Xtories

Llevando a mi mujer a su liberalización (Cap. 1)

La pantalla muestra lo que ella siempre temió desear. Jordi no pide permiso; toma el control y la lleva al límite en su propio sofá. Pero cuando el polvo se asienta, él le ofrece algo mucho más grande: ¿se atreverá a cruzar el umbral hacia lo prohibido?

Jordi4.7K vistas8.4· 5 votos

La brisa marina entraba por los amplios ventanales del ático, acariciando las cortinas de lino que se mecían con suavidad. El sol del atardecer teñía el salón de tonos dorados, reflejándose en los muebles de diseño y en el mármol pulido del suelo. Jordi, con su cabello negro peinado hacia atrás y vestido con un polo ajustado de color azul marino y pantalones chinos beige, estaba recostado en el sofá de cuero italiano, con un vaso de whisky en lamano. A su lado, Marta, envuelta en un conjunto deportivo de algodón suave—pantalones cortos negros y una camiseta holgada de color gris—ajustó sus gafas de lectura mientras sostenía la tableta entre sus dedos esbeltos. La pantalla iluminaba su rostro con una luz azulada, destacando el rubor que ya comenzaba a pintar sus mejillas.

En la pantalla, la escena final de la película porno llegaba a su clímax: una pareja madura, elegante, se entregaba a los placeres de un club de intercambio en París. La mujer, con un vestido de seda negro que apenas cubría sus curvas, era penetrada por un desconocido mientras su marido observaba con una sonrisa de complicidad. Los gemidos amplificados por los altavoces del salón se mezclaban con el distante rumor del tráfico de Barcelona, creando una atmósfera cargada de tensión. Marta tragó saliva, sintiendo cómo el calor se acumulaba entre sus muslos. No era la primera vez que veían algo así, pero esta vez… esta vez algo en su interior ardía con más intensidad. Sus dedos, sin que ella misma se diera cuenta, se apretaron alrededor de la tableta, las uñas pintadas de un rojo oscuro rozando la pantalla

Jordi no perdió detalle. Desde el momento en que Marta había cruzado las piernas con inquietud, había notado el cambio en su respiración, más acelerada, casi imperceptible, pero suficiente para encender su propia excitación. Dejó el vaso sobre la mesa de centro y se giró hacia ella, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de lujuria y diversión. —¿Te ha gustado, cariño?— preguntó, su voz grave y aterciopelada,mientras su mano se posaba sobre el muslo de ella, justo donde el tejido del pantalón corto se ceñía a su piel. Marta no respondió de inmediato. En lugar de eso, mordisqueó su labio inferior, un gesto que Jordi conocía bien: significaba que estaba luchando entre la timidez y el deseo. —Es… diferente— murmuró al fin, sin apartarla mirada de la pantalla, donde el hombre acababa de correrse dentro de la mujer, dejando un rastro de semen resbalando por sus muslos. —No es solo el sexo, es… la atmósfera. Cómo se miran, cómo se tocan sin pudor.

Él no necesitó más. Con un movimiento fluido, le quitó la tableta de las manos y la dejó a un lado, sobre el sofá. Sus dedos, cálidos y firmes, se enredaron en el cabello castaño de Marta, tirando con suavidad para inclinar su cabeza hacia atrás. —Nosotros también podemos tener eso— susurró, acercando sus labios a los de ella sin llegar a besarlos, dejando que el aliento caliente de ambos se mezclara. —No necesitas envidiar a nadie, Martita.Tú eres mil veces más sexy que cualquier zorrita de esas películas.— El apodo íntimo, que solo usaba en sus momentos más íntimos, hizo que un escalofrío recorriera el cuerpo de Marta. Sus pezones, ya duros bajo la tela de la camiseta, se endurecieron aún más, rozando el tejido con cada respiración entrecortada.

