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Carmen. 36. Sevillana. Alguien discreto. 1

Carmen está de pie, con las piernas cerradas, mientras él se arrodilla ante ella. Su teléfono suena: es su marido. Ella debe contestar, fingiendo normalidad, mientras él no deja de trabajar en silencio bajo su tanga. ¿Podrá contenerse sin que él se dé cuenta?

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Carmen. 36. Sevillana. Alguien discreto. 1.

Miércoles, 21 de febrero, 2024.

Nos encontramos Carmen y yo, en la habitación del hotel en el cual estoy yo pasando unos días en la ciudad de Sevilla.

Estamos desnudos, bueno yo completamente y ella solo con un tanga negro.

Son las 19:45 de un miércoles normal y corriente, o no.

Dos personas que no se conocen de nada están frente a frente.

Ambas personas saben lo que ha ocurrido hasta ahora para que se encuentren así (pero puede que la persona que este leyendo esta historia real no lo sepa, por lo tanto, les invito a leer “Carmen. 36. Sevillana. Alguien discreto. Prólogo” en este enlace de dicha página https://www.todorelatos.com/relato/219435/ y así se ponen al corriente).

Jorge desea en estos momentos olvidarse del mundo y degustar cada milímetro de la piel de Carmen.

Carmen desea lo que toda mujer en estos casos, quiere. Que gocen de su cuerpo, de su mente, de toda la lujuria mientras goza del cuerpo varonil que tiene enfrente suya.

¿Qué se puede hacer ahora mismo? Fácil y sencillo.

Leer los acontecimientos reales que van a ocurrir, ni más ni menos, jejeje.

Pues al lio, señoras, señoritas y señores.

Es de noche, ya que el 21 de febrero del actual año, el 2024, a las 19:45 de la tarde, es de noche. Si. En Sevilla, Andalucía, España, a esa hora es de noche. Por tanto, tengo varias opciones para seguir deleitando mi vista con el cuerpo de Carmen:

Primera opción, es encender la luz de la habitación, previo haber movido la cortina de la ventana y así tapar posibles curiosos o voyeurs o mirones o cotillas, ajenos que no han pagado entrada para ver el espectáculo que vamos a dar.

Segunda opción, encender la luz, dejar la ventana abierta a vistas curiosas, que tiene su morbo excitante al saber que te pueden estar viendo, pero eso también conlleva un posible peligro, ya que hoy en día hay muchas páginas webs en donde te suben videos de gente follando y que los han pillado en pleno acto, a través de sus teléfonos, móviles, celulares o Smartphone y siendo sincero, para una mujer casada como es Carmen, que necesita discreción absoluta, no es precisamente lo que le guste realmente que vean en ella, por eso, un caballero debe de tener en cuenta antes de hacer lo que va a realizar con esta mujer o cualquier otra mujer.

Tercera opción, no encender la luz. Es mucho más interesante. No solo por saber que nadie te puede ver, aunque tuviera ojos de gato y viera en la oscuridad, jajaja. Pero es excitante para quienes estamos en la habitación.

Para Carmen, no ver apenas, pero si sentir la respiración, manos acariciando su cuerpo, sentir los dedos deslizando por cualquier parte de su cuerpo mientras se acarician, mientras sabe que la otra persona desea entrar dentro de ella, sin apenas ver nada.

Yo, como hombre en celo, porque el caballero va y viene, pero el animal está presente, teniendo en cuenta que llevo desde el sábado sin echar un polvo en condiciones, pues la verdad, tengo ganas de comerme sus ricos pezones, de saborear su lengua, de hacer que vibre por dentro de su coño a través de su clítoris con mi lengua, y digamos vulgarmente, que tengo ganas de hacer una “señora comida de chichi”. Sí.

Y aquí hago un pequeño inciso necesario como autor de la historia (y que a la protagonista le ha encantado, porque ya lleva tiempo leyendo mis historias y la suya también).

Había pensado en escribir todo con una de las tres opciones que he expuesto antes, pero voy a subir el nivel de escritura mía y voy a exponer las tres opciones juntas, que seguirán estando activas en el resto de relatos de dicha mini serie. ¿Por qué? Por lo mismo que decía en el prólogo.

Detalles, que son muy importantes.

Por tanto, en cuanto lean en el texto, “Primera opción”, o “Segunda opción”, o “Tercera opción” ya saben a qué me refiero. Serán tres versiones distintas en el mismo texto, pero quien no arriesga, no gana, jejeje.

