Xtories

El pintor de desnudos (II)

Marisa siempre ha sido inalcanzable, pero detrás de las puertas cerradas de su estudio, la distancia se desvanece. Julián solo quiere capturar su imagen, pero el deseo de tocarla lo consume. ¿Hasta dónde estará dispuesta a llegar ella para posar?

ThomRipley2.8K vistas

I

Paso el día en el curro mirando cada diez minutos el reloj que domina el taller donde trabajo. No soy capaz de quitar de mi imaginación la cara de Marisa que se mezcla con las imágenes del sueño, cada vez mas real, mas vívido y sugerente. No soy capaz de centrarme en la tarea y me gano la bronca de Fabián, el encargado, que es un buen tipo pero con muy malas pulgas, que "si estás apijotado o que te pasa, que ya vale de retrasar la cadena y deja de salir de noche, que aquí no se viene a dormir ni a pensar en musarañas, que a la próxima te hago un parte”, y bla, bla, bla. y yo que le contesto en silencio con una sonrisa tonta de excusa, si yo te contase lo guapas que son las musarañas cuando entran tus sueños sin avisar, Fabián...

A las seis menos cinco ya estoy saliendo por la puerta y Fabián que me coge del hombro por detrás "¿a donde te crees que vas tan apurado?, que me tienes harto hoy", señalando el maldito reloj, y yo, es que tengo prisa, y le hago un guiño cómplice que quiere explicarle que hoy no estoy para hacer horas extras porque a las musarañas no se les haces esperar, y "ya te vale la cara que tienes, pero mañana te quedas hasta las seis y media por capullo", vale lo que quieras, pero ahora marcho que pierdo el bus, "Joer, si es que no puedo contigo. ¡Hale corre!, y mañana me cuentas, que tal te fue con esa, que eres terrible", con cara de a mi no me engañas que ya tengo el culo pelao de tratar con jetas como tú, pero al fin me suelta el hombro y me despide con una sonrisa de ánimo, que ya se que no es tonto y mañana tendré que invitarle al café mientras le cuento cualquier patraña que le entretenga un rato. Buena gente Fabián.

Cojo el bus por los pelos y en el trayecto voy planeando estrategias para convencer a Marisa, enredándome con ideas cada vez mas absurdas e infantiles, así que cuando entro en casa decido que todo al carajo y lo mejor es dejar las cosas fluir y fiarlo todo a mi capacidad de improvisar y a la imaginación, que de eso estoy sobrado y, casi siempre, me da buen resultado. Me ducho y me visto a ritmo de Sultans of swing a toda pastilla, hago cuentas de la calderilla que me queda en el bolsillo y se me ocurre que puede ser buena idea ponerme un pequeño esparadrapo en la barbilla. Bajo las escaleras saltando, intentando no atropellar a la bruja que vive en el primero cuando sale al rellano para amenazarme a gritos, el escándalo que representa en una casa decente ese ruido a estas horas, yo también lo pienso señora, váyase a gritar a su marido a ver si se le quita esa cara de mal follada que usa y salgo a la calle dispuesto a triunfar como un torero en la Ventas el día de San Isidro.

II

Llego al bar a las menos cuarto y pido una caña para entretener la espera, sin hacer caso a la mirada de desprecio que me dirige el camarero cuando se la pago con moneditas de cincuenta céntimos, la mas grande. Luego secuestro el MARCA y me siento en una mesa a repasar las noticias culturales del día, tan concentrado en el fichaje de Mbappe por el Madrid como si estuviese preparando una oposición. Veinte minutos después me empiezo a mosquear, pero bueno, que solo son cinco minutos de retraso y hay que ser paciente. Pido otra caña y ahora ya el camarero ni me mira, así que en vez de pagarle le pregunto por el dueño, que quiero hablar con él, que está ocupado, y yo que dile que Julián quiere verle y el prenda que se mete en la cocina con gesto de lo que tengo que aguantar, da unas voces llamando y al rato sale el imbécil de Tato con aires de importancia y "¡Hombre!, tú por aquí. ¿Que traes de bueno?," que si te sigue interesando aquello y me mira con cara de zorro dispuesto a robar una gallina "pues no se, ahora igual cambio la decoración del comedor y..., no sé,..., tendría que pensarlo", pues es que tengo una exposición dentro de dos meses y ya sabes que lo vendo fijo, me doy cuenta de que no le engaño y ahora la cara ya es de lobo asesino y me mira cínico "Y ¿cuanto?", pues lo que quedamos en mil doscientos, ¿no era eso?, y la carcajada de tu estás loco se escucha en todo el bar acompañada de la sonrisa burlona del camarero, que se ha acercado a cotillear haciendo de palmero. "Mira Julianito...”, eso me enciende, pero me contengo que mas cornadas da el hambre, "las cosas andan mal y solo enmarcarlo ya me vale una pasta, así que mejor lo dejamos para otro momento", me da una palmada en el brazo, bueno y cuanto me ofreces, ¡venga hombre!, que es una oportunidad y dentro de un mes te vas a arrepentir, y ahora pone cara de lo que el piensa es un hombre de negocios implacable y me susurra al oído para que el camarero no sepa lo que me dice, "seiscientos y ni un euro mas. Lo tomas o lo dejas Julianín".

