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Unos vecinos influencers 25. Cenar después de la

Descubrí el rastro de su amante en la piscina de mi hijo y, en lugar de huir, me arrodillé. Ahora preparo la cena para los dos, sabiendo que mi lugar no está a su lado, sino en una butaca, viendo cómo me destruyen.

LuzOscura904.5K vistas6.2· 13 votos

CAPÍTULO 25

Cenar después de la tormenta

"Cuando cocinamos algo elaborado, la mente se aquieta entre los pasos de la receta. Medir, cortar y probar se vuelve una forma de silencio: un modo de concentrarse en el presente para no escuchar lo que duele por dentro."

Allí estaba, plantado en el borde de la piscina, el agua goteando de mi cuerpo y formando un charco a mis pies. Pero no era solo agua. Mi mirada, nublada por la rabia y la incredulidad, se fijó en una mancha blanquecina que se diluía lentamente en la superficie del agua, justo donde Teddy había estado unos segundos antes. Su semen. El cabrón se había corrido en nuestra piscina. Ese pequeño detalle viscoso, flotando como una medusa fantasma, fue el colmo. La evidencia física, obscena e innegable, de que todo había sucedido.

Eso había tocado fondo. No había vuelta atrás, no había más capas de mentira que pudieran cubrir esta situación. Se la había estado metiendo delante de mis ojos, delante de los ojos de mi hijo. Y ahora su semen flotaba en el agua donde mi hijo nadaba.

Una furia fría, más allá del grito y la desesperación, se apoderó de mí. Sin decir una palabra a Alex, que seguía en el agua, pálido y mudo, giré sobre mis talones y crucé el jardín con pasos largos y enérgicos. La hierba mojada se pegaba a mis pies descalzos, pero no sentía nada excepto el latido de la sangre en mis sienes.

Subí las escaleras de dos en dos. La puerta de nuestro dormitorio estaba cerrada. No llamé. La empujé con tanta fuerza que golpeó contra la pared con un estampido seco.

Y allí estaba ella.

Clara, completamente desnuda, arrodillada en el borde de la cama. La espalda arqueada, la cabeza echada hacia atrás. Una mano se aferraba a las sábanas revueltas, la otra empuñaba un consolador negro y grueso que se movía con un ritmo frenético y húmedo entre sus piernas. Su cuerpo estaba en tensión, los músculos de sus nalgas y muslos temblaban con el esfuerzo y el placer. Jadeaba, con los ojos cerrados, sumergida en la fantasía que Teddy y ella habían creado.

"Tu mujer ahora mismo está muy cachonda... hay que dejarla así... enseguida me buscará..."

Las palabras de Teddy resonaron en mi cráneo como un maldito oráculo. Él lo sabía. Lo había planeado. La había dejado al borde, con el motor en marcha, y se había ido, seguro de que ella acudiría a él. Y ella, en lugar de correr detrás de él, estaba aquí, intentando llegar al final por sí misma, con la imagen de su amante seguramente grabada en la retina.

—¿Qué haces? —grité.

La voz no me salió como un rugido, sino como una estrangulación, áspera y cargada de un dolor tan inmenso que por un segundo ni siquiera la reconocí como mía.

Clara se sobresaltó violentamente. El consolador cayó sobre la cama con un ruido sordo. Sus ojos se abrieron de par en par, encontrando los míos. No hubo vergüenza en su mirada en ese primer instante. Solo sorpresa, y luego, un destello de algo que parecía... irritación. Como si yo hubiera interrumpido algo sagrado.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier gemido. Allí estábamos los dos, desnudos cada uno a nuestra manera, ella en su carne, yo en mi verdad, como un testigo mudo de que nuestro matrimonio ya no era más que el escenario de la perversión de otro.

—Nada. Solo necesitaba quitarme el calentón —lo dijo tal cual. Sin miramientos, sin disculpas, como si estuviera comentando que tenía sed.

Algo se desbordó dentro de mí. La imagen de ellos en la piscina, el gemido, la mirada de desafío, la polla empalmada de Teddy... todo estalló en un solo instante.

—¿Pero tú ves normal —escupí, avanzando hacia ella— que te clave el vecino delante de mí y de tu hijo? ¿Pero tú estás bien?

Ella se giró, enfrentándome. Sus ojos brillaban, pero no con lágrimas, con furia.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me esconda?

