La Farmacéutica V
Isabel sabe exactamente lo que quiere: un cuerpo joven, caliente y dispuesto a seguir sus reglas. Roberto cree que es él quien tiene el control, pero en ese apartamento alquilado, las miradas de José María y los dedos de Isabel dictan el ritmo. ¿Podrá resistir la tentación de entregarse por completo a dos hombres a la vez?
Isabel leyó el mensaje en su móvil, y reprimió una sonrisa sibilina. Estaba ansiosa para intentar calmar el calor entre sus piernas. José María la había estado bombardeando con mensajes subidos de tono todo el día y eso le generaba una delicioso nerviosismo. Llegó a valorar ir al cuarto de baño de la farmacia a masturbarse. El calor entre sus piernas aumentó y se hizo más consciente del roce del encaje del sujetador sobre sus pezones…
Era cuestión de tiempo y tener algo de suerte para poder llevar a cabo la idea que tenía en mente, y estaba segura de que su marido no tendría reparos en participar en el juego. Decidieron ambos meter a otra persona en sus juegos. La experiencia adquirida con Ariel jugaba a favor de los dos. Daba igual que fuera un hombre u otra mujer. Para hacer la cosa algo más fácil, Isabel abrió un perfil en una conocida página de contactos. Por desgracia ese tipo de perfiles donde aparece una mujer sola, son pasto de todo tipo de pesados y hasta de algún lunático.
Pero la noche de un martes que tuvo que quedarse para hacer la caja y preparar unos pedidos para la cooperativa farmacéutica, aprovechó para entrar en la página, ver si había alguna novedad, y hacer limpieza de mensajes...El perfil del chico que le había dejado una reseña aparecía con el punto verde que indicaba que estaba en línea. Roberto, 23 años, estudiante de medicina, deportista…
-¿En serio?, ¿23 años?, venga no me jodas… si casi podría ser tu madre. Además seguro que eres de los que busca un polvo facilón, y hasta me querrás sodomizar a la primera, -dijo Isabel entre dientes mientras leía la ficha del joven y el mensaje que le había dejado.
-¡Hola!...¿estás?, -decía el mensaje entrante de Roberto.
-Si, aquí estoy. Hola. -Se presentó Isabel
-¿Molesto?, -preguntó amablemente el chico.
-No, para nada.
-Me gustó tu perfil, y por las fotos se te ve una mujer de bandera.
-Gracias.
-¿Puedo pedirte algo?, tranquila, no será una foto tuya, ni nada raro.
-A ver...dime.
-¿Tienes Whatsapp, Telegram u otra forma de poder charlar contigo. Algo más directo y más cómodo.
Como buena mujer previsora, y ante esa posibilidad, Isabel compró una tarjeta de pre pago, para no tener que arriesgar dando su verdadero número de teléfono.
-Mejor me das tu número y te llamo, -tecleó Isabel en el portátil.
-Vale, entiendo que tomes tus precauciones, apunta.
El número de teléfono del chico apareció en la pantalla, e Isabel lo apuntó. Pero los protocolos de seguridad no terminaban ahí. La llamada de Isabel sería con número oculto. Esas eran sus normas, las tomaba o las dejaba.
-¿Si?, -respondió al otro lado el chico.
-Hola, soy yo, Isabel, de la página de contactos.
-¡Ah!, hola. Veo que eres prevenida y me llamas con tu número oculto. Lo entiendo. Tela, que voz más sugerente tienes, me gusta.
-Gracias, -respondió Isabel de forma lacónica. La voz del chico tampoco estaba nada mal, sonaba muy masculina, con un ligero tono del sur, y estaba a tono con el aspecto de lo que supuestamente se veía en las fotos. -Bueno, cuéntame Roberto.
-¿Te molesta que sea tan joven?, no recuerdo que en tu cuenta pusieras nada sobre eso.
-A ver, de entrada no es algo prioritario. Conozco gente mayor que tú con menos cerebro. Lo que no estoy es para perder el tiempo con jovencitos que tengan las hormonas revueltas.
