Xtories

Annie (II)

La cena era solo el preludio. Mientras Arantza cumplía órdenes en la oscuridad, Ricardo dejaba que el vino y la tentación hicieran su obra con la secretaria. Esta noche, el secreto de la pareja no se quedará entre ellos.

Arantza Urbiola2.8K vistas

Relato previo Annie (I)

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Era una noche de viernes, y habían invitado de nuevo a Annie a cenar. Esta vez, la invitación tenía un propósito adicional: mostrarle a Annie cómo Arantza había aprendido a obedecer las señales no verbales que Ricardo le había enseñado. A pesar de los nervios, Arantza se sentía orgullosa de su progreso.

Pasó el día en casa preparando una cena exquisita, eligiendo platos favoritos de Annie y Ricardo y cuidando cada detalle. Ricardo, mientras tanto, supervisaba los preparativos, asegurándose de que Arantza estuviera tranquila y tuviera todo lo que necesitara.

Cuando llegó la noche, la casa estaba impecable y la mesa bellamente dispuesta. Las luces tenues y las velas encendidas creaban un ambiente acogedor. Arantza llevaba un vestido sencillo pero elegante, mientras que Ricardo se puso una camisa blanca y pantalones oscuros.

Annie llegó a las ocho en punto, luciendo radiante en un vestido de seda azul. Su cabello rubio caía suavemente sobre su rostro, y su sonrisa iluminaba la habitación. Ricardo la recibió en la puerta con una cálida bienvenida, y Arantza, aunque un poco nerviosa, se mostró igualmente acogedora.

Después de una breve conversación en el salón, donde se pusieron al día sobre sus vidas y el trabajo, se dirigieron al comedor. Ricardo se aseguró de que Annie se sintiera cómoda, mientras Arantza iba y venía entre la cocina y la mesa, sirviendo los platos.

Ricardo, con un gesto de una palmada, indicó a Arantza que llenara los vasos de vino. Arantza, entendiendo la señal, llenó el vaso de Annie hasta el borde y luego los suyos y los de Ricardo. Annie observaba con interés, claramente impresionada por la eficiencia y precisión con la que Arantza respondía a las señales no verbales de Ricardo.

Durante la cena, la conversación fue animada. Ricardo, queriendo mostrar a Annie el progreso de Arantza, explicó cómo habían desarrollado su sistema de señales. Annie escuchaba con atención, y de vez en cuando lanzaba miradas de admiración tanto a Ricardo como a Arantza.

A lo largo de la velada, Ricardo aprovechaba cada oportunidad para usar las señales con Arantza. Una palmada para que esperara, dos palmadas para que trajera algo específico. Arantza, a pesar de la presión de tener a Annie observando, ejecutaba cada tarea con precisión. Incluso cuando Ricardo utilizó un silbido corto para que Arantza se detuviera en medio de una tarea, ella reaccionó instantáneamente, demostrando su destreza.

Annie, visiblemente impresionada, comentó:

—Ricardo, es increíble cómo lograste enseñar a Arantza de esta manera. Es como si tuvierais vuestro propio lenguaje secreto.

Ricardo sonrió, satisfecho con el cumplido, y miró a Arantza con orgullo.

—Arantza ha trabajado muy duro para aprender todo esto. Estoy muy orgulloso de ella.

Arantza, aunque sonrojada por el elogio, se sintió fortalecida por las palabras de Ricardo y la admiración de Annie.

A medida que la noche avanzaba, Ricardo se aseguró de que el vaso de Annie nunca estuviera vacío. Con una combinación de palmadas y chasquidos de dedos, indicaba a Arantza que llenara el vaso de Annie cada vez que bajaba de nivel. Annie, disfrutando del vino y de la compañía, se mostraba cada vez más relajada y cariñosa con Ricardo. A Arantza, mujer inteligente, no se le escapó que Ricardo estaba intencionadamente dando de beber a Annie para que no pudiera conducir. Pese a la razonable inquietud y celos que esto le producía, ella, siempre complaciente, siguió el juego de su novio.

La conversación derivó hacia temas más personales y divertidos. Annie compartió algunas anécdotas graciosas de la oficina, y Ricardo y Arantza se rieron junto a ella, creando una atmósfera de camaradería y cercanía. Arantza, a pesar de los celos que a veces sentía por la atención que Ricardo prestaba a Annie, se centraba en cumplir sus tareas y disfrutar de la velada.

