Xtories

Elisa X

Elisa creía que el silencio de su matrimonio era paz, pero Fisher le ofreció el caos que necesitaba. Con una máscara cubriendo su rostro y la culpa en el pecho, se adentra en un club donde nadie la conoce. Lo que no sabe es que, en las sombras, alguien la observa con la intención de arrancar esa máscara y todo lo que viene detrás.

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Capítulo X

La luz se filtraba entre las cortinas del comedor con un aire que olía a pan tostado y café recién hecho. Elisa servía el desayuno en silencio, con los movimientos calculados de quien ha aprendido a disimular los pensamientos. La cafetera burbujeaba en la encimera mientras el televisor, encendido sin sonido, mostraba un noticiero con imágenes de compras navideñas y luces en las avenidas del centro.

Iván hojeaba el periódico con una concentración que parecía genuina. Frente a él, la niña cortaba una tostada en triángulos irregulares, concentrada en un dibujo a medio hacer en su cuaderno. Todo parecía un retrato familiar correcto, una de esas escenas que podrían enmarcarse sin que nadie notara las grietas invisibles.

—¿Puedo poner los regalos debajo del árbol? —preguntó Natacha de repente, con la voz aún adormecida.

Elisa sonrió.

—Claro, después del almuerzo. Todavía hay que sacar las cajas.

Iván levantó la vista apenas.

—Yo las bajo cuando regrese del restaurante. No me esperen para cenar —dijo, sin emoción.

Elisa asintió. No discutía. Ya había aprendido a leer en él ese tono que mezclaba distancia y rutina. En los últimos meses, su casa se había convertido en un escenario funcional: los roles estaban repartidos, las frases eran cortas, los gestos automáticos. La calidez se fingía en los detalles, como las luces navideñas que colgaban en la sala: decorativas, pero artificiales. Su madre lo notaba, pero callaba

Elisa bebió un sorbo de café, notando que el sabor le resultaba más amargo que de costumbre. Había dormido mal. Una sensación difusa, una inquietud que no lograba nombrar, le oprimía el pecho desde hacía días. Era algo más que cansancio; era una expectación disimulada, una certeza muda de que algo estaba a punto de ocurrir.

Aquella tarde cuando Iván salió, con su bolso deportivo al hombro, el aire cambió. El silencio que dejó tras la puerta se sintió casi físico, liberador. Elisa recogió los platos, ordenó la mesa y dejó que la niña se distrajera con una película. Luego subió al altillo, abrió las cajas polvorientas y bajó los regalos.

A medida que los fue colocando en el rincón del salón, una sensación de nostalgia se le instaló en la garganta. Cada adorno tenía un recuerdo: una Navidad en casa de su madre, una foto vieja con Iván sonriendo, una guirnalda que habían comprado cuando la niña aún balbuceaba palabras. Todo eso parecía pertenecer a otra vida.

Cuando encendió la estrella dorada en la punta del árbol, el teléfono vibró en el bolsillo trasero de su pantalón.

No necesitó mirar para saber quién era.

Fisher.

El mensaje era breve:

“Wir sehen uns am Montag (Nos vemos el lunes). Necesitamos hablar.”

Elisa lo leyó dos veces y sintió que el pulso le temblaba. No había tenido noticias de él desde aquella tarde en que le pidió que se alejara. Fisher había aceptado una pausa, al menos eso había dicho. Pero su ausencia no había sido alivio, sino una tregua incómoda, una respiración suspendida.

Guardó el teléfono sin responder. Respiró hondo y volvió junto a su hija, que enredaba las luces del árbol. Fingió normalidad. Rió cuando algo se enredó, bromeó sobre las luces que no encendían. Pero el mensaje seguía brillando detrás de su frente, como una lámpara encendida.

Esa noche, en la cama, Iván dormía de lado, con el brazo extendido hacia el borde. Elisa se giró despacio, mirando el techo. En su mente, las palabras de Fisher se repetían en silencio. No había dicho quiero verte, había dicho necesito hablarte. Y en esa necesidad había algo que le daba curiosidad y la asustaba al mismo tiempo.

No respondió el mensaje.