-Tranquila Isabel, no soy de esos a pesar de mi edad. Soy de un pueblo de Sevilla, de buena familia, y estudio con beca, por eso te sirve de algo, -dijo Roberto a la vez que se reía.
-¿Y qué quieres realmente Roberto?.
-Lo que todos en esa página Isabel, sexo. Con gente normal que quiera experimentar, que busque cosas nuevas, básicamente. No hago distinciones entre parejas o mujeres solas, gente madura, o de mi edad.
-Bueno, al menos pareces sincero, y no vas buscando “conocer gente”, -respondió Isabel también con una sonrisa y algo más relajada.
-No podría llegar muy lejos, si no lo fuera, ¿no te parece?.
-Cierto. -Sin meditarlo, casi hasta bajando la guardia, Isabel se lanzó al ruedo. -¿Me dijiste que tenías Whatsapp, verdad?, ¿podemos hacer una video?
-Eso me encantaría Isabel.
-Pues cuelga, te llamo de nuevo.
Isabel cambió la tarjeta SIM del teléfono a una tablet, para tener una mejor visión de su contacto. Por primera vez Roberto pudo tener una imagen de Isabel que no estuviera difuminada o con la cara sombreada.
-Joé quilla, que guapa que ere, -respondió Roberto con un fuerte acento andaluz.
-Gracias Roberto, lo propio.
-Lo siguiente será conosernos en persona, ¿no?.
—De momento vamos bien. ¿Sabes que tengo pareja?.
Roberto se encogió de hombros.
—No soy celoso, —le contestó.
—Entonces no te importará que si follamos, mi marido esté presente.
La actitud tan directa de Isabel desconcertó a Roberto, pero tan solo durante un segundo. La observó detenidamente con sus ojos azules, como para esperar confirmación sobre la veracidad de sus palabras. Ella le sostuvo la mirada sin vacilar. Roberto esbozó una sonrisa torcida que implicaba haber entendido a la perfección: el juego sería a tres bandas.
—¿Cuándo?
—El viernes, —contestó ella. Pero me gustaría conocerte en persona. ¿Podríamos vernos mañana miércoles por la tarde y tomamos un café para charlar?.
No necesitaron decirse más. Después de aquello, acordaron una hora y un sitio para verse, y se despidieron.
José María se mostró de acuerdo en incluirlo cuando Isabel le contó lo ocurrido, era algo que ya habían hablado entre ellos. Una de las muchas fantasías que planeaban cumplir juntos. Sólo quedaba esperar.
El viernes se volvieron a ver Isabel y Roberto en una cafetería muy coqueta y discreta, no muy lejos del apartamento que José María había alquilado para las aventuras matrimoniales. No era muy conveniente hacer nada de eso en su chalet de la urbanización. Cuando llegó José María, los encontró sentados frente a frente en una mesa separada
.
—Eres José María, ¿no?, —Roberto mostraba una seguridad apabullante, e Isabel escondió una sonrisa al ver el choque de sus dos machos. José María le estrechó la mano con decisión y deslizó la otra sobre el hombro de Isabel.
—Hola Roberto, encantado.
Ninguno de los tres tenía demasiada prisa, el ambiente era muy relajado, pero se irradiaba una extraña energía sexual. Mientras iban los tres en el coche camino del apartamento, quedó patente que José María estaba excitado. Isabel lo comprobó al posar la mano sobre su bragueta. Aquello prometía.
Ella abrió la puerta y los hizo entrar en el pequeño estudio. Líneas puras y colores muy claros, que sin embargo daban una sensación de calidez y comodidad.
—¿Algo de beber chicos?, —ofreció mientra se quitaba la chaqueta y los tacones de camino a la cocina. Los dos hombres asintieron y coincidieron en la bebida, agua con gas fría. Isabel señaló el sofá por si querían sentarse. Roberto se sentó extendiendo los brazos en cruz sobre el respaldo. Llevaba una camisa de lino celeste con tres botones abiertos, y en esa posición, dejaba a la vista un torso sin pelo, con unos pectorales bien definidos. Llevaba un pequeño collar ajustado, con unas cuentas marrones, que le daban un aire muy hippie. José María se quedó de pie mientras los dos charlaban, parecía que habían hecho buenas migas.
