Xtories

4 hombres para Blanca - completo (cap. 24)

Alex llega a la sala de cine esperando encontrar a su novia, pero descubre una escena que desafía toda moral: Blanca, rodeada de cuatro desconocidos, se entrega a un juego de placer y humillación que no es para él. Bajo los efectos de una droga que le quita la capacidad de reacción, Alex observa cómo la mujer que ama se convierte en el centro de un festín carnal, justificando cada tacto como parte

Abel Santos5.4K vistas9.5· 16 votos

Al llegar a la pista central, lo primero que descubrí fue a una Blanca que charlaba entusiasmada y que reía sin parar. Se encontraba sentada en uno de los sillones, rodeada por los cuatro tipos, dos a cada lado. De fondo se veían las imágenes de lo que parecía una película antigua en el enorme televisor. Vaya, qué sorpresa, entre aquellos cerdos había algún intelectual que amaba el cine en blanco y negro. El médico, con toda seguridad.

Blanca y el resto no se dieron cuenta de mi llegada hasta que me senté en un sofá frente a ellos. Y eso me permitió estudiar la escena con detenimiento.

Mi novia se hallaba cruzada de piernas. Debido a lo corto de la falda que había elegido para el evento, por el costado izquierdo mostraba una gran cantidad de muslo. Hugo, el más atrevido, acariciaba aquella zona de su piel, llegando a tocar braga. Juan, en el costado derecho de Blanca, tenía puesta su manaza sobre una rodilla y le hacía carantoñas, apretando y soltando su piel al tiempo que la movía arriba y abajo de la pantorrilla.

El viejo Mario intentaba tocarla de cuando en cuando alargando una mano, pero Juan se la apartaba sin dejarle acercarse. Rubén, el más pasota, cambió de posición y se sentó sobre la moqueta frente a mi novia; el pajillero se conformaba con mirarle las piernas, sin rozarla. Era Juan, como siempre, el que contaba los chistes picantes que a Blanca debían de estar haciéndole mucha gracia, a tenor de su risa fresca.

—¡Vaya chiste malo! —la oí decir, pero a pesar de ello reía alocada.

Tosí para llamar su atención y todos me miraron. Blanca me sonrió y me guiñó un ojo. Luego, sin mucha prisa, le dio un sorbo a su copa y la apuró. La dejó en el suelo y, levantándose de su asiento, se acercó a mi sofá y se sentó a mi lado. Sin detener el movimiento, me propinó un sonoro beso en la mejilla y, tomándome de una mano, se la llevó al regazo. El calor que salía de su entrepierna era brutal.

Blanca se había calentado de lo lindo con el asedio de los cuatro hombres.

No me hacía ilusiones de que el gesto de mi novia fuera sincero, pero al menos me había puesto en valor. Lo tenía super claro: se trataba de provocarme un subidón de adrenalina… al que seguiría una bofetada contra el suelo cuando a la menor oportunidad.

No me equivoqué.

*

Blanca volvió a mover ficha y los hombres comenzaron a tragar saliva y a sudar. Mi novia me había tomado por el mentón y me morreaba abiertamente, lengua contra lengua. La suya se hundía en mi boca cuando tocaba, y luego atraía la mía para revertir la situación.

No sabía que sus besos no eran para mí, que eran provocaciones para atraerles a ellos como a una manada de perros tras la perra en celo.

Pero hacía tiempo que Blanca no me besaba de aquella manera, húmeda y sexual. Como un polvo bucal. Y no pude resistirme. Mientras me comía la boca o se dejaba comer la suya, miraba a los cuatro tipos por el rabillo del ojo.

Deseaba dar el siguiente paso, perdiendo mis manos bajo su ropa, pero no me decidía a hacerlo con las miradas de aquellos cerdos fijas en nosotros. Calentarles aún más era un riesgo que no quería correr.

Súbitamente, unos gemidos de hembra en plena acción inundaron la sala. Giramos la vista todos a una y observamos la película porno que acababa de poner Juan en el DVD. En la pantalla, a un volumen demasiado alto, una morena espectacular era follada por un grupo de hombres que la estaban horadando todos los orificios de su cuerpo. De dos en dos y de tres en tres la manejaban sin miramientos para follarla y pringarla de semen en todas las posturas imaginables. Un gang bang en toda regla. Y de los duros.

Las miradas de los cuatro tipos se engancharon a la pantalla mientras se apretaban la entrepierna. El calentón iba subiendo de grados. Lo leía en sus rostros.

Rubén, desvergonzado, no lo dudó un instante. Sacó su verga del pantalón y comenzó a masturbarse con expresión lasciva. Le importó un pimiento que Blanca y el resto estuviéramos a su lado. Juan no fue tan descarado, pero metió su mano bajo el pantalón y de igual manera comenzó a masturbarse sin mostrar sus atributos.

El viejo Mario los miró unos segundos alucinado, pero enseguida se encogió de hombros y también comenzó a pajearse. En su caso si había sacado la polla, y estuve de acuerdo con Blanca cuando dijo que el anciano la tenía pequeña, pero gruesa a reventar.

Mi novia puso gesto de contrariedad y, para mi satisfacción, se levantó y tiró de mí hacia uno de los sillones de la grada. ¿Se había enfadado por la impudicia de sus nuevos amigos o porque la habían apartado del centro de atención?, me pregunté. Al sentarnos, volvió a los besos y, esta vez sin cortarse, agarró mi verga por encima del pantalón y comenzó a agitarla.

—Sácatela… —suspiró.

—No, Blanca, joder… —me negué—. Para…

Pero mi novia ignoró mi queja y siguió con su magreo.

Me apreté contra ella y la dejé manipularme. Estaba encendida, desbocada, y no quise detenerla. El problema era que yo también me había encendido como una llama y no pude contenerme. La agarré de los pechos y gruñí mientras me corría en los bóxer. Blanca me recriminó.

