Xtories

De Esposa A Puta 2

El motor rugía y la culpa se mezclaba con la euforia. Gloria sabía que su marido la esperaba en el hotel, pero la mano de Ahmed ya no estaba en el volante, sino recorriendo su muslo. Esta vez, no pensaba irse sola.

Merovingiox19K vistas8.8· 33 votos

Primera parte del relato...

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Dentro del Bugatti, con el motor devorando kilómetros a toda velocidad Gloria no podía creer lo que acababa de hacer, lo rápido que había caído. Su mente era un torbellino caótico de culpa punzante y euforia desbocada: la boca aún le sabía a semen salado, espeso, con un regusto almizclado y terroso que le hacía salivar de nuevo, como si su cuerpo anhelara más, y su coño palpitaba, hinchado y húmedo, un vacío ardiente que rogaba ser llenado por esa bestia que acababa de probar. El cuero del asiento se pegaba a sus muslos, y el viento que entraba por la ventanilla entreabierta le revolvía el pelo, erizándole la piel en ondas de placer residual. Ahmed conducía con una mano en el volante de carbono, la otra descansando posesivamente en su muslo izquierdo, los dedos ásperos –manos de un hombre que había empuñado riendas de camellos en tormentas de arena y firmado cheques de millones de dolares con estilográficas de oro– subiendo lentamente por la piel suave y sensible, rozando el borde interior de la falda, a centímetros del encaje empapado de sus bragas. "Eres una diosa encarnada, Gloria, una Afrodita rubia en mi Olimpo árabe", murmuró él, su voz un ronroneo grave y vibrante que se filtraba por el rugido del motor, como un secreto compartido en la cama. "Tu marido es un tonto absoluto, un eunuco disfrazado de hombre, por dejarte sola conmigo. ¿Sientes cómo late esta bestia bajo nosotros? Así late mi polla por ti, dura y lista para reclamarte."

Ella protestó débilmente, cruzando las piernas para frenar su avance ascendente, pero el roce de sus dedos, expertos y seguros, como si conociera cada mapa de su cuerpo, la hizo humedecerse al instante. "Ahmed, para... esto no está bien, me he vuelto loca", balbuceó, la voz ronca por el reciente abuso oral, pero sus ojos verdes traicionaban el deseo, fijos en el bulto prominente del thobe de él, donde la polla semidura aún palpitaba. "Tengo marido, Federico me espera en el hotel con una cena romántica. Somos un matrimonio, esto es solo un paseo, nada más... Por favor, frena." Pero sus palabras eran un susurro traicionero, frágil como papel mojado, y cuando él giró la cabeza por un segundo, sus ojos oscuros perforándola como dagas calientes, ella sintió un escalofrío de deseo puro, incontrolable, que le contrajo el culo y le endureció los pezones hasta doler.

Ahmed rio, una carcajada profunda y resonante que hizo temblar su pecho fornido, vibrando a través del asiento hasta el cuerpo de ella. "Infidelidad, mi reina del pecado. Es el condimento más picante de la vida, el aceite que enciende el fuego en coños como el tuyo. Tu ya has probado el mío, ¿no? Esa boquita tuya succionando mi leche espesa, tragándola como una adicta... Dime la verdad, puta española: ¿te gustó? ¿Te mojaste chupándome la polla en público, con tu marido tan cerca?" El coche devoraba la avenida costera, pasando a toda velocidad por delante de rascacielos iluminados como joyas gigantes –el Burj Al Arab recortado contra el cielo púrpura–, pero Gloria apenas veía el paisaje borroso; su mundo se reducía al calor de esa mano subiendo inexorable, ahora rozando su monte de Venus a través de la falda ligera, presionando lo justo para sentir el calor de su excitación. Ahmed era directo, sin los rodeos caballerescos de los europeos que ella conocía; apenas habían arrancado del paseo marítimo, su mano se posó en su rodilla como una marca de propiedad, subiendo con deliberada lentitud mientras le contaba anécdotas de sus conquistas pasadas, su voz un hilo de seda negra:

"Turistas como tú, españolas fogosas con tetas como melónes y culos que piden azotes, italianas curvilíneas que gimen en su idioma,... Todas caen ante un poco de poder, un Bugatti y una polla dura como el acero del desierto. ¿Quieres oír cómo follé a una francesa la semana pasada en mi yate?

