Xtories

Pagué bien por estar en su boca

Llegó a la puerta equivocada, pero la llave giró en la cerradura de su pasado. No buscaba sexo, solo un techo para su resaca, pero ella tenía otras cuentas pendientes. Y esta vez, la cuenta no se paga con besos.

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- ¡Pago bien por una mamada!

Parece cachondeo, y la verdad es que varias veces los congregados a mi alrededor, algunos eran hombres, pidieron por la cantidad. Cogí el dinero que llevaba en la cartera. Lo conté y enumeré en voz alta. Algunas mujeres se retiraron.

- Por eso ni te toco con una caña. – Dijo una morenaza al retirarse mientras hacía un gesto de desdén.

Un jovencito, delgado, teñido de rubio pareciendo una criatura sacada de un cuento griego, se ofreció:

- Te la hago gratis.

¡Alerta! Estos son, al igual que las mujeres, quienes resultan más caros.

Miré el coro formado ante mí. Morenas, rubias. Jovencitas y cincuentonas. Algunas se pasaba lascivamente la lengua por los labios. Otras se cogían las tetas como si en lugar de mamada me ofrecieran follarme sus tetas.

Notando que estaba más borracho de lo deseado perdí interés. Salí del local y a pocos pasos encontré un taxi.

- Llévame a casa. – Ordené.

- Vale. Bien, señor. Pero necesito una dirección.

¡Ni me acordaba! Tuve que sacar el DNI para mostrarlo.

Ya en la acera no me di cuenta que no era mi dirección actual sino la de mi ex, antes del divorcio. En el documento todavía figura esa.

Nada. Me dejaba llevar por la inercia. Por la costumbre.

Borracho intenté abrir la puerta. Mal. Ninguna llave entraba en la cerradura. Y fue ella, Carmen, quien abrió.

- ¿Tú? ¿Qué haces aquí? - Pregunté más desorientado que un pato buscando un charco en el Sahara.

Carmen me miró sonriendo.

- ¡Jope chico! ¿De dónde vienes?

- De celebrar mi ascenso. ¿Lo ves? – Sonreí. - Ahora podemos enviar a Carmencita a esa universidad, podemos pagar su terapia de espalda en un centro privado. Podemos… todo.

Con mirada crítica Carmen cruzó su bata cerrando más el escote bajo su cuello. Preguntó:

- Un momento Lorenzo. ¿Qué estás diciendo?

- Un ascenso. Mejor salario.

Al responder casi me caigo. Y creo que perdí el conocimiento o la noción de dónde me encontraba. El caso es que desperté en el sofá del salón de la casa que un tiempo atrás compartía con Carmen y familia.

Con gestos mecánicos hechos mil veces en lugar de dirigidos por mi embotonada mente fui a la cocina. Carmencita y su madre reían anécdotas del instituto.

Carmencita corrió a darme un beso. Ante su alegría y agradecimiento me creí el rey del mambo.

- ¡Me pagas la uni! – Gritó y mi resaca hizo que ese sonido entrara en mi cabeza como una espada. – Gracias, papá.

Miré a su madre y sin emplear palabras dije que la odiaba. Me entendió, porque sonreía de esa forma que solamente las divorciadas saben dedicar al ex.

Carmencita se marchó a la piscina con sus amigas prometiendo que llegaría a tiempo de la comida del medio día. Claro que ya tenía planes para la tarde en los que no podía ni asomarme.

El café me estaba amargo. Por eso lo suplí por dos vasos de agua mientras Carmen agitaba la cabeza en un reproche.

Y, mediante una conversación de poco más de una hora, expliqué que, aunque parecía que era un putero la verdad es que no me comía un coño desde el divorcio.

- Si follar fuera agua, estaría reseco.

Mediante un juego de palabras, de ese tipo que se necesita un mapa cuando una ex esposa quiere explicar algo al que fuera su marido, me enteré que Carmen estaba igual: Su pozo estaba seco.

Y por esa combinación cósmica que se da cada millonada de tiempo, acabamos en la cama.

