Xtories

En el altiplano Parte 3

Aymara no busca amor, busca un heredero. Cuando el turista español la mira con lujuria, ella no ve a un hombre, ve la oportunidad de hinchar su vientre con sangre extranjera. La puerta de la posada se cierra, y el juego de la conquista se vuelve una carrera contra el reloj biológico.

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Era una mañana brumosa en el altiplano boliviano, con el sol luchando por romper la niebla que cubría el pueblo pobre de adobe. Aymara, la indígena de 18 años con ese cuerpo espectacular –tetotas grandes y duras como rocas andinas, culito redondo que pedía a gritos ser azotado, y una concha peludita ahora adicta a la verga y al fetiche de ser preñada– caminaba hacia el mercado con una canasta de papas, pero su mente estaba en llamas. Después de las noches salvajes con don Jacinto, donde el vejete la forzaba y la llenaba de semen agrio soñando con preñarla, Aymara no podía pensar en otra cosa: quería más leche, de quien fuera, para hinchar su panza morena con chamacos mestizos.

Justo entonces, llegó al pueblo un turista español, un rubio alto y musculoso de ojos azules como el cielo limpio, llamado Javier. Estaba de paso, mochilero explorando las ruinas incas, con su piel blanca quemada por el sol andino y una sonrisa arrogante de conquistador moderno. Se hospedaba en la posada improvisada del pueblo, y sus ojos se clavaron en Aymara desde el momento en que la vio meneando las caderas bajo su pollera colorida. "¡Qué cholita más rica! Esas tetas me van a matar", murmuró para sí, sintiendo su verga endurecerse bajo los pantalones de trekking.

Aymara lo notó, su timidez inicial dando paso a una lujuria encendida por el viejo. Se acercó fingiendo venderle unas frutas, rozando su brazo contra el de él. "Señor turista, ¿quiere probar algo dulce del altiplano?", dijo con voz suave, pero sus ojos morenos decían "fóllame y préñame". Javier, cachondo como un toro español, la invitó a su habitación en la posada. "Ven, preciosa, muéstrame las costumbres locales". Aymara entró, cerrando la puerta, y sin palabras se quitó la pollera, exponiendo su cuerpo desnudo: tetotas erguidas con pezones oscuros duros como piedras, concha peludita goteando jugos de anticipación.

Javier jadeó, sacándose la camisa para revelar su pecho depilado y musculoso, ojos azules devorándola. "¡Joder, qué india puta! Vas a probar una verga española, rubia y gruesa". La agarró por la cintura y la besó con fuerza, su lengua invadiendo su boca como un invasor, mientras sus manos blancas amasaban sus tetotas morenas, pellizcando los pezones hasta hacerla gemir. Aymara se derritió, su fetiche ardiendo: "Sí, señor Javier, cójame brutal... préñeme, lléneme la concha de su leche blanca hasta que me haga un chamaco mestizo. Quiero su semilla fertilizándome".

El turista se excitó al oírlo, su verga saltando libre de los pantalones: larga y recta, venuda como un río caudaloso, con el glande rosado y hinchado, rodeada de vellos rubios que contrastaban con la piel morena de ella. "¡Ah, zorrita indígena! ¿Quieres que te preñe? Te voy a bombear tanta leche que tu panza va a crecer como una montaña". La tiró en la cama rústica, abriéndole las piernas musculosas de par en par, y hundió su cara en su concha peludita, lamiendo los labios carnosos con maestría europea, succionando su clítoris hinchado mientras metía dos dedos gruesos adentro, curvándolos para golpear su punto G. Aymara aulló: "¡Ahhhh, síii, cómame la concha, turista pervertido! Prepáreme para su verga preñadora".

No aguantó mucho; Javier se levantó, escupiendo en su polla para lubricarla, y la embistió de un golpe salvaje, rompiendo hasta el fondo de su concha jugosa. "¡Toma verga española, cholita puta! Siente cómo te abro esa panocha fértil para mi semilla". Bombeaba con ritmo furioso, sus bolas depiladas chocando contra el culito redondo con sonidos húmedos y obscenos, mientras agarraba sus tetotas y las retorcía, chupando un pezón como un bebé hambriento. Aymara gritaba de placer: "¡Más fuerte, rubio hijo de puta! Préñeme, inunde mi útero con su leche caliente, haga que mi barriga se hinche con su bastardo azulón!".

El español aceleró, sudando y gruñendo en castellano puro: "Te voy a preñar como a una perra andina, india zorra. Imagínate con la panza redonda, tetas llenas de leche, chupándome la polla mientras viajo". La volteó en cuatro patas, admirando su culito moreno, y la taladró por detrás, una mano en su pelo largo tirando como riendas, la otra masturbando su clítoris empapado. Aymara se convulsionaba, squirteando jugos por toda la verga rubia: "¡Me vengo, Javier, me vengo soñando con su semen fertilizándome! ¡Ahhhh!".

Javier rugió como un león ibérico: "¡Aquí va, puta preñada! Toma mi leche espesa, préñate con mi esperma blanco!". Eyaculó chorros interminables, gruesos y calientes como lava, inundando su útero hasta que rebosaba por los labios peludos, goteando por sus muslos temblorosos. Aymara sintió cada pulsación, imaginando los espermatozoides rubios nadando hacia sus óvulos, mestizándola desde adentro.

Se derrumbaron exhaustos, la verga aún dentro taponeando el semen, Javier besándola con lengua sucia mientras pellizcaba sus tetas. "Joder, cholita, me has dejado seco. Si te preñé, ese chamaco será un conquistador". Aymara sonrió perversa, ya obsesionada: "Vuelva pronto, turista, o lo busco para más leche. Mi panza necesita crecer".

Fin de la parte 3.

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