—Joder, Alex… ¿tan pronto?

Avergonzado, no supe qué contestar.

Nos quedamos en silencio, mirando sin mucho afán a la mujer de la pantalla que emitía gemidos como un cerdo en el matadero. Más de diez hombres hacían cola para llenarle el cuerpo y la cara de lefa. La actriz simulaba felicidad y placer, pero los ojillos de asco no conseguía disimularlos.

Me entretuve con la imagen un minuto —con el volumen a tal nivel, la pantalla me llamaba sin poder evitarlo— y cuando volví la vista hacia Blanca, la escena había cambiado.

Sin llegar a tumbarse, se había esquinado contra el brazo izquierdo del sofá. Se había colocado encima una especie de manta de avión —a saber de dónde la había sacado— y se cubría con ella cuanto podía. Hacía calor en el ambiente, así que no entendí el porqué de la manta. Hasta que noté el movimiento bajo la tela.

No tardé mucho en comprender lo que ocurría. ¡Joder! Blanca se masturbaba con los ojos entrecerrados al tiempo que miraba en la pantalla como pringaban a la morena de pechos grandes y sonrisa falsa.

—Hostias, Blanca, ¿qué estás haciendo?

—Sssshh… —respondió con expresión morbosa.

—No me pidas que me calle, joder… —la increpé en un susurro—. Esos tíos no están tan lejos, te van a ver…

—Calla, cielo… —se mordía los labios mientras hablaba—. Sigue disimulando… Y si vienen ellos, considéralo como una práctica.

No me gustó aquella frase. ¿Qué pretendía? ¿Realmente quería que los tipos se acercaran?

—¿Qué quieres decir? —pregunté incómodo.

—Te prometí que solo tendría sexo avisándote de antemano cuando hiciéramos una práctica, ¿recuerdas? —añadió.

—Sí, claro, pero…

—Pues esto es una práctica… Y no quiero que te enfades, cari, porque te lo estoy diciendo… ¿vale?

Antes de que terminara la frase, Juan miró hacia arriba. Dijo algo al resto y, de repente, todos giraron la cabeza hacia la grada donde Blanca y yo estábamos sentados.

Los lobos nos habían localizado y habían olido el celo de la hembra.

Y comenzaron a moverse hacia nuestra posición.

*

Me acojoné del todo. Temí mi reacción si los tipos se acercaban. No obstante, los ansiolíticos debían de estar haciendo su función, porque me sentía calmado, casi neutro. Con el alivio por la paja que Blanca me había hecho unos minutos antes, hasta comprendía la necesidad de descargar de aquellos capullos.

La jauría llegó a nuestro lado y observé que faltaba uno de ellos. Miré hacia abajo y comprobé que el viejo Mario roncaba en un sofá. Demasiado alcohol para su edad, seguramente.

De vuelta a la escena, advertí como los tipejos tomaban posiciones alrededor de Blanca, la única hembra de la jauría, por la que todos matarían. Hugo se había sentado en la moqueta frente a ella y Juan se había arrodillado en el suelo, junto al brazo del sofá en el que Blanca se apoyaba. Rubén, por su parte, se había quedado de pie tras ella y la observaba encendido.

Blanca no miraba a ninguno de ellos. Sus ojos entrecerrados estaban fijos en la pantalla, y los movimientos de sus manos iban acelerando a medida que los segundos pasaban.

Súbitamente, la manta se deslizó sobre sus piernas y cayó sedosa sobre el suelo. Investigué con la mirada y comprobé que no había sido por accidente. Hugo había tirado de ella para descubrir lo que ocurría por debajo. Y lo que ocurría era lo que imaginábamos todos.

Blanca se había recogido la falda hasta la cadera y, con una mano dentro de las bragas, se manipulaba la vulva de forma enfermiza, queriendo alcanzar un orgasmo que sabía que por sí sola no iba a conseguir. Con la otra mano había tirado del top hacia arriba y amasaba su teta derecha de forma salvaje, pellizcando el pezón con una violencia que por fuerza tenía que dolerle.

—Joder, Blanca… —susurró el médico alucinado—. Menuda paja te estás haciendo. Déjame ayudarte, anda…

—Ni… de coña… —replicó ella—. Aparta de ahí y échate hacia atrás.

Pero Hugo hacia caso omiso de las palabras de mi novia.

La baba de todos los hombres comenzó a rodar por sus barbillas. Por mi parte, y para mi sorpresa, miraba la escena sin preocupación. Era como si la estuviese viendo en una pantalla. Yo no estaba allí, sobrevolaba el sillón donde Blanca se masturbaba para el agrado de aquellos tipos como si no fuera conmigo la cosa. Y nada me importaba. Sabía que, en cuanto el efecto de la droga desapareciera, sentiría un dolor insufrible. Pero en esos momentos todo me importaba un comino.

Sin más preámbulos, Hugo decidió dar un primer paso. Y puso las dos manos en sus muslos, acariciándolos sin pudor y subiéndolas lentamente hacia arriba hasta alcanzar sus ingles. Revolvió con los dedos algunos vellos que asomaban por el borde de la braga. Sonreía encendido. Blanca no había detenido los movimientos circulares de sus dedos, ni había dejado de pellizcarse el pezón de su pecho, pero de sus labios no salía un solo gemido.

—Joder como me estás poniendo… —dijo el médico.

Y dio un giro de tuerca, bajándose los pantalones y los bóxer hasta medio muslo. Luego, alzándose de rodillas, acercó su polla enhiesta y dura hasta rozar la tela de las bragas de mi novia.

—Eres…un… cerdo, medicucho de mierda… —le dijo Blanca—. No…me toques… con ese asco de cosa… que tienes… ahí…

Si aquella era la forma de hacer las paces de Blanca, estaba yendo en la dirección equivocada. Aunque la sonrisa del calvorota me indicaba lo contrario.

