Xtories

Operación de pecho y cambio de vida

El uniforme de Antonio no esconde lo que realmente busca en Mónica. Ella sabe que su nuevo cuerpo es una invitación, pero no imaginó que la puerta de su oficina se convertiría en el escenario de sus fantasias más prohibidas. Esta vez, no hay vuelta atrás.

Meador6912K vistas7.8· 13 votos

Mónica se miró al espejo, aún sin acostumbrarse del todo al reflejo que la devolvía la luz del vestuario. Su escote era alto, discreto, pero imposible no notar cómo el tejido de la blusa se tensaba sobre sus nuevos pechos. Redondos, firmes, una obra de arte bien invertida después un embarazo que le habían dejado la autoestima tan caída como su antiguo sujetador, ella siempre tuvo un pecho precioso y de buen tamaño pero después del parto creció muchísimo y después de la lactancia todo se vino abajo, por eso decidio someterse a una levantamiento de pecho con aumento, no quería ponerse mucho pero entre su marido y la enfermera que la aesoro en la clínica decidió ponerse 400 cc lo que la dejo casi una 100 copa E.

—Por fin te ves como deberías haberte visto siempre —le había dicho su amiga Carmen al verlas por primera vez.

Ahora, de vuelta al trabajo tras la baja por la operación, había una nueva presencia en la entrada del edificio: un Policia nuevo, que no estaba cuando ella se fue. Alto, moreno, mirada lenta y segura. Llevaba el uniforme con arrogancia silenciosa, las mangas arremangadas y un leve acento del sur que hacía que cualquier frase trivial sonara a promesa. Se llamaba Antonio.

—Buenos días, Mónica —le decía cada mañana, con una sonrisa que se le quedaba pegada al cuerpo todo el día.

Las miradas se fueron alargando. Al principio fue su escote. Después, cómo ella se agachaba ligeramente para pasar el bolso por el escáner. Luego, él le abría la puerta, pero sin moverse de su silla, simplemente dejando que ella pasara muy cerca de su muslo abierto, rozando casi, sin tocar.

Marta no era tonta. Sabía que la estaba deseando. Y no podía mentirse: le encantaba. Empezó a quedarse más rato en la oficina, sin necesidad. Solo para que él supiera que seguía allí.

Antonio consiguió su móvil y empezó a escribirla, primero con escusas tontas, luego la decía que le ponía nervioso verla y así poco a poco la fue camelando y llevando a su terreno.

Una tarde, cuando todos se habían marchado, oyó pasos en el pasillo.

—¿Todavía aquí? —preguntó Antonio desde la puerta de su oficina.

—Sí. Aprovechando la paz para estudiar…

—¿O para que venga a revisarte los…? —sonrió, pero su mirada bajó sin disimulo a su pecho.

Mónica se levantó despacio. El silencio era denso. Dio dos pasos hacia él, y sin decir nada, desabrochó un botón de su blusa. Luego otro.

—¿Querías ver si son de verdad? —susurró.

Él se acercó sin pedir permiso. Hundió la cara entre sus pechos, los besó, los lamió, mientras sus manos firmes le subían la falda. Ella gimió bajo, con la cabeza hacia atrás.

Desde aquel día, se volvió rutina. Ella bajaba a la garita al final del día, con cualquier excusa. A veces llevaba. Otras, simplemente una sonrisa.

Las conversaciones por WhatsApp ya solo hablaban de sexo, insinuaciones provocaciones, envío de fotos,... Antonio la contaba como se lo haría, por el culo, solo por el culo. Él tenía gustos sexuales muy raros le gustaba liarse con hombres, darles por el culo y que le diesen a él también, pero lo llevaba en secreto, Mónica le daba confianza y él le contaba todas esas cosas que haría con ella y otro hombre, eso despertó en Mónica un deseo e intereses sexual imparable.

Una tarde, bajó sin avisar. Cerró la puerta tras de sí. Él la miró, sin hablar. Ella se arrodilló delante suyo, lenta, como si fuera lo más natural del mundo. Con una mano, le abrió la bragueta. Cuando la polla salió, ella se quedó unos segundos en silencio. Era grande. Muy grande. Y completamente dura. Le miró a los ojos, y sin quitar la vista, la rodeó con los labios.

Chupaba despacio al principio, como si lo saboreara. Él gemía apenas, con un gruñido bajo. Cuando aceleró, empezó a sujetarla por la nuca. Monica se lo tragaba casi todo, babeando, las rodillas marcadas en la alfombra. Le encantaba. Le encantaba cómo la llenaba, cómo sabía que no podía ni pensar en su marido en ese momento.

Al cabo de unos días, subieron de nivel.

Ella estaba apoyada sobre su escritorio, con el culo al aire. Él la penetró despacio al principio, por detrás. Pero no por donde siempre. Por donde ella nunca había dejado a nadie. Hasta ahora.

—¿Estás segura? —le preguntó él, rozando su entrada con la punta.

—Sí. Métela. Lo quiero —jadeó, la cara contra la madera.

Entró. Ella gritó. Pero no de dolor. De esa mezcla perfecta de presión, placer, y el tabú roto que la hacía temblar.

—Joder, cómo te gusta —gruñó él, embistiéndola más profundo.

—Sí... me encanta. Métemela más... —pedía ella, sin vergüenza ya.

—Que facilidad, nunca he visto un ano que dilate tan rápido, estás hecha para que te follen el culo.

Él la tomó con fuerza, sujetándola de las caderas mientras se la follaba por el culo, golpeando sin parar, llenándola. Mónica no sabía si estaba llorando de placer o simplemente perdida en el momento.

Cuando él acabó, se quedó dentro un instante, jadeando. Luego salió, y ella sintió la corrida chorreándole entre las piernas.

—Te has portado muy bien —dijo él, con una sonrisa sucia.

—Mañana… qu

iero más —respondió ella, sin mirar atrás.

Continuará ---