Pasión en los pirineos 2
La puerta estaba entornada y el aire olía a leña y a ella. Marta no dijo nada, solo esperó. Cuando la venda cubrió mis ojos, supe que esa noche no saldría de allí con la misma dignidad con la que entré.
Llegué a su casa cuando ya era noche cerrada. No llamé. La puerta estaba entornada y dentro solo había una lámpara de aceite encendida en la mesa baja del salón. El resto estaba en penumbra, pero se olía a leña quemada, a incienso y a ella.Marta estaba de espaldas, desnuda, de pie frente a la chimenea. El fuego le dibujaba sombras rojas y doradas sobre la piel. Tenía el pelo suelto, una cascada castaña que le llegaba casi al culo. Cuando oyó mis pasos se giró despacio. Sus ojos brillaban. Joder. Nunca olvidaré cómo me miró: como si ya me estuviera follando con la mirada.Sobre la mesa había una botella de aceite de almendras, dos vasos de vino tinto y una cuerda de cáñamo nuevo, todavía con olor a campo.«Desnúdate», dijo. Solo eso.Me quité la camiseta, los pantalones cortos, los calzoncillos. La polla ya me latía dura, apuntando al techo. Ella se acercó, me puso un vaso en la mano y brindamos sin hablar. El vino sabía a cereza y a humo. Bebimos mirándonos. Cuando dejé el vaso vacío ella me agarró la nuca y me besó con lengua, lento, profundo, mordiéndome el labio hasta que noté sabor a sangre.Luego me empujó hacia el sofá de cuero viejo que tenía delante de la chimenea. Me sentó. Se puso una rodilla a cada lado de mis muslos y se quedó ahí, flotando, sin sentarse del todo, con el coño rozándome la punta de la polla pero sin dejarme entrar todavía. Cogió la botella de aceite, la abrió y dejó caer un chorro largo y caliente directamente sobre mi pecho. El aceite bajó por los abdominales, por la uve, hasta empapar la base de mi polla. Ella lo extendió con las manos, despacio, masajeándome los pectorales, los hombros, el cuello, el tatuaje del brazo. Cuando llegó a la polla me la agarró con las dos manos, untándola entera, haciendo que brillara como si estuviera barnizada.«Esta noche mando yo», susurró.Se levantó, fue hasta la mesa, cogió la cuerda. Me ató las muñecas a la espalda del sofá, nudos firmes pero no muy apretados, pero que no me dejaran moverme. Luego me vendó los ojos con una bufanda de seda negra. Todo se volvió oscuridad y fuego crepitando.Noté sus labios en mi cuello, bajando. Mordiscos. Lengua. Mordiscos más fuertes. Llegó a los pezones y los chupó hasta que dolieron. Siguió bajando, lamiendo el aceite de mi abdomen, metiendo la lengua en mi ombligo. Cuando llegó a la polla no la tocó con la boca todavía: solo sopló aire caliente y frío alternando. Me retorcí. Ella se rio bajito.Entonces sí: se la tragó entera, hasta la garganta, sin manos, hasta que noté sus labios en la base y su nariz contra mi bajo vientre. Empezó a moverse arriba y abajo, lento, torturador, cada vez que llegaba arriba se quedaba un segundo con solo la punta dentro y me apretaba con la lengua por debajo. Yo gruñía, tiraba de las cuerdas, quería agarrarle la cabeza pero no podía.De pronto paró. Se levantó. Oí sus pasos descalzos sobre la madera. Volvió. Noté algo frío: hielo. Me pasó un cubito por los pezones, por el abdomen, por los huevos. Luego se lo metió en la boca y volvió a chuparme la polla con el hielo dentro. El contraste me hizo dar un respingo tan fuerte que casi rompo la cuerda.Se apartó otra vez. Silencio. Solo el fuego. De repente sentí sus manos abriéndome las piernas del todo. Luego su lengua en mi culo. Lamió despacio, en círculos, metiendo la punta dentro, luego más adentro. Yo nunca había sentido nada así. Me retorcía como loco. Ella me sujetaba los muslos con fuerza y seguía comiéndome el culo mientras con una mano me pajeaba muy lento.Cuando ya no podía más me quitó la venda. La luz del fuego me cegó un segundo. La vi de rodillas entre mis piernas, con la cara brillante de saliva y aceite, los labios hinchados. Me desató las muñecas.«Ahora fóllame como tú sabes», dijo.La tiré al suelo, sobre la alfombra gruesa delante de la chimenea. La puse boca abajo, culo en pompa. Le abrí las nalgas con las dos manos y escupí directo en su ano. Empecé con un dedo, luego dos, luego tres, abriéndola, lubricándola con aceite y saliva. Ella gemía contra la alfombra, empujando hacia atrás.Apoyé la cabeza de la polla en su culo. Empujé despacio. Ella respiró hondo, relajó. Entré centímetro a centímetro, sintiendo cómo su ano se abría, caliente, apretadísimo. Cuando llegué a la mitad paré, dejé que se acostumbrara. Ella giró la cabeza, me miró con los ojos llenos de lágrimas de placer y dijo:«Hasta el fondo. No pares».Empujé de una vez hasta que mis huevos tocaron su coño. Ella soltó un grito largo, profundo. Empecé a moverme: lento al principio, sintiendo cada pliegue, luego más rápido, más fuerte. Le agarré las trenzas con una mano y tiré hacia atrás como si fueran riendas. Con la otra le di en las nalgas, fuerte, dejando marcas rojas. Cada azote la hacía apretarme más.Cambié de postura: la puse boca arriba, le levanté las piernas hasta que las rodillas le tocaron los hombros y volví a entrar por el culo, esta vez mirándola a los ojos. Veía cómo se le dilataban las pupilas cada vez que llegaba al fondo. Con una mano le frotaba el clítoris en círculos rápidos. Ella empezó a correrse sin parar: el ano se me cerraba como un puño, el coño chorreaba, me empapaba los huevos.No pude más. Rugí y me corrí dentro de su culo como nunca: chorros largos, calientes, uno tras otro, hasta que sentí que se me salía el alma por la polla. Ella se corrió otra vez conmigo, temblando entera, llorando de placer.Nos quedamos así un rato eterno, yo todavía dentro, ella abrazándome con piernas y brazos, los dos sudados, jadeando, oliendo a sexo y a leña.Después nos duchamos juntos en su baño pequeño, bajo un chorro de agua caliente. Nos enjabonamos despacio, nos besamos lento, sin prisa. Me arrodillé y le comí el coño hasta que se corrió de nuevo contra la pared de azulejos.Dormimos en su cama, desnudos, enredados. A las cuatro de la mañana me despertó chupándome la polla otra vez. La follé de lado, despacio, casi dormidos, hasta que nos corrimos los dos casi en silencio.Y así toda la noche. Y la siguiente. Y la siguiente.Tres semanas en las que apenas salimos de esa casa, comiendo solo para recuperar fuerzas, follando en cada rincón, en cada postura, hasta que los dos acabamos con marcas, moratones de amor y la piel en carne viva.Cuando me fui, ella me acompañó hasta el coche. Me dio un beso largo, sucio, con lengua, y me metió la mano dentro de los pantalones para tocarme una última vez.«Este culo y este coño son tuyos cuando quieras volver, vikingo»,
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