—¿No te gusta que te roce esos labios tan hinchados que casi se te salen por los lados de la bragas?

Movía la cadera de atrás adelante en un simulacro de follada, aunque no tocaba piel. Entre el coño de Blanca y su verga, se alzaba el muro de la tela de la braga y la mano de mi novia, a las que la polla rozaba en sus ataques.

—No… no me… gusta… —jadeaba ya, sin poderlo remediar. Aquel juego la estaba poniendo como una cerda. Y todos lo notábamos, Hugo el primero.

Nadie osaba respirar. En la televisión había recomenzado la reproducción de la película y la morena, aún vestida, respondía sonriente a las preguntas que alguien le hacía, tal vez el director. Parecía una mujer normal, arreglada para salir de compras. Nada especial. Minutos después se convertiría en el putón del rodaje, ultrajada y degradada hasta convertirla en una muñeca usada.

¿Veía a aquella morena comparable con Blanca, mi fiel novia y futura esposa?, me pregunté ofuscado.

*

Sin esperar más, Hugo movió las manos para tomar las bragas de Blanca por la cinturilla. La advertencia de mi chica nos pilló por sorpresa.

—Como me toques las bragas te corto los huevos y te los hago tragar…

Por supuesto, el médico no le hizo caso, aunque cambió de estrategia. Abandonó la cinturilla y apartó la tela central hacia un lado. Luego situó la mano entre los labios del coño y forcejeó para introducirle un dedo en su interior.

—Deja… cabrón… para… —se resistía Blanca, pero no se esforzaba por apartarle. ¿Creía que solo con palabras lo iba a detener? Tenía que estar loca si lo pretendía de veras.

Hugo acompañó el primer dedo con un segundo y los dos de Blanca se sumaron a los del médico. El coño de mi novia no pareció inmutarse, tan abierto se hallaba.

—¡Auu…! —gimió Blanca—. Eres un puto… animal…

Pero el médico no se cortaba. El siguiente movimiento, tras agitar los dedos dentro de la vagina, fue sacarlos y llevarlos hasta su boca. Sin pedirle permiso, se los introdujo dentro y los movió para depositar sobre su lengua la sustancia espesa y blanca que había recogido de su interior.

—¿Está rico? —le vaciló el tipejo—. Es tu propio flujo….

Blanca le escupió a la cara y Hugo soltó una risotada. Y, sin rendirse, se echó hacia adelante y le buscó la boca con su lengua.

Mi novia, molesta, giró la cabeza y tiró de mí. Durante los siguientes minutos me morreó, lengua con lengua, para enviarle algún tipo de mensaje al calvorota: «tu boca no me gusta, prefiero la de mi novio», imaginé que le estaría diciendo.

Pero el tipo no perdía el tiempo. Mientras Blanca me besaba, tomó la cinturilla de sus bragas y tiró de ella, haciéndola saltar. La braga se cortó en varios pedazos, y Blanca no osó rechistar. Hugo no tuvo más que tirar de la tela y se deslizaron por la entrepierna de ella sin resistencia.

—Cabronazo… has roto mis mejores bragas…

—¿Qué más te da…? —rió el médico—. Esos cabrones de EXTA-SIS te han regalado un montón más…

Y se llevó a la nariz los restos de la tela para aspirar su perfume.

—Están bien mojadas… —dijo—. ¿Qué es lo que te ha puesto tan cachonda, Blanquita? ¿Ha sido el magreo de tu novio o la follada a la morena de la película?

—Puto loco… —dijo mientras se retorcía, pero no dejaba de manipularse los labios del coño, algunos dedos dentro de su vagina y el resto trabajando el clítoris.

—Te voy a follar, Blanca… —volvió a la carga.

—Ni de puta coña, cabronazo… Como me toques te rajo… —dijo, pero todos sabíamos que era puro teatro.

El médico soltó una breve carcajada. Y yo estaba seguro de que aquella resistencia de mi novia no era tal. Que era un juego de «no pero sí» que a ambos les gustaba mantener para aumentar la lujuria. Y, mucho peor, que debían de haber jugado muchas veces desde que comenzara el encierro.

La ignorancia de lo que sucedía entre ellos me mataba, a pesar de los ansiolíticos.

Sin más palabras, Hugo se levantó y se extrajo el pantalón y los bóxer por los pies. Fue como una llamada a la acción, porque las pollas de los otros dos aparecieron al unísono y todas miraron hacia el frente, ufanas por saber que iban a entrar en acción.

El médico se arrodilló de nuevo hasta colocarse entre las piernas de Blanca. Se agitaba la piel de la verga arriba y abajo para conseguir la máxima dureza. El «clic-clic» húmedo de aquella paja resonó por encima de los gemidos de la morena de la televisión. Una vez pegado a mi novia, se la acercó a los labios vaginales y comenzó a rozarle la hendidura con movimientos suaves.

—Puto cabrón… —se quejaba Blanca sin dejarle acercarse del todo. Su masturbación, sin embargo, no se había detenido—. Te la voy a cortar, por dios te juro que…

—Calla, golfa… —la cortó el médico—. Sabes que te voy a follar… Y no solo yo, sino también mis amigos… No simules que no te gusta, porque estás chorreando, pedazo de guarra… Vas a gritar como una perra para que te demos tu merecido... por puta…

—No… joder… no… —se agitaba Blanca pero no hacía nada por escapar—. Alex, diles que paren…

Yo no sentía nada especial. Era como un ser neutro. Ni las palabras del médico ni las de Blanca me sonaban a algo conocido. Y ni podía, ni quería, tomar una decisión al respecto de lo que ocurría.