Lo dicho, al lio.

Carmen, mientras ha notado mis besos en su cuello, porque es donde siempre me gusta empezar a besar en una mujer que, en sus labios, cualquiera de los cuatro que tienen ellas, sé que la van a poner caliente, tirando a “perraca”, porque solo con unos besos, los estímulos del cuerpo humano se activan, incluso se puede conseguir poner duros los pezones, incluso llegar a mojar esos labios carnosos que ahora Carmen los tiene tapados con su tanga negro. Puede que mis besos no hagan que sus tetas se hinchen por la excitación, aunque no tengo prisa por ello. Tampoco creo que haya hecho que sus labios aumenten un poco en volumen, o que se hinchen por su excitación, pero si he conseguido con mis labios una cosa muy importante, que su cerebro se active sexualmente y con ello el resto de su cuerpo.

Es lo que mucha gente no sabe, pero muchas mujeres necesitan.

Resumiendo, “juegos preliminares”, necesarios sí o sí, y lo siento, yo necesito jugar con el cuerpo. No soy perfecto ni quiero ser nunca. Aparte, si yo no tengo juegos preliminares con mi cuerpo, ya podemos estar follando toda la noche, que tardo mucho más en soltar mi leche.

Como no aguanto más y como dije en el prólogo, yo ya no soy hombre, ni caballero, ni un cabrón, ni un macho, no, ahora solo soy un animal deseoso de sexo con esta hembra.

“Primera opción”

Como estamos con la luz encendida y con la ventana tapada de miradas curiosas, pues sigo con mis besos por su cuello, mientras que mis manos acarician casi todo su cuerpo desnudo, erizada la piel con mis caricias, y sintiendo que hay que encender a la zorra que tiene ella escondida. Sí. Todas las mujeres tienen una zorra escondida. Solo hay que saber encontrar para así disfrutar mucho más de la hembra. Los hombres tenemos un zorro también escondido, pero lo sacamos a pasear mucho más que las mujeres, jejeje. Naturaleza.

Mis manos llegan a ese precioso culo que tiene, y al estar ambos de pie, ni os cuento lo que siento con esos glúteos deseosos de ser acariciados. Agarro con mis manos, apretando ligeramente, abriendo y cerrando sus cachetes, sabiendo yo que ella no quiere nada de sexo anal, pero no quita que sabe que voy a poner su excitación elevada a la enésima potencia mientras le “sobo” su trasero, porque seamos realistas, nos gusta que nos toquen nuestro culo. Carmen a través de sus pequeños gemidos, me hace ver que le gusta, y sigo amasando esa parte trasera suya.

Pero claro, esto no se puede hacer si estuviéramos separados, a no ser que tuviera los brazos muy largos, (que no es el caso, jijijiji), por tanto, mi polla (o rabo, o verga, o falo, o pene, o como queráis llamar al miembro sexual del hombre) pues se pega a su bajo vientre. Como dije en el prólogo, Carmen tiene un dibujo especial en su monte de venus o pubis, por tanto, mi capullo al estar casi pegado a ella, siento esos pelitos, que no es un bosque, ya que estaba recortado, pero se siente bien. No llego a sus labios con mi capullo, porque ni la tengo larga ni necesito en estos momentos sentir su clítoris a través de miembro, pero sé que ella si lo siente, y mucho.

Carmen, por su lado no se queda quieta, al contrario, denota como está en estos momentos, y acaricia mi espalda, bajando sus manos y subiendo, desde mi nuca hasta mi culo. Incluso noto que alguno de sus dedos intenta meterse por mi raja del culo, pero rápidamente los quita, no sé si porque no se atreve o porque nunca lo ha hecho. El resultado es que me encanta que también ella me sobe mi cuerpo, concretamente mi parte trasera. No es malo que jueguen con nuestra piel, señores.

Noto como hinca ligeramente sus uñas en mi espalda y cuando llega a mis glúteos, aprieta, para que sienta yo también que me desea, que ahora ya no es esa mujer casada que había conocido minutos antes, ahora es la hembra desbocada, pero comportándose como una dama caliente.

Ella explora.

Yo exploro.

Carmen deja de ser una mujer para convertirse en el principio de una zorra.

Yo sigo siendo un animal.