En un momento dado, la conversación tomó un giro más íntimo. Ricardo animó a ambas mujeres contando algunos momentos divertidos en la cama, sin exponer nada demasiado íntimo que pudiera molestar a Arantza, la cual siguió profundizando en el mismo tema, haciendo bromas sobre la naturaleza exploradora de los dedos masculinos, que de una u otra forma, “siempre encuentran una cavidad en la que insertarse”.

Annie, animada por el vino y la confianza que había ganado, mencionó: —Hay algo que nunca entenderé, y es el sexo anal. Para mí, va contra la ley de Dios. Es sodomía, ¿sabéis? Nunca lo haría, es pecado.

Arantza y Ricardo intercambiaron una mirada cómplice, y no pudieron evitar reírse. Annie los miró, confundida al principio, pero luego se dio cuenta de que su risa no era burlona, sino compartida.

—¿Qué? —preguntó Annie, con las mejillas sonrojadas. —Nada —dijo Ricardo, conteniendo la risa—. Es solo que... bueno, cada uno tiene sus creencias. ¿Ni siquiera un dedito?

Arantza, intentando ser discreta, añadió: —Annie, vienes de una familia de Testigos de Jehová, ¿verdad?

—Sí —respondió Annie, con un tono defensivo pero no ofendido—. Y sí, me tomo esos temas muy en serio.

Arantza asintió, respetando su postura, pero no pudo evitar notar cómo Annie los miraba, como si estuviera intentando descifrar algo. Por las miradas cómplices entre Arantza y Ricardo, Annie se dio cuenta de que ellos sí lo habían hecho, y se puso aún más ruborizada.

—Bueno, creo que este no es el mejor tema para hablar en la cena —dijo Annie, cambiando rápidamente de tema y llevándose el vaso de vino a los labios.

Ricardo y Arantza siguieron riendo, divertidos por la reacción de Annie, pero sin presionarla más. La conversación continuó por otros derroteros, aunque el ambiente había adquirido un tono más íntimo y confidencial.

Después de la cena, Ricardo sugirió que Arantza se encargara de recoger y lavar los platos. Mientras tanto, él y Annie se dirigieron a la sala, donde se sentaron en el sofá. Annie, con el vino actuando sobre ella, se acercó a Ricardo y se acurrucó junto a él, hablando en voz baja y riendo.

Arantza, desde la cocina, los observó por un momento, sintiendo una mezcla de celos y resignación.

Una vez que Arantza terminó en la cocina, se unió a ellos. Ricardo propuso jugar a un juego de mesa y Annie, entusiasmada, eligió el juego de cartas "Uno". A lo largo de la partida, Ricardo y Annie continuaron flirteando de manera sutil, con Ricardo guiando a Annie en el juego y compartiendo risas. Arantza, aunque un poco inquieta por la cercanía entre los dos, trató de mantener la calma y disfrutar del juego.

Cuando la partida terminó, Ricardo resultó ganador. Arantza y Annie compitieron por felicitarle con efusividad y cariño, cada una tratando de mostrar su admiración de manera más evidente. Ricardo, complacido por la atención, sonrió y agradeció a ambas por una noche tan agradable.

Al finalizar el juego, Ricardo notó que Arantza estaba un poco tensa. La invitó a hablar en privado en la cocina. Allí, le preguntó suavemente:

—Cari, ¿qué te preocupa?

Arantza, con los ojos llenos de lágrimas, confesó:

—Me siento celosa, Ricardo. Sé que Annie es tu invitada y amiga, pero me cuesta manejarlo. He notado como le das de beber y cómo te acercas a ella en cada ocasión, y ella corresponde ese misma actitud.

Él la abrazó y le habló con ternura:

—Entiendo, Aran. Es normal sentirse así a veces. Annie es muy bonita y cariñosa. Pero quiero que recuerdes que tú eres mi chica y te centres en mis necesidades. Ahora, necesito que te concentres y sigas cumpliendo sin preocuparte, eres una buena anfitriona.

Arantza asintió, sintiendo un alivio al ser comprendida. Ricardo decidió entonces darle un pequeño castigo para ayudarla a enfocarse. Le pidió que realizara una serie de ejercicios de respiración y meditación en el jardín, una técnica que habían aprendido juntos para manejar el estrés.

Aunque cansada, aceptó el castigo con humildad. Cómo él le había indicado, se puso su conjunto nuevo de lencería, un picardías muy ligero con braguita y sujetador a juego, se dirigió al jardín y comenzó a practicar la meditación, sintiendo cómo el aire frío y la tranquilidad de la noche la ayudaban a calmarse.