El ginecólogo se cansó del jueguecito y tiró de la mano de Blanca, apartándosela. Luego acercó el glande y se lo introdujo un par de centímetros en el coño.

—Quita… para… —refunfuñó Blanca, poniéndole las manos en el pecho, aunque con escasa fuerza.

Hugo sacó su polla del orificio húmedo, del que goteaba un líquido blanquecino y espeso. Los labios de aquel coño estaban hinchados y rojos, casi amoratados. Se les veía pedir una verga que los reventase, a pesar de todos los remilgos de su dueña.

El médico volvió a repetir la operación, enterrando su glande en el caliente orificio, y mi chica apretó los ojos y soltó un suspiro.

—Hmmmm… Para, joder, Hugo… para… —repetía sin convicción—. Joder, Alex, dile que pare…

Pero mi voluntad estaba apagada por la droga y no hice nada.

Y Hugo movió la cadera hacia delante, volviendo a entrar en su vientre. Esta vez le había enterrado la verga hasta la mitad.

—Voy a follarte, Blanca… —le dijo de nuevo—. Mira, ya voy por la mitad… Solo me falta medio rabo y la tendrás toda dentro.

—Cabronazo… no… —Una vez más Blanca jugaba al no, pero sí.

Yo estaba seguro de que se moría por recibir toda aquella carne dura en su interior, pero le gustaba hacerse de rogar. ¿Cuántas veces habrían jugado a ello aquellos dos cabrones?

—Sí… —decía él.

—No… —se resistía ella, pero sin hacer nada para impedirlo.

Por mi parte, seguía sin sentir ni padecer. Tan solo miraba alucinado aquella penetración por tiempos y notaba mi erección repuntar sin poder evitarlo.

De repente, el ginecólogo se la enterró hasta el fondo, acompasada la acción con el gemido quedo de mi novia.

—Ufff… —dijo al tiempo que arqueaba la espalda—. Sácala, cabrón, sácala…

El médico soltó una carcajada.

—Sácala tú… si puedes… —le vaciló el tipejo.

Blanca miró de pronto hacia su entrepierna y soltó un gruñido que desarmó al calvorota:

—No me jodas… Hugo… —refunfuñó Blanca, rendida pero consciente—. ¡Ponte un condón, cabronazo…!

—Hostia, perdona… —replicó Hugo y lanzó una carcajada—. A ver, chicos, ¿alguno habéis traído condones? —pidió mirando a sus amigos y estos le pasaron una tira con varios—. Has tenido suerte, rubia. Porque si no, te la iba a clavar a pelo…

—Tu puta… madre… —replicó Blanca.

Sacó el médico la verga de su interior y, rompiendo un sobre plateado con los dientes, no tardó más de unos segundos en colocarse el envoltorio de goma. Después volvió a atacar el orificio de Blanca.

—Ahora sí… —bufó acalorado—. Ahí te va para adentro, zorrita…

La polla de Hugo, dura a reventar después del jugueteo, entró suave hasta que los huevos del hombre tocaron el perineo de Blanca.

—Uffff… —suspiró Blanca de nuevo, arqueando otra vez la espalda. Era un suspiro de aceptación y de placer…

—Hostias, Blanca, vaya chochazo que te gastas… Hija de la gran puta… Te lo he dicho muchas veces, pero cada día me parece más grande… y más húmedo… ¡Cómo chorrea el cabrón! Por más que te la meto no me canso… Está ardiendo, para variar… Como me quemes el rabo, me voy a mosquear, que lo sepas… Aun así, te estaría follando a todas horas…

Eran palabras ofensivas, humillantes, a las que en otra época Blanca habría respondido con virulencia, pero que ahora la ponían caliente como una perra. Y elevó los muslos para que el médico se los sostuviera en alto y la follara con comodidad.

La polla del calvorota entraba y salía del vientre de Blanca, quien apretaba los ojos y se mordía el labio hasta casi hacerse sangre. Durante un minuto nadie dijo nada. Solo el rítmico «plas-plas» de los huevos del hombre contra la piel de mi novia, y los jadeos de ella, se escuchaban por encima de los de la morena de la televisión. Hasta que el médico dio una orden que me mató por dentro, a pesar de los ansiolíticos.

—¿Qué hacéis ahí parados, idiotas? —dijo mirando a los otros dos, que se pajeaban alucinados—. Moveros, coño, ¿no veis que la putilla pide guerra?

Blanca estiró su mano y tomó la mía, apretándola para no dejarme escapar. Lo había hecho a tiempo, estaba a punto de levantarme y huir. No solo por la asquerosa escena que estaba presenciando, sino porque tenía la sensación de que allí sobraba. Que mi presencia ni aportaba ni quitaba nada al espectáculo.

Pero Blanca parecía querer darme mi lugar. Era una práctica, había afirmado, y yo era parte del juego. Tras cogerme de la mano, giró su cabeza y estiró el cuello hacia mí, abriendo los labios para que le asaltara su boca con mi lengua. Lo conseguí por un instante. Fue como un aleteo de mariposa que murió casi antes de haber nacido…

…Porque el gordo Juan la tomó por el cuello y la arrastró hacia él. La sujetó fuertemente de la melena y comenzó a empujar los labios de Blanca con su verga para conseguir que los abriera.

—Espera, Juan… para… —se quejó mi novia.

—Y una mierda, para… —decía el exbombero—. Nos has puesto cachondos como cerdos y ahora va a parar su puta madre… Anda, deja de joder y abre la boca, Blanquita, no des más por culo, no seas zorra… Si estás deseando mamarla…

Pero ella no le permitía tomársela por asalto. Y resistió cuanto pudo. Hasta que un pulgar de la mano de Juan consiguió abrírsela. Blanca, entonces, sin una sola queja, abrió la boca y la polla del gordo le entró hasta la garganta. Con movimientos lentos pero sin pausa comenzó a follarla, consiguiendo de mi novia que glugluteara, intentando respirar por la nariz para no ahogarse.