Cuando pararon en ese rincón oscuro del paseo, fingiendo una "pausa técnica", él le desabrochó los dos botones superiores del vestido con una sonrisa lobuna, exponiendo más escote, el encaje negro contrastando con su piel blanca. "Solo un beso, mi amor. Para sellar el paseo, como un pacto beduino." Pero el beso fue feroz, un asalto de lenguas y dientes: su boca invadió la de ella como un conquistador histórico, saboreando el vino tinto que había bebido en la cena del hotel, su lengua gruesa explorando cada rincón, chupando su labio inferior mientras le manoseaba los pechos por encima del sujetador, amasándolos como masa, pellizcando los pezones con pulgares callosos hasta endurecerlos como guijarros calientes, haciendo que Gloria gimiera contra sus labios, un sonido gutural que la sorprendió a ella misma. Sus manos subieron a su cuello, tirando del moño para liberarle el pelo, y ella se rindió, el calor del desierto y el aislamiento del coche borrando cualquier rastro de lealtad conyugal como arena en el viento.

Bajó la cabeza por iniciativa propia, casi hipnotizada, desabrochando el thobe de Ahmed con dedos temblorosos de anticipación, liberando ese cipote impresionante que saltó libre como una serpiente enfurecida, golpeándole la mejilla rosada como una bofetada obscena y consentida. La olió primero –un aroma masculino intenso, a sudor limpio del día, excitación cruda y un toque de sándalo de su colonia–, y luego la lamió, desde la base peluda y gruesa hasta el glande hinchado y morado, saboreando la gota perlada de precum que brotaba del ojo como néctar prohibido de un fruto del paraíso. Chupaba con hambre primitiva, la lengua plana lamiendo las venas pulsantes como ríos de lava, metiéndola en el frenillo para extraer más fluido salado, tragando saliva mezclada con su esencia con glotonería pecaminosa. Ahmed la guiaba con gruñidos, empujando sus caderas hacia arriba en embestidas cortas y brutales: "¡Así, puta! ¡Profundo, hasta que te ahogues en mi polla! Muéve la lengua, lame las bolas como una perra en celo." Ella se atragantaba, lágrimas calientes rodando por sus mejillas maquilladas, pero no paraba, excitada por la dominación absoluta, por ser usada como un juguete sexual desechable en un coche de lujo que valía una fortuna, el riesgo de ser vista por un paseante amplificando su humedad.

Cuando él eyaculó, fue como una erupción volcánica incontrolable: chorros espesos, calientes, abundantes, que le llenaron la boca hasta desbordar los bordes, goteando por su barbilla en hilos viscosos que manchaban el escote del vestido y salpicaban el cuero rojo del asiento. Gloria tosió, atragantándose con la cantidad –era más de lo que Federico producía–, pero tragó lo que pudo con avidez, lamiendo los restos de la polla flácida con la lengua, sonriendo con labios hinchados, rojos e hinchados, los ojos vidriosos de placer culpable y lujuria insatisfecha. "Delicioso", murmuró ella, la voz ronca, y Ahmed rio triunfante, arrancando el motor de nuevo con un rugido que ahogó su propia risa. "Esto es solo el aperitivo, mi reina del coño apretado. Vamos a mi hotel. Te daré lo que tu cornudo marido no puede: una noche de polla interminable, corridas múltiples y placer que te dejará cojeando. Prepárate para ser follada como una esclava en mi harén privado."

Gloria, con el corazón acelerado como un motor sobrepasado y la entrepierna un charco de deseo pegajoso, no se opuso, no pudo. El Bugatti los llevó de vuelta al Burj Al Arab en un borrón de luces y velocidad, el mismo hotel donde se hospedaban ella y Federico –un detalle que Ahmed había notado al entrar, al ver el tag de su bolso de diseño barato–, pero él ignoró la recepción y usó el ascensor privado para VIP, una cabina de cristal blindado que subía en silencio hidráulico, con espejos que reflejaban la figura de Gloria desde todos los ángulos: el vestido arrugado y manchado de semen en el escote, las bragas pegadas a su coño depilado como una segunda piel húmeda, los pezones erectos perforando la tela, el rostro sonrojado y los labios hinchados después de una mamada experta. Ahmed la besó de nuevo en el ascensor, su mano subiendo bajo el vestido para rozar el encaje empapado, un dedo hurgando el clítoris por encima de la tela: "Estás chorreando, puta. Tu coño me llama."

La suite presidencial era un vasto palacio de pecado en el ático del piso 30, con vistas panorámicas de 270 grados al Golfo Pérsico y la línea de rascacielos, una terraza privada de 100 metros cuadrados con jacuzzi burbujeante, tumbonas de teca y una barandilla de vidrio que permitía ver sin ser visto del todo. Dentro, el lujo gritaba opulencia obscena: cama king size con dosel de seda negra y sábanas de 1000 hilos persas, sofás de cuero italiano blanco ancho como camas de hotel, suelo de mármol negro pulido que reflejaba las luces tenues de lámparas moriscas de cristal de Murano, una cristalera de suelo a techo que convertía la habitación en un escenario para voyeurs anónimos, y un minibar surtido con champanes franceses y todo tipo de bebidas y snacks. Aceites de masaje aromáticos en otra estanteria... Ahmed cruzó el umbral de ébano tallado con motivos eróticos –figuras de odaliscas entrelazadas– cargando a Gloria en brazos como a una novia raptada, su thobe desabrochado revelando el pecho velludo.

