No te quejes
Ella compró las esposas y el antifaz, pero él no esperaba que su sumisión fuera solo un preludio para desatar su propia bestia. En la oscuridad del hotel, el juego de dominación cambia de manos con una violencia que ninguno de los dos había planeado.
A mí no era algo que me llamase la atención, la verdad. Pero tú llevabas un tiempo dándome la matraca. Que te ponía. Que lo habías visto en no sé qué película y te habías puesto muy cachonda. Que siempre habías querido probarlo y no habías conocido a nadie en quien confiases lo suficiente. Que te excitaba la idea de dominar y de ser dominada. De sentirte sometida y utilizada. Que no sé qué historias del placer y el dolor como dos caras de la misma moneda.
Me tenías frito.
Habíamos ahorrado con minucioso esfuerzo cuatro duros para ir a pasar un fin de semana a un hotelucho cochambroso en una localidad costera que había dejado de ser turística hacía años (y por tanto era más barata), y en el camino me confesaste que habías comprado unas cosillas para darle un toque especial a la noche. Pensé en uno de esos conjuntos de lencería que tanto me gustaban, y empecé a salivar más feliz que una perdiz imaginando tus vertiginosas curvas acariciadas por un corpiño de eskai, o tus generosas nalgas apenas medio cubiertas por un vaporoso picardías semitransparente, o tus apetitosas carnes embutidas en la lycra translúcida de un catsuit…solo con pensarlo ya se me montaba la tienda de campaña y me prometía yo un fin de semana como debe ser.
Llegamos al hotel y una paisana de unos cincuenta años, rolliza y parlanchina, ataviada con unas mallas tan prietas que hubiese podido contarle los pelos del jugoso conejo, nos enseñó el cuarto y nos recomendó una sidrería donde se comía, nos dijo, bien, abundante y barato.
Yo quería subir ya al cuarto y verte con tus nuevas galas, pero me diste largas así que paseamos por el pueblo, nos remojamos los pies en el mar, nos tomamos unas cervezas, luego unas sidras, luego cenamos una inmensa mariscada (efectivamente, abundante y barata) con cuatro botellas de ribeiro, y cuando estábamos con el segundo cubata te pusiste tontorrona. Me mirabas como extasiada, te acurrucabas contra mí, me robabas leves besos...Yo quise aprovechar la situación porque llevaba deseando echarle el diente a la mariscada que llevabas entre las patas desde antes de la hora del almuerzo.
-Podríamos ir yendo al hotel...y me enseñas eso que compraste…
-Bueno...pero prométeme que aunque no sea lo que te esperas le darás una oportunidad…
-¿Una oportunidad?
-Sí...aunque sea algo que me guste a mí más que a ti…
Ya me temí entonces que volverías con la cantinela del sado, y no lo tenía nada claro. No tanto porque eso de dejarme atar y azotar no me gustase, ya que nunca me lo habían hecho y no podía estar seguro de si me gustaría o no, pero me daba algo de miedo que efectivamente me gustase, y que me removiese unos sentimientos confusos relacionados con unos juegos no exactamente inocentes con mis primas en los que me habían vestido con ropa de mujer y habíamos jugado a que yo era su esclava sexual (sí, lo sé, vaya par de guarras, pero bueno, en todas las casas cuecen habas y en la mía…). Y más miedo me daba, basándome en alguna situaciones de alta tensión en que nos habíamos visto envueltos en esas calles y esas noches que conocíamos bien, que a lo mejor a ti, a mí, o a los dos, nos quedase gustando más de la cuenta la parte sádica y nos acabásemos haciendo daño de verdad.
Así que decidí que si los tiros iban por ahí, me mostraría frío, inflexible y cortésmente distante y rechazaría tus ofrecimientos. Era una decisión firme. Muy firme. Por desgracia (o por suerte) el que nunca he sido tan firme (en lo moral, se entiende) en lo que toca a la jodienda soy yo, y tras dos cubatas más y unos cuantos arrumacos te seguí al hotel como un cordero, dispuesto a entregarme a los juegos que más se te antojaran.
Subí las escaleras detrás de ti, observando embobado el vaivén de tu culazo inmenso y babeando de gusto como un perro salido. En el cuarto sacaste de la mochila un par de paquetes, los abriste y desparramaste su contenido sobre la cama: había, sí, un picardías semitransparente blanco con hombros al aire y tanga a juego, pero en su mayor parte se trataba de piezas de una suerte de equipo de sadomasoquismo para principiantes: unas esposas, una especie de telas para atar extremidades, un antifaz negro sin ojos, un collar de perro con cadena, un latiguillo de cuero falso con siete colas, una pluma de esas de hacer cosquillas y una fusta.
