Xtories

El mejor amigo de mi novio

Lleva siete años aguantando la miseria de Mario, pero esa noche el silencio del edificio se rompió con un sonido que no era el de su novio. Joaquín, el hombre que siempre supo lo que ella valía, estaba arriba esperándola. Esta vez, Patricia no bajó sola.

Leo Rivas21K vistas9.1· 9 votos

Siete años son mucho tiempo. En términos contables, es el periodo suficiente para que un activo se deprecie por completo, para que una deuda se vuelva impagable o para que una estructura colapse por falta de mantenimiento. Pero en la vida real, siete años son el peso de una inercia que me mantiene atada a Mario, viviendo en un departamento en Coapa que se siente más como un almacén de promesas rotas que como un hogar.

Llegué tarde, como siempre que el tráfico de Miramontes decide castigar a quienes trabajamos en el centro. Al abrir la puerta, el olor fue lo primero que me golpeó: una mezcla de encierro, cerveza barata y ese aroma a cartón viejo que emanan las decenas de cajas apiladas en el pasillo. Son restos de su último "imperio": luces LED chinas que nadie compró y fundas de celular de un modelo que ya pasó de moda.

Mario estaba en la sala, envuelto en la penumbra de las luces moradas que instaló para sus juegos de videos. No levantó la vista de la pantalla. Estaba escuchando a uno de esos tipos de traje brillante que gritan verdades absolutas sobre el "valor masculino".

—Llegas tarde, Patricia —dijo, sin quitarse los auriculares. Su tono no era de preocupación, sino de auditoría.

—Hubo un choque en el semáforo de Calzada del Hueso, Mario. Sabes cómo se pone —respondí, dejando mi bolso en la barra de la cocina.

Sentí su mirada recorriéndome por detrás. Sé lo que veía: la falda de tubo que uso para la oficina, que se ajusta a mis caderas de una forma que todavía hace que el guardia de seguridad del despacho se enderece cuando paso, y mis tacones que me dan esa postura firme que antes a Mario le encantaba. Pero ahora, esa mirada solo buscaba una falla, una señal de lo que sus gurús llaman "hipergamia".

—Te ves muy arreglada para haber estado en el trafico —soltó, finalmente volteando la silla.

Se veía descuidado. Mario era el chico más brillante de la universidad, el que todos pensábamos que se comería el mundo y que llegaría muy lejos. Pero hace un par de años decidió que la carrera de Administración era para "esclavos" y que su destino era ser su propio jefe. El resultado: un local rentado en Pericoapa que ahora es solo un agujero negro de deudas, y un hombre de veintiocho años que le pide dinero a sus padres para "invertir" en esquemas que nunca despegan.

—Trabajo en un despacho corporativo, Mario. No puedo ir en pijama como tu —dije, tratando de mantener la calma.

Me acerqué a él, buscando un rastro del hombre del que me enamoré hace siete años. Puse una mano en su hombro, pero él se tensó. Últimamente, tocarlo es como intentar acariciar a un animal herido que prefiere morder antes que ser curado.

—No me presiones, Patricia. Estoy analizando el mercado. No entiendes lo que es construir un legado —me apartó la mano con fastidio—. Además, ya te lo he dicho: las mujeres solo apoyan cuando el barco ya llegó a puerto. Tú solo estás contando los minutos para irte con alguien que ya tenga el resultado. Lo dicen los que saben.

Era agotador. Escuchaba a hombres en internet que parecían detestar a las mujeres, irónicamente hablando sobre la "naturaleza femenina" y aplicaba esas teorías sobre mí, como si yo fuera un número en una estadística y no la mujer que pagaba el internet desde el cual él consumía ese veneno.

—Voy a bañarme —susurré.

En el baño, me miré al espejo. El vapor empezó a empañar el vidrio, pero alcancé a verme: tengo veintisiete años, mi cuerpo es firme, mi piel está en su mejor momento y mis ojos todavía tienen ese brillo de quien sabe que puede lograr lo que se proponga. Soy un activo de alto valor que se está desperdiciando en una empresa en quiebra.

La idea de dejarlo me cruzó la mente, como ocurre cada noche, pero luego llegó la culpa. Ese sentimiento viscoso de que, si me voy, Mario no sobrevivirá. No sabe pagar un servicio, no sabe administrar los préstamos que le dan sus padres, no sabe vivir sin el soporte que yo le doy. Siento que tengo que salvarlo de sí mismo, aunque en el proceso me esté ahogando yo.

El timbre sonó. Sabía quién era. Joaquín.

Joaquín es la única constante que nos queda de los años buenos. Son amigos desde la infancia, crecieron juntos en las misma unidad habitacional de Coapa y por eso Mario lo tolera, aunque Joaquín sea todo lo que Mario desprecia de palabra y envidia de pensamiento. Joaquín es arquitecto, tiene un puesto sólido en un despacho de prestigio y, a diferencia de Mario, se cuida. Corre todas las mañanas; se nota en su postura, en la forma en que su ropa le queda perfecta, en la energía limpia que trae consigo cada vez que entra a este departamento asfixiante de Coapa.

Al principio, cuando nos mudamos a esta unidad habitacional cerca de Miramontes, Mario estaba ilusionado. Decía que seríamos como en la serie Friends, con los amigos viviendo a unos metros, puertas siempre abiertas y cervezas a medianoche. Joaquín vive apenas un piso arriba, pero la comedia que Mario imaginó terminó siendo este drama de muros delgados y deudas acumuladas.

Salí del baño ya cambiada con ropa cómoda, pero incluso así, cuando entré a la sala, la mirada de Joaquín se detuvo en mí un segundo más de lo que dictaba la cortesía de un "amigo del novio".

—¿Qué onda, Joaquín? —gritó Mario desde su silla, ya con un vaso de tequila en la mano—. Pásale. Estábamos justo hablando de por qué el sistema educativo es una estafa. Cuéntale a Patricia cómo desperdicias tu vida diseñando casas para otros en lugar de construir tu propio imperio.

Joaquín sonrió, pero fue una sonrisa cansada, de esas que se le dan a alguien a quien ya has tirado de loco mil veces por puro cariño de hermanos.

—Hola, Mario. Hola, Paty —dijo Joaquín, y su voz, tranquila y profunda, fue como un bálsamo en medio del ruido de los influencers que seguían sonando de fondo.

No sabía que esa noche, entre el olor a alcohol y el eco de los fracasos de Pericoapa, la estructura de siete años iba a encontrar su punto de ruptura. La noche avanzaba con ese ritmo pesado de las reuniones que se sostienen solo por inercia. Mario ya iba por su noveno trago de tequila y, como siempre, el alcohol no le traía alegría, sino una especie de arrogancia amarga. Se sentó en el centro del sofá, rodeado de cajas de cartón medio abiertas con mercancía china que nadie quería, luciendo como el rey de un imperio de en decadencia.

—Es que tú no lo ves, Joaquín —decía Mario, arrastrando las palabras—. Tú sigues ahí, dibujando lo que otros te piden. Eres un "beta" del sistema. En cambio, yo estoy a un paso de automatizar el negocio del local. Pronto Pericoapa va a ser solo el inicio.

