Xtories

Paseo de verano

El calor sofocante del verano y la mirada fija de un tenor mayor despiertan en Kat una curiosidad que no puede ignorar. Lo que empieza como un juego de miradas en la piscina se transforma en una tarde de sensualidad íntima, donde el agua tibia y la ternura se mezclan con el deseo más crudo. Es un encuentro que sabe que no tendrá mañana, pero que promete ser inolvidable.

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Esta es otra historia de hace algunos años atrás. Yo tenía 21 años y todo ocurrió durante una especie de “paseo” en la casa del director del coro al que asistía. Fuimos unas veinte personas en total, la casa era enorme: piscina, cancha, terrazas amplias y muchas habitaciones, el ambiente era relajado, familiar, lleno de risas, niños corriendo y música flotando en el aire.

Siempre me llevé bien con todos, pero había alguien con quien la conexión era distinta, Cristofer, tenía 29 años, era tenor, pálido, un poco más alto que yo, con barba y el pelo alborotado pero curiosamente ordenado. No hablábamos mucho, pero siempre cruzábamos miradas.

Al llegar, casi todos nos quedamos en una terraza al costado de la piscina conversando, yo le contaba a algunas compañeras que al año siguiente empezaría a estudiar, cuando supe que Cristofer era licenciado en música. (lean mis otras historias jjmajajajajaj algo tienen los músicos, de verdad). Hablamos solo unos minutos, lo justo, pero desde entonces empecé a sentir su mirada pegada en mí, se la devolví y le sonreí. Eran cerca de las tres de la tarde y el calor era asqueroso, sofocante, de ese que se te queda en la piel.

No me complicaba meterme a la piscina; además había varios niños (hijos de compañeras y compañeros), así que fui al baño a cambiarme. Mi traje de baño era de dos piezas, azul con verde, hacía juego con mi pelo que en ese tiempo tenía mechas azules. Al salir del baño, me encontré de frente con Cristofer. También estaba en short de baño. Era atractivo, sin exageraciones, ni extremadamente musculoso ni delgado, solo una complexión media muy agradable.

—Kat, te estaba buscando —dijo.

Me sorprendió. —¿A mí? ¿Para qué?

—Me dijeron que tú siempre traes protector solar.

—Sí, tengo acá. ¿Quieres que te dé?

—Sí, por favor, linda.

(Dios… cómo me gustan los hombres que no son tímidos. Cada segundo que pasaba, su dulzura me desarmaba un poco más.)

Busqué en mi bolso y le entregué el bloqueador. Pensé que se iría, pero empezó a aplicárselo ahí mismo, piernas, brazos, pecho, cuello, con una calma casi provocadora.

—¿Me ayudas? ¿O tu novio se enoja? —dijo con una sonrisa traviesa.

Me reí. —¿Qué novio? Voltéate, chistosito.

Él rió también y se dio la vuelta. Empecé a masajearle la espalda mientras le aplicaba el bloqueador, sentí el calor de su piel bajo mis manos.

—Qué suaves tus manos —dijo en voz baja.

—Quizás lo suave es tu espalda —respondí riendo.

Me agradeció y, para mi sorpresa, me dio un abrazo rápido, sincero, fue un gesto pequeño, pero se me quedó marcado, tan tierno, tan dulce.

La tarde fue exquisita. Nos bañamos todos, cantamos, hubo guitarras, risas, fotos improvisadas. Cuando el sol empezó a bajar, sentí frío y decidí ir a cambiarme para abrigarme. El profesor me ofreció usar una de las habitaciones porque el baño principal estaba ocupado. Entré a la habitación matrimonial y me cambié la parte de abajo por unos jeans delgados.

Cuando me estaba desabrochando la parte de arriba del bikini, se abrió una puerta dentro de la habitación que yo había asumido que era un clóset. Era un baño. Y quien salió fue Cristofer.

Nos quedamos congelados.

—¿Me estabas esperando? —dijo riendo mientras se daba vuelta de inmediato.

—No sabía que estabas ahí, lo siento —dije, apurada, terminando de vestirme.

—Ya está, puedes voltear.

Se disculpó y se sentó en la cama, con una naturalidad que me descolocó.

—Eres tan hermosa… me intimidas un poco, de hecho.

Sentí cómo se me calentaban las mejillas. —No digas eso —respondí—, tú también eres lindo.. tierno

Se hizo un silencio cómodo, cargado de algo que ya no se podía ignorar, hablamos un rato más, de música, de la vida, de tonteras. Antes de salir, me tocó la mano apenas, como sin querer, pero no la soltó de inmediato.

Más tarde, cuando el paseo ya iba terminando y la gente empezaba a despedirse, Cristofer se acercó a mí otra vez.

—Oye, Kat… ¿te gustaría venir a mi casa un rato? Está cerca. Podemos seguir conversando, escuchar música.

Lo pensé solo un segundo. —Sí, me gustaría.