Mientras Arantza estaba en el jardín, Ricardo y Annie se quedaron en la sala, conversando en voz baja. La rubia, sintiéndose cada vez más cercana a Ricardo, se inclinó hacia él y susurró:

—Ricardo, eres una persona increíble. Me encanta cómo manejas todo con tanta calma y control. Arantza tiene mucha suerte de tenerte —dijo con una sonrisa que reflejaba tanto admiración como el efecto del vino.

Ricardo sonrió, disfrutando del halago, y mientras hablaba, le acarició suavemente el brazo, la espalda y la cintura, en un gesto que era a la vez reconfortante y seguro.

—Gracias, Annie. Eres una chica maravillosa, y me alegra mucho que podamos compartir estos momentos.

Sintiendo la calidez del momento y la ligereza provocada por el vino, ésta se acercó un poco más a Ricardo. Él sostuvo su mirada por unos segundos, notando en sus ojos una chispa de admiración mezclada con deseo. Sin embargo, no movió ficha. Por ahora.

De pronto, ella pareció recordar algo y miró alrededor con curiosidad.

—Por cierto, ¿dónde está Arantza? Hace rato que no la veo.

Ricardo esbozó una leve sonrisa y, con calma, respondió:

—Está en el patio, meditando.

—¿En el patio? ¿A estas horas? —preguntó Annie, sorprendida.

—Sí, está castigada.

La sorpresa inicial de la secretaria se transformó rápidamente en diversión, y soltó una carcajada.

—¿Castigada? ¿Por qué?

Ricardo mantuvo su tono tranquilo, aunque en su rostro apareció una expresión ligeramente severa.

—Por mostrarse celosa de ti, Annie.

Ella no pudo evitar reír, llevándose una mano a la boca, aunque sus ojos brillaban con picardía.

—¿Y está ahí fuera, en pleno frío?

—En lencería. Eso ayuda a que reflexione.

Annie se quedó boquiabierta, pero su reacción no fue de desaprobación, sino de intriga.

—Vaya, Ricardo. No sabía que también eras tan... estricto.

—La disciplina es importante, Annie. Especialmente en una relación. Y Arantza lo entiende. Al final, siempre lo agradece.

Annie, algo borracha y claramente más atrevida, dio un paso más cerca de Ricardo, posando suavemente una mano en su brazo.

—Sabes, Ricardo, creo que la disciplina tiene su encanto. Si estuviera con alguien como tú, probablemente también aprendería mucho.

Ricardo mantuvo su compostura, aunque no ignoró el evidente coqueteo en el tono de la rubita.

—Tú eres una mujer brillante, Annie. Estoy seguro de que sabrías adaptarte a cualquier situación.

Ella lo miró con una mezcla de admiración y osadía, pero antes de que pudiera decir algo más, Ricardo sugirió que era hora de descansar.

—Creo que deberías ir a la habitación de invitados. Has tenido una noche intensa, y el vino ha hecho lo suyo.

La llevó hasta la habitación, asegurándose de que estuviera cómoda. Antes de que pudiera irse, Annie lo detuvo, rozando sus dedos contra su muñeca.

—Ricardo… no sé cómo lo haces, pero eres único.

Con un gesto impulsivo, le dio un beso en la mejilla, pero sus labios rozaron los de Ricardo por un breve instante, cargado de tensión, que electrizó a ambos.

El informático tuvo una idea.

—Annie, ¿te gustaría participar en un pequeño juego? —preguntó con una sonrisa, tomándola con ambas manos de las caderas.

—Claro, suena divertido —respondió intrigada.

—Cuando Arantza haya vuelto de su meditación y esté más tranquila, quiero que le pidas un vaso de agua utilizando las señales no verbales que te enseñaré. Será divertido.

Annie aceptó emocionada, y él le explicó las señales: un silbido corto significaba "agua" y una palmada era para llamar su atención. La secretaria se mostró entusiasmada y prometió seguir las instrucciones al pie de la letra.

Arantza, tras finalizar su meditación, estaba tiritando de frío, regresó a la casa y encontró a Ricardo y Annie en la habitación de invitados.

Annie dio una palmada y silbó, mirando a su jefa, y esta se sorprendió e incomodó un poco, pero rápidamente se dio cuenta de que era una idea de Ricardo, así que aceptó con una sonrisa, decidida a demostrar su obediencia. Sin perder un segundo, fue a la cocina a buscar un vaso de agua. Al regresar, lo entregó a Annie con una sonrisa.