Apenas cerró la puerta con un clic suave, la empujó contra la cristalera de la terraza con una rudeza calculada que la hizo jadear, el vidrio frío contra su espalda contrastando con el calor de su aliento en el cuello. La brisa nocturna entraba por las cortinas de gasa entreabiertas, fresca y salada, azotando su piel febril y erizándole los vellos de los brazos. "Mira esa vista, Gloria, el Golfo entero arrodillado a tus pies", ordenó él, su voz un mando ronco mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, chupándolo hasta dejarlo rojo, la barba raspándole la piel sensible.

"Pero yo prefiero la tuya: tetas de puta en oferta, culo de reina española pidiendo polla árabe.Desnúdate para mí, o lo haré yo."

Le arrancó el vestido de un tirón salvaje, los botones saltando como perlas rotas al suelo de mármol, dejando sus tetas al aire libre: grandes, pesadas, con areolas oscuras y amplias del tamaño de monedas, pezones erectos como balas rosadas por la excitación y el frío. El sujetador siguió el mismo camino, rasgado con un chasquido seco de tela, y Gloria jadeó, un sonido entre sorpresa y placer, pero no se resistió; al contrario, arqueó la espalda contra el vidrio, ofreciéndose como una ofrenda pagana, las manos subiendo instintivamente a amasar sus propios pechos, pellizcándose los pezones con un gemido bajo.

La terraza era semiabierta al mundo, la barandilla de vidrio opaco hasta la cintura ocultando las caderas pero no las siluetas.

Y solo 2 plantas mas abajo – Una de la piscina infinita del hotel, rodeada de tumbonas de ratán y palmeras susurrantes, con huéspedes bebiendo cócteles bajo estrellas emergentes–, varios ojos curiosos podrían alzar la vista y entrever el espectáculo si el ángulo era el justo. Pero a Ahmed no le importaba una mierda; era un golfo desvergonzado hasta la médula, un semental reputado en los círculos de jeques por follarse a turistas en yates públicos, suites con vistas y hasta en los baños de oro del hotel, orgulloso de su fama de follador insaciable que dejaba coños y culos marcados como trofeos. La obligó a arrodillarse de nuevo, esta vez al aire libre, sobre las baldosas de mármol calentadas por el sol del día y ahora frías por la noche, con la brisa marina azotando su piel desnuda y haciendo que sus pezones se endurecieran aún más, dolorosos de sensibilidad. "Chúpamela otra vez, perra española del desierto", gruñó, desabrochándose el thobe por completo con un movimiento fluido, liberando su polla, ya dura de nuevo como granito, más gruesa por la excitación renovada, el glande reluciente de restos de saliva y semen seco, las venas hinchadas como cables bajo la piel morena. "Muéstrame lo puta que eres en mi terraza, con Dubái espiando. Haz que te folle la garganta hasta que llores de placer, hasta que supliques polla en el coño."

Gloria obedeció como una esclava en celo, hipnotizada por esa polla que la había marcado, abriendo la boca anhelante para engullirla centímetro a centímetro, el glande hinchado rozándole el paladar antes de deslizarse a la garganta, provocándole arcadas húmedas y convulsiones que Ahmed encontraba deliciosas. Lamía el tronco con la lengua plana y ávida, succionaba las bolas peludas y pesadas como sacos de oro, metiéndoselas en la boca una a una, chupándolas con sonidos que resonaban en la noche, mientras él le sujetaba la cabeza con ambas manos grandes, follándole la cara con embestidas brutales y profundas, el pubis velludo chocando contra su nariz. "¡Joder, qué boca de zorra profesional! Mejor que las putas de Marrakech, que cobran por hora y chupan como vírgenes asustadas. ¡Toma, trágate mi polla entera, siente cómo te follo la cara como luego hare con tu coño!" Los gemidos de Ahmed resonaban en la terraza abierta, amplificados por el viento, un coro gutural de "¡Sí, perra, babea más!" que atraía oídos abajo.

En la piscina, un camarero paquistaní de veinticinco años, con turbante blanco y uniforme ajustado, alzó la vista casualmente mientras servía un gin-tonic, y se quedó paralizado, la bandeja temblando en sus manos morenas: entrevía la silueta de una mujer rubia de rodillas, desnuda de cintura para arriba, mamando polla a un árabe semidesnudo con la espalda arqueada contra la cristalera reluciente. El corazón del chico se aceleró, su propia polla endureciéndose en los pantalones, y susurró una oración antes de llamar discretamente a su compañera. La camarera filipina, una morena pequeñita de treinta años con uniforme ceñido que marcaba sus curvas modestas, se acercó, fingiendo ajustar una toalla, y jadeó: "¡Mira eso arriba! El jeque Al-Mansour de nuevo con su show privado... Esa puta se la está metiendo hasta el fondo, seguro que esta babeando como en una porno barata.