Isabel le dio una botella de Perrier a José María y un beso en los labios. Rozó con la lengua su boca, y deslizó los dedos por su camisa y hasta el pantalón, todo adornado con una mirada pícara. El bulto delataba su erección, pero Isabel se dirigió hacia Roberto, dejó la botella de agua sobre la mesa auxiliar y se sentó sobre sus muslos.
—Ven, José María, -dijo Isabel extendiendo el brazo hacia su marido, mientras cruzaba las piernas sentada sobre Roberto.
Con la confianza que daba su juventud, Roberto puso su mano en la rodilla de Isabel, mientras la acariciaba con el pulgar. Sin bajar el brazo que tenía libre del respaldo del sofá, deslizó la otra mano por debajo de la falda de Isabel
—Prefiero mirar...de momento, —respondió él, pasando el dedo por el filo de la boca de la botella de cristal, y sonriendo de forma pícara. Isabel sonrió y le guiñó un ojo. José María era un voyeur. Juntos habían visto varias veces a otras parejas tener sexo y sabía que eso lo excitaba, al igual que verla a ella.
—¿Solo mirar?, ¡mmmm!...de acuerdo, —concedió, levantándose del regazo de Roberto. -Siéntate ahí, señalando una butaca de cuero con respaldo alto.
José María se sentó en ella. Isabel deslizó los dedos por los brazos de su marido, le abrió los botones de la camisa, y comenzó a acariciar sus pectorales. Hundió las yemas en sus músculos. Roberto hizo el amago de levantarse para unirse a ellos, ya mostraba indicios de una buena erección, y empezaba a desabrocharse la camisa. Pero Isabel le hizo un gesto con la mirada para que tuviera paciencia.
—Ahora me ocupo de ti. -Le dijo sonriendo.
Primero tenía que dejar a José María al borde del orgasmo. Se sentó a horcajadas en sus piernas y se pegó a él. Se subió la falda hasta las caderas, dejando al descubierto su sexo.
—Has cumplido, —murmuró José María, al sentir el coño de su mujer desnudo.
—Todos los días, —confirmó Isabel sin dejar de acariciar el pecho de su esposo y pellizcando sus pezones.
—Este ambiente es para volverse loco, —dijo Roberto, sorprendiéndolos a ambos mientras terminaba de quitarse la camisa y aflojarse el cinturón. La gravedad hizo el resto con el pantalón del muchacho, dejando ver un slip con un enorme bulto en la entre pierna.
Isabel se volvió hacia él. Roberto la miraba con sus ojos azules entornados, los labios entreabiertos, y las manos entretenidas en quitarse del todo sus slips. Ella empezó a moverse sobre la polla erecta de José María, pero no podía apartar los ojos de Roberto, que mostró su pene erecto y comenzó a masturbarse delante de ambos. Isabel estaba fascinada con la visión de los movimientos de su mano y se dio cuenta de que se estaba moviendo con la misma cadencia sobre José María, que jadeaba excitado posando sus manos en las nalgas de su mujer.