Mientras nos acariciamos excitados, yo intento en una de mis aberturas de culo, llegar con mis dedos a su esfínter, ligeramente, con una caricia circular sin penetrar. Lo hago para saber si me va a quitar la mano o quiere que siga. Y quiere. Le gusta. Siente esa caricia como estimula cada vez más, ya que sus gemidos se van acelerando por momentos. Hay que tener en cuenta que, en el ano, concretamente en su entrada, tenemos los seres humanos más terminaciones nerviosas que en el resto de animales del planeta, y esto conlleva incluso a un aumento del estado de excitación, pero no hay que pensar en que te van a penetrar, porque el beso negro, para quien no lo sepa es besar dicho músculo anal, con labios o mejor con la lengua, sin tener que penetrar, y esa sensación solo se puede sentir, no se puede explicar con palabras.

Pero también juego con la entrada de su vagina, de esa cueva que es casi un volcán en estos momentos, por eso, dejo la caricia anal para pasar a la caricia que yo la llamo sutilmente “caricia labial y vaginal”.

Ahora es el momento de seguir con nuestras caricias, mientras desde la parte de atrás, que mis dedos ya han llegado al sendero mojado de su cueva, y ella sigue disfrutando de lo que le doy y ella da. Es el momento para mí, que me gusta más cuando tengo una hembra caliente pegada a mí.

Cambio mi lado animal por el ser que toda mujer (u hombre, para gustos colores) en un buen comedor de coños.

Sí.

Soy un buen comedor de coños (vaginas o coños, conchas, o como queráis llamar al sexo de una mujer, pero todas las personas sabemos lo que es), pero no es bueno seguir estando de pie para ser ese animal degustador de coños. No.

Por eso, yo me agacho hasta quedarme apoyado por mis rodillas en la moqueta del suelo de la habitación.

Carmen sabe lo que voy a hacer. No hace falta decir nada.

Ella sigue con su tanga negro puesto.

Mi cabeza está a la altura de su tanga.

Ni la miro a la cara. Me da igual.

Hay un imán en los clítoris de las mujeres.

No son las tetas o el culo de una mujer, esos imanes que nos atraen, al menos en mi caso no es esa parte.

Un clítoris es mi imán.

Y me da igual lo que haya entre nosotros, tela, tanga, braga, pantalón, falda, vestido. Me da igual.

Y aquí voy a explicar claramente lo que tiene que hacer un buen comedor de coños. A quien no le guste, que se haga una paja y luego siga leyendo. Yo, al menos es lo que siempre me ha gustado hacer y seguiré haciendo.

Un buen comedor de coños, al menos tiene que (si la mujer sigue de pie) hincar las rodillas en el suelo y agacharse para deleitar con su boca a la hembra.

Un buen comedor de coños tiene que hacer que la hembra (si está sentada en una silla, sillón, sofá, mesa, lavadora, encimera, en el borde de la cama, o en cualquier mueble apto para tal tarea) desee que la coma literalmente.

Un buen comedor de coños no tiene prisa ni por empezar ni por finalizar la degustación coñil, simplemente se pone a ello y es la mujer quien le dirá cuando se acaba o cuando tiene que continuar.

Un buen comedor de coños no le importa si la mujer tiene una braga, tanga, culotte, braga brasileña o nada de ropa interior puesta, porque no le importa que haya algo que impida que haga su trabajo. Lo hace y luego aparta hacia un lado o incluso se lo quita a la mujer, si ella quiere.

Un buen comedor de coños lo hace en cualquier postura, pero yo ya sabéis en cual estoy ahora mismo yo, que incluso se puede pensar en que es una postura de sumisión (jajajaja, me meo de risa, porque de sumiso tengo poco o nada), simplemente soy un hombre maduro deseando comer ese rico clítoris, aun tapado por esa tela negra de la tanga que tiene puesta.

Mi cara está a escasos 10 cms del tanga de esta mujer y es cuando de repente vuelvo a ser un caballero (es lo que tenemos las personas geminianas, que podemos cambiar de personalidad muy rápido) y es cuando le pregunto sin mirar hacia arriba, a esas bellas tetas y a su rostro:

— ¿Tienes otro tanga de repuesto? Porque si no lo tienes, te lo quito, ya que te voy a dejar muy mojado todo. Pero si tienes otro de repuesto en el bolso, vas a ver o mejor dicho, sentir lo que un maduro sabe apreciar en una mujer, en esta postura.

Carmen niega (mientras sale de su boca un “NO”). Ella no había pensado que yo iba a realizar esa comida de coño con su tanga puesto. Son detalles que, si no conoces a la persona, pues te expones a que te pillen (nunca mejor dicho) con las bragas en el suelo.

