Degeneración Veraniega de un Matrimonio (7)
Elena no solo lo dejó sin palabras, sino sin acceso a su propio cuerpo. Ahora, mientras él obedece órdenes absurdas en la soledad del salón, ella se dirige hacia la casa de los vecinos. ¿Qué espera encontrar al otro lado de esa puerta? Y más importante aún: ¿qué papel le ha reservado a él en el juego que acaba de comenzar?
Esta serie tiene relación con el relato “Dile a tu hermana que venga desnuda a casa” (en https://www.todorelatos.com/relato/232576/) y con la serie “Mi hermana quiere vivir con nosotros” (el primero en https://www.todorelatos.com/relato/229791/). ¡No es imprescindible para entenderlo, pero puede ayudar a mejorar el rato! Espero que os guste el “viaje” que comienza este matrimonio;)
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Cuando Jose despertó, aún tenía el sabor a coño en la boca y el dolor en la mandíbula. Había dormido poco más de cuatro intranquilas horas en el sofá.
La noche anterior no le devolvía la imagen de sí que hubiera querido. No hubo apoteósica follada a la vecina. Se corrió demasiado pronto y después fue usado como carne caliente para lamer, justo el tiempo suficiente para volver a ponerlo burro mientras le decían que iban a follarse a su mujer.
Y cuando volvió, sin un plan de ocultación mínimamente decente para su escarceo, Elena estaba esperándolo, y evidentemente lo sabía, aunque Jose no estaba seguro de si lo había visto o no. Estaba desnuda en el salón, algo que hacía difícil pensar en el espionaje y el retorno temprano a casa, a tiempo para esperarle entre las sombras.
Ella lo confrontó y le hizo tragar un pollón de silicona que él ni siquiera sabía que tenía. Le pareció, además, muy realista. Más parecido a un gran rabo de lo que imaginaba en esos cacharros. Había sido obligado a mamarlo y tragárselo hasta la garganta, entre arcadas y toses. Pero no se atrevió a rebelarse, atenazado por la primera amenaza de su mujer: “bájate los pantalones o los echas a la maleta para largarte”. Lo obligó a coger el dildazo con las dos manos y metérselo él mismo una y otra vez en la boca. “De forma sonora”, añadió Elena. Y, por supuesto, Jose obedeció, mientras ella le hacía una mamada salvaje aunque incompleta, prohibiéndole correrse. Murmuraba constantemente algo así como “tu coño”, pero él no podía escuchar entre arcadas y autofollada de boca. Jose se quedó pensando que su mujer estaba más ocupada en saborear los flujos de María que en darle placer a él. Probablemente lo de darle placer a él era un subproducto.
Ahora llevaba escuchando unos minutos el sonido de las cañerías en el techo. Estaba en el sofá del salón, justo debajo del dormitorio suite, así que su mujer debía estar en la ducha. Se preguntaba si le había perdonado, o cuánto duraría el duelo. O si había destrozado su familia por un calentón mal consumado con dos vecinas guarras.
Le costaba pensar en moverse del salón hasta que no la viese. Si se cruzaban, cualquier actitud podía ser malinterpretada. Si actuaba de forma cariñosa, o si actuaba con distancia, ambas cosas podían acabar mal. Igual de complicada le parecía la decisión de a dónde dirigirse y qué hacer. ¿Las niñas? Diría que estaba escudándose en ellas. ¿La ducha? Que actuaba como si no hubiese pasado nada. ¿La cocina? Quizá si preparaba café y desayuno especial para todos podía pedir perdón claramente con su actitud, lo suficiente como para evitar una explosión.
La imagen de Elena de la noche pasada lo aterraba y lo confundía. Hacía años que no le chupaba la polla, y menos con esas ganas, gimiendo y relamiéndose. Y hablando. Hacía años que no decía una palabra, las pocas veces que follaban.
Tras unos minutos que a Jose se le hicieron eternos obedeciendo el inesperado y perverso ultimátum de Elena, esta se levantó, le quitó el dildo de la mano, le azotó el pecho con él y le advirtió que no subiese al dormitorio con ella esa noche. Después lo restregó por sus huevos varias veces sin mirarle a los ojos y se alejó escaleras arriba, dándose a sí misma golpecitos en las tetas con el pollón.
Elena bajó con las niñas vestidas y pertrechadas de mochilas cuando su hermana llamó al timbre. Pasaron por la puerta del salón y sólo la menor levantó la mano para saludar a su padre. Su cuñada las recogía para llevárselas a la playa. Elena se despidió de ellas en la puerta vestida sólo con la toalla, con el pelo mojado, y esperó despidiéndolas con la mano.
Se giró mirando a su marido con una mirada que Jose no sabía definir. No hubiera podido decir si se trataba de una expresión triste, de ira contenida, indiferencia o excitación. Se acercó al sofá, miró a la puerta y volvió a mirarlo a él. Finalmente, se sentó a su lado en el sofá y cogió la mano de su marido entre las suyas. Aunque no las acarició, eso hizo que Jose sintiese alivio y bajase la mirada.
— Voy a salir un rato. — dijo Elena.
— Lo sient…
— Eh, eh, eh… — levantó un poco la voz para callarlo — eh, déjalo. Ya está, da igual. Voy a dar un paseo y luego hablamos.
Jose respiró hondo y asintió con la cabeza, sonriendo de la manera más cálida que pudo. Elena dio una pequeña palmada en la mano de su marido y se levantó de nuevo, acomodándose la toalla y girándose para alejarse y subir de nuevo las escaleras. “Realmente me encanta su culo”, pensó Jose, dándose cuenta de que hacía mucho tiempo que no lo observaba.
