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Siervas del hombre: bienvenidas a mi harem 15

Adahí creyó tener el control, usando su cuerpo como arma para doblegar a los hombres más poderosos. Pero la noche en que Roberto llegó a su departamento, la trampa se cerró y la espía se convirtió en la presa. Ahora, desnuda y encadenada por la ambrosía, debe decidir si sucumbe al infierno o se convierte en la muerte que tanto teme.

Jane Cassey Mourin3.7K vistas9.3· 6 votos
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ADAHÍ

Mi historia no es la de una chica que se forjó su camino y superó las adversidades desde pequeña, para nada; mamá era heredera de una de las compañías filiales de La Corporación y mi padre era quien se hacía cargo de que todo funcionara a la perfección, tanto con la empresa como con nuestras vidas, pues desde pequeños a mi hermano y a mí nos hizo entender que no daríamos un solo paso sin que él lo hubiera planeado por nosotros.

Por supuesto que mi hermano no tuvo problemas con eso, ¿Para qué molestarse si al final él heredaría la compañía y una gran cantidad de activos que poseían nuestros padres? No, él estaba feliz con seguir el plan, con dejarse llevar por la inercia de una vida de privilegios y en la que en realidad era muy poco lo que tenía que hacer para tener todo lo que quisiera.

El problema era yo, porque el plan de mi padre era obligarme a casar con algún imbécil millonario como parte de una estrategia que le permitiera establecer una alianza comercial con la familia del tarado ese con quien quería emparentarme.

Desde luego que mi negativa a hacerlo provocó que el hombre perdiera la cabeza, llegando al extremo de encerrarme en mi cuarto sin que pudiera ver a nadie para que, según él, pensara un poco mejor las cosas e hiciera lo correcto para la familia, una decisión que mi padre tomó sin saber el grave error que estaba cometiendo, pues al recluirme en esa habitación, sin proponérselo me obligó a sentir la necesidad de escapar, orillándome a aprender una forma muy sencilla de obtener lo que quería de los hombres.

A ver, que desde que era muy pequeña yo sabía que era una chica muy hermosa, no es presunción, ni tampoco soberbia, es una realidad, pues una chica de piel blanca, ojos azules y cabello rojo, era una combinación que llamaba la atención de cualquiera que me mirara, características que aún sin saberlo desde niña me abrieron algunas puertas sin que yo hubiera hecho algo por merecer lo que recibía; sin embargo, como mis padres me lo daban todo y no tenía la necesidad de conseguir nada por mi cuenta, solo fue hasta el momento en el que necesité algo de los demás, cuando entendí que podía usar mi apariencia como la llave que me abriría millones de candados en una sociedad fría y cruel como aquella en la que me tocó vivir.

La primera vez que usé mis encantos para conseguir algo, fue justamente en aquel periodo de aislamiento, cuando al estar encerrada, mi única compañía era el soldado que habían apostado en la puerta de mi cuarto, con quien muy pronto comencé a platicar de cualquier cosa, a entablar algo parecido a una amistad, una cercanía que de pronto hizo que el hombre comenzara a hablarme diferente, que me contara aspectos de su vida personal, que confiara en mí, que se encariñara conmigo cuando trataba de hacerlo sentir mejor ante una vida que parecía ser muy solitaria, lejos de casa, al servicio de un estado para el cual los soldados no eran más que números.

Como consecuencia, el hombre poco a poco se fue enamorando de mí, algo de lo que me daba cuenta a partir de las cosas que me decía, como que cuando se acabara mi encierro me llevaría a conocer tal o cual lado, o que me invitaría a comer a un lugar cerca de su barrio, o cosas por el estilo, indicios que me hicieron saber él había proyectado una vida conmigo, que de pronto me tentaron a comprobar hasta donde llegaría lo que ese hombre sentía por mí.

No lo voy a negar, yo también llegue a sentir cosas por el soldado, porque en realidad era un buen tipo, lo cual me permitió que todo lo que pasaba con nosotros resultara muy natural, creando en él la ilusión de que quizás yo estaba dispuesta a escapar a su lado, de que tal vez un día podríamos tener una vida juntos y formar una familia, como si eso fuera posible teniendo el papá que tenía.

En fin, el caso es que un buen día probé mi suerte y le dije que tenía muchas ganas de conocerlo, de poner un rostro al soldado que me hablaba todos los días, a ese chico tan lindo en quien no dejaba de pensar cuando su turno terminaba y yo contaba los minutos para que volviéramos a hablar, una petición que en un principio lo hizo dudar, porque al parecer sabía lo que podría pasar si hacía algo como eso, pues creo que ambos teníamos claro lo que el perder mi virginidad implicaría para las aspiraciones de mi padre; sin embargo, con el paso de los días y ante mi implacable insistencia de que me hiciera compañía por unos minutos en mi habitación, al final el soldado accedió.

La noche en la que eso pasó, mis padres y mi hermano habían salido a una reunión en la que pretendían adelantar la fecha de mi boda con el inepto ese con el que me querían casar, lo cual nos dio la oportunidad de estar solos en casa, de tener ese momento tan perfecto para hacer lo que creo que ambos deseábamos, más allá de que aquella propuesta hubiera albergado una segunda intención que jamás le confesé al soldado.

Recuerdo muy bien la clase de cosas que sentí cuando el soldado estuvo frente a mí, porque en realidad era un hombre muy guapo, un tipo alto, moreno, con una fortaleza que me hizo sentir muy pequeñita, quien me hizo sonreír nerviosa ante la forma como me miraba, con ese brillo embelesado que tenían sus ojos mientras recorrían mi rostro como si jamás hubiera visto nada más hermoso.

Besarnos se sintió tan natural después de todo el tiempo en el que estuvimos conociéndonos, que no puse la menor objeción en nada de lo que hizo a continuación, ni en la forma como me apretó las nalgas, ni tampoco en la manera como me cargó para luego depositarme en la cama y contemplarme por un rato ahí recostada, con nada más que unos diminutos shorts y un topcito suelto por el que se asomaba la parte baja de mis senos.