Se podían intuir las tetas enormes de Gloria balanceándose, y el modo en que él le empujaba la cabeza...el movimiento rítmico de la cabeza de la mujer mamando.

Gloria babeaba alrededor de la polla, hilos gruesos de saliva goteando por su barbilla y salpicando sus tetas pesadas, haciendo que brillaran bajo la luz de la luna; los huevos de Ahmed balanceándose contra su mentón como péndulos pesados; los gemidos ahogados de ella mientras se masturbaba disimuladamente, dos dedos hundidos en su coño depilado frotando el clítoris hinchado en círculos frenéticos.

Un huésped, un jeque rival de Qatar con su séquito de guardaespaldas silenciosos, rio desde su yate anclado a 200 metros, alzando una copa de Dom Pérignon en brindis silencioso tras presenciar también la escena en el balcón "Otro trofeo para Mansour, el semental. Esa española grita como una yegua o lo hará pronto jejeje."

Satisfecho con la mamada después de varios minutos de garganta profunda que dejaron a Gloria tosiendo, con la cara empapada de saliva y lágrimas, la garganta irritada pero palpitante de placer, Ahmed la levantó de un tirón por los brazos, girándola de cara a la barandilla con un movimiento fluido, empujándola a cuatro patas como una perra en celo sobre el mármol áspero, las rodillas raspando ligeramente, las tetas colgando pesadas y balanceándose con cada respiración agitada, los pezones rozando el borde frío de la barandilla. El vestido hecho jirones yacía olvidado en un rincón, y Gloria estaba completamente desnuda ahora, vulnerable al viento y a las miradas invisibles del mundo abajo, su coño depilado chorreando jugos transparentes y viscosos por los muslos internos, el ano rosado y virgen contrayéndose en anticipación nerviosa. "Mírate, expuesta para toda Dubái como una puta en subasta", se mofó Ahmed, escupiendo abundante en su palma abierta y untando saliva caliente en el glande hinchado de su polla, lubricándola con movimientos lascivos, masturbándose lentamente para endurecerla más.

"¿Te gusta que te vean, zorrita? ¿Que los de abajo sepan que eres una puta para pollas de millonario?"

"Fóllame ya y callate Ahmed, no aguanto más", suplicó Gloria, la voz ronca de deseo y vergüenza, arqueando la espalda en una curva obscena para ofrecer su coño y culo, las nalgas separándose ligeramente, revelando la humedad reluciente. Ahmed no esperó ni un segundo más: embistió de un solo empujón brutal, su polla partiendo su coño en dos como una lanza al rojo vivo, estirando las paredes vaginales empapadas hasta el límite absoluto, el glande chocando contra el cuello del útero con un golpe sordo que la hizo gritar. "¡Aaaah, joder, es enorme! ¡Me rompes el coño, me llenas como nunca!", aulló Gloria, un sonido gutural de placer y dolor exquisito que reverberó en la noche como un llamado a la oración pervertido, las olas del Golfo respondiendo con un romper más fuerte. Él follaba con saña animal, primitiva, agarrándole las caderas anchas con dedos que dejarían moretones púrpura al día siguiente, azotándole el culo redondo con palmadas resonantes y abiertas que dejaban la piel roja e hinchada.

Cada embestida era un pistoneo salvaje, profundo y veloz, sus huevos peludos y pesados chocando contra su clítoris hinchado con golpes húmedos.

"¡Toma polla árabe puta española! ¡Tu coño es un horno para mi polla, apriétalo más!", gruñía Ahmed, sudando profusamente bajo el thobe deshecho, gotas saladas cayendo sobre la espalda de ella, el vello negro de su pecho pegándose a su piel cuando se inclinaba para morderle el hombro.

Gloria se corrío, el primer orgasmo explotando como un fuego artificial en su vientre, sus paredes vaginales contrayéndose en espasmos alrededor de la polla invasora,

"¡Sí, Ahmed, fóllame más fuerte, joder! ¡Me corro en tu polla, aaaah, no pares!", gritaba ella, las tetas balanceándose violentamente adelante y atrás, golpeando contra la barandilla fría de metal, los pezones rozando el borde y enviando chispas eléctricas de placer-dolor a su cerebro nublado por la lujuria.

