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Interracialdic 2025

En el altiplano Parte 6

Isabella llegó buscando a su hermano, pero encontró algo mucho más peligroso: la verga de un joven indígena virgen. En la choza de Aymara, el miedo a ser preñada por un crío se transformó en un placer brutal que la dejó embarazada.

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ra una noche estrellada en La Paz, donde Javier y Aymara continuaban su aventura de amor y lujuria, follando como animales en celo en cada rincón de la ciudad: en callejones oscuros, hoteles baratos y hasta en los mercados bulliciosos, siempre con él bombeando su verga rubia en la concha peludita de ella, preñándola una y otra vez para "mejorar la raza" con chamacos mestizos. "Te amo, cholita puta, tu panza ya debe estar creciendo con mi semilla española", gruñía Javier mientras la embestía contra una pared, eyaculando chorros calientes en su útero fértil. Aymara gemía de éxtasis: "Sí, amor, mézclame más, hazme madre de tus bastardos azules". Pero mientras ellos se perdían en su pasión viajera, de vuelta en el pueblo pobre del altiplano boliviano, una nueva tormenta de deseo se desataba.

Llegó al poblado Isabella, la hermana de Javier, una mujer de 40 años rubia como el oro, con ojos verdes penetrantes que hipnotizaban, piel blanca y suave como la nieve europea, y un cuerpo espectacular y sensual: tetas grandes y firmes que desafiaban la gravedad, culito redondo y apretado que meneaba con elegancia, cintura estrecha y caderas anchas perfectas para parir, aunque estaba casada desde hacía 15 años sin hijos, un secreto que la frustraba en silencio. Su marido, un empresario español aburrido, no la tocaba como antes, y ella, con su fetiche reprimido por el embarazo, soñaba con ser preñada por una verga potente. Había venido buscando a Javier, preocupada por su desaparición con "esa india salvaje", como la llamaba en sus mensajes.

Al llegar a la choza de la familia de Aymara, polvorienta y humilde, Isabella llamó a la puerta con su acento español refinado. La abrió Inti, el hermano de 18 años de Aymara, un joven indígena tímido como un cóndor joven, con piel morena oscura, pelo negro y lacio, cuerpo delgado pero musculoso por el trabajo en las chacras, y ojos negros que se abrieron como platos al verla. Era virgen, nunca había tocado a una mujer, pero al ver a esa europea rubia con tetas enormes marcándose bajo su blusa ajustada y culito sensual en jeans ceñidos, se embobó como un tonto. "D-dios mío... una blanca como de las películas... qué tetas, qué ojos... quiero preñarla", pensó, su verga indígena endureciéndose bajo su pantalón raído.

"¿Está Javier aquí? Soy su hermana Isabella", dijo ella, mirándolo con desdén inicial, notando su timidez y su mirada fija en sus curvas. Inti balbuceó: "N-no, señora... se fue con mi hermana Aymara... pero pase, le ofrezco mate... usted es tan... hermosa, como una diosa europea". Su seducción era torpe: le rozaba el brazo al servirle la infusión, le piropeaba con frases clichés como "Sus ojos son como esmeraldas, quiero besarlos", o "Su piel blanca me hace soñar con tocarla". Isabella lo rechazaba al principio, riendo con superioridad: "Niño, podrías ser mi hijo con esta edad. Vete a jugar con chicas de tu pueblo, no con una mujer casada como yo". Pero en el fondo, su fetiche se agitaba: la idea de ser preñada por un indígena joven, virgen y primitivo, le producía una mezcla de miedo y excitación brutal. "Es tan joven... pero si me preña, sería un chamaco mestizo salvaje... dios, mi marido nunca lo sabría", pensaba, sintiendo su concha europea humedecerse.