—Muy bien, Arantza —dijo Ricardo, satisfecho, poniendo la mano sobre la cabeza de la navarra—. Buena chica.

La navarra se sintió aliviada y feliz de haber cumplido con las expectativas de Ricardo. Annie, impresionada, le agradeció el agua.

Arantza vestía su conjunto de lencería nuevo, como Ricardo le había indicado, y, aunque aún tenía la piel de gallina por el frío del jardín, en esta ocasión estaba radiante.

—¡Qué bonito es este conjunto, Arantza! El encaje es precioso y el diseño es tan elegante. ¿Dónde lo compraste?—, preguntó Annie, fascinada por la delicadeza de la prenda.

Arantza, un poco sonrojada, respondió con una sonrisa. —Es un regalo de Ricardo. Él siempre elige lo mejor para mí.

Se sintió mucho más relajada al dejar la habitación de invitados para ir a la suya con Ricardo. Juntos, se acostaron, ella aún inquieta y temblando de frío. El la abrazó para que entrara en calor, disfrutando de la frescura que despedía el cuerpo de Arantza. Ella sabía que su relación era un constante aprendizaje y adaptación a los deseos de Ricardo, y estaba dispuesta a enfrentar cualquier desafío juntos.

Ricardo se desveló, pensando en la cintura de Annie y en cómo había deseos que Arantza por si sola no podía satisfacer, acarició a Arantza mientras su mente imaginaba a la joven francesa. Al cabo de una hora oyó un ruido ligero, como una risa y se dio cuenta de que la invitada no dormía, así que se levantó con cuidado de no despertar a Arantza y se acercó a darle las buenas noches de nuevo en la habitación de invitados.

—Buenas noches, Annie. ¿Cómo estás?

—Buenas noches, Ricardo. Estoy bien, gracias. —respondió ella con su sonrisa juguetona — Solo me divertía un poco.

Ricardo se acercó y se sentó en el borde de la cama. La conversación se tornó más ligera y llena de complicidad.

—¿Y qué es lo que te divierte tanto en medio de la noche? —preguntó burlón el anfitrión.

—Oh, solo estaba pensando en cómo Arantza obedece las señales no verbales. A veces parece una mascota más que una persona.

Ricardo soltó una risa suave, apreciando la observación de Annie.

—Tienes razón, en cierto modo se ha convertido en mi mascota personal. — respondió riendo – Pero no se lo digas a la cara, no sé si le gustaría. Ella es muy inteligente, simplemente está siguiendo las reglas que yo le marco.

Mientras hablaba la miraba a los ojos y se acercaba lentamente a ella. Ella sostuvo su mirada hasta que finalmente dejó caer los párpados y abrió ligeramente los labios cuando los de Ricardo ya estaban muy cerca.

El corazón de Annie latía aceleradamente mientras miraba los rasgos cincelados de Ricardo. Habían estado coqueteando discretamente durante días y ahora, finalmente, él la estaba besando.

Sus labios se encontraron en un abrazo ardiente y el cuerpo de Annie comenzó a hormiguear. Las manos de Ricardo, grandes y firmes, iniciaron un viaje lento pero implacable por la geografía de su cuerpo. Recorrieron la curva de su cintura, se demoraron en la cadera, palparon la suave prominencia de su trasero a través de la tela del camisón. Annie pudo sentir, presionando contra su abdomen, la firme evidencia de su excitación, un mástil rígido y caliente que la hizo arquearse instintivamente hacia él, buscando más contacto, más presión, más de esa deliciosa fricción.

Se separaron levemente y Ricardo la miró con una sonrisa.

—Tienes que estar en silencio—, susurró. —No queremos despertar a Arantza.

Annie asintió y le hizo hueco en la cama. Ricardo cerró la puerta con cuidado y ambos supieron lo que estaba por suceder.

Al entrar en la cama, junto a Annie comenzó a besar su cuello, provocando escalofríos por su columna. ella gimió suavemente y él profundizó el beso, sus manos partieron de la cintura de ella y se movieron con libertad, explorando su cuerpo.

