Sexo a ciegas
Paula sabe que Federico no puede verla, y esa ceguera se convierte en su mayor libertad. Cuando la curiosidad laboral se transforma en deseo prohibido, la barrera de la vista desaparece para dar paso a una intimidad cruda y sensorial.
A mi edad, poca experiencia laboral acumulaba. Acabar los estudios y no encontrar una plaza es algo normal. Así que rebusque entre paginas y mas paginas un posible trabajo que me permitiese, al menos, salir un poco de esa crisis económica que me amenazaba.
Después de varias semanas rebuscando entre las distintas ofertas, encontré una de asistente a una persona invidente. Me pareció algo que podría hacer, aunque no tenía experiencia en estas cosas. Llamé al numero de móvil y una voz agradable me respondió.
Después de un pequeño interrogatorio por su parte quedamos en una cita en la misma casa de él.
No era mucho el sueldo que ofrecía pero tampoco era mucho lo que se pedía en contraprestación.
A las cuatro de la tarde me presente en la dirección que me habían proporcionado. Vestida muy formalmente, ligeramente maquillada y hecha una manojo de nervios ante una situación desconocida.
2ºB, pulse el portero electrónico. No tardo en responder la misma voz que me había atendido por teléfono. Un sonido chirriante y pude abrir la puerta metálica. Una amplia escalera a la derecha y dos ascensores en el pasillo de la izquierda. Pulse el botón y subí al elevador cuando abrió su puerta.
Cuando llegue al piso, la luz que se colaba por el ventanal de enfrente me deslumbro un tanto. Cuatro puertas enfrentadas con sus respectivas letras encima del marco.
2ºB, toqué nerviosa el timbre.
Escuche unas pasos acercarse, una llave girar y las bisagras quejarse al girar sobre su eje.
Ante mi un hombre de mediana edad me sonreía, no era difícil entender que no me veía. Me presente y extendió su mano, esperando que yo la estrechara. Lo hice.
Lo seguí hasta un pequeño saloncito donde me invitó a sentarme.
Olía bien allí, el mobiliario era el justo, muy minimalista. Normal para que un invidente pudiese moverse por la habitación.
Sentado frente a mi me explicó en qué consistiría mi trabajo. No era muy complicado. Básicamente debía de acompañarlo cada día en un largo paseo y distintas citas a bancos o cosas así. En la casa prestarle ayuda en distintas cosas que podrían ser peligrosas para él. El horario se adaptaría a sus necesidades y podía variar, siempre y cuando estuviésemos ambos de cuerdo y no fuese un problema para mi.
Charlamos un rato. Le explique,creo, que todo de mi. Estudiante recién acabada de serlo, sin novio, viviendo de alquiler en un apartamento no muy céntrico. Coche propio. Con una vida normal. Cosas así.
Él también me hablo de su vida. Ciego de nacimiento y un largo historial de médicos y cirugías para cambiar esta situación pero sin muchas esperanzas. A sus treintas y dos años había podido estudiar algo, manejaba el braille sin problema. Tenia un pastor alemán como guía que siempre lo acompañaba, salvo hoy que lo habían llevado al veterinario, ya lo conocería mas adelante. Su vida era monótona y aburrida. Vivía solo desde que su hermana falleció hace algunos años.
En su tono de voz se adivinaba cierta tristeza al recordar esto. Tome su mano para alentarlo. Lo agradeció.
Más o menos así fue la entrevista. Se me hizo simpático, era alegre de expresión y de carácter abierto. No pareciese que el no poder ver fuese un trauma para él.
Cerramos el acuerdo con un apretón de manos y una sonrisa. Al día siguiente me esperaría a las nueve de la mañana para dar un paseo.
Con un nuevo apretón de manos me despedí.
Feliz de haber encontrado un trabajo salí al pasillo. Tras de mi la puerta se cerro con un “hasta mañana”. El ascensor me devolvió al portal y de ahí a la calle. Respire profundamente el olor a tubo de escape de los coches y esa atmósfera contaminada de la ciudad. Busque mi coche y volví a casa.
El despertador sonó alas 7’30 de la mañana. Soñolienta prepare un café, me di una ducha y me vestí para asistir a mi primer día de trabajo. Como pude lleve mi coche entre tantos otros hasta dejarlo lo mas cerca posible de aquel edificio donde ya me esperaban.
Toque la puerta y un ladrido, no amenazante, salio de su interior.
