Xtories

MENSAJE POR ERROR. Teresa

El té hirviendo reveló lo que las palabras callaban: una erección indiscreta bajo la mesa y una mirada que no debería haber existido. Ahora, con la piel ardiente y el secreto guardado, Cristian debe navegar entre la madre de su novia y su propia madrastra, donde cada interacción es un campo minado de deseo y vergüenza.

aSeneka10K vistas9.4· 20 votos

Teresa

En casa de Cristina, fue su madre quien le recibió. Estaba sola y le hizo pasar a la cocina mientras terminaba de recogerla. Su hija no tardaría en llegar, según le dijo. Ella estaba aprovechando la tarde para hacer limpieza en casa. Cristian se maldijo por dentro por su mala suerte.

Hoy no iban a follar en la cama de sus padres.

Sin otra opción decidió, pues, quedarse charlando con ella hasta que llegara. Irse por donde había venido podía hacerle quedar mal, así que, se sentó junto a la mesa donde pudo apreciarla con detenimiento.

Los rasgos de su pasado hippy habían desaparecido por completo y, de aquella lejana época, apenas podían apreciarse tres tatuajes borrosos en sendos dedos de su mano izquierda. Los abundantes orificios que otrora llevara en sus orejas también habían desvanecido y, de ellos, solo quedaban aquellos de donde colgaban un par de pendientes clásicos de perla.

Constató que de joven debió haber sido una hembra espectacular a tenor de la figura que aún conservaba, con las anchuras propias de la edad, pero bien conservadas y de carnes duras. Cristian sonrió para sus adentros imaginando guarradas con ella.

«A lo mejor sea en ti en quien piense cuando me folle a tu hija», se dijo.

—¿Quieres un té? —preguntó ella aún de espaldas a él.

—No, gracias, señora. No suelo tomar esas cosas.

—Es Rooibos. —Cristian la miró sin comprender. Ella se giró al comprobar su mutismo—. No tiene teína y es rico en antioxidantes —aclaró—. Es originario de Sudáfrica.

Intentaba no poner cara de asco. Nunca le había gustado probar ese tipo de mierdas de viejos y menos si venían de un continente tan chungo.

—Iba a hacer uno para mí —apostilló ella—. Podrías tomarte otro conmigo mientras esperamos a Cris.

Eso lo cambiaba todo.

Poco después, Teresa colocaba una taza humeante frente a él. La había llevado cogida por el platillo evitando quemarse.

—El truco está en hervir bien el agua para que disuelvan todas las sustancias de la hoja —aclaró ella—. No lo tomes todavía o te abrasarás.

La sonrisa llena de ternura de la señora evocaba en él otra cosa muy diferente en su entrepierna. Mientras tomaba asiento, bajó la vista hasta su escote donde se apreciaba el nacimiento de sus generosas tetas. Teresa debió darse cuenta porque carraspeó y se tapó ligeramente.

Él apartó la vista con rapidez y, para disimular, sopló su taza provocando que la nube de vaho dibujara una estela alargada. Ella le imitó, pero el suyo fue un gesto medido, poniendo sus labios carnosos en forma de U que a Cristian le pareció que le daban un rictus muy sensual.

—Ya veo de quién ha heredado Cristina toda su belleza —dijo mirándola de reojo.

Ella forzó una sonrisa amable.

—No hace falta que me adules para ganarte el aprecio de tu suegra.

—En realidad estaba ligando —bromeó—. Si lo de Cristina falla…

Teresa lo miró con curiosidad durante unos segundos antes de volver a regalarle una sonrisa dulce. Posó la cara en la palma de su mano y el codo en la mesa. Le observaba fijamente intentando leer en sus ojos. Después, hundió la bolsita de infusión en el agua caliente y se tomó su tiempo en dar la réplica.

—Eres un chico muy guapo. No te costaría mucho que me dejara conquistar.

Nueva mirada de reojo que Cristian supo leer al instante. No hablaba en serio, simplemente le seguía el rollo y le tomaba las medidas para ver de qué pie cojeaba. Esa mujer era más sagaz de lo que parecía a primera vista. Optó por dar un paso atrás para no quedar como un niñato salido que dispara a todo lo que tiene tetas. Le devolvió la sonrisa cómplice y se mantuvo callado unos segundos en los que aprovechó a remover su bolsita de té.