Tragué saliva.
-¿Qué te parece?
-Ufff...pues no sé...no te creas que estoy yo muy convencido…
-Por favor, corazón...déjate hacer...que tengo muchas ganas…
-Es que no sé…a ver si se nos va a ir de las manos...
-Mira que solo de pensar en ello me pongo muy caliente…
Me tomaste la mano y le metiste por tu bragueta ya desabrochada, ayudándome a sortear la tela de las bragas. Estabas pingando, so puta.
-Y me pongo esa ropita para ti…
Me lamiste la parte lateral del cuello y la oreja. Se me puso la carne de gallina.
-Primero te dejas hacer...y luego me haces tú lo que quieras…
Me echaste mano al paquete y me lo manoseaste con ansia mientras notaba la humedad de tu raja en mis dedos y la calidez de tu aliento en mi oído.
En aquellas condiciones habría podido hasta firmar mi ejecución.
Así que acepté.
Me desnudé, y me dejé poner las esposas, los brazos por delante, las manos inmovilizadas sobre el vientre. Tú, mi perversa hurí, me ataste los tobillos a las patas de la cama con las telas y empezaste a desvestirte.
-Prohibido tocarse la polla...¿entendido?
Asentí. Ten quitaste las prendas despacio, ofreciéndome a la vista la plenitud de tus tetas grandes y tersas, la potencia de tus muslos robustos, la inabarcable belleza de tu trasero enorme, y lógicamente mi rabo empezaba a elevarse para pillar mejor perspectiva del espectáculo.
-¿Te gusta lo que ves?
-Sí…
-Sí, mi ama…
-Sí, mi ama…
Te pusiste lentamente el picardías y el tanga. Estabsa arrebatadora. Allí a la luz de la luna que entraba por la ventana, tu figura blanca y redondeada parecía una especie de cruce entre una aparición mariana y una diosa prehistórica de la fertilidad. Me tenías loco de deseo.
Te colocaste a horcajadas sobre mi cara y te separaste el tanga hacia un lado. Un vaho salado y punzante, un olor a mar y a hembra, llenó mis fosas nasales y llenó mi boca de agua.
-Ahora comémelo todo…
Y me plantaste el chochazo baboso y peludo en toda la jeta, obligándome a hocicar en él y retorcerme para encontrar una vía de aire que me permitiese sobrevivir a la asfixia. Tus labios mayores prácticamente me abrazaban la cara entera, tu clítoris hinchado me rozaba el puente de la nariz, tu flujo espeso y caliente me inundaba la boca, tu chumino me apabullaba y yo lo lamía y lo besuqueaba como buenamente podía.
-Ahora el culo…venga, cabrón...
Te acomodaste posándome el ojete en toda la boca, y yo lo lamí con obediente solicitud: estaba sudado, salado, palpitante. Me daba reparo, pero al tiempo me gustaba. Y a ti también, pues me restregabas la raja del culo por la boca y la cara y gemías obscenamente. Me tenías a punto de estallar.
Te levantaste un momento y volviste a colocarme el coño en el careto y a restregarte mientras jadeabas de placer, solo que ahora me acariciabas la picha tiesa con la pluma, provocándome unas cosquillas tan intensas que me hacían retorcer el cuerpo. El cuerpo, no la cabeza, que estaba encajada entre tus muslámenes titánicos, incapacitada para escapar.
No sé el tiempo que me torturaste con aquella mezcla de comida de bajos forzosa y cosquillas con pluma, pero la excitación que me iba subiendo me provocaba una mezcla extraña de euforia y rabia. Traté de tocarte el culazo, aunque fuese con las manos esposadas, pero me las sujetaste con fuerza.
-No te he dado permiso para tocarme, cabronazo…
Y te levantaste de nuevo. Esta vez al volver me pusiste el antifaz, dejándome en la oscuridad absoluta, y en ese laberinto de sombras me encontraba cuando empezaste a darme latigazos en las piernas y en la polla. No eran muy fuertes, pero picaban un poco, y el hecho de no ver por dónde vendría el próximo hacía la situación a un tiempo estresante y estimulante. Volviste a sentarte en mi cara y a obligarme a que te comiese alternativamente el coño y el culo, sin parar de darme latigazos y de insultarme con voz ronca y jadeante.