Fue entonces. Sin pensármelo dos veces, armándome de un valor que me venía de lo más profundo de la rabia y el dolor, levanté la mano y le di un tortazo. No una bofetada suave, sino un golpe seco y resonante que hizo que su cabeza girase bruscamente y un marcado carmesí apareciera en su mejía. Era el golpe que llevaba años queriendo dar, no a ella, sino a Teddy, a la situación, a mi propia impotencia, y que había descargado sobre el rostro de la mujer que una vez amé.

Clara se llevó la mano a la mejilla, con los ojos abiertos de par en par, incredulidad y un dolor genuino asomando en ellos.

—¿Qué haces? —susurró, su voz temblorosa. Se giró hacia mí completamente, desafiante a pesar de la lágrima que asomaba—. ¿Te has vuelto loco?

—¿Ahora el loco soy yo? —grité, la voz quebrada por la emoción—. ¿No podías follártelo como has estado haciendo este finde, y a saber si alguna vez más? ¿Qué necesidad había de follártelo delante de mí? ¡DELANTE DE NUESTRO HIJO, CLARA!

Ella no se inmutó por mi conocimiento del fin de semana. No hubo sorpresa en su rostro, solo un amargo fastidio, como si yo estuviera estropeando algo con mi histeria.

—No lo planeamos —dijo, con una frialdad que me heló—. Se le fue la cabeza. Y yo le empujé para que parara, ¿no lo viste? —Su mirada era un desafío—. Yo no quería follar delante de Alex.

Ahí estaba. La confesión. No una disculpa, sino una justificación. No negaba el acto, solo el escenario. Su moral estaba tan quebrada como la mía, pero por razones distintas. A ella le importaba el "delante de Alex". El "delante de mí" parecía ser un detalle menor, un daño colateral en su búsqueda de placer. Me quedé mirándola, jadeando, con la mano aún ardiente, dándome cuenta de que el golpe no había restaurado nada. Solo había abierto un nuevo abismo, más profundo y oscuro, entre nosotros.

—¿De verdad? ¿Esa es tu excusa? —bufé, sin poder contener un amago de risa amarga—. ¿Que no lo planeasteis? ¡Me tomas por idiota, Clara! ¡Todo el finde! ¡Todo el finde os habéis estado follando mientras Alex y yo pescábamos como dos imbéciles! ¿Y ahora resulta que fue cosa de un momento? ¡Mientes!

—¿Y tú qué sabrás? —me escupió ella, recuperando el aliento, su dolor transformándose en furia—. ¿Tú qué sabes de lo que yo necesito? ¡Llevo años durmiendo con un hombre que prefiere mirar desde la ventana a vivir! ¡Siempre observando, siempre con tus putas dudas y tus miedos! ¡Teddy, al menos, tiene huevos!

Cada palabra era un golpe bajo, buscando una herida que conocía demasiado bien.

—¡Ah, sí! ¡Los tiene tan grandes que se los ha tenido que follar mi mujer para comprobarlo! —grité, avanzando otro paso—. ¡Y no contenta con eso, te la empotra en la piscina, delante de tu familia! ¿Eso es vivir, Clara? ¿Eso es ser valiente? ¡Es ser una zorra!

Ella no retrocedió. Al contrario, escupió la réplica con desprecio.

—¡Y tú eres un cornudo! ¡Un cornudo consentido! Porque tú también querías esto. Lo buscaste. Con tus indirectas, con tus "juegos", abriendo la puerta para que alguien como Teddy entrara. ¡No tienes derecho a ponerte ahora así! ¡Tú pusiste la primera piedra de esto!

La acusación me alcanzó en lo más profundo, porque sabía que contenía una verdad envenenada. Mi propia curiosidad malsana, mi debilidad, habían sido el abono para esta catástrofe.

—¡Yo abrí la puerta para que probaras cosas nuevas, no para que me destrozaras la familia! —rugí, la voz quebrándose—. ¡Para que me destrozaras a nuestro hijo! ¿Has visto su cara, Clara? ¿Has visto la cara de Alex cuando gemías como una puta para ese cretino?

Por primera vez, un destello de algo que no era rabia cruzó sus ojos. Dolor. Culpa. Pero fue fugaz.

—¡No le arrastres a esto! ¡Esto es entre tú y yo! —gritó, señalándome con un dedo acusador—. ¡Tú y tu incapacidad para ser un hombre! ¡Para darme lo que necesito! Si hubieras sido más, si me hubieras mirado como él lo hace, nada de esto habría pasado.