—Era broma. Desde que estoy con Cris, ya no existe nadie más para mí. Estoy demasiado enamorado como para no querer perderla por nada del mundo.

Pudo percibir su semblante de satisfacción y se alegró por haber acertado en su respuesta.

—Y a mí me dolería que lo hicieras. Me encanta tenerte como yerno. Creo que eres lo mejor que le ha pasado a mi niña en mucho tiempo. Hacéis tan buena pareja.

Sabía de sus otros novios con sus malas pintas y sintió el regusto del triunfo que disimuló tras un complacido arqueo de cejas. Si ella supiera que bajo la mesa había una erección de campeonato por su culpa, no le iba a doler tanto.

Se volvió a producir otro silencio tan espeso como incómodo. Cristian agachó la cabeza hacia su taza. El vaho de su té dibujaba volutas aleatorias en el aire y pronto empezó a ponerse nervioso por ese mutismo que deseaba ver roto a toda costa.

—¿Puedo preguntarte cómo acabaste con Tomas?

Se arrepintió de hacer esa pregunta tonta nada más pronunciarla. A Teresa también le pilló por sorpresa. Arqueó las cejas y, durante un largo momento, se dedicó a remover su té mientras maduraba la respuesta.

—Le conocí en un momento muy difícil para mí. Me ayudó a salir de un agujero en el que estaba. Desde entonces ha sido mi apoyo y, gracias a él, he conseguido ser lo que soy. —Dio un hondo suspiro—. La gente crece cuando tienen un referente que les hace avanzar.

—Parecéis bastante diferentes.

Otro comentario inoportuno, pero la estupidez había cogido carrerilla y Cristian no sabía frenarse. La cara de Teresa se ensombreció ligeramente. Se veía que no era la primera vez que se lo hacían notar y no tardó en salir a defender a su esposo.

—Hay que conocerlo para saber realmente cómo es. A primera vista puede parecer algo hostil, pero en el fondo es un hombre muy bueno. Trabajador y comprometido. —El tono trataba de ser amable sin conseguirlo. Se quedó pensando—. Todo lo opuesto a mi primer marido.

«El padre de Cristina», recordó Cristian.

—He oído que vive cerca de la playa de Sales, fabricando abalorios.

—¿Conoces ese sitio? ¿Sales de Kabio?

—La pareja de mi padre es de ese pueblo. He estado varias veces y tengo algunos amigos allí. —Sopló su taza y aprovechó para desviar la mirada antes de volver a clavarla en ella—. ¿Es verdad que es hippy?

—Así es. —Mostró una sonrisa amarga—. No es que sea algo malo, también yo lo fui de joven, quizás por eso su hija lo adora como lo hace. —Nuevo suspiro—. El problema es que aún lo sigue siendo décadas después.

Cristian la miró, observando su cara de pena. Se constataba que no debió sacar el tema.

—Junto a él no había futuro —aclaró ella— y… supongo… que tras varios años no nos quedó nada que quisiéramos compartir juntos. Tuve que tomar una decisión que Cristina tardó en perdonarme.

De un vistazo se dio cuenta de que en aquella casa no había excentricidades, pero se veía a la legua que lo último que faltaba era dinero. Si era futuro lo que buscaba, Tomás debía ser un hombre bien cubierto en ese aspecto.

—Quizás, con el tiempo, ¿se os acabó el amor? —tanteó él.

—No, el tiempo lo hace madurar. Lo que pasa es que el suyo no lo hacía a la misma velocidad que el mío.

—Y con Tomás, ¿eres feliz?

Ella se sobresaltó.

—Pues claro —contestó a la defensiva— ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno, es… no sé. —Metedura de pata—. No os veo sonreír, no habláis, no bromeáis juntos…

—Ah, bueno. Eso es porque no es muy hablador. Y el amor… lo lleva por dentro. A su forma.

Cristian permaneció callado. Se había metido en un jardín que no era el suyo sometiendo a la madre de su novia a un interrogatorio nada agradable. Teresa seguía a la defensiva, nerviosa.