Me dan ganas de escupirle a la cara de becerro que se le puesto, pero me trago el orgullo, y hombre no seas así, que eso es como un desprecio, mientras se da la vuelta dando por acabada la conversación, pero lo agarro por detrás de la camisa y atraigo su oreja junto a mi boca, venga ochocientos, me das ahora doscientos y el resto el viernes, que te traigo el cuadro. Se suelta con un gesto de fastidio y alisa la camisa con la mano mientras vuelve a mirarme con la cara de zorro, se lo piensa un minuto y enseña un colmillo asomando entre la sonrisa de sádico plantada en su jeta. Al fin me extiende una mano, blanda y sudada, "de acuerdo, ya has vendido un cuadro, artista", como si me hiciese un favor, y se vuelve a meter en la cocina con aire de triunfo para salir al rato y largarme cien euros que es lo que tengo ahora en caja me miente. Si supiese que lo hubiese vendido por quinientos te sale un grano en el culo, animal, y arrieros somos y en el camino nos vemos, así que yo también sonrío al camarero con aire de persona importante que consigue lo que quiere y le pido un gintonic, que ya son las ocho y media y Marisa no aparece como tampoco la propina que espera el tonto de la barra, por gilipollas.

III

Veo su figura recortándose en la puerta del bar a menos veinte y suspiro aliviado, pero hago como que estoy mirando el teléfono hasta que llega hasta la mesa y me levanto, fingiendo sorpresa para darle los dos besos de rigor, ya estás aquí, que bien, te pido algo, "lo mismo que tú, gracias", y que perdone el retraso que me liaron, no me había dado cuenta yo acabo de llegar, así que llamo al camarero y le pido otro gintonic y ahora si le suelto tres euros de propina, sin mirarle a la cara de "que roñosa es la gente" que pone, que Marisa vea lo rumboso que soy.

No puedo apartar mis ojos de su rostro mientras le atropello con una conversación sin sustancia y banal según se me va ocurriendo tontería tras tontería. Me noto nervioso y ella se ha plantado frente a mi con una sonrisa serena en su cara, taladrándome con la mirada de ojos grises en la que me pierdo sin remedio. Me interrumpe "¿que te ha pasado?”, señalando el esparadrapo, nada importante, gajes del oficio, un compañero de entreno que se pasó un pelo, suele ocurrir, ja, ja, otras veces soy yo el que..., "me choca eso de un artista que boxea, eres el primero que conozco. Yo voy dos veces por semana a pilates y me gusta mucho nadar. También salgo a correr algo todos los días, pero lo del boxeo nunca se me ocurriría, debe de ser bastante duro ¿no?”, no, no, que yo solo hago guantes, no peleo, pero me mantiene en forma..., si quieres algún día puedo invitarte a mi gimnasio y así conoces el ambiente. No es tan bestia como puedas pensar y mucho mas sano de lo que dice la fama..., "pues igual te cojo la palabra, me parece interesante y a mi me gusta experimentarlo todo, ¿crees que puedo valer para boxear?”, por supuesto que para eso no hace falta ser Mike Thyson, me sigue el tema mientras yo trago saliva pensando en como voy a salir de ésta, pero enseguida cambia de conversación, "Y dime, ¿como es eso de posar para un cuadro?, me intrigaste con el cuento el otro día", que no, que no es ningún cuento y le empiezo a contar que tengo apalabrada una exposición dentro de dos meses y que estoy pensando en un cuadro de tal manera y tal otra, y me enrollo con una historia que voy inventando sobre la marcha y parece que se la cree, pero me mira burlona dándose cuenta de mis nervios, que solo serán tres o cuatro sesiones de una hora o así y de repente me corta, "o sea que tenemos dos meses de margen para hacer el cuadro, habrá que empezar cuanto antes, ¿que te paree el sábado?", propone al parecer ya convencida, tendrías que venir a mi estudio ¿no te importa?, "pues claro que no, en realidad estoy deseando conocerlo para ver tus cuadros”, pues nada decidido, el sábado por la tarde y le digo la dirección que anota en una pequeña agenda que saca del bolso, "esto queda por las afueras ¿no?".