- Eres muy hermosa - susurró el hombre, perdiéndose en la postal que mi cuerpo le obsequiaba, haciéndome sonreír nerviosa, logrando que mi rostro se sonrojara mientras lo veía quitándose la ropa, dejando su hermoso miembro al desnudo para que yo lo contemplara tan embelesada como temerosa, pues me daba miedo que ese hombre tan grande me lastimara al despojarme de mi virtud, sin embargo, una vez que se quedó desnudo, el soldado se recostó a mi lado y comenzó a besarme, logrando en muy poco tiempo que me relajara, que me entregara a él por completo, disipando todos mis miedos en el momento en el que comenzó a desnudarme y a tocar mi entrepierna, obsequiándome un placer tan inmenso como jamás lo había sentido, uno que muy pronto se vio magnificado cuando el soldado hundió su cara entre mis piernas y me devoró con toda la pasión que inspiraba en su corazón, haciéndome venir varias veces antes de que se incorporara, de que mis brazos rodearan su cuerpo y buscara sus labios ante la necesidad que de pronto sentía de besarlo, de sentir su lengua recorriendo mi boca, mientras él se acomodaba de la forma correcta entre mis labios y me penetraba, de esa manera tan apretada y deliciosa con la que me hizo conocer el placer de tener un hombre dentro de mi cuerpo, de ver en sus ojos el inmenso placer que sentía al penetrarme, al hacerle el amor a la mujer de quien se había enamorado.

Aquello fue un delicioso manjar de sensaciones que jamás había experimentado, porque incluso sentir el sudor del solado en mi piel y percibir su olor a hombre mientras taladraba mi entrepierna, resultaba tan asombroso que yo no podía dejar de gemir deseando que aquello no terminara nunca, más aún cuando el soldado se apoderó de mis senos y comenzó mamarlos como un niño hambriento, provocando que mi placer se fuera al cielo, que me viniera en medio de movimientos convulsivos, que incluso un chorro de alguna cosa viscosa escapara de mi cuerpo para mojar el suyo, haciéndolo sonreír, provocando que me penetrara con más fuerza hasta eyacular dentro de mi cuerpo y de pronto quedarse muy quieto, comiéndome la boca con una devoción tan intensa que resultaba un poco abrumadora.

- Escápate conmigo, mi amor. Nos iremos del país, buscaremos un lugar donde podamos ser felices, donde tu yo… - comenzó a decir, mirándome a los ojos con intensidad, permitiéndome aprender cómo se veía el amor verdadero en los ojos de un hombre, hasta que una voz desde el pasillo puso fin a un momento tan hermoso como el que logramos compartir en la que sería mi última noche que viviría en la mansión de mis padres.

- ¡Hijo de puta! - gritó papá desde el pasillo, haciendo que mi soldado se levantara de inmediato en un intento por tomar su arma, algo que no logró hacer antes de que mi padre le disparara dos veces en el pecho, derribándolo en el acto, provocando el gritó aterrado que salió de mi boca mientras corría hacía él, llorando, sufriendo al haber perdido a un hombre que en realidad me amaba junto con la posibilidad de escapar de aquel infierno que viviría si seguía existiendo bajo el yugo de mi padre.

No, no podía renunciar a mi libertad, no quería hacerlo, porque bajo el peso de ese hombre que yacía muerto en el suelo de mi habitación, comprendí lo maravilloso que sería ser una mujer libre, lo hermoso que resultaba sentirse verdaderamente amada y lo rico que era coger con un hombre apuesto, nada que pudiera obtener si no hacía algo para detener el matrimonio que mi padre pretendía forzar.

La risa de papá se escuchó desde el pasillo, junto con el ruido que hacían sus zapatos al chocar con el suelo de nuestra casa, sonidos que terminaron por despertar aquel instinto de supervivencia que me hizo tomar la pistola del soldado y salir al pasillo desnuda, con nada más que el arma de ese hombre en mi mano, mirando la espalda de mi padre con todo el odio que me había infundido el que matara al hombre que me había quitado la virginidad, sumado al hecho de que toda mi vida me hubiera tratado como una persona de segunda.

- ¡Oye, papi! - grité, haciendo que mi padre volteara, viendo con orgullo cómo sus ojos se abrían como platos y su rostro era secuestrado por un profundo miedo cuando me observó apuntando mi arma contra él - creo que es hora que mi hermano se encargue de los negocios, papi - dije, antes de dispararle en la casa, de vero caer al suelo y de que yo regresara a mi recámara, deteniéndome por un momento para ver al soldado muerto, antes de que recogiera mis cosas, me pusiera algo de ropa y huyera de mi hogar, de mi familia y de un destino que no quería que fuera el mío.

Mi escape le costó la vida a ese hombre de quien creo que en algún momento llegué a enamorarme, un hecho que me lastimó, que por muchos años me acompañó en cada minuto de mi vida, pero que también me enseñó lo lejos que un hombre podría llegar por una mujer, entregando incluso hasta su vida a cambio de procurar el bienestar y la felicidad de la chica que amaba, algo que tiempo después aprendí que tenía mucho más que ver con el sexo que con la narrativa de un amor que en raras ocasiones llegaba a ser real.

Lo que pasó después conmigo fue el resultado de aquel aprendizaje que obtuve a una edad muy temprana, porque entender lo que un hombre podría hacer por una mujer, me llevó a considerar a todos aquellos sujetos que podrían hacer lo que fuera con tal de pasar una noche conmigo, porque yo sabía muy bien que había gente en los círculos de poder más altos que harían lo que fueran para tener en su cama a una muchachita como yo, un conocimiento que me permití aprovechar para que esos sujetos, en su mayoría casados, me protegieran de mi familia y de su poder, permitiéndome vivir por mi cuenta gracias a las cuantiosas donaciones que esos degenerados me hacían cada vez que me visitaban, después de haberme ido a la cama con ellos en un departamento que alguno de esos idiotas puso a mi nombre, creo que con el fin de tener un lugar seguro en dónde poder hacer conmigo lo que quisieran sin necesidad de cuidarse de que sus esposas los sorprendieran o algo por el estilo.

