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Interracialdic 2025

En el altiplano Parte 5

El bus trepidante no es excusa para contenerse; ella se sube la pollera y se empala en él mientras los demás duermen. Javier no busca discreción, busca dejarla preñada de su 'raza superior' en cada parada. ¿Hasta dónde llegarán sus fantasías mestizas?

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Era un atardecer rojizo en el altiplano boliviano, con el sol hundéndose detrás de las montañas como una promesa de pasiones ardientes. Aymara y Javier, después de esa cogida brutal donde él la llenó de semen blanco para "mejorar su raza", no pudieron separarse. Se enamoraron como locos: ella, la cholita indígena de 18 años con tetotas grandes y duras como montañas sagradas, culito redondo y moreno que pedía verga a cada paso, y concha peludita siempre chorreante; él, el turista español rubio de ojos azules, musculoso y arrogante, con una verga larga y rosada que la hacía gritar de éxtasis. "Te amo, mi cholita puta, serás mi hembra para siempre. Te preñaré en cada aventura, mezclando nuestras razas hasta que pares una tropa de mestizos perfectos", le juró Javier, besándola con lengua sucia mientras pellizcaba sus pezones oscuros.

Aymara, con los ojos morenos brillando de amor y lujuria, le respondió: "Sí, mi Javier, te amo como a un dios conquistador. Llévame contigo, fóllame por el mundo, préñame en cada parada hasta que mi panza hinchada no me deje caminar". Decidieron continuar su aventura: Javier la sacó del pueblo pobre, subiéndola a su mochila de viajero, y partieron hacia La Paz en un bus destartalado, donde el traqueteo del camino solo avivaba su fuego. En el asiento trasero, rodeados de campesinos dormidos, Aymara se sentó en su regazo, sintiendo la verga endurecerse bajo sus nalgas. "No aguanto, amor, préñame aquí mismo, mézclame tu raza en público", susurró ella, subiéndose la pollera discretamente.

Javier gruñó, bajándose la cremallera con sigilo, sacando su polla venuda y rosada, goteando precum dulce que contrastaba con el olor terroso del bus. "¡Joder, cholita enamorada! Abre esa concha peluda para mí, te voy a preñar como una perra en ruta". Aymara se empaló en su verga de un movimiento fluido, jadeando bajito mientras la sentía estirarla hasta el fondo, golpeando su cervix fértil. Empezaron a moverse en sincronía con los baches del camino, ella cabalgándolo lento pero profundo, sus tetotas rebotando bajo la blusa, rozando el pecho de él. "¡Ahhh, amor, qué rico... préñame, inunda mi útero con leche española, haz que mi barriga crezca con nuestro amor mestizo!", gemía ella en voz baja, clavando las uñas en sus hombros musculosos.

El español aceleró el ritmo, agarrándole el culito redondo y apretándolo, metiendo un dedo en su ano apretado para intensificar. "Te amo, india zorra, siente cómo palpita mi verga por ti. Voy a eyacular directo en tu óvulo, mejorando tu raza con cada chorro". Aymara se convulsionaba, su concha contrayéndose en espasmos de amor y placer, squirteando jugos por la verga rubia mientras un orgasmo la sacudía: "¡Me vengo, Javier, me vengo de amor! Préñame ahora, mi conquistador!". Él rugió en silencio, eyaculando chorros calientes y espesos dentro de ella, llenando su útero hasta que rebosaba, goteando por el asiento del bus. "Toma mi semen, amor, nuestro primer chamaco en camino".

Llegaron a La Paz exhaustos pero enamorados, rentando una habitación barata en un hostal con vistas a la ciudad caótica. Allí, continuaron su aventura: Javier la tiró en la cama deshecha, abriéndole las piernas morenas de par en par. "Ahora te follo como mi pareja oficial, cholita. Te preñaré de nuevo para sellar nuestro amor". Chupó su concha peludita con voracidad, lamiendo los restos de semen anterior, succionando su clítoris hinchado hasta hacerla aullar. Aymara gritaba: "¡Sí, amor, cómeme toda! Prepárame para tu verga preñadora, mézclame más raza en mi vientre!".

Él la penetró de golpe, bombeando con furia apasionada, sus bolas depiladas chocando contra su culito con sonidos obscenos. Agarraba sus tetotas duras y las retorcía, mordiendo un pezón mientras embestía: "Te amo, puta mestiza, siente cómo te abro para nuestros chamacos. Voy a preñarte hasta que no quepas en tu pollera". Aymara arqueaba la espalda, rascándole la espalda blanca: "¡Más fuerte, Javier, rómpeme de amor! Lléname de leche, haz que mi panza crezca con bebes de ojos azules!". Se vinieron juntos en un clímax brutal, él descargando otra carga espesa en su útero, ella squirteando como una fuente andina.

Desde entonces, su aventura continuó: viajando por Bolivia y más allá, follando en ruinas incas, mercados bulliciosos y hoteles mugrientos, siempre con el fetiche ardiendo –preñarla para "mejorar la raza", sellando su amor con semen blanco en su concha morena. Don Jacinto quedó atrás, pero Aymara soñaba a veces con mezclar más vergas, aunque ahora Javier era su todo. Fin de la parte 5.

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