—Joder como la chupas, rubia… —decía el gordo Juan—. Eres guarra por vocación y, si no puedo follarte el coño, al menos quiero romperte la boquita de zorra… Aaahh… joder… así, así, mueve esa lengüita de puta que tienes…

El espectáculo era dantesco. Deseé huir de allí. Recordé que necesitaba ver el móvil de Blanca e intenté levantarme de nuevo. Ella me negó la huida una vez más, sujetándome con una mano en la muñeca que más bien parecía una garra.

El musculitos por su parte, no se había quedado quieto. De pie detrás de Blanca, había enredado su verga en la melena de mi novia y se masturbaba con el tacto de seda de su cabello. Le envidié por aquello, era una estampa de su polla envuelta por el maravilloso pelo de Blanca que quizá tendría que practicar yo mismo algún día.

Por fin, Blanca se liberó de la polla del gordo, mientras Hugo la seguía follando con una cadencia invariable. Se giró hacia mí y hurgo en mis pantalones. Parecía querer que me los bajase y así lo hice, dejando mi erección al aire. Mi verga se había endurecido como una barra de acero y Blanca sonrió al tomarla en su mano derecha. Luego comenzó a subir y bajar la piel, en una masturbación lenta pero rítmica.

Era su forma de decirme: estás aquí, eres parte de esto. Le agradecí el detalle. Y me sentí fuerte y feliz de compartir su dicha, dicha que se notaba en su rostro pervertido por el placer que la estaban proporcionando entre todos.

—Joder… que le den por culo a tu novio, zorra, no me dejes con la miel en los labios…

Dijo Juan atrayendo su cabeza de nuevo hacia él y enterrando su enorme rabo en la boca de Blanca.

*

La escena mirada por un espectador ajeno debía de ser de lo más sensual, al nivel de la mejor película porno. Blanca siendo follada por un tipo que no la daba tregua, mientras la sujetaba los muslos y movía el culo adelante y atrás para enterrarle su verga entre unos labios hinchados que pedían guerra a gritos. El tipo en un lateral que la agarraba de los pelos para que no huyera en su intento de que el enorme rabo no le rompiera la boca. Y el pajillero que desde atrás se conformaba con meneársela mientras los cabellos de la mujer rodeaban su polla con su sedoso tacto.

Y la mujer, la hembra follada como un objeto, una muñeca hinchable de carne y hueso, no solo no se conformaba con aquello sino que masturbaba al cuarto tipo —yo mismo— en el otro costado con una actitud y un tesón propios de una profesional.

Y yo me sentía como ese espectador ajeno, que mira una escena de sexo a través de una pantalla. Y deseaba que Blanca me liberara para huir de allí.

Al rato de entrar y salir del vientre de Blanca, Hugo pareció cansarse del juego. Juan lo notó y le propuso un cambio.

—¿Por qué no le follas la boca y yo me dedico al coño? —le propuso el gordo—. Por mucho que se la metas, la chica no va a correrse contigo, pero yo en cuatro sacudidas la hago tocar el cielo. No seas cabrón, se lo debes a la zorrita…

Blanca los miraba negociar por ver quién se la metía por dónde, como si ella no estuviera presente. Era realmente asqueroso, dos tipos repartiéndose a una mujer sin pedirle explicaciones. Y mucho peor porque ella lo consentía sin inmutarse.

Aproveché el inciso y, acercándome a Blanca comencé a besarla dulcemente. Ella me recibió con la boca abierta y la lengua expectante y nos hundimos en la humedad de uno en el otro, mientras los dos cerdos se repartían a mi novia. La boca de Blanca sabía a sexo masculino, a un conjunto de sustancias vomitivas que ella tragaba sin queja, pero que a mí me asqueaban. Aun así, mantuve el morreo con desesperación.

Blanca movió la mano que rodeaba mi verga con mayor rapidez y la tuve que contener. Podría haberme corrido con su manoseo, pero no quise mancharla, bastante la iban a manchar aquellos sucios tipos.

—Para, cielo, para… —le dije a punto de explotar.

Cuando los dos tipejos llegaron a un acuerdo, uno se levantó y buscó el lateral del sillón, mientras el otro se arrodillaba entre las piernas de Blanca. Un quitar y poner de condones se ejecutó de manera mecánica y sin más dilación la escena se reinició, pero con el intercambio de roles: Juan follaba el coño de mi novia y Hugo su boca.

—Toma, zorrita, toma polla… —reía el gordo Juan—. Ahora si vas a saber lo que es un polvo de verdad… Menos mal que estoy yo aquí para alegrarte la función… A que te gusta, ¿eh? Di la verdad…

Blanca confirmó con un movimiento de cabeza mientras el rabo del médico dibujaba montañas en su mejilla desde el interior. La atención de mi novia ya no podía dirigirse a mí, sobrepasada por el placer que le provocaba la follada del gordo.

—Joder… joder… —decía entregada—. Dame, Juan… dame, no pares…

Había soltado mi polla y aproveché para escapar de allí. Solo necesitaría unos minutos para lo que deseaba hacer.

—Ahora vengo, cielo, le dije a Blanca y ella dirigió sus ojos hacia mí. No sé si llegó a verme, porque el placer se los había puesto en blanco.

*

Corrí hacia la segunda planta. En poco tiempo abría la puerta de nuestra habitación y entraba en ella como elefante en cacharrería.

Salté sobre la cama y desconecté el móvil de Blanca de la pared. Tras apretar el botón de encendido, conseguí que volviera a la vida. Quería gritar eufórico, pero esperé a que funcionara el pin que había captado con la app de música.