—Mira, Cristian, en esta vida, a veces…

Abrió las manos delante de él y, al hacerlo, golpeó sin querer la taza de té hirviendo de Cristian haciendo que se derramara por completo en su entrepierna. Cristian dio un alarido y se levantó de la silla como un resorte, tirando del pantalón en la zona de la ingle y ventilándola como un fuelle.

—¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! —bramaba.

Teresa se llevó las manos a la cara en una mueca de terror y unos ojos como platos

—Ay, mi niño; ay, mi niño. Lo siento; lo siento.

Por acto reflejo, y sin tiempo para pensar, se giró hacia la encimera en busca de un trapo húmedo.

Cristian, que seguía sufriendo el calor abrasador entre espasmos y movimientos de cadera, terminó soltando los botones y arrastrando pantalón y calzoncillo hasta las rodillas liberando sus partes y apartando la empapada tela ardiente.

—Hostia, joder —decía abanicándose la zona—, abrasa, abrasa.

Teresa se había arrodillado, trapo en mano, cuando se dio de bruces con la estampa de su polla y sus huevos oscuros frente a su cara. Pero lo que le dejó en shock no fue su desnudez como tal, ni el tamaño de su miembro o aquellos huevos redondos y oscuros recogidos como dos koalas bajo su polla, sino el estado de ésta.

Cristian estaba en erección.

Paulatinamente, y mientras se abanicaba con las manos, iba perdiendo volumen. Aun así, se podía intuir el tamaño que tendría en su máxima plenitud.

…mientras hablaba con ella.

La escena, de repente, se volvió más bochornosa de lo que ya era por sí sola. Cristian, con rapidez, se tapó con las manos y trató de excusarse.

—Yo… lo siento… es que…

—Tranquilo —dijo una Teresa turbada—. No pasa nada, es… Eres joven. Es normal.

Pero no lo era y ambos conocían el motivo que lo había propiciado. De repente la situación se había vuelto tan tensa que ninguno sabía cómo reaccionar. Al final, fue ella la que, movida por el remordimiento de su traspié, decidió hacer de tripas corazón y hacerse cargo de la situación, obviando su bochornosa exhibición.

—Debes tener una quemazón horrible. Déjame ver.

Le tomó de las muñecas apartándolas a cada lado para poder ver la zona. Cristian no se lo impidió, dejándose mostrar impúdico. Su erección todavía no había desaparecido del todo, por lo que su polla en descenso apuntaba a la barbilla de ella. Aun así, el tamaño seguía siendo considerable, algo que nunca pasaba desapercibido.

—Tienes… —comenzó a decir ella tras un carraspeo— se te está enrojeciendo la piel. Lo que necesitas ahora es hidratar la zona quemada. Tengo alguna crema para el cutis que quizás te podría venir bien y te aliviaría.

Quizás fue la postura de ella sujetando sus muñecas a cada lado, con la cara a centímetros de su polla o, tal vez, fuera el escotazo que, desde su posición, podía ver con mayor profundidad. Puede que, quizás, la culpa la tuviera la imagen que se acababa de formar de ella aplicando crema a modo de húmeda paja. El caso es que la polla de Cristian dejó de apuntar a su barbilla.

Ahora lo hacía directa a sus ojos, en una indecorosa horizontalidad.

La erección volvía a producirse, y lo hacía a cámara lenta. Teresa, que también había sido consciente, congeló su rictus, turbada.

—Perdona, estoy un poco nervioso —atajó él—. Te juro que esto…

—Tranquilo —quiso calmar ella—. No pasa nada. Es… natural a tu edad.

Intentó no darle importancia, prestando atención a la zona quemada, moviendo la cabeza a un lado y a otro inspeccionando su pubis y genitales como si aquella polla dura no existiera. Sin embargo, ya no era solo que su yerno estaba teniendo una erección frente a su cara, sino el volumen que estaba adquiriendo y que era imposible de ignorar.

—En serio, qué bochorno —se lamentaba él—. No sé qué me pasa. Es que… la situación… —resopló—. Me angustia estar así, yo…

—Te digo que no te preocupes, Cristian, no eres el primero al que le pasa esto. Es una reacción psicógena. En ocasiones delicadas el cerebro suele jugarnos una mala pasada haciendo lo contrario de lo que queremos. No dejo de ser la madre de tu novia, y te avergüenza que te vea así. Por eso te ha ocurrido. Intenta no darle más importancia.