Salimos del bar, aún me quedan ochenta euros, así que invito a otra copa en otra capilla y acepta sugiriendo un lugar de moda, con fama de pijo y exclusivo, que solo conozco desde la calle. Mientras caminamos por la acera, uno al lado del otro, me fijo en la ropa de marca que viste con elegancia, en su peinado perfecto, en su aroma de perfume caro y en su andar decidido y arrogante. Los tacones hacen que sea un poco mas alta que yo, pero una mirada fugaz a nuestro reflejo sobre un escaparate me devuelve una impresión favorable de lo buena pareja que hacemos.

Noto miradas de curiosidad en algunos clientes del local mientras entramos y ella va saludando aquí y allá, y yo la sigo como un perrito faldero, procurando que no se me note lo fuera de lugar que me siento con mis vaqueros viejos entre tanta gente guapa, pero ella parece estar en su salsa y hasta parece orgullosa de presentarme a un par de conocidos "aquí Julián, artista que va a llegar muy lejos”, y que tal y tal, encantado,..., encantada,..., bla bla bla, y creo que he oído hablar de ti suelta un señor estirado con barbita de chivo, mentira cochina pienso, y patatín y patatán, hasta llegar a la barra y sentarnos en un par de taburetes, mirándonos de frente mientras consumimos un cóctel que ella pide a la camarera tratándola tan familiarmente y seguimos hablando del cuadro, que no se preocupe que lo de posar es fácil aunque algo incómodo, pero ya procuro trabajar rápido que no te canses y además descansas cuando te de la gana, te pago cincuenta euros por sesión y "alto ahí que yo no te pido nada, que lo hago porque quiero y me interesa la experiencia, no por dinero que no me hace falta”, ofendida, pero yo insisto, que ya se que es poco pero es lo justo, mientras me la imagino posando desnuda en medio del estudio y siento vergüenza al notar mi polla creciendo dentro de los vaqueros rotos por las rodillas que procuro, inútilmente, ocultar de la vista del resto de parroquianos. "ya hablaremos de eso, da por finalizado el tema harta ya de mi insistencia, "igual encuentras otra forma de compensarme mi colaboración al arte", deja caer con una sonrisa que me deja totalmente hechizado mientras brindamos sellando el acuerdo.

Me dejo la mitad de mis caudales en la mano de la camarera que nos mira socarrona mientras cobra y se despide con un beso de Marisa "hasta mañana guapa", que si que lo es la camarera, delgadita pero con una cintura que marea y unas tetas muy bien puestas y Marisa que me anima a salir "no te embobes que tiene novio y vamos que se hace tarde”, me riñe con sorna mientras tira de mi hacia la salida despidiéndose de unos y de otras conocidas que, ahora, casi me parecen buena gente además de pijos, fachas y ricos.

Me ofrezco a acompañarla a casa, pero ella prefiere llamar a un taxi, que tu vives muy lejos y no merece la pena, y te llamo para concretar la hora, vale, hasta el sábado entonces, espero tu llamada y dos besos antes de subirse al taxi y buenas noches, adiós, adiós y, por mas que lo intento no consigo escuchar la dirección que le da al taxista.

Luego camino por las calles cada vez mas oscuras a medida que me voy acercando a mi casa, sin pensar en nada, solo aspirando el recuerdo de su perfume caro y fantaseando con el tipo de compensación espera recibir por su trabajo. Me voy a la cama, sin cenar, y no puedo evitar masturbarme imaginando, una vez mas, su cuerpo desnudo atrapado por mis pinceles en un lienzo que me envuelve entre sus pliegues, arropando un sueño en el que caigo dulcemente arrastrado por la luz plateada de sus ojos.