“Nerón” fue el encargado de darme la bienvenida con unos lametones en la mano. Debo decir que adoro los perros. Desecho en disculpas por el comportamiento de su perro, Federico me invito a pasar.
Nada que perdonar, dije mientras acariciaba a aquel animal precioso que lo acompañaba.
“Nunca se comporta así con nadie. Parece que le has caído bien”
Me alegro. Me encantan los animales Federico. ¿Esta listo para salir?
De tu, por favor. Si, estamos listos.
Tomó un bastón blanco, la correa de su obediente perro y mi brazo.
Salimos a la calle como si llevásemos toda la vida conociéndonos. No se me hizo extraño, al contrario, me pareció maravilloso poder ayudar a una persona. Me hacia sentir bien.
Me explicó que un lugar que le encantaba era el paseo que discurre junto al rio, al pie de la alcazaba. Rodeado de altos álamos y cargado de humedad fresca. Conocía el sitio, así que, paso a paso, nos dirigimos hacia allí.
La mañana estaba esplendida. El sol calentaba sin dañar. El trafico permitía transitar por aquellas calles y las aceras no estaban saturadas de gente.
Su mano, apoyada en mi brazo, se dejaba guiar sin problema.
Charlamos como si nos conociéramos de toda la vida. Era muy agradable escucharlo. Su voz era aterciopelada, como con un toque de sabiduría. Se sabia de memoria el camino, apenas si tuve que ayudarle en el paseo, salvo por ese apoyo de mi brazo. Sin duda había recorrido muchas veces aquel trayecto.
El olor a churros calientes nos llego desde lejos. En una placita encantadora se esparcían algunas mesas y sillas. Las vistas eran espectaculares. La alcazaba, allí arriba, rodeada de un bosque cerrado. Los altos arboles tamizaban el sol y las hojas crujían bajo nuestros pies. Si, yo también disfrutaba de aquel paseo. Se me hacia extraño no haberlo visto nunca con aquellos ojos nuevos. Algo había cambiado en mi vida.
¿Te apetece un café con churros?
Me leíste el pensamiento. Respondí con una sonrisa, replicada con otra de su parte.
Sentados mirando hacia el rio, pedimos unos cafés y una docena de ellos.
“Nerón” se había tumbado a su lado, también él recibió algunos trocitos de aquella masa frita como premio.
Charlamos de muchas cosas, de él, de mi, de nuestras vidas, del paisaje que yo le detallaba para que él pudiese “verlo”, de sonidos, de sabores.
Estaba recibiendo una lección de como vive y siente una persona no vidente. Se me hacia extraño y a la vez levantaba una tristeza que traté de disimular por no herirlo.
Acabado el desayuno proseguimos el paseo internándonos por un camino que rodea la fortaleza. El rio se dejaba oír casi a nuestros pies. El sonido de pájaros ocultos repercutía contra las altas murallas, haciendo de aquel paseo algo mágico.
Federico me explicaba cosas que yo no “veía” pero él sentía. Estaba aprendiendo a ver con sus ojos.
Una fuente manaba agua y dos bancos de piedra a su lado invitaban a descansar, mientras Nerón era liberado de su correa y se daba el placer de corretear a nuestro alrededor. Si, él también disfrutaba de aquel paseo matutino.
Después de unas horas, volvimos al piso. Hoy no había que ir a ningún sitio. Me pidió que le pusiera de comer al perro mientas él se daba una ducha, cosa que hice de mil amores.
Escuche el agua correr en el baño mientras ponía algo de orden en la casa. Mas que nada para sentirme útil, no era mi obligación pero no me costaba nada.
Cuando salio de la ducha me fije en él. Parecía no necesitar ojos para andar por el piso. Tenia medido cada paso. Apenas si extendía la mano para tocar una esquina o una puerta. Tenia memorizada cada parte de la casa y su mobiliario. Me pareció increíble.
Se sentó en su sillón preferido mientras yo le leía unos periódicos y algunos artículos de unas revistas científicas. Le interesaba sobremanera la ciencia.
Así supe de sus estudios y su formación académica. Me fascinó.
Los días se sucedieron. Casi calcados unos a otros. Quizás alguna salida a algún teatro o a algún concierto, mezcladas con charlas en distintas universidades de su interés.
Aprendí a conocerlo, a saber de su carácter, no siempre positivo, de sus manías y de aquellas cosas que le agradaban. La confianza fue aumentando a cada paso.