Abajo, la escena se había convertido en un espectáculo semi-clandestino, un rumor que se extendía como fuego en hierba seca: los tres empleados –el botones indio con su bigote fino, el jardinero egipcio fornido y la camarera filipina con ojos brillantes– se habían congregado en las sombras de una palmera, fingiendo limpiar mesas pero murmurando en su idioma.

"Mira esa puta de arriba, se la esta follando el jeque en la terraza como si nada jaja", susurró el botones, ajustándose la polla dura en los pantalones del uniforme, el bulto evidente.

"El jeque la parte en dos, y ella grita 'más' en español."

La camarera, sonrojada hasta las orejas pero fascinada, hipnotizada dijo "Menuda guarra, la vi salir con su marido hace menos de una hora y mírala ahora actuando como una prostituta".

El jeque seguía a lo suyo metiendole la polla hasta el fondo, y ella empujaba hacia atrás como una perra.

El jardinero egipcio, fumando un cigarrillo a escondidas, añadió con voz ronca: "La vi bajar del Bugatti antes, con el vestido arrugado, el pintalabios corrido de tanto chupar y el escote manchado, olía a corrida desde la recepción, Mansour siempre hace esto: elige a la más caliente, la seduce en cinco minutos, la folla en público y la llena de leche antes de mandarla de vuelta a su habitación con su marido, seguroquea esa española también se la mete por el culo.

Pasaron así varios minutos eternos bajo las estrellas indiferentes, Ahmed gruñendo como un animal, follándola a lo bestia sin piedad, alternando embestidas profundas que le besaban el cervix con roces superficiales en su punto G hinchado, una mano bajando a pellizcarle el clítoris con dedos precisos, la otra tirándole del pelo rubio para arquearla más, exponiendo su cuello para morderlo como un vampiro. Gloria se corrió otra vez más en esa terraza expuesta, sus gritos atrayendo miradas curiosas de algun otro usuario de la piscina situada mas abajo y del balcón de la suite junto a la del jeque, una mujer árabe volvió a meterse dentro de su suite al ver lo que estaba ocurriendo.

Ahmed se detuvo antes de volver a correrse, no había terminado ni de lejos; su polla salió dura y lista para continuar y la arrastró dentro de la suite por el pelo rubio como a una cautiva de harem, cruzando el umbral de la terraza con ella a gatas.

La habitación principal era un vasto espacio de pecado diseñado para orgías: la cama king size dominaba el centro, con cabecero de hierro forjado y esposas ocultas en los postes; el sofá de cuero italiano, ancho y profundo, invitaba a posturas imposibles; el suelo de mármol negro pulido reflejaba las luces tenues como un espejo del infierno. Ahmed cerró las cortinas de gasa a medias, dejando que la ciudad espiara a través de rendijas, y la lanzó sobre la cama.

"Ahora te follaré como mereces, en todos tus agujeros apretados, puta infiel de tetas gordas", gruñó, desnudándose por completo, su cuerpo fornido y velludo reluciendo bajo la luz ámbar: pecho ancho cubierto de pelo negro rizado como un tapiz, abdomen marcado por una ligera red de grasa noble que lo hacía más humano, más animal, y esa polla aún semidura, balanceándose como una amenaza viviente entre muslos gruesos.

La montó en misionero primero, embistiéndola con fuerza renovada, su peso de 95 kilos aplastándola contra las sábanas limpias, besándola con lengua invasora y salvaje mientras le mordía el cuello, dejando chupetones púrpura y rojos que Federico vería al día siguiente como mapas de traición.

"Tu marido es un cornudo patético, un insecto bajo mi bota", gruñó contra su boca abierta, embistiendo profundo y lento al principio, el pubis velludo chocando contra su clítoris con cada hundida, haciendo que sus jugos salpicaran. "Esto es lo que necesitas: una polla de jeque que te llene hasta el alma, que te haga gritar como la puta que eres." Gloria gemía sin control, un coro de "¡Sí, fóllame, Ahmed!" saliendo de su garganta, clavándole las uñas en la espalda ancha, dejando surcos rojos que él ignoraba, corriéndose de nuevo alrededor de esa polla que la dilataba como un puño, sus paredes vaginales ordeñándola en espasmos, squirtando chorros que empapaban las sábanas.

"¡Tu polla me parte, me hace tuya! ¡Más, no pares!"

Cambió de postura sin sacarla del todo, rodando con ella encima en vaquera dominante: Gloria rebotaba como una amazona salvaje en un corcel desbocado, sus tetas saltando hipnóticamente arriba y abajo, las manos de él amasándolas desde abajo, pellizcando sus pezones hasta que dolían de placer, tirando de ellos como si ordeñara leche de ubres maduras. "¡Muévete, puta! Cabálgame como a un camello en una tormenta de arena, gira esas caderas, frota tu clítoris en mi pubis." Ella lo hacía con frenesí, girando las caderas en círculos amplios, sintiendo el glande rozar su cervix en ángulos nuevos, squirtando jugos que goteaban por sus bolas.

