Xtories

Me fui a desconectar

Fue solo por desconectar, pero el destino le envió a Lucía: una mujer que no pide permiso, solo placer. En tres semanas, el silencio de la montaña se llenó de gritos, y él descubrió que su cuerpo estaba hecho para ser usado sin límites.

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Tenía 33 años entonces (ahora 39), estaba en el mejor momento físico de mi vida: 1,78, 75 kg de puro músculo definido por la natación, las artes marciales, el gimnasio y las rutas de senderismo los fines de semana. Moreno de piel, pelo vikingo rapado por los lados y con dos trenzas gruesas cayendo por detrás, brazos tatuados con mangas completas de estilo samurai en negro y rojo, ojos grises que decían que miraban directamente al alma… y sí, 20 cm de polla gruesa que siempre acababa siendo el centro de atención cuando la cosa se ponía seria.Ese verano me fui solo tres semanas a una casa rural que alquilé en la sierra de Gredos. Quería desconectar del todo: entrenar por las mañanas, nadar en el río, hacer rutas duras y por las noches descansar… o eso creía yo.La tercera noche, después de una ruta de 25 km con 1.500 m de desnivel, llegué destrozado a la casa. Me duché, me puse solo un bóxer negro ajustado que marcaba todo y me tiré en el sofá con una cerveza fría. De repente escuché un coche. Miré por la ventana: una tía bajándose de un Mini rojo. Alta, morena, piernas infinitas, vestido corto blanco que se le pegaba al cuerpo por el sudor del calor. Treinta y pocos, melena larga negra, gafas de sol puestas aunque ya era de noche. La típica que sabe perfectamente lo que provoca.Resultó que la casa tenía dos apartamentos independientes y el dueño, sin avisar, le había alquilado el de arriba a ella. Se llamaba Lucía. Madrileña, profesora de yoga, separada hacía poco y venía a “resetearse”, según me dijo mientras me miraba de arriba abajo sin disimular.Esa misma noche bajamos los dos al porche a tomar algo. Hablábamos de todo: rutas, entrenamiento, tatuajes… y ella no paraba de tocarse el pelo y de cruzar y descruzar las piernas. En un momento se levantó para coger otra botella de vino y al pasar por detrás de mí rozó con la cadera mi hombro. Noté cómo se me ponía dura al instante. El bóxer no escondía nada.—¿Te molesta que te diga que tienes un cuerpo que quita el aliento? —me soltó de repente, sentándose otra vez enfrente, esta vez con las piernas abiertas lo justo para que viese que no llevaba nada debajo del vestido.Sonreí, me terminé la cerveza de un trago y le dije:—Pues tú tampoco te quedas corta, Lucía.Se mordió el labio. Silencio. Solo se oía el río de fondo y los grillos. De pronto se levantó, se puso entre mis piernas y se agachó despacio hasta quedar de rodillas delante de mí.—Quiero verlo —susurró, metiendo los dedos por la goma del bóxer.No dije ni mu. Me levanté un poco para que me lo bajara y mi polla saltó fuera como si llevase meses esperando ese momento: 20 cm tiesa, venosa, gruesa, la cabeza brillante ya de precum. Ella soltó un “joder…” bajito y la agarró con las dos manos. No le cabía.Empezó lamiendo despacio desde los huevos hasta la punta, mirándome todo el rato a los ojos. Luego se la metió hasta donde pudo; le llegaba justo a la garganta y aún le sobraba más de la mitad. Gemía mientras me la chupaba, babeando, haciendo ruidos obscenos que resonaban en el porche. Yo le agarré las trenzas (sí, ella también llevaba el pelo con trenzitas finas) y empecé a follarle la boca despacio pero profundo. Se le saltaban las lágrimas pero no paraba, al contrario, se tocaba por debajo del vestido mientras lo hacía.La levanté del suelo, le quité el vestido de un tirón y la puse contra la barandilla del porche. Estaba empapada. Le metí dos dedos directos y gimió tan fuerte que seguro que la oyeron en el pueblo de abajo. La giré, le abrí el culo con las dos manos y le lamí el coño y el ojete hasta que se le aflojaron las piernas. Después me puse de pie, le agarré las caderas y se la clavé de una sola embestida. Todo. Hasta los huevos. Gritó, se agarró fuerte a la madera y empezó a moverse ella sola hacia atrás, pidiéndome más fuerte.Follamos como animales. La madera crujía, el porche temblaba. Le daba fuerte, profundo, sin pausa. Ella se corrió dos veces seguidas, apretándome tan fuerte que casi me corro dentro. La saqué justo a tiempo, la giré, la puse de rodillas otra vez y le solté todo en la cara y en las tetas. Litros. Ella se lo untó, se lamió los dedos y me miró con cara de viciosa total.Eso fue solo la primera noche.Durante las dos semanas siguientes nos convertimos en putos salvajes. Follábamos en todos lados:En la cascada del río, con el agua helada cayéndonos encima mientras me la metía de pie y ella se agarraba a una roca.

En medio del bosque después de una ruta, ella apoyada en un tronco con las mallas de deporte bajadas hasta las rodillas y yo dándole por detrás hasta que se corría a gritos.

En mi cama, en su cama, en la cocina, en la ducha… una vez hasta en el capó del coche a las cuatro de la mañana con la luna llena iluminándonos.

Hicimos un trío con una amiga suya que vino un fin de semana (rubia, culazo, 26 años). Me las follé a las dos a la vez en el salón, alternando bocas y coños hasta que no podían más.

Lucía se volvió adicta a mi polla. Decía que nunca le habían dado tan fuerte y tan profundo. Se corría solo con que se la rozara. Al final de las tres semanas tenía el coño y el culo rojos de tanto usarlo (sí, también por detrás: la primera vez lloró de placer cuando se la metí entera y le llené el culo hasta que le salió por fuera).Cuando nos despedimos, ella lloriqueó un poco en el coche. Me dijo que había sido el mejor sexo de su vida y que nunca olvidaría lo que sentía cuando me tenía dentro. Yo solo le sonreí, le di un último beso y le dije:—“Vuelve cuando quieras