¡Sí, joder, sí!, grité interiormente y comencé a bailotear por la habitación cuando la pantalla me mostró los iconos de las app del iPhone, desbloqueado y dispuesto a obedecer todas mis órdenes. El pin era el correcto y estaba a punto de conocer los secretos de Blanca.

Pulsé el icono del wasap interno y entré en el primer chat que aparecía en la lista. Vacío. ¿Cómo? Aquel chat era el de Mario y me constaba que había recibido mensajes del viejo. Yo mismo los había visto. Entré apresurado en el de Hugo y de nuevo encontré un chat sin un solo mensaje. Desesperado, entré en el resto de chats y en ninguno había nada, excepto en el mío.

Joder, no había duda, Blanca tenía que haber borrado todos los mensajes, me constaba que la app no disponía de la opción de que estos se borraran de forma automática. Pero, ¿por qué? ¿Habría sospechado que tenía su pin? Imposible. Debía de tratarse tan solo de una medida de seguridad. Sospeché que mi novia borraba los mensajes tras leerlos para impedirme encontrarlos si llegaba a hackearle el aparato. Sabía de mi afición por la tecnología y mi interés por curiosearle el móvil.

Desinflado, jugueteé con la pantalla de la app y, cuando iba a cerrarla, me di cuenta de que algo no cuadraba. Allí sobraba algo. Y ese algo era un chat. Los cautivos éramos seis, lo que hacía cinco chats, uno por cada uno de los «otros». Si le sumabas el chat grupal, hacían seis. ¿Por qué en la app de Blanca había siete?

Revisé uno por uno y encontré algo que no creía que hubiera en mi móvil: un chat denominado «ORG». Joder, no podía creerlo, ¿tenía Blanca comunicación directa con EXTA-SIS?

Desbloqueé mi móvil y chequeé los chats de mi app. Seis. Los cuatro de los hombres, uno de Blanca y el grupal. Nada de un chat «ORG» o similar por ningún lado.

La sangre se me helaba en las venas. Los misterios de Blanca volvían a sorprenderme. ¿Qué tipo de mensajes intercambiaría con los secuestradores a espaldas del grupo? ¿Los propios de temas particulares como la ubicación de la llave del escenario? Imposible, recordaba que aquel mensaje lo habían enviado al chat grupal. Lo revisé en mi móvil y efectivamente allí estaba.

Sin saber qué más hacer, cerré la app y pensé en revisar alguna otra cosa. El correo, tal vez. Aunque era una idea estúpida porque, desde que habíamos llegado a la discoteca, Internet estaba fuera de nuestro alcance. Curioseando sus e-mails no encontraría nada nuevo.

Aun así, inicié esa app y comencé a pasar pantallas de correos, algunos leídos y otros no. Los mensajes que iba pasando provenían de anunciantes de todo tipo de productos. Otros del banco o de algún amigo. Del trabajo, pocos. Y, los menos, de asuntos que ni me iban ni me venían, y que ni siquiera sabía de quién pudieran provenir.

De repente, uno de ellos llamó mi atención por el colorido de su icono.

Miré el origen y se trataba de un nombre bastante raro: «[email protected]». Supuse que era de alguno de aquellos concursos de televisión a los que mi novia era muy aficionada y a los que escribía continuamente para intentar participar. Jamás había obtenido una respuesta positiva, pero seguía intentándolo por si sonaba la flauta.

Abrí el mensaje y comencé a leerlo:

«Querida Blanca, como promotores de la escape roo…».

Antes de terminar de leerlo, la pantalla del iPhone pasó a negro.

—¡Joder! —grité—. ¡Qué coños pasa!

El móvil se había apagado justo en el momento en que comenzaba a leer algo que parecía… Pero no, qué bobada… Tenía que ser una coincidencia que la voz en off llamara a la discoteca la «escape room», como la palabreja que había escrita en el contenido de aquel correo.

Zarandeé al móvil para hacerlo revivir. Ahora, más que nunca, mi curiosidad me espoleaba. Tenía que terminar de leer aquel correo como fuera. Tras pulsar todos los botones, encontré el problema: «Carga de la batería: 0%».

¿Cómo era posible? Lo había mantenido cargando más de una hora. Tenía que tener al menos un 30%, quizá más. Tiré del cable del cargador y descubrí el problema. El conector USB del cable se hallaba sesgado, casi cortado del todo. Y de pronto recordé el tropezón que había dado al querer salir a toda prisa para ver lo que hacía Blanca con aquellos tipos.

Si no me eché a llorar fue por el efecto de los ansiolíticos del maldito médico. Pero me hice el propósito de volver a entrar en su móvil para averiguar el contenido del maldito correo. Así que arrojé a un lado mi cable y, cogiendo el de Blanca, lo conecté a la pared y al iPhone.

Y, con aquel propósito en mente, me volví a la pista principal.

*

Bajé hacia la primera planta a paso más que ligero. A pesar de todo, no quería dejar a Blanca sola. Me encontré que la escena de sexo aún no había terminado y me extrañé de que pudiera durar tanto. Lo primero que pensé fue que iba a estar más que dolorida aquella noche. Tanto, que le iba a costar dormir.

Me acerqué al grupo y comprobé que la escena había cambiado. De nuevo Hugo follaba a Blanca de rodillas entre sus piernas. Y Juan se había recolocado en el lateral del sillón, volviendo a sujetar su cabeza para que le chupara su inmensa verga.

—Venga, guapa… —le decía el pervertido a mi novia—. Lame el yogur que ha quedado en la punta de mi rabo. No quiero que quede una sola gota.

Y Blanca, la mujer a la que más asco en el mundo le daba el olor y el sabor de la lefa, se afanaba en relamer el oscuro y rollizo glande del exbombero como si quisiera sacarle brillo.