Me encanta verla desnuda. Bueno hace casi un año que no sucede. Y por eso en ese momento mis ojos no perdían detalle. Sus tetas moviéndose, su culo redondo. ¡Ah! Lleva sin arreglar el vello del sexo mucho tiempo. Vale, es porque al igual que yo, no se come un rosco.

Nos situamos en el centro de la cama y ese morreo casi nos asfixia. Jadeando llevo mis manos a su cuerpo y Carmen ordena que ella primero.

Conociendo nuestras preferencias me la chupó hasta ponérmela más dura que una barra de acero.

- ¡Uf! Nena. Me gusta, gracias.

- Es para que me la metas. Ya sabes, me gusta bien dura.

¡Uhm! ¡Qué bueno! El calor de su aliento, la humedad de boca, la caricia con la lengua. Estuve por pedir que continuara hasta mi descarga.

Pues no, la sacó de su boca para moverse poniéndose encima. Me cogió la polla y se la metió por el coño. Y gimió:

- ¡Ah! ¡Sí! Ésta ya sabe el camino.

Emulamos cuando éramos novios. Con la diferencia que ahora conocíamos bien nuestros cuerpos y lo que nos gusta. Me puse a masajear sus tetas, frotar su clítoris y morder sus pezones.

Carmen gemía mientras movía su cadera.

- ¡Ah! ¡Lorenzo! Tienes que venir más por casa. ¿Vale?

Y estuvo con ese delicioso movimiento hasta el orgasmo. Se inclinó al notar cómo su cuerpo se agitaba. Su vagina vibraba y noté en los cocos una oleada de calor.

La cogí de las tetas y las apreté.

- ¡Lorenzo! ¡Oh, qué bueno!

Su cabalgada no cesó tras el orgasmo.

- ¡Oh! Bien. – Y ordenó. – ¡Vamos! ¡Sigue!

Todavía tenía sus tetas en mis manos. Todavía tenía mi polla en su coño. Continuamos.

No tuvo otro orgasmo, pero sí llegó mi descarga. Solté mi lechada dentro de su cuerpo. Gimió conforme.

- ¡Uf! ¡Lo noto!

La empujé para que quedara tumbada. La besé. Chupé sus tetas. Sus pezones. Bajé su sexo. Sí, tenía una buena mata de pelo que tuve que “peinar” para alcanzar mejor su vulva. Y estuve con las caricias, de mis dedos y lengua, hasta que gimió un nuevo orgasmo.

- ¡Lorenzo! Me estás destrozando. Ya para.

Se suponía que debía recuperarme para otro polvo. No fue así, ya no soy un chaval y estaba la jodida resaca. Y Carmen, dándose cuenta de mi problema a modo de consolación dijo que había estado muy bien.

Desnudos, cogidos de la mano mirábamos el techo en silencio.

Dos minutos, quizá quince o media hora, y Carmen dijo que tenía ganas de sentirme en su boca. Se acercó sonriendo lasciva. Me cogió la polla. Puso a trabajar su lengua, su boca, hasta que ya hubo volumen. Comenzó la succión y no me soltó hasta que me descargué.

¡Dios! Recordé centenares de veces en su boca, en sus tetas, en su coño y alguna en su culo, y ninguna me pareció tan agradable como esta. Creo que descargué las reservas de este siglo.

- ¡Nena qué bien! ¡Gracias!

Se levantó para ir a lavarse. Tardó unos minutos. Regresó quedando en pie al lado de la cama. Me miraba.

No me movía, esperaba que se tumbara a mi lado. Alargué la diestra ofreciendo que regresara a la cama y juntos, en un abrazo, recuperar las fuerzas.

Ya tenía un discurso meditado: Iba a proponer volver a convivir, volver a ser una familia. Pero Carmen tenía otros planes, cogió mi ropa haciendo un ovillo y me la arrojó sobre mí. Ante mi asombro, seria ordenaba:

- Vístete y te vas. ¡Ya! El lunes le haces una transferencia a Carmencita para la universidad. – Dijo la cantidad. - Si no cumples te buscaré, lo sabes. ¡Y te la corto!

Recordé: Aquellas que dicen que no te quieren cobrar son las más caras. Pagué bien esa mamada.