Definitivamente aquella no era la vida con la que hubiera soñado cuando era una jovencita, claro que no lo era, pero ese estilo de vida que adopté me permitió mantener relaciones muy estrechas con los hombres más adinerados y poderosos de nuestra sociedad, siendo la puta a la que acudían cuando querían divertirse, cuando se sentían solos o simplemente cuando necesitaban a alguien que los escuchara por algunos minutos, un papel que con el tiempo aprendí a interpretar a la perfección, que me permitió mantener una vida privilegiada y rodeada de comodidades, sin tener que abandonar la posibilidad de codearme con la gente de las más altas esferas de la sociedad, manteniendo una posición que resultó muy conveniente años después cuando conocí a Lara y comencé a identificarme con los principios y los objetivos que perseguía Aurora, cuando decidí que mi vida tenía que valer para algo más que solo par acostarme con hombres detestables a cambio de una vida privilegiada, un momento en el que entendí que debía hacer algo por esas mujeres que entraban en el sistema de siervas sin saber a ciencia cierta en lo que se estaban metiendo, sin tener idea de lo rápido que sus vidas se irían por el despeñadero.

Fue con base en los ideales que adopté, que comencé a recopilar información para las hermanas del movimiento, convirtiéndome en el agente principal de inteligencia que sirviera a los propósitos de Aurora, recogiendo información que nos permitiera dar pasos estratégicos en la dirección correcta, que en algún momento nos llevara a erradicar el sistema de siervas y terminar con la perversa corporación que parecía trabajar día a día para hacerse con el control de nuestras vidas.

Por supuesto que para que eso pasara me sirvió de mucho el haber contado con la confianza de todos esos hombres tras años de un servicio leal en el que jamás tuvieron el más mínimo problema al visitarme, algo que facilitó mucho el que bajaran la guardia conmigo, se emborracharan y a veces se drogaran pensando que estaban seguros en mi departamento, haciendo mucho más fácil la tarea de sacarles algunos secretos o revisar sus celulares en busca de información que pudieran ser de utilidad a la causa; un esfuerzo que para muchas podría ser denigrante e indigno, pero que yo llevaba a cabo con orgullo, porque al fin lo que hice durante tantos años parecía tener sentido, porque sabía que al hacerlo podría salvar cientos de vidas, que el sacrificar mi cuerpo era nada en comparación con lo que podríamos lograr si los objetivos de Aurora un día los veíamos convertidos en realidad, si lográbamos terminar con el sistema de siervas y salvar a todas esas almas de una vida de adicción a esa porquería que les metían en las venas, un objetivo que creí que alcanzaríamos cuando empecé a salir de manera regular con Roberto, el Director General del Sistema Siervas del Hombre, un hombre casado, por supuesto, que en otros tiempos había sido un férreo enemigo de negocios de mi padre, lo cual hacía que el estar conmigo representara para él una constante venganza en contra de su némesis, algo de lo que yo me supe aprovechar en cada ocasión en la que nos encontrábamos, hasta aquella noche en la que nuestra pequeña relación terminó, al menos de la forma como hasta ese momento la habíamos llevado.

Roberto llegó a mi departamento como todas las noches, con una botella de vino costoso y un gran ramo de rosas rojas, diciendo que combinaban a la perfección con mi cabello, una frase que usaba cada vez, que ya me había aprendido muy bien, pero ante la cual seguía reaccionando con emociones exageradas y muchos besos en sus labios, pues era importante que ese hombre quedara convencido de que estaba enamorada de él, de que no había nadie más en mi vida desde que lo conocí, y en realidad así era, pero todo obedecía a una estrategia y no a un amor de niña estúpida como el que fingía sentir ante ese idiota, como el que creo que sí llegué a sentir por aquel soldado que me convirtió en mujer.

- Siempre eres tan tierno conmigo - expresé, antes de oler esas horribles rosas, pero manteniendo mi papel de mujer materialista e idiota a quien lograban seducir con un ramo de flores y algunas palabras vacías, antes de que dejara el ramo en la mesa del comedor y lo abrazara, pegando todo mi cuerpo al suyo, haciéndole sentir lo que él quería sentir, experimentando cómo colocaba sus manos en mi trasero después de dejar la botella en la mesa para luego besarme en la boca, metiéndome su asquerosa lengua, subiendo poco a poco mi vestido hasta que sus manos pudieron tocar mis nalgas, precariamente cubiertas con una tanga de encaje rojo que me había puesto tan solo para complacerlo - ¡Ahhh! ¡Me encanta que me aprietes del culo, mi amor! ¡Ahhh! ¡Tus manos me vuelven loca! - dije entre jadeos y gemidos, sintiendo como su piel se erizaba, efecto de lo significativas que para él resultaban aquellas palabras.

La rutina con Roberto era casi siempre la misma, era como ensayar la misma escena una y otra vez, en cada ocasión en que me visitaba, porque después de aquellos diálogos iniciales siempre me hacía rodearlo con mis brazos del cuello y con mis piernas de la cintura, para llevarme cargada de esa forma a la recámara y tirarme en la cama, antes de dar un par de pasos atrás para desnudarse mientras yo hacía los mismo recostada, abriendo luego las piernas en una obscena y descarada invitación para que se metiera entre ellas e hiciera conmigo lo que quisiera.

