedra y se echó las manos a la cabeza.
Había pasado un minuto escaso. Fue entonces cuando aceleré mi ritmo; Carol tenía el coño hecho agua, mi polla entraba y salía ahora como si hubiera estado ahí metida y lubricada toda su vida. Dije:
—Así, así... Me está encantando, me estás poniendo a mil, así no vamos a tardar nada.
Ella gimió, por primera vez gimió claramente de placer y ahí fue cuando su novio se levantó casi de un salto. Yo creí que se iba a abalanzar sobre mí y me iba a moler a palos, pero comenzó a dirigirse hacia la orilla. No lo había podido soportar. Mejor, pensé, así tengo más vía libre, porque era lo que quería, quedarme unos minutos a solas con mi putita.
Le solté de las caderas y me tumbé encima de ella para sentir bien sus tetas apretadas contra mi pecho, mientras mi polla seguía taladrándola que daba gusto. A veces yo la dejaba bien metida hasta el fondo, con mis huevos bien apretados contra su culito, y ella ya ahí comenzó a gemir; eran gemidos cortos, los dejaba escapar cada vez que le daba una embestida de las duras.
—Qué grande, joder, qué dura la tienes —decía la zorra.
Llevábamos dos minutos y medio. Entonces me acerqué a su oído y le lamí la cara; también le metí la lengua entre los labios. Ella abrió la boca y en ella pude identificar el sabor de mi polla y la de su novio. Me estaba poniendo a reventar.
Le dije:
—Te ha gustado cuando te has corrido antes en mi lengua, ¿eh? Dime que te ha gustado, te ha gustado que un tío mucho más mayor que tú te coma el coño, ¿verdad?
—Sí, sí, sí... —dijo ella en susurros y entre jadeos.
—¿A que lo hago bien? Me quedaría comiéndote el coño toda la vida. Estás buenísima. Ya queda menos, pero quiero que te guste todo. ¿Te gusta que te folle?
—Sí, sí, sí... – decía con los ojos cerrados.
—Abre los ojos.
Lo hizo y me miró. A mí eso me puso más cachondo.
Ya llevaríamos algo más de tres minutos. Si yo hubiera querido, me hubiera corrido ya, pero apuré un poco más; al menos quería estar algo más de cinco minutos. No creía que su novio, cabreado que estaba, fuese a venir a interrumpirnos si me pasaba del tiempo.
Estaba claro que no quería tener la visión de su novia siendo follada por otro. Seguro que confiaba en que su novia me parase cuando llegaran los acordados; lo que no sabía es que su novia estaba rendida ante mis pollazos.
—Voy a follarte más duro, no grites —le dije.
Entonces le tapé la boquita con una mano para ahogar sus gritos y con la otra le tiré de la coleta. Comencé a follarla duro. Mi polla entraba y salía a una velocidad brutal, y ella empezó a gemir bajo mi mano y sus ojos se volvieron vidriosos y mojados.
—Zorra, zorra... qué bueno, joder. Cómo me has puesto nada más verte en la playa. So puta.
Estuve así un minuto, al borde del orgasmo y de llenarle el coño de leche. Luego bajé el ritmo y seguí con mi polla metida dentro. Su cuerpo se relajó, como si ahora pudiese volver a respirar. Sin sacarla le dije:
—Y ahora voy a correrme. He disfrutado de lo lindo. Se nota que tú también, ¿no?
—Sí, joder, sí... —dijo, y decía de verdad.
—Voy a correrme en tu boca –dije.
—Ni lo sueñes. Hazlo en mis tetas —dijo ofreciéndomelas.
Yo saqué mi polla de su coño y le di unos cuantos pollazos afuera para mantenerla dura.
—Vamos, no queda tiempo, no quiero que tu novio aparezca y me corte la corrida.
Metí una mano en mi bolsa y saqué un billete de 50.
—Esto es lo último que me queda. Mira, es para ti. Tu novio no se va a enterar, solo para ti, pero me tienes que dejar correrme en tu boca. Te va a gustar. La tengo a reventar. Vamos, joder.
—No —dijo dudando—. No, no...
Metí la mano en mi bolsa y saqué otro de 50.
