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Encuentro en el despacho (I)

El ordenador de Arantza falló en el peor momento posible, pero la reparación que Ricardo ofrece va mucho más allá de la tecnología. Con la puerta cerrada y el mundo exterior ignorado, la línea profesional se borra bajo el peso de un deseo que ya no puede contenerse.

Arantza Urbiola4.2K vistas

Este relato continúa la serie de Arantza desde el punto en que la dejó el relato previo: 'La nueva vida en Madrid (II)' https://todorelatos.com/relato/244037/ ---Arantza era conocida en el área jurídica de GRANPUBLISA por su apariencia modosa y tímida. A sus veintiocho años, su figura era el equilibrio perfecto entre la profesionalidad y la feminidad. Su cabello abundante y brillante, sus turgentes pechos y su elegante vestimenta la convertían en el centro de miradas discretas, aunque su comportamiento siempre era recatado y profesional. Sin embargo, sus ojos mitad verdes y mitad marrones dejaban entrever que dentro de ella ardía un fuego que solo unos pocos conocían.

Ricardo era un informático de treinta y ocho años, con una mirada penetrante y una seguridad que irradiaba en cada paso. Tenía la barba corta y los ojos marrones. Conocía a Arantza desde hacía un par de años, cuando ella llegó a la empresa como una prometedora pasante. Siempre la había observado con un deseo contenido, admirando su dedicación y belleza desde la distancia, pero sin atreverse a cruzar la línea profesional.

Un día, el destino decidió que ya era hora de que esos caminos paralelos se encontraran en una encrucijada inevitable. Arantza había tenido un día especialmente estresante. Su despacho estaba repleto de documentos, y la presión de un caso importante la tenía al borde del colapso. Necesitaba un respiro, pero más que eso, necesitaba algo que despertara la pasión latente que sentía en su interior.

Ricardo era Analista de Sistemas y responsable de la infraestructura informática de la empresa, con lo que no era su tarea resolver las incidencias de los usuarios con sus equipos, sin embargo, cuando supo de la avería de Arantza, le dijo a Eduardo, el operador, que dependía de él — A esta incidencia voy yo, descuida, Edu.

Ricardo apareció en su despacho en ese momento, con el pretexto de arreglar una falla en su computadora. Ella lo recibió con una sonrisa cansada pero cálida, agradecida por cualquier distracción que la alejara de sus problemas legales, aunque fuera solo por unos momentos. Mientras Ricardo trabajaba en la computadora, Arantza no pudo evitar notar la forma en que sus manos se movían con precisión sobre el teclado, y cómo su presencia llenaba la habitación con una energía electrizante.

—Arantza, tu ordenador está arreglado. —dijo Ricardo con su voz grave y segura.

—Gracias, Ricardo. Siempre sabes cómo solucionar estos problemas. —respondió ella, con una nota de admiración en su voz.

Los ojos de Ricardo se encontraron con los de Arantza, y en ese instante, algo cambió. Hubo una chispa que encendió el ambiente. Ricardo se levantó y se acercó a Arantza, quien estaba sentada detrás de su escritorio. Él no dijo nada, simplemente la miró con una intensidad que hacía imposible apartar la mirada.

—Arantza... —susurró él, su voz un murmullo cargado de deseo.

Antes de que ella pudiera responder, Ricardo cruzó la distancia que los separaba y la tomó en sus brazos. Fue un movimiento decidido y lleno de pasión contenida. Sus labios se encontraron en un beso ardiente, que rápidamente se volvió más intenso. Arantza respondió con igual fervor, dejando que su máscara de timidez se desmoronara ante el arrebato de sentimientos que la embargaban.

Ricardo la levantó de la silla y la colocó sobre su escritorio, empujando a un lado los papeles y carpetas que antes eran el centro de su mundo. Sus manos recorrieron el cuerpo de Arantza con una urgencia que ella compartía, mientras sus besos descendían por su cuello y hasta el escote de su blusa.

—Te he deseado desde que te ví... —confesó Ricardo entre jadeos.

—Yo también... —respondió Arantza, con una voz entrecortada por el deseo.

Las manos de Ricardo se movieron con destreza, desabrochando la blusa de Arantza y revelando su sujetador de encaje. Sus dedos acariciaron los contornos de sus pechos antes de liberar la prenda y dejar que su piel se encontrara con la suya. Arantza arqueó la espalda, gimiendo suavemente mientras los labios de Ricardo se posaban en sus pezones, chupando y mordisqueando con una mezcla de ternura y voracidad.