La verdad es que a pesar de tener unos kilos de más, de su mal aliento y de su apariencia un tanto insignificante, Roberto no era un mal amante, pues tenía siempre la costumbre de meter su cabeza entre mis piernas y mamar de mi vulva hasta hacerme venir un par de veces, algo que lograba con cierta facilidad, haciendo que me encharcara de una manera tan profusa que el penetrarme ocurría de la misma forma como si ensartara un cuchillo caliente en una barra de mantequilla, porque aquello era tan fluido y natural que incluso no tenía que fingir que lo disfrutaba, porque el placer que me provocaba era por completo real, un detalle que creo que alimentaba en él la creencia de que yo estaba perdidamente enamorada, un punto a favor de los dos, supongo.

Y como cada noche en la que compartíamos la cama, en aquella ocasión el hombre se dedicó por un largo tiempo a estar encima de mí, dejando que su miembro me hiciera gemir, permitiéndome que lo sedujera con esa forma como apretaba los músculos de mi vagina para provocarle tanto placer como me era posible, para que ese hombre pensara en mí cuando estuviera lejos, cada vez que penetrara la blanda y poco placentera concha de su mujer, en cada ocasión en que sintiera que su matrimonio lo asfixiaba, orillándolo a regresar a mi lado por un poco más de aquel placer que lo hacía sentir vivo por los minutos en los que me penetraba sin parar, terminando en donde él quisiera hacerlo, mirándome con ese brillo morboso y lleno de lujuria, como si contemplara una obra de arte mientras observaba su leche pintando de blanco el lienzo en el que se convertía mi piel cuando estaba con él, algo que en aquella noche ocurrió sobre mis senos, antes de que yo me arrodillara frente a él y le mamara la verga hasta hacerlo venir de nuevo en mi boca, tragándome toda su leche, disfrutándolo en realidad pues para ese momento el muy cabrón ya me había dejado más que satisfecha, y lo bastante calmada como para hacer la parte de mi trabajo que ejecutaría mientras él se bañaba.

- ¡Eres increíble mi amor! ¡Ahhh! ¡No puedo creer todo lo que me haces sentir! ¡Eres el mejor macho que pude haberme encontrado! - decía mientras me tiraba en la cama y esparcía por mis tetas todo el semen que ese hombre había dejado sobre mi cuerpo, mirándolo, disfrutando de la expresión obscena y orgullosa que me obsequiaba - ¡Ven aquí, mi amor! ¡No me dejes sola en la cama! ¡Tenemos toda la noche para divertirnos! - lo invité, sabiendo que no accedería, porque como ya lo había averiguado, al siguiente día tendría una reunión tan importante que le había robado el sueño durante los últimos meses.

- Lo siento, mi amor, pero esta noche tendremos que acabar temprano - respondió, dándome la entrada para que interpretara mi papel de chica caprichosa y mimada frente a él - así que tendré que darme un baño y luego marcharme a casa. No me mires así, sabes que su pudiera hacerlo me quedaría contigo hasta el amanecer - dijo, sonriéndome de una manera significativa mientras yo fingía sentirme triste y él se acercaba para besar mi frente y tener así el pretexto para acariciar uno de mis senos - me daré un baño y me voy. No me odies mucho ¿De acuerdo? - dijo antes de meterse al baño, sin que yo le respondiera con algo más allá de ese gesto infantilizado de enojo, a la vez que sonreía por dentro, pues sabía que el tiempo que le tomara ducharse me permitiría husmear en su celular para obtener tanta información como me fuera posible, algo que en esa noche era fundamental, pues las hermanas, justo en aquel momento, esperaban que yo pudiera conseguir la ubicación de la cede de aquella reunión donde al parecer se concentrarían peces gordos del ejército, La Corporación y el Gobierno Central, información que pude obtener gracias al hecho de que ya conocía la contraseña de su móvil, así como los lugares donde guardaba las cosas que eran verdaderamente importantes.

- Tengo el lugar de la reunión, te mando la foto que tomé, los nombres de quiénes van a estar y la ubicación exacta del sitio. Todo estaba en su celular. Te marcaré después de que se vaya, pero esta información ya está confirmada, lo notarás en cuanto la leas. No me escribas ni me llames, espera a que yo lo haga. Hasta entonces - le escribí a Lara, una de las dirigentes del movimiento, uno de mis contactos inmediatos con Aurora, antes de que borrara el mensaje y dejara el celular de Roberto en la mesa de noche, justo en el lugar y la posición como lo dejó, para luego concentrarme en asumir de nuevo mi papel de chica estúpida, poco antes de que Roberto saliera del baño desnudo, secándose la cabeza con una de mis toallas.

- Mi amor, ¿De verdad tienes que ir a esa reunión mañana? Quería pasar la noche contigo y además me prometiste llevarme a ese restaurante nuevo y hasta ahora no me lo has cumplido - le reclamé mientras se vestía y yo lo miraba con una expresión caprichosa, estando desnuda y tirada en la cama con mis piernas abiertas, tal y como a él le gustaba que lo despidiera tras cada ocasión en que hacíamos el amor en la intimidad de mi departamento. Él sonrió a la vez que me miraba a través del espejo.

- Lo siento, cariño, pero mañana será un día muy especial. La reunión que tendré probablemente sea la más importante de mi vida, así que no puedo dejarla pasar. Espero que lo entiendas - respondió, observándome al hacer pucheros como una chica mimada, riendo al notar aquel fingido intento de que pasara más tiempo conmigo, una estrategia que me permitía mostrarme ante los hombres como una chica estúpida y superficial, que los hacía bajar la guardia tal y como lo hizo ese hombre cuando sacó algo de un bolsillo de su saco y luego lo dejó en una silla, caminando después hacia mí, sentándose mi lado, sobre la cama, tocándome los senos desnudos, besando mis labios sin que le importara el hecho de que me hubiera bebido su leche unos pocos minutos atrás - pero no creas que me iré dejándote molesta, mi amor, no podría concentrarme en lo mío sabiendo que te hice enojar, así que te traje algo muy especial, algo que quiero que uses todos los días para que te acuerdes de mí todo el tiempo - expresó, poniendo luego una caja de joyería delante de mí, haciendo que una sonrisa se dibujara en mis labios mientras él la abría y de pronto me encontraba frente a un costoso collar de oro blanco y rubíes, una pieza preciosa de joyería que seguramente le había costado una fortuna, la misma que él me colocó en el cuello antes de que me acariciara los senos y me besara, metiéndome la lengua en la boca, haciéndolo de una manera tan vulgar que incluso logró que me excitara un poco - me pareció que esas piedras harían juego con tu hermoso cabello - dijo con ese tono sutil y seductor, incitando la sonrisa que compuse y esa risilla que interpreté para él, fomentando la imagen de una chica estúpida y materialista frente a sus ojos.