Pero tampoco lo borró.

El lunes llegó con un sol pálido. Elisa se arregló como siempre: cabello recogido, pantalón verde agua, blusa del mismo color. Tomó el transporte hacia la clínica y llegó unos minutos antes de las nueve. El pasillo olía a lejía y café instantáneo; las secretarias charlaban sobre los planes para el fin de año.

Encendió su computadora, revisó correos, revisó historiales. Todo parecía bajo control hasta que, a media mañana, sintió una presencia tras ella.

—Buenos días —dijo una voz que reconocería entre mil.

Giró despacio. Fisher estaba allí, apoyado en el marco de la puerta de enfermería, como si nunca se hubiera ido. Llevaba traje oscuro, camisa sin corbata y una expresión tranquila, casi cordial, pero en sus ojos había algo que la descolocó: una calma tensa, el tipo de serenidad que precede al desorden.

—No deberías estar aquí —dijo Elisa, casi en un susurro.

Fisher sonrió, apenas.

—Te envié un mensaje. No respondías. Pensé que era mejor venir.

Elisa se levantó, cerró la puerta con un movimiento rápido y habló bajo:

—Estás loco. No puedes venir así. Si alguien te ve…

—¿Qué van a pensar? Que vine por un informe. Que tengo una reunión. Nadie sospecha nada, Elisa.

La forma en que pronunciaba su nombre la desarmaba. Tenía ese tono grave, medido, que usaba cuando quería dominar el espacio sin levantar la voz.

—¿Qué quieres? —preguntó ella, cansada, más de sí misma que de él.

Fisher dio un paso al frente. Le sobó el culo como si fuera suyo.

Elisa retrocedió

—Quiero que hablemos. Sin rodeos. No puede pretender que todo terminó cuando los dos sabemos que sigue siendo mía.

Elisa lo miró fijo, intentando mantener la compostura. Pero algo en su interior, algo que había intentado sofocar durante semanas, comenzó a agrietarse.

—debe terminar—dijo al fin—. Mi marido sospecha.

—¿De verdad crees eso? —preguntó él, sin moverse.

Elisa bajó la mirada. El silencio entre ambos se volvió espeso. Desde afuera llegaba el rumor lejano de teclas y teléfonos, la normalidad del mundo ajeno. En esa burbuja cerrada, el aire se cargó de una tensión que ningún argumento podía disolver.

—No puedo seguir —murmuró ella—. Tengo una familia.

Fisher la observó con una mezcla de ternura y desafío.

—Eso no impidió que te entregaras a Carl

Elisa sintió el golpe de esas palabras como una bofetada sin contacto.

¿Como lo supo? —- dijo que lo trataste como tu novio

—Fue un error —susurró.

Fisher asintió lentamente.

—Bueno, te propongo que este sea el último.

Ella lo miró, confundida.

—¿Qué estás diciendo?

—Una despedida, si quieres llamarlo así. Este sábado hay una fiesta en el club. Será anónima, todos con máscaras, disfraces. Nadie sabrá quién eres. Solo ve, termina las 30 horas que me debes y fin del cuento.

Elisa retrocedió medio paso.

— ¿Como haré las horas?

— Organizaré una orgía con 9 hombres durante 3 horas, más una hora que me hará con unos bailes.

— ¿ bailes?

— 3 para ser exactos, cada uno de 20 min en la tarima del club

— ¡Delante de todos!, ni hablar

— Tendrá la máscara

— Pero eso suma 28 horas.

— Si. Las 2 horas que faltan me las pagas teniendo sexo conmigo, en el horario y día que mejor te apetezca

— No puedo hacerlo, 9 son demasiados.

—No tienes que decidirlo ahora —respondió él, abriendo la puerta con calma—. Pero piénsalo. A veces, las despedidas no ocurren donde uno imagina y el tiempo de su matrimonio se agota.

El viejo sabía dónde clavar la daga

Se fue.

Elisa quedó de pie, con las manos frías y el corazón desbocado. Se apoyó en el escritorio, intentando recuperar la respiración. Desde la ventana, la ciudad seguía su curso indiferente: autos, humo, gente con bolsas navideñas. Todo tan normal, tan lejano.