El animal ni le hubiera preguntado a la mujer, pero un buen geminiano siempre está atento a estos detalles, por eso, le baje de un tirón, con mis dos manos, esa tela casi elástica, hasta sus tobillos.

Al estar ella descalza, simplemente con que moviera sus pies de la moqueta, ese tanga se quedaría en el sitio donde Carmen lo dejará, pero no se movió. Este gesto me hizo pensar que ella quería probar si era capaz de comer su clítoris con las piernas cerradas.

Retos a mí, jajaja.

Acerque mi rostro a ese coño cerrado, solo veía ese dibujo de pubis y luego, justo debajo, esos labios encerrando ese clítoris. Mientras sus piernas seguían cerradas.

Un buen comedor de coños sabe dónde está el clítoris, sin tener que abrir labios vaginales, por eso, en cuanto mi boca estuvo a escasos milímetros de su monte de venus, saqué mi lengua y la metí en el final de esa V. Teniendo mi lengua totalmente dura, me introduje en esa selva negra.

Ahhhh, es que no lo he dicho aún, Carmen es morena de pelo, y en su coño, lo tiene negro. De ahí, lo de la selva negra. Y piel blanca.

Mi lengua nota sus labios hinchados.

Mi lengua nota el calor que desprende sus labios vaginales.

Mi lengua nota su clítoris, que aún no se ha despertado.

Mi lengua, toda humedecida, empieza a jugar con su botón.

De la boca de Carmen, se escapa un gemido.

Yo sigo a lo mío.

Mis manos ahora se agarran a sus glúteos, cerrados o juntos, porque Carmen sigue con las piernas cerradas.

Creo que le está gustando ese juego que me tiene en práctica. No sé si está ella sonriendo o está con esa cara de placer cuando una mujer siente una lengua jugar con su clítoris, ya que hay más de un metro de distancia entre su cabeza y la mía. Aunque luego, la protagonista me “chivó” que tenía una cara de zorra que no era posible de expresar, por todo lo que le hice, pero yo no lo veía. Estaba y estoy empezando a lamer su coño.

Mis manos siguen apretando su culo, en señal de que mi cabeza no va a salir de esa postura por mucho rato, para que ella sepa que ahora solo es su clítoris el que será atendido por mi lengua.

Los detalles son muy importantes cuando no se habla. Dan pistas a la otra persona.

Y entonces mi lengua, moviéndose cual viperino musculo, hace que ese clítoris despierte de su aletargado sueño.

No quiero decir el chorro de babas que de mi boca emana cuando como un coño y más en esa posición, por tanto, si mezclamos mis babas o saliva, con el jugo que emana de su cueva, podríamos tener un buen coctel.

También indico, para quien no lo sepa, y Carmen no podía apreciar, que cuando como un coño, mi polla es el mástil de una bandera, o la pata de una mesa de cocina, dura no, lo siguiente. Por eso, cuando hago 69 con una mujer, lo puede apreciar, pero cuando como un coño, se pierden ese efecto en mi polla, y claro, ojos que no ven, cuerpo que no siente.

Yo seguía comiendo ese rico coño cerrado.

Carmen, de pie, estaba intentando no tener un orgasmo, porque ya no eran gemidos lo que salía de su boca, eran jadeos, e incluso movía lentamente su cadera. Pero seguía jugando a tener las piernas cerradas. Morbo + excitación elevada a una potencia no controlada + sentir que un hombre le estaba comiendo su clítoris con su boca y lengua + sentir sus manos apretando su culo para que ella supiera que no iba a sacar la cabeza de dicha postura. ¿Resultado? Que estaba haciendo unos esfuerzos grandes por no tener su primer orgasmo. No quería todavía dejar de disfrutar de ese maduro comedor de coño.

Y llego lo que Carmen no quería que pasará en ese mismo momento.

Realmente nadie quiere que ocurra, pero a veces, la realidad supera la ficción.

Melodía sonando en el móvil, dentro de su bolso.

Yo seguía con mi tarea.

A mí, las melodías me la sudan cuando estoy comiendo un coño. Soy un animal en estos momentos.

Pero ella entonces se apartó de mí para acercarse a su bolso y en breves segundos pensar si aceptar esa llamada o no. Sabía quién era. Su respiración estaba tan acelerada, que incluso solo con hablar un rato, podría saber la otra persona que no estaba relajada y tumbada en el sofá del salón de su casa.