Arantza deslizó sus manos por el cuerpo de Ricardo, explorando cada músculo bajo su camisa antes de quitarle la prenda de un tirón. Sus manos encontraron el cinturón de él, desabrochándolo con habilidad, mientras Ricardo hacía lo mismo con su falda. En cuestión de segundos, ambos quedaron expuestos en su desnudez, sus cuerpos temblando de anticipación.

Ricardo la levantó nuevamente, girándola y apoyándola contra el escritorio, su pecho contra la madera fría. Arantza jadeó al sentir la dureza de él contra sus nalgas, y se arqueó, ofreciéndose a él sin reservas. Ricardo la tomó por las caderas, susurrándole palabras de deseo al oído antes de entrar en ella con un movimiento firme y decidido.

El despacho se llenó de gemidos y suspiros, el sonido de sus cuerpos chocando resonando en las paredes. La pasión que ambos habían reprimido durante tanto tiempo se desató en una tormenta de caricias, besos y embestidas.

Ricardo, manteniendola sujeta de las caderas, la penetraba sin descanso, variando el ritmo y la profundidad de la penetración a su antojo, disfrutando de ella que de forma instintiva permitía y facilitaba todos sus movimientos, cada vez más abierta y excitada.

Arantza sentía cada movimiento de Ricardo como una corriente eléctrica, llevándola al borde del éxtasis una y otra vez.

Mientras tanto, Annie, la secretaria de Arantza, estaba fuera del despacho, preocupada por el ruido inusual que venía del interior. Había oído rumores sobre la atracción entre su jefa y el informático, pero nunca imaginó que fuera tan intensa. Dudó por un momento antes de llamar a la puerta, su voz temblando de nerviosismo.

—¿Hola? ¿Arantza? ¿Todo está bien?

Arantza escuchó la voz de Annie, pero estaba demasiado perdida en el placer como para responder coherentemente. Ricardo, sin embargo, no se detuvo. La urgencia de su pasión los llevó a ignorar el mundo exterior, concentrados únicamente en el ardor que los consumía.

—Sí, Annie... todo está bien. —logró decir Arantza entre jadeos, su voz ahogada por la intensidad del momento.

Annie, aunque preocupada, decidió no insistir más. Se alejó de la puerta, dándole a su jefa la privacidad que necesitaba, aunque su mente seguía llena de preguntas y sospechas.

Dentro del despacho, Ricardo ordeñaba con fuerza los pechos de la abogada, disfrutando de cómo reaccionaba su cuerpo bajo sus manos, mientras introducía y extraía el pene de ella, ahora de forma rítmica y muy profunda, con pasión compartida por ambos.

Arantza se sentía cad vez más excitada, viva y en ebullición, como una lata de refresco agitada y abierta de repente que desborda burbujeante.

Ricardo y Arantza alcanzaron prácticamente juntos el clímax, comenzando con las contracciones rítmicas del útero de la abogada, que pronto se vieron acompañadas por la espesa semilla del informático inundando su interior. Sus cuerpos temblando en una danza perfecta de deseo y satisfacción. Cuando finalmente la ola de placer se calmó, él se desplomó suavemente sobre el cuerpo femenino, ambos respirando pesadamente.

—Eres increíble... —susurró Ricardo, besando la nuca de Arantza, que aún tenía los pechos enrojecidos por la presión a la que los habían sometido las manos del informático.

—Tú también... —respondió ella, con una sonrisa satisfecha en sus labios.

Después de unos momentos, ambos se separaron, vistiéndose con una mezcla de timidez y complicidad. Sabían que habían cruzado una línea, pero ninguno de los dos se arrepentía. La pasión que compartían era demasiado fuerte como para ser ignorada.

Mientras la abogada acomodaba sus documentos y trataba de recuperar su compostura, el informático la miró con una ternura nueva en sus ojos.

—Esto no termina aquí, Arantza. —dijo con firmeza—. Quiero más de ti, no solo estos momentos furtivos.

Arantza lo miró, una mezcla de emoción y deseo brillaban en sus ojos.

—Yo también, Ricardo. Quiero más.

Con esa promesa tácita, ambos sabían que su relación había cambiado para siempre. La pasión que habían compartido en ese despacho no era un simple arrebato, sino el comienzo de algo mucho más profundo y significativo.

(Continuará)-----

Ese relato forma parte de la novela 'Arantza. Felizmente sumisa', de Arantzazu Urbiola.

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