—¡Así que ahora es culpa mía! —soltó una risa seca, desesperada—. ¡Claro! ¡Porque yo no te escupo en la cara o te doy una hostia en un pecho! ¡Lo siento, Clara, por tratarte con un mínimo de respeto durante nuestro matrimonio! ¡Por no ser un animal!

—¡Pues quizá es lo que necesitaba! ¡Un animal! —vociferó ella, las lágrimas asomando finalmente, de rabia y de frustración—. ¡Alguien que no me viera como la madre de sus hijos o la esposa perfecta! Alguien que solo me viera... eso. ¡Una puta! ¡Y me ha encantado, ¿sabes?! ¡Me ha encantado!

El silencio que siguió fue más ensordecedor que todos los gritos. Nos quedamos mirándonos, jadeando, dos enemigos agotados en el campo de batalla de nuestro dormitorio. Ya no había secretos. No había mentiras que valieran. Solo el rostro desencajado del otro y el frío reconocimiento de que, independientemente de quién tuviera la culpa, lo que éramos se había roto para siempre. Y las palabras, ahora, solo servían para remover los escombros.

La última palabra de Clara resonó en la habitación como un disparo. "¡Me ha encantado!". Esas tres palabras, cargadas de un odio visceral y una verdad demoledora, fueron el golpe final. Todas mis acusaciones, mi rabia, mi tortazo... todo se desvaneció ante esa confesión cruda y triunfante.

La fuerza se fue de mis piernas. Ya no era el marido cornudo iracundo, sino simplemente un hombre vencido. Un sollozo seco, desgarrado, se escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerlo. Mis rodillas cedieron y caí al suelo, sobre la moqueta húmeda que había dejado el rastro de la piscina. El peso de todo—de la traición, de la imagen en el jardín, de los gemidos en la piscina, de la complicidad de mi hijo, de mi propia ceguera—se vino encima de una vez, aplastándome.

Las lágrimas llegaron entonces, no silenciosas, sino con la fuerza de un torrente. Enterré el rostro en mis manos, y mi cuerpo se estremeció con cada sollozo.

—Lo siento... —logré articular entre jadeos, la voz irreconocible, rota—. Clara, lo siento mucho.

Ella se quedó de pie, mirándome desde arriba, su furia dando paso a una sorpresa incómoda.

—Perdóname... —supliqué, sin levantar la vista, hablando a la moqueta—. Por no entenderlo. Por no verlo. Por no ser... lo que necesitabas.

Cada palabra me costaba un esfuerzo sobrehumano, pero salían de un lugar auténtico, del fondo del abismo en el que acababa de caer.

—Tienes razón... en todo. —tragué saliva, ahogándome en mi propio llanto—. Yo te encerré en una jaula. Te convertí en la madre, en la esposa... y te quité todo lo demás. Te quité a ti.

Levanté la vista hacia ella, con la visión nublada por las lágrimas. Su rostro ya no era de rabia, sino de una confusión profunda. Ver al hombre que había sido su pilar, derrumbado y suplicando en el suelo, debió de ser un espectáculo tan chocante como verla a ella gemir para otro.

—Solo quería darte una vida estable... una familia... —continué, temblando de pies a cabeza—. Y no vi que te estabas muriendo dentro. No vi las señales. Fui un ciego. Un egoísta.

Mi mano, la misma que le había golpeado, se arrastró por la moqueta para tocar su pie descalzo. Un gesto de sumisión total.

—Perdóname por no ser suficiente. Por no tener sus... huevos. Por no saber follarte como él lo hace. —La admisión, tan humillante, tan cruda, me salió sin filtro, purgando toda la bilis acumulada—. Pero te juro que te amo. Que siempre te he amado. Y que haré lo que sea... lo que sea, Clara... por recuperarte. Por entender lo que necesitas. Aunque me cueste la vida. Aunque tenga que aprender a ser otro hombre.

Me quedé allí, arrodillado, vaciado, esperando su veredicto. Ya no había orgullo. No había rabia. Solo el silencio, roto por mis hipidos, y la figura de mi mujer, contemplando los restos del hombre con el que se había casado, preguntándose, quizá, si entre esos escombros quedaba algo que valiera la pena salvar. O si, simplemente, yo ya era sólo un recuerdo incómodo de la vida de la que ella tan desesperadamente quería escapar.

El silencio se extendió, pesado como una losa, solo roto por mis sollozos. Clara me miraba desde su altura, y en sus ojos ya no había confusión, sino una evaluación fría. Mi súplica se desparramaba a sus pies, un regalo desesperado y patético.