Las charlas eran interminables, más que un trabajo parecía una relación de amistad. Creo que él se sentía igual de cómodo a mi lado.
¿Alguna vez has salido con alguien Federico?
Con una media sonrisa me pregunto ¿y tu que crees?
No lo se, por eso pregunto. Se me hace extraño que alguien como tu no tenga pareja. La invidencia no es un obstáculo, creo yo. Y, en sinceridad, te me haces muy interesante.
Uy, gracias hija. Bueno, alguna vez hubo algo pero nada serio. No es fácil convivir con alguien con dependencia.
Ya, lo entiendo. Solo era curiosidad por mi parte. Nada mas allá que saber porqué una persona tan agradable como él no tenia una pareja. Sin más.
El saber que él no me podía ver me daba la libertad de mirarlo libremente. Aparentemente estaba bien de físico. Quiero decir, que se veía “apetecible” para cualquier mujer. No era feo, al contrario, se veía guapo. Su cuerpo estaba bien proporcionado. Mostraba una preciosa sonrisa. Su voz era delicada. Sus manos suaves. No, para nada era feo.
Sé lo que estas pensando Paula.
Si ¿el que? Vamos a ver “adivino”. Bromee.
En como llevo eso del sexo….¿me equivoco?
Me sonroje. No había pensado en eso, aunque alguna vez si que me surgió la pregunta pero no la hice.
Pues no, “adivino”, no estaba pensando en eso, malpensado…
Venga Paula, que ya nos vamos conociendo…
A ver, Federico,no estaba pensando en eso, pero si es verdad que alguna vez me lo cuestioné. Pero para nada era mi intención sacar ese tema.
¿Y si yo te hiciera la misma pregunta? Una chica joven, intuyo que guapa, agradable, con estudios ¿como es que está sola y sin pareja?
Eso tiene explicación. Respondí algo azorada. He dedicado estos años a estudiar. Lo primero era mi carrera. Para ello tuve que sacrificar esa parte de mi vida. Eso no quiere decir que no hubiese ocasiones “especiales”, tu ya me entiendes. Pero digamos que no es una prioridad.
Si, eso lo entiendo pero ¿y el sexo?
Federico ¿de verdad estamos hablando de esto?….Me sorprendes.
Una carcajada me retumbo en el cerebro. No, no se estaba riendo de mi, mas bien era la reacción a la situación a la que me había llevado mi pregunta. El verme dubitativa y nerviosa le hizo gracia.
Tranquila, mujer, tranquila. Solo charlamos como amigos. No hace falta que respondas. Era mera curiosidad. Y volvió a reír.
¿Y tu?...devolví la pregunta con cierta malicia…
Las tornas se cambiaron. Ahora era él el que se enrojecía….
Su expresión cambio, se me hizo un tanto cómica, me reí.
Vaya, se me tornó la pregunta. Que mala eres. Respondió recuperando la sonrisa.
Venga, valiente, contesta. ¿como llevas lo del sexo?. Respondí envalentonada…
Bueno...como puedo...tu ya sabes…En solitario…
Su cara era un poema. Me reí a gusto. Balbuceaba por primera vez. Nunca antes lo había visto así.
Vamos. Que estamos los dos igual...Le respondí riéndome con ganas.
Ay niña, no bromees con estas cosas…que es muy serio el tema. Casi sonó a broma la respuesta.
Se hizo el silencio entre ambos. De alguna manera nos habíamos dado cuenta de que si, realmente estábamos a la par en eso del sexo.
Pensando en mi, no recordaba la ultima vez que había tenido sexo con alguien, salvo conmigo misma. Ni siquiera recordaba cunado fue la ultima vez que había mirado con ojos golosos a alguien.
Creo que por su mente pasaban las mismas preguntas o parecidas a las mías.
Vaya, parece que esta pasando un ángel. Murmuró. Perdóname si te ha parecido que te faltaba el respeto. No era mi intención.
No Federico, nada que perdonar. En absoluto. Perdóname tu por sacar ese tema. Igual te has sentido mal. Lo siento.
Te digo lo mismo, nada que perdonar. Vamos a hacer una cosa. Por favor, prepara unos cafés ¿te parece?. Me pidió tratando de alejar el momento tenso.
Me parece bien. Ya vuelvo.
Me levante para dirigirme a la cocina.