Bajó por su cuerpo, besó sus pechos y acarició sus muslos. La lengua de Ricardo trazó círculos exquisitos, y la sensación fue tan intensa que le pareció que se desvanecía. Su mano, mientras tanto, acariciaba la seda interior que cubría sus muslos, subiendo, subiendo, hasta el calor central de su cuerpo, donde la humedad ya empapaba la tela. El corazón de Annie galopaba, un animal encabritado en su jaula de costillas, y podía sentir, con una lucidez embriagadora, cómo su propio cuerpo se inundaba de excitación, cómo cada fibra de su ser se tensaba y abría para él.

Ricardo se desplazó entonces, colocándose a su lado, y guió con suavidad su cabeza hacia su entrepierna. Acerco su herramienta a la boca de ella, animándola a chuparla, cosa que ella hizo con dedicación, usando sus labios y su lengua, introduciendo el glande en la boca para mimarlo y estimularlo. Su lengua exploró el surco sensible del glande, lo rodeó, presionó la pequeña abertura. Introdujo más de él, sintiendo la piel aterciopelada deslizarse sobre su lengua, y creyó tener el control.

Sin embargo cuando él comenzó a profundizar en su boca, ella no pudo ocultar su incomodidad, y tuvo varias arcadas.

Tras dejarla descansar un poco, Ricardo volvió a insistir.

—Ahora hasta el fondo, cielo.

Ella, deseando complacerlo a pesar del nudo de pánico en su garganta, asintió. Lo intentó de nuevo, permitiendo que él guiara el ritmo. Pero su cuerpo traicionó su voluntad. Con cada empuje que rozaba su paladar blando, nuevas arcadas, más ruidosas e incontrolables, la convulsionaban. Las lágrimas rodaban ahora libremente por sus mejillas, mezclándose con la saliva. Ricardo se detuvo al fin, comprendiendo. No solo era la incomodidad; el ruido podría delatarlos. Con infinita ternura, la besó, saboreando en sus labios el rastro salado de su frustración.

—Lo siento Ricardo, no logro relajar la garganta, me pongo nerviosa y me da miedo ahogarme. El cariñoso la tranquilizó, aceptando la disculpa.

—No te preocupes, ahora relájate y disfruta. si quieres, algún día probaremos hasta que se abra totalmente tu garganta para mí.— La promesa, hecha en un susurro, era a la vez una amenaza deliciosa y un consuelo. Ella asintió, con los ojos brillantes, y una parte de ella se estremeció ante la idea.

Cuando él se colocó entre sus piernas, Annie sintió la dureza de su pene presionando contra ella y como este comenzaba a abrirse camino a su interior. Ella gimió de nuevo y él comenzó a moverse dentro de ella, mientras le susurraba con suavidad cálidas palabras de deseo, directamente al oído.

La vagina de ella era apretada, tórrida y húmeda, perfecta para estimular el eje de él, cada vez más duro y engrosado. Él puso ambas manos en su cintura, apretándola con fuerza los abdominales, hasta sentir en el interior de ella el rítmico movimiento que la penetración imponía a su vientre plano.

El miedo y los nervios se disolvieron, reemplazados por una ola de placer puro que crecía desde su núcleo, expandiéndose como un calor radiante. Las embestidas de Ricardo perdieron la mesura, se hicieron más urgentes, más intensas, y ella, enloquecida, lo rodeó con las piernas, clavando los talones en sus glúteos para atraerlo más cerca, más profundo.

De repente, el cuerpo de Ricardo se tensó y dejó escapar un fuerte gemido. En su interior, una explosión de calor la inundó, oleada tras oleada de su semilla, un derretirse íntimo y cremoso que la hizo estremecerse a su vez con un orgasmo casi simultáneo, un clímax resonante que sacudió su cuerpo en ondas concéntricas de puro éxtasis.

Él se desplomó sobre ella, que lo rodeó con sus brazos. Ambos se quedaron allí tumbados, recuperando el aliento.

El corazón de la franco-española latía con fuerza en su pecho y podía sentir una mezcla de emociones recorriéndole. Estaba avergonzada y excitada al mismo tiempo, y no pudo evitar sonreír.

Ricardo se inclinó y la besó de nuevo. Ella gimió suavemente y él profundizó el beso, sus manos exploraron su cuerpo una vez más. Después Ricardo volvió a su propia cama. Annie se quedó acurrucada en el calor que quedaba, el olor a él impregnado en sus sábanas y en su piel, el eco de sus susurros y el calor de su semilla en su interior, recordatorios físicos de un encuentro en que el silencio había sido, paradójicamente, el sonido más elocuente.