IV

Paso la semana impaciente, nervioso y algo alterado aunque consigo concentrarme en el trabajo, tanto que hasta Fabián me felicita y mas cuando le cuento patrañas inventadas a la hora de comer. Casi babea encima de la mesa mientras le describo supuestas novias que, no se porqué, son todas muy parecidas a la camarera amiga de Marisa, y las imaginarias aventuras sexuales que compartimos, "pero ¡que canalla estás hecho, Julián!", me jalea con un punto de envidia sana, "pues a mi con la parienta nunca se me ocurriría hacer esas cosas", se lamenta, pues puedes intentarlo que no es tan difícil, "¡pufff!, me manda al sofá al primer intento, ya somos mayorcitos para jugar así, ja, ja, hay peligro de romperse algo mas que la crisma, ja, ja, ja”, me confiesa con alegre resignación. Buena gente Fabián, ya digo.

Pero todo llega en esta vida y el viernes no falta a su cita, puntual como los lunes, los martes y demás compañeros de semana, menos ansiados para todos los que dependemos de un sueldo, pero igualmente inevitables. Y hoy me permito el sacrificio de quedarme diez minutos mas mientras recojo tranquilamente y charlo con Fabián y otro par de compañeros que pegan la oreja a mis fantasías, de los planes para el fin de semana. Llego a casa y me pongo en acción, buscando el cuadro de marras para quitarle el polvo, sacarle una última foto y pegarle una etiqueta por detrás con título, autor y fecha. Es una versión muy libre de "La última cena" de Leonardo mezclado con uno de la serie "perros jugando al poker" de Coolidge que, en su tiempo, me llevó bastante tiempo componer y realizar. Le tengo mucho cariño y me despido de él como una madre despediría a su hijo que se va al frente de guerra, pero las cosas como son y le agradezco este último servicio a mi causa. Escribo TATO NO ERES MAS IMBÉCIL PORQUE NO ENTRENAS por detrás de la etiqueta, la adhiero al lienzo y finalmente lo envuelvo en papel de estraza mientras planeo el destino de los setecientos del ala, el que no se consuela es porque no quiere, y salgo disparado con el cuadro bajo el brazo a consumar la infamia.

Encuentro al cornudo detrás de la barra, de tertulia con tres amigotes tan dignos del título a gilipollas del año como él, muy dicharachero y vacilón como siempre. No se resiste a desenvolver allí mismo el cuadro, mas que nada para presumir delante de sus compinches, que lo miran con indiferencia y una expresión de tú estás tonto cuando les comenta, sin darle importancia ni ponerse colorado, que le cuesta mil quinientos la broma pero que para su local lo que sea. Así que mientras ellos mueven la cabeza a los lados como muñecos y se dedican a despreciar lo que no entienden, Tato saca un sobre mugriento del bolsillo del pantalón y me lo alarga con una sonrisa doliente, toma lo tuyo, y yo que no me fio lo abro y oye que aquí faltan cien que el otro día..., "perdona, tienes razón, un despiste,...," y se acerca a la caja y la medio vacía ante la mirada incrédula del camarero que, por lo visto, no da crédito al hecho de ver volar su sueldo semanal así tan fácil, y "tómate algo anda, que te invito", y el camarero me pone un gintonic mirándome como a un ladrón de sueldos, pero luego me despide muy amable mientras se guarda disimuladamente los cinco euros que le dejo de propina para consolarlo y adiós Tato y gracias,"hasta luego, artista, vuelve pronto, ja, ja", hala y que te den cabronazo.

V

El sábado amanece espléndido y a las siete ya estoy intentando darle un aire de orden y normalidad al cuchitril donde habito, deshaciéndome, a ritmo Cuatro Estaciones, de la pila de platos sucios que he ido acumulando pacientemente durante la semana. Luego barro el pasillo y el salón, me libro de la duna de polvo que he reunido y me dedico a hacer la cama de mi habitación, cambiando las sábanas que ya tocaba desde el mes pasado. Ordeno un poco el armario no sea que, y suena el timbre de la puerta que me sobresalta, la vecina de abajo en bata que me recrimina que no son horas para este volumen de música y que a su marido le duele la cabeza y necesita dormir, que peor para él señora mía, que se mejore y le doy con la puerta en las narices aunque bajo la música porque hoy me siento mas empático que nunca y entiendo que Vivaldi no está hecho para las orejas de un asno.