- Vale, te perdono, pero igual quiero ir a ese restaurante ¿De acuerdo? - expresé con ese tono mimado que a él le encantaba escuchar.

- Haremos lo que tú quieras, cariño, pero tendrás que esperar hasta la siguiente semana - aclaró, antes de darme otro pico en los labios y levantarse para recoger su saco - mañana tendré la reunión y el fin de semana lo pasaré con mi esposa y mis hijos, así que… bueno, solo sé paciente, ¿Está bien? - preguntó y yo asentí con la cabeza, mordiéndome un labio inferior mientras lo hacía, manteniéndome con las piernas abiertas a la vez que abría mis labios con mis dedos, haciendo que su atención se concentrara en mi entrepierna, antes de que negara con la cabeza y se despidiera de mí - te veo luego, cariño. No te portes mal hasta que vuelva a verte.

- Te estaré esperando - respondí, como una niña estúpida, con esa voz infantilizada y falsamente entusiasmada que lograba resultados inmediatos en los hombres, que en aquella noche hizo que ese idiota se fuera de mi departamento creyendo que me tenía en sus manos, tal vez siendo tan arrogante como para imaginar que quizás estaba sintiendo cosas más intensas por un imbécil al que solo había utilizado para conocer aquel que sería el objetivo con el que Aurora iniciaría la revolución que cambiaría nuestro mundo para siempre.

***

Tras la llamada que sostuve con Lara para informarle de viva voz todo lo que sabía, la noche transcurrió lentamente en la víspera de lo que pasaría al siguiente día, algo que solo podría presenciar por televisión, pues mi papel como encubierta dependía de que nadie me vinculara de manera alguna con el movimiento, lo cual en realidad resultaba frustrante, porque hubiera querido luchar con mis hermanas y ser una parte activa de nuestra pelea, sin embargo, entendía mi ausencia en el campo de batalla como algo por completo necesario para poder seguir informando a las filas de Aurora de todo lo que ocurría en las altas esferas del gobierno y La Corporación.

Cuando la mañana llegó, me puse unos jeans y una camiseta blanca para salir a caminar un poco y despejarme, pues no había dormido nada y necesitaba aire fresco para relajarme, ya que la tensión que me provocaba saber lo que pasaría en cuestión de horas, me había dejado en un estado de intranquilidad para nada envidiable.

Caminar por las calles del sector y los laberínticos senderos del parque, resultó mucho más satisfactorio de lo que lo hubiera esperado, porque a donde fuera que volteara, veía mujeres con insignias, pancartas y símbolos de Aurora, algo que me hizo sentir muy orgullosa, que casi me hace sonreír hasta que recordé la fachada que debía mostrar y forcé aquella expresión indiferente en mi rostro, deseando por dentro que todas esas chicas tuvieran éxito en lo que aquel día nos deparaba.

Tras regresar a mi departamento, me preparé algo de desayunar y luego me senté en mi sofá para ver la tele, sintiendo la necesidad de tener alguna noticia del movimiento, pero sin albergar muchas esperanzas con respecto de que eso pasara pronto, pues en protestas anteriores, los noticiarios se habían limitado a dar pequeñas notas del acontecimiento, acompañando su versión de los hechos con comentarios humorísticos con los que trataban de restarle importancia al esfuerzo de miles de hermanas que peleábamos por una causa conjunta.

Cuán grande sería mi sorpresa cuando me di cuenta de que cada canal de noticias seguía de cerca la marcha, haciendo entrevistas a las participantes, dándoles una voz, dejando que el mensaje de la protesta fuera escuchado por miles de personas, dándole un seguimiento casi exhaustivo al evento, haciendo que reaccionara en un principio con euforia, experimentando esa sensación de victoria al creer que al fin habían volteado a vernos, que ahora nos tomaban en serio, que las cosas se habían encaminado por el rumbo correcto, hasta que de pronto una idea alarmista se me cruzó por la cabeza, una que me hizo dejar de sonreír de inmediato, que me obligó a colocar mi plato en la mesa de centro y mirar con más atención lo que ocurría en el televisor, escuchando la forma como hablaban de las hermanas, refiriéndose a ellas con palabras veladamente despectivas, a veces sonriendo con una actitud burlona mientras las entrevistaban, tratándolas con condescendencia, sin el más mínimo respeto a sus ideales, sin realmente querer saber cuáles eran sus motivos, como si aquello solamente fuera una exposición llevada a cabo con el objetivo de crear antipatía hacia el movimiento por parte de la audiencia, pero ¿Un objetivo como ese valía todas las molestias que se tomaron para dar seguimiento a la protesta? No, no lo valía, debía haber algo más allá de lo evidente, algo que no estaba viendo, algo que…

- ¡Esto está mal! ¡Algo no anda bien! - exclamé de pronto, dominada por el miedo, tomando mi celular de inmediato para tratar de contactar a las chicas en un esfuerzo para que abortaran la misión, pues algo no iba bien, era demasiado evidente, tan real como el hecho de que incluso hubiera seguimiento aéreo de la marcha cuando las hermanas comenzaron a caminar por las calles, un detalle que activó las pocas alarmas que me quedaban, que me hizo entender que mis hermanas estaban en peligro, que tal vez el movimiento mismo estaba corriendo un grave riesgo.

