Malditas clases particulares
Maite siempre fue la alumna difícil, pero esta vez no viene a estudiar. Viene a enseñarle a su profesor qué significa realmente perder el control. Y cuando la puerta se cierra, las reglas del juego cambian para siempre.
¿Sabes esa sensación de sentirte vivo, deseado, incluso desconectado de la realidad? Así me sentía yo cada vez que iba a casa de Maite a darle clases de matemáticas y lengua castellana.
Cuando vi a Maite por primera vez, me pareció la típica chica inadaptada, tímida y con poca autoestima. Se vestía muy tapada, pero se intuía un cuerpo… apetecible. El tipo de cuerpo que dispara la imaginación. Era bajita, con la cara llena de pecas y unas gafas que parecían de pega, usadas más como escudo ante los demás que por necesidad. Era una chica poco sociable, con un sentido del humor ácido, y en ocasiones, hiriente. Inteligente. Mucho. Y… tremendamente sexy. Quizás esa era su mejor definición. Tenía un morbo indescriptible cada vez que se mordía el maldito labio inferior cuando le explicaba las funciones y las matrices, o cuando chupaba el boli Bic dejando un hilo de saliva cuando lo separaba de sus labios gruesos, con ese brillo que siempre se ponía antes de la clase.
Cuando apoyaba su generoso pecho encima de la mesa y me preguntaba alguna cosa señalando al libro, no atendía razones. Era humillante tartamudear al hablar o mirar inevitablemente sin ser descubierto. Sentía un tremendo calor que subía por mi cara, se me pegaba la camisa al cuerpo y el pantalón empezaba a apretar más de lo que uno querría. Pero un día se pasó de la raya y acarició mi pierna, despacio, bajando por mi pantalón. Notaba su mano a través de la tela de mi vaquero, cómo iba acariciándome para detenerse justo antes de llegar a mi ingle. Y todo se precipitó
Hace no mucho, los padres de Maite y los míos quedaron para una excursión familiar. Nos presentaron, y desde el primer momento pasamos olímpicamente el uno del otro. De hecho, mi hermano Dani, que tenía su misma edad, consiguió acercarse más a esa misteriosa chica. Ese día mi madre se dedicó a venderme: el chico perfecto, el estudioso, el responsable que se ganaba un dinerillo dando clases… y conexión inmediata. Maite necesitaba apoyo para preparar la PAU. Me venía fatal porque ya daba dos clases más y dije que no, pero la madre de Maite no era de las que aceptan un no. Me ofreció 30€/h. Acepté. Mientras tanto, Maite observaba desde fuera, estupefacta, como si la estuvieran subastando. Intenté acercarme a hablar con ella, pero solo recibí rechazo y un rotundo:
—No necesito que venga un pijo a darme clases de nada.
Recuerdo el primer día de clase. Llegué puntual. Me recibió la madre de Maite y me acompañó a una galería que habían ganado a la casa, tranquila y alejada de las zonas comunes. Maite ya estaba allí, con mallas y una sudadera con cremallera subida hasta arriba. Me llamó la atención, era una tarde muy calurosa.
Me ofrecieron tomar algo y pedí una leche caliente con ColaCao, como ella. Empezamos a repasar materia. Mientras hablaba, por primera vez la observé de verdad. Su cara era bonita. Su boca, con esos labios suaves y brillantes, su tono de voz pausado… de repente descubrí que iba a tener que esforzarme por no distraerme.
Cuando su madre trajo las tazas y se marchó, todo sucedió muy rápido. Se me cayó la taza y parte de la leche caliente cayó sobre la sudadera y las mallas de Maite. Instintivamente intenté evitar que cayera la taza y pude salvarla de un desastre más grande. Maite se había puesto de pie, como un muelle, pero estaba totalmente mojada y manchada. Lo que no pude entender fue que, en lugar de cambiarse de ropa, se quitó la sudadera dejando al descubierto aquello que había estado escondiendo… ¡qué pechos! Se le marcaban un poco los pezones en la camiseta que llevaba sin sujetador. Me quedé atontado mirando, o más bien, admirando esos dos pechos firmes, colmados y en este caso “activados”. Agaché rápidamente la mirada a las mallas al darme cuenta de que había estado demasiado tiempo contemplando. Sabía que Maite se había dado cuenta de mi forma descarada de mirar, incluso lasciva, me entró un ataque de vergüenza.
—Ha sido sin querer, lo, lo… siento —dije de forma torpe, con la cara colorada.
—¿Lo dices por tirar la leche o por el repaso que me has pegado?
—Eh, bueno… solo me he quedado sorprendido. No te imaginaba así.
—Ni yo tan torpe. Soltó con una leve carcajada. ¿Me estaba vacilando?
Había una servilleta encima de la mesa y se la ofrecí para que se limpiara.