Joaquín, sentado frente a él, asintió despacio. Solo llevaba una cerveza; después de correr diez kilómetros por la mañana, no parecía tener interés en emborracharse. Su espalda estaba recta, y la luz de la sala remarcaba la línea de su mandíbula. Era el contraste absoluto de Mario, que se desparramaba en el sillón con la playera manchada.

—El mercado está difícil, Mario —dijo Joaquín con voz calma—. A veces asegurar lo que ya tienes es la mejor inversión.

Mario soltó una carcajada seca y me miró a mí, que estaba en la cocina recogiendo los platos.

—¿Escuchaste eso, Paty? "Asegurar lo que tienes". Por eso te matas en esa oficina, porque te da miedo el riesgo.

Cerré la llave del fregadero. Sentía la mirada de Joaquín fija en mí, cargada de una empatía que me dolía.

—Alguien tiene que pagar las facturas, Mario —respondí—. Aquí las deudas no paran.

Mario se puso de pie de golpe, torpe. Se acercó a la barra de la cocina, invadiendo mi espacio con ese olor a tequila rancio.

—Vela, Joaquín. Ahí la tienes —dijo con un gesto despectivo—. Es la pura hipergamia. Me mira así porque ahorita mi balance está en rojo, pero en cuanto pegue el negocio, va a ser la primera en querer lujos. Las mujeres no aman al hombre, aman sus recursos. Lo dice todo el mundo en Facebook.

El silencio fue bochornoso. Joaquín se levantó. Su presencia parecía llenar la estancia.

—Ya basta, Mario. Estás diciendo tonterías —dijo Joaquín con tono de orden—. Patricia es la que te ha aguantado todo. Ten un poco de respeto.

—¡Ay, el caballero! —se burló Mario, tambaleándose—. ¿Vas a defenderla ahora? Porque la veo llegar muy "arregladita" del trabajo... ¿Quién sabe qué hace mientras yo me rompo la cabeza con los negocios?

Me quedé helada. Los celos de Mario eran un punto sin retorno.

—Mario, siéntate —le pedí—. Estás dando vergüenza.

—¡Vergüenza te debería dar a ti no confiar en tu hombre! —gritó, y al intentar dar un manotazo, tiró su trago. El líquido se derramó sobre el granito, manchando mis zapatos.

Se quedó mirando el desastre, balbuceando insultos contra "la Matrix" e "interesadas". Intentó dar un paso, pero el alcohol lo venció. Se desplomó en el sofá y en menos de dos minutos los gritos se convirtieron en ronquidos pesados. Joaquín y yo nos quedamos solos. Me agaché para recoger la botella, pero Joaquín me sujetó suavemente del brazo. Su mano estaba firme y tibia.

—Déjalo, Paty. Yo lo limpio —susurró.

Me incorporé y lo miré. Tenía los ojos empañados por el cansancio de años.

—No se merece que lo cuides tanto —dijo Joaquín—. Siete años... Dios, Patricia, eres demasiado para estar viviendo entre cajas de cartón de un hombre que ni siquiera te ve.

—Si lo dejo, Joaquín... se va a hundir —murmuré.

—Ya está hundido —respondió él, acercándose tanto que sentí su calor—. Pero tú no tienes que hundirte con él. Estás desperdiciando tu vida, tu belleza... todo.

Me miró de esa manera que Mario había olvidado: como si yo fuera valiosa. Sus ojos bajaron a mis labios.

—Joaquín... —susurré. Fue un permiso.

Él levantó la mano y me acarició la mejilla con el pulgar. Sus dedos eran ásperos, masculinos. Me estremecí.

—Él no recuerda lo que tiene —dijo Joaquín en un susurro contra mi oído—. Pero yo sí. Siempre lo he recordado.

Se retiró lentamente, con una mirada cargada de promesa, y salió del departamento.

Me quedé sola en la cocina, con las manos sumergidas en el agua fría, tratando de borrar la grasa de una cena que me sabía a derrota. De fondo, los ronquidos pesados de Mario llegaban desde la habitación como un recordatorio constante de su abandono. De pronto, el eco del pasillo dejo escuchar los pasos firmes de Joaquín con una mujer, su risa baja, y el sonido de una llave girando en la cerradura de su departamento.

Arriba, el silencio se rompió con un golpe seco: el peso de un cuerpo cayendo sobre la cama de Joaquín. Luego, ese ritmo. No era un vaivén delicado; era una cadencia pesada, técnica, casi violenta.

Me metí bajo las sábanas, pero mi cuerpo ya no me pertenecía; le pertenecía al sonido que bajaba por el cubo de luz. Sentí cómo el centro de mi anatomía se encendía, un latido sordo y húmedo que reclamaba algo que Mario no me había dado en años. Me bajé la pijama, no con delicadeza, sino con la desesperación de quien necesita apagar un incendio. Mis dedos buscaron mi propia humedad, pero no era suficiente; quería la fricción de una piel que no fuera la mía.

Cerré los ojos y dejé que Joaquín entrara en mi mente. Lo imaginé sudado, con ese olor a asfalto y esfuerzo que desprende cuando vuelve de correr. Me visualicé de rodillas, con su mano grande y callosa enredada en mi pelo, obligándome a mirar hacia atrás mientras me reclamaba. Deseé sentir la brusquedad de su pene en mi entrada, ese momento en el que la respiración se corta y el dolor se confunde con un placer oscuro y absoluto.

En mi fantasía, él no pedía permiso. Imaginé su peso atlético aplastándome contra el colchón, sus dedos hundiéndose en mis muslos hasta dejar marcas, y esa verga suya, implacable, llenando cada rincón de mi vacío, deshaciendo con cada embestida la telaraña de desprecio que Mario había tejido sobre mí. Quería que me rompiera, que me sacudiera los años de soledad con una crudeza que me dejara sin aliento.

Un grito desgarrado desde el piso de arriba, un clímax que no era mío pero que sentí en mis propios nervios, hizo que mi cuerpo se arqueara violentamente. Me quedé temblando, empapada y con el corazón martilleando contra las costillas, mientras el sonido de los ronquidos de Mario, rítmicos y patéticos, me recordaba que seguía atrapada en un desierto, fantaseando con el hombre que, a solo unos metros de distancia, acababa de poseer a otra con la misma fuerza con la que yo necesitaba ser poseida.

Los días siguientes al momento en que Joaquín me acarició la mejilla pasaron con una lentitud eléctrica. Aquel roce, y su susurro de que "él sí recordaba lo que yo valía", se habían clavado en mi mente como una astilla infectada, pero una infección dulce. Ya no vivía en el departamento junto a Mario resignada; vivía en una espera tensa. Cada vez que escuchaba sus pasos arriba, mi piel recordaba la aspereza de sus dedos y esa "promesa" tácita flotaba en el aire, volviendo el encierro con Mario aún más insoportable.

Mario, por su parte, se hundía más rápido. Su "imperio" de luces LED y articulos chinos seguía acumulando polvo en el pasillo, y su frustración se transformó en una paranoia agresiva. Ya no eran solo los videos de "hombres de alto valor" gritando de fondo; ahora era él, mirándome con ojos inyectados en sangre, buscando cualquier excusa para detonar.

Esa noche, Mario estaba en el sofá, rodeado de esa misma actitud que cada vez se volvía insoportable, pero esta vez no había apatía, había furia.