"¡Sí, tu polla me llega al estómago, me folla el alma!", gritaba, el sudor pegándole el pelo a la frente, los ojos en blanco de éxtasis.

Luego la puso a cuatro patas en la cama, esta vez apuntando al culo virgen –Federico lo había intentado una vez en su aniversario hace años y fallado por falta de lubricante y pasión–, escupiendo abundante saliva en su ano rosado, masajeándolo con el pulgar grueso, introduciéndolo centímetro a centímetro mientras ella aullaba de anticipación: "¡No, duele!"

"CALLA PUTA, VOY A HACERTE MIA POR TODOS TUS AGUJEROS, TE VOY A ESTIRAR EL CULO PARA CUANDO VUELVAS CON EL CORNUDO"

Él lo hizo con paciencia sádica, lubricado por los jugos que escurrian desde su coño que untó con la mano, empujando la polla hasta la mitad primero, sintiendo la resistencia del esfínter ceder como una flor carnívora, luego toda la longitud, sus huevos peludos chocando contra su coño goteante con un slap húmedo.

Comenzo a follar su culo con rudeza implacable, alternando con palmadas resonantes que hacían eco en la suite como disparos de revólver, el sonido slap-slap-slap marcando un ritmo de dominación. "¡Toma, perra española! Tu agujero virgen es mío ahora también, siente cómo te sodomizo como a una de las esclavas de mi harén, cómo te abro para siempre!"

Gloria se masturbaba el clítoris frenéticamente con tres dedos totalmente desatada, hundiendo los otros en su coño vacío, squirtando en chorros mientras él la enculaba, el dolor inicial convirtiéndose en éxtasis puro, lágrimas de placer rodando por sus mejillas mientras gritaba: "¡Aaaah, sí! ¡Encúlame más profundo, Ahmed, párteme el culo! ¡Me voy a correr follando por el culo, joder, es demasiado!" Cambiaron a la cucharita en la cama mullida, él detrás como una cuchara grande, una mano en su garganta apretando lo justo para marearla de placer asfixiante, la otra pellizcando pezones y tirando de ellos en tirones rítmicos, embistiendo su culo mientras le metía dos dedos en el coño para un doble llenado.

Luego al suelo de mármol negro, donde la folló boca abajo y aplastada, su peso inmovilizándola contra la superficie fría e implacable, penetrándola vaginal y anal por turnos impredecibles, cambiando agujeros sin aviso, haciendo que gritara obscenidades en español: "¡Coño, culo, lo que quieras, fóllame los tres agujeros! ¡Soy tu puta, tu esclava!" El mármol raspaba sus tetas y rodillas, añadiendo dolor al placer, y ella se corría en el suelo como una animal, squirtando contra la baldosa.

En el sofá de cuero blanco, la sentó a horcajadas de nuevo, pero esta vez en vaquera invertida, ella de espaldas a él, rebotando con el culo en alto y abierto, Ahmed viéndole el ano dilatado abrirse y cerrarse alrededor de su polla cuando la sacaba para escupir más saliva y empujar de nuevo. "¡Mira cómo te gotea el coño por mis bolas, zorra! Rebota más fuerte, haz que tus tetas bailenal ritmoquemarca mi rabo."

Gloria obedecía, sudando como una cerda en el matadero, el cuero pegándose a su piel húmeda, corriéndose en chorros que mojaban el mueble entero, dejando manchas oscuras.

Él la chupaba los pezones desde atrás cuando se inclinaba, mordiéndolos hasta dejar marcas de dientes, mientras ella gritaba: "¡Sí, Ahmed, fóllame el coño, el culo, la boca! ¡Soy tu puta española, úsame como un trapo!"

En un arrebato de degradación extrema, la hizo arrodillarse en el sofá y le meó un chorro corto pero caliente en las tetas –un líquido dorado, humillante, salado que salpicó su piel blanca y goteó por su vientre hasta el coño, y ella, perdida en la sumisión absoluta, lamió las gotas de su propia piel con la lengua, excitada por la suciedad pura, murmurando: "Más... marca me como tu perra sucia, Ahmed, hazme tuya."

Luego la folló de pie contra la pared interior de la suite, levantándola en brazos como si no pesara 65 kilos, sus piernas carnosas envolviéndolo en tijera, embistiéndola vaginalmente con fuerza brutal, el yeso temblando con cada golpe, grietas invisibles formándose. "¡Siente mi polla en tus entrañas, puta, hasta que te rompa el útero!" Sus tetas rebotaban contra el pecho velludo de él, pezones rozando el pelo negro y áspero, enviando ondas de placer.