Cuando finalmente sus labios se encontraron, fue como si un interruptor se hubiera accionado en ambos. Jordil a besó con una urgencia que no solía mostrar al principio, su lengua invadiendo su boca con posesión, explorando cada rincón mientras sus manos recorrían el cuerpo de Marta con una mezcla de reverencia y lujuria. Ella respondió con la misma intensidad, sus dedos deslizándose bajo el polo de él, buscando el contacto con su piel. La sensación del vello suave de su pecho bajo sus yemas fue suficiente para hacerla gemir contra su boca. Jordi sonrió contra sus labios, satisfecho. —Eso es, nena— susurró, —deja que te escuche.— Sus manos bajaron hasta la cintura de Marta, deslizando los dedos bajo la banda elástica de sus pantalones cortos y la ropa interior de encaje negro que llevaba debajo. El contacto con su piel desnuda la hizo estremecerse. —Dios, ya estás empapada— murmuró él, rozando con los dedos el vello rizado de su monte de Venus antes de sumergir un dedo entre sus labios vaginales, hinchados y resbaladizos. Marta jadeó, sus caderas levantándose instintivamente para buscar más presión.

—Jordi, por favor…— suplicó, sus uñas clavándose en sus hombros mientras él comenzaba a trazar círculos lentos alrededor de su clítoris, sin tocarlo directamente. Sabía exactamente cómo volverla loca: negándole lo que más deseaba. —¿Qué quieres, cariño?— preguntó, su voz un ronroneo oscuro mientras su otro brazo se enredaba alrededor de su cintura, atrayéndola más cerca. —Dímelo.— Ella lo miró con ojos vidriosos, el deseo nublando su habitual timidez. —Quiero que me folles— confesó, las palabras saliendo en un susurro roto.—Ahora. Aquí. Como en la película.— Jordi no necesitó más invitación. Con un movimiento rápido, la tumbó sobre el sofá, su cuerpo delgado y flexible acomodándose entre los cojines de seda. Se arrodilló frente a ella, sus ojos devorando la imagen de Marta: las piernas ligeramente abiertas, la camiseta arrugada dejando al descubierto un trozo de su sujetador de encaje negro, los labios entreabiertos y brillantes por sus besos.

Sin apartar la mirada de ella, Jordi se desabrochó el pantalón, liberando su pene, ya completamente erecto y palpitante. Lo tomó con la mano, frotando el glande hinchado con el pulgar mientras observaba cómo Marta lo miraba con hambre. —Abre esa boquita, cariño— ordenó, su voz áspera. Ella obedeció de inmediato, sus labios separándose mientras sacaba la lengua para humedecerlos. Jordi se acercó, guiando la cabeza de su polla hacia su boca. El primer contacto fue eléctrico: la punta caliente y suave rozando sus labios antes de deslizarse dentro, llenando su boca con un sabor salado y masculino. Marta cerró los ojos, saboreando la sensación, sus manos subiendo para agarrar sus caderas mientras comenzaba a mover la cabeza hacia adelante y hacia atrás, tomando más de él con cada embestida.

—Joder, así, justo así— susurró Jordi, sus dedos enredándose en su cabello mientras guiaba sus movimientos,empujando con suavidad para que lo tomara más profundo. Marta relajó la garganta, permitiendo que él se deslizara hasta el fondo, sintiendo cómo la cabeza de su polla rozaba la entrada de su garganta antes de retroceder. Sus labios se cerraron alrededor del eje, creando una presión perfecta mientras su lengua trazaba círculos alrededor del glande cada vez que emergía. Los gemidos de Jordi llenaban el salón, mezclándose con los suyos, ahogados por la polla que ocupaba su boca. Podía sentir cómo se endurecía aún más, las venas palpitando bajo su lengua, señal de que estaba cerca. Pero no era así como quería terminar. Con un gruñido, la sacó de su boca, dejando un hilo de saliva conectándolos antes de que se rompiera.