Esa noche, mientras Ricardo en su cama acariciaba amorosamente el cuerpo dormido de Arantza, acercó los labios a su oído y en su mente le dijo, “acabo de follarme a tu secretaria, es una mujer maravillosa y me ha gustado mucho hacerlo, pero sigo queriéndote cariño, siéntete segura, nunca te voy a dejar”.

Sin embargo no lo dijo, sino que reflexiono sobre la importancia de, a veces, mantener algunas cosas en secreto.

La mañana siguiente trajo la rutina nítida de la oficina. La luz fría de invierno entraba por los ventanales, iluminando los papeles ordenados sobre el escritorio de Ricardo. La conversación de la víspera sobre la lencería de Arantza —y el polvo secreto con Annie— había dejado en él una idea clara.

Cuando Annie entró en su despacho compartido para llevarle el café, Ricardo la miró con una sonrisa deliberada.

—Annie, me alegra que apreciaras el detalle que le hice a Arantza —comenzó, bajando la voz a un tono más personal—. He pensado que, como muestra de mi aprecio, me gustaría regalarte a ti también un conjunto similar. Pero quiero que elijas tú el que más te guste. ¿Qué te parece si salimos a comprarlo juntos? Estoy seguro de que te quedará estupendamente —hizo una leve pausa, midiendo su reacción—. Tu figura me fascina.

Annie, sorprendida y emocionada por la propuesta, contuvo una sonrisa. La invitación era un eco directo de la aventura secreta que habían compartido.

—¡Qué detalle tan maravilloso, Ricardo! Estoy encantada. Pero si me invitas a algo así, tendré que ofrecerte algo a cambio… digamos, un pase de modelos exclusivo una vez que lo tenga. ¿Te parece justo? —, dijo sonriendo y pensando en la posibilidad de repetir la aventura secreta que ambos compartían.

Ricardo, divertido por la oferta, aceptó con gusto.

—Me encantaría ver cómo te queda. Será muy interesante.

Cuando Arantza se enteró de la propuesta, no pudo evitar sentir un poco de celos. La idea de que Annie pudiera lucir un conjunto de lencería, semidesnuda frente a Ricardo la incomodaba. La sensación de inseguridad y celos se hizo más fuerte a medida que pensaba en cómo Ricardo podría disfrutar del desfile de Annie, contemplando su cuerpo, y si se conformaría con mirar.

Decidida a expresar sus sentimientos, Arantza habló con Ricardo sobre sus preocupaciones. —Ricardo, me siento un poco celosa por el pase de modelos que Annie quiere hacer. No estoy segura de cómo manejar esto.

Ricardo, reconociendo los sentimientos de Arantza, abordó la situación con cuidado.

—Arantza, entiendo que te sientas así. No quiero hacerte sentir incómoda. ¿Qué te parece si encontramos una solución que funcione para todos nosotros? Propongo que Annie luzca los conjuntos de lencería delante de los dos. De esta manera, tanto tú como yo podremos ver cómo le quedan, y no habrá malentendidos.

Aunque aún algo reticente, se sintió aliviada por la disposición de Ricardo a encontrar una solución que la tuviera en cuenta. Aceptó la propuesta y comenzaron a planificar el evento.

Por su parte, la secretaria al conocer la nueva propuesta, se mostró encantada.

—Eso suena perfecto, Ricardo. Estoy emocionada de mostrarte cómo queda el conjunto y de compartir esta experiencia con Arantza.

Con el acuerdo establecido, los tres comenzaron a organizar los detalles del pase de modelos. Ricardo y Arantza eligieron el día y la hora para el evento, asegurándose de que todos se sintieran cómodos y relajados.

El plan era sencillo pero efectivo: Annie y Arantza presentarían los conjuntos de lencería elegidos para la ocasión, y Ricardo, en su papel de juez, daría su opinión sobre cada uno. La idea era que fuera una experiencia divertida y sin presiones, que permitiera a los tres disfrutar de una tarde agradable y compartida.

Así, con el acuerdo en marcha, los preparativos para el evento de lencería se convirtieron en un tema constante en las conversaciones entre la pareja, mientras que Annie esperaba con ansias el momento en que pudiera mostrar el conjunto que Ricardo había elegido para ella. La atmósfera, aunque cargada de expectativa, también estaba impregnada de un sentido de camaradería y diversión, y todos estaban listos para disfrutar del evento que se avecinaba.

(Continuará)-----

Ese relato forma parte de la novela 'Arantza. Felizmente sumisa', de Arantzazu Urbiola.

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