—Vas de coña, ¿no?, dijo Maite.
—¿Por? Querrás limpiarte.
—Límpiame tú. Tú la has liado, tú lo arreglas.
Juro que no entendí nada. Cogí la servilleta y empecé a frotarla contra las mallas de Maite, tratando de limpiar como podía. Era una pierna dura, bien trabajada, se notaba que hacía deporte. Eran mallas, joder, le notaba todo y tenía 25 años. Mi erección fue inevitable. Entonces pasó lo que terminó de dejarme loco. Maite me cogió las manos y las separó y miró los pantalones, justo donde mi empalmada era más evidente.
—Ahora estamos en paz. Puedes seguir tu aburrida clase. A ver si ahora que estás más contento deja de ser tan tremendamente soporífera.
Si existiera un color más cálido que el rojo ese sería el de mi cara. No sabía cómo seguir. Por suerte quedaba poco. Le mandé unas tareas para la siguiente clase y me marché tan rápido como pude.
Me pasé el camino de vuelta confundido, Maite parecía la típica chica que nunca ha roto un plato, pero de un momento a otro, se había convertido en una chica totalmente diferente, libre.
Las siguientes clases Maite jugó con mi paciencia todo lo que podía. Provocaba, enseñaba, rozaba… me hablaba con una voz demasiado sensual. Sé que le divertía sentirme comiendo de su mano. Pero no era así.
A mis 25 años había andado mucho camino yo. Era un tío bastante decente, tirando a guapo, pero sobre todo siempre he sido muy seguro de mí mismo. La única cosa que jugaba en mi contra en esa situación es que había hecho un pacto conmigo mismo de no follar, no masturbarme… NA-DA, por dos meses. Había cortado con una novia de 3 años a la que había querido mucho y necesitaba un ‘reset’ profundo. Quería recolectar un poco.
Creo que no hace falta explicar que después de un mes y pico sin ningún estímulo sexual, tener una alumna pervertida y buscándome no era precisamente lo mejor para cumplir con mi pacto. Siempre que salía de las clases con Maite mis calzoncillos estaban jodidamente empapados y mi dolor de huevos era preocupante. Así que decidí que esa niña inadaptada y pervertida dejaría de jugar conmigo, estaba decidido a poner orden.
Nunca pensé que fuera a salir todo como acabó pasando.
Era un jueves y llegué puntual. La madre de Maite se marchaba a recoger a su hermano y me dejó el dinero alegando que su marido no llegaría hasta la hora de cenar tampoco. En resumen, Maite y yo estábamos solos. Completamente solos.
La clase empezó con normalidad, salvo por una cosa… Maite llevaba falda y un top sin nada debajo, además, se había hecho coleta. Mi erección al verla así fue inmediata y no pude más que salir del estudio y decirle que necesitaba irme al baño. Por el camino me recoloqué el pene hacia arriba para que no fuera tan visible. Lo que no pensé fue que al volver y sentarme se desplazó a un lado, apuntando al bolsillo y, de pronto, Maite no paraba de mirarme, sin cortarse absolutamente nada.
Hice como si nada y empecé la clase. En ese instante, Maite se acercó a la mesa y miraba descaradamente hacia abajo. ¿¿Estaba loco o se estaba relamiendo??
Yo seguía muy excitado y cada vez tenía más calor. La polla me palpitaba dentro del pantalón y no podía pensar con claridad. Maite se separó entonces un poco de la mesa y se acercó al borde de la silla abriendo un poco sus piernas.
Y ya no pude más.
—¿Qué estás haciendo? —le dije.
—Creo que está claro, controlar la situación. Y veo que lo hago bastante bien.
Cogí la mano en la que tenía el boli y se lo arranqué dejándolo encima de la mesa.
—Estos juegos son peligrosos porque al final las niñas malas se queman y acaban llorando —le dije clavándole la mirada y con la voz más autoritaria que fui capaz de poner.
—Entonces, ¿estoy siendo mala, profesor?
No sabéis cómo dijo “profesor”. Casi me corro allí mismo. Maite acercó su silla y puso una de mis piernas entre las suyas y se acercó. Llegó hasta el final. Al poco, noté que mi rodilla estaba húmeda. Apoyó una mano cerca de donde estaba mi erección y entonces se acercó a mí y dijo…
—¿Cuándo piensas empezar a castigarme?
No pude más. Le cogí de la coleta por detrás, estiré firmemente hacia abajo y acerqué su cara a mi boca. No la besé… le lamí los labios despacio. Besé su cara y le hundí la lengua dentro de la oreja. Le mordí el lóbulo hasta que suspiró y se resistió como queriendo apartarse, mientras se frotaba con mi rodilla. Le seguía cogiendo de la coleta. Ahora la manejaba yo. Le levanté el cuello y besé, chupé, lamí.
Ella gimió.