El camino fue tranquilo, íntimo, nos demoramos unos 30 minutos en su auto. En su casa había luz cálida, olor a incienso y a tierra humeda, tenía muchas plantas y partituras por todos lados, la casa era de sus padres pero ellos estaban de viaje, puso música suave. Nos sentamos en el sillón, me ofreció un té que yo acepté y conversamos un rato. Cada vez más cerca, hasta que su rodilla rozó la mía, me miró como si pidiera permiso.

—Tengo unas ganas enfermizas de besarte —dijo.

No respondí con palabras.

Se acercó despacio, como si quisiera memorizar mi rostro antes de tocarme. Cuando nuestros labios se encontraron, el beso fue profundo, lento, cargado de emoción. Sus manos fueron firmes pero cuidadosas, me tomó por la cintura y me acercó más a él, no fue brusco, era tan tierno.

Yo me detuve y respiré agitada.

-Estás bien?- preguntó susurrando

-Es que siento mi cuerpo con cloro aún, y mis padres deben estar esperándome, los llamaré, espérame un segundo.

Cristofer asintió y se puso de pie, yo llamé a mi padre para decirle que llegaría un poco tarde, pero todo bien, confian en mi, pues en unos meses me iría a otra ciudad a estudiar y todo bien con eso.

Cuando corté el teléfono, sentí un olor dulce y refrescante, Cristofer me llamo y me adentré en la casa, el estaba en el baño, yo me acerqué a el

-Te preparé la ducha, después puedo ir a dejarte si así lo quieres, no tenemos que seguir... con los besos... si no estás cómoda, yo entiendo completamente- le sonreí y lo abracé despacito.

En ese momento pensé, ¿estaría muy mal que siguieramos con eso y terminaramos acostandonos esta noche? si me gustaba, había tensión, era dulce, y solo sería eso.

Decidí que lo haría, yo quería y si el también quería pues no hay un problema.

El baño era bastante espacioso, yo toqué el agua de la ducha y estaba muy tibia, rica, me desabotone el pantalón y me lo quité, Cristofer se puso rojo y se volteó hacía la puerta.

-Te... te dejaré acá colgada...- escuché que se caía algo mientras me quitaba la ropa interior y me metía en la tina. -Me iré... o sea yo estaré afuera en la cocina... no afuera, me refiero acá... si necesitas algo puedes gritarme o hablarme- yo reí un poco.

-Mira, que es esto...- le dije para que se acercara

el se volteó mirando el suelo.

-Qué es que...- lo interrumpí agarrándole la polera y acercándolo a mis labios, lo besé despacio, el se arrodilló al lado de la tina y empezó a acariciar suavemente mi espalda

-Quieres venir conmigo?- Cristofer me miró con esos ojos oscuros llenos de sorpresa y deseo contenido, su respiración acelerada mientras procesaba mis palabras. Asintió lentamente, una sonrisa tímida curvando sus labios.

—Solo si tú lo quieres de verdad —murmuró, su voz suave como una caricia.

Me incliné un poco más, el agua tibia lamiendo mi piel desnuda, y lo besé de nuevo, esta vez con más intensidad, mi lengua rozando la suya en un baile lento y profundo. Él respondió con ternura, sus manos subiendo por mis brazos hasta enredarse en mi cabello mojado, se puso de pie con cuidado, quitándose la polera con movimientos deliberados, revelando su torso firme, sus pantalones siguieron, y vi cómo su bulto se endurecía, erecto y listo, pero no se apresuró, todo en él era pausado, reverente.

Entró en la tina conmigo, el agua salpicando ligeramente al acomodarse detrás de mí, me rodeó con sus brazos, su pecho presionando contra mi espalda, y besó mi hombro con labios suaves. El vapor del baño nos envolvía, creando un capullo íntimo donde el mundo exterior se desvanecía.

—Eres preciosa—susurró en mi oído, sus dedos trazando patrones suaves por mis costados, bajando hasta mis caderas sumergidas.

Giré el rostro para besarlo, mis manos explorando su pecho, sintiendo el latido rápido de su corazón. El beso se profundizó, nuestras lenguas entrelazándose con pasión creciente, pero siempre dulce, como si cada roce fuera una promesa, sus manos subieron a mis pechos, amasándolos con gentileza, sus pulgares rozando mis pezones hasta que se endurecieron, enviando ondas de placer por mi cuerpo.

Gemí bajito contra su boca, y él respondió succionando mi labio inferior, luego bajando besos por mi cuello mientras una de sus manos descendía entre mis piernas. Sus dedos encontraron mi entrada, ya húmeda no solo por el agua, y la acarició con toques lentos, separando mis labios para rozar mi clítoris en círculos suaves. Me arqueé contra él, el agua moviéndose con nosotros.

—Cristofer... —jadeé, mi mano bajando para envolver su miembro duro, masturbándolo con movimientos firmes pero tiernos, sintiendo cómo palpitaba en mi palma.

Él gruñó suavemente, su aliento caliente en mi piel, y me penetró con un dedo, luego dos, moviéndolos despacio dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía temblar. Nos besamos de nuevo, el ritmo de nuestras caricias sincronizándose, el placer construyéndose como una marea lenta pero inexorable.