Le costó apartar los ojos de Roberto, pero tenía que ocuparse del hombre que esperaba entre sus muslos. Después de quitarle del todo la camisa, desabrochó uno a uno los botones de los vaqueros de José María, rozando de manera deliberada con los nudillos su polla en tensión, paseó los dedos por encima, presionando y tanteando, y encontró por debajo de la tela del bóxer el glande lubricado. Apretó hasta hacerlo gemir de nuevo, y José María adelantó el tórax hacia ella...buscando el contacto. Esa era la señal que Isabel esperaba. Se metió los dedos en su boca para limpiar la humedad y terminó de quitarle a su marido la última barrera que le separaba del miembro, el maldito bóxer. Isabel cogió en su mano la polla de su marido y se la llevó a la boca, mientras bajaba la piel dejando al descubierto un brillante y enrojecido glande. Mojó con su saliva todo el pene hasta su base, mientras con la otra mano masajeaba sus testículos. José María contribuía con leves movimientos de cadera, introduciendo su duro miembro en la boca de ella. Roberto se acercó por la espalda de Isabel, se arrodilló a su altura y con su mano tanteó el sexo de la mujer. Sonrió al comprobar que estaba mojado, y restregó la palma de la mano por toda la entrepierna de Isabel, que gimió al sentir la caricia. Roberto masajeó el clítoris de Isabel, que gimió de forma sorda con el pene de José María todavía dentro de su boca. Viendo que no había oposición, Roberto metió los dedos anular y corazón dentro del coño de Isabel y los movió lentamente primero, para ir acelerando poco a poco. El chapoteo indicaba que Isabel ya estaba algo más que mojada. Roberto llevó la mano que tenía libre hasta las nalgas de Isabel y le dio un ligero cachete. José María estaba excitadísimo con la escena, su mujer le estaba dedicando una mamada increíble, y aquél jovencito la estaba masturbando de forma estruendosa. Cuando Isabel intuyó que José María iba a correrse, apretó la base del pene y cesó en la felación. Roberto también paró a la expectativa de los siguientes movimientos.
—No, José María, ¿no decías que preferías mirar?...pues mira.
Él apretó los labios e Isabel sonrió perversa. Ella sabía que su marido moriría antes de aceptar que se había equivocado en su elección, lo conocía muy bien, así que se levantó, y a pocos centímetros de él, dándole la espalda y mirando hacia Roberto, se quitó La camisa, la falda de cuadros negros y grises, y se quedó desnuda delante de ellos.
—Joder, no pierdes el tiempo, —dijo Roberto, que había vuelto a masturbarse mientras disfrutaba del espectáculo. Él también apreciaba mirar, pero ahora prefería pasar a la acción.
Isabel no contestó, pero le dio la razón en lo de no perder el tiempo, volviendo junto a él. Disfrutó de la sensación de la piel suave, y de un cuerpo joven muy bien trabajado. Isabel le sujetó la polla masturbándole lentamente, a la vez que le besaba. Roberto se dejaba hacer en principio, pero de pronto, Isabel sintió el deslizar de sus dedos, lentos y pausados, sobre su espalda. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo. Sin saber por qué, se excitó más de lo que imaginaba. Intentó intensificar el beso, pero Roberto controló el contacto con suavidad, llevándola a saborear su boca, e Isabel se perdió en ella. Su cercanía la hizo ser más consciente del roce del pene entre sus labios vaginales, hinchados y lubricados, del dorso de sus manos rozando sus pezones, y de los movimientos sinuosos de cadera que buscaban penetrarla. Estaba tan excitada que no se vía capaz de parar, intrigada por los movimientos de su pelvis.
Isabel se entregó al baile hipnotizador de Roberto, llevaba la voz cantante. La penetró tan solo un par de centímetros e insistió en presionar sobre la zona más sensible de su interior. Isabel se agarró a sus bíceps, mientras se dejaba llevar. Roberto se sentó en el sofá al mismo tiempo que atraía a Isabel. Ella se sentó sobre él, y el miembro de Roberto la penetró con suavidad hasta que se hundió en ella por completo. Ella se quedó quieta, acomodándose a su envergadura que no era poca precisamente, con los ojos clavados en los azules y serenos de Roberto, que la sujetaba de las caderas con fuerza. Comenzó a moverse lentamente e Isabel sintió su clítoris palpitar. Su interior comenzó a contraerse abrazando la erección de Roberto, que lanzó un gruñido. Fue la señal para aumentar el ritmo. Las caderas de Roberto comenzaron a moverse a mayor velocidad, pero en círculos amplios y controlados, Isabel exhaló un grito. Un pulgar de Martín llegó hasta su clítoris y lo frotó con delicadeza.
-¡Aaaah!, joder que polla tienes cabrón, me estás abriendo, ¡ah!, ¡ah!, ¡si!, ¡si!.