Aquí, el animal que se quedó con la cara de gilipollas cuando te quitan tu manjar que te estas comiendo, de la boca, pues le miré a la cara y le dije claramente:

— Contesta la llamada, pero di que acabas de salir de la ducha y por eso tu respiración está acelerada. Nadie sabrá realmente que te ha pasado. Y yo estaré en silencio absoluto, para que no piense nada raro la otra persona.

Hay que ponerse en la piel de la otra persona, en este caso Carmen.

Por eso, en este instante, fui todo un caballero.

Carmen, acepto la llamada.

Era su marido.

No voy a poner la conversación que mantuvo, porque ni es necesario ni tampoco viene al caso de dicha historia, aparte que se alargaría mucho más este relato, y hay que ser discreto con las conversaciones ajenas.

Claro que Carmen me agradeció luego ese detalle de estar en completo silencio.

Pero yo no me quedo quieto esperando a que ella acabará su conversación diaria con su marido, sino que como me había quedado con ganas de seguir comiendo su coño, pues me moví con mis rodillas hasta donde ella estaba, y metí mi cabeza entre sus piernas, aún cerradas, por tanto, mi boca, volvió a la posición de antes. Mi lengua también volvió a charlar con su clítoris. Y volví a ser un animal, pero esta vez, silencioso, no tenía que hacer ningún ruido que pudiera despertar curiosidad a la persona que estaba al otro lado del móvil.

Mientras yo le comía su clítoris silenciosamente, y también más sensual, más lento, para no alterar su respiración, Carmen tenía una conversación amena pero distante con su marido por teléfono.

Tras colgar o cerrar la llamada de su marido, no pudo aguantar más, soltó el móvil dentro de su bolso, y agarrando mi cabeza, empezó a mover su cadera y a jadear como una verdadera puta, diciendo que se venía, que no aguantaba más y que me tragara todo.

Con que ganas me empujo más mi cabeza contra su coño.

Estuvo un buen rato temblando sus piernas.

Sus muslos temblaban.

Sus tetas vibraban.

Sus manos apretaban mi cabeza a su pelvis.

¿Y yo?

Seguía jugando con mi lengua y su clítoris.

Un buen comedor de coños no se para o deja de chupar, no frena su ejercicio bucal, sigue y sigue hasta que la dama o zorra o puta o mujer (definir como queráis) le aparta con sus manos la cabeza (aunque a veces es mejor seguir, ya que les pasa lo mismo que a nosotros, cuando nos hacen una mamada. Para ellas, el clítoris es su pene. ¿A qué hombre no le gusta que le sigan haciendo una mamada profunda? Pues a las mujeres les pasa igual, les encanta que un “buen comedor de coños” siga y siga, y aunque ellas tengan un orgasmo o varios encadenados, desean que sigamos, y hay que seguir, a no ser que irritemos dicho musculo. Aquí, por salud, quitamos la boca y por respeto a quien nos vamos a follar).

También la postura da para mucho juego, me refiero en la que me encuentro yo.

Carmen de pie.

La postura en la que Carmen sigue de pie. Acaba de charlar con su marido. Le ha engañado literalmente de donde estaba. Le ha puesto los cuernos más que merecidos (como luego me ha comentado varias veces ella) mientras un maduro le estaba comiendo su clítoris, ese clítoris que apenas su marido tiene atendido.

Sus piernas cerradas.

Sus labios vaginales escondiendo su tesoro, mejor guardado.

Mi lengua explorando la entrada de esa caverna caliente.

Mis labios pegados a los suyos.

Ella se puede estar tocando mientras sus tetas, pezones estirando o apretando.

Mi nariz pegada al final de su monte de venus.

La respiración agitada de ella va tanto en aumento que es como una melodía sensual del móvil.

Yo casi ahogado sin poder respirar, ya que mi nariz está completamente pegada a su pubis y mi boca casi succionado su coño.

Esa sensación de ahogo también excita y aumenta las ganas de seguir.

¿Resultado?

Yo seguía comiendo como cuando te comes una rodaja de sandía, que te gusta tanto que no puedes parar.

Además, mi miembro ya no era eso, más bien un martillo de lo dura que la tenía, incluyendo ese dolor de rabo que tenemos los hombres cuando la tenemos tan erecta que o metemos en algún sitio caliente o nos hacen una paja o nos la hacemos nosotros, para liberar tensión.

Pero entonces note en mis pómulos como las piernas de esta mujer, temblaban. Si, empezaban a temblar. No era por la postura en sí. Tampoco era porque le estuviera dando un calambre o tirón muscular.