—Quítate eso— ordenó, señalando sus pantalones cortos y la ropa interior. Marta no perdió tiempo. Se deshizo de ellos con movimientos rápidos, dejando al descubierto su coño depilado y brillante de excitación. Jordi se lamió los labios al verla, sus dedos rozando sus labios vaginales antes de hundir dos dentro de ella sin aviso. —¡Ah, Dios!— gritó Marta, sus caderas levantándose del sofá mientras él curvaba los dedos, buscandoese punto rugoso en su interior que la hacía enloquecer. —Tan apretada, tan jodidamente caliente— murmuró, añadiendo un tercer dedo, estirándola, preparándola. —Dime que lo quieres, Marta. Dime que quieres que te penetre.— Ella asintió con desesperación, sus manos agarrando los cojines a ambos lados. —¡Sí, por favor,Jordi, fóllame!— suplicó, su voz quebrada. —Quiero sentirte adentro, llenándome, jodiéndome como a esa puta de la película.

Él no la hizo esperar más. Se posicionó entre sus piernas, su pene rozando su entrada antes de empujar hacia adelante con un movimiento firme y profundo. Marta gritó, sus uñas arañando el cuero del sofá mientras lo sentía llenarla por completo, estirando sus paredes internas hasta el límite. —¡Más!— exigió, sus caderas moviéndose para encontrarlo. Jordi complació su deseo. Comenzó a moverse con embestidas largas y profundas, sacándose casi por completo antes de hundirse de nuevo, sus pelotas golpeando su culo con cada empujón. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenaba el salón, mezclándose con sus jadeos y gemidos. —Joder, Marta, cómo me encanta follarte— susurró, inclinándose para capturar uno de sus pezones entre sus labios, mordisqueándolo. Ella arqueó la espalda, empujando su pecho hacia su boca, necesitando más. —¡Más fuerte, Jordi, no pares!— suplicó, sus piernas enredándose alrededor de su cintura, arrastrándolo más cerca.

El ritmo se volvió frenético, sus cuerpos sudorosos resbalando el uno contra el otro. Jordi podía sentir cómo el orgasmo de Marta se acercaba, sus paredes vaginales comenzando a contraerse alrededor de su polla, apretándolo con una intensidad casi dolorosa. —Córrete en mi coño— gimió ella, sus palabras una mezcla de súplica y orden. —Lléname de tu leche, Jordi, por favor.— Él no pudo resistirse. Con un último empujón profundo, se enterró dentro de ella hasta el fondo, sintiendo cómo su semen estallaba en chorros calientes, llenando su interior. Marta gritó, su propio orgasmo estrellándose sobre ella en olas de placer que la dejaron temblando, sus músculos internos ordeñando cada gota de él mientras sus cuerpos se sacudían juntos.

Minutos después, aún jadeantes, Jordi se desplomó sobre ella, su peso apoyado en los antebrazos para no aplastarla. Sus labios encontraron los de Marta en un beso lento y profundo, saboreando el sudor y la satisfacción compartida. —Dios, cariño— murmuró contra sus labios, —cada vez es mejor contigo.— Ella sonrió, sus dedos jugando con los cabellos de su nuca. —No puedo moverme— confesó, riéndose suavemente.—Me has dejado sin fuerzas.— Jordi se rio, besando su cuello antes de levantarse con cuidado. Se acomodó a su lado en el sofá, pasando un brazo alrededor de sus hombros mientras ella se acurrucaba contra su pecho.

Fue entonces, cuando el silencio solo se rompía por sus respiraciones entrecortadas y el distante sonido de las olas rompiendo contra la costa, cuando Jordi habló. —Sabes…— comenzó, su voz pensativa, —en la película, al final de la película mencionaban un club aquí en Barcelona. Uno de esos sitios… discretos. Para parejas como nosotros.—Marta levantó la cabeza, mirándolo con curiosidad.

—¿Un club swinger?— preguntó, aunque ya sabía la respuesta. Él asintió, sus dedos trazando círculos distraídos sobre su hombro desnudo. —Podríamos ir… solo a mirar. Para ver cómo es. Sin presión. Sin hacer nada que no queramos.— Ella lo observó en silencio por un momento, su mente revolviendo las imágenes de la película, la excitación que aún hormigueaba en su cuerpo.—Ya veremos, pero no creo— respondió al fin, curvando sus labios antes de besarlo de nuevo, esta vez con una promesa en el gesto. La brisa marina seguía acariciando la terraza, y en el aire quedó flotando la posibilidad, tan tangible como el semen que aún resbalaba entre los muslos de Marta.