Federico se quedo sentado en el sillón. Junto a él, “nerón” jugando con su juguete preferido.
Mientras esperaba que la cafetera hirviese no apartaba las preguntas de mi cabeza. Era cierto, llevaba mucho tiempo sin sentir un hombre, sin apretar un cuerpo masculino a mi pecho, sin sentir otras manos que fuesen las mías acariciarme, sin una boca que besar...demasiado tiempo…
¿Cuanto hará que a él le pasa igual?…
Serví dos cafés, los puse en una bandeja y volví a la habitación. Lo encontré perdido en sus pensamientos. Sabia que me había escuchado entrar.
Aquí tienes. Dije poniendo uno junto a su mesita auxiliar, al lado de un librote enorme que casi la ocupaba entera, procurando no mancharlo.
Con manos sabias tomó la taza para llevarla sus labios. Nunca le ponía azúcar.
¿Que piensas? Dijo dirigiéndose a mi después de devolverla a la mesita.
No lo sé Federico. La verdad, estoy confundida.
¿ Y eso?
Bueno, pensaba en lo que hemos hablado,. Y es cierto. Hace años que no estoy con un hombre.
¿Y eso te perturba?
No, no realmente. Solo que hasta ahora no me había parado a pensarlo.
Tranquila, estamos los dos igual. Ya llegara. Al menos eso pienso yo.
Lo mire de nuevo, respaldada por la confianza de saber que no me veía.
Dibuje su contorno con los ojos. Me pare en su entrepierna. Trate de imaginar qué ocultaba aquel pantalón. ¿Qué me estaba pasando? ¿me estaba calentando yo sola?…
Federico, ¿Que harías o qué dirías si te propongo tener sexo?
¿Como?...¿hablas en serio? Paula, piénsalo bien.
Hablo completamente en serio. Créeme. ¿Que harías si me desnudara frente a ti sabiendo que no puedes verme?
Paula. Para, por favor. Ese no era el trato de trabajo. No sigas por ahí.
No me has contestado, ¿que harías si te digo que estoy desnuda frente a ti?
No lo se Paula. De veras que nunca me había visto en esta situación. ¿Hablas en serio?
Me levante. Abrí mi blusa, corrí la cremallera de mi falda. Desabroche el sujetador y mis braguitas corrieron por mis muslos hasta el suelo. Francamente no sabia porque estaba haciendo esto...o si lo sabia…
Supuse que él escuchaba la tela caer, el sonido de la cremallera. Su entrepierna sufrió un ligero abultamiento.
Federico, estoy desnuda.
Paula, para por favor. Dijo con cierto temblor en su voz.
Tome su mano y la lleve a mi pecho. Pudo saber como era el tacto de mi piel.
Se quedo allí, parado, sin apretar, sin querer mover su mano. Supongo que luchando contra si mismo.
Por favor. Aprieta un poco. Necesito sentir el tacto de un hombre.
Lo hizo. Su mano apretó mi pecho nerviosa. Sus dedos suaves alcanzaron mi pezón que reacciono al tacto. No se movió de su sitio. Solo aquella mano acariciaba mi carne como si no fuese suya, como por vida propia.
La tome de nuevo para dirigirla al otro pecho. Misma reacción, misma sensación. Lo deje que disfrutara a su antojo, a su ritmo.
Me incline hasta dejarla frente a su cara. Podía sentir el calor que mi cuerpo despedía en sus tez en sus labios. Un paso mas y roce con mi pezón su boca.
Instintivamente la abrió para devorarlo. Parecía un niño con un caramelo del que desconocía su sabor y le gustaba descubrirlo.
Cerré los ojos mientras sentía aquella lengua lamer mi pecho. Apoye una mano en su hombro y lo deje disfrutar de algo que, supongo, hacia tiempo no disfrutaba. Mis piernas sintieron como un escalofrió que se arremolinaba entre mis muslos. Acallé un gemido.
Sus manos se posaron en mi cintura apretando suavemente mi carne tibia.
Miré su entrepierna y un abultamiento se notaba bajo el pantalón. Alargue mi mano para tomarlo en la palma. El calor que desprendía hizo reaccionar mi intimidad, inundándose de humedades. Él se dejó acariciar.
Ahora sus manos viajaban libres por mi espalda, llegando a mis glúteos furtivamente, como pidiendo permiso para avanzar.