—Te estás burlando de mí, ¿verdad? —balbuceó, poniéndose de pie con dificultad.

Yo estaba en la cocina, intentando ignorarlo, lavando un plato con excesiva delicadeza. —Nadie se burla de ti, Mario. Estás borracho. Ve a dormir.

—¡No me des órdenes! —gritó, golpeando la mesa—. Tú y tu trabajito de oficina... te crees mejor que yo porque traes dinero a la casa, ¿no? Es esa maldita hipergamia. Seguro te estás riendo de mí con los de tu trabajo, o peor... con alguien más.

Me giré, harta. —El único que se está riendo de ti eres tú mismo, Mario. Llevas siete años prometiendo un futuro que no existe.

El silencio que siguió fue corto y peligroso. Vi cómo su rostro se deformaba por la ira. —¿Ah sí? ¿Eso crees? —Su mano se cerró alrededor del vaso de vidrio grueso que tenía en la mesa.

No lo vi venir hasta que fue tarde. Mario armó el brazo y lanzó el vaso con todas sus fuerzas. No me dio, pero no fue por falta de intención; el vidrio se estrelló contra la alacena, a centímetros de mi cabeza, explotando en una lluvia de cristales que me bañó el pelo y los hombros.

—¡Lárgate! —bramó, con el pecho agitado—. ¡Si tanto te molesto, lárgate a buscar a uno de esos "betas" que te paguen tus caprichos!

El miedo se convirtió en hielo. No dije nada. No grité. Simplemente, sentí que algo se rompía definitivamente dentro de mí, más ruidoso que el vaso. Tomé mis llaves de la barra, sin siquiera mirar atrás, y salí azotando la puerta, dejando atrás el desastre que se habia convertido Mario

Me dejé caer en el suelo frío del pasillo, temblando, no de frío, sino de la adrenalina del impacto. Las lágrimas de rabia y humillación empezaron a correr sin control.

Fue entonces cuando sucedió.

La puerta de arriba se abrió. Escuché los pasos rítmicos descendiendo por la escalera de caracol. Pasos firmes, controlados. Era él.

Joaquín se detuvo al verme. Llevaba ropa deportiva ajustada, el cabello un poco revuelto y ese aura de vitalidad y limpieza que siempre contrastaba con la suciedad de mi vida abajo. No dijo nada de inmediato; se limitó a observarme con una intensidad que me hizo sentir desnuda, escaneando los fragmentos de vidrio que aún brillaban en mi cabello.

—Patricia… —su voz sonó más profunda en el eco del pasillo, cargada de una preocupación que rápidamente se tornó en algo más oscuro al ver mi estado—. No deberías estar aquí afuera.

—No puedo estar ahí dentro —susurré, limpiándome la cara con el dorso de la mano, avergonzada de que me viera así, rota.

Él se acercó. Pude olerlo: era una mezcla de aire fresco, sudor limpio y esa feromona masculina que me revolvió el estómago de puro deseo. Se inclinó hacia mí, y por un segundo, su sombra me cubrió por completo, ofreciéndome el refugio que tanto necesitaba.

—Ven —dijo, extendiendo esa mano grande que días antes me había acariciado la mejilla con una promesa muda —. Mi departamento está caliente. Te prepararé algo. Un té, o un trago si lo prefieres. Pero no te quedes aquí escuchando a ese imbécil.

Acepté su mano. Al contacto, la "promesa" se reactivó como una descarga eléctrica que recorrió mi brazo. Su piel estaba caliente, firme, real. Me ayudó a levantarme con una facilidad que me recordó lo fuerte que debía ser ese cuerpo que yo tanto había imaginado golpeando la pared.

Subimos en silencio. Al cruzar el umbral de su puerta, el mundo de Mario desapareció. El departamento de Joaquín olía a café, a libros y a él. Era un espacio minimalista, con una iluminación tenue... el escenario perfecto para cumplir lo que ambos sabíamos que estaba pendiente.

—Ten —dijo Joaquín, extendiéndome el vaso de cristal pesado. El hielo tintineó, rompiendo el silencio del departamento.

Tomé el vaso, pero mis manos temblaban. Esperaba que él se sentara en el sillón de enfrente, manteniendo esa distancia de seguridad que habíamos respetado durante años. Pero no lo hizo. Joaquín se dejó caer en el sofá de cuero negro, justo a mi lado. El cojín se hundió bajo su peso, inclinando mi cuerpo inevitablemente hacia el suyo. Su muslo, firme y caliente bajo la tela deportiva, rozó el mío, y esa simple fricción envió una descarga eléctrica directa a mi vientre.

El primer trago de whisky bajó quemando, pero fue el combustible que necesitaba. La adrenalina y el alcohol me soltaron la lengua. Empecé a hablar, primero con vacilaciones y luego con una urgencia torrencial, dejando salir todo el veneno acumulado abajo.

Le hablé del "imperio" de cajas de cartón y luces chinas que se pudrían en mi pasillo, de los videos de gurús gritando sobre "valor masculino" mientras Mario se hundía en su propia irrelevancia, y de cómo me sentía yo: un activo depreciándose, una mujer que se estaba secando detrás de un escritorio para mantener a un hombre que ni siquiera me veía.

—Siento que me estoy borrando, Joaquín —confesé, girando el rostro para mirarlo; estaba tan cerca que podía ver las motas doradas en sus ojos—. Como si la Patricia que era antes se hubiera disuelto. A veces me miro al espejo y solo veo a la proveedora de un adolescente de veintiocho años.

Él no me interrumpió. Me escuchaba con una atención absoluta, asintiendo en silencio, como si mis palabras fueran lo único real en todo el edificio. No había lástima en sus ojos, sino un reconocimiento profundo, una conexión que me desarmaba. Mientras yo hablaba de mis miserias, él no me miraba como una víctima, sino como a alguien valioso que ha sido imperdonablemente descuidado. Su mirada bajó a mis labios y luego volvió a mis ojos, intensa pero cálida. Sentí su brazo extenderse por el respaldo del sofá, sus dedos rozando mi hombro desnudo, no como un avance agresivo, sino como un gesto de apoyo que, sin embargo, encendió mi piel. No era la mirada de un amigo cualquiera; era la mirada de un hombre que entiende perfectamente lo que otro está dejando perder.

—Tú no estás borrada —dijo finalmente. Su voz, grave y suave, fue un bálsamo en mi oído—. Estás invisible para él, pero no para el mundo. Y estás sola.

La palabra "sola" resonó con una verdad dolorosa en el aire de la sala. Joaquín dejó su vaso en la mesa de centro y, con una delicadeza firme, posó su mano sobre mi rodilla. No la quitó. Sus dedos empezaron a acariciar lentamente, un contacto que ofrecía consuelo pero que despertaba algo mucho más profundo.

—Te veo cada vez que sales al trabajo —continuó, y su tono era bajo, confidencial—. Veo cómo caminas, esa fuerza que tienes para seguir adelante aunque estés cargando con todo tú sola. Veo lo mucho que das... y lo poco que recibes.