-Toma, cabronazo...mamón...cómeme toda, cerdo...cabrón...chùpame el culo...
No podía hablar. Si hubiera podido, te habría pedido más. Mucho más. Que te mearas en mi boca. Que me retorcieses los cojones. Que me dieses a beber la sangre de tu regla. Mi polla saltaba hinchada, a punto de reventar. Deseé en aquel silencio obligatorio que se te ocurriesen cerdadas más perversas y que las hicieses allí mismo, en aquel instante, conmigo haciendo de trapo para limpiarte el coño.
Pero te limitaste a correrte como una cerda en mi boca y en mi cara, soltándome una catarata de esencia de mujer pegajosa y caliente que casi me entierra, no sin antes entrarme por la boca y la nariz en cantidad, y en los ojos no gracias al antifaz.
Te levantaste, me liberaste de mis ataduras y me dijiste:
-Te toca a ti, ahora soy tuya…
Supongo que no sabías hasta qué punto me habías asalvajado con tu inofensiva muestra de dominio femenino, porque cuando te puse a cuatro patas en la cama y te esposé las manos a la espalda te quedaste mirándome en vilo, petrificada, supongo que por la sorpresa.
-Ahora me toca a mí, y te vas a enterar...
Te metí unos buenos azotes en el culo para empezar. Saltabas de aquí para allá como picada de un tábano, y tus nalgotas tiernas saltaban contigo hipnotizándome con su bailongueo.
-¡Ay! Eso pica…
Me fijé que te había dejado marcadas mis manos en rojo sobre el tierno blanco de tu piel de seda. Como no quería estropear ese trasero magnífico cogí la fusta y te arreé con ella sin duelo. Chillabas y te retorcías, pero me gustaba. Mi polla estaba a punto de reventar y verte así, sometida a mí, con el culazo en pompa y la raja pringosa, gimiendo de excitación y dolor, era más de lo que podía soportar, así que te la metí de golpe en el coño y empecé a follarte frenéticamente, golpeando secamente tus labios mayores con mis huevazos, dándote azotes en el culo, tirándote del pelo. Tú gemías y chillabas y jadeabas y te sacudías, pero no podías, y supongo que no querías tampoco, escapar. Dejé caer un escupitajo en el ojete de tu culo y te metí un pulgar en él mientras te follaba. Gritabas, los ojos cerrados, la boca chorreante de babas...te saqué la polla empapada de flujo espeso, y te la emboqué en el ano, dispuesto a entrar a matar.
-No, por favor, por el culo no…
Me paré un momento, la polla tiesa en la mano, el glande apoyado en tu ojete, y miré tu cara. Me mirabas con miedo, y eso me excitó aún más. Y esa excitación me asustó a mí un poco también.
-Por el culo no, pero es el último favor que te hago esta noche…
Te quité las esposas, te di la vuelta hasta dejarte patas arriba y te até las muñecas a los extremos del cabecero de la cama con las telas aquellas, apretando lo más fuerte que pude. Te quejaste de que te apretaban, así que te quité el tanga a tirones y te lo metí en la boca para que no pudieses hablar. Te puse el antifaz y te besé levemente en los labios.
-Déjate hacer, amor mío.
Mi voz tenía un tono áspero y levemente metálico que me dio un leve escalofrío. Agarré la tela del picardías y tiré de ella, haciéndolo jirones. Te sobe y chupé las tetas primero con mimo, después con ansia, al final con brutalidad. Te retorcías y gruñías, pero tus pezones estaban tiesos y tu piel erizada. Te acaricié las tetas con la pluma para luego morderlas. El tanga ahogaba tus chillidos. Yo estaba a mil por hora, mi polla latía, saltando de excitación. Te abrí las piernas bruscamente y restregué mi capullo por tu raja, notando lo abultada que estaba tu pepita, lo hinchados que se habían puesto tus labios...te la metí hasta el fondo, de golpe, y te follé con brutalidad. Te retorcías, no sé si de placer o de dolor, pero me daba igual. No hubieras podido escapar aunque hubieses querido. Seguí jodiéndote el chocho con todas mis fuerzas, agarrándote los muslos con furia, arrancándote gorgoteos ahogados. Te empotré con la confusa y casi hostil rabia que me provocaba que no hubieras llegado más lejos en tus humillaciones hacia mí. Y me corrí dentro de tu coño palpitante, con tanta copiosidad que te rebosaba la lefa del conejo y mojaba las sábanas.