Tome su cara con las manos y lo bese con ganas. No, no era la primera vez que besaba, eso lo supe en cuanto sentí su boca entreabrirse para recibir mi lengua. Besaba muy bien, se sentía rico.
Me senté en su regazo sin parar de besarlo. Ahora sus manos paseaban por mis muslos y mi espalda. Ambos fuimos entrando en ebullición.
Me pidió ir al dormitorio para estar mas cómodos en su cama. Una orden a “nerón” para que se quedase en la salita y salimos hacia ella.
Tomado de la mano se dejo llevar hasta la habitación. Con mis manos le quite la ropa antes de tumbarnos en aquella cama que se me antojaba muy grande para una persona sola.
Una vez desnudos nos dejamos caer en ella abrazados. Sintiendo nuestros cuerpos por primera vez rozarse sin la limitación de tela alguna.
Nuestras bocas peleaban por saborearse mientras las manos recorrían el cuerpo contrario, tratando de aprendérselo de memoria. Cerré los ojos para tratar de adivinar como sentía él en su oscuridad.
Su mano tomó, ahora sin mi ayuda, un pecho, lo acarició con delicadeza, sin premura. Disfrutando el tacto. Mientras, las mías, tallaban aquella espalda ancha bajando hasta la cercanía de sus glúteos. Sin dejar de besarlo.
En poco minutos pareció envalentonarse y llego a mi entrepierna. El calor de mi sexo lo recibió como agua de mayo. Separe un tanto mis muslos para permitirle un acceso total.
Sus dedos sabios sabían como acariciarme, sabían perfectamente donde apretar, donde acariciar. Sentí emociones que casi había olvidado.
Seguí con los ojos cerrados todo el tiempo. Aquella oscuridad auto-infligida parecía aumentar las sensaciones. Estaba descubriendo mi sexualidad desde una perspectiva nueva y eso me gustaba.
Titiló mi clítoris haciéndome gemir mientras atrapaba un pezón con sus labios. Nadaba entre gemidos y convulsiones mientras lo hacia.
Lo deje hacer para su disfrute y el mio.
Su pene golpeaba o rozaba mi muslo o mi cadera, dejando un rastro viscoso a su paso. Lo sentía duro y caliente. Lleve mi mano hasta él y, por primera vez, pude sentirlo en su máximo esplendor. Eso, unido a las caricias que recibía, elevo la temperatura interior.
Llevado por el calentón bajó hasta quedar de cara a mi sexo. Aproximo su boca hasta él y saboreo mi naturaleza de mujer que, supongo, echaba de menos. Su lengua pareció ralentizarse al contacto. Saboreaba a placer, quizás mas el suyo que el mio. Desde la altura lo vi como si pudiese ver. Casi parado frente a mi sexo, separando con dedos gentiles sus labios. Oliendo como perro de presa a su victima. Saboreando lentamente el néctar que yo destilaba para él.
Insistió una y otra vez con aquella lengua ladina sobre mi clítoris. Mis pulsaciones se dispararon poco a poco. Tomando mis nalgas me levantó lo suficiente como para dejarme expuesta a su capricho. Ahora mis gemidos eran profundos y largos. Estaba por venirme en su boca.
No cejó hasta que inundé su boca, hasta hacerme temblar entre sus manos y la boca. Hasta dejarme desmadejada.
Me dio el tiempo justo para subir hasta mi boca y besarme. Dejando su glande a las puertas de mi
sexo. Esperando a tener permiso para entrar en mi cuerpo. Dándome la oportunidad de apurar lo sentido.
A pesar de estar sensible, mi mano lo dirigió hasta la entrada justa. Él, apretó un tanto, lo justo como dejar su glande en la entrada. Haciendo que mis músculos se relajaran para permitirle el paso.
Fueron mis propias caderas las que acabaron el trabajo. Su pene arraso con mi debilidad colándose hasta casi mi estomago. Haciéndome sentir llena, como si me estuviese completando en el terrible puzle de mujer que soy.
Allí permaneció quieto. Dejándome saborearlo. Adueñándome de su grosor.
Mientras, su boca, volvía a revolver mis pechos con sus caricias húmedas. Sus manos apretaban mis nalgas como si amasasen masa de pan. Haciéndome recorrer por un escalofrió casi olvidado.
Tras unos momentos, comenzó a cabalgarme. Sacando casi y volviendo a meter en mi, aquel trozo de carne caliente. Provocando que me faltase la respiración.