El aire se volvió denso, cargado de una intimidad que me robó el aliento. Ya no quería quejarme de Mario; sus palabras habían tocado una fibra que llevaba años dormida. La cercanía de su cuerpo, el olor a su piel limpia y la comprensión en su mirada me hicieron sentir vista por primera vez en años. Mi cuerpo reaccionó a esa empatía con una urgencia que no esperaba.

Dejé de hablar a mitad de una frase. El silencio que siguió fue eléctrico, pero ya no se sentía peligroso, sino inevitable.

Me giré completamente hacia él en el sofá. Joaquín no se movió. Se quedó quieto, con la mano cálida en mi muslo, esperándome, dándome el espacio para decidir. No me estaba presionando; me estaba ofreciendo un refugio.

Mi respiración chocó con la suya. Podía ver la sinceridad en su rostro, la sombra de su barba y esa invitación silenciosa en sus ojos.

—Joaquín... —susurré, y mi voz sonó más a súplica que a duda.

—Estoy aquí —murmuró él, rozando sus labios contra los míos, una promesa suave.

No lo pensé más. Cerré la ínfima distancia que nos separaba y busqué su boca con la mía.

No fue un beso suave, ni romántico. Fue un choque de necesidades. Mis manos volaron a su cabello, enredándose en él, aferrándome a la única persona que parecía entenderme. Sus labios me recibieron con firmeza, abriéndose paso con una pasión que me hizo gemir contra su boca. Sentí su lengua encontrarse con la mía, saboreando el whisky y mi propia entrega.

Por fin, después de años de pura sequía, alguien me estaba dando de beber. Joaquín no me tocaba con dudas; su mano subió por mi muslo como si estuviera reclamando su propiedad, apretándome la cadera con una fuerza que me gritaba que esa noche yo era suya. Me perdí en su boca, devorando a ese hombre que, después de tanta muerte en vida, me estaba haciendo sentir fuego otra vez.

El beso dejó de ser un simple roce para volverse una urgencia animal. Joaquín me soltó una mordida en el labio que me hizo soltar un quejido de puro gusto, y sin pedir permiso, me metió la lengua hasta la garganta con un descaro que me obligó a arquear la espalda. Sentí un corrientazo eléctrico que me bajó directo a la entrepierna, poniéndome a gotear. Mis manos, que llevaban años muertas, de repente querían agarrarlo todo. Le desgarré la playera, hundiendo los dedos en su pecho firme y sudado. Sentir su piel hirviendo contra la mía me sacó un gemido ronco, de esos que salen desde el fondo, y se lo escupí directo en la boca.

—Eso es... —gruñó él, y se le acabó la paciencia.

Me agarró de la cintura con una fuerza brutal y me levantó como si no pesara nada para sentarme a horcajadas sobre él. ¡Qué rico! Sentí su verga dura como un fierro presionando mi vagina a través de la tela. No hubo ni tantita pena, solo un alivio inmenso que me corría por las venas. Me restregué contra él con ganas, buscando esa fricción, necesitando sentir cómo su pene castigaba mi humedad. Joaquín echó la cabeza hacia atrás, apretando los dientes, y sus manos bajaron con violencia hasta mi caderas, amasándome las nalgas como si quisiera dejarme tatuados sus dedos en la carne.

—No tienes idea de cuántas ganas te traigo, Patricia —susurró con la voz hecha pedazos, mientras sus dedos luchaban por bajarme el pantalón.

De un tirón seco, me desnudó de la cintura para abajo. El aire frío del cuarto me pegó en la piel, pero no me importo. Sus dedos, grandes y callosos, se metieron de lleno buscando mi calor. Cuando tocó mi entrepierna empapada y ardiendo, los dos soltamos un jadeo que casi despierta a todo el edificio.

—Estás chorreando, cabrona —dijo él, y sonó como un triunfo sucio. Sus dedos empezaron a trabajarme con un ritmo que me hizo olvidar hasta mi nombre, mientras yo me mordía la playera para no gritarle en la cara.

La ropa ya me estorbaba demasiado. Joaquín me saco la playera en un movimiento rápido, dejándome solo con el sosten. Sus ojos se clavaron en mi pecho con una lujuria que me quemaba. Se enganchó en el encaje de mi sostén y, de un tirón, me sacó las tetas de golpe. Mis pezones estaban tiesos, pidiendo guerra. No esperó ni un segundo; cerró su boca caliente sobre mi pezón derecho y empezó a mamar con una fuerza de bestia.

—¡Joaquín! ¡Ay, así! —grité, enterrándole las uñas en la espalda.

Él no fue suave; me lamía y me mordía la punta con una saña que me hacía ver estrellas. —Mira nada más qué rica estás... —susurró contra mi piel, su aliento quemándome los sentidos.

Nos deshicimos de lo que quedaba de ropa con una desesperación de locos. Joaquín se quedó en bóxers, respirando como un animal acorralado, y yo me quedé con ese calzón gris y gastado que Mario me obligaba a usar. Era mi escudo contra su paranoia, pero con Joaquín, esa tela vieja se volvio un objeto de deseo. Le agarré el bulto por encima del bóxer; se sentía enorme, latiendo, pidiendo salir. Empecé a puñetearlo con fuerza, sintiendo cómo crecía en mi mano, y él soltó un gruñido de dolor y placer que me prendió todavía más.

Le bajé los calzones de un tirón, dejando que su verga saltara, libre y venuda para mí. Me quite y pateé mi calzón lejos, sintiendo que con eso mandaba a Mario a la chingada de una vez por todas. Me acomodé sobre sus caderas y sentí su cabeza rozando mi entrada, buscando el camino. Sin pensarlo, me dejé caer de golpe, enterrándomelo todo.

¡Uff! Me llenó hasta el fondo. Fue una invasión sólida, gruesa, que me abrió por completo y me obligó a soltar un grito agudo. Quería que el pendejo de Mario, allá abajo en su miseria, escuchara perfectamente cómo me estaban cogiendo. Quería que supiera que otro hombre me estaba haciendo pedazos mientras yo me movía como una loca, golpeando mi pelvis contra la suya con pura violencia.

—¡Más duro, Joaquín! ¡Aaaa! —le exigí, clavándole las uñas en el pecho.

Él respondió embistiendo hacia arriba, dándome unos vergazos que me hicieron perder la razón. Empecé a gritar su nombre, asegurándome de que mi voz retumbara en las paredes. Cada gemido era una bofetada para el ego de Mario. Joaquín, encendido por mi descaro, aumentó el ritmo, convirtiendo el acto en algo animal, arrancándome alaridos de puro placer.

Después de un rato, Joaquín me detuvo un segundo, temblando. —Espera... —gruñó. Me bajé de él y me puse de rodillas en el suelo, frente a él.

Tener su pene ahí, frente a mi boca, tan imponente, caliente y bañada en mis jugos, hizo que se me hiciera agua la boca. Era la gloria después de siete años de desierto. Sin dudarlo, me la metí toda. Lo chupé con un hambre voraz, saboreando su sal y su deseo, dejando que me llenara la garganta hasta el tope. Joaquín se aferró al respaldo del sofá, con los nudillos blancos, mientras yo le hacía el mejor sexo oral de su vida. No era sumisión, era que me lo quería devorar entero.

Sentía cómo sus caderas se movían buscando más profundidad, y yo se la daba, disfrutando de cómo sus muslos se ponían duros como piedra contra mis costados. Quería sacarle hasta la última gota, quería que se vaciara en mí para sentirme viva, pecadora y libre otra vez.