La desesperación, la incertidumbre y esa sensación de que las cosas no estaban bien, se convirtieron en pánico cuando no logré comunicarme con ninguna de las chicas, provocándome un estado muy intenso de frustración que me hizo arrancarme el collar que me había dado ese hombre la noche anterior y lanzarlo contra la pared, tan fuerte que algunas de sus partes brincaron por todos lados, sin que les prestara demasiada atención hasta el momento en el que pude ver un pequeño destello rojo, una titilante luz que provenía del suelo, que me hizo acercarme para ver de qué se trataba, sintiendo un horrible vacío en el estómago cuando entendí que habían colocado un micrófono en el collar, uno tan pequeño como los que yo había usado en mis investigaciones, incluso de la misma marca de los que yo solía comprar.

Todas las alarmas se encendieron en mi cabeza y corrí a mi habitación para tomar mi mochila de escape con todas las joyas que tenía, sacar mi arma da la caja fuerte y salir del edificio de inmediato para dirigirme a una de las casas seguras de la organización; sin embargo, antes de que lograra siquiera desbloquear la caja fuerte, un estruendoso ruido se escuchó cuando alguien irrumpió en mi departamento, derribando la puerta, generando un caos que se vio favorecido con los pasos que se escucharon por todo el departamento, propios del no muy numeroso escuadrón de soldados que irrumpieron en mi hogar para atraparme.

- ¡Levanta las manos y arrodíllate! - gritó un tipo, el primero que entró en mi habitación, antes de que otros soldados me rodearan, apuntándome con sus rifles de asalto directamente a la cabeza, obligándome a obedecer a ese hombre que me había ordenado someterme.

El frío de las esposas, la violenta manera como tiraron de mi cabello para obligarme a levantarme y luego me sacaron de la habitación, las cosas horribles que me dijeron y la forma tan vulgar como algunos de esos imbéciles tocaron mis senos y mi trasero; todo ello me hizo saber lo mal que las cosas terminarían para mí, una idea que no parecía combinar muy bien con el hecho de que me hubieran obligado a sentar en el sofá, frente a mi televisor, haciendo que me preguntara ¿Qué demonios pretendían hacer conmigo? ¿Por qué no me estaban llevando detenida?

- Sí, señor, ya está asegurada - dijo uno de los soldados, uno que tenía un teléfono pegado a su oreja - de inmediato - respondió a algo que no escuché, antes de que extendiera su mano colocando el teléfono justo delante de mí, obligándome a ver la cara del mismo imbécil con el que me había acostado la noche anterior, quien por cierto no parecía estar muy contento mientras me miraba con un aire de decepción en el rostro, tal vez incluso con un poco de tristeza en sus ojos.

- No quise pensar que en realidad estuvieras haciendo el trabajo sucio de Aurora, incluso me atreví a defenderte frente a los mandos del ejército y La Corporación, pero caíste demasiado fácil en la trampa y ahora tengo la grabación de la llamada que le hiciste ayer por la noche a tu amiga Lara y también un video de ti mientras hurgabas en mi celular - soltó una risotada engreída, pero pesimista - si hubieras sido tan lista como crees que eres, te hubieras dado cuenta de que mi celular nunca dejó de grabar todo lo que hacías - dijo con un tono triste, decepcionado y un poco enojado - es una lástima que me traicionaras, Adahí, te hubiera dado todo lo que quisieras, incluso llegué a considerar… - se detuvo de pronto, justo antes de que sus ojos dejaran escapar algunas lágrimas ¿Acaso se llegó a plantear dejar a su esposa por mí? - en fin, los caballeros te harán compañía mientras te das cuenta de los errores tan terribles que cometiste, así que ponte cómoda en el sofá y no pierdas detalle de lo que pasará con tus amigas, porque todo lo que está por ocurrir fue gracias a ti - dijo sin más, antes de cortar la comunicación y de que el soldado me quitara el celular de enfrente, de que me concentrara de nuevo en la pantalla justo en el momento en el que Aurora comenzó a atacar aquel edificio al que yo las había llevado.

- ¡Carajo! ¡Es la unidad habitacional! - exclamó un soldado, sin esconder el miedo que de pronto lo contagió, provocando expresiones de sorpresa y pánico en sus compañeros.

- ¡Mantengan la compostura, soldados! ¡Nuestros camaradas están controlando la situación! ¡Ellos cuidarán a nuestras familias! - gritó el que parecía ser el oficial a cargo, sin lograr que los soldados se tranquilizaran ni poder evitar los gritos ahogados que profirieron cuando el edificio estalló en llamas, proporcionando una imagen que incluso hizo que el oficial al mando abriera mucho los ojos y derramara un par de lágrimas, una escena que me hizo sentir mucho más miserable de lo que jamás me había sentido.

- ¡Mi familia!

- ¡Mis hijos!

- ¡Mi hermano!

Exclamaron algunos de esos soldados mientras contemplaban la escalofriante escena que tenía lugar frente a nuestras narices, a la vez que yo entendía aterrada lo que había provocado, sintiéndome horrorizada al ver en la pantalla cómo los soldados se lanzaban a las llamas tratando de salvar a las pobres personas que sufrieron las consecuencias de mi equivocación.

La violencia comenzó poco después de que los noticiarios dejaran de transmitir aquellas imágenes y clasificaran aquel suceso como un acto terrorista perpetuado por Aurora, de que viera cómo mis hermanas eran capturadas, golpeadas y maltratadas por esos hombres que las atraparon, antes de que los soldados a mi alrededor hicieran lo mismo, de que me arrancaran la ropa con lujo de violencia, me golpearan con brutalidad y me hicieran arrodillarme en medio de todos, diciéndome cosas horribles, culpándome de que sus familias hubieran muerto, de aquella tragedia que tuvo lugar frente a nuestros ojos, mientras cada uno de ellos apuntaba sus armas hacia distintas partes de mi cuerpo, listos para acabar con mi vida, al mismo tiempo que yo lloraba de dolor, rabia, miedo y culpa, sintiendo que me merecía lo que esos hombres estaban a punto de hacer.