No pude esperar más. Me giré en la tina, el agua chapoteando, y me senté a horcajadas sobre él, mis rodillas apoyadas en los bordes. Lo miré a los ojos, viendo el deseo reflejados allí, y bajé lentamente sobre su polla, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro. Ambos gemimos al unísono, el estiramiento delicioso y perfecto.

Empecé a moverme, subiendo y bajando con un ritmo pausado, mis manos en sus hombros para equilibrarme. Él me sostuvo por las caderas, guiándome con cuidado, sus embestidas subiendo para encontrarse con las mías. Cada penetración era profunda, apasionada, pero envuelta en ternura; besaba mis pechos mientras follábamos, lamiendo un pezón y luego chupándolo con succión suave que me hacía jadear.

—Te sientes tan bien... —murmuró, acelerando un poco el ritmo, sus caderas chocando contra las mías bajo el agua.

Envolví mis brazos alrededor de su cuello, besándolo con urgencia, nuestras lenguas danzando mientras el placer se intensificaba. Sus manos bajaron a mi trasero, apretándolo para profundizar cada embestida, y sentí el orgasmo acercándose, un calor dulce que se extendía por mi vientre.

Me corrí primero, mi vagina contrayéndose alrededor de su erección en espasmos, un gemido ahogado escapando de mis labios mientras lo abrazaba fuerte. Él me siguió momentos después, eyaculando dentro de mí con un gruñido bajo, su cuerpo temblando bajo el mío.

Nos quedamos así, unidos en la tina, el agua enfriándose lentamente alrededor de nosotros. Cristofer me besó la frente, luego los labios, con una dulzura que hacía que todo valiera la pena.

-Tienes sed? hambre?- yo asentí

-Aunque estoy muy cómoda, el agua está fresca-

-Esperame un poco - Cristofer salió rápido, se puso una toalla y volvió con dos vasos llenos de jugo, se metió nuevamente en la tina y yo me recosté nuevamente en su pecho.

La luz del baño era suave, empañada, y yo apoyé la cabeza en el borde de la tina mientras él jugaba distraídamente con mis dedos, dibujando círculos lentos, casi infantiles.

—Fue una tarde muy linda —dije al fin, rompiendo el silencio—. De verdad… no me lo esperaba.

Él sonrió, de esa forma suya, un poco torcida. —¿Lo dices como algo bueno o como “esto fue demasiado intenso para un paseo veraniego de un coro”?

Me reí. —Como algo bueno. Muy bueno, desde la piscina, el bloqueador, la música… todo fue dulce. Tú eres dulce.

—Eso no me lo dicen mucho —respondió, fingiendo orgullo, que le salía muy mal, naturalmente era muy tierno—. Generalmente me dicen “ordenado”, “responsable”, o “oye, canta más fuerte”.

—Bueno, hoy fuiste oficialmente dulce —le dije—. Y divertido. Gracias por eso.

Se quedó callado un segundo más de lo normal. Lo miré y noté que estaba pensativo, pero tranquilo, sin dramatismo.

—Kat… hay algo que quiero decirte —empezó—. No para arruinar nada, al contrario.

Levanté una ceja. —Eso sonó peligrosamente serio para alguien que hace diez minutos se estaba riendo lindo porque yo tenía un orgasmo.

Rió. —Ya, visto así… —respiró hondo—. En cuatro días me voy del país. Me gané un intercambio. Un año afuera.

Parpadeé, sorprendida, pero no triste. Solo honesta. —Mira tú… el tenor internacional.

—Exacto —dijo—. Muy glamoroso, pero no puedo aplicarme protector solar solo.

Nos miramos y ambos sonreímos. No hubo incomodidad, ni esa sensación amarga de “qué habría pasado si…”.

—Me alegra que me lo digas —respondí—. Y me alegra que haya sido hoy, no mañana, ni después.

—Yo también —dijo—. Creo que si esto iba a ser algo, tenía que ser así. Sin promesas raras. Sin finales trágicos.

—Un encuentro bonito —dije—. De esos que se recuerdan sin culpa.

—Exactamente —asintió—. Como una canción corta, pero bien escrita.

Me acerqué un poco más y apoyé la frente en su hombro. —Entonces brindemos por eso —dije—. Por las tardes inesperadas y los besos bien dados.

—Y por los intercambios —agregó—. Y las Kat que aparecen cuando uno menos lo espera.

Nos quedamos así un rato más, hablando de tonteras, riéndonos bajito, sin apuro. Cuando finalmente me vestí para irme,

-Estoy lista- le dije riendo -Me llevas?-

Asintió y salimos, fuimos al auto, yo puse la música y fuimos conversando sobre qué haría en su intercambio, sobre mis futuros estudios y llegamos bastante rápido.

Ambos nos bajamos

—Gracias por hoy —me dijo—. De verdad.

—Gracias a ti —respondí—. Que te vaya hermoso.

Nos dimos un último abrazo, largo, sincero. Y cuando entré al edificio supe que no todo lo intenso tiene que durar para ser perfecto.