El Despertar en la Aldea parte 8
El sabor de Kofi aún en su boca, Awa no puede detenerse. Cada recuerdo la sumerge en un éxtasis que la deja exhausta y temblando. ¿Podrá resistir la tentación de su propio cuerpo?
Después de que Kofi se alejara por el sendero, su figura musculosa desapareciendo entre los árboles de cacao bajo la luz menguante del atardecer, Awa quedó de rodillas en el suelo polvoriento, su cuerpo delgado convulsionando en espasmos incontrolables. El sabor salado y cremoso de su semen aún persistía en su garganta y lengua, un regusto espeso y caliente que se mezclaba con su saliva babosa, enviando ondas de placer residual por todo su ser. Era la primera vez que saboreaba una polla, la textura venosa y pulsante contra sus labios gruesos y sensuales, el calor latiendo en su boca como un corazón vivo, y el mero recuerdo la ponía muy excitada, desencadenando más orgasmos que la dejaban jadeando. "Oh, dios... su polla en mi boca... tan larga, tan dura... el semen bajando por mi garganta... me hace temblar... no, Awa, levántate, fue un error", pensó, su mente un torbellino de vergüenza y deseo, pero su cuerpo traicionándola con contracciones brutales en su vientre, jugos chorreando por sus muslos en torrentes calientes y viscosos que formaban un charco pegajoso bajo ella, leche brotando en chorros potentes de sus pechos enormes, salpicando el suelo en fluidos blancos y tibios que olían a dulzor lácteo mezclado con su sudor salado. Gimió guturalmente, un sonido prolongado y ahogado: "Ahhh... mmmhhh... otra vez... me corrooo solo recordándolo", sus ojos grandes y seductores vidriosos, las rodillas flaqueando mientras olas de éxtasis la recorrían, dejando su nariz fina temblando con cada inhalación agitada.
Más tarde, se recuperó lo suficiente para levantarse, sus piernas largas y esbeltas temblando como hojas en la brisa nocturna que comenzaba a soplar, llevando el olor a tierra húmeda y flores silvestres que contrastaba con el aroma a sexo y fluidos que impregnaba su piel. Caminó hacia su choza, aún sufriendo pequeños orgasmos que la hacían detenerse cada pocos pasos, arqueando la espalda involuntariamente, un gemido suave escapando de sus labios gruesos: "Mmmhhh... oh, no... otro pequeño... su sabor... no se va". Cada contracción enviaba pinchazos eléctricos desde su clítoris hinchado hasta sus pezones erectos, leche goteando en hilos pegajosos por su torso, empapando la blusa raída que se adhería a su cintura estrecha y caderas marcadas. "Qué he hecho... me ruboricé, creí que me dejé llevar por debilidad, pero ahora... no puedo dejar de pensar en la polla de Kofi, tan fina y larga, latiendo en mi boca... siento que necesito más, que mi cuerpo exige más pollas, la que sea, de quien sea. Ahora que he probado una, no puedo resistirme a mamar otra... el sabor del semen, espeso y caliente, mejor que el agua pura del río, refrescante y adictivo... no, Awa, eres tímida, decente... pero mi trastorno me hace anhelarlo tanto", pensó, debatiéndose en su contradicción interna, el rubor subiendo por su cuello mientras un orgasmo enorme la golpeaba al volver a recordar la felación: la cabeza de la polla empujando contra su lengua, el mete-saca rítmico, los bufidos de Kofi. Gritó suavemente: "¡Ahhhhhh... sí, su polla... me corrooo enorme!", cayendo de rodillas de nuevo, sus manos bajando instintivamente bajo la falda para masturbarse furiosamente, frotando su clítoris en círculos desesperados, insertando dedos en su entrada resbaladiza, el sonido húmedo de sus movimientos como un chapoteo constante en el silencio del camino. Horas pasaron así, al borde del sendero, su cuerpo convulsionando en éxtasis encadenado, leche salpicando su rostro y torso en chorros a presión, jugos chorreando en pulsos calientes que formaban un charco bajo ella, gimiendo un coro de "Mmmhhh... más... oh, dios... polla... semen..." hasta que el agotamiento la dejó laxa, temblando en el suelo fresco.
Tras recuperarse lo suficiente, se levantó desnuda en la privacidad de su choza, la luz de la luna filtrándose por las grietas en las paredes de barro, iluminando su cuerpo perfecto de diosa color negro como la noche, alto y muy delgado pero con cintura y caderas bien marcadas, una figura perfecta que se curvaba con gracia natural, su culo duro y firme elevándose en un arco tentador, sus pechos enormes desafiando la gravedad con su dureza y firmeza. Se observó en un pedazo de espejo roto que colgaba de la pared, sus ojos grandes y seductores reflejando una mezcla de vulnerabilidad y fuego interno, su nariz fina y elegante contrastando con sus labios gruesos y sensuales que aún conservaban el fantasma del sabor salado de Kofi. "La naturaleza me ha bendecido con este cuerpo... en cualquier lugar del mundo sería admirado, deseado por mi belleza oscura, mis curvas precisas, mi piel suave como la seda bajo el sol africano. Pero además está mi trastorno... añade cabe más aún, permanentemente excitada, sufriendo orgasmos al mismo tiempo que lacto sin parar, gotas de leche cálida brotando como un manantial interminable, cada una enviando placer que me hace jadear. Es una maldición y una bendición... maldición porque me hace débil, anhelando pollas y semen como una adicta, bendición porque me hace sentir viva, deseable más allá de lo imaginable", pensó, su batalla interna atormentándola mientras un pulso renovado entre sus piernas la hacía apretar los muslos. "Solo espero poder controlarme hasta encontrar el hombre adecuado, con el que formar una familia, casarme por amor, no por lujuria. Pero mi cuerpo me dice que satisfaga a cualquier hombre, sin importar el amor... que abra las piernas para el primero que pase, que mame pollas hasta saciarme. Esa contradicción me destroza... ¿podré resistir?". El pensamiento la dejó temblando, un orgasmo sutil rozándola solo por la introspección, leche goteando por su vientre en hilos pegajosos, recordándole que la lucha apenas comenzaba.
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