En el altiplano Parte 2
El viento aúlla en el altiplano, pero el frío no es lo que la hace temblar. Aymara sabe que Don Jacinto la espera, y esta noche no viene a buscar consuelo, sino a ser llenada hasta el borde.
Era una noche fría en las alturas bolivianas, con el viento aullando como un lobo en celo alrededor de la choza de don Jacinto. Aymara, esa indígena de 18 años con cuerpo de diosa andina –tetotas grandes y duras como melones maduros, culito redondo que invitaba a azotes, y una conchita ahora adicta a la verga del vejete– no podía dormir en su catre familiar. Después de esa primera forzada brutal donde el viejo la desvirgó y la hizo gritar de placer mezclado con dolor, un fetiche oscuro la consumía: quería que ese pervertido arrugado la preñara, que le metiera su semen agrio y espeso hasta dejarla con la panza hinchada como una chola preñada en el mercado, pariendo chamacos suyos mientras él seguía follándola sin piedad.
Se escabulló de su casa bajo la luna, temblando de frío y excitación, su pollera ondeando con el viento. Llegó a la choza del curandero y entró sin llamar, encontrándolo mascando coca en su catre, su verga flácida asomando bajo el poncho. "Don Jacinto... he vuelto. No puedo dejar de pensar en su verga... pero hoy quiero más. Préñeme, viejo sucio, lléneme la concha de leche hasta que me haga madre", susurró ella, ya no tan tímida, sus ojos morenos brillando de lujuria prohibida.
El vejete se levantó con una sonrisa desdentada y perversa, sus ojos hundidos devorando las curvas de la cholita. "¡Ah, mi india puta! ¿Quieres que te preñe? Te voy a bombear tanta semilla que tu útero va a explotar, vas a parir mis bastardos y seguirás viniendo por verga con la panza redonda". La agarró por el pelo largo y la tiró al catre, arrancándole la pollera de un tirón violento, exponiendo su conchita peludita ya chorreante de jugos traicioneros. "Abre las piernas, cholita fértil, que te voy a forzar hasta preñarte como una yegua aimara".
Aymara jadeó, abriendo las piernas morenas y musculosas como una perra sumisa, sus tetotas rebotando con la respiración acelerada. "Sí, don Jacinto, préñeme brutal, haga que mi panza crezca con su chamaco. Quiero sentir su leche fertilizándome los óvulos". El viejo se bajó el poncho, sacando su verga retorcida y venuda, arrugada como su piel pero endureciéndose rápido, el glande hinchado goteando un precum amarillento y viscoso que olía a vejez y coca. La frotó contra los labios peludos de su concha, lubricándola con saliva escupida, y luego la embistió de un golpe seco y salvaje, enterrándose hasta las bolas colgantes y peludas.
"¡Toma verga, puta indígena! Siente cómo te abro esa concha para mi semilla. Voy a preñarte hoy mismo, zorra", rugió él, bombeando con fuerza animal, cada embestida haciendo que el catre crujiera y las tetotas de Aymara saltaran como locas. Sus bolas azotaban su culito con sonidos húmedos y obscenos, mientras él agarraba una teta dura y la retorcía, mordiendo el pezón erecto con sus encías desdentadas hasta que sangraba un poco. "¡Ahhhh, don Jacinto, rómpame! Préñeme, llene mi útero de leche caliente, haga que mi barriga se hinche por usted!", aullaba ella, clavando las uñas en su espalda huesuda y arrugada, arqueando las caderas para que la verga entrara más profundo, golpeando su cervix como un martillo.
El vejete aceleró el ritmo, sudando como un cerdo en el altiplano, sus manos arrugadas pellizcando sus nalgas y abriéndolas para ver cómo su verga entraba y salía, cubierta de jugos blancos y espumosos. "Te voy a dejar preñada de trillizos, cholita! Imagínate con la panza enorme, tetas hinchadas de leche, chupándome la verga mientras te follo el culo. ¡Siente cómo palpita, cargada de esperma para fertilizarte!". Aymara estaba en éxtasis, su concha contrayéndose en espasmos, squirteando jugos andinos por toda la verga del viejo. "¡Me vengo, viejo pervertido! Me vengo pensando en su semen preñándome! ¡Ahhhh, síii, hazme madre!".
Don Jacinto la volteó en cuatro patas sin sacar la verga, machacándola por detrás, agarrándola del pelo como riendas de una llama. "¡Ahora más profundo, puta! Voy a eyacular directo en tu cervix fértil". Embistió con brutalidad, sus caderas chocando contra el culito redondo, una mano masturbando su clítoris hinchado mientras la otra retorcía un pezón. Aymara gritaba ronca, el placer invadiéndola como una avalancha: "¡Más fuerte, don Jacinto, préñeme como una bestia! Quiero parir sus chamacos y seguir siendo su puta!".
Finalmente, el vejete rugió como un puma anciano: "¡Aquí va, india zorra! Toma mi leche espesa, préñate con mi semen agrio!". Eyaculó chorros interminables, gruesos y pegajosos como miel rancia, inundando su útero hasta que rebosaba por los labios peludos de la concha, goteando por sus muslos temblorosos y morenos. Aymara sintió cada pulsación, imaginando los espermatozoides nadando furiosos hacia sus óvulos, fertilizándola en ese instante.
Se derrumbaron en el catre, el viejo aún dentro taponeando el semen, besándola con lengua babosa y desdentada. "Don Jacinto, me preñaste... siento su leche trabajando en mí. Quiero más, todos los días hasta que esté bien hinchada", jadeó ella, ya obsesionada con el fetiche. El vejete sonrió perverso: "Vuelve mañana, cholita preñada. Te voy a follar hasta que no quepas en tu pollera".
Y así, Aymara se entregó al fetiche, regresando noche tras noche para que el viejo la llenara de semilla, soñando con su panza creciendo por la verga arrugada de ese pervertido del altiplano.
Fin de la parte 2.
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