Durante el resto del día, trabajó como en trance. Cada palabra, cada firma, cada saludo se sintió como una coreografía aprendida. Pero por dentro, algo se movía, una corriente subterránea de deseo y miedo que la arrastraba sin remedio.

Esa noche, en casa, Iván notó algo distinto.

—Estás callada —dijo mientras servía vino en las copas.

—Cansada, nada más —respondió ella.

El árbol de Navidad brillaba en la sala, proyectando luces verdes y rojas sobre las paredes. La niña dormía en su habitación, exhausta después de una jornada de escuela. El silencio era cómodo, pero no cálido. Elisa observó el reflejo del árbol en el cristal de la ventana: dos figuras sentadas a la mesa, dos sombras que fingían compañía.

—¿Tienes algo el domingo? —preguntó Iván de pronto.

Elisa tardó un segundo en reaccionar.

—No… creo que no. ¿Por qué?

—Pensaba que podríamos ir a casa de mi hermana. Su pareja hará una cena con amigos y nos han invitado.

Elisa fingió sonreír.

—Tal vez, aunque podría quedarme con Natacha. No he dormido bien estos días.

Iván asintió, aceptando sin insistir. Así funcionaban ahora: cada uno se daba espacio al otro, como si temieran estorbarse.

Cuando él se durmió, Elisa se quedó en el sofá, mirando el parpadeo de las luces del árbol. Pensó en Fisher. En su voz. En la invitación. En la promesa velada detrás de su propuesta: una última vez.

Sabía que debería borrarlo de su mente. Pero la idea del anonimato, del disfraz, del lugar donde nadie sabría quién era dando fin al contrato, empezó a adquirir una forma casi poética. Un regreso a la libertad.

Durante la semana, la rutina continuó como siempre. Elisa iba al trabajo, regresaba, ayudaba a su hija con las tareas, escuchaba los mismos programas de radio en el auto. Pero cada noche, antes de dormir, pensaba en el sábado.

El jueves, Fisher volvió a escribirle:

“No puedo esperar más. Dígame su opinión, sabrá dónde.”

No respondió, pero más tarde se rindió, aquel hijo de puta tenía razón, aquello debía terminar. Le envió un mensaje. Acepto, envíeme la dirección

El viernes, después de dejar a su hija en la escuela, detuvo el taxi frente a la tienda de disfraces que Fischer le indicó. Entró con el corazón acelerado, fingiendo curiosidad. La dependienta la saludó con una sonrisa profesional y le mostró varias opciones. Elisa fingió indecisión, tocando las telas, observando los colores. Finalmente, eligió una máscara sencilla, color negro, que cubría la mitad del rostro.

Nombró a Fisher y todo fue puesto en la bolsa.

Esa noche, mientras doblaba la ropa limpia en el dormitorio, Iván le habló desde el pasillo:

—Al final irás a casa de mi hermana el domingo? No creo, me toca guardia toda la noche en el hospital.

Iván guardó silencio. Elisa no le veía el rostro, pero lo imaginaba. Iván cariño es la última. El jefe dijo que después de hacer esta me dejará en el turno de día

parado en el marco de la puerta asintió, sin levantar la vista.

—“.

Fue una mentira suave, dicha con una naturalidad que la sorprendió.

El sábado llegó envuelto en una calma engañosa. La mañana transcurrió entre tareas domésticas, risas con su hija y llamadas triviales. Pero debajo de todo eso, su mente contaba las horas.

Por la tarde, cuando el cielo empezó a tornarse violeta, Iván se despidió con un beso distraído y una broma sobre no esperarlo. Elisa lo vio salir desde la ventana, observando cómo el se alejaba por la calle.

El silencio que siguió fue distinto al del domingo anterior. Tenía otra textura, una electricidad apenas perceptible.

Cuando la madre se fue a su habitación entró al dormitorio, cerró la puerta y se quedó quieta frente al espejo. La caja con el vestido y la máscara la esperaba escondidas en el armario. Abrió la tapa con cuidado, como quien abre una carta que no quiere leer.