—Joder, 100 euros, ¿lo ves? Para ti. —Y los puse en un bolsillo del pantalón de ella, que lo tenía tirado a un lado de la toalla. —Es todo lo que tengo, ya no tengo más, te lo juro —mentí—. Será nuestro secreto, no se lo voy a decir a nadie.
—Uf... está bien, está bien, acabemos ya con esto.
—Y te lo tragas
—¿Qué?
—Te tragas mi semen. —Ella no dijo nada, solo me miró. —Quiero que me la chupes hasta correrme, y dime que te gusta, que quieres que te dé mi leche.
—Está bien. Acabemos, se pasa el tiempo.
Ya llevaríamos más de cinco minutos, seguro. Así que me puse de pie, pero no tanto como para que me viera el novio de lejos. Me agaché encogiendo el cuerpo para que no rebasara la altura de las sombrillas. Ella se arrodilló ante mí y comenzó a mamármela de una forma increíble.
— Chupa puta, chupa también los huevos. —Le cogí de la coleta y le apretaba su cabeza contra mi polla y los huevos; la tenía a reventar. —Dime que quieres la leche.
—Quiero tu leche, lléname, cabrón. Quiero tragarme tu leche. Dámela —y abría la boca y sacaba la lengua.
—Así, puta.
—Córrete en mi boca, hijo de puta, nunca he probado leche, quiero tragarme la tuya primero. Vamos, dámela.
—Ahhh, así, cariño. Ven aquí.
La cogí de la coleta y le hice desprenderse de mi polla, le dirigí la boca a mis huevos y empecé a pajearme en su cara. Ella seguía relamiéndome los cojones como una buena esclava.
—Me voy a correr, prepárate.
Entonces puso un poco cara de asustada. Yo la aparté un poco y con los dedos le rocé la barbilla para que abriera la boca. Lo hizo, y sacó un poco la lengua.
—¡Abre más la boca! —le ordené
Tenía la polla más gorda que nunca, mamándomela una tía de 20 añitos a la que nunca se le habían corrido en la boca. Su primera vez conmigo, ja, ja, ja... Puse el capullo en su lengua, le pegué un tirón de pelo para que abriera más la boca y dije:
—Ahora, putita, ahora, abre...
Y empecé a descargar a chorros; rebotaban en su lengua e iban para dentro. En un momento iba a cerrar la boca, pero de una embestida le metí media polla y se la abrí del todo.
—Traga, puta, traga...
Y acabé de descargarme dentro con unos buenos chorrazos. Ella hizo un ademán de que se estaba ahogando, pero yo no cedí. Le dije que comenzara a tragar, que para eso le había pagado. Comenzó a hacerlo con dificultad y poniendo alguna cara de asco.
Le saqué la polla y estaba llena de semen. Cuando tragó todo, le ordené que abriera la boca; no tenía nada.
—Buena chica —le dije—. Ahora rápido, límpiamela.
—¿Qué dices, tío?
—Que me la limpies, mámala. Rápido, que no hay tiempo.
Y lo hizo durante unos segundos. Unas chupadas que daba impresionantes. Se la volví a meter en la boca y la follé un minuto por ahí hasta que la relamió por completo.
—Dime la verdad, ¿te ha gustado?
Ella asintió medio sonriendo.
—Así me gusta, que lo reconozcas. Ahora podrás hacérselo a tu novio; lo has hecho muy bien, ha merecido la pena. Vamos, vístete. Ve a recoger a tu novio a la orilla. Yo voy a recoger mis cosas y me largo. Mejor no me cruzo con él. Ojalá algún día podamos vernos tú y yo a solas y repetirlo. Ahora mismo me volvería a correr en tu coño... en fin... ojalá nos veamos. ¿Me das tu número de teléfono?
—No, no... —dijo limpiándose la boca.
Tras esto, hubo silencio y nos comenzamos a vestir. Ella se puso el bikini y se fue a la orilla en busca de su novio, con toda la boca oliendo a mi semen y polla.
Yo recogí rápido y me largué de allí antes de que a este le diese por volver de malas maneras con un ataque de celos.
Esta fue la anécdota que me ocurrió aquel día de playa, la creáis o no. He vuelto alguna vez más por allí, pero nunca más los volví a ver ni creo que los vuelva a ver.
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