—Patricia... no pares... —jadeó, totalmente ido, entregado a mi boca.

Y no paré. Seguí dándole con todo, borrando con cada succión el recuerdo de la basura de vida que había dejado un piso abajo.

Joaquín ya no aguantaba más; sentía que en cualquier momento se iba a venir en mi boca y no quería que terminara ahí. Me agarró del pelo, no para lastimarme, sino con esa urgencia de quien necesita más, y me obligó a levantarme del suelo. Estaba temblando, con los ojos inyectados en sangre de pura calentura.

—Ponte en cuatro, Patricia... —gruñó, y su voz sonó como una orden que me hizo vibrar hasta el útero.

No me lo tuvo que decir dos veces. Me apoyé contra el borde del sofá, hundiendo mis manos en los cojines, levantando nalgas con todo el descaro del mundo. Me sentía expuesta, abierta y más deseada que nunca. Desde ahí, escuché cómo Joaquín se acomodaba detrás de mí. Pude sentir su respiración agitada en mi nuca y el calor de su verga rozándome los labios, buscando su camino de nuevo.

Se detuvo un segundo solo para admirar el espectáculo. Mi vagina estaba roja, hinchada y escurriendo hilos de deseo que brillaban en la poca luz.

—Que mojadita estas—susurró antes de soltarme una nalgada que retumbó en toda la sala. El dolorcito me prendió fuego y solté un gemido que se escuchó hasta la calle.

Sin más preámbulos, Joaquín me agarró firme de la cadera, clavando sus dedos en mi carne, y se la dejó ir completa de un solo golpe.

—¡Ahhh! —grité, enterrando la cara en el sofá.

Me atravesó por completo. En esa posición la sentía todavía más grande, más profunda, llegando a lugares que Mario ni en sus mejores sueños había rozado. Joaquín empezó a embestir con un ritmo brutal, sin nada de ternura. Cada vez que su pubis chocaba contra mis nalgas se escuchaba ese "clac" de piel contra piel, un sonido sucio que me volvía loca.

—¡Cogeme! —le gritaba yo, ya sin importarme nada.

Me acordé del cubo de luz del edificio, de cómo el sonido subía y bajaba por esas paredes viejas. Me empujé hacia atrás, buscando que me la metiera aún más hondo, y empecé a gritar con todas mis fuerzas. Quería que Mario escuchara el ritmo de las embestidas de Joaquín, que distinguiera mis alaridos de placer puro de los que solía fingir con él. Quería que cada grito mío fuera un recordatorio de que él estaba muerto por dentro, mientras yo estaba aquí arriba, siendo devorada por un hombre de verdad.

Joaquín me agarró del pelo otra vez, echando mi cabeza hacia atrás para que lo mirara mientras me seguía dando con saña.

—¿Quieres que nos oiga, verdad? —preguntó con una sonrisa maliciosa, aumentando la velocidad hasta que mis piernas empezaron a flaquear—. ¡Pues que escuche cómo te pongo!

Sus envestidas se volvieron frenéticas, casi violentas. Sentía cómo mi interior se estrujaba con cada vergazo, una mezcla de placer y presión que me estaba llevando directo al precipicio. Mi vagina estaba tan lubricada que el sonido de su entrada y salida era como un chapoteo rítmico que llenaba mis oídos.

Yo ya no era Patricia la novia abnegada; era una mujer reclamando su derecho a sentir, a ser usada y adorada con esa suciedad que tanto me había faltado. Joaquín me tenía sometida, moviéndome a su antojo, y yo solo quería que no parara nunca.

Sentí cómo los espasmos empezaron a sacudirme desde lo más profundo, una serie de descargas eléctricas que me hicieron perder el control de mis propios músculos. Joaquín no aflojó ni un milímetro; al contrario, me dio tres estocadas finales, largas y brutales, que me hicieron ver blanco mientras mi cuerpo se arqueaba. Mi interior se apretaba alrededor de él como un puño, ordeñándolo con una desesperación que nunca había conocido, mientras mis jugos salpicaban sus muslos. Sentí cómo las paredes de mi interior colapsaban en oleadas de placer que me dejaron sin aire, pero aunque mi cuerpo vibraba por el clímax, mi mente gritaba que quería más. No era suficiente. Años de miseria no se borraban con una sola venida.

Joaquín aguantó el tirón como un animal de raza, con los dientes apretados y los músculos de la espalda tensos como cuerdas de acero, negándose a soltar su carga todavía. Yo estaba temblando, con la frente pegada al respaldo del sofá, goteando sudor y deseo, pero la sed de tanto tiempo no se quita con un solo aguacero. Sentía su verga todavía ahí dentro, pulsando, enorme, reclamando su lugar. Joaquín se separó apenas unos centímetros, solo para volver a arremeter con una saña que me hizo soltar un grito que debió vibrar en los cimientos del edificio.

—Todavía no terminamos, Patricia... apenas te estoy despertando —gruñó él en mi oreja, y su aliento caliente me puso los pelos de punta—. Te voy a quitar malcogida a puros vergazos.

Me agarró del pelo con fuerza, obligándome a levantar la cara y a arquear la espalda todavía más, ofreciéndole mi culo como un altar. Cada embestida era un recordatorio de lo que Mario me había negado: la potencia, la duración, ese hambre de querer desarmar a la mujer que tienes enfrente. El ritmo se volvió implacable, un choque seco de carne contra carne que llenaba la habitación. Yo sentía cómo mis nalgas rebotaban contra su pubis, rojo y caliente, mientras su riata entraba y salía, llevándose mi cordura en cada viaje y preparándome para el siguiente estallido.

—¡Más, Joaquín! —le exigí con la voz rota, casi suplicante, mientras sentía que otra ola de placer empezaba a subirme por las piernas—. ¡Dáme más fuerte, cabrón!

El placer era una tortura deliciosa, una acumulación de tensión que me tenía al borde del abismo una y otra vez. Sentía que mi entrada estaba a punto de estallar de nuevo de tanta sangre y fricción. Estaba tan lubricada que el sonido era una música sucia, un chapoteo rítmico que me hacía cerrar los ojos y apretar los dientes para no desmayarme. Joaquín no tenía prisa; se ensañaba con mi punto más sensible, entrando en ángulos que me hacían soltar alaridos que ya no eran gemidos, eran declaraciones eroticas.

Pasaron los minutos y el sudor de ambos se mezcló, haciendo que nuestros cuerpos resbalaran el uno contra el otro mientras él seguía martilleándome sin piedad, como si quisiera atravesarme el alma. Mis piernas empezaron a temblar de verdad, pero no de cansancio, sino de pura sobrecarga sensorial. Él me sujetó con más fuerza, levantándome un poco para que su verga entrara todavía más profundo, chocando contra el fondo en un golpe que me hizo perder el sentido de la realidad.

—Mira cómo te pones... estás pidiendo más, ¿verdad, Patricia? —susurró él, disfrutando de mi hambre—... te voy a dar por cada maldito día que estuviste sola en esa cama.