Pasaron cuarenta y cinco minutos en esa orgía desenfrenada, exhaustiva, un maratón de carne y fluidos: misionero con piernas sobre hombros para penetración máxima, vaquera con manos atadas a la cabecera de la cama, perrito contra la cristalera para que la ciudad entera viera sus siluetas follando, todas las posturas imaginables y algunas improvisadas como el puente sobre el sofá o el loto en el jacuzzi de la terraza.

Ahmed la llenó de semen una vez más en esa primera hora llenando nuevamente su boca durante una mamada final en la cama, eyaculando un chorro más escaso pero intenso que ella tragó con la garganta convulsa, mientras él le azotaba las mejillas con la polla flácida y le escupía en la cara.

Gloria, exhausta pero saciada hasta el tuétano, gemía sin parar, su cuerpo temblando de orgasmos múltiples el maquillaje corrido en riachuelos negros por su rostro, el pelo rubio pegado a la frente sudada como un halo de pecado, las marcas en la piel como medallas de guerra. "Eres un dios del sexo brutal, Ahmed... Federico nunca me ha follado así, su polla es un dedo comparada con esta bestia tuya que me destroza"

Abajo, en el lobby del Burj Al Arab –un vasto salón de columnas doradas y fuentes cantarinas que parecía un palacio de sultán–, Federico llegó jadeante, el rostro pálido y desencajado como el de un cadáver andante, la camisa polo empapada en sudor frío que le pegaba a la espalda, los ojos marrones enrojecidos por las lágrimas contenidas y la rabia que le quemaba las entrañas. El paseo desde el paseo marítimo había sido un calvario personal, un purgatorio de pensamientos tortuosos que lo azotaban como látigos: cada farola un foco implacable en su humillación, cada pareja riendo y besándose un recordatorio cruel de lo que perdía en tiempo real, cada ola rompiendo un eco de los gemidos que había oído en el Bugatti. Preguntó por su mujer en la recepción de mármol, la voz temblorosa y quebrada como la de un niño perdido: "¿Han visto a mi esposa, Gloria? Vestido blanco de algodón, rubia con moño, ojos verdes... Subió en un Bugatti negro con un árabe, pero prometió volver pronto."

El empleado, un joven árabe de veintitantos llamado Karim, con barba incipiente y uniforme impecable de thobe negro, lo miró con una sonrisa pícara, casi compasiva, que heló la sangre de Federico como un cuchillo en el hielo. "Señora Gloria, ¿eh? Ah, sí... la hemos visto bajar del Bugatti hace unos minutos, con el vestido... ehm, un poco desarreglado. Subió al ascensor privado con el señor Al-Mansour. Suite presidencial, piso 30. Pero no se preocupe, señor. Dubái es una ciudad de secretos bien guardados, y los reencuentros siempre son... intensos."

Federico palideció hasta el blanco hueso, el estómago revolviéndose en nudos, un ácido que le subió por la garganta. "¿Qué quieres decir con 'desarreglado'? ¿Qué has visto?", presionó, la voz subiendo de tono, pero Karim solo se encogió de hombros con discreción profesional, señalando el bar adyacente. "Pregunte a los chicos del turno de noche, ellos ven todo desde la piscina. Buenas noches, señor."

En el bar del lobby, un rincón íntimo de terciopelo rojo y luces tenues con vistas a la fuente central donde el agua bailaba al ritmo de música suave, varios empleados charlaban animadamente en voz baja durante su pausa de quince minutos, bebiendo té de menta caliente en vasos de cristal tallado y fumando shishas de hookah con sabores de manzana y menta que llenaban el aire de humo aromático, enmascarando el hedor sutil de la traición que flotaba como un fantasma. Eran el mismo duo de la piscina: el botones indio Ravi y la camarera filipina Maria junto con uno de los camareros que recien empezaba su turno y que escuchaba, con su uniforme ajustado y ojos curiosos lo que sus compañeros tenían que contarle.

"Menuda puta la de la suite presidencial esta noche", soltó Ravi en inglés mezclado con hindi, riendo por lo bajo mientras removía su té con una cucharilla de plata, el humo de la shisha enroscándose alrededor de su cabeza como un velo.

"El jeque Al-Mansour se la cascó en la terraza hace rato, a cuatro patas como una perra callejera en celo, gritando 'fóllame más fuerte,"

"Joder, el jeque la azotó hasta dejarle el culo rojo como un tomate maduro, oia las palmadas de ese sátiro desde aqui abajo".

"Luego la metió dentro, arrastrándola por el pelo, pero seguro que sigue dándole caña en la cama. Esa española es una guarra total, seguro que ya le chupaba polla en el coche antes de llegar aquí y eso que había salido agarrada del brazo de su marido muy acaramelada".