Bajo el saco de basura al contenedor y me dirijo al supermercado cercano en el que hago provisión de comida procesada, papel higiénico, un ambientador con olor a lavanda, algún aperitivo y un par de botellas de vino blanco. No me resisto a una botella de vodka y otra de whisky, junto a unas tónicas, cerveza en lata y Cocacola. Al final también incluyo otra botella de ginebra, por tener opciones, y una caja de bombones a precio de caviar que me llama la atención cuando me dirijo a la salida. Lo que se dice una compra completa. El empleado, que me conoce de sobra gracias a mi compra diaria de hamburguesas y latas de cerveza baratas, me mira con asombro al ver el dispendio y tuerce el gesto cuando le largo un billete de quinientos displicientemente para abonar los ochenta a los que sube la cuenta, pero no dice nada cuando comprueba que es bueno y me devuelve el cambio con una sonrisa de alivio.

De nuevo en casa, abro una cerveza y la voy bebiendo mientras paso revista al estudio, la mejor habitación del piso, la mas grande y la única que mantengo siempre perfectamente ordenada y limpia. Hace esquina en el edificio y cuenta con ventanas en las fachadas sur y oeste, con lo que la luz que recibe es impresionante, en contraste con el resto del piso. Cuenta con suficiente espacio para albergar un gran sofá, estanterías repletas de libros, útiles de trabajo, archivadores para mis proyectos, una buena mesa de trabajo, mi ordenador, el equipo de música, tres sillas diferentes y un buen armario donde guardo mis cámaras de fotos, tubos y botes de pintura, pinceles, lápices, herramientas y mil cachivaches inútiles de esos que vamos juntando con el tiempo y solo sirven para acumular polvo. Tengo espacio mas que suficiente para trabajar y almacenar mis cuadros en una esquina, unos sesenta ahora mismo, algunos buenos según creo, otros no tanto. Alguno luce por las paredes del cuarto, pero no me gusta tener mis cuadros a la vista, porque cada vez que los veo les voy encontrando defectos, me van entrando ganas de tirarlos a la basura y, a pesar de todo, ya dije que los quiero a todos como si fuesen hijos.

Al cabo de una hora quedo satisfecho de mi trabajo. Echo una mirada final al conjunto y coloco un biombo de tela en una esquina. Son las doce, así que bajo al bar de la calle y me tomo un vermút con unas aceitunas. Telefoneo a Marisa y me coge la llamada al primer aviso.

-"Buenos días guapa ¿que tal?"

-"Hola, hola, pues nada, acabo de llegar a casa, vengo de la pelu que quería estar presentable, ja ja"

-"Ja, ja, no te imagino impresentable, ja, ja. Nada que ¿vas a venir por fin a la tarde, o no puedes?"

-"Claro, ya habíamos quedado, ¿no?. ¿Que te parece a las cinco o cinco y media?"

-"Por mi perfecto, que a esa hora tengo una luz estupenda en el estudio"

-"Pues nada, allí estaré. ¿Tengo que llevar algo?"

-"No, no. Con tu presencia ya es suficiente, ja, ja"

-"Pues hale, nos vemos, chao"

-"Hasta luego, hasta luego..."

Apuro el vermút y pido otro, que un día es un día, y el dueño del bar me sonríe cómplice detrás de la barra mientras me sirve, pues ha escuchado toda la conversación y, como buen tabernero que es, sabe que clientes triunfadores hay pocos y es conveniente cuidarlos.