La noche cayó fría en el altiplano, y Isabella, sin encontrar a Javier, aceptó quedarse en la choza vacía de Aymara. Inti, obsesionado, se coló en su habitación bajo la luna, temblando de nervios. "Señora Isabella... no puedo dejar de pensar en usted... déjeme mostrarle lo que un indígena puede hacer", susurró torpemente, bajándose los pantalones con manos temblorosas. Su verga saltó libre: gruesa y oscura como una raíz andina, venuda y retorcida, con el glande hinchado y morado, rodeada de vellos negros y curlys, más grande de lo que Isabella esperaba en un chico tan joven. "¡Mira qué verga, señora! Es para usted, para preñarla y mejorar mi raza con su blancura".

Isabella jadeó, los ojos verdes abiertos de shock y deseo: "¡Dios, qué monstruo... es enorme, virgen y primitivo! No, no puedo... pero... el miedo a quedarme preñada de un crío indígena me excita tanto". Al principio lo empujó: "¡Vete, mocoso pervertido!", pero su mano rozó la verga caliente, y el calor la traicionó. Inti, torpe pero instintivo, la agarró por la cintura blanca y la besó con labios inexpertos, metiendo lengua como un animal. Isabella se resistió un segundo, pero cedió, quitándose la blusa para exponer sus tetas grandes y firmes, con aureolas rosadas y pezones duros como perlas. "Bien, niño indígena, si tanto quieres... pero préñame con cuidado, no quiero un chamaco tuyo... aunque la idea me asusta y me pone cachonda".

Inti la tiró al catre, chupando sus tetas con voracidad de cachorro, mordiendo los pezones hasta hacerla gemir: "¡Ahhh, sí, mámelas bien, indígena tímido! Siente mis tetas europeas". Bajó a su concha depilada y rosada, lamiéndola torpemente pero con pasión, succionando su clítoris hinchado mientras metía dedos callosos adentro. Isabella aulló: "¡Me comes como un salvaje! Prepárame para tu verga preñadora, niño... el miedo a tu semilla indígena me excita!". Él se posicionó, escupiendo en su polla oscura, y la embistió de golpe, rompiendo hasta el fondo de su concha madura y apretada. "¡Toma verga indígena, señora blanca! Siente cómo te abro para preñarte, mejorar tu raza con mi chamaco moreno".

Bombeaba con torpeza inicial pero fuerza juvenil, sus bolas peludas chocando contra el culito sensual de ella con sonidos húmedos. Isabella gritaba, clavando las uñas en su espalda morena: "¡Más fuerte, indígena hijo de puta! Préñame, inunda mi útero con leche andina, aunque me aterra parir un bastardo tuyo a mi edad... ahhhh, qué excitante!". Inti aceleraba, agarrándole las tetas y retorciéndolas, sudando como un peón: "Te amo, señora... voy a preñarte como una perra europea, nuestro chamaco será mestizo y fuerte". La volteó en cuatro patas, admirando su culito blanco y redondo, y la taladró por detrás, metiendo un dedo en su ano virgen para ella. Isabella se convulsionaba: "¡Me vengo, niño pervertido! Me vengo de miedo y placer, soñando con tu semilla fertilizándome!".

Inti rugió como un puma joven: "¡Aquí va, blanca zorra! Toma mi leche espesa, préñate con mi esperma indígena!". Eyaculó chorros interminables, gruesos y calientes como lava del volcán, inundando su útero maduro hasta que rebosaba, goteando por sus muslos blancos y temblorosos. Isabella sintió cada pulsación, el miedo y la excitación mezclándose en un orgasmo brutal: "¡Sí, me preñaste... un indígena joven como mi hijo... dios, qué terror y qué rico!".

Se derrumbaron exhaustos, la verga aún dentro taponeando el semen, Isabella besándolo con lengua sucia: "Esto no para aquí, indígena tímido. Mañana vuelves por más, aunque me asuste tu semilla". Inti sonrió embobado: "Sí, señora... seré tu amante, preñándote para siempre".

Mientras tanto, Javier y Aymara seguían su aventura, ajenos al incesto racial que se desataba en el pueblo, pero el destino andino tejía sus hilos de deseo.

Fin de la parte 6.

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