La polla, que ya había pasado de largo por encima de sus ojos, ahora apuntaba al techo. Teresa, visiblemente turbada, hacía esfuerzos por evitar el elefante de la habitación, concentrándose en la zona abrasada. Y era bastante difícil no quedarse con la vista fija en el enorme aparato.

La erección llegó a la plenitud y sus ojos ya no podían evitar aquel miembro colosal. Terminó levantando las cejas, sorprendida, expirando el aire de sus pulmones con una expresión indolente.

—Joder, es… —exclamó por fin en un susurro. No acabó la frase, pero en la mente de ambos se formó la palabra “enorme”.

Cristian la observaba sin perder de vista las facciones que su cara tomaba en cada momento. Había reprimido una sonrisa de triunfo y lo volvió a hacer cuando la vio tragar saliva. No se movía, no trataba de ocultarse ni iniciar una conversación que desviara el tema. Simplemente se dejaba admirar.

Teresa, estática, con la vista clavada en su enhiesto mástil y las muñecas de él aún en sus manos, ya no movía la cabeza buscando el mejor ángulo, no inspeccionaba la zona quemada. Simplemente contenía una expresión que no sabía si era de sorpresa o de admiración, o quizás ambas a la vez.

En cualquier caso, él disfrutaba de lo lindo. Exponerse de aquella manera le estaba gustando más de lo que pensaba. Sabía que era un chico muy guapo que rompía corazones y que su polla, grande y bien formada, provocaba no poca admiración en quienes la veían (hombres y mujeres).

Teresa no era una excepción.

Se fijó en su escote. Desde su posición tenía una panorámica perfecta. Su pecho, generoso y maduro, subía y bajaba con mayor frecuencia de la normal. Se fijó en sus pezones que se aplastaban contra la tela y, justo en ese momento, un ruido les hizo girarse hacia la puerta. Tomás, bajo el quicio, les miraba paciente, estático.

—¡Cariño! —exclamó Teresa soltando sus muñecas con rapidez—, ya has llegado, qué sorpresa. —Se levantó a su encuentro.

Tomás, con su altura y su enorme porte, se movió por primera vez, se descalzó y metió los pies en unas zapatillas de casa que reposaban junto a la entrada de la cocina, de esas que les falta la parte de atrás y se pueden poner sin agacharse.

—Deja que te ayude con esto —dijo su mujer tomando el portadocumentos que sostenía bajo su brazo.

Él dejó que se lo cogiera sin poner oposición, pero sin variar su semblante huraño. Dirigió una mirada a Cristian que, en ese momento, terminaba de subirse los pantalones, cubriéndose avergonzado.

—El chico… —comenzó a excusarse ella— le he tirado té hirviendo encima. Se ha quemado entero.

Tomás asintió con una caída de ojos.

—Ya.

—Tiene la entrepierna abrasada. El té hirviendo…

—Está bien —cortó él tajante.

Cristian, que ahora era quien tragaba saliva, lamentaba su mala suerte y la de hostias que le podían caer. Teresa tomaba a su marido del brazo.

—Tiene la piel toda roja. Estaba mirando que…

—Teresa, he dicho que está bien —tranquilizó con su vozarrón—. Déjalo.

Ella lo siguió por el pasillo en dirección a su despacho a donde se dirigía. Cristian, mientras tanto, terminaba de abrocharse el último botón de sus pantalones. Por suerte, la prenda había dejado de quemar pudiendo soportar el calor residual.

Las voces del matrimonio se alejaban por el pasillo. Habían bajado el volumen en lo que suponía que era una conversación confidente, seguramente de lo que acababa de ver.

—Yo… me tengo que ir —dijo saliendo al pasillo.

Teresa y su marido estaban a punto de desaparecer por el fondo. Ella se giró parcialmente para encararlo.

—Sí, sí, perdona. Hasta luego, Cristian y… lo siento.

Su marido también se giró, mostrando a un Tomás más gris de lo que ya era, con sus hombros caídos y su apática mirada. Todo en él era oscuro. Al levantar los ojos vio algo en ellos que le hizo estremecerse.