Cuando la vio pasar de nuevo por el salón, Jose estaba haciendo café en la cocina mientras intentaba descifrar lo que había ocurrido desde que entró por la puerta de casa.
Elena salió por la puerta y el calor suave le calmó los nervios. Llegó a la puerta de la casa de Adrián y María apenas treinta segundos después de salir de la suya.
Jose, acostumbrado a espiar a las vecinas, tardó sólo quince en subir corriendo las escaleras hacia el ático y salir a la terraza superior para observar la puerta de casa de Adrián. Intentó no asomar demasiado la cabeza y siguió con la vista a su mujer. Con el corazón en la boca vio lo que temía. Elena llamaba al timbre de casa de María y Adrián. Y la imagen de Gloria llegando desnuda por la noche a recibir una follada de boca en esa misma puerta lo asaltó. Su mujer iba en bikini, con un pareo. La imaginó arrodillándose de la misma forma y recibiendo el mismo tratamiento.
Pero Elena, paseó por los escalones sus enormes tetas y su redondo culo con timidez cuando le abrieron la puerta de fuera, mientras María la saludaba sonriente desde la puerta en lo alto de las escaleras y Gloria, desde la terraza del primer piso, la saludaba también con la mano. Desnuda en la tumbona.
Elena subió muy despacio, más nerviosa que contenta, sin una sonrisa clara y sin saber lo que le esperaba dentro, o qué iba a hacer. O qué iba a pedir. Se sintió aliviada porque María habló primero.
— Bienvenida al equipo, vecina — dijo, dándole dos besos.
…
Cuando Elena, seis horas después, volvió a entrar por la puerta de su casa, Jose había seguido obedientemente las instrucciones que ella le había mandado por Whatsapp.
“Dúchate. Voy a mandarte un vídeo por Telegram. No sólo no veas el vídeo: no abras ni el telegram antes de que llegue. Si veo el doble check te largas de casa. Y te lavas los dientes cada hora hasta que vuelva.”
Cuando el mensaje llegó, habían pasado dos horas desde que Elena entró a casa de los vecinos.
En ese momento, Jose llevaba un rato escuchando gritos y gemidos por el patio de luces, y tratando de convencerse a sí mismo de que no significaba nada. Que siempre estaban igual. Probablemente se trataba de Adrián follándose a Gloria como un jabalí, como siempre, mientras su mujer y María hablaban civilizadamente en su salón.
Y no sabía si el mensaje debía aterrorizarle o calmarle. Pero obedeció.
…
Justo cuando Jose se despertó, Adrián fumaba y hablaba por teléfono en la terraza superior de su casa, sentado en una silla y con los pies sobre el borde del jacuzzi.
— Susana, no tengo ganas de hacer nada importante… Ni mucho menos algo serio. Sólo quiero trabajar lo justo, estar en mi casa y tener algún chiquillo.
— Con la prima. — respondió ella.
— Con las primas segundas, sí.
— Y qué más te dará a ti segundas o primeras. Primas son.
— Sí que son, sí.
Adrián hizo una pausa. Susana debía seguir hablando, seguiría insistiendo, pero no funcionaría. Observó a un estornino parlanchín que ya conocía posarse en el borde del tejado y esperó que el animal no quisiese acercarse, porque no llevaba nada que darle y prefería no encontrárselo sin poder prestarle atención.
— Necesito alguien persuasivo, primo.
— Para eso estás tú, yo no doy la talla contigo al lado.
A través del teléfono, el sonido de los tacones de Susana andando muy rápido destacaba chirriante de entre el resto de ruidos de la calle.
— Adrián, el sueldo es que ni te lo esperas de lo gordo que es. Y podríais viajar los tres juntos, a mí no me importa. Mientras estés conmigo en las reuniones y fiestas estarías cumpliendo.
— Susana, gracias de verdad. Pero no puedo, ya intenté trabajar mucho, y ganar mucho, y todo eso... Y no me sale bien.
— ¿Y qué vas a hacer? ¿Follar y comer y cagar?
— Pues un poco sí. Escribo un poco, como un poco, cago cada dos o tres días y follo todo lo que puedo. Tendremos chiquillos pronto, así que se me amontona el trabajo.
— Es un desperdicio y una pena... y una lástima, y lo sabes.
— Es que me da igual. Dedicarme mucho a algo también es un desperdicio de vida. Ni siquiera haría un buen trabajo, te lo aseguro. Me aburriría, me despistaría, te acabaría follando y te perjudicaría. Mejor escribo un poco, como un poco…
— Ya ya, pero… Bueno mira, lo que quieras. Por favor, piénsatelo. Ponle que empezamos con diez mil euros.
Adrián cerró los ojos y se sintió agotado por la conversación.
— Esos diez mil euros son muy caros para mí, prima. Y te arrepentirías, además. En serio que no puedo, pero gracias.
— Ok primo. Pero lo de que me follas lo podemos hacer si me paso un día a veros.
— Adiós, ratona.
— Bueno puto, te dejo.
Y colgó el teléfono. El estornino se había ido. Adrián cogió el tabaco, el papel y las boquillas y volvió a entrar. Bajó los tres pisos y encontró a María y Gloria jugando al baduk en el salón. María se giró sonriente hacia él.
— ¡Nene! Ya me ha dicho Elena que sí. Afílate la polla.
Continuará.
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