- ¡No disparen, soldados! ¡Tenemos órdenes! ¡No podemos matarla aún! ¡Bajen sus armas ahora! - ordenó el oficial, quien para ese momento ya tenía los ojos muy rojos tras haber llorado por la pérdida de su familia, quien en aquel instante de angustia gritaba con una rabia que apenas era capaz de contener, una actitud que me hizo sentir mucho miedo, con la cual hizo que los soldados obedecieran sus órdenes, pero sin que ninguno de ellos dejara de mirarme con un odio que jamás me había dirigido nadie, hasta que la voz del Supremo Líder se escuchó por los altavoces del televisor, calificando aquel acto de terrorismo, justificando luego la ley que promulgó como un castigo a los hechos que tuvieron lugar en la protesta.

Los soldados intercambiaron miradas ansiosas cuando entendieron que había dejado de ser una ciudadana para convertirme en propiedad del estado, pero fue el oficial quien tomó la iniciativa en lo que estaba por pasar, el primero en dejar su rifle de asalto en el suelo, recargado en uno de mis muebles para luego colocarse justo frente a mí y sacar su pene, sin que yo lograra dejar de llorar, entendiendo a la perfección el infierno al que estaba a punto de enfrentarme.

- Por fortuna, ninguno de nosotros tiene dispositivos de sumisión, así que vas a sentir todo lo que te vamos a hacer sin el anestésico efecto de la ambrosía; y será mejor que te portes bien, perra, porque si me muerdes o si le haces daño a alguno de mis chicos, te vamos a esposar a un poste en la calle e invitaremos a cualquiera que pase a que te penetre hasta hartarse - dijo el oficial, con la voz más dura que hubiera escuchado en mi vida, pronunciando aquellas palabras de una manera estremecedora, con la cual me hizo conocer el inmenso odio que sentía hacia mí, mientras escuchaba los comentarios y expresiones de apoyo que le dirigían sus soldados - abre la boca, sierva, y más te vale que logres complacerme - ordenó, mirándome a los ojos, destellando aquel brillo de un locura tan inmenso que no pude hacer nada más que obedecerlo, sintiendo cómo su miembro se deslizaba hacia mi garganta acariciando mi lengua a su paso, experimentando el sabor de su sudor, el aroma de su entrepierna, la forma como me tomaba de la cabeza para meterme su verga hasta provocarme algunas arcadas que los soldados celebraron como un triunfo personal mientras me palmeaban las tetas y las nalgas con fuerza desmedida - ¡Vamos chicos! ¡Únanse a la fiesta! - dijo el oficial, antes de que un tipo negro se colocara a mis espaldas, de que me hiciera levantar el culo, escupiera en mi ano y comenzara a empujar su verga hacia mis entrañas, forzando su enorme pene en mi interior, haciéndome llorar de dolor, a la vez que otros de esos tipos me palmeaban los senos cada vez con más fuerza, sin sentir por mí el más mínimo ápice de compasión.

Mis gemidos ahogándose en el pene del oficial, la sensación de mi culo siendo partido por ese hombre que me penetraba sin piedad, la humillación que me provocó ser usada como un juguete mientras los otros me miraban, nada de eso logró amortiguar la culpa que sentí al saber que mi error había costado la vida de cientos de personas, que mi descuido y mi excesiva confianza en mí misma, me habían hecho descuidarme demasiado, llevándolo todo a la caída de Aurora, dándole el pretexto al Gobierno Central para que aprobaran esa maldita ley que destinaría a las mujeres a una vida horrible, donde vivirían justo la clase de cosas que esos hombres me estaban haciendo.

- ¡Pinche puta! ¡Tienes unas tetas enormes! ¡Te las voy a dejar moradas! ¡Maldita zorra asesina! - gritó uno de esos soldados poco después de que el hombre que me partió el culo se viniera en mis entrañas, tomando su lugar, pero decidiendo que lo haría en mi vagina a la vez que me apretaba los senos con tanta fuerza que me obligó a ahogar mis gritos en el pene de oficial que en aquel momento eyaculaba en mi boca, forzándome a sentir su semen deslizándose por mi garganta, provocándome arcadas que no hicieron que el sujeto dejara de enterrarme su verga mientras presionaba mi nuca hasta asegurarse de que me tragara hasta la última gota de su leche.

Los minutos pasaron de esa forma, recibiendo el semen de alguno de esos hombres en la boca, la vagina o el culo, sin que en momento alguno dejara de tener a algún tipo en mi boca o bombeando mi trasero, pues cuando uno terminaba otro lo sustituía, hasta que al fin se cansaron de mí, ya entrada la tarde, dejándome tirada en el suelo mientras esos animales se metían en mi cocina y se tragaban mi comida, sin importarles que estuviera llorando en medio de un charco de sudor, semen y sangre, que me revolcara en el inmenso dolor que lastimaba mi cuerpo, sintiendo cómo me palpitaba el culo y la vagina, experimentando el intenso ardor que lastimaba mis senos y mi trasero, sin que ninguno de esos malditos pareciera tener la más mínima intención de abandonar mi departamento.

¿Qué demonios estaban esperando? ¿Por qué no se largaban de ahí? ¿Por qué no me llevaban detenida y terminaban con todo ese infame espectáculo?

La respuesta llegó un poco más tarde, cuando el director con el que estuve la noche anterior entró al departamento, llevando comida y bebidas para los soldados, diciéndoles lo mucho que lamentaba lo que ocurrió con sus familias, antes de que el oficial a cargo les ordenara a sus muchachos que salieran del lugar, haciendo que solamente se quedaran dos de esos tipos a cuidar al director, quien se acuclilló a un lado de mí y me obligó a mirarlo a los ojos, estando tirada en el suelo, sufriendo de los dolores que aún torturaban distintas partes de mi cuerpo.