-Te gusta que te follen duro joder, toma, ¡oh!, ¡oh!, ¡oh!…
-¡Si!, ¡si!, ¡aaaaaah!, ¡me corroooo!, joderrrr….
Isabel gimió al dejarse caer en un orgasmo intenso, largo y lento. Casi no se dio cuenta de que él se había corrido al mismo tiempo y que ahora la sostenía entre sus brazos. La dulzura del gesto la sorprendió. No se lo había esperado. La intimidad del momento la abrumó y se separó de Roberto, recordando que José María los miraba.
Caminó hacia él. Su polla erecta lucía rabiosa y hercúlea sobre su abdomen. No pudo reprimir el impulso de cabalgar sobre él y aliviarlo. Se sentó sobre su marido a horcajadas dándole la espalda. Ella misma llevó el miembro de su marido hasta la entrada de su vagina que chorreaba sus líquidos y el semen de Roberto. No tuvo que hacer mucho esfuerzo, el exceso de lubricación hizo que la polla de José María entrara sin dificultad. José María sujetó a su mujer por los brazos, se los cruzó a la espalda de manera que una mano sujetara el codo de la contraria. Con movimientos de su pelvis, bombeaba ayudando a su mujer. Isabel tenía los ojos cerrados, gemía con fuerza ante las embestidas, estaba despeinada, sudorosa, extenuada, pero para nada renunciaría a ser follada como lo estaban haciendo aquella tarde. Roberto se acercó a ella, y metió su miembro en la boca de Isabel, que no lo despreció. La habitación se llenó de jadeos, gemidos, el ruido de los cuerpos chocando… José María se levantó de la butaca, y sin soltar los brazos de su mujer y manteniendo la postura, se sentó en el sofá. Isabel recuperó la posición, apoyó la espalda en el pecho de José María, y se introdujo el miembro en el ano. Con un movimiento de caderas, José María terminó por introducir su polla sodomizando a su mujer. Isabel gritaba con lujuria.
-¡Aaaah!, cabrón, venga fóllame el culo joder. Dame fuerte, ¡ah!, ¡ah!, ¡ah!, ¡ah!
A su vez José María hizo gala de su lenguaje más sucio. Adelantó las caderas hasta llegar casi al borde del asiento del sofá, mientras Isabel se movía jugando con el miembro de su marido que le había dilatado el ano, entrando y saliendo con facilidad.
Roberto entendió la jugada, y se arrodilló entre las piernas abiertas de José María. Apreció con claridad la vagina de Isabel completamente abierta, y guió su polla a la entrada. Acomodó su cuerpo para una buena penetración, y de dispuso a ello. Isabel sintió sus dos orificios ocupados por sendas pollas. Estaba totalmente entregada a aquello. Roberto desde su posición, sujetó a Isabel por las piernas y aceleró las embestidas, mientras José María sujetaba por la cintura a su mujer. Ocasionalmente sus manos se desviaban hacia los pechos de Isabel, lo que a ella le acrecentaba aún más el placer. Segundo orgasmo para Isabel y Roberto, el de José María no tardó en llegar. Los tres estuvieron sin resuello durante unos minutos. Roberto tirado en la alfombra, José María sentado en el sofá, e Isabel tumbada a lo largo con las piernas sobre el regazo de su marido.
Roberto había terminado de abrocharse la camisa y subirse los pantalones, y se bebía el resto de la botella de Perrier. Para él había sido suficiente, al menos por aquel día. Isabel se volvió hacia ambos desde la puerta del cuarto de baño.
—Ha sido un auténtico placer Roberto.
—El placer ha sido todo mío chicos, me lo he pasado genial. Tenéis mi teléfono por si queréis repetir, —respondió él.
-Roberto, —dijo a modo de despedida José María, acompañado de un gesto cómplice de la cabeza.
Un tercero perfecto para incluir en próximos juegos.
En la ducha, Isabel sonrió cuando sintió el picaporte del cuarto de baño, y una sonrisa triunfadora le vino a la boca cuando José María entró en la ducha con ella.
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