Respirabas agitadamente, pero yo no me paré. Seguí frotando mi rabo en el interior de tu coño empapado de tus jugos y los míos hasta que se puso duro de nuevo y te follé con más furia aún.
-Toma polla, puta, toma polla…
Te retorcías, como intentando escapar, como si no pudieses aguantar más. Te retorcías tan fuerte que en una de estas sacaste de su sitio el cabecero de la cama, que cayó pesadamente al suelo y se encajó tras la cama, manteniéndote atrapada con las muñecas ligadas a sus extremos. Ni así me paré. Te follaba como supongo que lo hacen los animales en celo, sin preocuparme de tus desesperados gemidos ahogados por la tela, sin pensar en si te gustaba o no, sin fijarme en tus pezones enhiestos ni en la mancha de flujazo que aumentaba su tamaño bajo tus posaderas. Solo quería correrme en ti, llenarte de mi leche, tomar posesión de tu cuerpo, utilizarlo para satisfacer mis instintos ancestrales.
Te follé y te follé sin descanso hasta que me pareció que dejabas de jadear, y te saqué entonces el tanga de la boca. Tosiste. Se te cayeron los mocos. Gemiste lastimeramente. No parabas de retorcerte. Yo no paraba de taladrarte el chichi.
-No puedo más...no puedo...no puedo más, por favor…
Te salvó la campana, porque noté que me venía el orgasmo, y salí de tu gruta del placer para dirigirme, polla en mano, a tu cara y tus tetas, en las que largué una segunda ronda de cuajarones blancos y calientes que recibiste a ciegas, sin saber bien de dónde venían. Te puse el rabo semierecto en los labios y lo froté contra ellos.
-Chupa…
Me lamiste el cipote, obediente, temblorosa, agitada la respiración, bamboleantes los pechos tiernos. Me limpiaste hasta la última gota de semen del capullo. Luego tomé un par de grumos de tus tetas y te los puse en la boca. No tuve que pedirte que te los tragases, se ve que sabías lo que quería y lo hiciste sin rechistar.
-Buena chica.
Me resistí a la tentación de dejarte atada de manos toda la noche, te liberé y me tumbé, agotado. Fuiste a limpiarte, volviste y arreglamos como pudimos el cabecero improvisando unas cuñas de emergencia con unas bolsas de plástico plegadas, y me dispuse a dormir. Te acurrucaste a mi lado y me hablaste con un susurro lastimero.
-Qué bruto eres...me duele el coño…
-Fue idea tuya, reina.
-Ya lo sé...pero me duele…
Me di la vuelta sin contestar. Estaba cansado. Tenía sueño. Y en cuanto a ti, habías recibido exactamente lo que había ido a buscar.
Relatos similares
- Sadomaso
Descubriéndose sumisa
Nunca imaginó que el placer pudiera estar tan ligado a la obediencia. Cuando él le dictó las primeras normas, ella creyó que era solo un juego, pero…
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaDominacion masculina
- Dominación
Una puta para mi amo y algo más (VI)
Julian no le dio opción: debía obedecer. Pero la cita no era un encuentro íntimo, sino una trampa.
Comparte:Bdsm plenoDominacion masculinaVoyeurismo oculto
- Dominación
Una vida peculiar (Cap. 2: La perra es castigada)
No es solo obediencia; es la pérdida total de dignidad. Mientras ella sirve la cena y limpia los restos de sus amos, el castigo por un error mínimo…
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaDominacion masculina
- Dominación
Noelia una sumisa no tan asexual iv
Noelia creía conocer los límites de su sumisión, pero cuando su ex aparece en la puerta y su madre llega a la playa, el juego cambia.
Comparte:Dominacion masculinaBdsm plenoHeterosexual general
- Dominación
Sumisión en la habitación del hotel
No ves nada, no sabes qué te espera, y el silencio es la primera arma. Pero cuando el dolor arde en tu mejilla y la humedad entre tus piernas no…
Comparte:Bdsm plenoDominacion masculinaHeterosexual general
- Orgías
Amistad excitante(IV)
La puerta se cierra y el mundo exterior desaparece. Solo quedan las cadenas, el cuero y la sumisión absoluta.
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaDominacion masculina