- En las horas que siguieron al momento en el que me marché de aquí, después de que llamaras a Lara y le dieras la información que viste en mi celular, nos dedicamos a analizar las filtraciones que llegaron a Aurora y nos dimos a la tarea de comparar algunas fechas con las noches que pasaste con directivos de La Corporación, mandos del ejército y personal relevante del gobierno; gracias a ello ahora sabemos exactamente qué fue lo que les dijiste, pero aún nos hace falta saber lo que no nos has dicho, así que… bueno, por las siguientes horas te voy a usar hasta que me canse de ti, luego iremos a las instalaciones del ejército donde te van a torturar hasta sacarte toda la información que necesitamos, porque muchas de las perras que tenías por amigas, se escaparon y estamos seguros de que sabes dónde las podríamos encontrar. Finalmente, cuando tu tortura haya acabado, serás asignada a mí, como mi sierva de compañía, para que hagas cada cosa que te ordene, así que más te vale que te prepares, cariño, porque a partir de este día tu vida será un maldito infierno en la tierra - me amenazó, sin que yo pudiera apenas tener fuerza para decir una palabra o responder de alguna forma, antes de que ese cabrón me colocara el dispositivo de sumisión, de escuchar mi grito de dolor cuando eso pasó, de que me tomara del pelo y me obligara arrastrarme por mi departamento hasta la recámara donde una vez más me hizo suya, de la misma forma como ya lo había hecho en el pasado, pero comportándose mucho más violento y hostil de lo que jamás lo había sido conmigo, siendo aquel el primer día en el que conocería los efectos de la ambrosía y entendiera por qué esa porquería era tan adictiva, pues parecía como si mi cuerpo de pronto hubiera encontrado su propia autonomía de mi voluntad, como si cada cosa que hiciera fuera ordenada por esa estúpida droga que me hacía sentir desesperada ante la posibilidad de llegar a un orgasmo que calmara el calor que agobiaba mi cuerpo y la ansiedad que me hacía gritar desesperada para que ese hombre no dejara de penetrarme en un solo momento.

Para sorpresa de nadie, la noche se convirtió en el suplicio que él me había prometido, en una tortura en la que la desesperación por un orgasmo me hizo perder la dignidad y la voluntad, reduciéndome a nada más que un ser autómata que vivía partir de los deseos de su amo; por fortuna, los hábitos de ese imbécil eran algo que tenía tan arraigado que cuando todo terminó, no pudo evitar el tener que meterse a la ducha, algo que hizo tras haberme retirado la ambrosía, creyendo que al hacerlo me quedaría dormida, un acto de compasión que se convirtió en el peor error de su vida, con el cual me permitió fingir que dormía, cerrando los ojos y aflojando el cuerpo para que creyera que había caído presa del cansancio y el dolor, antes de que me diera un beso en la frente, dejándome claro que sin importar lo que hice, él seguía sintiendo cosas muy intensas por mí.

En un principio, admito que mi intención al abrir mi caja fuerte no fue otra que sacar mi arma y volarme la cabeza, porque no estaba dispuesta a vivir bajo las órdenes de ese idiota, porque no quería convertirme en una marioneta de la ambrosía; sin embargo, en ese momento de lucidez que tuve en cuanto el muy imbécil me retiró la ambrosía, pronto pude entender que en realidad lo que pasó no había sido mi culpa, que fue responsabilidad de ese maldito que me tendió una trampa, a quien no le importaron las vidas de todas esas personas que murieron en la explosión del edificio, quien incluso miró a los soldados que me atraparon y les dio sus condolencias sin que esos pobres hombres entendieran que fue ese bastardo homicida quien en realidad provocó las muertes de sus familias.

Al miedo, el dolor y la repugnancia que sentía por mí misma, pronto se transformaron en un odio que no podía manejar, que me hizo comprobar que mi arma estaba cargada y caminar desnuda hacia el baño, abriendo lentamente la puerta, sintiendo cómo la rabia y el odio corroían mis venas mientras escuchaba los tarareos de ese maldito genocida, antes de que levantara mi arma y apuntara a su cabeza.

- ¿Quieres que te acompañe, cariño? - le pregunté, pronunciando aquellas palabras con un odio y una voz que ese animal no conocía, haciendo que se alarmara, que hiciera a un lado la cortina de la ducha y abriera mucho los ojos cuando me vio apuntándole con mi arma.

Los disparos no cesaron hasta que no hubo nada más que disparar. Los soldados entraron en la habitación de baño cuando ese maldito ya tenía la cabeza deshecha y su cadáver descansaba en el suelo de la ducha, en medio de un charco de sangre que se seguía extendiendo más y más conforme los segundos pasaban.

Los soldados que me detuvieron no vieron en aquel acto nada más que un asesinato frío y despiadado, sin embargo, en la abominable imagen de su cadáver, lo único que yo pude ver fue el hecho de que en el mundo había otros monstruos como ese animal, otros hijos de puta que planearon aquella abominable trampa y que no merecían seguir vivos, convirtiendo la muerte de esos malditos en el objetivo que definiría el resto de mi vida, en aquello que me haría soportar una existencia como sierva, esperando únicamente el momento en el que pudiera regresarle a La Corporación y al Gobierno Central, toda la sangre que derramaron el día en que su farsa destruyó al movimiento Aurora.

spero que hayan disfrutado del relato. Si desean apoyar mi trabajo, pueden hacerlo suscribiéndose a mi página de PATREON (donde esta serie ya ha terminó) o adquiriendo el TERCER tomo de esta serie en AMAZON (capitulos 14 - 19) (links en mi perfil) Gracias por leer, compartir, comentar y valorar. Linda noche.

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