No tardé en cogerle el ritmo y lo pude acompañar en su perforación continua. Sintiéndolo golpear lo mas profundo de mi ser. Arrancando gemido tras gemido, gota de sudor tras gota.
Tendida de espaldas en la cama, los ojos cerrados, las piernas anudadas a su cintura. Apretando con cada musculo disponible la carne que me atravesaba. Culminé la cima de un orgasmo que volvía a desmoronarme sobre mi misma. Haciendo correr ríos de placer entre mis piernas y hasta mi cerebro.
Sintiéndome mujer entera.
Su eyaculación vino a apagar casi aquel fuego que me ardía en las entrañas, sofocando llamas y levantando nubes de vapor.
Su cara se estrelló contra mi hombro mientras era poseído por estertores de pequeñas muertes que lo atrapaban en mi sexo. Cada gota de semen era un gemido que mordía mi hombro, mi carne.
Callados, los ojos aun cerrados por mi parte, con una mano reposando sobre mi pecho. Tratando de apurar los pequeños temblores que aun nos recorrían, fuimos relajándonos. El silencio solo era perturbado por nuestras respiraciones, aun afectadas.
Mi boca busco la suya con un gracias entre mis labios. Realmente necesitaba sexo, casi lo había olvidado. Su respuesta fue “a ti también”. Supongo que ambos nos sentíamos agradecidos por aquel momento que habíamos recuperado de la memoria.
Nos dimos una pequeña tregua. Necesitamos recuperarnos antes del siguiente asalto.
Bajé con mi boca hasta su pecho, mi objetivo estaba mas abajo, pero debía de hacer alguna parada técnica antes de llegar a meta.
Saboree sus pezones, casi ocultos por un vello rebelde que los rodeaba y se enredaba en mi lengua. Me sabia a sal, a mar, no se por qué. Los saboree por pequeños asaltos. Siéndolos crecer entre mis labios o contra mi lengua. Él, se dejaba acariciar tendido de espaldas.
Su vientre, redondito y algo abultado, no me dejaba ver su magnitud, lo rebase hasta darme de cara con aquel monolito que me atraía irremediablemente. Cuando llegue hasta él pude mirarlo a placer antes de sentirlo en mi boca, contra mi paladar, casi en mi garganta.
Su sabor me atrapo como en un deseo incontenible de hacerlo mio. Mi lengua se empeño en rodearlo una y mil veces. Mi boca se sintió agradecida cuando lo interné en ella. Su dureza me apremiaba, al igual que la oscilación de sus caderas.
Lo mantuve dentro de mi mientras mi mano subía y bajaba aquella piel oscura. De nuevo, mis ojos cerrados, me hacían sentirlo diferente. La sensación era como nueva, como algo que volvía del pasado, desconocida pero, al mismo tiempo reconocible. Lo apure a placer.
Mi mandíbula estaba a punto de estallar con tal de abarcarlo al completo. Lo hundí hasta sentir pequeñas arcadas. De él solo escuchaba pequeños gemidos o sentía una mano en mi cabeza pujante contra su menhir de carne.
Note su ritmo cardiaco aumentar, su respiración alterada, quería más aun, mucho más. Aumente el ritmo. Ahora ya perdí el pretendido control. Solo era su carne encajada en mis labios en un torbellino que culmino en una eyaculación desordenada que rebaso mi boca o bajo por mi garganta sin previo aviso. Apreté los ojos y lo deje gozar de su momento. Sus temblores hacían temblar mi cabeza y mi mano. Sus gemidos fueron decayendo como los latigazos que asolaban mi paladar.
De nuevo la calma, pero esta vez con tintes blancos y pegajosos en la comisura de mis labios, en mi barbilla, en su muslo, en su vientre.
Subí hasta depositar un largo beso blanco en su boca. Lo asumió sin problema.
Ambos habíamos reconquistado el placer compartido, el sexo casi olvidado. Ambos a ciegas, el por condición, yo por simpatía.
Siguieron los largos paseos, las visitas al banco, al teatro. Los cafés en placitas antiguas. Continuaron las charlas sobre mil temas. Los horarios laborales.
Nada parecía haber cambiado desde entonces. Eso si, cada vez que alguno de los dos necesitaba placer era prontamente satisfecho.
El trabajo se hizo placer y placer el trabajo. Jamas volví a encontrar una relación laboral igual.
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