Y no era una promesa vacía. Sentía cómo se preparaba para otra ráfaga de embestidas salvajes, aumentando la velocidad hasta que mi visión se volvió borrosa otra vez. Yo no quería que se viniera todavía; quería que me siguiera rompiendo, que me llenara de esa vitalidad que me habían robado, que borrara cada rastro de mi pasado con ese ritmo animal que me estaba haciendo sentir más viva que nunca.

—¡Eso es! ¡Ahí! —grité, sintiendo que mi vagina se volvía a apretar con una fuerza violenta, arrastrándome a otro orgasmo sin haber terminado de salir del primero.

Joaquín ya estaba en el límite, se le notaba en la forma en que los tendones del cuello se le marcaban y en cómo sus embestidas se volvieron cortas, rápidas y erráticas, como las de un animal que ya no puede más. Su verga le palpitaba dentro de mi como si tuviera corazón propio, y yo, sintiendo que él ya iba a soltar el golpe, lo apreté con todas mis fuerzas para ordeñarlo, para sacarle hasta el alma.

—¡Me vengo, Patricia! ¡Puta madre, me voy a venir! —rugió él, y el sonido de su voz, rota y desesperada, fue el detonante final.

Se hundió en mí con una fuerza que casi me saca el aire, enterrándome su pene hasta el cuello uterino, y ahí se quedó clavado. Sentí el primer disparo de su leche, caliente como lava, chocando contra mis paredes interiores. Fue una sensación gloriosa, un desborde que me hizo sentir completa después de años de estar hueca. Joaquín empezó a espasmearse sobre mí, soltando chorro tras chorro, llenándome por completo mientras yo gritaba hacia el cubo de luz, dejando que mis alaridos de placer le avisaran a Mario que su mujer finalmente había sido reclamada por un hombre de verdad.

Nos quedamos así unos segundos, jadeando, unidos por el sudor y los fluidos. Pero cuando él intentó salirse, yo no lo dejé. Me giré con la agilidad de quien ha recuperado la vida y, antes de que su erección terminara de bajar, lo empujé contra el respaldo del sofá.

Me puse de rodillas frente a él otra vez. Tenía la cara empapada de sudor y el pelo hecho un desmadre, pero nunca me había sentido tan cabrona. Vi su verga bañada en mis propios jugos y en su leche, brillando bajo la luz tenue, y sin pensarlo dos veces, me abalancé sobre ella.

—Todavía no termino contigo —le dije con la mirada encendida antes de meterlo todo de nuevo en mi boca.

Lo chupé con una desesperación renovada, saboreando el sabor metálico y dulce de su venida mezclado conmigo misma. Mi lengua recorría cada vena, cada centímetro de esa piel que ahora se sentía sensible y electrizada. Joaquín soltaba quejidos de puro dolor-placer, echando la cabeza hacia atrás, con las manos enterradas en mi cabello, guiándome mientras yo lo devoraba. Quería limpiarlo, quería que no quedara ni una gota que no pasara por mi lengua, demostrándole que mi hambre era mayor de lo que cualquier hombre pudiera saciar en una sola sentada.

—Patricia...—jadeaba él, sintiendo cómo mi succión lo ponía a vibrar otra vez, despertando al gigante que apenas acababa de descansar.

Me detuve solo cuando sentí que ya le había sacado hasta el último suspiro. Me puse de pie, desnuda, chorreando placer por las piernas, y le extendí la mano. Joaquín me miró como si fuera una aparición, una diosa sucia y hermosa que acababa de rescatar.

—Vámonos al cuarto —le ordené, y mi voz sonó firme, sin rastro de la mujer sumisa que solía ser—. Quiero que me cojas en tu cama

Joaquín se levantó, todavía con la respiración entrecortada, y me tomó de la cintura, pegándome a él. Caminamos por el pasillo del departamento, nuestros cuerpos pegajosos chocando a cada paso. El aire frío del pasillo era un contraste delicioso con el calor que irradiábamos

Entramos a su cuarto y el olor a hombre, a su loción y a su limpieza, me inundó los sentidos. Joaquín cerró la puerta —un sonido metálico que supo a libertad— y me empujó hacia la cama. Caí sobre las sábanas frescas, abriéndome de piernas de inmediato, invitándolo a que terminara lo que había empezado en la sala.

Él se quedó ahí, parado frente a mí, con la luz de la luna entrando por la ventana y dibujando su silueta poderosa. Su verga ya estaba dura de nuevo, apuntándome con una determinación que me hizo mojar las sábanas al instante.

Joaquín no perdió ni un segundo. En cuanto se puso en el colchón, sus manos se lanzaron directo a mis tetas como si fueran un tesoro que acabara de descubrir. Me las apretaba con una desesperación que me hacía arquearme, sintiendo el peso de mi propio deseo en sus palmas.

—¡Dios, Patricia! Mira nada más qué ricas las tienes —gruñó, enterrando la cara entre ellas, lamiendo el surco y luego mordiendo el pezón con una saña que me hizo soltar un grito que debió retumbar en todo el maldito edificio—. Ese pendejo de Mario no tiene perdón de Dios por haberte tenido así, desperdiciando este mujerón.

Me pasó la lengua por toda la aureola, humedeciendo la piel hasta que mis pezones parecieron dos piedras calientes. Yo sentía que el aire me faltaba, pero no quería oxígeno, quería más de su boca. Joaquín me sujetó las muñecas sobre la cabeza y se concentró en mamarme con una fuerza que me hacía sentir descargas eléctricas directo en la vagina. Sus manos bajaron de mis pechos a mis muslos, abriéndome de par en par, exponiéndome por completo bajo la luz de la luna que entraba por la ventana.

—Súbelas, Patricia. Ponme las piernas aquí —ordenó con esa voz de mando que me ponía a temblar.

Me tomó de los tobillos y me subió las piernas a los hombros. La posición me dejó totalmente abierta, vulnerable y lista para ser partida a la mitad. Joaquín se acomodó, su verga pulsando con una fuerza que me daba miedo y ganas al mismo tiempo. Se escupió un poco en la mano, y me la dejó ir sin un gramo de piedad.

—¡Aaaahhh! ¡Joaquín! —mi grito fue un alarido de guerra.

Me la enterró hasta el fondo, sintiendo un impacto que me hizo ver colores. Sentí cómo mis paredes se estiraban para darle paso a ese fierro caliente que me estaba reclamando el alma. En esa posición, cada embestida llegaba a lo más profundo, sacándome el aire y dejándome solo con la sensación de su carne invadiéndome. Joaquín empezó a martillearme con un ritmo brutal, sus hombros moviéndose con una potencia que me hacía rebotar en el colchón. El sonido de nuestra piel chocando, ese "plac, plac" húmedo y obsceno, llenaba el silencio del cuarto.

—¡Dáme más! —le gritaba yo, con las piernas apretando sus hombros, queriendo que no se saliera nunca.

Sentía cómo mis labios se hinchaban, rojos y latentes, abrazando su verga con cada entrada. Era una carnicería de placer. Yo me imaginaba a Mario, ahí abajo, escuchando cómo el colchón de Joaquín rechinaba con una cadencia que no dejaba lugar a dudas. Quería que supiera que me estaban dando como él nunca pudo, que me estaban llenando cada rincón de mi cuerpo con una vida que él me había robado.