—Ya es tarde —dijo al fin, y su voz era plana, sin rastro de la emoción que me estaba destrozando—. Demasiado tarde para todo eso.

—No —supliqué, arrastrándome de rodillas un poco más cerca, agarrando el dobladillo de su bata—. No lo es. Haré lo que sea, Clara. Lo que sea. Si... si tengo que ser un cornudo consentido, lo seré. Pero déjame estar a tu lado. Déjame tratarte como la reina que eres. Te lo prometo. Seré mejor. Aprenderé.

Mis palabras, impregnadas de una degradación absoluta, surtieron efecto, pero no el que yo esperaba. Una sonrisa lenta, malvada, comenzó a dibujarse en sus labios. No era una sonrisa de perdón o de conmiseración. Era la sonrisa de alguien que acaba de descubrir que tiene un poder ilimitado sobre otro, y que disfruta del sabor amargo de ese poder.

—¿Harás lo que sea? —repitió, con un deje burlón.

—Lo que sea —confirmé, con la ferviente esperanza de un fanático.

Ella se inclinó ligeramente, y su rostro quedó a centímetros del mío. Su aliento olía a menta y a la piscina.

—Pues hay una cosa... —susurró, y su sonrisa se amplió, mostrando los dientes—. Una cosa con la que sí me he quedado con ganas. Más que con el calentón de la piscina.

Me quedé quieto, mirándola, sin entender, pero con un frío mortal recorriéndome la espina dorsal.

—Me he quedado con ganas —continuó, cada palabra un latigazo— de que veas cómo me folla un hombre de verdad. No un revolcón rápido en la piscina. No a escondidas. Quiero que te sientes en esa butaca —señaló con la cabeza la butaca de lectura en un rincón— y que veas, de principio a fin, cómo Teddy me deshace. Cómo me hace gritar. Cómo me convierte en lo que él quiera. Y quiero verte a ti, mirando. Como el buen cornudo consentido que dices que quieres ser.

El mundo se detuvo. Mi oferta de sumisión, mi promesa de humillación infinita, había sido aceptada, pero de una forma tan monstruosa que ni en mis peores pesadillas lo había imaginado. No me pedía que lo tolerara. Me pedía que fuera testigo. Que fuera el público de mi propia ejecución.

Y allí, de rodillas, con el rostro aún marcado por las lágrimas, supe que había cruzado un punto del que no había retorno. Había ofrecido mi alma para salvarla, y ella, con una sonrisa malvada, me estaba pidiendo que la arrojara a los pies de otro hombre. Y lo más aterrador era que, en lo más profundo de mi ser, una parte retorcida y enferma sentía un punzante y vergonzoso destello de excitación ante la propuesta.

La sonrisa de Clara era un abismo, y yo estaba al borde, mirando hacia dentro. Sus palabras, esa propuesta obscena, colgaban en el aire entre nosotros, envenenando cada partícula de oxígeno. Un "no" rotudo, una bofetada, una huida... cualquier otra reacción habría sido humana. Pero yo ya había dejado de serlo.

—No... —logré articular, pero fue un susurro débil, sin convicción, la última y patética resistencia de un hombre ahogándose—. Clara, eso es... no puedes pedirme eso.

—¿No? —arqueó una ceja, su sonrisa no se inmutó—. Pero si acabas de decir "lo que sea". ¿Tan rápido te echas atrás, campeón? —El sarcasmo en su voz era como ácido—. ¿O es que solo querías ser mi perrito faldero cuando no tuviera consecuencias?

Me estremecí. Ella tenía el cuchillo clavado en la única herida que importaba: mi debilidad, mi inconsistencia. Había ofrecido mi sumisión, y ahora que me pedía el precio real, quería negociar.

—Es que... es nuestro hijo —musité, buscando desesperadamente un arma, cualquier arma—. Alex... no puede...

—Alex no se enterará —cortó ella, con una frialdad aterradora—. Estará en su habitación, o fuera. Tú y yo. Y Teddy. Y esa butaca. Es entre adultos.

Miré la butaca. Era de terciopelo granate, el lugar donde leía por las noches, donde a veces me sentaba a verla dormir. Iba a convertirla en el trono desde el que presidiría mi propia aniquilación.

—Yo... no sé si podré —confesé, y era la verdad más pura que había salido de mí en días.