Empezaba a realizar lo que toda mujer hace cuando tiene un orgasmo, al menos su cuerpo lo hace.

Ese temblor hizo que las manos que estaban en sus tetas, fueran directamente a mi cabeza, pero no para apartar de su clítoris, sino para apretar más, indicándome que había hecho muy bien mi trabajo.

¿Y qué pasa cuando te acabas de correr o venir o tener un orgasmo porque te han comido de maravilla tu clítoris y no quitas esa lengua y boca de tu vagina? Pues lo que suele pasar cuando una mujer lleva días sin follar, digo varios, porque al menos ella llevaba una semana o más.

Que vuelve a tener otro orgasmo.

¿Encadenado? Puede.

¿Multiorgásmica? Puede (aunque ella siempre me ha dicho que no lo es).

Aunque yo creo que era el cumulo de la situación.

Por un lado, ser infiel a su marido.

Por otro lado, falta de orgasmos que tenía ella.

También, que le habían hecho una buena comida de su botón del placer.

Y para rematar, si sumamos todo lo anterior más el estar con una persona que no conoces de nada, ella de pie jugando a cerrar sus piernas, completamente desnuda, en una habitación de hotel, mientras sientes que te desean muchísimo más que cuando eras novia, porque si somos sinceros, cuando te siguen comiendo el coño después de tener tú algunos mini orgasmos, es que te desean.

Fuese el motivo que fuera, Carmen sin poder controlar su cuerpo, obtuvo otro orgasmo, incluso más intenso que el primero.

Y aquí ya no pudo seguir jugando a lo que ella quería, su cuerpo le fallo, haciendo que abriera sus piernas, poniendo una encima de la butaca en donde tenía puesto su bolso. No sé si fue porque necesitaba respirar su vagina, o porque deseaba que yo siguiera deleitando mi masaje lingual a través de unos labios abiertos. Pero al abrir ella sus piernas, me facilito también el que pudiera respirar, que se lo agradecí metiendo mi lengua en su cueva y sacar para ir subiendo hasta su botón, en donde con mi lengua totalmente dura, darle como un respingo o golpe duro y muy mojado para así dejar que ella vibrara de nuevo.

Pude saborear y degustar su preciada cueva.

“Segunda opción”, esto que acabáis de leer, es lo mismo que hubieran visto posibles “cotillas” que nos hubieran visto o bien con unos gemelos oculares o con una cámara de video o con un móvil, si hubieran grabado, porque al tener la luz encendida de la habitación del hotel, se vería claramente todo el espectáculo que habíamos hecho Carmen y yo.

“Tercera opción”, imaginar que no hay luz en la habitación. Solo aparece esa luz cuando recibes una llamada en el móvil. Apenas se nota. Pero todo lo que he contado en “Primera opción” ahora sería con ninguna luz. Carmen no me vería ni mi cara ni cuerpo.

Yo no vería su cuerpo, ni su coño, ni sus labios, pero si los sentía al estar comiendo ese rico coño. No vería realmente ese dibujo de pubis que tiene. Tampoco vería sus pezones duros como diamantes.

Solo estaríamos oyendo y palpando, sintiendo nuestros cuerpos, bueno, ella mi boca en su coño y mis manos apretando su culo.

En ninguna de las tres opciones, Carmen sabría cómo tenía mi polla de dura.

Esto lo dejamos para el siguiente relato, que hay continuación, incluso más caliente que está, (prometido, hay unas cuantas, y las voy a publicar tanto aquí, versión sin apenas detalles, como en mi blog (que podéis ver en mi perfil) con más detalles. Y cuando una persona que escribe, promete, cumple o al menos eso debe de cumplir con sus lectoras y lectores).

Pues eso, nos vemos en el siguiente capítulo.

Nota de autor: os agradezco y doy millones de gracias a todo el mundo que lee mis historias. Millones de gracias por dedicar parte de vuestro tiempo en leer y al menos sentiros protagonistas. Millones de gracias por calentar vuestra mente mientras os caliento yo con mis historias reales. Y millones de gracias a la gente que me manda su apoyo y felicitación a través de los mensajes de email y comentarios aquí, ya que yo solo me considero una persona que expone su vida sexual o vida normal en palabras y realmente con que solo me leyeran 10 personas, ya estoy más que satisfecho, pero si en un prólogo te leen tanta gente, no os puedo agradecer de verdad todo lo que siento. Gracias y gracias.