Pero el hambre no se me quitaba. Al contrario, ver a Joaquín ahí, dándome con todo, me despertó unas ganas de dominarlo. En un movimiento rápido, mientras él tomaba aire, lo empujé por los hombros y lo obligué a acostarse. Me monté sobre él de un salto, acomodando mi entrada sobre su verga y dejándome caer con todo mi peso.

—¡Uf! —el quejido de Joaquín fue de puro éxtasis cuando sintió que lo tragaba por completo.

Empecé a cabalgarlo con una furia que me nacía desde el útero. Me apoyé en sus manos, que de inmediato se aferraron a mis tetas, apretándolas y moviéndolas al ritmo de mis saltos. Yo bajaba y subía, sintiendo cómo su pene me raspaba por dentro, buscando ese punto que me hacía temblar. Me inclinaba hacia adelante para que nuestras bocas se encontraran, intercambiando saliva y gemidos sucios, mientras mis nalgas golpeaban sus muslos con una violencia deliciosa.

—¡Patricia! ¡Qué rico te mueves! —jadeaba él, mientras sus dedos me pellizcaban los pezones, dándome ese dolorcito que me hacía mojarme aún más.

Yo no paraba. Quería sentir que yo era la que le sacaba la vida a él. Me arqueaba hacia atrás, dejando que él viera mis pechos rebotar y mis ojos en blanco de puro placer. Estaba fuera de mí, poseída por siete años de abstinencia forzada. Sentía que mi concha era un volcán a punto de estallar de nuevo, y con cada vez que me hundía en él, sentía que le arrebataba un pedazo de su fuerza para hacérmela mía.

—¡Que rico! —gemía yo, acelerando el paso, sintiendo que la presión en mi vientre era ya insoportable.

Joaquín me agarró de la cintura con una fuerza de acero, ayudándome a subir y bajar todavía más rápido, convirtiéndonos en una sola masa de sudor, fluidos y gritos que desafiaban cualquier moral. Estábamos en el clímax de la batalla, y ninguno de los dos estaba dispuesto a rendirse todavía.

—¡Mírate nada más, Patricia! —rugió Joaquín, con la voz ahogada por la calentura—. Estás hecha una fiera, cabrona. ¡Mira cómo te tragas mi verga completa!

Yo no podía ni contestar. El placer me tenía la lengua trabada. Sentía cómo mi vagina se apretaba alrededor de él con cada bajada, succionándolo, queriendo sacarle hasta la última gota de vida. Me arqueé hacia atrás, enterrando las uñas en sus muslos tensos, y dejé que otro orgasmo me sacudiera entera. Sentí cómo las paredes de mi interior vibraban y se cerraban sobre él en una serie de espasmos que me hicieron soltar un alarido de puro éxtasis.

Pero Joaquín no se iba a quedar abajo por mucho tiempo. Con un movimiento ágil y cargado de una fuerza de acero, me tomó de la cintura y, sin sacarse ni un solo centímetro de adentro de mí, me hizo girar sobre el colchón hasta que quedamos los dos de lado, en una cucharita apretada y sudorosa. El cambio fue tan brusco y la fricción tan intensa que el aire se me escapó en un gemido ronco que retumbó en la habitación.

—Que ricas nalgas, Patricia... —me soltó al oído, con una voz que era puro veneno y lujuria.

Sentí su pecho ancho, firme y empapado de sudor pegándose contra mi espalda, mientras sus brazos me rodeaban como si quisiera fundirme con él. Una de sus manos bajó con urgencia, apretándome una teta con fuerza, casi con saña, mientras la otra se deslizaba entre mis muslos para buscar mi clítoris, que ya estaba gritando por más atención. Joaquín empezó a embestirme desde atrás, con un ritmo lento pero devastador, enterrándome la verga hasta que sentía que me tocaba las costillas.

—¡Eso es! ¡Ahí, Joaquín! ¡No me tengas lástima, métemela toda! —le gritaba yo, echando la cabeza hacia atrás para buscar su boca, sintiendo que me iba a partir a la mitad de lo rico que se sentía esa invasión por la espalda.

En esa posición, su verga entraba en un ángulo que me hacía sentirme tan excitada. Cada vergazo era seco, profundo, llegando a esos rincones que Mario nunca se molestó en conocer. Joaquín se concentró una mano en mis pechos, usándolos como si fueran suyos, apretujándolos mientras su otra mano trabajaba allá abajo, en mi botón de placer, frotándolo con una cadencia que me estaba volviendo loca. El sonido de su pubis golpeando contra mis nalgas era un "clac" húmedo y obsceno.

Yo sentía que me iba a venir otra vez; era una cadena de orgasmos que no me dejaba ni respirar, pero mi cuerpo, hambriento de años, seguía pidiendo más verga. No quería que parara, quería que me llenara de esa vitalidad animal que me había hecho falta tanto tiempo.

—¿Sientes cómo te abro, Patricia? —me susurró al oído, mientras su aliento me quemaba la nuca—. Esto es lo que te mereces, cabrona... que te rellenen bien.

Me agarró una de las piernas y la levantó, abriéndome todavía más, exponiendo mi concha roja, hinchada y empapada a su merced. Con ese nuevo ángulo, Joaquín aumentó la velocidad, convirtiendo sus embestidas en una ráfaga de fuego. Ver el contraste de su brazo moreno y velludo contra mi piel blanca, mientras me sentía totalmente poseída por atrás, fue el empujón final. Sentí que el piso se me movía y que las paredes del cuarto empezaban a dar vueltas.

—¡Me voy a venir otra vez! ¡Ay, Dios, Joaquín, ya! —grité, enterrando las uñas en sus brazos, apretando los dientes para no soltar un alarido que despertara a toda la colonia.

Mi vagina empezó a latir con una violencia desatada, abrazando su riata con una desesperación que hizo que Joaquín también perdiera los estribos. Sus embestidas se volvieron frenéticas, cortas y cargadas de una presión que me hizo soltar un alarido que seguramente se escuchó hasta la planta baja, ahí donde Mario dormía su miseria. Estábamos los dos en el borde, sudados, sucios y completamente entregados a esa carnicería de placer que nos estaba borrando, estocada tras estocada, todos los años de sequía.

—¡Vente conmigo, Patricia! ¡Vente ya, cabrona! —rugió él, mientras su verga palpitaba dentro de mí como un corazón desbocado, llevándonos a los dos a un borrón de carne, fluidos y puro deseo salvaje.

Joaquín estaba a punto de estallar; lo sentía en la forma en que su verga brincaba dentro de mí, como un animal queriendo romper la jaula. Pero yo no quería que terminara ahí, escondido en mi espalda. Quería verlo, quería probarlo, quería que mi boca fuera el último lugar que sintiera antes de vaciarse.

—¡Espera, Joaquín! ¡No te vengas todavía! —le grité, zafándome de su abrazo con una fuerza que me salió de las tripas—. Ponte al revés, lo quiero en mi boca.

Él no necesitó que se lo dijera dos veces. Estaba tan ido de la calentura que se movió como un instinto puro. Nos giramos en el colchón, nuestros cuerpos sudados resbalando el uno sobre el otro, hasta que quedamos entrelazados en un sesenta y nueve. Yo bajé mi cara hacia su entrepierna, encontrándome con esa verga imponente, venuda y chorreante que me esperaba como un premio. Al mismo tiempo, sentí cómo Joaquín hundía su cara entre mis piernas, abriéndome los labios de la concha con sus dedos para dejar mi clítoris totalmente expuesto a su lengua.