—Claro que podrás —susurró ella, agachándose de nuevo hasta quedar a mi altura. Su mano, fría, me acarició la mejilla, donde segundos antes había recibido mi golpe. El contraste era demencial—. Porque lo deseas. En el fondo, siempre lo has deseado. Ver hasta dónde puede llegar la mujer de la que te enamoraste. Ver de lo que soy capaz. Es tu fantasía más sucia hecha realidad, y lo sabes.

Me estaba desgarrando por dentro con una precisión de cirujano. Cada palabra era un hilo que tiraba de la parte más oscura y morbosa de mi ser, la misma que me había llevado a no poner límites, a alimentar este fuego. La misma que, ahora, sentía un latido de excitación emponzoñada ante la perspectiva.

Un sollozo se me escapó, pero esta vez no era solo de dolor. Era de rendición.

—Está bien —dije, y la palabra salió como un suspiro roto, cargado de toda la vergüenza del mundo—. Lo haré.

La sonrisa de Clara se transformó en algo triunfal, glorioso. Sus ojos brillaron con una luz que no le había visto en años.

Se dio la vuelta con un movimiento fluido, y en lugar de salir de la habitación, se dirigió al buró donde reposaba su móvil. Lo cogió con una naturalidad aterradora. Yo seguía arrodillado en el suelo, paralizado, viendo cómo mi sentencia se sellaba en tiempo real.

Sin la menor sombra de duda o vergüenza, desbloqueó la pantalla, pulsó el icono de mensajes y seleccionó el contacto de Teddy. Luego, pulsó el botón de grabar audio. Me miró fijamente mientras llevaba el teléfono a sus labios, asegurándose de que yo fuera testigo de cada milímetro de mi humillación.

—Hola, cielo —dijo su voz, dulce y cargada de una intimidad que me partió el alma—. ¿Planes para cenar? He pensado que podrías venirte a casa. Mi marido —hizo una pausa deliberada, y su mirada se clavó en la mía, burlándose de la palabra— va a preparar algo. Seguro que se le da mejor cocinar que otras cosas. ¿Te apetece?

Soltó una risita baja, sensual, antes de soltar el botón y enviar el audio.

Dejó el móvil sobre la cama y se acercó a mí de nuevo. Me pasó la mano por el pelo, como se le haría a un perro obediente.

—Venga —dijo, con una falsa condescendencia—. Levántate. Tienes que preparar una cena especial para tres. ¿Qué se te da bien? ¿Algo que no requiera demasiada... virilidad?

Cada palabra era una aguja envenenada. Me levanté, las piernas temblorosas, sintiendo el peso de las cadenas que acababa de forjarme con mi propia boca. Asentí, incapaz de hablar, y salí del dormitorio camino de la cocina, con el eco de su voz llamando "cielo" a Teddy y la imagen de su sonrisa triunfal grabada a fuego en mi mente. Iba a preparar la cena para mi mujer y su amante. Y luego, después del postre, me sentaría en una butaca a ver cómo acababa el espectáculo. El camino al infierno, me di cuenta, no solo estaba empedrado de buenas intenciones, sino también de concesiones cobardes y de la ruinosa creencia de que, agachando la cabeza lo suficiente, uno podía salvar algo. Esa noche, iba a descubrir hasta qué punto estaba equivocado.

Bajé las escaleras como un autómata, cada paso un esfuerzo contra la inercia que me empujaba a desplomarme. El silencio de la casa era opresivo. En la cocina, el brillo clínico de la limpieza de Clara me pareció ahora la antesala de algo siniestro.

Saqué el móvil con manos temblorosas. "Cena romántica para tres", tecleé en el buscador. La ironía era tan amarga que casi me atraganto. Los algoritmos, ajenos a mi drama, me ofrecieron recetas de pasta, risottos, pescados al horno. Elegí un risotto de gambas y alcachofas. Suficiente elaborado para parecer un esfuerzo, suficientemente suave para no entorpecer lo que vendría después. ¿Le estoy preparando la cena al amante de mi mujer para que se la folle con más energías? La pregunta, retórica y envenenada, resonaba en mi cabeza con cada corte de cebolla, con cada revoloteo del arroz en la sartén.

Pasé toda la tarde en ello.Salpiqué cada especia con una concentración maniática. Era lo único que podía controlar. El acto de cocinar se convirtió en un rito absurdo, una forma de apaciguar la ansiedad que me devoraba por dentro. Cuando terminé, el risotto estaba perfecto, cremoso, con las gambas rosas y las alcachofas doradas. Una obra maestra de la humillación.