VI

Tengo a Marisa desnuda entre mis brazos y voy a besarla mientras ella me ofrece su boca anhelando el contacto con mis labios, pero la corriente eléctrica que nos atrae se corta súbitamente, haciendo temblar la imagen de su rostro en espasmos hasta quedar en negro con un punto de luz en el centro y un zumbido continuo que taladra mis oídos sin piedad, despertándome sobresaltado de una siesta incómoda provocada por los cuatro vermuts del mediodía. Pego un salto en el sofá al darme cuenta de que el timbre del portal suena irritado por la espera, me cago en la leche quien me manda…, y corro al interfono mientras intento arreglarme la ropa y alisarme el pelo. Luego abro la puerta del piso y espero, escuchando los tacones de Marisa por las escaleras y la puerta del primero que se cierra con sigilo, maldita cotilla, y hola que tal, y dos besos, pues aquí me tienes, estás muy guapa, pues gracias ja, ja..., pasa, pasa, perdona el desorden que soy un poco desastre, ya veo ya, mirando aquí y allá con curiosidad. Le conduzco al salón y le ayudo a quitarse el chaquetón que dejo doblado sobre una silla. Viene muy elegante, el pelo teñido en reflejos enmarca su rostro ligeramente maquillado, los ojos pintados de oscuro y raya marcada le dan un aspecto de misterio muy sensual que me hace quedarme pasmado delante de ella mientras miro fijamente el escote pronunciado y sugerente de un vestido vaporoso, que insinúa sus curvas y deja al descubierto sus piernas desde mas arriba del medio muslo. “Cierra la boca que te va a entrar algo, ja, ja”, perdona que no quería ser indiscreto, pero estas realmente impresionante, “venga no seas adulador, que conmigo no sirven esas cosas, ¿no me enseñas tu casa?”, claro, claro, perdona que no estoy acostumbrado a recibir visitas, y rápidamente la hago pasar por el pasillo, nos asomamos a la cocina, y aquí mi cuarto y allá el baño y, por fin este es mi estudio, y se queda en la puerta observando, luego entra y se para en el centro de la habitación, girando sobre si misma para abarcar todos los rincones, mirando con atención y “¡oye!, está muy bien, mejor de lo que imaginaba”, mientras va recorriendo toda la estancia fijándose en los cuadros colgados por las paredes, alejándose de alguno para apreciarlo mejor, “son todos tuyos, claro”, si, si, naturalmente si quieres ver mas y empiezo a enseñarle todos los que guardo apilados, explicando y comentando detalles, orgulloso, mientras ella se coloca a mi espalda, apoyando sus manos en mis hombros y asomando la cabeza tan cerca de la mía que casi nos tocamos, atendiendo en silencio a mis palabras y escucho su respiración suave, embriagándome con el aroma de perfume caro que destila su cuerpo.

“Impresionante chico, me has dejado alucinada de verdad, eres un artistazo, en serio te lo digo”, y yo modesto, ya quisiera yo, que hay veces que pienso que no valgo, y bla bla bla, “nada, nada, no seas tonto que estoy hablando en serio. Tengo que presentarte a un par de conocidos míos, ya verás”, ¡hombre! pues gracias que toda ayuda viene bien y tal y tal, pero si te parece vamos a empezar con lo nuestro que se va la luz y mira puedes prepararte detrás del biombo aquél y ponerte eso mientras empiezo, señalando un albornoz viejo.

Ahora me siento muy seguro porque noto que los nervios y la timidez han desaparecido a medida que ella se ha ido entusiasmando con mi trabajo y ya no es la mujer altiva y dominante de hace unos momentos, sino la niña curiosa que ha descubierto un juego nuevo y se muestra ansiosa por jugarlo. Se mete detrás del biombo y veo como va colgando de él su vestido, el sujetador blanco de encaje, las medias y, por último, unas braguitas minúsculas que ondean un momento antes de caer como rendidas encima del resto de ropa.

Aparece envuelta en el albornoz, no se ha quitado los zapatos de tacón y se queda expectante en medio del estudio esperando mis instrucciones mientras pongo en el CD uno de Enya bajito, que no quiero que la vecina cotilla venga a interrumpirme, pues siéntate ahí, quítate el albornoz y ponte así, me siento en el sofá a su lado para enseñarle la postura que tengo pensada, y ahora levanta la pierna un poco, no la otra, ponte la mano derecha sobre el hombro izquierdo, tapándote las tetas pero que se te vea un poco la izquierda,…, así, eso es, levanta un poco la cabeza,…, espera, le traigo unos libros para que apoye la pierna, me alejo un poco para ver mejor el efecto y si, perfecto, ahora quieta mientras hago el boceto. Busco un cuaderno de dibujo, unos carboncillos, acerco una silla frente a ella y me pongo a dibujar sin pausa.

La luz de poniente que ahora inunda la habitación presta a su piel un tono dorado, suave y satinado, como si estuviese barnizada con aceite. Está para comérsela de pies a cabeza, pero hago lo posible por mantener la concentración en el dibujo, porque siento que aquello ya no es una excusa infantil para echar un polvo, sino que de mis dedos va a nacer una buena obra de arte y me acuerdo de Fabián, que nunca va a saber nada de esto, del Tato y los gilis de sus amigos, del tipo con barbita de chivo y, que extraño, de la camarera amiga de Marisa que estarán cada uno a sus asuntos sin pensar en mi para nada ni imaginar el papel que cada uno juega en esta historia.

CONTINUARÁ