«Pedazo de putón», me lamenté, pero sin ningún tipo de arrebato a causa del fármaco. Comprendí que Juan se habría corrido mientras la follaba y que lo que le daba a relamer a Blanca eran los restos de su semen.

Al llegar al sofá, volví a ocupar mi sitio anterior. Al verme, Juan no pudo reprimir sus ansias de brillar:

—Joder, Alex, por irte te has perdido el pedazo de orgasmo que se ha llevado tu chica. Menuda corrida, tío… Díselo tú, Blanca, anda díselo.

Quiso volverle la cara para que me lo confirmara, pero ella se resistió y siguió chupando del rabo, aunque ocultándome su rostro. ¿Estaría avergonzada por lo que contaba Juan? Seguramente. Por mucho que fingiera, no podía haber alcanzado tal nivel de depravación como para sentirse orgullosa. Aún no, confiaba.

Sin esperarlo nadie, el musculitos comenzó a hablar por primera vez en aquella tarde. Aunque, en realidad, no hablaba, sino gruñía.

—Joder… su puta madre… me voy… me voy…

Y chorros de lefa comenzaron a brincar de su polla hacia el pelo de Blanca, pringándole la melena hasta dejársela de un blanco amarillento repelente. Mi novia no dio un solo respingo. Parecía no importarle nada.

El chaval acabó de correrse y se limpió los restos de semen con el pelo de Blanca, sin que ella emitiera una sola queja. Unas semanas antes, si alguien hubiera tan solo mencionado algo así a mi novia, ésta le habría sacado los ojos.

Hugo seguía follándola sin descanso, pero Blanca dio síntomas de cansancio. Y entonces le amonestó:

—Vamos, tío, déjalo, no vas a conseguir que me corra… —su tono era de enfado—. Córrete tú de una vez que quiero irme a la ducha. Tus dos amigotes me han dejado bien pringada los muy capullos…

Hablaba como una fulana, y como tal acogió el médico sus palabras.

—Está bien, putita… —le recriminó—. ¿Dónde quieres que te lo eche? Que luego te pones quisquillosa si te cae donde no te gusta…

—Échamelo en las tetas —jadeó Blanca—. Pero sobre todo… no me manches la falda… que es de las más monas que tengo.

El médico se quitó el condón tirando de la punta y comenzó a masturbarse. Cuando estuvo a punto, se incorporó sobre Blanca y le echó una considerable cantidad de semen repartido entre los dos pechos, dejándolos pringosos y goteando.

Blanca, con experiencia «profesional» adquirida en esos días, se bajó el top y se cubrió los pechos, sujetando el esperma de Hugo para que no goteara.

La fiesta había terminado. Me alegré porque el espectáculo se acabara. Blanca me tendió la mano y se la tomé para ayudarla a levantarse. Íbamos a largarnos de allí, cuando algo la retuvo.

El viejo Mario se acercaba a paso ligero con la polla en la mano y sofocado por la carrera.

—Joder… pufff…. ¿llego tarde…? —decía acalorado y cachondo—. ¿No me dejáis que me la folle?

Blanca sonrió al ver al vejete y lamenté notar ternura en aquella sonrisa.

—Ven, Mario… —le dijo mi novia y se dejó caer de nuevo en el sofá—. Acércate por este lateral.

El viejo acercó su miembro blando, pero encendido, y Blanca lo acogió entre sus labios. Sentí una punzada de repugnancia. No entendía como había perdido el asco del que había hecho gala los primeros días tras la llegada del abuelo.

Mario no duró mucho y, cuando iba a correrse, le advirtió a Blanca lo que iba a ocurrir:

—Joder, hostia puta… para… para… que me voy, nena… no chupes más…

—Venga, Mario —le animó Blanca—. Échalo todo y no te preocupes.

—¿Pero dónde te lo echo? —preguntó—. Yo lo digo por no molestar, ya me conoces…

El del viejo era un comentario de los que dolían. Aquel «ya me conoces» ocultaba una realidad que todos sabíamos, pero que solo a mí me provocaba la arcada: que Blanca había hecho aquello bastantes veces con el vejete.

—Tranquilo, viejo, tú échalo… Ya me lo trago para que no me manches aún más de lo que ya estoy…

Dicho y hecho, el vejete comenzó a correrse en la boca de Blanca sin que la polla se le hubiera llegado a endurecer.

Al terminar la corrida, mi novia estiró la cabeza por detrás del sillón y escupió toda la lefa que el vejete le había disparado en la boca.

—Bueno, ahora sí que nos vamos… —dijo Blanca limpiándose los labios con el reverso de una mano y tiró de mí con la otra hacia nuestra habitación.

Y agarrados nos perdimos en la oscuridad.

*

Blanca se fue directa al baño sin pasar por el dormitorio.

—Porfa, cari… —me pidió—. ¿Puedes ir a la habitación a buscarme toallas? Así me ducho cuanto antes, estoy tan pringada que doy asco.

«Como para no dar asco, zorra», la amonesté por dentro sin abrir la boca.

—Claro, cielo, ¿quieres algo más? —seguía sintiéndome neutro. Todo me la traía al pairo.

—Si, tráeme un conjunto de pijama corto y el albornoz también, ¿te importa?

Minutos más tarde, nos hallábamos en la habitación. Ella, con una toalla alrededor de la melena y trajinando con la ropa, separando la sucia de la limpia. Yo, tirado en la cama con un libro entre las manos, pero sin ganas de leer. La falda que vestía durante la noche la dejó a un lado como pendiente de plancha. Afortunadamente, según ella, no había recibido ningún lamparón durante la sesión.

Ninguno de los dos entraba al trapo. Y yo me moría por comentar lo que había ocurrido. Sobre todo porque estaba claro que había ido a buscarlo, que no había sido casual.

Por fin no pude soportar la tensión y le pregunté.

—¿Se puede saber qué es lo que ha ocurrido ahí abajo?