Cuando salió al descansillo notó la misma sensación que al salir vivo de un accidente de tráfico. Se secó el sudor y caminó escaleras abajo. Rezó para que Teresa no tuviera problemas por su culpa y también para que Cristina no se enterara de lo que acababa de pasar. No le gustaría tener que dar explicaciones de su empalmada. Se quitó el jersey y lo anudó a la cintura para tapar la mancha de la infusión. Al llegar al portal, se encontró con su novia nada más salir a la calle.

—¿Ya estás aquí? —exclamó al encontrárselo.

—No podía esperar a verte.

—Seguro. Tú vienes por las bragas de Lauri.

—¿Las llevas puestas?

—¿Qué? No, ¿qué dices?

—Esa era la penitencia.

—No, era follarme con ellas, en la cama de mis padres. y te dije que hasta mañana no me quedaría sola. —Cristina no sonreía y observaba, susceptible, la impaciencia de su flamante novio—. Así que hoy, nada de nada.

—Ya lo sé, boba. Te estaba vacilando. He venido a llevarte al cine. Me han dicho de una peli superguapa que te va a molar.

Cristina sonrió suspicaz con una ceja en alto.

—Tus pelis nunca me molan, pero me gusta verlas contigo —concedió.

—Entonces… ¿vamos?

No notó que su novio caminaba de manera extraña mientras se alejaban de camino al cine.

— · —

Había oscurecido cuando llegó a casa. Encontró a su padre mirando la tele en el salón con un ojo más cerrado de la cuenta. Se desperezó nada más verlo aparecer por la puerta.

—Hola, Titán, ¿ya has vuelto?

—No sé, papá ¿Tú qué crees?

Mario se tocó el labio con un dedo.

—¿Cuántas oportunidades tengo?

Pasó de largo hasta la cocina donde encontró la cena que Marta le había dejado preparada. No intentó sentarse para comérsela. La quemadura en sus partes le estaba molestando más de la cuenta, de hecho, se había pasado gran parte de la tarde con la mano en el bolsillo apartando la tela de su ropa interior para que no le rozara.

En su lugar fue hasta el fondo del pasillo y llamó a la puerta de Marta.

—¿Se puede? —dijo asomando la cabeza.

Ella leía con la espalda apoyada en el cabecero y las piernas dentro de las sábanas. Le miró con curiosidad cuando se plantó delante de ella.

—¿Tienes crema hidratante? Se me ha quemado la polla.

Marta levantó una ceja y lo miró, suspicaz. Sopesando qué tipo de respuesta cortante darle en los morros.

—No te miento, mira. —Se bajó los pantalones y levantó un poco la camiseta mostrando la zona.

—¡Joder, Cristian! Tienes medio pene en carne viva. —Dio un bote y sacó los pies de la cama— ¿Pero qué coño has hecho?

—La verdad, ahora que lo veo… está peor de lo que creía. No pensaba que se me iba a poner así.

—Oy, por Dios, espera.

Abrió un cajón y se puso a buscar dentro con los nervios propios de la situación. De hito en hito echaba un ojo al miembro pendulante de su ahijado.

—Ha sido culpa del té que me estaba tomando con la madre de Cris —aclaró Cristian—. Se me ha caído encima y estaba ardiendo. Era Rooibos —puntualizó como si eso pudiera aclarar algo.

Marta arrugó la frente imaginando la terrible escena. Por fin encontró lo que buscaba y se acercó estirando el brazo.

—Esta crema es muy buena. Es de farmacia. Te va a aliviar enseguida y evitará que te despellejes.

Cristian, que permanecía con ambas manos levantando su camiseta para mostrarse en todo su esplendor, se quedó mirándola, dejando pasar los segundos. Marta seguía con el brazo extendido sin comprender.

—¿No me vas a dar tú?

La cara de preocupación de Marta fue mutando a cámara lenta hacia una mueca de asco y odio fingido.

—Buen intento, pero te apañas solito. Y venga, pírate de aquí que no quiero que tu padre te vea con la minga al aire en mi cuarto.

Cristian se hizo con el bote mostrando un evidente gesto de disgusto.

—Gracias por nada, antipática —dijo mientras se dirigía hacia la puerta sujetando los pantalones a media pierna para evitar el roce—. Y no se te ocurra mirarme el culo cuando salga.

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Fin capítulo X