Maria, la filipina, asintió con una risita maliciosa, exhalando una nube de humo menta que olía a pecado fresco, sus ojos brillando con una mezcla de envidia y excitación mientras jugaba con su colgante de cruz.

"Sí, pelo rubio largo hasta el culo, ojos verdes que brillan como esmeraldas, curvas de infarto que piden ser manoseadas, tetas copa D fácilmente y caderas que se menean como en un video de twerking. El jeque le metió la polla hasta el fondo del coño, y ella gemía como en una porno de esas americanas, '¡Me rompes, sí!' Decía la muy cerda, hacia tiempo que no veíamos una escena así y eso que con el Jeque a estás alturas ya estamos todos por aquí cuidados de espanto".

"Seguro que el pringado de su marido la está esperando en su habitación pensando que el jeque y su mujer solo están dando un paseo inocente".

"Apuesto a que ahora la está enculando en el sofá, o la hace chuparle el culo o le mea encima, ya sabemos todos como se las gasta, jaja. Otra puta casada que añadir a la colección del jeque."

"La descripción encaja con la turista rubia que se registró ayer con su marido, un tipo calvo con camisa, les vi entrar cuando yo acababa mi turno" dijo el joven camarero recién llegado.

"El jeque siempre elige a las casadas, las que llevan anillo de oro barato, se las folla en la terraza para que todos lo veamos.

Ahora en la suite, apuesto a que se la está clavando por todos los agujeros: coño, culo, y boca, mañana la mandará de vuelta a su habitación con el coño goteando semen.

Un Clásico de Mansour, tieneun modus operandi claro jejeje."

El corazón de Federico, que había entrado al bar y escuchado cada palabra de la conversación de los tres empleados golpeaba en su pecho como un martillo en el yunque, se heló como si le hubieran inyectado nitrógeno líquido, un frío que le subió por las venas hasta el cerebro.

La descripción encajaba al milímetro sin dejar lugar a ninguna duda, las tetas enormes como melones, el culo redondo, pelo rubio largo, gemidos en español, el Bugatti, el vestido manchado, los gritos de "fóllame". "No... no puede ser mi Gloria, mi esposa", murmuró para sí, la voz un hilo inaudible, pero el pánico lo invadió como una ola tsunámica, ahogándolo en bilis y lágrimas, el mundo girando en espiral.

Federico era consciente de que era su mujer, a la que había visto hacia un rato comiendole la polla a aquel bastardo que había aparecido en sus vidas un rato antes.

Las risas de los empleados resonaban en su cabeza como carcajadas infernales, cada palabra un clavo oxidado en su orgullo de macho, cada detalle una daga en su corazón. ¿Mi Gloria, a cuatro patas en una terraza, follando con un desconocido? ¿Chupando polla en un Bugatti como una puta barata?

Corrió al pasillo de los ascensores, aporreando el botón con el puño cerrado hasta que los nudillos sangraron ligeramente, acongojado, lágrimas rodando por sus mejillas sin pudor, sollozos ahogados escapando de su garganta. "¡Joder, Gloria, ¿por qué me haces esto? ¿Qué te ha dado ese cabrón que yo no pueda?!"

El ascensor subió lento, tortuoso, cada piso un peldaño más hacia el abismo de la verdad, las luces LED parpadeando como ojos burlones.

Habían reservado una suite normal en el piso 15, con vistas parciales al mar y un jacuzzi pequeño que nunca usaron para sexo, pero Federico sabía dónde estaba la presidencial –el ático VIP, piso 30, por el folleto del hotel que había hojeado obsesivamente en el avión, soñando con upgrades que nunca se podrían permitir–.

Salió tambaleante al pasillo alfombrado en rojo sangre, lujoso como un harén, con puertas de caoba tallada con arabescos eróticos sutiles, y llegó a la suite de Ahmed, una mole imponente de madera oscura con una placa dorada discreta: "Presidential Suite – Privado. No Molestar." Comenzó a aporrearla con los puños desnudos, los nudillos enrojeciéndose y sangrando, la voz quebrada en un alarido desesperado que hizo eco en el pasillo vacío: "¡Gloria! ¡Abre la puta puerta, joder! ¡Sé que estás ahí con ese cabrón! ¡Sal ahora mismo, puta traidora! ¡Es nuestro matrimonio, no su juguete!"

La puerta de la suite de al lado se abrió, la misma mujer que había visto la follada del balcón y se había vuelto a meter en su suite apareció y al darse cuenta de quien sería ese hombre esbozo una ligera sonrisilla, le miró de arriba a abajo con lástima y cerro la puerta nuevamente dejando alli a Federico a la espera de que la puerta de la suite presidencial se abriera, las puertas de su infierno personal...

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