Blanca no me miró. Fingió estar preocupada en organizar el armario y me habló de espaldas.

—Pues ha ocurrido lo que te dije —explicó sin pasión en la voz—. Hemos hecho las paces con esos cuatro y todos tan felices.

—«¿Tan felices?» —gruñí.

¿Así lo resumía todo? ¿Había que comer perdices para acabar como en el cuento?

Se volvió y me habló seria, como un estratega militar en el campo de batalla.

—Si, tan felices… Si te has fijado, los cuatro han descargado las pelotas. Y los tíos sois bastante simples. En cuanto os extraen la leche, dejáis de ser peligrosos. Así que esos cerdos no volverán a causar problemas en unas cuantas horas. Y eso es una ventaja que necesitamos.

—Vaya, ye entiendo, ahora pillo tu estrategia —ironicé.

—¿A qué sí? —sonreía como quien lleva la razón.

—Por supuesto… —torcí el gesto—. Y por eso me la meneaste antes de que empezara el show, ¿no? Para vaciarme y que no fuera peligroso.

La expresión de su cara se ensombreció.

—Nada de eso… —protestó con expresión de haber sido pillada en falta.

—Y es más —la acusé—, si no me corrí la segunda vez fue porque ya me sentía lo suficientemente incómodo con una descarga de leche en los bóxer como para desear otra. Pero tu intención estaba clara por lo que veo, cuantas más veces me corra, mi nivel de peligrosidad disminuye.

Blanca pareció, o más bien fingió, enfadarse.

—No digas bobadas. Las dos veces que te pajeé fue por amor. Piensa lo que quieras, pero yo sé porque lo hice y no me avergüenzo.

—Vale, lo que tú digas. Y ahora que estamos todos vaciados y contentos, incluida tú, ¿qué es lo siguiente?

Calló un instante, reflexiva. Parecía pensar su respuesta.

—¿Lo siguiente? No hay un «lo siguiente», al menos con el tono que tú lo dices. Lo que venga ahora no será nada diferente, solo el plan que teníamos marcado. Necesitamos conseguir el objetivo y lo demás es secundario.

—Y habrá que seguir «practicando», por supuesto.

—Sí, por supuesto —replicó seca—, no dejaremos de hacerlo hasta… bueno, ya sabes…

Hubo un inciso en el que nadie dijo nada. La vi que fruncía el entrecejo y volví a hablar.

—¿Qué piensas? Y no me digas que nada, porque te conozco

—Pensaba en Hugo…

—Vaya, otra vez soñando con tu enamorado…

—No digas gilipolleces, ¿quieres? —se sentó en el borde de la cama, se la veía preocupada de verdad—. Lo que pienso de Hugo es que me mosquea que no consiga hacerme correr.

—¿Qué…?

—Pues eso… ya lo hemos hablado, ¿no? El muy capullo practica que practica, pero no hay manera de que me corra con él. Llego a pensar que lo hace aposta. Ese tío no puede ser tan inútil, seguro que sabe hacer eso a una mujer y mucho más.

Me molestó el comentario, cuando yo se lo sugerí había pasado de mí.

—Eso ya te lo dije yo…

—Sí, lo sé… —aceptó mi acusación con deportividad—. Y creo que llevas razón. ¿Pero tú has visto la mierda de follada que me hace el muy gilipollas? Si parece que folla sin ganas. A solas con él pues no se nota tanto… Pero cuando Juan está cerca, la diferencia es… buffff…

Tragué saliva, incómodo.

—¿Lo haces… a solas con él?

—Joder, Alex, no empieces con los celos. Claro que lo hago… pero nunca fuera de las prácticas.

—Ya… como esta tarde…

—Pues sí, como esta tarde… —parecía enfadarse como si le hablara a un niño pequeño que no entendiera—. Te avisé de que lo que venían eran prácticas. De hecho, si al final no hubieras bajado, nada de lo que has visto hubiera ocurrido…

—¿Estás segura?

—Pues claro, Alex… —se quejaba al tiempo que intentaba justificarse—. Si tú no hubieras estado delante, habría tonteado y les habría dejado que se hicieran ilusiones. La justa calentura para que aceptaran mis disculpas por lo de ayer. Pero no me habrían tocado ni un pelo más de la cuenta…

—¿Te habrías dejado llamar calientapollas?

No lo dudó un instante.

—Mejor calientapollas que puta, ¿no te parece? Esos cabrones algún día me van a oír por pasarse de la raya con los adjetivos…

Menuda gilipollez, pensé. Ahora resulta que se dejaba humillar por ellos, pero que apuntaba cada palabra para algún día pasarles factura. Menuda bobada, ¿a quién coños quería engañar? ¿De verdad me tomaba por idiota?

—En ese caso me arrepiento por haber bajado…

—No, cari, no tienes por qué arrepentirte de nada… Piensa en lo importante: salir de aquí para bien…

Aun con estas palabras, lamenté haberla acompañado. Si no lo hubiera hecho, Blanca no habría terminado encharcada en los fluidos de los cuatro cerdos. Aunque bien podría haber ocurrido lo mismo y que ella me contara alguna de sus mentiras para apaciguarme.

Me temía que fiarme de Blanca al cien por cien era algo más que imposible. Especialmente después de lo visto en su iPhone. A punto estuve de preguntarle por el dichoso correo, pero me corté a tiempo. Cualquier cosa que le dijera al respecto me pondría en desventaja. Y necesitaba tener un as en la manga para lo que quedaba de cautiverio.

Era más que tarde, y propuse ir a por una pizza y comérnosla en la habitación. Blanca no se apuntó a la cena, alegando tener revuelto el estómago. No me extrañó en absoluto, después de la sesión con aquellos tipos no podía estar sino asqueada durante un par de días por lo menos.

Continuará......

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