Seguía frotándose contra mi rodilla. Y la mano que había bajado al pantalón estaba frotando la punta de mi polla por encima de la tela del vaquero.
La levanté de la silla y, cogiéndola de la cintura la puse encima de la mesa y le arranqué la camiseta.
¡Qué hermosura de cuerpo! Sus pechos firmes, jóvenes, duros, morenos. La areola preciosamente proporciona y unos pezones pequeños pero descarados, fuertes, deseando ser mordidos y lamidos. Me quité la camiseta y la cogí del pelo otra vez. Le puse su boca en mi pecho y empezó a chupar mi pezón. Eso era algo que me ponía a mil. Y ella lo hacía muy muy bien. Llevé mis manos a sus piernas y apreté los pulgares para separarlas un poco y arrimar mi pantalón. Le cogí el culo y pegué su cuerpo contra el mío.
Ella se separó y aproveché para coger sus pechos con firmeza. Primero todo, luego toqueteaba, pellizcando, acariciando sus pezones. Gimió. Maite seguía frotándose contra mi erección, estaba tremendamente excitada.
De repente, me empujó y me apartó de la mesa. Se puso de rodillas delante de mí y me desabotonó el pantalón. Un botón, otro y otro. Despacio. Me cogió de la cintura y me bajó todo a la vez, los calzoncillos y el pantalón. Mi polla salió como un resorte y le golpeó en la cara.
El tiempo se detuvo. Maite admiraba mi polla con ojos de felina hambrienta. Con la cara de depredadora que aún no ha tenido lo que se merece. Me cogió del culo con las dos manos y empezó a recorrer mi polla con sus labios. Daba pequeños besos, lametones inexpertos. Se la puso en la cara y empezó a chuparme un huevo, a llevarlo dentro de su boca. Su mano derecha viajó hasta mi pene y empezó a masturbarlo. Despacio. Luego lo miró y lamió, desde la base hasta el glande, deteniéndose y jugando con su lengua justo en la base, donde empieza. Se la metió en la boca. Le costaba porque era gruesa. Pero no rozó ni un solo diente. Todo era humedad, presión, su lengua dando vueltas y yo completamente rendido a su buen hacer. Dejé que me continuara la maravillosa felación por un rato. Además, una de sus manos se había dirigido de forma pausada a su entrepierna y volvía a estar muy cachonda. Se notaba que le gustaba y disfrutaba haciendo lo que estaba haciendo. Me debatía una y otra vez en si dejarla hacer o parar, pero si seguía así me correría en seguida.
Finalmente, se la quité de su boca y la volví a subir a la mesa. Esta vez era mi turno. Le subí la falda y me agaché. Con los dos pulgares abrí un poco su maravillosa rajita. Estaba cerrada pero empapada. Había un poquito de pelo, no mucho, el suficiente como para que mi excitación fuera subiendo ya sin control. Cuando conseguí despegar sus labios pasé mi lengua despacio, saboreando el instante. Oliendo sus ganas de más. Lamí con la punta y luego hinché mi lengua y la arrastré por su entrada y el clítoris. Ahí no gimió… gritó profundamente por primera vez. Empecé a chupar, lamer, absorber mientras ella hacía un movimiento de vaivén. Estaba totalmente entregado y ella cada vez se me movía con más intensidad. Entonces metí mi dedo corazón… exploré y lo levanté, presionándola por dentro. Volvió a gemir. Repetí ese gesto mientras le chupaba y… explotó. Se corrió. Se derramó. Fue increíble verla totalmente electrificada y a mi merced. Se abalanzó sobre mí y se quedó en estado de trance… así que la cogí y le di la vuelta. La apoyé en la mesa y desde detrás le metí mi polla, a una velocidad increíblemente lenta. Quería que sintiera cada centímetro de mi piel. Que sintiera cómo la abría por dentro, como entraba dentro de ella sin que pudiera impedirlo. Quería sentirme poderoso, dominándola.
Empecé a penetrarla con fuerza. Movimientos secos. Directos. Rápidos. Mientras le cogía su estrecha cintura y disfrutaba de su increíble culo duro. Me la follé. Me la follé sin clemencia. Y volvió a chillar. No pude aguantar más. Me corrí. Saqué mi polla justo a tiempo, le di la vuelta y le obligué a agacharse para correrme encima de ella, de sus tetas de su cara… quería que sintiera que esto es lo que pasaba cuando una se pasa de la raya. Y creo que captó el mensaje. Dios. Casi dos meses sin correrme y casi dos semanas aguantando sus juegos. No sé la barbaridad de semen caliente que le tiré encima, pero ella, mientras terminaba de derramarme, en mis últimas sacudidas, cogió mi polla y se la metió en la boca. Chupó, sorbió, tragó y se la sacó para luego mirarme con una sonrisa y decirme:
—Esto era justo lo que quería.
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