Subí a vestirme. Me puse un traje azul marino, una camisa blanca. El "buen anfitrión". Me miré en el espejo. El hombre que me devolvía la mirada tenía los ojos hundidos, la piel cetrina. Por dentro era un flan, un temblor continuo. El nudo de la corbata me pareció una soga.

Entonces, sonó el timbre.

El corazón se me disparó contra las costillas, un pájaro aterrorizado intentando escapar. Cada latido era un martillazo de miedo y anticipación. Respiré hondo, un aire que no llegó a mis pulmones, y caminé hacia la puerta con las piernas de plomo.

Al abrir, allí estaba él. Teddy. Con una camisa blanca impecable, tan ajustada que marcaba cada músculo de su torso. Unos pantalones negros de corte perfecto y una botella de vino blanco en la mano. Olía a colonia cara y a arrogancia.

Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, y una sonrisa amplia y condescendiente se le dibujó en la cara.

—Banquero —saludó, como si fuera mi nombre—. Veo que has entrado en razón. Y quieres que te dé clases de cómo montar una potra en condiciones —soltó, y sin esperar invitación, entró, dándome una palmada en el hombro que pretendía ser de camaradería pero que sonó como una marca de propiedad.

Se rió, una carcajada que resonó en el recibidor vacío, y se dirigió directamente a la cocina, olfateando el aire.

—Huele bien, ¿eh? Al menos eso se te da.

Yo me quedé en la puerta, aún semiabierta, viendo cómo el hombre que iba a follarse a mi mujer en unas horas se paseaba por mi casa como si fuera suya, criticando mis habilidades culinarias y, de paso, mi hombría. El traje que llevaba puesto ya no me hacía sentir un anfitrión, sino un mayordomo. El mayordomo de mi propia ejecución

Y entonces apareció Clara, bajaba las escaleras con una calma que parecía ensayada. El vestido blanco se ceñía a su figura como si hubiera sido dibujado sobre su piel, largo hasta el suelo, de tela suave que acompañaba cada movimiento con un leve susurro. La tela se cruzaba sobre el pecho, dejando un escote profundo que atrapaba la luz, y se anudaba al cuello con un giro elegante que alargaba su silueta. El blanco contrastaba con el tono cálido de su piel, y a cada paso el brillo del tejido se mezclaba con el reflejo dorado de sus accesorios: anillos, un brazalete fino, pendientes discretos. El cabello, recogido en un moño suelto, dejaba escapar algunos mechones que enmarcaban su rostro. Mientras bajaba, no solo llamaba la atención por su belleza, sino por la seguridad con la que lo hacía, como si el mundo entero se hubiera detenido solo para verla llegar.

Sin poder evitarlo, como un reflejo, una sonrisa se dibujó en mis labios. Era la misma sonrisa tonta, llena de admiración y de orgullo, que siempre me salía cuando la veía bajar así, preparada para conquistar el mundo a mi lado. Por una fracción de segundo, todo fue normal.

Hasta que Teddy se inclinó hacia mí. Su aliento, caliente y cargado con el olor del vino que ya había empezado a beber, me rozó la oreja.

—Joder, menudas tetas —susurró con voz ronca, las palabras manchando el momento—. Me voy a comer de primero, de segundo y de postre.

La sonrisa se me congeló en el rostro, transformándose en una mueca tensa. Clara llegó al final de la escalera, y Teddy, con una naturalidad que me dejó sin aliento, le rodeó la cintura con el brazo, atrayéndola hacia sí. Ella se dejó hacer, con una sonrisa coqueta y cómplice.

—Vamos, preciosa —dijo él, guiándola hacia la cocina sin siquiera mirarme—. A ver qué nos ha preparado hoy nuestro mayordomo para cenar. Tiene buena pinta, la verdad —añadió, riéndose abiertamente de mí.

Clara se rió también. Una risa ligera, que sonó como un aplauso a mi humillación.

Yo me quedé allí, plantado en el recibidor, con la sonrisa fantasma aún pegada a la cara y el sabor a sangre en la boca de morderme la lengua con tanta fuerza para no gritar. "Nuestro mayordomo". La frase resonaba en mi cabeza mientras los veía desaparecer en la cocina, él con la mano posesiva en su cadera, ella riendo. Estaba sirviendo la cena, sí. Pero el menú principal, el plato fuerte, lo iban a disfrutar ellos dos más tarde, y yo tenía un asiento de primera fila reservado. Y por la forma en que me miraban, sabían que lo sabía.

Continuará…