Fue la gloria. Me lo metí todo en la boca, de un solo golpe, sintiendo cómo me llenaba hasta la garganta. Joaquín soltó un gruñido que sentí vibrar en mis propios dientes mientras mi lengua trabajaba esa piel caliente y salada. Lo chupaba con una desesperación voraz, queriendo borrar con su sabor cada pinche recuerdo de la mediocridad de Mario. Quería devorarlo, quería que sintiera que mi boca era el paraíso y el infierno al mismo tiempo.

Mientras tanto, él no se quedaba atrás. Su lengua, experta y hambrienta, empezó a lamer mi vagina con una saña deliciosa. Me daba lengüetazos largos desde el ano hasta el clítoris, succionándome con una fuerza que me hacía arquear la espalda y clavarle las uñas en las nalgas. El contraste era una locura: el calor de su boca en mi sexo y la dureza de su verga en mi garganta me estaban volviendo loca.

—¡Mmmghh! —gemí contra su piel, mientras sentía que otro orgasmo, el más violento de todos, se estaba cocinando en mi vientre.

Joaquín se aferró a mis caderas, jalándome hacia su cara para no perderse ni un milímetro de mi humedad. Yo sentía sus dedos enterrándose en mi carne mientras sus labios me devoraban. Estábamos en una comunión de fluidos y deseo. El olor a sexo, a sudor y a vida inundaba todo el cuarto. En mi mente, solo había una imagen: la de nosotros dos, enredados como animales, mientras el eco de nuestros ruidos bajaba por el cubo de luz para recordarle a Mario que él ya no existía en mi mundo.

De repente, sentí que Joaquín se tensaba por completo. Sus muslos se pusieron duros como piedras y empezó a empujar su verga más hondo en mi boca, con espasmos que anunciaban el final.

—¡Ahí viene, Patricia! ¡Cómetelo todo! —logró balbucear él entre mis piernas, antes de que su lengua me diera un último ataque frenético en el clítoris.

Y entonces, estallamos los dos. Yo sentí cómo mi vagina se derretía sobre su cara, soltando chorro tras chorro de mi propio jugo, mientras mi cuerpo se sacudía en una convulsión que me dejó sin aire. Al mismo tiempo, sentí el primer disparo de su leche caliente golpeándome la garganta. Joaquín se vino con una fuerza animal, llenándome la boca con borbotones de su deseo acumulado.

No desperdicié ni una gota. Lo tragué todo con orgullo, saboreando su victoria y la mía. Me quedé ahí, pegada a él, sintiendo cómo su verga seguía latiendo en mi lengua mientras él me seguía lamiendo con suavidad, limpiándome, como si estuviéramos sellando un pacto de sangre y placer que nadie, ni Mario ni Dios, podría romper jamás.

Nos quedamos ahí, entrelazados, con el sabor del otro todavía fresco en la lengua y el corazón latiendo como si quisiéramos rompernos las costillas. El silencio del cuarto era espeso, cargado de ese olor a sexo, sudor y fluidos que se te pega al alma. Joaquín me rodeó con sus brazos fuertes, pegando mi espalda a su pecho sudado, y por un momento sentí una paz que no conocía; una paz que no venía de la calma, sino de la tormenta que acabábamos de desatar.

Me giré entre sus brazos para besarlo. Fue un beso lento, profundo, donde nuestras salivas se mezclaron con el rastro de nuestra propia entrega. Joaquín me acarició la cara con una ternura que me dolió, porque me recordaba todo lo que me había faltado.

—Que rico Patricia —susurró él, con una sonrisa de satisfacción que le iluminaba los ojos—. Me dejaste sin alma, cabrona.

—Y tú me regresaste la mía —le contesté, dándole un último beso corto en los labios. Con todo el dolor de mi corazón, me empecé a separar—. Me tengo que ir, Joaquín. Si no bajo ya, el paranoico de Mario va a empezar a alucinar.

Me levanté de la cama, sintiendo cómo mis piernas temblaban como si fueran de gelatina. Al vestirme, me puse de nuevo ese calzón gris y triste, pero esta vez me dio risa. Esa prenda ya no era mi cárcel; ahora era solo un disfraz, una mentira que le contaba al mundo mientras mi piel seguía ardiendo por los tocamientos de un hombre de verdad. Joaquín se quedó mirándome desde la cama, desnudo y poderoso, como un monumento a mi propia liberación.

—Aquí voy a estar —me dijo, y supe que no hablaba solo de la habitación.

Bajé las escaleras con el cuerpo pesado pero el espíritu ligero. Al entrar a mi departamento, el olor a encierro y a la amargura de Mario me pegó en la cara, pero ya no me asfixió. Él estaba ahí, sumergido en su miseria, dormido por el alcohol, tanto así que nunca se percato que su novia se la cogía su “mejor amigo”. Mientras yo me ponia la pijama, yo sentía el calor de la leche de Joaquín todavía dentro de mí, un secreto bendito que me hacía sonreír por dentro.

Desde esa noche, las cosas cambiaron. Cada vez que Mario se ponía más insoportable, cada vez que su control se volvía una soga en mi cuello o que su desprecio me hacía sentir pequeña, yo encontraba la manera. Un pretexto para bajar la basura, un olvido repentino, cualquier excusa era buena para terminar en el cuarto de Joaquín.

Se volvió nuestra rutina sucia y sagrada. Subía con él y dejaba que me hiciera de todo. Me ponía contra la pared, me abría de piernas en la mesa, me obligaba a gritar su nombre hasta que la garganta me ardía. Joaquín se encargó de borrar, estocada tras estocada, cada rastro de la inseguridad que Mario me había sembrado. Me enseñó que mi cuerpo no era una propiedad para ser fiscalizada, sino un incendio que merecía ser alimentado.

Hasta que un día, simplemente no pude más. No fue por odio, sino por exceso de vida. Joaquín me había dado tanto, me había recordado tanto quién era yo debajo de esa fachada de mujer abnegada, que la relación con Mario, que este departamento me quedaron chicos. Las paredes se me vinieron encima porque ya no cabía en ellas.

Esa mañana, mientras Mario buscaba algun pretexto para reclamarme, yo ya estaba haciendo mi maleta en silencio. Lo miré y, por primera vez en siete años, no sentí ni rabia ni tristeza. Solo sentí lástima por el hombre que nunca supo qué hacer con el fuego que tenía al lado.

Cerré la puerta de ese departamento para siempre, con el paso firme y la piel todavía vibrando. Bajé las escaleras y, al pasar por la puerta de Joaquín, me detuve un segundo. No entré. No hacía falta. Él me había dado las alas para irme, no solo de Mario, sino de cualquier lugar donde no me amaran con la misma fuerza animal con la que él me había reclamado.

Me fui sabiendo que, pasara lo que pasara, nunca más volvería a pasar sed. Porque ahora yo era mi propio manantial, y Joaquín había sido el hombre que, a puros vergazos y besos, me había enseñado el camino de regreso a mi propia libertad.

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