El vestido era negro, muy corto, de tela ceñida, con un brillo tenue, a juego un sujetador y mini tangas de encaje. No recordaba haber probado algo tan diminuto antes. Mientras lo sostenía contra el cuerpo, recordó la voz de Fisher, su mirada en la oficina, la manera en que había dicho una despedida.

Encendió una lámpara tenue. Se quitó la ropa con movimientos lentos, casi rituales. Mientras se vestía, el sonido de la tela deslizándose sobre su piel le pareció exageradamente audible, como si el silencio amplificara todo.

Frente al espejo, se maquilló con sombra oscura, labial de tono marrón y finalmente, la máscara sobre su rostro. La imagen que le devolvió el reflejo la desconcertó: una mujer distinta, más fría, más segura, con una sombra de misterio en la mirada. No era la esposa que servía café por las mañanas, ni la madre que ayudaba con las tareas. Era otra.

Se acercó un poco más al espejo.

Por un instante, no supo si admiraba o temía a esa mujer.

El reloj marcaba las once. Su madre y Natacha dormían. El auto de Fisher llegaría pronto, o quizá ya la esperaba. Elisa tomó su abrigo, guardó el teléfono en el bolso y se quedó quieta un momento más, observando las luces del árbol encendido al fondo del pasillo.

El parpadeo verde y rojo se reflejaba en el suelo como un recordatorio: el mundo seguía allí, ordenado, tranquilo, ajeno a lo que estaba a punto de hacer.

Suspiró.

Cerró los ojos.

Y en ese instante, antes de salir, comprendió algo que no se atrevió a decir en voz alta: que su aceptación no era rendición, sino búsqueda. Que no corría hacia Fisher, sino hacia algo que necesitaba recordar o destruir.

Abrió la puerta. La noche la recibió con un aire helado como la muerte. Se colocó el abrigo que le cubre hasta las rodillas y caminó dos cuadras hasta llegar al taxi que la esperaba en la esquina.

Es tu última noche ágata —- murmuró para si — y entró sin mirar atrás.

Dos días antes:

Iván reflexionaba la noche de sexo con su esposa, había querido revivir el amor impulsado por la fe obstinada en el amor. Se repetía “ella me ama”. Sin embargo, ese amor se había sentido distante, frío, extraño. Después de pensar en el vestido escondido, la imagen, aunque distante de ella en el restaurante y la sensación de vacío en la cama, llegó a una conclusión. Las señales eran inequívocas, no podía seguir justificándolas.

Iván habló con su jefe, el chef Makoto

Preguntó cuando tendría vacaciones y este le dijo que tenía 15 días acumulados, sin embargo, le aclaró que en Navidad solo le podía dar 7 por la alta demanda.

Iván solicita una semana por asuntos personales y al día siguiente Elisa le comenta que tiene guardia en el hospital

El sábado a las 7:40 pm Iván se despide de su esposa, pero en vez de irse espera pacientemente en un sitio no visible del parque, mientras lo hace fuma un cigarro, luego otro, después camina, lee un libro hasta que finalmente a las 11:00 pm la ve salir.

Se apresura a tomar la moto, se pone el casco y la sigue a una distancia prudencial.

Elisa camina dos cuadras y luego se sube a un taxi sin preguntar, es evidente que aquel hombre la esperaba, así como también es evidente que ella lo conocía.

Se sienta en el asiento trasero y esté arranca. Iván los sigue.

Tras 25 minutos el taxi se detiene frente a un club de lujo llamado Paradise luxury. Es un local VIP situado en un edificio de la zona bancaria

La ve bajar con una máscara, luego camina hasta la puerta con total normalidad. Los porteros retiran la cadena y ella se adentra, perdiéndola de vista.

Iván suspira, apaga la moto y por un momento duda, pero camina hasta la puerta a sabiendas que dentro verá su mundo destruirse. Murmura — no puedo más, es hora de enfrentarla.

Continuará….

Publicados:

Cap I Saura

Cap Ii Peter28

Cap III Saura

Cap IV Peter28

Cap V Saura

Cap VI Peter28

Cap VII Saura

Cap VIII Peter28

Cap IX Saura... Gracias Totales